Duelo por suicidio ¿dónde acudir?

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Existe un nuevo lugar en Madrid al que recurrir para buscar el consuelo más difícil, el de la muerte por suicidio de una persona querida.

La Asociación de Investigación, Prevención e Intervención del Suicidio (AIPIS, www.redaipis.org, y en Facebook: https://www.facebook.com/Prevencion.Suicidio.AIPIS?notif_t=page_new_likes ) ha iniciado un taller de ayuda a los supervivientes de la muerte autoinflingida de un familar o un amigo. El taller pretende ser “un comienzo, una pequeña guía en la elaboración de un duelo que, por sus circunstancias específicas, es considerado de los más difíciles de afrontar”, según dicen ellos mismos en su página web.

También funcionan desde 2012 en Barcelona la Asociación de Supervivientes DSAS (www.despresdelsuicidi.org), impulsada por Cecilia Borrás.

 

 

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Luto blanco por suicidio

Kazimir Malevich, Blanco sobre blanco, 1918

 

El fantasma de la crisis que recorre Europa presenta una cara que aún no había mostrado. El suicidio de los más gravemente heridos por la sangría económica nos ha golpeado desde las noticias como un efecto inesperado y brutal. La inmolación de Dimitris Christoulas frente al Parlamento griego, la marcha en Italia de las viudas blancas -llamadas así por las banderas que las acompañan- protestando por la falta de atención tras el suicidio de sus maridos y el asalto de otras noticias sobre suicidios ligados a la situación de crisis, han hecho emerger una nueva realidad tanto para los periodistas como para sus lectores. La elección del blanco que han hecho las viudas italianas remite al efecto cegador de este tipo de muerte, al vacío que deja, al silencio que queda.

Ellas, entre otros, están rompiendo ese silencio mediático y social al que ha estado sometida la muerte por suicidio. Pero los motivos económicos no son ni la única causa de suicidio, ni siquiera la principal. Al igual que ha sucedido con los terroristas suicidas y con los maltratadores suicidas, se corre el riesgo de que el suicidio se asocie exclusivamente a una situación social extrema y excepcional. Y, por desgracia, antes de la crisis ya se suicidaban diez personas al día en España y un millón al año en el mundo.

Es evidente que la amenaza de ruina, real o imaginaria, es un motivo poderoso para desencadenar la angustia. Lo digo con conocimiento porque, de hecho, ese fue el síntoma que, aparentemente, acabó con la vida de mi padre. Pero no debemos simplificar la complejidad de este problema. La historia que late detrás de cada biografía es más profunda que un simple balance bancario. La realidad siempre es más compleja de lo que cabe en un artículo de prensa o en una entrada de blog. Y para dar cuenta de ello, mientras en distintos lugares de Europa se habla de incrementos notables de la asistencia a consulta por motivos psíquicos y de evidencias de un aumento de los suicidios, en España nos encontramos un dato que conviene analizar: el descenso del número de suicidios en 2010, con respecto al año anterior, de 3.429 a 3.145 personas. Según esta estadística publicada como siempre con retraso, cuando ya habían pasado dos años desde el hundimiento de Lehman Brothers y el comienzo de la debacle, menos españoles encontraron motivos para quitarse la vida. ¿Qué ha pasado?

Quizás en toda situación de crisis, y en particular en España, por el modelo social y familiar que nos sostiene, se genere una fase de solidaridad y resistencia que se traduce en un mayor apego a la vida, una esperanza de mejora que impulsa a luchar contra la adversidad. Pero esta interpretación no deja de ser una elucubración personal y subjetiva, imposible de constatar.

Otra reflexión a raíz de esta publicación estadística tardía apunta hacia las consecuencias que puede tener el hecho de que el recuento de las víctimas de suicidio se haga con dos años de retraso. Los informes judiciales ligados a la investigación de algunas muertes hasta determinar si efectivamente ha sido o no suicidio, retrasan cada temporada durante todo ese tiempo el balance del INE. Hasta dos años después no se sabe cuál es la incidencia de lo que está pasando en realidad. De constatarse una tendencia al alza, como parece estar sucediendo, las posibles medidas preventivas o paliativas llegarían tarde. Algunos líderes políticos están reclamando datos inmediatos y actuaciones políticas, que suscribo. Pero no deben ser sólo intervenciones puntuales cuando la crisis aprieta, sino visibilizarse como recursos al alcance de todo el que lo necesite, esté o no en números rojos.

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El pánico, por Quim Monzó

 

Cuando era joven y leía sobre el crack de 1929, los suicidios que entonces hubo los veía entre una niebla irreal. Yo era hijo de una familia obrera que iba justita, y me sorprendía que la gente pudiese llegar a suicidarse por tener poco dinero. Era inocente, y conocía poco los mecanismos que llevan a tomar decisiones de ese tipo. La mente humana es frágil, y el miedo activa rincones desconocidos que te llevan a la frontera del terror. Hará un mes vimos por televisión imágenes de una mujer, en una ventana de Atenas, llorando y a punto de saltar porque la empresa donde trabajaba estaba amenazada de cierre y ella perdería el trabajo, y su marido tampoco tenía, y había una hipoteca por pagar… En las fotos que luego vimos en la prensa, al lado de la mujer, una parienta suya conseguía que finalmente no se tirase.

Pero el suicidio se mantiene, en Grecia, como una opción espectral. Antes, Grecia era el país europeo con menos índice de suicidios, y ahora se esfuerzan por ayudar a las personas que no ven otra salida. La BBC avisaba hace casi medio año del trabajo que hace Klimaka, una oenegé griega que se dedica a dar ayuda psicológica a personas que han llegado al convencimiento de que la única solución es acabar con su vida. Explicaba entonces que la ayuda la daban por vía telefónica o por correo electrónico, y que las cifras eran preocupantes. Hablaban del caso de un ateniense de sesenta años, sentado frente al ordenador y convencido de que nunca más encontraría trabajo, que abría la página de Google y escribía en la barra de busca la palabra suicidio, para informarse de los métodos posibles. Casi medio año después, la situación parece no haber mejorado mucho. Estos días es el servicio de noticias ruso RT el que habla de la oenegé Klimaka. Explica que en el 2010 recibió 2.500 llamadas de personas que querían suicidarse y que, sólo un año después, en el 2011, la cifra era ya de 5.000. Una psiquiatra que trabaja en Klimaka explica: “Últimamente la mayoría de los que llaman han perdido el trabajo o tienen miedo a perderlo, o problemas porque no pueden hacer frente a las deudas”.

¿Cómo es que aquí hablamos tan poco de ese asunto? El mes de octubre pasado, el día mundial de la Salud Mental el psiquiatra Álvaro Rivera explicó en la agencia Efe que las situaciones de angustia que vive buena parte de la población han multiplicado los episodios de depresión y ansiedad. Si eso era así en octubre, imaginad cómo debe ser ahora. ¿Se habla tan poco por miedo a que se produzca un efecto contagio? Sin embargo, con esa actitud, ¿no estamos escondiendo la cabeza bajo el ala? Hablas con mucha gente y la desesperación es palpable y creciente. Ya que los medios de comunicación pasan de puntillas por las noticias que mencionan índices de suicidios, estaría bien que, al menos, publicasen cada día en lugar preferente el teléfono de la esperanza: 902 500 002. No es gran cosa: un simple recuadrito, para los que lo necesiten.

Publicado en La Vanguardia, el 15 de marzo de 2012.

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Por fin el Telediario habla del suicidio

 

Ayer el periodismo español hizo historia al emitir un amplio reportaje sobre el suicidio en los Telediarios de Televisión Española. Se trataba de información bien contrastada, prudente y útil que alertaba de los riesgos que el suicidio supone para la población y tendía puentes tanto para la prevención como para la gestión del duelo de los familiares.

Toda una novedad que los informativos más seguidos del país aborden con claridad y franqueza una cuestión tan urgente, que hasta ahora, los periodistas han preferido ignorar por temor a hacer más daño que beneficio.

Pero es que, además, como podéis ver en la foto ¡aparezco yo! Mi primer Telediario me pilló en Berlín, pero pude seguir por rtve.es el reportaje de Ángela Gallardo y comprobar por los sms que recibí, que efectivamente, cuando sales por la tele, los amigos te ven.

Es evidente que algo está cambiando en la información periodística de nuestro país, en la línea de lo que La mirada del suicida defiende vehementemente en sus páginas. De hecho, me consta que la tendencia continúa y que, tras los recientes reportajes de El País y El Mundo, el programa Documentos TV de La 2 va a emitir próximamente un espacio titulado La muerte silenciada, y que otros documentales sobre la cuestión están en proyecto.

Aquí os dejo el enlace de la emisión del Telediario de ayer a las 15:00 (minuto 23)

http://www.rtve.es/alacarta/videos/telediario/telediario-15-horas-22-01-12/1300796/

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Supervivientes del silencio

Recibo mensajes de personas que han llegado a La mirada del suicida como un náufrago a una playa. Tras años rodeados por oleadas de silencio, el propio y el ajeno, se sienten acogidos al poder compartir su dolor antiguo con un texto que parece entender lo que ellos han vivido. En el primer mensaje que recibí, una mujer de Valencia me agradecía el libro por la posibilidad que le había dado de superar el miedo a hablar con su marido de la muerte de su padre. Tras escuchar en la radio una entrevista sobre el libro “salimos corriendo a comprarlo”, me cuenta. A partir de entonces, pueden hablar de ello “sin tabues y, sobre todo, con sentimiento”. Le contesté que ese mensaje me compensaba con creces el esfuerzo que supuso para mi mismo enfrentarme a ese muro aparentemente infranqueable que es el estigma del suicidio.

Tras aquel intercambio de mensajes, llegaron otros, llenos de fuerza y ganas de aportar ellos mismos algo más en la misma dirección. Transmiten la impresión de que si descorremos el velo que oculta el enigma del suicidio, será solo el principio y que quedará aún mucho por hacer, mucho por decir. Quien ha sentido el peso del silencio como una losa, averigua que se puede soltar lastre, sobre todo si busca la ayuda de la escucha especializada. Y quien ha sentido su efecto benéfico siente deseos de compartir esa idea: el silencio se puede romper. Es más, con un acercamiento adecuado, muchos suicidios se pueden evitar.

Desde realizar un documental sobre la cuestión hasta crear una asociación de apoyo a quienes han perdido a alguien de esta forma tan inmanejable y dolorosa, las propuestas que llegan me superan. Pero me encanta comprobar las ganas de ahondar en un asunto que necesita tanta atención y saber que somos muchos los que hemos decidido poner fin al silencio.

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El orgullo de la vida trans

Esta semana me han invitado a un programa de Intereconomía, la cadena de los “orgullosos de ser de derechas”,  para participar en un debate sobre el suicidio. Tras aceptar en primera instancia, pensando que es una cuestión que hay que presentar en todos los foros, averiguo que el presentador es Xavier Horcajo, un periodista que se refirió a Carla Antonelli, actualmente diputada en la Asamblea de Madrid, con un desprecio infinito por su condición de transexual. Me pongo en contacto con la cadena y rechazo la invitación, expresando mi negativa a participar en un debate moderado por una persona que no respeta lo básico.

Tras escribir la primera entrada en este blog, titulada “Homofobia y suicidio”, una amiga trans publicó en los comentarios un dato estremecedor: el 50% de las personas trans ha intentado suicidarse al menos una vez antes de los 20 años. A poco que uno reflexione sobre la cuestión, resulta evidente que el rechazo del entorno impulsa a quitarse la vida a jóvenes, adolescentes y hasta niños de 10 años, por el sufrimiento que les causa la recepción de su pulsión transgénero.

Ante este escenario, lanzo otra proclama: “orgullosos de vivir y convivir como trans”. Aún se preguntan algunos de dónde viene el énfasis en el “orgullo” que pone la comunidad GLBT. Se trata simplemente de reivindicar la dignidad que algunos se empeñan en arrebatar a otros con discursos como el de Horcajo, y recuperar para todos el sentido de una vida “reconocida”, el que tenía esta palabra en su antiguo origen alemán.

 

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Contra el silencio

Comentario crítico de José Manuel González Reinoso

La noticia se cuela como de rondón en algún que otro informativo: es 10 de octubre, Día Mundial de la Salud Mental. En poco más de un minuto, un par de especialistas despachan el encargo y los televidentes nos enteramos apenas del escalofriante impacto de las enfermedades psíquicas y del alarmante incremento de su secuela más dramática: el suicidio. Y hasta ahí. Por delante, nuevamente, otros 364 días en los que será muy difícil encontrar en los medios alguna señal, algún indicio de los que eligen terminar sus días por su propia mano. ¿Acaso alguien se ha enterado de que, desde 2003, existe un Día Mundial para la Prevención del Suicidio, el 10 de septiembre de cada año? ¿Cuántos conocen las iniciativas de la OMS en este terreno, o la resolución del Consejo de Europa, del año 2008, sobre el vertiginoso aumento del suicidio juvenil? El caso es que, con un millón de muertos al año (de los veinte que lo intentan) y seis millones de afectados –familia, amigos, compañeros–, el suicidio es un problema de magnitud mundial, que supera en incidencia a los accidentes de tráfico o al SIDA; sin embargo, es una realidad amordazada en los medios e ignorada y temida en el imaginario colectivo, convertida en tabú y oculta tras un muro de silencio.

En este contexto, no extraña que el autor –reputado y premiado ensayista– confesara en la presentación de su obra que le había resultado difícil encontrar un editor que se atreviera con tan árido proyecto. Porque, en efecto, el suicidio es un tema incómodo, y son muy pocos los que se atreven a mirar de frente a los ojos del que se quita la vida. Por fortuna, la editorial Plaza y Valdés nos ha dado la oportunidad de hacerlo, a través de un trabajo que rasga ese espeso silencio y que constituye, quizás, la entrega más personal y humanista de Juan Carlos Pérez Jiménez.

La obra, sostenida temáticamente por los conceptos expresados en su subtítulo (enigma y estigma), se estructura en cuatro capítulos. En el primero de ellos, “Anatomía del suicidio”, el autor hace un detallado repaso cronológico de la realidad del suicidio y, sobre todo, de la evolución de su consideración social, religiosa, legal y política, para situarnos ante el legado de incomprensión –cuando no rechazo– que hemos recibido como sociedad en todo lo concerniente a este asunto. A continuación, en el capítulo titulado “Un millón de vidas”, Pérez Jiménez se ocupa de las víctimas: cuántos, quiénes, por qué y dónde se suicidan, sin olvidar a las víctimas indirectas, los familiares y allegados, que se enfrentan a la pérdida de un ser querido en medio de la sospecha, la indiferencia y la estigmatización. En un riguroso crescendo de interés, la denuncia que plantea la obra se detiene en un terreno que el autor conoce como la palma de su mano, el de los medios de comunicación (no en vano ha desarrollado en ellos una brillante carrera profesional); el título de este tercer capítulo, “Un pacto de silencio”, es suficientemente explícito sobre su contenido, un análisis certero sobre la difícil  encrucijada en la que se encuentran los medios en lo referente al tratamiento de la muerte autoinfligida, un tratamiento que se debate entre el espectáculo morboso y la ocultación deliberada, con prevalencia final de la segunda opción. Pérez Jiménez desenmascara las coartadas de la corrección política y apuesta por una información responsable y orientada a la prevención, un reto para el que quizás los profesionales no se encuentran preparados y en el que, peor todavía, las empresas del sector no parecen estar interesadas. Finalmente, el último y acaso mejor capítulo del libro, “El dolor invisible”, adquiere un justificado y pleno carácter de denuncia, al desvelar, con datos que conducen a la indignación, cómo la industria farmacéutica se ha apropiado de la curación de las enfermedades mentales que, en un porcentaje muy alto, predisponen al suicidio, y la ha convertido en un negocio de dimensiones planetarias.

Aunque La mirada del suicida nos presenta un panorama sombrío y de difícil arreglo, no es una obra carente de esperanza. Con un enfoque humano y solidario, lleno de comprensión, y una prosa al alcance de cualquier lector, Pérez Jiménez plantea soluciones posibles, soluciones que, si bien parecen lejos de poder ser implementadas –y más en estos momentos de crisis económica y de cuestionamiento del Estado del Bienestar–, siguen los dictados del sentido común –el menos común de los sentidos– y nos proponen, frente a nuestros miedos y prejuicios, recuperar y fomentar los valores de la educación y de la reflexión serena y profunda sobre los fantasmas que habitan nuestro interior. El viejo Sócrates, tan actual como siempre: “Conócete a ti mismo”. Un aliento filosófico que recorre de principio a fin las páginas de este libro, y que se expresa aquí y allá en pertinentes y agudas observaciones sobre el mundo en que vivimos. En último término, de un modo que acaso el autor no haya preconcebido, la obra se revela también como una interesante reflexión sobre el poder. Un poder desde siempre temeroso de la libertad individual que, en su grado más radical y absoluto, supone el suicidio.

En definitiva, nos hallamos ante una obra que transmite valores perdurables y que, a través de la mirada del suicida, nos habla de nosotros mismos.

José Manuel González Reinoso es autor del libro de relatos Piel de plátano

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Una estremecedora carta al padre

David Vann afronta el suicidio de su padre en Sukkwan Island

A los 13 años a David Vann le cambió la vida. Su padre, un hombre depresivo y desesperanzado, divorciado dos veces a causa de su infidelidad, le preguntó si quería ir a pasar un año con él a Alaska. Él le dijo que no. «Dos semanas más tarde mi padre su suicidó», recordaba el jueves en Barcelona este profesor y escritor de franca sonrisa, nacido hace 44 años en la isla de Adak, Alaska. Para superar «el terrible sentimiento de culpabilidad» al pensar si una respuesta afirmativa lo habría evitado, recurrió a la escritura con solo 19 años y el tardío pero maduro fruto de esa «terapia literaria» fue su ópera prima, Sukkwan Island (Alfabia / Empúries). En esta escalofriante, sorprendente, contundente e imprevisible novela corta, de obligadas referencias autobiográficas bañadas en ficción, contó «la historia del niño que en vez de decir no dice que sí».

LA VERGÜENZA / «Durante los tres primeros años tras el suicidio decía que mi padre había muerto de cáncer porque me avergonzaba de ello y no quería que nadie lo supiera», confiesa Vann, que estuvo una década reescribiendo la novela, y sufriendo insomnio, hasta que encontró «la fórmula de hablar de los personajes a través del paisaje», convirtiendo «Alaska en el tercer personaje» y mostrando «un mundo salvaje hacia el que el padre [Jim], que está muy desesperado, necesita escapar».

Sukkwan Island crea una atmósfera claustrofóbica y asfixiante, donde se respira el drama aún por llegar, en una remota, inhóspita, fría y solitaria isla de Alaska, accesible solo por mar y en hidroavión y a 50 millas de Ketchikan, donde Vann se crió y donde cazaba y pescaba con su padre. Roy, un chaval de 13 años, álter ego del autor, acepta la oferta paterna de pasar allí un año para reconstruir la relación. Sin embargo, Jim, divorciado dos veces y «reflejo de mi padre -afirma-, que siempre fue un inconsciente que no pensaba en las consecuencias de lo que hacía», no prevé la escasez de comida, la peligrosa cercanía de los osos o los inevitables imprevistos en un lugar al que ningún adulto responsable llevaría jamás a un niño.

CATARSIS / Para Vann, que intentaba «comprender la desesperanza de su padre», el relato «tuvo un efecto maravilloso y catártico». «Me ayudó a superar toda la vergüenza y la ira que había sentido y tuvo otro efecto, el de volverlo a traer a la vida -explica-. El libro es casi una carta que quería escribirle a mi padre, porque un suicidio es como una conversación interrumpida».

Vann rememora la «increíble» reacción de la familia de su padre: «Yo tenía 13 años y me regalaron todas sus armas, incluso el rifle para matar osos con el que se suicidó». Y el sentimiento de culpa de su tío: «Intentó convencer a mi padre para que siguiera tratamiento psicológico y viajó a Alaska para separarle de las armas de caza pero él le convenció de que no era necesario». Y cómo su padre llamó a su madrastra antes de matarse para decirle : «Te quiero pero no voy a vivir sin ti». Para ella, llovía sobre mojado: «La madre de mi madrastra mató a su marido porque le era infiel y luego se pegó un tiro».

ÉXITO TARDÍO / Vann tardó 12 años en lograr publicar Sukkwan Island, que formaba parte de los relatos Leyenda de un suicidio, que se editarán pronto en España. En el 2008, una elogiosa crítica en The New York Times le catapultó al éxito al llamar la atención de la poderosa Harper Collins, que le fichó. El libro acaba de ganar en Francia el prestigioso premio Médicis escalando las listas de ventas, y se ha traducido a 10 idiomas.

A Vann le encanta el mar, navegar y construir barcos pero la vorágine literaria (está a punto de publicar libro y tiene otro en marcha) le ha quitado la idea de dar la vuelta al mundo en solitario en catamarán. «Ahora veo que es algo bastante peligroso».

Reprodución íntegra del artículo de Anna Abella, publicado en www.elperiódico.com el 27 de noviembre de 2010.

 

 

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Comentario crítico de Mercedes de Francisco, psicoanalista

La mirada del suicida. El enigma y el estigma

Podría decir que este libro tiene dos partes bien definidas. La primera titulada Anatomía del suicidio, donde Juan Carlos nos adentra en el suicidio como problema y como tabú,  mostrándonos que el estigma que ha rodeado al suicida y a sus familiares ha estado presente a lo largo de la historia y es tan viejo como nuestra civilización. Es en este recorrido del primer capítulo donde se nos muestra cómo el suicidio tenía el estatuto de pecado y cómo a partir del siglo XVII comenzaron tímidas voces a considerarlo un arrebato de locura. A partir del XIX es ya claramente cuando se lo considera fruto de una enfermedad “mental”. Es evidente que la ciencia toma el relevo de la religión en este asunto, como en otros, y el estigma ahora va de su mano.  En este primer capítulo se realiza una contextualización histórica que no deja fuera las referencias artísticas, tanto de la pintura como de la música, a la vez que literarias.

La segunda parte se inicia con el siguiente capítulo, donde el autor da un salto y se aboca a enfrentarnos al tratamiento estadístico y político que se ha hecho de este tema y opta claramente por unirlo al problema de la salud mental. En un principio esto me pareció problemático pues ya de todos es sabido las reticencias del psicoanálisis con este sintagma “salud” y “mental”. Pero después encontré algunas afirmaciones entre el análisis de los datos que considero dan cuenta de lo que quiere transmitirnos con ellos Juan Carlos Pérez. Por ejemplo nos dice: “Cuando las leyes civiles levantaron la mano que asfixiaba a las familias de un suicida, condenándolas a la pobreza y la marginación, el nuevo castigo, más implacable si cabe, vino a sustituir al anterior: el riesgo ineludible de locura y muerte”. “Reducir a un factor hereditario la posibilidad de suicidio de distintos miembros de una misma familia es una simplificación oscurantista que elude la reflexión necesaria para abordar una cuestión tan compleja”. Valiéndose de la estadística y del horror de las cifras, título que da a uno de los apartados, va mostrándonos la posición ética que él adopta casi entre líneas. Y es esto lo que me gustaría remarcar ahora.

En primer lugar, considero que el acto del suicida nos enfrenta con lo que Freud conceptualizó como pulsión de muerte. Es esto lo que en todas las épocas produce el rechazo y el estupor: saber que en cada uno de nosotros anida una pasión destructiva hacia el otro y hacia nosotros mismos. De la dificultad de aceptación de esto, tan humano, no se han librado ni los seguidores de Freud. Es por ello que Jacques Lacan en su retorno a Freud nos recordó que los postfreudianos, más que la concepción sobre la sexualidad freudiana, lo que quisieron esquivar fue la pulsión de muerte.

Está claro que Juan Carlos, sin defender para nada la opción del suicidio, intenta mostrarla a plena luz y señalar lo que cada uno de nosotros tenemos que hacer con ella y que no está asegurado nada en este sentido. No hay prevención posible: hay una y otra vez, en el mejor de los casos, una elección por la vida que no se hace de una vez por todas. Nos muestra, también, como el acto violento hacia el otro que representa el suicidio se reduplica con la respuesta social. No solamente el suicida con su gesto asesta un golpe a los que los rodean sino que, además, la sociedad lo redobla con sus sanciones civiles en otras épocas y ahora con su concepción genética.

Desde luego, la mayor parte de los actos suicidas están muy vinculados a la melancolía. Freud planteó que para el melancólico la sombra del objeto recae sobre el yo, una decepción del objeto investido libidinalmente que lleva a la autodestrucción. Jacques Lacan pone el acento en el uso del saber por parte del melancólico, considerando que es un saber que no da en el blanco. Como siempre, Lacan subvirtiendo la doxa, pues este mal de acidia, como se denominaba en la Edad Media, un mal del deseo, estaba considerado una característica de artistas y eruditos. Y va nuestro querido doctor Lacan y dice que en realidad erran, equivocan su saber… Y además considera a la melancolía una cobardía moral… Ninguna concesión, nada de dejarse seducir por los oropeles de la cultura y del arte.

Vemos en la afirmación de Juan Carlos, que cito a continuación, la sintonía con esta afirmación: “Los que realmente deben demostrar madera de héroes son los que quedan atrás cuando alguien querido se suicida. Son ellos los que deben aprender a levantar el peso de una losa que amenaza con impedirles ser felices. El empuje necesario para recuperar la posibilidad de tener una vida plena sí que merece un reconocimiento unánime. Se trata de una tarea más callada, de un gesto menos espectacular o menos literario pero, sin duda, mucho más cargado de vida y valor”. Nada de considerarlos héroes, a la vez que nada de estigmatización. Ésta es la verdadera apuesta.

No me parece casual que una de las críticas arteras que recaen sobre Jacques Lacan es que algunos de sus pacientes se suicidaron. Lo que no dicen, como plantea una de sus analizantes que estaba al borde de quitarse la vida hasta que Lacan intervino, es que no retrocedía frente a este tipo de sujetos. Por tanto, podemos deducir, como deja entrever Juan Carlos, que el psicoanálisis como práctica de la palabra, donde el saber inconsciente ocupa un lugar, nos puede permitir dar mejor en el blanco, y tramitar el anudamiento entre la pulsión de vida y la pulsión de muerte que esté más acorde con nosotros mismos. Cuestionarse el sentido de la vida, o más bien el sinsentido que introduce la presencia del significante, la muerte y la imposibilidad de la relación sexual, es algo que desde la Antigüedad viene planteándose la filosofía y los distintos saberes. Y es Lacan el que se pronuncia de esta manera sobre esta cuestión: “La vida no tiene sentido si produce un cobarde”.

Si la pulsión de muerte y la melancolía son dos ejes para poder entrever este hecho, hay otra mirada que solamente mencionaré y que, sin embargo, implica una perspectiva distinta. Se trata de la cuestión del acto: acting out, pasaje al acto, acto analítico… son concepciones del acto que el psicoanálisis ha puesto sobre la mesa. En el momento de realizar un acto se produce una suspensión de la elaboración simbólica que después se retoma cuando pasamos a considerar las consecuencias del mismo. Pero, es evidente, que en el acto suicida no existe ese después. Es un acto que corta la posibilidad de que haya palabras por parte del actor que vengan a decir algo sobre dicho acto. Por eso Lacan lo considera el acto logrado por excelencia, ya que todos los demás serían desde esta perspectiva fallidos. Juan Carlos Pérez nos transmite esto de forma directa e impactante cuando nos dice: “Pretender identificar con certeza los motivos que han llevado a alguien a quitarse la vida resulta tan irrealizable como psicoanalizar a un cadáver”.

Paso rápidamente a nombrar otro ángulo desde donde podemos abordar la cuestión del suicidio. Si indagamos en nuestra infancia encontraremos la fantasía, con la que nos regodeamos, de faltarle al Otro. Esta ensoñación está al servicio de calibrar el valor de uno mismo para el Otro. Jugar con la propia falta para encontrar un lugar en el Otro es una de las salidas que, en su extremismo, nos puede aportar una luz sobre el acto suicida. ¿Quién, en el amor ya adulto no ha fantaseado que le ocurriría al partenaire si uno muriera, tratando con ello de saber qué valor tenemos para el amado?

Es, desde luego, complejo abordar el tema del suicidio. Y haciéndolo comprobamos cómo la causa siempre cojea. Pero resulta claro que los abordajes psicológicos y psiquiátricos en boga, muestran una y otra vez su desorientación. Todo el sistema evaluativo que inunda las actuaciones de psicólogos y psiquiatras, lo único que promueve es un mayor desconocimiento de lo que está en juego. El otro día me contaron que un joven de 18 años se ahorcó en el mismo hospital en el que se hallaba internado y que ya había tenido un intento de suicidio. Los  informes psicológicos rezaban así: “El sujeto quería llamar la atención”. Como si dicha afirmación explicara algo. Podríamos preguntar: ¿Llamar la atención sobre qué?, o ¿es que este sintagma es en sí mismo una sanción moral?

El autor de este libro parece querer llamar la atención… sobre un acto que nos enfrenta al enigma de la vida misma, la libertad, el odio, el amor, etc. Agradecemos por tanto este esfuerzo por dignificar la vida misma.

 

 

 

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Comentario crítico de Rosa López, psicoanalista.



 

La mirada del suicida. El enigma y el estigma

Tengo que decir que este libro me conmovió desde la primera pagina, esa en la que cada autor hace una dedicatoria de su obra, y en la que el lector busca encontrar alguna pista que le lleve a averiguar algo personal del mismo. Pues bien, en esas primeras letras encuentro, inesperadamente, una clave que me hace pasar bruscamente de lo universal a lo particularísimo. Del millón de personas que se suicidan por año, que es un dato escalofriante pero un poco abstracto, al uno concreto, localizable, tan próximo al autor. Un cimbronazo inicial que me predispone a leer este libro no como un ensayo, ni  como un repaso histórico o estadístico sobre el tema más enigmático de la existencia humana, sino como algo que procede de la experiencia única de un sujeto que, a pesar de lo intransferible de la misma, busca el grado del testimonio. Entonces me doy cuenta de que el libro que tengo entre las manos me va a transmitir más de lo que dice y por eso mismo me expongo a dejarme alcanzar por los efectos de una tragedia que a mi tampoco me es ajena.

El suicidio provoca, en el campo de las representaciones con las que ordenamos la existencia, el enigma en su grado máximo. No hay tejido simbólico, ni consistencia imaginaria que nos permita entender la causa que lleva a un ser humano a quitarse la vida. Por este motivo, el que sufre una perdida de este tipo, se ve enfrentado permanentemente a la angustia radical del sinsentido o se pone a trabajar para remendar palabra tras palabra el desgarro que el acto suicida provocó. La experiencia analítica y la escritura son, sin duda, un gran remedio.

En la página 15, Juan Carlos dice: “Nuestra humana incapacidad para entender un acto tan radical es precisamente lo que nos mantiene vivos… El suicidio no es solo una forma de morir, es una acusación. Y en la incapacidad para replicar con la que nos deja el suicida radica la clave de la potencia del acto. El desamparo es absoluto en tanto que se plantean preguntas que jamás obtendrán respuesta.”

Los que conocemos la enseñanza del Jacques Lacan estamos acostumbrados a su estilo subversivo, consistente en radicalizar las preguntas más difíciles, invirtiendo la cuestión. Cuando se interna en el campo, siempre oscuro, de la causa de las psicosis plantea la siguiente interrogación ¿Cómo es posible que no todos seamos psicóticos siendo que todos estamos parasitados por el lenguaje? Respecto al suicidio Lacan lo lleva al extremo al definirlo como “el único acto logrado”. Definición que podríamos comparar con la idea de Albert Camus para quien: “El único acto importante que realizamos cada día es tomar la decisión de no suicidarnos”. Finalmente no son ideas tan opuestas las de Camus y Lacan, pues ambas colocan el suicidio en los términos de una elección radical sobre la existencia. Probablemente la elección crucial sobre la que después se fundan el resto de las elecciones que hacemos durante la vida y en la que encontraríamos la matriz de todo acto.

Es evidente que esta elección, si como dice Camus, la renovamos cada día, es mediante un mecanismo totalmente inconsciente y a veces tan automatizado que se transforma en una inercia, de manera que la permanencia en la existencia no es necesariamente la prueba de un deseo por la vida sino que más bien revela el desfallecimiento de ese acto logrado, según Lacan, mediante el cual el sujeto pondría fin a sus días.

Si “el mejor no haber nacido” de Edipo se completa con un “pero ya que se ha venido a la luz, lo que en segundo lugar es mejor, con mucho, es volver cuanto antes allí de donde se viene”; si Freud pensó la pulsión de muerte como la tendencia más pertinaz en el sujeto, entonces deberíamos preguntarnos más bien sobre qué hace que no todos seamos suicidas.

En cualquier caso la mayoría dejamos pasar los días sin plantearnos cada mañana la elección entre la vida y la muerte, pero hay ciertas encrucijadas de la vida que ponen esta cuestión en evidencia, y son aquellas en las que el sujeto se ve obligado a interrogarse seriamente por lo que justifica su existencia. Esto puede ocurrir en la vejez, cuando se realiza el balance sobre lo que cada uno ha hecho con su vida, pero ocurre también en el inicio de la adolescencia, cuando el sujeto se ve obligado a separarse del mundo familiar para escoger su camino. Son los dos puntos de empalme, el inicio y el final de esa partida que se juega entre Eros y Thanatos.

El psicoanálisis vino a demostrar que la supuesta excepcionalidad del suicidio, se produce sobre un trasfondo universal donde descubrimos la tendencia suicida del ser humano como algo que le acompañará desde su llegada al mundo hasta el fin de sus días. Es ese nudo que Lacan situó en la fase de miseria original que va del trauma del nacimiento al trauma del destete y que perdura en el centro de la constitución del yo como la marca de un sacrifico primitivo esencialmente suicida. De manera que el ser humano antes de que pueda pensar la muerte, siempre de una manera ambigua, ya ha experimentado la situación traumática del desamparo originario, la Hilflosigkeit con la que se inaugura su vida. Por tanto, si bien no es común que los desesperados lleguen a encontrar la salida del suicidio, también es cierto que en todo ser humano hay un potencial suicida presto a pasar al acto, en aquellos momentos que impliquen una actualización de la tendencia a la muerte. Si esto no acontece habitualmente es por la misma razón por la que no todos somos psicóticos y escuchamos voces aunque somos hablados por el Otro. Se trata de la estructura subjetiva que pone un freno a la acción de la pulsión de muerte mediante la construcción del fantasma, la turgencia vital del significante fálico y la instalación de la ley del deseo.

Volviendo al texto que hoy presentamos, debo decir que la utilización de las cifras por parte del autor no transmite un gusto por la estadística sino una clara intención de hacernos despertar del sueño de la ignorancia y confrontarnos con una realidad que afecta de manera directa a un millón de personas al año e indirectamente a seis millones de allegados que no solo sufren la perdida del ser querido sino que además quedan marcados, para siempre, por el sentimiento de falta de sentido. Pero no se trata de provocar nuestra compasión por todas esas victimas ajenas sino de aproximarnos tanto a esa muerte deseada hasta conseguir que cada lector se sienta directamente concernido. El suicidio deja de ser algo que le pasa a los otros para interpelarnos en primera persona.

El cuanto al repaso histórico que nos ofrece Juan Carlos está escrito con un estilo tan atractivo que se lee casi como una intriga novelada de la que no podemos despegarnos. Sin embargo, cada paso por la genealogía del suicidio en las distintas épocas y discursos sigue una lógica rigurosa y tiene una finalidad clara; hacernos “entender el origen de nuestras propias ideas sobre el suicidio”, porque aunque las cosas hayan cambiado en lo formal, hay algo del oscurantismo con el que la historia trato este tema que todavía subsiste.

Desde el suicidio mítico de los clásicos griegos y latinos cargado de un halo de heroísmo, pasando por el suicidio bíblico que nos ilustra sobre el cambio que se produjo entre los primeros cristianos que defendían la muerte antes que el deshonor, hasta San Agustín que describe el suicidio como una “perversión demoniaca” y le otorga el estatuto de pecado mortal. A la vez el suicidio ha sido un índice muy significativo de la diferencia de clases sociales pues “siempre se distinguió entre la vergüenza del ahorcado y el honor de la muerte por la propia espada”. El pobre no tenía derecho a sustraer su vida de la obligación del trabajo para el amo y en castigo por su acto “su cuerpo era vejado, su memoria difamada y sus bienes arrebatados.” Con el Renacimiento se produce el tedium vitae que proclama el desprecio por la vida y el deseo de muerte. Ese hastío moderno que llega, sin duda, hasta nuestros días.

La novela del XVII nos ofrece a Hamlet como el paradigma del sujeto moderno que se pregunta por el sentido de la existencia, ese ¿ser o no ser? que Shakespeare introduce en la mayoría de sus personajes, muchos de los cuales eligen no ser. Pregunta legítima, porque ¿en qué se puede fundamentar la jurisprudencia o la religión para prohibir la libre decisión del sujeto sobre su propia vida y obligarle a seguir vivo a costa de todo tipo de sufrimientos?

Los vuelcos de la historia hacen que el suicidio pase de ser algo deleznable y penalizado a convertirse en el ideal del movimiento romántico; morir joven es ahora glamuroso. El suicidio es un acto envidiable pues demuestra una respuesta heroica de rechazo a la banalidad del mundo. El escritor alemán Clemens Brentano diagnosticó esta afección como “hipertrofia del órgano poético”.

En resumen, la historia nos muestra un espectro amplio que incluye a aquellos que elogian el suicidio como los clásicos que le daban un carácter heroico, los románticos que lo veían como el acto más hermoso y algunos filósofos contemporáneos. Son vaivenes entre interpretaciones diferentes sobre la cuestión, pero el gran salto cualitativo se produjo en el momento en el que el suicidio es tomado por la ciencia y convertido en una patología, entonces dejo de ser considerado como un pecado mortal o un crimen para ser interpretado como un índice de la locura.

Ahora bien, los psiquiatras y los médicos en general continuaban viendo en las tendencias suicidas una debilidad de la que el sujeto debía de sentirse culpable, como una especie de vicio y, por ello utilizaban “métodos morales” en sus tratamientos: duchas frías, maquinas giratorias, sillas con amarres, aislamiento, hambre y sed, amenazas y ataques a la imagen, para ver si de este modo neutralizaban la melancolía.

He de decir que, aunque la medicina ha progresado extraordinariamente desde el punto de vista de la técnica, esto no impide que aquellos que la ejercen sigan albergando los mismos prejuicios de antaño, mostrando un verdadero desprecio por aquellos que atentan contra su vida y a los que amonestan con frase del tipo “Cómo tu que lo tienes todo y te quieres morir, si supieras las cosas que vemos cada día en personas que están realmente enfermas y luchan por la vida”

En la pagina 70 al final del capitulo titulado “Anatomía del suicidio”, el autor plantea sin ambages cuál es su posición frente al suicidio:  “Mi convicción, como la de cualquier ferviente ateo, es clara; cada cual es dueño de su vida y debe serlo, en la medida de lo posible, de su muerte. Pero al margen de las opiniones de cada uno, legitimo o no, el caso es que un millón de personas se quitan la vida de forma incontestable. Todos ellos lo hacen porque sufren de forma insoportable, hasta el extremo de abandonar para siempre a sus familias y amigos, hasta el punto de transgredir sus convicciones religiosas, hasta llegar a destruir a quienes les aman, incapaces de soportar sus vidas”

Por tanto el autor es muy claro sobre las prioridades que hay en juego cuando nos dice dos cosas:

1.- “El debate sobre la legitimidad debe ceder el puesto al debate sobre la forma de abordar el sufrimiento psíquico”.

2.- Se trata de “poner todos los medios a nuestro alcance para que la balanza se incline del lado de la vida”

Para ello escribe un libro que nos hace despertar a esa realidad que preferimos ignorar. Utiliza las cifras para denunciar la negación social. Muestra sin velo alguno lo que no queremos ver. Nos hace  saber lo que preferimos desconocer. Rompe la imaginaria línea divisoria entre los enfermos y las personas supuestamente “normales”. Deshace los prejuicios que condenan a los familiares a un destino parecido: el suicidio no es una maldición de sangre, no es hereditario y no se localiza en los genes. Denuncia la codicia de la industria farmacéutica que congenia con el ideal cientificista de una época que se empeña en “la reparación química de las emociones” dejando de lado la historia particular de cada sujeto. “Empeño inútil, porque nuestra propia humanidad desborda las costuras del perfecto traje biológico en el que están tratando de embutirnos los que tiene algo que ganar en el proceso”.

La opción del psicoanálisis nunca ha sido tenido en cuenta, ni desde luego jamás ha recibido el apoyo de la sanidad publica o privada. Precisamente porque el psicoanálisis no se hace cómplice del oscurantismo reinante, busca la causa en su estatuto más particular, uno por uno y no se constituye en un orientador de conciencias que adapten mejor al sujeto a la sociedad. Con todo, el psicoanálisis se dirige al la juntura misma del sentimiento de la vida, donde además del dolor de existir podemos encontrar los recursos con los que cada sujeto consigue un “saber hacer con la vida”.

No quiero finalizar este breve comentario sin aludir a la contundencia del titulo: “La mirada del suicida”.  El gran acierto de esta elección es que consigue evocar inmediatamente lo más inquietante, lo más angustioso, la mirada de aquel que atravesando todos los velos que hacen del mundo algo habitable vislumbro el horror sin paliativos. Me recuerda el apólogo que Lacan utiliza para transmitir lo que es la angustia original, aquella que sentiríamos enfrentados a la mirada de una mantis religiosa sin saber que objeto somos para ella. Me atrevo a decir que Juan Carlos ha escrito este libro sin apartar la vista de la angustiosa mirada del suicida.

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Juan Carlos Pérez Jiménez es doctor en Ciencias de la Información, sociólogo y profesional de los medios de comunicación desde hace más de 20 años.
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La mirada del suicida (Plaza y Valdés, 2011) afronta las repercusiones de la muerte voluntaria con valentía y claridad, con la sensibilidad de quien ha conocido el dolor.
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