Luto blanco por suicidio

Kazimir Malevich, Blanco sobre blanco, 1918

 

El fantasma de la crisis que recorre Europa presenta una cara que aún no había mostrado. El suicidio de los más gravemente heridos por la sangría económica nos ha golpeado desde las noticias como un efecto inesperado y brutal. La inmolación de Dimitris Christoulas frente al Parlamento griego, la marcha en Italia de las viudas blancas -llamadas así por las banderas que las acompañan- protestando por la falta de atención tras el suicidio de sus maridos y el asalto de otras noticias sobre suicidios ligados a la situación de crisis, han hecho emerger una nueva realidad tanto para los periodistas como para sus lectores. La elección del blanco que han hecho las viudas italianas remite al efecto cegador de este tipo de muerte, al vacío que deja, al silencio que queda.

Ellas, entre otros, están rompiendo ese silencio mediático y social al que ha estado sometida la muerte por suicidio. Pero los motivos económicos no son ni la única causa de suicidio, ni siquiera la principal. Al igual que ha sucedido con los terroristas suicidas y con los maltratadores suicidas, se corre el riesgo de que el suicidio se asocie exclusivamente a una situación social extrema y excepcional. Y, por desgracia, antes de la crisis ya se suicidaban diez personas al día en España y un millón al año en el mundo.

Es evidente que la amenaza de ruina, real o imaginaria, es un motivo poderoso para desencadenar la angustia. Lo digo con conocimiento porque, de hecho, ese fue el síntoma que, aparentemente, acabó con la vida de mi padre. Pero no debemos simplificar la complejidad de este problema. La historia que late detrás de cada biografía es más profunda que un simple balance bancario. La realidad siempre es más compleja de lo que cabe en un artículo de prensa o en una entrada de blog. Y para dar cuenta de ello, mientras en distintos lugares de Europa se habla de incrementos notables de la asistencia a consulta por motivos psíquicos y de evidencias de un aumento de los suicidios, en España nos encontramos un dato que conviene analizar: el descenso del número de suicidios en 2010, con respecto al año anterior, de 3.429 a 3.145 personas. Según esta estadística publicada como siempre con retraso, cuando ya habían pasado dos años desde el hundimiento de Lehman Brothers y el comienzo de la debacle, menos españoles encontraron motivos para quitarse la vida. ¿Qué ha pasado?

Quizás en toda situación de crisis, y en particular en España, por el modelo social y familiar que nos sostiene, se genere una fase de solidaridad y resistencia que se traduce en un mayor apego a la vida, una esperanza de mejora que impulsa a luchar contra la adversidad. Pero esta interpretación no deja de ser una elucubración personal y subjetiva, imposible de constatar.

Otra reflexión a raíz de esta publicación estadística tardía apunta hacia las consecuencias que puede tener el hecho de que el recuento de las víctimas de suicidio se haga con dos años de retraso. Los informes judiciales ligados a la investigación de algunas muertes hasta determinar si efectivamente ha sido o no suicidio, retrasan cada temporada durante todo ese tiempo el balance del INE. Hasta dos años después no se sabe cuál es la incidencia de lo que está pasando en realidad. De constatarse una tendencia al alza, como parece estar sucediendo, las posibles medidas preventivas o paliativas llegarían tarde. Algunos líderes políticos están reclamando datos inmediatos y actuaciones políticas, que suscribo. Pero no deben ser sólo intervenciones puntuales cuando la crisis aprieta, sino visibilizarse como recursos al alcance de todo el que lo necesite, esté o no en números rojos.

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1 comentario Dejar comentario

  1. Quiero felicitar a Juan Carlos Perez Jimenez por su libro La mirada del Suicida. No solo es impactante por la verdad que nos revela, desconocida para muchos, sobre las cifras de suicidios , sino por estar escrito de una forma fluida, donde datos y reflexiones se suceden con plasticidad . Estas palabras nos tocan y nos conmueven.
    Me hago eco de la pregunta, sobre ¿por que no se destinan mas medios y recursos al tratamiento y prevención de la enfermedad y padecimientos psíquicos? El lugar de los psicólogos nunca llego a ser el que reclama la gran cantidad de niños y adultos con graves problemas psicológicos, pero actualmente, crisis mediante, se va reduciendo aún más. La liviandad con que los medicos recetan psicofármacos, obturando así cualquier cuestionamiento sobre lo qe le sucede a cada sujeto, por una parte, y dej´ndolo a su vez sin posibilidad de encontrar sus propios recursos personales para resolver o sobrellevar su problema.
    Seguramente los reditos económicos y políticos de estructurar una red de atención psicológica asequible a la mayoría, no deben ser tentadoras para quienes gestionan la salud pública. El poder médico tampoco debe estar muy interesado en ello, en ceder o compatibilizar esa parte del saber.
    Tomo posición por la visibilidad de los alarmantes números de malestar emocional que la gran cantidad de suicidios expone y por dar prioridad absoluta al espacio terapéutico. Seguramente el mero hecho de que en las noticias se comunique, con la correspondiente cuota de morbo, los suicidios de cada semana, no será suficiente y puede que conlleve esa cuota de permiso o contagio temido. Hablar abiertamente de la angustia, la tristeza, la depresión, el desaliento, los fenomenos psicóticos es otra cosa y puede que ayude a que al menos algunos de los que acarician la idea de la muerte como salvación al menos se den una oportunidad de contar con el otro.


Juan Carlos Pérez Jiménez es doctor en Ciencias de la Información, sociólogo y profesional de los medios de comunicación desde hace más de 20 años.
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