San Pablo

Audio-homilía: El Espíritu del Señor está sobre mí

Este evangelio nos presenta a un Jesús que ya ha aprendido de María en qué consiste vivir como hijo de Dios. Hace un par de semanas, cuando leíamos el Bautismo de Jesús, veíamos cómo acogía y asimilaba lo que Dios decía sobre Él.

Todos somos hijos de Dios, imagen y semejanza suya, tenemos el ADN de Dios porque es nuestro padre. Pero esta afirmación se tiene que desplegar en la práctica. Y eso lo aprendemos a través de personas que nos despiertan eso que somos, como hizo Jesús gracias a María en las bodas de Caná.

Si todos reconociéramos lo que dice San Pablo en la segunda lectura, la convivencia sería muy fácil. Todos somos miembros de un único cuerpo, de una única humanidad, de una única comunidad, nadie puede prescindir de los demás… El ejemplo que pone San Pablo es clarísimo. El cuerpo no puede ser todo cerebro o sólo ojo, la mano no puede sobrevivir sola…

Jesús se da cuenta que la salvación sólo se vivirá cuando cada uno de nosotros reconozcamos el talento que tenemos y lo pongamos al servicio de los demás. La Iglesia está compuesta, como dice San Pablo, de muchos miembros con diferentes funciones y todos deberíamos trabajar armónicamente y unidos por el que es la cabeza. Cada uno tiene su labor. Nadie debería competir sobre quién es más que el otro. Todos tenemos un objetivo común. En el mundo hay muchas urgencias como para pensar en diferencias.

Jesús empieza en esta sinagoga la evangelización, es decir, la transmisión de buenas noticias que permiten ver el mundo con una mirada nueva. Y no hay recetas mágicas para llevar a cabo esta tarea. La única regla es intentarlo. De hecho, esta primera charla de Jesús acabó en fracaso (porque quienes lo escucharon le querían apedrear). Esto nos debe animar a seguir poniendo de nuestra parte, pese a los fracasos.

La Iglesia lleva 2013 siendo portadora de una buena noticia y seguimos intentando haciéndolo con nuevos métodos, con diferentes herramientas… pero este evangelio nos recuerda que sólo acoge quien quiere acoger.

Necesitamos sumar lo que cada uno es y lo que cada uno tiene. En el cuerpo está clarísimo que cada miembro hace lo que le corresponde. En la Iglesia debe ser igual… No podemos vivir en la exigencia de saber hacerlo todo o de compararnos con otros. Debemos aportar lo que mejor sabemos hacer. Y cada uno de nosotros es necesario.

El evangelio empieza a calar cuando no nos vemos como rivales, sino cuando cada uno pone lo mejor que tiene con humildad.

Audio-homilía: El Espíritu del Señor está sobre mí

Evangelio según San Lucas

Muchos han tratado de relatar ordenadamente los acontecimientos que se cumplieron entre nosotros, tal como nos fueron transmitidos por aquellos que han sido desde el comienzo testigos oculares y servidores de la Palabra.
Por eso, después de informarme cuidadosamente de todo desde los orígenes, yo también he decidido escribir para ti, excelentísimo Teófilo, un relato ordenado, a fin de que conozcas bien la solidez de las enseñanzas que has recibido.
Jesús volvió a Galilea con del poder el Espíritu y su fama se extendió en toda la región. Enseñaba en las sinagogas y todos lo alababan.
Jesús fue a Nazaret, donde se había criado; el sábado entró como de costumbre en la sinagoga y se levantó para hacer la lectura.
Le presentaron el libro del profeta Isaías y, abriéndolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. El me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos
y proclamar un año de gracia del Señor».
Jesús cerró el Libro, lo devolvió al ayudante y se sentó. Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en él.
Entonces comenzó a decirles: «Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír».

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Adviento 2012: un mensaje machacón y nada casual

Acabamos de celebrar el tercer domingo del Adviento, estamos a una semana de Navidad. Puede ser un buen momento para pararnos a pensar en clave preparatoria, para parar y templar, para tomar un poco de distancia sobre los trajines habituales de nuestra vida y clásicos en esta época del año y ver qué poso nos está dejando este tiempo.

Tengo la sensación de que los mensajes de este Adviento de 2012 me están llegando con gran claridad y nitidez. Quizá es la respuesta del buen Dios, ante el exceso de ruido y confusión que caracteriza los últimos tiempos.

Levanta el ánimo, ora y ponte manos a la obra

Comenzábamos el Adviento y aparecían ante nuestros ojos imágenes y relatos apocalípticos, como los que llenan los informativos, las tertulias y las conversaciones en los últimos años. Y, ante los augurios desoladores, se nos invitaba a levantar la cabeza y el ánimo, pero no de forma ilusoria o buscando placeres efímeros, sino estando prevenidos, orando y poniéndonos manos a la obra.

De la desconfianza y el no al hágase y el sí

En el Día de la Inmaculada Concepción se contraponían los relatos del pecado original y de la anunciación a María: la desconfianza de Adán y Eva frente al «hágase” de la Virgen; el miedo frente a la sorpresa, la vergüenza y la ocultación frente a la alabanza y la verdad, la acusación frente al respeto, el no del pecado frente al sí de la fe y la confianza.

El ángel se dirigía a María como alguien lleno de gracia y especialmente favorecido por Dios. La extensa lista de privilegios que Dios otorga a María no impidió que su vida estuviera llena de dificultades (un embarazo no aceptado en su época, un parto en condiciones extremas, la huída a otro país, la incomprensión, la pasión y muerte del hijo…). Es indudable que María fue Bienaventurada, pero su existencia no fue un camino de rosas.

Y, por último, resonaba ese «nada hay imposible para Dios»… Ni que una niña de 13-14 años se convierta en la madre de Dios y en una pieza clave en la historia de la salvación, ni que una mujer estéril conciba en su vejez, ni que los seguidores y continuadores de la obra de Cristo sean personas humildes o incluso enemigos (como San Pablo)… La Biblia nos ofrece incontables ejemplos de que para Dios no hay imposibles y de que el Padre no elige a los capaces, sino que capacita a los que elige.

Mira con perspectiva, allana el camino… la obra se llevará a término

Hace poco más de una semana, en el segundo domingo, me llamaba la atención un extracto de la lectura del libro de Baruc: «Ponte en pie, sube a la altura…, junto con la convicción que San Pablo transmitía de que «el que ha inaugurado entre vosotros una empresa buena, la llevará adelante» y a la petición evangélica de Juan Bautista («preparad el camino del Señor, allanad sus senderos; elévense los valles, desciendan las colinas; que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale»). Con estas frases me siento llamada a analizar la historia de la humanidad y la mía en términos más globales, a ser más generosa (con los demás, con Dios y conmigo misma), a simplificar mi vida y la de los que me rodean no haciendo más empinadas las cuestas o más profundos los valles y a huir de la pasividad, caminando con firmeza y esperanza. Y todo con una certeza, con una confianza, con una seguridad: el que inició la buena obra la llevará a término… Y yo puedo y debo poner mi granito de arena en ese camino.

Alegría, trabajo y oración

Por último, aún me resuena el mensaje del pasado domingo: San Pablo nos exhortaba: «Alegraos siempre en el Señor. Vuelvo a insistir, alegraos… No os angustiéis por nada, y en cualquier circunstancia, recurrid a la oración y a la súplica, acompañadas de acción de gracias». Y el libro de Sofonías también hablaba por dos veces de alegría.

El mensaje central que percibo machaconamente en este Adviento de 2012 no es nada casual. Todo nos habla de levantar la cabeza y el ánimo (con más perspectiva y menos desaliento), de ponernos en camino, de aportar lo mejor de nosotros, de allanar nuestra vida y la de los demás, de mantenernos alegres (conscientemente y sin recurrir a placebos), de orar y de confiar en el buen Dios.

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Audio-homilía: Solemnidad de Cristo, Rey del Universo 2012

Hay un momento en que Jesús, para explicar su reino y su misión, utiliza un ejemplo: el de la semilla del árbol de mostaza. Es la semilla más pequeña que hay. Y nos dice que, si tuviéramos fe como un granito de mostaza, veriamos cómo al plantarla esa semillita puede convertirse en un gran árbol que puede dar mucha utilidad.

Jesús habla de sí mismo en esa parábola. Y es que aquel bebé pequeñito de Belén se convierte, al cabo de los años, en Rey del Universo.

Ser el Rey del Universo significa tener una influencia que abarca todo. Y el origen de ese gran poder es algo tan fragil como un bebe nacido en una cueva.

Esta fiesta nos dice que los deseos y las aspiraciones de la humanidad se pueden ver satisfechos. Los reyes son la imagen del poder, del triunfo, de la buena vida.

Esos deseos tan humanos: la grandeza, el placer, la felicidad o el gozo no son malos, porque Dios mismo los ha puesto en nuestro corazón. Jesús nos dice que el problema no es tener esas aspiraciones, sino buscar en lugar equivocado lo que nos sacia. «Mi reino no es de este mundo».

Vivir del aplauso y del reconocimiento de los demás es cansino y efímero. Hay que amar la realidad. Nos conformamos con agua de charcos cuando hay un manantial que Dios nos quiere regalar. Nuestro placeres son muy fugaces y no sacian.

La fiesta que celebramos hoy nos dice que no estamos mal hechos. No estamos llamados a vivir siempre en la insatisfacción. Pero tenemos que buscar donde Cristo busca. Su reinado no consiste en que le sirvan, sino en servir. No supone mandar a la gente. Como dice San Pablo, Él, siendo rico, se hizo pobre por nosotros. Es el Rey sencillo, que lava los pies, que da la vida.

No hay más camino para satisfacer nuestros deseos que entrar por la puerta estrecha, la puerta del amor, del servicio, de la alegría, de no buscar protagonismo, de dejar de querer ser el centro, de no tener envidia, de no vivir en la comparación, de no mendigar afectos.

Que el Rey del Universo nos regale vivir seguros de que nuestro nombre ya está escrito en el cielo.

Audio-homilía: Solemnidad de Cristo Rey del Universo

Evangelio según San Juan

Pilato volvió a entrar en el pretorio, llamó a Jesús y le preguntó: «¿Eres tú el rey de los judíos?».
Jesús le respondió: «¿Dices esto por ti mismo u otros te lo han dicho de mí?».
Pilato replicó: «¿Acaso yo soy judío? Tus compatriotas y los sumos sacerdotes te han puesto en mis manos. ¿Qué es lo que has hecho?».
Jesús respondió: «Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, los que están a mi servicio habrían combatido para que yo no fuera entregado a los judíos. Pero mi reino no es de aquí».
Pilato le dijo: «¿Entonces tú eres rey?». Jesús respondió: «Tú lo dices: yo soy rey. Para esto he nacido y he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. El que es de la verdad, escucha mi voz».

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Audio-homilía: El que viene a mí no pasará hambre y el que cree en mí no pasará sed

Estas lecturas tienen una actualidad tremenda, tienen mucho que ver con lo que vivimos cotidianamente en nuestro tiempo.

La primera lectura nos habla de las persona quejosas, que nunca están satisfechas con nada. El pueblo de Israel, que se lamentaba de la explotación que sufría en Egipto, es liberado y siguen quejándose y añorando los tiempos de la exclavitud. Nadie ha dicho que la liberación, la transformación o la vida sean cómodas, agradables y absoluamente fáciles.

Esto tiene mucha relación con los que nos pasa hoy en día. Parece que valoramos y añoramos aquello que no tenemos. Sería conveniente que nos preguntáramos si estamos en el espíritu de la queja o en el de la gratitud… Porque la queja es tremendamente nociva para nosotros y para nuestro entorno.

Es un pecado dudar de Dios. La queja, la crítica, la sospecha, el miedo desdicen a Dios. «Y vio Dios que todo era bueno»

En la segunda lectura, San Pablo nos pide que nos actualicemos, como hacemos con las aplicaciones del móvil. Lo que hacemos con el Facebook, con el Twitter, con el cuerpo, etc… es necesario que ho hagamos también con nuestra mente.

Por último, en el evangelio, Jesús les hace ver a quienes le siguen que lo que en realidad les mueve es el interés y les dice que vivir movidos por el interés únicamente les va a traer sufrimiento.

Hoy también vivimos nuestra existencia desde el interés y hacemos muchas cábalas sobre lo que debemos hacer en cada momento, como si la vida fuera un guión que hay que seguir. Y protestamos cuando no sucede lo que hemos previsto…

Somos personas libres y autónomas que convivimos con otros seres humanos libres y autónomos en el escenario del regalo que Dios nos ha dado, que es este mundo. Y Él quiere que nos ayudemos unos a otros a construir su reino de amor. Si eso también es lo nosotros queremos, Él colaborará en nuestras intenciones. Pero tenemos que tener claro que Dios nunca va a apoyar proyectos que destruyan.

Es buano que aprendamos a reconocer que hay agentes externos que inluyen en nuestra vida: lo que nosotros llamamos suerte es providencia, lo que nosotros llamamos casualidad es actuación de Dios, el azar es el pseudónimo de Dios, cuando no quiere firmar…

Dios nos propone vivir en claves de eternidad: creer en Jesús, convertirle verdaderamente en nuestro compañero de vida y recurrir a Él para entender las claves de nuestra existencia.

El verano es un tiempo ideal para trabajar en nuestra renovación interna: luchar contra nuestras actitudes interesadas, contra la queja, contra los comportamientos infantiles…

Nos sobran los motivos para la esperanza. Si somos conscientes de que la historia de la humanidad la lleva el Espíritu, tenemos que estar muy tranquilos y alegres. El que empezó la buena obra en nosotros la va a llevar a buen término.

Audio-homilía: El que viene a mí no pasará hambre y el que crea en mí no pasará sed

Evangelio según San Juan

Cuando la multitud se dio cuenta de que Jesús y sus discípulos no estaban allí, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús.
Al encontrarlo en la otra orilla, le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo llegaste?».
Jesús les respondió: «Os aseguro que vosotros me buscáis, no porque hayáis visto signos, sino porque habéis comido pan hasta saciaros.
Trabajad, no por el alimento perecedero, sino por el que permanece hasta la Vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre; porque es él a quien Dios, el Padre, marcó con su sello».
Ellos le preguntaron: «¿Qué debemos hacer para realizar las obras de Dios?».
Jesús les respondió: «La obra de Dios es que creáis en aquel que él ha enviado».
Y volvieron a preguntarle: «¿Qué signos haces para que veamos y creamos en ti? ¿Qué obra realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como dice la Escritura: Les dio de comer el pan bajado del cielo».
Jesús respondió: «Os aseguro que no es Moisés el que os dio el pan del cielo; mi Padre os da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que desciende del cielo y da Vida al mundo».
Ellos le dijeron: «Señor, danos siempre de ese pan».
Jesús les respondió: «Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed».

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Con nuevo aliento

Navegando por el Mar de Galilea

Navegando por el Mar de Galilea

Decía san Pablo que si Cristo no hubiera resucitado, seríamos los hombres más desgraciados; nuestra fe sería vana porque Jesús no podría ser para nosotros, ni para la humanidad, la garantía y la esperanza de un mundo mejor basado en el amor, la justicia y la paz.

La Resurrección de Jesús es una nueva existencia libre de dolor y sufrimiento pero a la vez solidaria y comprometida con las necesidades de los que todavía sufren.

Creer en la Resurrección de una forma viva y eficaz no es tarea fácil. La Iglesia, con bastante pedagogía, parece tener en cuenta la dificultad del salto que supone la fe en la resurrección de Jesús. Si para prepararnos a la Pascua, dedicamos los 40 días de la Cuaresma; para gustar, celebrar, percibir qué es la Resurrección y cómo a partir de ahora hemos de unirnos a Cristo en el Espíritu Santo, dedicamos los 50 días de la Pascua (desde el domingo de Resurrección hasta el domingo de Pentecostés).

Los evangelios nos van repitiendo la promesa de Cristo resucitado a sus discípulos: “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo… (Jn 15, 9) Soy yo quien os he elegido y os he destinado para vayáis y deis fruto y vuestro fruto dure… (Jn 15, 16) Cuando venga el Espíritu de la verdad que procede del Padre, él dará testimonio de mí; y también vosotros daréis testimonio… (Jn 15, 27) Vosotros ahora sentís tristeza; pero volveré a veros y se alegrará vuestro corazón; y nadie os quitará vuestra alegría… Yo os aseguro, si pedís algo al Padre en mi nombre, os lo dará…pues el Padre mismo os quiere… (Jn 16, 23)”.

Gota a gota el mensaje va calando. No estamos solos; Jesús mismo camina con nosotros por nuestras calles y plazas, está en la cola del paro, está en el trabajo, en el hospital, en la escuela o la universidad, en el mercado, en el metro, en nuestros hogares…

La pascua sigue siendo camino, “pascua” significa paso. Por eso cada día que empieza con la luz, cada tarea que emprendo, los encuentros con los otros, el cansancio, la tensión, los conflictos, y también cada disfrute, ese pequeño triunfo mío o de algún amigo o ser querido, una tarea cumplida, cada gesto de ternura y bondad, cada palabra amable que ilumina una sonrisa son ocasiones para descubrir la presencia de Cristo resucitado junto a nosotros.

La Resurrección de Jesús no se nos presenta como un triunfo apoteósico. A pesar de ser algo maravilloso, no nos abduce, sino que se muestra como el mismo Jesús lo hizo a lo largo de su vida humana: se pone de manifiesto en las chispas y semillas de bondad que recibimos en lo cotidiano. En medio de las dificultades y desánimos, gracias a Jesús, estamos tocados de resurrección. “Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20)

Hace muy poco que recordábamos el primer año cronológico de Echadlared. Nacimos en la fiesta de Pentecostés del 2010 y Pentecostés supone también para nosotros la celebración de nuestro primer año de navegación en esta red con el deseo de compartir una fe viva y activa para los que estamos sumergidos en los oleajes o las calmas nuestro mundo. “Ellos, al verlo caminar sobre el lago, creyeron que era un fantasma y se pusieron a gritar… porque se habían asustado. Pero Jesús les habló inmediatamente y les dijo: -Ánimo. Soy yo. No temáis.”(Mc 6, 49-50)

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