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El triunfo del hombre bueno

He disfrutado horrores leyendo un extraordinario artículo de Luis Gómez sobre Vicente Del Bosque en el suplemento Domingo de El País. Cuando llegas al último punto has entendido qué ha sido el señorío, de dónde ha mamado y cómo esos valores que parecían casposos y trasnochados se han convertido en el paradigma del actual manual de éxito sobre gestión de grupos. Resulta curioso como los que hace años fueron los detonantes de su salida del Real Madrid -diálogo y convicción frente a imposición o mano dura, moderación frente a impulsividad- ahora son ejemplos de la vanguardia en la gestión de recursos humanos. Y con ellos parece que también se puede ganar un Mundial. Me quedo con este extracto del reportaje:
[…] «Se podría decir que Del Bosque cumple con el perfil del líder del siglo XXI. Ha sabido dirigir y crear un equipo humano con los valores y la actitud que exige la sociedad actual. No avasalla con sus decisiones, sino que convence y da seguridad con su templanza… Del Bosque […] ha sabido repartir papeles haciendo sentir a todos que eran parte de la victoria y parte de la derrota. Se ha cumplido de esta forma con una de las teorías en la gestión empresarial y gestión de los recursos humanos que más importancia tiene en la actualidad: la orientación hacia los grupos de interés, es decir, hacia sus jugadores, técnicos, personal de apoyo, afición, periodistas y especialmente a sus rivales, a quienes siempre ha demostrado el máximo respeto, tanto a través del juego de sus jugadores como fuera del terreno de juego»… [Aquí puedes leer el reportaje completo]

Abuelos

Desde que tengo uso de razón -no conviene concretar la fecha- he sentido especial predilección por las historias de mis mayores. El respeto que me inculcaron mis padres por preservar su turno de palabra, se fue consolidando de la mano de mi admiración por sus revelaciones. Como escuché decir una vez a Buenafuente, «alguien que ha sobrevivido a la vida merece nuestro más absoluto respeto».
Pero, por supuesto, no todo ha sido ejemplar en mi comportamiento. No fueron pocas las ocasiones en las que pude menospreciar la sabiduría de la experiencia, y fue entonces cuando el destino y su justicia silenciosa me pusieron en mi sitio. «Para otra vez ya lo sabes, rey», tuve que recordarme en el trayecto hacia la misma piedra con la que tropecé tiempo atrás. He conseguido detectar esa ironía con la que nuestros mayores observan la vehemencia y el ímpetu con el que encaramos nuestras decisiones, sabiendo que pronto sucumbirá ante la paciencia y la reflexión. Tal vez pronto me ocurra lo mismo y no sé si me entusiasmará comprobar que me siento uno de ellos. Mayor. Quién sabe si antes que viejo.

 

Cita postuaria: «La experiencia no tiene valor ético alguno, es simplemente el nombre que damos a nuestros errores». (Oscar Wilde ,1854-1900)