Santo Tomás

Contra la incredulidad y la desidia, confianza y acción

Hoy celebramos la memoria de Santo Tomás, uno de los doce apóstoles, que pasó a la historia por su incredulidad. San Juan nos dejó en el evangelio que leemos con motivo de esta fiesta el testimonio de la aparición de Jesús resucitado a sus seguidores (cuando Tomás no se encontraba con ellos) y cómo el discípulo reconocía que hasta que no viera no creería. Posteriormente, afirmaba su fe en Jesús con el famoso “Señor mío y Dios mío” y entregó su sangre por Cristo. (Jn 20,24-29)

Me siento muy cerca de Santo Tomás, al igual que del resto de los apóstoles. El hecho de que Jesús escogiera en su grupo a personas incrédulas, con dificultad para entender, tozudas, cobardes e incluso traidoras es una demostración más de que Dios no llama a los capaces sino que capacita a los que llama.

En el caso concreto de Tomás, su testimonio está más vivo que nunca en esta sociedad de los resultados, en la que todo se mide, en la que sumamos “amiguitos” y “retuits”, en la que todo se expresa en cantidades (hasta el amor)…

Nos hemos vuelto resultadistas: queremos entenderlo todo, conocerlo todo y establecemos los éxitos y los fracasos en función de nuestras cortas entendederas. Y dejamos poco espacio a la divina providencia, a la vida y a las demás personas.

Y en esto, como en tantas otras cosas, los cristianos no solemos ser ejemplo. Es curioso. Porque el amor y la confianza en Dios deberían ser una credencial inconfundible de personas que van por la vida sin miedos, puestas en manos del Señor, sabiendo que Él nos ama y que, como decía San Pablo, “Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros?” Rom 8, 31.

Dicho esto, se me viene a la cabeza la frase de San Ignacio de Loyola: “Actúa como si todo dependiera de ti, sabiendo que en realidad todo depende de Dios”. Es la definición perfecta del equilibrio entre la confianza y no caer en la desidia. Poner todo de nuestra parte (“dadles vosotros de comer” Lc 9,13) y, al mismo tiempo, dejar que la divina providencia y el espíritu santo nos iluminen y nos guíen, sin pretender conocerlo todo (“No os corresponde a vosotros saber los tiempos ni las épocas que el Padre ha fijado con su propia autoridad” Hch 1, 7)

Pidamos a Santo Tomás y al Señor que nos ayuden a vivir así.

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