Vigilia Pascual

Audio-homilía: II Domingo de Pascua. A los ocho días llegó Jesús

El tiempo pascual lo podemos vivir de forma pasiva: el Señor ha resucitado, lo recibimos y lo acogemos como un regalo y no hacemos nada más, salvo esperar que esa resurrección alcance todos los rincones de nuestra vida.

Sin embargo, este evangelio nos dice que la colaboración humana es imprescindible para que las situaciones cotidianas resuciten también. El Señor ha resucitado. Ahora nos toca a nosotros empezar a ver que nuestro día a día iluminado con la esperanza de la resurrección. Pasar de la tristeza de ser hombre a la alegría de ser hijos de Dios. Ese es el itinerario que hemos de hacer en Pascua.

Celebrar la Pascua no es un recuerdo histórico. En el mundo de hoy sigue habiendo Pasión y muerte. Hay gente que sigue muriendo en el camino de la cruz. Sigue habiendo conflictos, tensiones, guerras, violencia… Y eso nos puede hacer dudar de la resurrección del Señor. ¿De qué sirve celebrar la Vigilia Pascual si en la tierra sigue habiendo sufrimientos?

El Señor nos dice que Pascua no es idealización, sino presencia de Dios que transforma nuestros miedos en alegría. Jesús se presenta a una comunidad encerrada por miedo. Que el Señor resucite no significa la dispersión de todos los sufrimientos. Estamos en la iglesia que trabaja, en la iglesia peregrina, en la iglesia que con todo su esfuerzo va transformando realidades llenas de oscuridad en caminos de luz.

Resucitar significa que mi mirada, acompañada por Cristo resucitado, me hace ver al otro no con la evidencia de mis juicios sino con la misericordia de Dios. Se trata de no juzgar mi mundo con criterios periodísticos, sino implicándome de corazón. De esa forma no veré fracaso sino vida. Jesús no fracasó, Fue consciente de lo que pasaba pero transformó todo lo que hizo por el amor que puso.

Ojalá resucitemos de esa forma. Eso no significará la ausencia de problema, sino que estoy tan lleno de confianza en el Señor que soy capaz de vivir convencido de que Él va a actuar.

Jesús no nos pide una fe a ciegas, sino que la confianza nos inunde tanto que estemos convencidos de que vivamos lo que vivamos lo vamos a hacer con el Señor. Jesús es cercanía. Cristo resucitado se pone en medio de unos apóstoles acobardados y su saludo es «Paz a vosotros», no reproches.

Somos personas, familias, amigos, comunidades no ideales que trabajan para ser mejores cada día, convencidos de que la última palabra no la tiene el sufrimiento, sino Dios.

Que el entusiasmo de cómo Dios nos mira contagie el nuestro y que podamos hacer las cosas de cada día llenos de ilusión y de ganas, sin quejas, sin perezas, sin reproches. Que el Señor nos toque el corazón, que vivamos iluminados por el Espíritu y que nos apasione este tiempo que el nos regala poder vivir.

Evangelio según San Juan 20,19-31

Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros». Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío». Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré».

Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: «La paz con vosotros». Luego dice a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente». Tomás le contestó: «Señor mío y Dios mío». Le dice Jesús: «Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído».

Jesús realizó en presencia de los discípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro. Éstas han sido escritas para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.

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Alégrate, Soy Yo

Introducción. Este es el tiempo de Pascua, es el Kairós, es el tiempo oportuno, que comienza en la noche santa de la Vigilia Pascual. Estamos en el tiempo que toda la humanidad está esperando celebrar. Es el tiempo donde Dios responde a todo el sufrimiento, a todo el llanto, a todo el dolor, a tantas lágrimas derramadas a lo largo de la historia. Y responde a lo grande. Dios está feliz, como Jesús está feliz. Hay fiesta en el cielo como en la tierra. Es el tiempo de aprender a vivir resucitados.
De la misma manera que en la cuaresma aprendemos bien cómo caminar buscando la conversión y vivimos la insistencia y la tensión por librarnos de lo que no nos permite vivir felices, el tiempo de pascua también es puro dinamismo y aprendizaje. No es quedarnos parados como espectadores pasivos de lo que vive el Señor, sino prestar la colaboración necesaria para que la buena noticia llegue hasta los confines del mundo y que seamos capaces de reconocer cómo salimos de las muertes y nos decidimos por la vida.
Tenemos que compartir, celebrar, sentir, desde lo más profundo de nuestro ser que estamos bien hechos. Dios ha dicho su última palabra y es ¡VIVE! Humanidad, pueblos de la tierra, que a lo largo de los siglos habéis sido testigos del dolor, de la injusticia, de las guerras, de la muerte, hoy sois los destinatarios de la mejor noticia: «El Amor es más fuerte que la muerte. Grandes aguas no lo podrán apagar». Cant 8,6.
La misericordia vence al juicio. El amor desvela su propia identidad y se nos muestra como pura gratuidad. No se ama como premio, como mérito, como conquista. Dios ama porque sí. Y la humanidad es amada porque sí. La paciencia de Dios es nuestra salvación. Y por muchas manchas oscuras a lo largo de los siglos, hoy Dios nos hace borrar todos los pecados y nos devuelve una oportunidad de vida inmaculada. Sin manchas de sangre, ni de llanto ni de duelo. Conviertes el luto en danzas. Y el cuerpo resucitado de Jesús sale del sepulcro, nos coge de la mano y nos ayuda a salir de nuestros sepulcros, esos a los que nos conduce nuestra vida miedosa. «Aunque vuestros pecados sean como escarlata, quedarán blancos como nieve aunque sean rojos como la púrpura, quedarán como la lana». Is 1,18.

Lo que Dios nos dice. Es tiempo de experimentar en lo más profundo de nuestra vida que hay una vida que, llena de amor, vence a toda la oscuridad. Ha merecido la pena el esfuerzo. Ha merecido la pena todo el dolor que ha vivido Jesús porque, en su pulso sobre la maldad de lo humano, ha salido vencedor. ¿Es todo lo que sabéis hacer fuerzas del mal? ¿Es todo lo que vuestro egoísmo, vuestra soberbia, vuestra injusticia puede hacerme? Pues ya veis. Soy el que vive.
«Me volví para ver la voz que hablaba conmigo, y vuelto, vi siete candelabros de oro, y en medio de los candelabros como un hijo de hombre, vestido de una túnica talar, y ceñido el pecho con un cinturón de oro. Su cabeza y sus cabellos eran blancos como la lana blanca, como la nieve, y sus ojos como llama de fuego. Sus pies eran semejantes al bronce bruñido incandescente en el crisol; y su voz como rumos de muchas aguas. Tenía en su mano derecha siete estrellas; y de su boca salía una espada aguda de doble filo; su rostro era como el sol cuando brilla en su apogeo. Cuando lo vi, caí a sus pies como muerto. Pero él puso su mano derecha sobre mí, diciéndome: No temas; yo soy el Primero y el Último, el Viviente; estuve muerto, pero ya ves: vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del abismo. Escribe, pues, lo que estás viendo: lo que es y lo que ha de suceder después de esto». Ap 1,12-19.
Estamos muertos, cuando el amor no es la energía que nos hace mover nuestros pasos. Estamos muertos cuando el dolor se pega a nuestra mirada y todo lo valoramos desde la queja, viendo sólo el barro que acompaña a la humanidad, olvidando que es el aparente envoltorio del tesoro que todos llevamos dentro.
«Pero llevamos este tesoro en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros. Atribulados en todo, mas no aplastados; apurados, mas no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, mas no aniquilados, llevando siempre y en todas partes en el cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo». 2ª Cor 4,7-10.
Habla Pablo de un dinamismo de un ejercicio de resucitar las situaciones que no lo están. Vivir la pascua no es creer ingenuamente en el fin del dolor y del sufrimiento. Pero sí que es la fuerza que nos ayuda a afrontarlo con ánimo y esperanza.
«Sabemos que pasamos de la muerte a la vida porque amamos a nuestros hermanos». 1ª Jn 3,14.

Cómo podemos vivirlo. La potencia que tiene la resurrección de Cristo en los corazones que lo acogen es tan grande que renueva la faz de la tierra. Renueva la mirada sobre el valle de huesos secos que es nuestro mundo, y abre un nuevo horizonte a todos los pequeños sepulcros que durante nuestra vida nos vamos a encontrar.
Es tiempo de querernos, es tiempo de abrazarnos, es tiempo de decirle a la tristeza que ya tienes un compromiso con la alegría, y que le serás fiel toda la vida como dice el papa Francisco. Es tiempo de ilusionarnos que el futuro va a ser diferente. Que no estamos en el eterno retorno de siempre volver a caer, de siempre volver a empezar. Puede que por nuestra lentitud una y mil veces tengamos que volver a la fe porque nos despistamos. Pero la seguridad de que el Señor no cambia su mirada sobre nosotros y que permanece fiel nos devuelve la alegría que nadie nos puede quitar.

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Audio-homilía: Vigilia Pascual 2014

Esta es la noche que toda la humanidad espera. Y es que muchas veces sufrimos la diferencia que hay entre deseo y realidad, entre nuestros proyectos y lo que luego sucede.

Esta noche celebramos que lo divino y lo humano se abrazan y los sueños de Dios y de la humanidad conectan.

El sepulcro en el que enterraron a Jesús es el resumen de todos los sufrimientos, los llantos, los dolores y las lágrimas vividos y derramados en la historia de la humanidad. A tantas lágrimas y sangre derramados a lo largo de la historia Dios responde a lo grande. No sólo reparte kleenex para secar las lágrimas, sino que también nos invita a reconciliarnos con una humanidad en la que el amor ha vencido al pecado. Esta es una noche alegre. Hay fiesta en el cielo y en la tierra.

Es importante creer en la Resurrección porque da sentido a nuestras luchas diarias. Todas las víctimas inocentes tienen un lugar en el cielo, todos los que han sufrido tanto a lo largo de la historia son redimidos. Dios hoy lanza un grito a favor de los últimos, de los pobres, de los desfavorecidos. Dios responde a la humanidad diciendo un SÍ a la vida eterna de todos sus hijos. Cada uno con nuestro nombre somos únicos para Él. Cada uno de nosotros es imprescindible. Celebramos que Dios vuelve a pronunciar nuestros nombres.

Dios ha dicho hoy su última palabra: VIVE. La misericordia ha vencido al juicio. La paciencia de Dios es nuestra salvación y por muchas manchas que haya hoy Dios nos devuelve una oportunidad de vida inmaculada. La misericordia de Dios nos comprende, nos conoce, nos llama y nos necesita. Dios hace el milagro de blanquear nuestros pecados, nuestros miedos…

Es noche de experimentar que hay una vida que llena de amor y que vence a la oscuridad. Jesús se reconcilia con la historia de la humanidad. Ha merecido la pena el dolor vivido porque ha salido vencedor en su pulso con las fuerzas del mal.

Ojalá que en esta noche dejemos que Jesús nos ponga la mano en el hombro o en el corazón y nos recuerde que, junto a él, viviremos aún en los momentos tristes.

Estamos muertos cuando el amor no es la energía que guía nuestros pasos, cuando vivimos en clave de queja y anticipar peligros… Si queremos, podemos ver de forma constante regalos.

La potencia que tiene la Resurrección de Cristo en los corazones que lo acogen es tan grande que renueva la faz de la tierra. No será portada de los periódicos, pero llevamos 21 siglos resucitando a Jesús, transmitiendo su amor y su buena noticia con creatividad.

Es tiempo de querernos, de abrazarnos… Y, como dice el Papa Francisco, «es tiempo de decirle a la tristeza que ya tienes un compromiso con la alegría y que le serás fiel toda la vida».

No estamos en el eterno retorno, porque el Señor nos renueva y permanece fiel sin cambiar su forma de vernos.

Audio-homilía: Vigilia Pascual 2014

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Audio-homilía: Domingo de Ramos 2014

La lectura de la Pasión de Jesús nos mueve a pedir que ojalá que nos unamos afectivamente a la figura de Cristo, porque si no la Semana Santa la podemos vivir como meros espectadores.

La intención del Señor al vivir y sufrir todo esto que hemos leído es acercarse profundamente a la humanidad que sigue experimentando muchas de las cosas que el sufrió. Todos tenemos experiencias de cruz, de fragilidad en las diferentes etapas de nuestra vida. Cruz es todo aquello que nos recuerda que somos limitados y que no somos autosuficientes, lo que nos provoca inseguridad, lo que nos recuerda que no somos fuertes, el camino del empobrecimiento.

Jesús entra muy rico en Jerusalen, aclamado por las multitudes, e inicia un paulatino y total proceso de empobrecimiento. Primero pierde a todos esos seguidores que pasan de jalearle a pedir su crucifixión, luego pierde a sus amigos que le niegan o le abandonan, después pierde salud física y dignidad humana y acaba perdiendo hasta la vida. Todo eso era evitable, pero el Señor no lo evitó para unirse a los hombres en nuestras pérdidas y en nuestras cruces.

El Camino de la Semana Santa es reconocer que Dios a ese hombre aparentemente fracasado le da la dignidad más grande del mundo: ser señor de las naciones.

Ojalá que vivamos y acojamos todas las buenas nuevas que la Semana Santa nos trae: que el jueves celebremos la alegría del pan que se parte, que el viernes adoremos la cruz, que en la Vigilia Pascual y el domingo de Resurrección disfrutemos de la victoria de Jesús sobre la muerte. Y ojalá que seamos una comunidad resucitada y resucitadora que pretende cambiar las soledades por alegría y los lutos por danzas.

Audio-homilía: Domingo de Ramos 2014

Pasión de Jesucristo según San Mateo

Unos días antes de la fiesta de Pascua, los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo se reunieron en el palacio del Sumo Sacerdote, llamado Caifás, y se pusieron de acuerdo para detener a Jesús con astucia y darle muerte. Pero decían: «No lo hagamos durante la fiesta, para que no se produzca un tumulto en el pueblo».
Entonces uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes y les dijo: «¿Cuánto me daréis si se lo entrego?». Y resolvieron darle treinta monedas de plata.
Desde ese momento, Judas buscaba una ocasión favorable para entregarlo.
El primer día de los Acimos, los discípulos fueron a preguntar a Jesús: «¿Dónde quieres que te preparemos la comida pascual?».
El respondió: «Id a la ciudad, a la casa de tal persona, y díganle: ‘El Maestro dice: Se acerca mi hora, voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos'». Ellos hicieron como Jesús les había ordenado y prepararon la Pascua.
Al atardecer, estaba a la mesa con los Doce y, mientras comían, Jesús les dijo: «Os aseguro que uno de vosotros me entregará».
Profundamente apenados, ellos empezaron a preguntarle uno por uno: «¿Seré yo, Señor?». El respondió: «El que acaba de servirse de la misma fuente que yo, ese me va a entregar. El Hijo del hombre se va, como está escrito de él, pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre será entregado: más le valdría no haber nacido!».
Judas, el que lo iba a entregar, le preguntó: «¿Seré yo, maestro?». «Tú lo has dicho», le respondió Jesús.
Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: «Tomad y comed, esto es mi Cuerpo». Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, diciendo: «Bebed todos de ella, porque esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos para la remisión de los pecados. Os aseguro que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta el día en que beba con vosotros el vino nuevo en el Reino de mi Padre». Después del canto de los Salmos, salieron hacia el monte de los Olivos.
Entonces Jesús les dijo: «Esta misma noche, os váis a escandalizar a causa de mí. Porque dice la Escritura: Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño. Pero después que yo resucite, iré antes que vosotros a Galilea». Pedro, tomando la palabra, le dijo: «Aunque todos se escandalicen por tu causa, yo no me escandalizaré jamás». Jesús le respondió: «Te aseguro que esta misma noche, antes que cante el gallo, me habrás negado tres veces». Pedro le dijo: «Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré». Y todos los discípulos dijeron lo mismo.
Cuando Jesús llegó con sus discípulos a una propiedad llamada Getsemaní, les dijo: «Quedaos aquí, mientras yo voy allí a orar».
Y llevando con él a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse y a angustiarse. Entonces les dijo: «Mi alma siente una tristeza de muerte. Quedaos aquí, velando conmigo».
Y adelantándose un poco, cayó con el rostro en tierra, orando así: «Padre mío, si es posible, que pase lejos de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya».
Después volvió junto a sus discípulos y los encontró durmiendo. Jesús dijo a Pedro: «¿Es posible que no hayáis podido quedaros despiertos conmigo, ni siquiera una hora? Estad prevenidos y orad para no caer en la tentación, porque el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil».
Se alejó por segunda vez y suplicó: «Padre mío, si no puede pasar este cáliz sin que yo lo beba, que se haga tu voluntad».
Al regresar los encontró otra vez durmiendo, porque sus ojos se cerraban de sueño. Nuevamente se alejó de ellos y oró por tercera vez, repitiendo las mismas palabras.
Luego volvió junto a sus discípulos y les dijo: «Ahora podéis dormir y descansar: ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos! ¡Vamos! Ya se acerca el que me va a entregar».
Jesús estaba hablando todavía, cuando llegó Judas, uno de los Doce, acompañado de una multitud con espadas y palos, enviada por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo.
El traidor les había dado esta señal: «Es aquel a quien voy a besar. Detenedlo». Inmediatamente se acercó a Jesús, diciéndole: «Salud, Maestro», y lo besó.
Jesús le dijo: «Amigo, ¡cumple tu cometido!». Entonces se abalanzaron sobre él y lo detuvieron. Uno de los que estaban con Jesús sacó su espada e hirió al servidor del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja.
Jesús le dijo: «Guarda tu espada, porque el que a hierro mata a hierro muere. ¿O piensas que no puedo recurrir a mi Padre? El pondría inmediatamente a mi disposición más de doce legiones de ángeles. Pero entonces, ¿cómo se cumplirían las Escrituras, según las cuales debe suceder así?».
Y en ese momento dijo Jesús a la multitud: «¿Soy acaso un ladrón, para que salgáis a arrestarme con espadas y palos? Todos los días me sentaba a enseñar en el Templo, y no me detuvisteis».
Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que escribieron los profetas. Entonces todos los discípulos lo abandonaron y huyeron.
Los que habían arrestado a Jesús lo condujeron a la casa del Sumo Sacerdote Caifás, donde se habían reunido los escribas y los ancianos. Pedro lo seguía de lejos hasta el palacio del Sumo Sacerdote; entró y se sentó con los servidores, para ver cómo terminaba todo.
Los sumos sacerdotes y todo el Sanedrín buscaban un falso testimonio contra Jesús para poder condenarlo a muerte; pero no lo encontraron, a pesar de haberse presentado numerosos testigos falsos. Finalmente, se presentaron dos que declararon: «Este hombre dijo: ‘Yo puedo destruir el Templo de Dios y reconstruirlo en tres días'». El Sumo Sacerdote, poniéndose de pie, dijo a Jesús: «¿No respondes nada? ¿Qué es lo que estos declaran contra ti?». Pero Jesús callaba.
El Sumo Sacerdote insistió: «Te conjuro por el Dios vivo a que me digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios».
Jesús le respondió: «Tú lo has dicho. Además, os aseguro que de ahora en adelante veréis al Hijo del hombre sentarse a la derecha del Todopoderoso y venir sobre las nubes del cielo».
Entonces el Sumo Sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo: «Ha blasfemado, ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Vosotros acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué os parece?». Ellos respondieron: «Merece la muerte». Luego lo escupieron en la cara y lo abofetearon. Otros lo golpeaban, diciéndole: «Tú, que eres el Mesías, profetiza, dinos quién te golpeó».
Mientras tanto, Pedro estaba sentado afuera, en el patio. Una sirvienta se acercó y le dijo: «Tú también estabas con Jesús, el Galileo». Pero él lo negó delante de todos, diciendo: «No sé lo que quieres decir». Al retirarse hacia la puerta, lo vio otra sirvienta y dijo a los que estaban allí: «Este es uno de los que acompañaban a Jesús, el Nazareno». Y nuevamente Pedro negó con juramento: «Yo no conozco a ese hombre». Un poco más tarde, los que estaban allí se acercaron a Pedro y le dijeron: «Seguro que tú también eres uno de ellos; hasta tu acento te traiciona». Entonces Pedro se puso a maldecir y a jurar que no conocía a ese hombre. En seguida cantó el gallo y Pedro recordó las palabras que Jesús había dicho: «Antes que cante el gallo, me negarás tres veces». Y saliendo, lloró amargamente.
Cuando amaneció, todos los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo deliberaron sobre la manera de hacer ejecutar a Jesús. Después de haberlo atado, lo llevaron ante Pilato, el gobernador, y se lo entregaron.
Judas, el que lo entregó, viendo que Jesús había sido condenado, lleno de remordimiento, devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y a los ancianos, diciendo: «He pecado, entregando sangre inocente». Ellos respondieron: «¿Qué nos importa? Es asunto tuyo». Entonces él, arrojando las monedas en el Templo, salió y se ahorcó.
Los sumos sacerdotes, juntando el dinero, dijeron: «No está permitido ponerlo en el tesoro, porque es precio de sangre».
Después de deliberar, compraron con él un campo, llamado «del alfarero», para sepultar a los extranjeros. Por esta razón se lo llama hasta el día de hoy «Campo de sangre». Así se cumplió lo anunciado por el profeta Jeremías: Y ellos recogieron las treinta monedas de plata, cantidad en que fue tasado aquel a quien pusieron precio los israelitas. Con el dinero se compró el «Campo del alfarero», como el Señor me lo había ordenado.
Jesús compareció ante el gobernador, y este le preguntó: «¿Tú eres el rey de los judíos?». El respondió: «Tú lo dices».
Al ser acusado por los sumos sacerdotes y los ancianos, no respondió nada. Pilato le dijo: «¿No oyes todo lo que declaran contra ti?». Jesús no respondió a ninguna de sus preguntas, y esto dejó muy admirado al gobernador.
En cada Fiesta, el gobernador acostumbraba a poner en libertad a un preso, a elección del pueblo. Había entonces uno famoso, llamado Barrabás. Pilato preguntó al pueblo que estaba reunido: «¿A quién queréis que ponga en libertad, a Barrabás o a Jesús, llamado el Mesías?». El sabía bien que lo habían entregado por envidia. Mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó decir: «No te mezcles en el asunto de ese justo, porque hoy, por su causa, tuve un sueño que me hizo sufrir mucho».
Mientras tanto, los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la multitud que pidiera la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús. Tomando de nuevo la palabra, el gobernador les preguntó: «¿A cuál de los dos queréis que ponga en libertad?». Ellos respondieron: «A Barrabás». Pilato continuó: «¿Y qué haré con Jesús, llamado el Mesías?». Todos respondieron: «¡Que sea crucificado!». El insistió: «¿Qué mal ha hecho?». Pero ellos gritaban cada vez más fuerte: «¡Que sea crucificado!». Al ver que no se llegaba a nada, sino que aumentaba el tumulto, Pilato hizo traer agua y se lavó las manos delante de la multitud, diciendo: «Yo soy inocente de esta sangre. Es asunto vuestro». Y todo el pueblo respondió: «Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos». Entonces, Pilato puso en libertad a Barrabás; y a Jesús, después de haberlo hecho azotar, lo entregó para que fuera crucificado.
Los soldados del gobernador llevaron a Jesús al pretorio y reunieron a toda la guardia alrededor de él. Entonces lo desvistieron y le pusieron un manto rojo. Luego tejieron una corona de espinas y la colocaron sobre su cabeza, pusieron una caña en su mano derecha y, doblando la rodilla delante de él, se burlaban, diciendo: «Salud, rey de los judíos». Y escupiéndolo, le quitaron la caña y con ella le golpeaban la cabeza.
Después de haberse burlado de él, le quitaron el manto, le pusieron de nuevo sus vestiduras y lo llevaron a crucificar. Al salir, se encontraron con un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo obligaron a llevar la cruz. Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota, que significa «lugar del Cráneo», le dieron de beber vino con hiel. El lo probó, pero no quiso tomarlo.
Después de crucificarlo, los soldados sortearon sus vestiduras y se las repartieron; y sentándose allí, se quedaron para custodiarlo. Colocaron sobre su cabeza una inscripción con el motivo de su condena: «Este es Jesús, el rey de los judíos».
Al mismo tiempo, fueron crucificados con él dos ladrones, uno a su derecha y el otro a su izquierda.
Los que pasaban, lo insultaban y, moviendo la cabeza,
decían: «Tú, que destruyes el Templo y en tres días lo vuelves a edificar, ¡sálvate a ti mismo, si eres Hijo de Dios, y baja de la cruz!». De la misma manera, los sumos sacerdotes, junto con los escribas y los ancianos, se burlaban, diciendo: «¡Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo! Es rey de Israel: que baje ahora de la cruz y creeremos en él. Ha confiado en Dios; que él lo libre ahora si lo ama, ya que él dijo: «Yo soy Hijo de Dios».
También lo insultaban los ladrones crucificados con él.
Desde el mediodía hasta las tres de la tarde, las tinieblas cubrieron toda la región. Hacia las tres de la tarde, Jesús exclamó en alta voz: «Elí, Elí, lemá sabactani», que significa: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?».
Algunos de los que se encontraban allí, al oírlo, dijeron: «Está llamando a Elías».
En seguida, uno de ellos corrió a tomar una esponja, la empapó en vinagre y, poniéndola en la punta de una caña, le dio de beber.
Pero los otros le decían: «Espera, veamos si Elías viene a salvarlo».
Entonces Jesús, clamando otra vez con voz potente, entregó su espíritu.
Inmediatamente, el velo del Templo se rasgó en dos, de arriba abajo, la tierra tembló, las rocas se partieron y las tumbas se abrieron. Muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron
y, saliendo de las tumbas después que Jesús resucitó, entraron en la Ciudad santa y se aparecieron a mucha gente.
El centurión y los hombres que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y todo lo que pasaba, se llenaron de miedo y dijeron: «¡Verdaderamente, este era el Hijo de Dios!».
Había allí muchas mujeres que miraban de lejos: eran las mismas que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirlo.
Entre ellas estaban María Magdalena, María -la madre de Santiago y de José- y la madre de los hijos de Zebedeo.
Al atardecer, llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que también se había hecho discípulo de Jesús, y fue a ver a Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús. Pilato ordenó que se lo entregaran. Entonces José tomó el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia y lo depositó en un sepulcro nuevo que se había hecho cavar en la roca. Después hizo rodar una gran piedra a la entrada del sepulcro, y se fue. María Magdalena y la otra María estaban sentadas frente al sepulcro.
A la mañana siguiente, es decir, después del día de la Preparación, los sumos sacerdotes y los fariseos se reunieron y se presentaron ante Pilato, diciéndole: «Señor, nosotros nos hemos acordado de que ese impostor, cuando aún vivía, dijo: ‘A los tres días resucitaré’. Ordena que el sepulcro sea custodiado hasta el tercer día, no sea que sus discípulos roben el cuerpo y luego digan al pueblo: ‘¡Ha resucitado!’. Este último engaño sería peor que el primero». Pilato les respondió: «Ahí teneís la guardia, id y asegurad la vigilancia como lo creáis conveniente».
Ellos fueron y aseguraron la vigilancia del sepulcro, sellando la piedra y dejando allí la guardia.

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Os haré salir de vuestros sepulcros

Introducción. Domingo de Pascua, toda la liturgia invita al gozo y a la alegría. El pregón pascual resuena en mi memoria. «Exulten los coros de los ángeles…Gloria, Gloria. Gloria al Señor». Toda la tierra se levanta del sepulcro. La muerte es vencida por la resurrección de Cristo. Tenemos razones para la alegría y la esperanza. Nuestros ojos han sido testigos del paso, de la Pascua de Jesús por la vida de las personas con las que hemos compartido estos días santos. Abro la puerta de mi parroquia para decir la misa de la tarde, huele a incienso de la Vigilia Pascual, las flores que adornan la iglesia están frescas y bonitas. Y veo que hay un coche en la esquina, se abre la puerta, y un señor mayor se acerca. ¿Padre podría hablar con usted? Por su expresión noto que no es de alegría ni de la pascua de lo que me quiere hablar. ¿Podríamos celebrar un funeral por mi nietecita? Y en dos segundos el ambiente Pascual se transforma en escucha, en compasión, en dolor compartido al escuchar otra nueva historia de muerte, de dolor, de sepulcro. Sale de mi una disponibilidad, una ternura por ese hombre que me introducen en una nueva comprensión de lo que significa la Pascua.
Nos encantaría que la resurrección de Jesús nos trajera como resultado un mundo ausente de dolor, de pena, de muerte. Que ya no hubiera lágrimas en los ojos, ni cicatrices en los corazones. Que la palabra nunca se convirtiera en mentira, ni las personas en amenazas. Pero no es así. La vida sigue y con ella la fragilidad, las noticias que nos paralizan, las derrotas y las caídas. Seguimos un largo camino, no hemos llegado todavía a la meta. Seguimos siendo peregrinos caminando por el mundo. Pero ya no vivimos solos, no recorremos solos nuestro camino. El resucitado nos acompaña. Y nos recuerda a cada paso que la meta sigue clara, luminosa, abierta. Los brazos misericordiosos de Dios, que nos espera, salen a buscar nuestra silueta en el horizonte para cubrirnos a besos y abrazos y dar alivio a nuestro cansancio.

Lo que Dios nos dice. «Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia. Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas sin pastor. Entonces dice a sus discípulos: La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies». Mt 9,35-38. Jesús vivía continuamente el contraste entre lo que Él sentía de pasión, de compañía de Dios, de amor y la falta de vida que había a su alrededor a la que él era sensible. ¡Tanta tristeza en los rostros, tanta pregunta sin respuesta, tanta pena en las almas…! Su misión era devolver la alegría a los rostros y la paz a los corazones. Y resucitar significa confirmar con más claridad todavía que las personas tenemos que conocer la buena noticia que nos devuelve la esperanza. Es el tiempo de pascua un tiempo de caminar, de recorrer las distancias que hay entre un corazón capaz de afrontar con esperanza algo tan difícil como la enfermedad, la muerte, la soledad o, por el contrario, seguir aplastado por el peso de la losa que envuelve la humanidad, en la que vivir es un lotería. Se puede ser dichoso mientras la suerte te deje vivir sin aparente dolor. Pero todo está muy fácilmente amenazado por la fragilidad de nuestra confianza.
Mientras los hombres no se sientan hijos de un Dios que los ama, mientras no veamos a los demás como hermanos, mientras no ahuyentemos los miedos y los alejemos de nuestras vidas porque el amor los expulsa fuera, tendrá sentido este tiempo de Pascua, de misión. Pedir al dueño de la mies no que envíe a otros trabajadores, sino que los que estamos ya en la viña, nos sintamos obreros, amigos, que acojamos con responsabilidad las tareas y los servicios que se nos confíen. Hay que pedir que aumente nuestra disponibilidad, nuestro riesgo, nuestra creatividad. Vivir como resucitados a los que nos sigue afectando la fragilidad de lo humano, pero seguros de que nada ni nadie nos podrá apartar del regalo de la victoria sobre la muerte, de la fiesta a la que somos invitados para toda la eternidad.
«Preparará el Señor del universo para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos; un festín de vinos de solera; manjares exquisitos, vinos refinados. Y arrancará en este monte el velo que cubre a todos los pueblos, el lienzo extendido sobre las naciones. Aniquilará la muerte para siempre. Dios, el Señor, enjugará las lágrimas de todos los rostros, y alejará del país el oprobio de su pueblo -lo ha dicho el Señor-. Aquel día se dirá: Aquí está nuestro Dios. Esperábamos en él y nos ha salvado. Este es el Señor en quien esperamos. Celebremos y gocemos con su salvación, porque reposará sobre este monte la mano del Señor.» Is 25, 6-10.

Cómo podemos vivirlo. «Por eso profetiza y diles: Esto dice el Señor Dios: Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os sacaré de ellos, pueblo mío, y os llevaré a la tierra de Israel. Y cuando abra vuestros sepulcros y os saque de ellos, pueblo mío, comprenderéis que soy el Señor. Pondré mi espíritu en vosotros y viviréis; os estableceré en vuestra tierra y comprenderéis que yo, el Señor, lo digo y lo hago -oráculo del Señor-. Ez 37,12-14. Sepulcro es todo aquello que me hunde, que me atrapa, que me aleja de la luz. Hay pensamientos que son de muerte: los juicios, las condenas, los reproches. Hay miradas que son de sepulcros. Salir de los lugares de muerte pasa por dejar que entre la fuerza y la frescura del Espíritu. Estamos en el tiempo de aprender a dejar lo viejo, lo enfermo, y abrirnos a la novedad a la que nos invita el Señor.

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