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Un tsunami psicológico

Estoy en un autobús, de vuelta., con el portátil en los muslos, sin nada mejor que hacer, y vacilando: ¿qué cuento?

¿Un cuento?

Sería un cuento triste, por ejemplo la historia de un marino a la deriva. O la de un niño sin juguetes.

Podría quitarme los auriculares. La música del canal seis del bus  no me impide oír a la mujer que habla por teléfono unos asientos adelante:

Esa persona no es humana. Es un cabrón. Pero tú no hagas nada, te vas a defender sin hacerle nada, tú tranquila.

Es un cabronazo, un anormal y un deforme mental.

La gente se ríe, comenta la jugada.

Ese hombre no va a durar.

Detrás, una se carcajea, por lo bajines, y otra resopla. Todos escuchamos.

Tienes que ser más inteligente que todo eso.

O te dan la razón a ti o se jode el mundo.

Gánale la batalla.

Tienes que darle lástima a todo el mundo de tu estado mental. Es importantísimo.

Ya no digo más nada. No te voy a ayudar así.

No estás en el sitio adecuado, no me cuentas todo.

No estás normal, ponlos a ellos en la sensación de que puede pasar cualquier cosa. Que te crean. Pide un psicólogo.

Risas en el bus.

Esto es un problema de psicología.

La mente es muy poderosa. Más que el sistema judicial.

Tú piensa, que eres inteligente. No solamente pueden ir ellos a la cárcel, pueden ir todos.

Piensa, pueden ir todos a la cárcel por tener a un loco.

Eres una gran persona.

Piensan que la cabrona eres tú.

¿Prefieres llorar o que te maten?

Me interesa tu vida.

Ahora nadie dice nada, silencio.

¿Qué quieres? ¿Que te lleve flores a tu entierro? ¿Eso es vida

¿No te das cuenta de que quieren  tener el poder en la mano? Es un tsunami psicológico, y vas a perder tú.

Con la violencia no se resuelven  estos problemas.

Dejo de escribir. Diez minutos después, aún sigue. Ya no hay risas, pero nadie más habla.

Te estás enfrentando a un gigante y tú no puedes sola contra el sistema. Cálmate y piénsatelo mejor.

Tienes que tener tu vida a salvo. Por lo menos protegida.

Te he intentado dar todos los consejos, pero mejor lo dejamos.

Paramos, por fin. Cuelga. Cierro el portátil.

Vuelvo a robar

Salía del cole con otro padre, el otro día, después de dejar al churumbel, y una niña nos preguntó la hora:

–¿Son ya las tres y media?

–Casi, y veintiocho –contesté.

–Ya le vale a mi madre.

Un niño nunca habría soltado esto, creo. Somos más simples, torpes y brutos. Pero ya nos vale.

P.D.: Aprovecho que todavía no nos han prohibido estos robos callejeros (palabras que pescamos por aquí o por allí, inofensivos hurtos palabreros) para reincidir.