Viernes santo

Audio-homilía: Viernes Santo 2014

Al leer la Pasión nos planteamos cómo se pone en marcha tal espiral de violencia y crueldad contra alguien que sólo ha ofrecido amor. Si estamos diseñados para amar y compartir, para ayudarnos, ¿de dónde sale nuestra capacidad de destrucción?.

El Viernes Santo nos permite preguntarnos una vez al año de dónde nos sale a cada uno ese odio y esa violencia reprimida. En todos nosotros hay deseos que no son la imagen de Dios y tenemos que quitarlos para ayudar a mejorar el mundo. Cada uno debe vencer a ese orgullo que origina la violencia.

Los enemigos del amor se llaman miedo y soberbia.

Si Jesús viniera a nuestra vida a pedirnos, podríamos ponernos a la defensiva. Pero él sólo viene a dar, a compartir, a amar. Nos dice que no se cree nuestras seguridades y nuestra calidad de vida, porque está en nuestro corazón y sabe cuáles son nuestras fantasías y cómo se nos va la olla.

Vivamos en el presente porque nuestra vida es lo suficientemente apasionante y maravillosa. Dios nos espera en la realidad y nosotros le buscamos en la fantasía.

Audio-homilía: Viernes Santo 2014

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Semana Santa que nos salva y nos santifica

Desde el Domingo de Ramos hasta el Domingo de Resurrección transcurre la Semana Santa. Es natural que la llamemos así porque en ella conmemoramos y actualizamos la entrega, pasión muerte y resurrección de Jesús.
Sin embargo, decir que estamos en Semana Santa debe querer decir algo más. En estos días en los que con intensidad nos unimos a Jesús, porque él nos invita a participar en la mesa de su pan, de su Palabra y de su ejemplo, podemos y debemos santificar nuestra realidad. Significará hacer propias las actitudes de Jesús como el perdón, la reconciliación, la verdad, la misericordia, la acogida, el sacrificio personal en bien de los otros.
Jueves, Viernes y Sábado Santo nos indican las actitudes que podemos aprender como última y más importante lección de nuestro maestro Jesús.

Amar cada día más y mejor
Para lograrlo debo profundizar en mi relación con Jesús dejándome lavar por él, dejándole entrar en mis objetivos y metas, en mis acciones, en mis pensamientos e intenciones. (“Jesús le dijo a Pedro: -Lo que yo hago no lo entiendes ahora, más tarde lo entenderás. Replicó Pedro: -No me lavarás los pies jamás. Jesús le dijo: -Si no te lavo, no tienes nada que ver conmigo. Le dijo Simón Pedro: -Señor, si es así, no sólo los pies, sino las manos y la cabeza”. Jn 13, 7-9)
Porque Jesús quiere tener con nosotros una relación auténtica que pide de nuestra parte obediencia a sus palabras y al mandato del amor. También nosotros hemos de lavarnos los pies unos a otros, perdonarnos y amarnos con el mismo amor que él nos da. Será un amor que se llena de gestos y actos concretos de cuidado y atención y se traduce en el logro de una convivencia más humana en la justicia y más fraterna en la unidad y la paz. (“Vosotros me llamáis maestro y señor, y decís bien. Pues si yo, que soy maestro y señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros mutuamente los pies. Os he dado ejemplo para que hagáis lo mismo que yo he hecho”. Jn 13, 13-15)

Confiar en Dios a pesar de todo
Unidos a Jesús, somos llevados por la vía dolorosa. Acompañar al Señor en el Viernes Santo es estremecedor y nos da otra de las claves para santificar la vida: la total confianza puesta en Dios más allá de las circunstancias de dolor y sufrimiento que nos toque atravesar.
En la cruz de Jesús descubrimos que somos comprendidos en nuestras cruces y dificultades, que no estamos solos. Junto a nosotros está también María, la madre del Señor, están también las personas que nos quieren, nos apoyan y comprenden. Dios, Jesucristo y su madre santa se compadecen de nosotros y no nos abandonan; por oscuros que sean los tiempos o los acontecimientos podemos confiar y apoyarnos en ellos. (“Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María de Cleofás y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y al lado al discípulo predilecto, dice a su madre: -Mujer, ahí tienes a tu hijo. Después dice al discípulo: -Ahí tienes a tu madre. Y desde aquel momento el discípulo se la llevó a su casa”. Jn 19, 25-27)
Desde la cruz Jesús nos mira y grita que tiene sed; también nosotros estamos sedientos de compasión, de un trato más humano y bondadoso. Bajo la mirada de Jesús estamos llamados a ser compasivos, misericordiosos y solidarios con los que están junto a nosotros. (“Después, sabiendo que todo había terminado, para que se cumpliese la Escritura, Jesús dijo: -Tengo sed. Había allí un jarro lleno de vinagre. Empaparon una esponja en vinagre, la sujetaron a un hisopo y se la acercaron a la boca. Jesús tomó el vinagre y dijo: -Todo se ha cumplido. Dobló la cabeza y entregó el espíritu”. Jn 19, 28-30)

Esperar sin límites
El Sábado Santo es un día de silencio, penumbra y soledad. Solemos ponernos al lado de María, que supo esperar el nacimiento de su Hijo, para sostenernos en ella, mirar su rostro y con María orar por todos los que se desesperan y se sienten solos.
La Virgen esperaba en el Sábado Santo a que le naciéramos nosotros, sus otros hijos, y cuando el sol del Domingo de Pascua comience a clarear y el Hijo resucitado se nos haga de nuevo cercano y encontradizo, María verá en cada uno de nosotros a Jesús.
El tiempo entre la muerte y la resurrección de Jesús no fue un tiempo perdido, Jesús se solidarizó totalmente con la humanidad y entró en la muerte hasta los infiernos donde no llega ni un rayo del amor de Dios, allí donde no hay palabras de consuelo.
Nosotros hoy vivimos una situación parecida al Sábado Santo de Jesús: muchas personas no ven a Dios, Él no está en sus corazones; otras no encuentran el sentido de su vida. Ante esta realidad, como cristianos, podemos mostrar la esperanza cuando no nos dejamos llevar de las malas noticias y de la negatividad; cuando, como las mujeres discípulas, que cuidaron a Jesús vivo y también después de muerto, seguimos cuidando con amor y dedicación a los heridos y muertos por la pena o la soledad; o cuando, al igual que los discípulos de Emaús, sabemos acompañar y ser acompañados por los que aparecen en nuestro camino. Así, en la noche que queremos acortar, ponemos una luz de esperanza en Jesucristo resucitado. (“El primer día de la semana, de madrugada, fueron al sepulcro llevando los perfumes preparados. Encontraron corrida la piedra del sepulcro, entraron, pero no encontraron el cadáver del Señor Jesús. Estaban desconcertadas por el hecho, cuando se les presentaron dos hombres con vestidos brillantes. Y, como quedaron espantadas, mirando al suelo, ellos les dijeron: -¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado”. Lc 24, 1-6)

¡Feliz llegada a la Pascua a todos!

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Audio-homilía: Domingo de Ramos 2013

La Semana Santa es una escuela de lo que todo ser humano va a vivir en este mundo. Jesús es nuestro Camino, nuestra Verdad y nuestra Vida. Y Él nos enseña paso a paso lo que será nuestro peregrinaje por esta vida.

Entre los dos instantes de desnudez y fragilidad que son nuestro nacimiento y nuestra muerte todos nosotros tenemos responsabilidad para elegir sobre nuestos actos: podemos vivir compartiendo o acumulando, amando o llenando de sufrimiento nuestras vidas y las de los demás…

La pasión, muerte y resurrección de Jesús nos muestra cómo entra en Jerusalem enriquecido, aclamado, en medio de un ambiente de euforia, y llega al jueves y viernes santo tremendamente empobrecido… para, en el domingo de resurrección triunfar sobre la muerte y el odio.

El Domingo de Ramos todo es euforia… Parece verse el resultado de los tres años de trabajo arduo de Jesús. Los discípulos podrían imaginar que ese era el principio de mejores tiempos…

Pero Jerusalem es una ciudad hecha por hombres (como nuestro mundo)… y ese aparente triunfo y esa aparente felicidad son tan frágiles como las nuestras… De la aclamación al «crucifícalo» hay una delgada línea… Cambia la escena en muy poco tiempo…

Estas escenas retratan perfectamente nuestra trayectoria: nosotros pasamos del amor al odio en un suspiro y nos venimos arriba y abajo en segundos…

Jesús vive todo (la aclamación y la animadversión) sabiendo lo que le espera y sabiendo con quién lo vive. Entra enriquecido en Jerusalem y va empobreciéndose paulatinamente hasta el viernes santo. Su vida es una progresiva perdida de vida pero Él sabe perfectamente quién le devuelve la vida. Entrega la vida voluntariamente y el Domingo de Resurrección redescubrimos que quien llena de vida a Jesús (al igual que a nosotros) es Dios. La vida la recibimos y nos la recarga Dios mismo.

La Semana Santa tiene mucho que enseñarnos. Deberíamos vivirla intensamente, poniendo los ojos en Jesús, porque en nuestra vida hay mucho de ella: en nuestro día a día hay muchos Judas, muchos Pedros, muchos Getsemanís y momentos en los que lloramos pidiendo que se aparte de nosotros ese cáliz.

Diariamente todos vivimos constantemente misterios pascuales, pero los podemos vivir solos o acompañados. Podemos experimentar la cruz reconociendo que el Padre es el que nos da la vida. La Resurrección es volver a aprender que la vida nos la da otro.

Ojala vivamos esta Semana Santa orando unos por otros, con una fe firme en la Resurrección, sabiendo que por mucho dolor que acompañe nuestra vida la última palabra la tiene el amor. Porque siempre el amor es más fuerte que la muerte.

Audio-homilía: Domingo de Ramos 2013

Evangelio según San Lucas

Llegada la hora, Jesús se sentó a la mesa con los Apóstoles y les dijo: «He deseado ardientemente comer esta Pascua con vosotros antes de mi Pasión, porque os aseguro que ya no la comeré más hasta que llegue a su pleno cumplimiento en el Reino de Dios».
Y tomando una copa, dio gracias y dijo: «Tomad y compartidla entre vosotros. Porque os aseguro que desde ahora no beberé más del fruto de la vid hasta que llegue el Reino de Dios».
Luego tomó el pan, dio gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: «Esto es mi Cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía».
Después de la cena hizo lo mismo con la copa, diciendo: «Esta copa es la Nueva Alianza sellada con mi Sangre, que se derrama por vosotros. La mano del traidor está sobre la mesa, junto a mí.
Porque el Hijo del hombre va por el camino que le ha sido señalado, pero ¡ay de aquel que lo va a entregar!».
Entonces comenzaron a preguntarse unos a otros quién de ellos sería el que iba a hacer eso. Y surgió una discusión sobre quién debía ser considerado como el más grande.
Jesús les dijo: «Los reyes de las naciones dominan sobre ellas, y los que ejercen el poder sobre el pueblo se hacen llamar bienhechores. Pero entre vosotros no debe ser así. Al contrario, el que es más grande, que se comporte como el menor, y el que gobierna, como un servidor. Porque, ¿quién es más grande, el que está a la mesa o el que sirve? ¿No es acaso el que está a la mesa? Y sin embargo, yo estoy entre vosotros como el que sirve. Vosotros sois los que habéis permanecido siempre conmigo en medio de mis pruebas.
Por eso yo os confiero la realeza, como mi Padre me la confirió a mí.
Y en mi Reino, comeréis y beberéis en mi mesa, y os sentaréis sobre tronos para juzgar a las doce tribus de Israel. Simón, Simón, mira que Satanás ha pedido poder para zarandearos como el trigo,
pero yo he rogado por ti, para que no te falte la fe. Y tú, después que hayas vuelto, confirma a tus hermanos».
«Señor», le dijo Pedro, «estoy dispuesto a ir contigo a la cárcel y a la muerte».
Pero Jesús replicó: «Yo te aseguro, Pedro, que hoy, antes que cante el gallo, habrás negado tres veces que me conoces».
Después les dijo: «Cuando os envié sin bolsa, ni alforja, ni sandalia, ¿os faltó alguna cosa?».
«Nada», respondieron. El agregó: «Pero ahora el que tenga una bolsa, que la lleve; el que tenga una alforja, que la lleve también; y el que no tenga espada, que venda su manto para comprar una.
Porque os aseguro que debe cumplirse en mí esta palabra de la Escritura: Fue contado entre los malhechores. Ya llega a su fin todo lo que se refiere a mí».
«Señor», le dijeron, «aquí hay dos espadas». El les respondió: «Basta».
En seguida Jesús salió y fue como de costumbre al monte de los Olivos, seguido de sus discípulos.
Cuando llegaron, les dijo: «Orad, para no caer en la tentación».
Después se alejó de ellos, más o menos a la distancia de un tiro de piedra, y puesto de rodillas, oraba:
«Padre, si quieres, aleja de mí este cáliz. Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya».
Entonces se le apareció un ángel del cielo que lo reconfortaba.
En medio de la angustia, él oraba más intensamente, y su sudor era como gotas de sangre que corrían hasta el suelo.
Después de orar se levantó, fue hacia donde estaban sus discípulos y los encontró adormecidos por la tristeza.
Jesús les dijo: «¿Por qué estáis durmiendo? Levantaos y orad para no caer en la tentación».
Todavía estaba hablando, cuando llegó una multitud encabezada por el que se llamaba Judas, uno de los Doce. Este se acercó a Jesús para besarlo.
Jesús le dijo: «Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?».
Los que estaban con Jesús, viendo lo que iba a suceder, le preguntaron: «Señor, ¿usamos la espada?».
Y uno de ellos hirió con su espada al servidor del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja derecha.
Pero Jesús dijo: «Dejadlo, ya está». Y tocándole la oreja, lo curó.
Después dijo a los sumos sacerdotes, a los jefes de la guardia del Templo y a los ancianos que habían venido a arrestarlo: «¿Soy acaso un ladrón para que vengáis con espadas y palos? Todos los días estaba con vosotros en el Templo y no me arrestasteis. Pero esta es vuestra hora y el poder de las tinieblas».
Después de arrestarlo, lo condujeron a la casa del Sumo Sacerdote. Pedro lo seguía de lejos.
Encendieron fuego en medio del patio, se sentaron alrededor de él y Pedro se sentó entre ellos.
Una sirvienta que lo vio junto al fuego, lo miró fijamente y dijo: «Este también estaba con él».
Pedro lo negó, diciendo: «Mujer, no lo conozco».
Poco después, otro lo vio y dijo: «Tú también eres uno de aquellos». Pero Pedro respondió: «No, hombre, no lo soy».
Alrededor de una hora más tarde, otro insistió, diciendo: «No hay duda de que este hombre estaba con él; además, él también es galileo». «Hombre», dijo Pedro, «no sé lo que dices». En ese momento, cuando todavía estaba hablando, cantó el gallo.
El Señor, dándose vuelta, miró a Pedro. Este recordó las palabras que el Señor le había dicho: «Hoy, antes que cante el gallo, me habrás negado tres veces». Y saliendo afuera, lloró amargamente.
Los hombres que custodiaban a Jesús lo ultrajaban y lo golpeaban;
y tapándole el rostro, le decían: «Profetiza, ¿quién te golpeó?».
Y proferían contra él toda clase de insultos.
Cuando amaneció, se reunió el Consejo de los ancianos del pueblo, junto con los sumos sacerdotes y los escribas. Llevaron a Jesús ante el tribunal y le dijeron: «Dinos si eres el Mesías». El les dijo: «Si yo os respondo, no me creeréis, y si os interrogo, no me responderéis. Pero en adelante, el Hijo del hombre se sentará a la derecha de Dios todopoderoso».
Todos preguntaron: «¿Entonces eres el Hijo de Dios?». Jesús respondió: «Tenéis razón, yo lo soy».
Ellos dijeron: «¿Acaso necesitamos otro testimonio? Nosotros mismos lo hemos oído de su propia boca».
Después se levantó toda la asamblea y lo llevaron ante Pilato.
Y comenzaron a acusarlo, diciendo: «Hemos encontrado a este hombre incitando a nuestro pueblo a la rebelión, impidiéndole pagar los impuestos al Emperador y pretendiendo ser el rey Mesías».
Pilato lo interrogó, diciendo: «¿Eres tú el rey de los judíos?». «Tú lo dices», le respondió Jesús.
Pilato dijo a los sumos sacerdotes y a la multitud: «No encuentro en este hombre ningún motivo de condena».
Pero ellos insistían: «Subleva al pueblo con su enseñanza en toda la Judea. Comenzó en Galilea y ha llegado hasta aquí».
Al oír esto, Pilato preguntó si ese hombre era galileo. Y habiéndose asegurado de que pertenecía a la jurisdicción de Herodes, se lo envió. En esos días, también Herodes se encontraba en Jerusalén.
Herodes se alegró mucho al ver a Jesús. Hacía tiempo que deseaba verlo, por lo que había oído decir de él, y esperaba que hiciera algún prodigio en su presencia.
Le hizo muchas preguntas, pero Jesús no le respondió nada.
Entre tanto, los sumos sacerdotes y los escribas estaban allí y lo acusaban con vehemencia.
Herodes y sus guardias, después de tratarlo con desprecio y ponerlo en ridículo, lo cubrieron con un magnífico manto y lo enviaron de nuevo a Pilato. Y ese mismo día, Herodes y Pilato, que estaban enemistados, se hicieron amigos.
Pilato convocó a los sumos sacerdotes, a los jefes y al pueblo,
y les dijo: «Me habéis traído a este hombre, acusándolo de incitar al pueblo a la rebelión. Pero yo lo interrogué delante de vosotros y no encontré ningún motivo de condena en los cargos de que lo acusan;
ni tampoco Herodes, ya que él lo ha devuelto a este tribunal. Como véis, este hombre no ha hecho nada que merezca la muerte. Después de darle un escarmiento, lo dejaré en libertad».
Pero la multitud comenzó a gritar: «¡Qué muera este hombre! ¡Suéltanos a Barrabás!».
A Barrabás lo habían encarcelado por una sedición que tuvo lugar en la ciudad y por homicidio.
Pilato volvió a dirigirles la palabra con la intención de poner en libertad a Jesús. Pero ellos seguían gritando: «¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!».
Por tercera vez les dijo: «¿Qué mal ha hecho este hombre? No encuentro en él nada que merezca la muerte. Después de darle un escarmiento, lo dejaré en libertad».
Pero ellos insistían a gritos, reclamando que fuera crucificado, y el griterío se hacía cada vez más violento.
Al fin, Pilato resolvió acceder al pedido del pueblo.
Dejó en libertad al que ellos pedían, al que había sido encarcelado por sedición y homicidio, y a Jesús lo entregó al arbitrio de ellos.
Cuando lo llevaban, detuvieron a un tal Simón de Cirene, que volvía del campo, y lo cargaron con la cruz, para que la llevara detrás de Jesús.
Lo seguían muchos del pueblo y un buen número de mujeres, que se golpeaban el pecho y se lamentaban por él.
Pero Jesús, volviéndose hacia ellas, les dijo: «¡Hijas de Jerusalén!, no lloréis por mí; llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos. Porque se acerca el tiempo en que se dirá: ¡Felices las estériles, felices los senos que no concibieron y los pechos que no amamantaron! Entonces se dirá a las montañas: ¡Caigan sobre nosotros!, y a los cerros: ¡Sepúltennos! Porque si así tratan a la leña verde, ¿qué será de la leña seca?».
Con él llevaban también a otros dos malhechores, para ser ejecutados.
Cuando llegaron al lugar llamado «del Cráneo», lo crucificaron junto con los malhechores, uno a su derecha y el otro a su izquierda.
Jesús decía: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Después se repartieron sus vestiduras, sorteándolas entre ellos.
El pueblo permanecía allí y miraba. Sus jefes, burlándose, decían: «Ha salvado a otros: ¡que se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el Elegido!».
También los soldados se burlaban de él y, acercándose para ofrecerle vinagre, le decían: «Si eres el rey de los judíos, ¡sálvate a ti mismo!».
Sobre su cabeza había una inscripción: «Este es el rey de los judíos».
Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros».
Pero el otro lo increpaba, diciéndole: «¿No tienes temor de Dios, tú que sufres la misma pena que él? Nosotros la sufrimos justamente, porque pagamos nuestras culpas, pero él no ha hecho nada malo».
Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a establecer tu Reino».
El le respondió: «Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso».
Era alrededor del mediodía. El sol se eclipsó y la oscuridad cubrió toda la tierra hasta las tres de la tarde. El velo del Templo se rasgó por el medio.
Jesús, con un grito, exclamó: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». Y diciendo esto, expiró.
Cuando el centurión vio lo que había pasado, alabó a Dios, exclamando: «Realmente este hombre era un justo».
Y la multitud que se había reunido para contemplar el espectáculo, al ver lo sucedido, regresaba golpeándose el pecho.
Todos sus amigos y las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea permanecían a distancia, contemplando lo sucedido.
Llegó entonces un miembro del Consejo, llamado José, hombre recto y justo, que había disentido con las decisiones y actitudes de los demás. Era de Arimatea, ciudad de Judea, y esperaba el Reino de Dios.
Fue a ver a Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús. Después de bajarlo de la cruz, lo envolvió en una sábana y lo colocó en un sepulcro cavado en la roca, donde nadie había sido sepultado.
Era el día de la Preparación, y ya comenzaba el sábado.
Las mujeres que habían venido de Galilea con Jesús siguieron a José, observaron el sepulcro y vieron cómo había sido sepultado.
Después regresaron y prepararon los bálsamos y perfumes, pero el sábado observaron el descanso que prescribía la Ley.

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Audio-homilía: Pasión de Nuestro Señor 2012

Hay momentos en la vida que nos superan: el Vía Crucis, la enfermedad terminal, la unción de enfermos, la muerte, el tanatorio, el funeral…

La vida tiene muchos misterios que nos hacen sentirnos muy pequeños, porque tenemos que reconocer que somos incapaces de entenderlos.

En el Viernes Santo, nuestro Cristo, un ser roto y crucificado, aparece como nuestro modelo. Y eso es algo escandaloso, como diría San Pablo, porque nosotros nunca pondríamos a alguien fracasado como modelo o referencia de nada.

No obstante, si somos sinceros, todos llevamos mucho tiempo acarreando cruces, las que nos vienen de fábrica en nuestra vida. Nuestros caminos y nuestras trayectorias no son ideales. Las cruces son algo universal. No distinguen entre religiones, orígenes, sexos, etc. Son comunes al hombre.

La gran aportación de Jesús es que da a la cruz un componente de amor y un sentido que a nosotros nos falta. La historia de Jesús estuvo plagada de conflictos. Pero en Getsemaní no huyó… Porque había llegado su momento y decidió no esquivar la realidad que le venía.

Y, en esa noche de Viernes Santo, Jesús abrazó a todos los fracasados, a los perseguidos, a los marginados, a los perdedores… se identificó con los últimos. Este es un mensaje tremendo de amor por lo opuesto al éxito, para nosotros que vivimos del triunfo económico, profesional, social, personal…

Dios ama lo último, lo fracasado. Y eso es lo que celebramos el Viernes Santo. Festejar la cruz es no vivir pendiente de los resultados. Debemos poner todo de nuestra parte, pero los resultados no dependen totalmente de nosotros.

Ojala que aprendamos a extender los brazos y que el Señor nos lleve donde el quiera.

Audio-homilía: Pasión de Nuestro Señor 2012

Evangelio según San Juan

Después de haber dicho esto, Jesús fue con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón. Había en ese lugar una huerta y allí entró con ellos.
Judas, el traidor, también conocía el lugar porque Jesús y sus discípulos se reunían allí con frecuencia. Entonces Judas, al frente de un destacamento de soldados y de los guardias designados por los sumos sacerdotes y los fariseos, llegó allí con faroles, antorchas y armas.
Jesús, sabiendo todo lo que le iba a suceder, se adelantó y les preguntó: «¿A quién buscáis?». Le respondieron: «A Jesús, el Nazareno». El les dijo: «Soy yo». Judas, el que lo entregaba, estaba con ellos.
Cuando Jesús les dijo: «Soy yo», ellos retrocedieron y cayeron en tierra.
Les preguntó nuevamente: «¿A quién buscáis?». Le dijeron: «A Jesús, el Nazareno». Jesús repitió: «Ya os he dicho que soy yo. Si es a mí a quien buscáis, dejad que estos se vayan».
Así debía cumplirse la palabra que él había dicho: «No he perdido a ninguno de los que me confiaste».
Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al servidor del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja derecha. El servidor se llamaba Malco.
Jesús dijo a Simón Pedro: «Envaina tu espada. ¿Acaso no beberé el cáliz que me ha dado el Padre?».
El destacamento de soldados, con el tribuno y los guardias judíos, se apoderaron de Jesús y lo ataron.
Lo llevaron primero ante Anás, porque era suegro de Caifás, Sumo Sacerdote aquel año. Caifás era el que había aconsejado a los judíos: «Es preferible que un solo hombre muera por el pueblo».
Entre tanto, Simón Pedro, acompañado de otro discípulo, seguía a Jesús. Este discípulo, que era conocido del Sumo Sacerdote, entró con Jesús en el patio del Pontífice, mientras Pedro permanecía afuera, en la puerta. El otro discípulo, el que era conocido del Sumo Sacerdote, salió, habló a la portera e hizo entrar a Pedro. La portera dijo entonces a Pedro: «¿No eres tú también uno de los discípulos de ese hombre?». El le respondió: «No lo soy».
Los servidores y los guardias se calentaban junto al fuego, que habían encendido porque hacía frío. Pedro también estaba con ellos, junto al fuego.
El Sumo Sacerdote interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de su enseñanza.
Jesús le respondió: «He hablado abiertamente al mundo; siempre enseñé en la sinagoga y en el Templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he dicho nada en secreto. ¿Por qué me interrogas a mí? Pregunta a los que me han oído qué les enseñé. Ellos saben bien lo que he dicho».
Apenas Jesús dijo esto, uno de los guardias allí presentes le dio una bofetada, diciéndole: «¿Así respondes al Sumo Sacerdote?».
Jesús le respondió: «Si he hablado mal, muestra en qué ha sido; pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas?».
Entonces Anás lo envió atado ante el Sumo Sacerdote Caifás.
Simón Pedro permanecía junto al fuego. Los que estaban con él le dijeron: «¿No eres tú también uno de sus discípulos?». El lo negó y dijo: «No lo soy». Uno de los servidores del Sumo Sacerdote, pariente de aquel al que Pedro había cortado la oreja, insistió: «¿Acaso no te vi con él en la huerta?». Pedro volvió a negarlo, y en seguida cantó el gallo.
Desde la casa de Caifás llevaron a Jesús al pretorio. Era de madrugada. Pero ellos no entraron en el pretorio, para no contaminarse y poder así participar en la comida de Pascua.
Pilato salió a donde estaban ellos y les preguntó: «¿Qué acusación traéis contra este hombre?». Ellos respondieron: «Si no fuera un malhechor, no te lo hubiéramos entregado».
Pilato les dijo: «Tomadlo y juzgado vosotros mismos, según la Ley que tenéis». Los judíos le dijeron: «A nosotros no nos está permitido dar muerte a nadie».
Así debía cumplirse lo que había dicho Jesús cuando indicó cómo iba a morir.
Pilato volvió a entrar en el pretorio, llamó a Jesús y le preguntó: «¿Eres tú el rey de los judíos?».
Jesús le respondió: «¿Dices esto por ti mismo u otros te lo han dicho de mí?».
Pilato replicó: «¿Acaso yo soy judío? Tus compatriotas y los sumos sacerdotes te han puesto en mis manos. ¿Qué es lo que has hecho?».
Jesús respondió: «Mi realeza no es de este mundo. Si mi realeza fuera de este mundo, los que están a mi servicio habrían combatido para que yo no fuera entregado a los judíos. Pero mi realeza no es de aquí».
Pilato le dijo: «¿Entonces tú eres rey?». Jesús respondió: «Tú lo dices: yo soy rey. Para esto he nacido y he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. El que es de la verdad, escucha mi voz».
Pilato le preguntó: «¿Qué es la verdad?». Al decir esto, salió nuevamente a donde estaban los judíos y les dijo: «Yo no encuentro en él ningún motivo para condenarlo. Y ya que tenéis la costumbre de que ponga en libertad a alguien, en ocasión de la Pascua, ¿queréis que suelte al rey de los judíos?».
Ellos comenzaron a gritar, diciendo: «¡A él no, a Barrabás!». Barrabás era un bandido.
Pilato mandó entonces azotar a Jesús.
Los soldados tejieron una corona de espinas y se la pusieron sobre la cabeza. Lo revistieron con un manto rojo,
y acercándose, le decían: «¡Salud, rey de los judíos!», y lo abofeteaban.
Pilato volvió a salir y les dijo: «Mirad, lo traigo afuera para que sepáis que no encuentro en él ningún motivo de condena».
Jesús salió, llevando la corona de espinas y el manto rojo. Pilato les dijo: «¡Aquí tenéis al hombre!».
Cuando los sumos sacerdotes y los guardias lo vieron, gritaron: «¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!». Pilato les dijo: «Tomadlo vosotros y crucifícadlo. Yo no encuentro en él ningún motivo para condenarlo».
Los judíos respondieron: «Nosotros tenemos una Ley, y según esa Ley debe morir porque él pretende ser Hijo de Dios».
Al oír estas palabras, Pilato se alarmó más todavía.
Volvió a entrar en el pretorio y preguntó a Jesús: «¿De dónde eres tú?». Pero Jesús no le respondió nada.
Pilato le dijo: «¿No quieres hablarme? ¿No sabes que tengo autoridad para soltarte y también para crucificarte?».
Jesús le respondió: » Tú no tendrías sobre mí ninguna autoridad, si no la hubieras recibido de lo alto. Por eso, el que me ha entregado a ti ha cometido un pecado más grave».
Desde ese momento, Pilato trataba de ponerlo en libertad. Pero los judíos gritaban: «Si lo sueltas, no eres amigo del César, porque el que se hace rey se opone al César».
Al oír esto, Pilato sacó afuera a Jesús y lo hizo sentar sobre un estrado, en el lugar llamado «el Empedrado», en hebreo, «Gábata».
Era el día de la Preparación de la Pascua, alrededor del mediodía. Pilato dijo a los judíos: «Aquí tenéis a vuestro rey».
Ellos vociferaban: «¡Que muera! ¡Que muera! ¡Crucifícalo!». Pilato les dijo: «¿Voy a crucificar a vuestro rey?». Los sumos sacerdotes respondieron: «No tenemos otro rey que el César».
Entonces Pilato se lo entregó para que lo crucificaran, y ellos se lo llevaron.
Jesús, cargando sobre sí la cruz, salió de la ciudad para dirigirse al lugar llamado «del Cráneo», en hebreo «Gólgota».
Allí lo crucificaron; y con él a otros dos, uno a cada lado y Jesús en el medio.
Pilato redactó una inscripción que decía: «Jesús el Nazareno, rey de los judíos», y la hizo poner sobre la cruz.
Muchos judíos leyeron esta inscripción, porque el lugar donde Jesús fue crucificado quedaba cerca de la ciudad y la inscripción estaba en hebreo, latín y griego.
Los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato: «No escribas: ‘El rey de los judíos’, sino: ‘Este ha dicho: Yo soy el rey de los judíos’.
Pilato respondió: «Lo escrito, escrito está».
Después que los soldados crucificaron a Jesús, tomaron sus vestiduras y las dividieron en cuatro partes, una para cada uno. Tomaron también la túnica, y como no tenía costura, porque estaba hecha de una sola pieza de arriba abajo, se dijeron entre sí: «No la rompamos. Vamos a sortearla, para ver a quién le toca». Así se cumplió la Escritura que dice: Se repartieron mis vestiduras y sortearon mi túnica. Esto fue lo que hicieron los soldados.
Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena.
Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien él amaba, Jesús le dijo: «Mujer, aquí tienes a tu hijo». Luego dijo al discípulo: «Aquí tienes a tu madre». Y desde aquel momento, el discípulo la recibió en su casa.
Después, sabiendo que ya todo estaba cumplido, y para que la Escritura se cumpliera hasta el final, Jesús dijo: Tengo sed.
Había allí un recipiente lleno de vinagre; empaparon en él una esponja, la ataron a una rama de hisopo y se la acercaron a la boca.
Después de beber el vinagre, dijo Jesús: «Todo se ha cumplido». E inclinando la cabeza, entregó su espíritu.
Era el día de la Preparación de la Pascua. Los judíos pidieron a Pilato que hiciera quebrar las piernas de los crucificados y mandara retirar sus cuerpos, para que no quedaran en la cruz durante el sábado, porque ese sábado era muy solemne.
Los soldados fueron y quebraron las piernas a los dos que habían sido crucificados con Jesús. Cuando llegaron a él, al ver que ya estaba muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con la lanza, y en seguida brotó sangre y agua.
El que vio esto lo atestigua: su testimonio es verdadero y él sabe que dice la verdad, para que también ustedes crean.
Esto sucedió para que se cumpliera la Escritura que dice: No le quebrarán ninguno de sus huesos.
Y otro pasaje de la Escritura, dice: Verán al que ellos mismos traspasaron.
Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús -pero secretamente, por temor a los judíos- pidió autorización a Pilato para retirar el cuerpo de Jesús. Pilato se la concedió, y él fue a retirarlo.
Fue también Nicodemo, el mismo que anteriormente había ido a verlo de noche, y trajo una mezcla de mirra y áloe, que pesaba unos treinta kilos. Tomaron entonces el cuerpo de Jesús y lo envolvieron con vendas, agregándole la mezcla de perfumes, según la costumbre de sepultar que tienen los judíos.
En el lugar donde lo crucificaron había una huerta y en ella, una tumba nueva, en la que todavía nadie había sido sepultado. Como era para los judíos el día de la Preparación y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús.

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Feliz Pascua de Renovación

¡¡ Feliz Pascua a tod@s !!

No, no me he equivocado al titular este post. Hoy celebramos la Pascua de Resurrección, efectivamente, pero la conmemoración de este acontecimiento necesariamente ha de provocar un cambio en nuestra forma de vida.

El evangelio de hoy refleja esa transformación con una imagen cargada de simbolismo: el sepulcro vacío y las vendas y el sudario apartadas. Jesús está vivo, el lugar donde pusieron su cadáver está vacío y las vendas que usaron para embalsamar su cuerpo han quedado atrás.

Las lecturas de los próximos días nos muestran a un Jesús tan renovado, tan glorificado, que ni siquiera sus discípulos y amigos lo reconocen.

Pues bien, si no queremos quedarnos en la simple contemplación de estos acontecimientos, si buscamos ser más que meros espectadores de la vida y milagros de Jesús, estamos llamados a dejar atrás viejas actitudes, antiguos comportamientos, ataduras pasadas… Vino nuevo en odres nuevos. Nuevas actitudes y nuevas formas.

Se abre un nuevo tiempo. La cruz del Viernes Santo no reflejaba el triunfo de la muerte, sino la victoria del AMOR (un amor con mayúsculas). Y el sepulcro vacío del Domingo de Resurrección nos muestra, no sólo el triunfo de la vida y el amor sobre la muerte y el pecado, sino también la nueva vida que nos espera.

¡ Feliz Pascua !

Evangelio según San Juan

El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada.
Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto».
Pedro y el otro discípulo salieron y fueron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió más rápidamente que Pedro y llegó antes. Asomándose al sepulcro, vio las vendas en el suelo, aunque no entró.
Después llegó Simón Pedro, que lo seguía, y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo, y también el sudario que había cubierto su cabeza; este no estaba con las vendas, sino enrollado en un lugar aparte.
Luego entró el otro discípulo, que había llegado antes al sepulcro: él también vio y creyó. Todavía no habían comprendido que, según la Escritura, él debía resucitar de entre los muertos.

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