tristeza

Yo me acuso

Si hace unos días escribía una entrada de acción de gracias, por los mil y un regalos que nuestro Buen Padre nos pone cada día en el camino de la vida, hoy hago un acto de contricción por los muchos pecados que cometemos los cristianos.

Últimamente he comentado con personas que están dentro y fuera de la Iglesia la tendencia que algun@s cristian@s tenemos a creernos los elegidos, los buenos, los «pata negra» del Reino de Dios…

Sin embargo, ser testigos y evangelizadores del Reino de Dios en la tierra no es un cargo nobiliario, que se herede por pertenecer a tal o cual familia. Yo más bien creo que, muy al contrario, el reconocernos cristianos nos obliga a hacer un esfuerzo extra de coherencia, para vivir en profundidad (o al menos intentarlo) siguiendo la hoja de ruta de Jesús.

Escucho muchas quejas desde gente de la Iglesia sobre la actitud de muchas personas hacia el cristianismo. Y a veces echo en falta más autocrítica, sinceridad y honestidad con muchas de las actitudes que reflejamos… actitudes que más que atraer expantan a los que no están cerca de Jesús.

Nuevamente, voy a hacer el esfuerzo de compartir, en primera personas, algunas de esas cosas que, en mi opinión, alejan a los demás de la Iglesia. Imagino que, quien más quien menos, se sentirá interpelado por alguna de estas actitudes.

Yo me acuso… de fariseísmo: de cuidar en exceso las apariencias y de ser en ocasiones un sepulcro blanqueado (presentable por fuera y lleno de podredumbre por dentro).

Yo me acuso… de ser dogmática y excluyente, del exceso de vanidad y soberbia que supone pensar que «como yo soy cristiana» tengo una especie de carnet VIP y no debo interactuar con los que son diferentes. También me acuso de sentirme con la capacidad de juzgar a los demás.

Yo me acuso… de ser miedosa ante la vida y ante mi misión como testigo de Jesús en este siglo XXI, de incumplir el mandato que él nos hizo de «vivir en abundancia» y «proclamar el evangelio» (con las actitudes y no sólo con las palabras).

Yo me acuso… de mi tristeza y mi pesimismo, de vivir sin fe, sin esperanza, sin amor; me acuso de mi incredulidad tomasiana, de no estar dispuesta a ser sal ni luz en la tierra.

Yo me acuso… de ser fácilmente escandalizable, cuando mi vida está cargada de actitudes y pensamientos claramente escandalosos.

Yo me acuso… de ser egoísta, inflexible y de ver la paja en el ojo ajeno, sin alcanzar a percibir la viga en el propio, de ser incapaz de aceptar a los demás.

Yo me acuso… de la intolerancia que tengo hacia el barro, hacia lo duro, hacia lo feo, hacia lo que no encaja en mis esquemas. Me acuso de no dejarme hacer por Dios, de desconfiar de él, cuando sé positivamente que nunca falla.

Y, por último, yo me acuso de adorar a otros ídolos (el ego, el poder, el dinero, el placer por el placer y tantas otras cosas.

«Yo confieso ante Dios Todo Poderoso, y ante vosotros hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión»… «por eso ruego a Santa María siempre virgen, a los ángeles, a los santos y a vosotr@s herman@s que intercedáis por mí ante Dios nuestro Señor».

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¿Qué le pido al nuevo año? Obreros para la mies.

Introducción. Sería muy extraño que un mecánico en su taller de reparación de coches se enfadara porque le llevan un motor roto o una carrocería destrozada. También sería muy extraño que, en la sala de urgencias de un hospital, los médicos y los enfermeros estuvieran indignados porque una ambulancia les llevara pacientes enfermos, con síntomas graves, que necesitaran una rápida intervención, para salvarles la vida. Desde fuera lo que les diríamos es que su trabajo es justo ese. Los médicos están para atender a los enfermos. Y los mecánicos para arreglar los coches. No entenderíamos sus protestas y sus quejas porque para eso están. Lo mismo nos pasa a los creyentes y a los amigos de Jesús. Estamos para ser instrumentos de paz, de amor, de vida. No podemos maldecir las tinieblas. Estamos llamados a encender nuestra luz.

Pues en estos primeros día del nuevo año siento que todos los que formamos esta amplia comunidad de personas sensibles a los demás, que buscamos de forma humilde que la vida se convierta en una aventura, en una fiesta gozosa, en un sorprendernos día a día del milagro que supone estar vivo, poder amar, sonreír, cantar, saltar, bailar, agradecer, me parece que tenemos una responsabilidad que es aprender a integrar lo negativo en nuestra vida y tener la capacidad de transformarlo y acogerlo como escuela de amor. Ojalá que en el nuevo año que estamos estrenando, la queja, la protesta, la crítica, el enfado y la impaciencia no tengan espacio en nuestras vidas, en nuestras palabras y en nuestro corazón. Ya está bien de personas de fe encrespadas, enervadas, violentas, con expresiones de rencor, de ira, de rechazo, que, en vez de mostrarnos de forma atractiva el rostro de Dios, nos provocan rechazo y ganas de apostatar y de alejarnos de todo lo que suene a religioso. No podemos estar quejándonos de las circunstancias que vivimos, de la gente que nos rodea, de la época que nos ha tocado vivir o de la crisis. El Señor nos invita a sentirnos enviados a poner paz, amor, alegría, a los ambientes que nos rodean, de tristeza, de frialdad, de silencio. Somos los enviados del que vive. Del resucitado. Del recién nacido, el niño del pesebre, que indefenso, saca de nosotros la sonrisa que ya nunca se debía borrar. No podemos olvidar quien es nuestro amigo, el que nos ha llamado a la vida desde antes de nacer y nos ha confiado esta misión.

Lo que Dios nos dice. “Antes de formarte en el vientre, te elegí; antes de que salieras del seno materno, te consagré, te constituí profeta de las naciones. Yo repuse: -¡Ay Señor, Dios mío! Mira que no sé hablar, que sólo soy un niño. El Señor me contestó:- No digas que eres un niño, pues irás adonde yo te envíe y dirás lo que yo te ordene. No les tengas miedo, que yo estoy contigo para librarte. El Señor extendió la mano, tocó mi boca y me dijo: -Voy a poner mis palabras en tu boca.” Jr 1,5-9. Claro que todo sería más fácil si no tuviéramos a nuestro alrededor nada que nos molestase, que nos hiciera sufrir. Sería una maravilla que nuestro mundo no tuviera muerte, enfermedad, vejez, Alzheimer y cáncer. Personas orgullosas y prepotentes. Que no existiera la injusticia y la desigualdad. Claro que deseamos profundamente el cielo en la tierra. El paraíso y la plenitud aquí y ahora. Sería súper cómodo levantarnos cada mañana sin nada más que hacer que gozar, reír y compartir lo que Dios nos da. Y justo eso es lo que tenemos que hacer, a lo que estamos llamados.

Pero partiendo del realismo de que somos pecadores, de que el mundo en el que vivimos, fruto de la ignorancia y de la maldad de los hombres, ha transformado el paraíso en un infierno, nos afecta de una manera muy real y muy dolorosa. Nocivas son muchas de las relaciones humanas. Contaminadas de egoísmo, la gran pandemia del siglo XXI, son muchas de las palabras que nos decimos y de los deseos que tenemos. Por eso vino la Encarnación. Por eso Dios nos envió a su propio Hijo. “Tanto amó Dios al mundo que nos ha entregado a su hijo único. Para que todo el que crea en él, no perezca, sino que tenga vida eterna”. Jn 3,16. Jesús es la expresión del amor de Dios. Es lo que Dios ha deseado que sus hijos vivamos. Es la imagen del Dios invisible y por eso su vida se vuelve nuestro camino, verdad y vida. Nuestro manual de instrucciones. Nuestra etiqueta, en la que encontramos respuesta a todas nuestras preguntas.

“Al pasar vio Jesús a un hombre llamado Mateo sentado al mostrador de los impuestos y le dijo: Sígueme. Él se levantó y lo siguió. Y estando en la casa, sentado a la mesa, muchos publicanos y pecadores, que habían acudido, se sentaban con Jesús y sus discípulos: ¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores? Jesús lo oyó y dijo: No tienen necesidad de medico los sanos, sino los enfermos. Andad, aprended lo que significa: Misericordia quiero y no sacrificios: que no he venido a llamar a justos sino a pecadores”. Mt 9,9-13.

Cómo podemos vivirlo. Jesús no juzga a nadie y menos a los pecadores. Sabe que se comportan de esa manera porque no conocen otra forma de vivir y de actuar. Y Jesús les invita a que prueben una experiencia nueva. La de sentirse acogidos, amados, rescatados. Eso mismo es nuestra misión. No tenemos que mirar a los demás con los criterios de un casting o de una entrevista de trabajo. Todos somos igualmente valiosos a los ojos de nuestro Padre. Lo que nos toca es invitar a la gente más alejada a que participe del banquete del Reino, de la familia reunida, de la acogida sincera de cómo somos cada uno. Banquete de tolerancia, de respeto a las diferencias, de casa grande donde todos cabemos. Le pido al nuevo año que cada uno de nosotros nos sintamos invitados a construir la familia de los hijos de Dios, aunque suponga mucho esfuerzo al ver a tantos hermanos tan alejados y tan distantes.

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Arraigados y cimentados en la fe

Arraigados en la fe

Arraigados en la fe

Introducción. Estamos viviendo tiempos inciertos. Este puente, que para muchos era un oasis soñado de descanso en medio del desierto de la vida laboral, parece que ha estado maldito. Huelga de controladores, caos en los aeropuertos, días de frio, de nieve, de viento, España en estado de alarma. La gripe que nos invade y nos destroza todas las energías. Yo llevo tres días con fiebre, sudando, con escalofríos, sin ganas de na. Y la verdad es que uno puede mirar con pesimismo la realidad, sumergido en una tiniebla que, en vez de diluirse, se va espesando haciendo invivible la realidad que nos rodea.

Hay tantas evidencias que ensombrecen el futuro. Los mercados solo predicen crisis y más crisis. Las medidas económicas que toman los gobiernos son de recortes, de frenar los servicios sociales, las pensiones… Los más desfavorecidos estarán peor . Quedarse en el paro con 40 años, que son los que recientemente estoy estrenando, significa que ya no se puede aspirar a ninguna oferta laboral por ser demasiado mayor. Se buscan jóvenes emprendedores y a la vez inexpertos, a los que se les pueda poner condiciones sin que protesten ni reivindiquen nada. Y si miramos más cerca, esperando recibir buenas noticias que nos alegren la vida, las razones para el ánimo en medio de nuestras familias o de nuestras comunidades de fe tampoco son muy halagüeñas. Tristeza en muchos hogares donde lo festivo de estos días deja paso a la preocupación o a la incapacidad de afrontar la crisis. Tristeza e inercia envejecedora en muchas comunidades cristianas donde la llegada del salvador se espera, porque lo dice el calendario, no porque realmente se conciba algún cambio o alguna mejora, alguna renovación en las formas, en el leguaje, en la expresión de la fe.

Lo que Dios nos dice. En medio de esa incerteza se nos invita a permanecer firmes en la fe. Como decía San Ignacio de Loyola, “En tiempo de desolación no hay que hacer mudanza”. Y se nos ofrece la posibilidad de vivir este tiempo complicado no con temor o miedo, con tristeza o nostalgia de tiempos pasados…  sino con la seguridad, la alegría y la esperanza que da la fe. Con la confianza depositada en aquel que nos conoce, que nos ha cuidado hasta el día de hoy y que nos garantiza un futuro rodeado de todo su amor y de toda su gracia. “Fortaleced las manos débiles, afianzad las rodillas vacilantes, decid a los cobardes: Animo, no temáis; mirad a vuestro Dios: trae la venganza y el desquite; viene en persona a salvaros. Se despegarán los ojos de los ciegos, los oídos de los sordos se abrirán, brincará el cojo como un ciervo, la lengua del mudo cantará. Brotarán aguas en el desierto y arroyos en la estepa; el páramo se convertirá en estanque, la tierra sedienta en manantial”. Is 35,3-7. Intentar afrontar solo con nuestras fuerzas todos los retos y todas las dificultades que la vida nos presenta es verdaderamente una tarea difícil y agotadora. Pero tenemos la posibilidad de compartir todos esos pesos y todas esas exigencias con quien ha salido vencedor de todas las muertes, soledades, sufrimientos y desgracias… Es la forma de experimentar la gloriosa salvación. “Así pues, ya que habéis acogido a Cristo Jesús, el Señor, vivid como cristianos. Enraizados y cimentados en él, manteneos firmes en la fe, como se os ha enseñado, y vivid en permanente acción de gracias”. Col 2,6-7. Los tiempos de crisis, de carencias, de confusiones, son ocasiones privilegiadas para personalizar y asimilar de forma real la fe. Ya no creemos por herencia, por sociología o por inercia. Como todo el mundo cree, pues yo también.

Es la mejor situación para el planteamiento sereno de las propias convicciones. Y salimos reforzados pues la luz se muestra con toda su claridad en los momentos de más oscuridad y confusión. Después de la crucifixión de Cristo, los apóstoles vivieron el pánico de su propia condena. El miedo a los judíos les hizo esconderse a cal y canto. Después huyeron a sus pueblos. Y precisamente en el temor y la parálisis del miedo, captaron con nitidez radiante que Jesús seguía vivo, presente, resucitado en medio de ellos.  Cuando las fuerzas humanas llegan a sus límites y se ven incapaces de dar un paso más, aparece la bondad de Dios regalando a la pequeñez humana, las grandes obras y las grandes posibilidades que nos parecían imposibles e inalcanzables. Para creer que las cosas pueden cambiar, no podemos poner nuestra confianza y nuestras ilusiones en las mismas fuerzas que nos has llevado a la situación que vivimos actualmente.  Quien de verdad es garantía de cambios, de curaciones, de transformaciones es el corazón enamorado de nuestro Buen Dios que no quiere que sus hijos malvivan y se arrastren. “Para que tengáis vida y vida en abundancia”. Jn 10,10.Para eso nos ha destinado, para eso nos ha creado.

Cómo podemos vivirlo. Hay dos tipos de discípulos. Los que edifican su vida sobre roca o los que edifican su vida y sus proyectos sobre arena. Arena es lo que se mueve, lo inconsistente, lo epidérmico y superficial. Mi vida y mis proyectos no se pueden regir por los estados de ánimo, por las apetencias, por los caprichos. Me puede apetecer una cerveza o una coca-cola. Y elijo libremente. Pero no me pregunto si me apetece ir a trabajar o no. Voy porque es algo demasiado serio. Pues a veces somos así de niños caprichosos y muchas de las decisiones de nuestra vida las tomamos dependiendo del estado de ánimo o de los  sentimientos. Y claro que son importantes y los debemos de escuchar. Pero por encima de lo que diga mi corazón hay una palabra a la que yo le doy más crédito y que me inspira mucha más confianza que yo mismo. Y es la palabra de nuestro Dios. Quien mira mi vida y la de la humanidad arrojando nueva luz. Arraigarse en la fe  es mirar la realidad con la compasión y con misericordia con la que Dios la mira. Supone llenarse de alegría de esperanza y de seguridad en que el amor es más fuerte que todas las muertes.  Y en que la salvación está cerca.

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Dragones y mazmorras, leones y panteras (II D. Adviento)

Los cristianos no sólo debemos hablar de esperanza y fraternidad, también debemos trabajar y actuar para que sean una realidad en nuestro mundo actual

Quien permanece en Él, debe vivir como vivió Él

Quien permanece en Él, debe vivir como vivió Él

Mientras los cristianos en la iglesia hablamos durante el Adviento de esperanza, de los sentimientos cálidos y familiares que nos van embargando a medida que se acerca la Navidad, miramos a la sociedad y vemos cosas bastante diferentes.

La huelga que en estos días pasados ha frustrado el derecho al descanso de cientos de miles de personas, las acusaciones recíprocas de los políticos de todos los bandos, crispación, violencia, pérdidas cuantiosas que en este tiempo de crisis amenazan la supervivencia de familias enteras…

Pero no hace falta que miremos al escenario nacional más llamativo para ver que las palabras de esperanza y los sentimientos navideños se los lleva el viento, si no son más que palabras bonitas y sentimientos agradables…

Muchas familias de nuestro entorno –quizá incluso la nuestra propia- están desunidas, matrimonios rotos, niños convertidos en moneda de cambio entre el padre y la madre cuando no en arma arrojadiza; fracaso escolar, violencia en los colegios donde los niños sacan toda su tristeza y su ansiedad por no ser suficientemente queridos; pobres más pobres que nunca ante el escenario de luces y abundancia con que se adornan y maquillan nuestras calles y escaparates…

A poco que miremos a nuestro alrededor, nos daremos cuenta de que no tenemos derecho a hablar de esperanza ni de Navidad si nos vamos a limitar a hablar, y la Palabra de Dios hoy nos lanza ese reto a la cara para recordarnos que la Palabra de Dios encarnada –nuestro Señor Jesucristo- hablaba mucho y bien, pero también obraba en consecuencia.

Las obras de Jesús superaban, si cabe, en poder liberador y reconciliador a esa palabra de vida y esperanza con la que confortaba y sanaba tantas conciencias atormentadas por los males de todo signo que provienen del aburguesamiento y del alejamiento respecto de Dios.

La autoridad y la credibilidad, que Cristo se ganó ante esos paisanos suyos que le tenían como el simple hijo del carpintero, procedían del compromiso por mostrar con las obras el poder y la verdad de sus palabras, palabras que servían también para desentrañar la fuerza del amor con que cada obra del Señor se entregaba a la liberación y la redención de cuantos le hacían un hueco en la agenda de su corazón.

Si Cristo dedicó su existencia toda a la reconciliación de la humanidad con el Padre Dios y a la unidad y la armonía entre los hombres y mujeres que Él hizo que llegáramos a ser hermanos suyos, hijos de Dios en Él, el Hijo eterno, ¿qué habremos de hacer los cristianos a este respecto?

Como la afinidad de las mismas palabras evidencia, las obras del cristiano han de ser un eco y una prolongación de las obras de Cristo, y en esta línea nos quiere comprometer la Palabra de Dios hoy, desde las bellas palabras de Isaías hasta las proféticas e interpelantes palabras del Señor en el evangelio que hemos escuchado.

El profeta Isaías nos pinta una escena mesiánica donde bestias de labor que se distinguen por la mansedumbre –la vaca, el cordero, el ternero, el buey,…- reposan tranquilas al lado de sus naturales depredadores –el león, la pantera, el lobo, el oso…-.

¿Y esto es algo más que poesía antigua? ¿Esto quiere decir algo para nosotros?

Veamos qué hace convivir en paz y armonía a animales tan naturalmente enfrentados y comprenderemos el mensaje: “Un muchacho pequeño los pastorea”.

Ese pequeño muchacho que a todos apacienta es la figura profética del Mesías, de Jesucristo que, con su sola presencia, transforma las relaciones de violencia y competitividad en otras de fraternidad, de convivencia gozosa, de entendimiento o, dicho sea en una sola palabra, en relaciones de comunión.

Si las obras del cristiano han de ser un eco y una prolongación de las obras de Cristo y la reconciliación hasta la comunión son su obra definitiva, nosotros hemos de revisar cómo vivimos y cómo convivimos para tratar de ser pantera o novillo, lobo o cordero, buey o león pero al estilo del Mesías: “No harán daño ni estrago en todo mi monte santo; porque está lleno el país de la ciencia del Señor”.

Cuando se nos pide que allanemos el camino del Señor se nos pide esto, que allanemos –que hagamos más llanas, más sencillas, más francas- las relaciones más rotas y enfrentadas; que limemos las aristas y asperezas de nuestro corazón para que nadie encuentre en nosotros una fiera de colmillos afilados; que hablemos de paz y de fraternidad mientras que nuestras manos las procuran y nuestro corazón las desea más que ninguna otra cosa.

Por si este mensaje que Dios nos dirige hoy no queda suficientemente claro para alguien, San Pablo en la segunda lectura lo hace aun más explícito y patente: “Las Escrituras se escribieron para enseñanza nuestra […]. Que Dios os conceda estar de acuerdo entre vosotros, según Jesucristo […]. Acogeos mutuamente, como Cristo os acogió”.

Ya sabemos lo que Dios quiere de nosotros en este tiempo bendito para poder prepararnos para celebrar y vivir el espíritu de la Navidad. Si no lo hacemos, nuestra navidad será pagana, llena de banquetes y regalos pero vacía de sentido, y quizá nuestras familias y nuestras comunidades sean como el pasaje de Isaías mas sin el pequeño pastor, es decir, quizá nuestra convivencia sea la de un conjunto de fieras amenazantes que luchan por sus propios derechos sacrificando los derechos de los demás para conseguirlos.

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La belleza de lo apocalíptico

Sol de medianoche en Cabo Norte (Noruega)

Sol de medianoche en Cabo Norte (Noruega)

Introducción. Estamos llegando al final del año litúrgico, y con él estamos acercándonos a unos evangelios que pertenecen a un género bíblico que nos cuesta leer, asimilar, entender y aplicar a nuestras vidas. Lo apocalíptico, que significa el desenlace final, el fin de algo, la llegada de lo definitivo. Son evangelios que están escritos con un fin esperanzador e ilusionante, aunque en una primera lectura nos provocan rechazo, desasosiego y temor.

Lo que Dios nos dice “Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra la angustia se apoderará de los pueblos, asustados por el estruendo del mar y de sus olas. Los hombres se morirán de miedo, al ver esa conmoción del universo; pues las potencias del cielo quedarán violentamente sacudidas. Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube con gran poder y gloria. Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobrad ánimo y levantad la cabeza, porque se acerca vuestra liberación”. Lc 21,25-28.

“Se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá grandes terremotos y, en diversos lugares, hambres, pestes, apariciones terroríficas y grandes portentos en el cielo. Pero antes de todo eso, os echarán mano y os perseguirán, os arrastrarán a las sinagogas y a las cárceles, y os harán comparecer ante los reyes y gobernadores por causa de mi nombre. Esto os servirá para dar testimonio. Haceos el propósito de no preocuparos por vuestra defensa, porque yo os daré un lenguaje y una sabiduría a la que no podrá resistir ninguno de vuestros adversarios. Seréis entregados incluso por vuestros padres, hermanos, parientes y amigos; y a algunos de vosotros os matarán. Todos os odiarán por mi causa. Pero ni un cabello de vuestra cabeza se perderá. Si os mantenéis firmes, conseguiréis salvaros”. Lc 21,10-19.

El futuro que nos predice Lucas, el mismo evangelista que nos narra la parábola del hijo pródigo, es aterrador. Se parece más a un argumento de una película de Rob Zombie que a las palabras que Dios dirige a sus hijos, sometidos a fuertes exigencias, presiones, fatigas y desdichas. Y precisamente es su realismo lo que le da credibilidad y son las palabras que despiertan las esperanzas que nuestras vidas necesitan. Sería más fácil que Dios nos dijera lo que queremos escuchar. Quien me siga tendrá una vida dichosa, feliz, de triunfo, de éxito, de riqueza, de logros profesionales… Rodeado de amor, de lujo y de fama… Esa es la publicidad de los ritos mágicos, de las cadenas de mails y de los horóscopos. Pero la fe en Dios no es brujería, es una relación de amistad, en la que el amigo avisa a su amigo de lo que pasa en la vida, de lo que puede suceder. Y advierte de la forma en cómo se puede superar. Lo que nos dice el evangelio es verdad. Nuestra vida vive momentos de tranquilidad, de estabilidad, de calma. Y también momentos de tormenta, de tempestad, de tristeza crónica, de miedo y de pavor frente a un futuro incierto. Y tenemos que aprender a vivir y a acoger los dos. “El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica, es como aquel hombre sensato que edificó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos y se abatieron sobre la casa; pero no se derrumbó, porque estaba cimentada sobre roca. Sin embargo, el que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica,  es como aquel hombre necio que edificó su cada sobre arena. Cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, se abatieron sobre la casa y ésta se derrumbó. Y su ruina fue grande”. Mt 7,24-27. En nuestra vida hay muchas apocalipsis, muchos finales de cosas, muchas tormentas que golpean la estabilidad de nuestra vida. Es un final dejar la casa de tus padres para empezar un proyecto lejos de la estabilidad y de la confianza. Es apocalipsis dejar un trabajo y una actividad y lanzarnos al vértigo de lo nuevo y de lo desconocido. La vida está llena de finales que nos entristecen, pero que siempre nos ofrecen un camino nuevo por recorrer. Si cada vez que termina algo nos quedamos paralizados por el temor y por la tristeza, nos perderíamos muchísimas cosas interesantes de nuestra vida que han ocurrido después de que algo se acabara. Por eso todos los textos nos invitan a mirar de frente la posibilidad de que todo lo que ahora constituye nuestro tesoro y todo lo que ahora llena nuestro corazón lo podemos perder en cualquier momento. Perdemos a las personas o por la distancia, o por la muerte, o por que deciden irse con otros. Es así. Perdemos los talentos y las habilidades. Basta mirar a gente que ha sido referencia para nosotros con demencias, parálisis y olvidos. Perdemos amistades, patrimonios, prestigios y la salud; pero lo que nunca podremos perder es el amor que llena nuestro corazón. “Nada nos podrá separar del amor de Dios”. Rom 8,39. Y ese es el tesoro, la roca y la estabilidad siempre nueva que nos ofrece la fe. La presencia del Dios que nos lo da y regala todo.

Cómo podemos vivirlo. Y esa presencia se percibe con más claridad justo cuando todo se desmorona a nuestro alrededor. Cuando todo nos va bien es complicado identificar la fuente de nuestro gozo, porque está muy repartida y pueden ser tantas cosas las que me alegren el día.  Me va bien porque soy joven, rico, aclamado, arropado y triunfador. Pero en la vejez, en el olvido, en la soledad de un hospital o de un centro psiquiátrico… Cuando todos se van y te dejan sólo, ahí aparece con una claridad diáfana la presencia de Jesús resucitado, que con cariño nos recuerda que Él está. Que no se mueve. Que no nos deja ni nos abandona. La belleza de lo apocalíptico se percibe cuando se experimenta. Cuando el poder del amor es capaz de transformar todas las lágrimas de la historia y transformarlas en alegría y e cánticos de liberación.

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