Seriones: The Shield, un espejo visceral y violento

El universo puede explicarse mediante una brizna de hierba, una gota de agua o un grano de arena, vale. Y a través de cualquier obra de arte podemos contar quién somos y de dónde venimos (bueno, y más que adónde vamos, qué tal vamos, qué tal nos va). Con un cuadro, una obra de teatro, una novela, una película. Incluso a través de cualquier objeto. Quiero hablar de una serie de televisión, pero ya que he comenzado yéndome por las ramas termino: ¿qué pensaría un extraterrestre (digamos que más inteligente que nosotros) si se topara con un cortaúñas, con un rollo de papel higiénico, con un lapicero?

The Shield es un serión. Para gustos hay colores, y series, ahora que vivimos una época dorada para la ficción televisiva. Estamos disfrutando como niños con seriones como Los Soprano, Deadwood, The Wire, Roma, Perdidos (hasta que se perdió, al final), In Treatment, Mad Men, Fringe,… Seguro que me dejo alguno. Ahora, después de un atracón de dos meses, añado a la lista The Shield, una serie policiaca que se despliega en siete temporadas vertiginosas, en ochenta y nueve capítulos que entretienen, que enganchan, que nos trasladan a Los Angeles tan violento, corrupto y brutal como el de las novelas de James Ellroy.

Nuestros padres y abuelos vivieron la magia del cine en salas de barrio, en programas dobles, huyendo del frío gracias al western, el cine negro y los peliculones de genios como John Ford o Billy Wilder. Nosotros no (abro paréntesis para a la vez abrir un arco temporal muy amplio, nosotros los que andamos entre la veintena y la cincuentena). O no como ellos. Aunque hemos pasado por los cines, diría que no ha supuesto lo mismo: hemos visto muchas más películas delante del televisor que en las salas. Somos más teleadictos que cinéfilos.

Sigo elucubrando. Desde hace dos o tres lustros algunos de nosotros hemos encontrado un filón inesperado en las series. Las compartimos, las devoramos.  Podríamos cantar el estribillo de Luis Eduardo Aute sustituyendo cine por series:

Cine, cine, cine, más cine por favor, que todo en la vida es cine y los sueños, cine son.

Vemos series con entusiasmo (bueno, quizá debería escribir un primera persona singular: las veo entusiasmado). Ojalá pudiera ir al cine con tantas ganas. Ojalá, ahora, pudiera abrir una novela con tanta ilusión. Ahora que lo pienso, es similar a estos atracones de series la sensación que disfrutas cuando no puedes parar de leer un novelón, o una serie de novelas (las de Ellroy, por ejemplo, pero también en su día Borges, Delibes, Carver, tantos otros,… o las del Coyote que devoraba hace treinta añitos).

The Shield. Si traducimos el título diríamos El escudo. Pero aquí y ahora prefiero hablar de un espejo. Si el universo puede explicarse contemplando una brizna de hierba, un tipo como yo puede verse reflejado en un cuadro (en su día pondría El grito, hoy alguno de Rothko, espero que no lea esto un psicoanalista), en un libro (me dejo de ejemplos y voy al grano de una vez) o en una serie como la protagonizada por Vic Mackey. Todo gira en torno a él. Pocas veces me he topado con un villano, con un malvado, tan “humano”, tan verosímil, cercano y “entrañable” (recuerda a Tony Soprano, ¿no?).

Por cierto (le estoy cogiendo el gusto a esto de escribir a salto de mata, entre mensajes y llamadas, en modo multitarea, se nota, ¿no?) en esta serie Michael Chiklis, el excelente actor que encarna a Vic, es el reverso de Bruce Willis. Podríamos hacer una radiografía entre esta época dorada televisiva y el cine actual de Hollywood comparándolos.

Vuelvo al espejo. Aunque The Shield quizá no tenga relación con el mundo que me rodea, aunque me guste pensar que vivo en un lugar menos sórdido, enviciado y violento que en el ficticio distrito de Farmington, en Los Ángeles, plagado de pandilleros juveniles, asesinos en serie y policías corruptos, no me cuesta nada verme reflejado en los personajes de la serie. Emulando a Ortega con «yo soy yo y mi circunstancia», o a Azorín (en El escritor) con «antes era yo uno y ahora soy otro», diría que yo soy yo y mis personajes. Yo soy (o podría ser) tan rastrero como Shane, tan vago como Billings,  tan ambicioso como Aceveda. Quizá podría ser un fiel escudero como Lem o Ronnie: gente así, que podría ser intachable en otro ambiente, se escuda en la pertenencia a un grupo y en obedecer órdenes para pegarte un tiro o enviarte a la cámara de gas. Quizá podría ser, o quizá sea, tan maquiavélico como Kavanaugh, o tan perseverante y pretencioso como Dutch. (Un día de estos quizá cuelgue un post sobre la mujeres en The Shield, siguiendo los pasos de June Fernández en Mad Men y sus ángeles del hogar)

Incluso cuando tragamos telebasura –por ejemplo esos infames cutrefilmes basados en hechos reales– nos podemos llegar a identificar con los personajes que están al otro lado de la pantalla. Viendo la tele podemos aburrirnos soberanamente, pero también reír, llorar, vibrar. Viendo una serie como The Shield, que quede claro, no me he pasado las noches identificándome con los  polis de La Cuadra: sobre todo, he disfrutado siguiendo las tramas y las relaciones entre unos y otros, metido en otro mundo durante unas horas. Pero también, algunas veces, me he dicho que quizá podría ser, o quizá sea, tan visceral y violento como Vic. ¿Y tú?

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9 Respuestas para “Seriones: The Shield, un espejo visceral y violento”

  1. Leandro Pérez Miguel 9 marzo, 2011 a las 11:34 #

    Seriones: The Shield, un espejo visceral y violento #series http://bit.ly/eJz5xJ

  2. Mari Kazetari 9 marzo, 2011 a las 11:44 #

    No conozco esa serie. Me la apunto. Entre las obras maestras creo que te has dejado «A dos metros bajo tierra» (sin duda alguna), «Anatomía de Grey» (vale, nunca está en los rankings, pero a mí me flipa, y no por las tramas médicas sino por la construcción de los personajes y porque me parece la serie que menos cae en sexismo). Y, por qué no, comedias ligeritas que nunca cansan, como «Friends», su hija «Cómo conocí a vuestra madre» y la sit-com friky «The big bang teory». Eso sí, llámame morbosa pero creo que el mayor atracón que me he pegado jamás fue con «The L Word», una de lesbianas. Como todas las heteroconfusas de mi entorno, me enamoré de Shane, y eso tira mucho.

    No creo que las series sustituyan al cine. Yo sigo manteniendo la ilusión por el ritual de irme al cine una vez al mes, sentarme en la butaca de la sala oscura, hincharme a palomitas y coca-cola, leer los títulos de crédito, salir de la oscuridad y comentar la peli con mi acompañante o irme sobrecogida a casa dando un paseo. Creo que nadie está renunciando a ese placer. El problema es que la gente del mundo de cine pretende que ese sea nuestro día a día, que cada vez que nos apetezca ver una peli dediquemos la tarde a ello previo pago de 12 euros entre entrada y palomitas. Y eso sí que no, porque además rompería la magia pasando a ser rutina.

    Respecto a las series, su ventaja es que ves evolucionar a los personajes, que terminan siendo casi como tus amigos (o enemigos). Eso da a las series una riqueza de la leche, cuando los personajes están bien construidos, claro. Sobre todo me encantan los personajes lamentables que dan bandazos: Shane en The L Word, Christina Yang y Alex Karev en Anatomía de Grey, el rubio de Perdidos (no recuerdo su nombre)… Esta gente que la caga todo el rato, que llega a ser cruel, y de repente ves que están cambiando, que sientan cabeza, que empiezan a querer a la gente y a quererse a sí mismos… Y de repente, ¡zas! Vuelve a actuar como hijos de puta redomados.

    En fin, me he explayado demasiado, pero me encantan las series.

    Besos

  3. Leandro Pérez Miguel 9 marzo, 2011 a las 11:53 #

    June, me he dejado unas cuantas, sí. Friends es un clásico, y Cheers. A dos metros bajo tierra todavía no la he terminado, un mes o año de estos te digo, pero me da que antes hincaré el diente a L Word y a Broadwalk Empire, la de Scorsese.

  4. Alberto N. García 9 marzo, 2011 a las 12:09 #

    Claro que nos gusta el post. RT @gentedeinternet: He estado muy enganchado a The Shield. Siete temporadas en dos meses. http://bit.ly/eJz5xJ

  5. Nahum 9 marzo, 2011 a las 12:19 #

    Impresionante post, Leandro. Se nota que has escrito con el final en caliente. Porque así salen unos post como muy sentidos, a flor de piel.

    Me gusta sobre todo lo que dices al final: es una serie que entretiene como pocas. Pero también establece unas reflexiones morales (y empuja al espectador a ellas) que la sitúan en el Olimpo de las más grandes.

    Por cierto, yo recomendaría, ahora, Breaking Bad. Me voy a leer a June.

  6. Mari Kazetari 9 marzo, 2011 a las 12:48 #

    Se me olvidaba citar la otra serie con la que me di un atracón hace poco: True Blood. Es de estas que es mala a posta. Lo cuál me encanta. Kisch total. He leído que Nahum se aburrió y cuenta en varios post lo malísima que le parece. Claro, es que lo es, pero esa es la gracia que tiene, impostura total, es como un cómic burdo o algo así. Y bueno, me encanta el vampiro Erik (con el pelo corto, desde luego) otro de esos personajes de los que hablaba, que justo cuando parece que deja de ser malo, se vuelve peor.

    The L Word no es una gran serie, y a veces se hace algo pesada y melodramática. Y su final es uno de los peores de la historia de las series. Pero sólo por las escenas de sexo merece la pena, y por la novedad de que un colectivo tan invisible como las lesbianas protagonice una serie, mostrando toda una cultura de la que imagino que sabrás poco.

    • Nahum 9 marzo, 2011 a las 16:06 #

      Jaja, no te creas. En la primera temporada aún no sabía si era buenísima o malísima. Ya en la segunda lo confirmé. Mi problema con True Blood, entonces, era que me aburría. Pero tiene cosas interesantes, desde luego.

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