San Ignacio de Loyola

Audio-homilía: Amarás al Señor tu Dios y al prójimo como a tí mismo

La vida de Jesús se resume en la insistencia de un hombre por llevar a término su proyecto de vida, pese a que nunca le pusieron las cosas fáciles. Su vida pública estuvo marcada por la hostilidad, la sospecha y el boicot. Es muy difícil hablar con alguien que sabes que no te acoge. Todos frente a la dificultad bajamos mucho la intensidad de nuestros proyectos y, en cambio, el éxito se convierte en el mayor motor para la ilusión.

En el evangelio vemos que Jesús tenía la raíz de su vocación no en el aplauso, ni en la aclamación, sino en un fundamento muy sólido. Decía San Ignacio de Loyola, «no el mucho saber harta y satisface el alma, sino el gustar internamente de las verdades de Dios». Y de eso habla este evangelio.

El evangelio nos muestra varias certezas: nunca gustaremos a todo el mundo; somos únicos e irrepetibles, por lo que no tiene sentido que nos comparemos con nadie; pero debemos defender y confiar en nuestros talentos, nuestras capacidades y nuestros sueños.

Cada uno tenemos nuestra misión y hemos de centrarnos en ella y llevarla adelante hasta el final. Quizá nuestra labor sea muy periférica, pero un pequeño gesto nuestro de fidelidad con lo que entendemos que Dios nos pide cambia la historia.

Es una lástima que no seamos conscientes de nuestra influencia sobre la vida de los que viven a nuestro lado. Si cada uno faltara, el mundo no se sería igual. Nuestras vidas son buenas noticias.

Si cada uno de nosotros intentamos ser mejores un día, los demás lo notan. Decía Bertolt Brecht que «los hombres y las mujeres que viven su sueño hasta el final son imprescindibles».

Creamos profundamente en el amor de Dios, que se revela en todo lo que Él nos da y que nos capacita para amar a los demás. La fuente de todo amor es Dios. Los hombres tenemos la capacidad de amar porque hay alguien que nos ha amado primero, que nos ha dado la vida y nos la regala para compartirla.

Hay una frase del Concilio Vaticano II que sintetiza maravillosamente esta idea: «La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre al diálogo con Dios. El hombre existe por el amor de Dios que nos creo y por el amor de Dios que nos sostiene. Y llegamos a la plenitud del amor cuando nos entregamos totalmente al Creador».

Ojalá experimentemos en lo profundo del corazón que todo lo que nos ocurre en la vida son ocasiones para poder entregarnos. Vivir es fácil con los ojos cerrados y con el corazón confiado.

Evangelio según San Mateo

Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron con Él,
y uno de ellos, que era doctor de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba:
«Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?».
Jesús le respondió: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas».

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Audio-homilía: Solemnidad de Pentecostés 2014

Con la Solemnidad de Pentecostés concluye el tiempo de Pascua, cincuenta días en los que hemos acompañado al Jesús resucitado en el proceso de devolver la confianza a esos apóstoles miedosos, a esa comunidad rota y fragmentada y a esas personas que habían experimentado la decepción en el corazón. Tras la crucifixión, cada uno experimentó la necesidad de salvar su propio pellejo, de desperdigarse y la Virgen María, de forma callada y constante, los fue reuniendo.

La Pascua finaliza con la reconstrucción de esa comunidad. En Pentecostés, Jesús les hace a los suyos un «update», una actualización: empiezan a entender todo y adquieren «luz en el entendimiento y fuerza en la voluntad», como decía San Ignacio de Loyola.

El Espíritu Santo es dador de luz, de fuerza y de sus sagrados siete dones (don de ciencia, don de piedad, don de temor de Dios, don de fortaleza, don de sabiduría, don de inteligencia, don de consejo).

El Espíritu Santo es el transportista de la Trinidad, es el que nos acerca a Dios a nuestra cotidianeidad. Es la fuerza de Dios que aterriza en la humanidad, transformando el caos en cosmos.

El Espíritu Santo hace revivir las situaciones secas de ruptura, de conflicto, de falta de amor, de poca conciliación. El Espíritu Santo es el constructor de la comunión.

Cuando nos centramos en nosotros y no cedemos a la comunión no nos entendemos. Pentecostés es la respuesta de Dios a Babel (cada uno mirando por sí mismo). Pentecostés es el milagro de que, cuando todos estamos habitados por el Espíritu, somos capaces de hablar en el lenguaje universal que entiende todo el mundo: el lenguaje del amor. No nos entendemos con el egoísmo y la imposición, sino con el amor, la comunión y el servicio.

Espíritu Santo es la firmeza de las apuestas que Dios hace por cada una de nuestras vidas.

Ojalá que nos sintamos así con un Señor que nos libra de la sequedad, que es capaz de devolver la vida a las situaciones muertas y que pone en el caos todo el cosmos y el orden de su amor.

Audio-homilía: Solemnidad de Pentecostés 2014

Evangelio según San Juan

Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: «¡La paz esté con vosotros!».
Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.
Jesús les dijo de nuevo: «¡La paz esté con vosotros! Como el Padre me envió a mí, yo también os envío a vosotros».
Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: «Recibid el Espíritu Santo. A los que les perdonéis los pecados les quedan perdonados y a los que se los retengáis les quedan retenidos».

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Contra la incredulidad y la desidia, confianza y acción

Hoy celebramos la memoria de Santo Tomás, uno de los doce apóstoles, que pasó a la historia por su incredulidad. San Juan nos dejó en el evangelio que leemos con motivo de esta fiesta el testimonio de la aparición de Jesús resucitado a sus seguidores (cuando Tomás no se encontraba con ellos) y cómo el discípulo reconocía que hasta que no viera no creería. Posteriormente, afirmaba su fe en Jesús con el famoso “Señor mío y Dios mío” y entregó su sangre por Cristo. (Jn 20,24-29)

Me siento muy cerca de Santo Tomás, al igual que del resto de los apóstoles. El hecho de que Jesús escogiera en su grupo a personas incrédulas, con dificultad para entender, tozudas, cobardes e incluso traidoras es una demostración más de que Dios no llama a los capaces sino que capacita a los que llama.

En el caso concreto de Tomás, su testimonio está más vivo que nunca en esta sociedad de los resultados, en la que todo se mide, en la que sumamos “amiguitos” y “retuits”, en la que todo se expresa en cantidades (hasta el amor)…

Nos hemos vuelto resultadistas: queremos entenderlo todo, conocerlo todo y establecemos los éxitos y los fracasos en función de nuestras cortas entendederas. Y dejamos poco espacio a la divina providencia, a la vida y a las demás personas.

Y en esto, como en tantas otras cosas, los cristianos no solemos ser ejemplo. Es curioso. Porque el amor y la confianza en Dios deberían ser una credencial inconfundible de personas que van por la vida sin miedos, puestas en manos del Señor, sabiendo que Él nos ama y que, como decía San Pablo, “Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros?” Rom 8, 31.

Dicho esto, se me viene a la cabeza la frase de San Ignacio de Loyola: “Actúa como si todo dependiera de ti, sabiendo que en realidad todo depende de Dios”. Es la definición perfecta del equilibrio entre la confianza y no caer en la desidia. Poner todo de nuestra parte (“dadles vosotros de comer” Lc 9,13) y, al mismo tiempo, dejar que la divina providencia y el espíritu santo nos iluminen y nos guíen, sin pretender conocerlo todo (“No os corresponde a vosotros saber los tiempos ni las épocas que el Padre ha fijado con su propia autoridad” Hch 1, 7)

Pidamos a Santo Tomás y al Señor que nos ayuden a vivir así.

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En la mirada amorosa de Jesús

El día de hoy, 19 de Marzo de 2013, fiesta de san José, marca el comienzo del pontificado del Papa Francisco (hasta hace unos días, Cardenal Jorge Mario Bergoglio). Los medios de comunicación de todo el mundo han puesto su mirada en el Vaticano durante el mes que ha transcurrido entre la renuncia de Benedicto XVI y la elección del nuevo Papa, Francisco.

Se hacían pronósticos y toda clase de conjeturas sobre las razones para esa renuncia y para esta elección. Pero la realidad es que hemos sido testigos de actos, gestos y palabras sorprendentes por su sencillez. En la despedida discreta y humilde de Benedicto XVI y en la llegada del Papa Francisco, con su cercanía y humanidad, hemos vivido acontecimientos históricos que nos dan una nueva perspectiva de cómo es Dios con nosotros; un Dios cercano accesible, compasivo y misericordioso, que se nos da en Jesús “En aquel tiempo, exclamó Jesús: ‘Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor. Todo me lo ha entregado mí Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar’” Mt 11, 25-27

Los ojos de millones de personas estaban pendientes de una chimenea, del desenlace de momentos intensos de oración para analizar desde nuestros puntos de vista humanos algo que nos desborda, porque se trata de la presencia y bondad de Dios con sus hijos en este momento de la historia que nos toca vivir.

El Papa Francisco ha tomado el nombre del gran santo que fue Francisco de Asís. Parece que quiere inspirarse en la autenticidad del Evangelio, que el santo se proponía como norma de vida. También los gestos y palabras del Papa desde el comienzo de su pontificado marcan una línea para vivir la fe y la misión de la Iglesia.

Nos ha pedido que oremos por él y por el mundo: El proverbio dice «a Dios rogando y con el mazo dando». Ésta es la traducción popular del principio que nos dejó un gran santo español, san Ignacio de Loyola: «Confiar en Dios como si todo dependiera de él; y al mismo tiempo trabajar como si todo dependiera de nosotros».

También nos llama para que miremos a todos con amor como nosotros somos mirados por Dios y ha condensado en esta mirada que dignifica e impulsa la esencia de lo que los cristianos llamamos vocación como lema de su pontificado: Jesús “lo miró con misericordia y lo eligió”. En la mirada amorosa de Jesús nos apoyamos nosotros para saber mirar y tratar a Dios con total confianza y a los demás como hermanos, especialmente a los más pobres y necesitados de amor, misericordia y justicia. Así seremos fieles a la misión evangelizadora en nuestras vidas concretas, anunciando a Jesucristo, nuestro hermano y salvador.

La Iglesia del siglo XXI se siente solidaria con la sociedad actual afectada por problemas de desigualdad, hambre, injusticias, enfermedades, corrupción, abusos, discriminaciones, violencias. Todos experimentamos circunstancias de sufrimiento físico y emocional, en lo personal, en lo familiar o en lo laboral. Por eso la Iglesia hoy mira a Cristo y lo anuncia como luz y misericordia para todos los hombres y mujeres del mundo: “Así pues, nosotros, rodeados de una nube de testigos, desprendámonos de cualquier carga y del pecado que nos acorrala; corramos con constancia la carrera que nos espera, fijos los ojos en el que inició y consumó la fe, en Jesús. El cual sufrió la cruz y se ha sentado a la diestra del trono de Dios” Heb 12, 1-2.

Ahora que estamos a punto de empezar la Semana Santa, pongamos nuestros ojos en Jesús para sentir y comprender que vivimos en su mirada amorosa y en ella encontramos la misericordia y el abrazo de Dios Padre.

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Audio-homilía: No estás lejos del reino de Dios

Uno puede no saber por defecto o por exceso. Este evangelio lo protagoniza un escriba, un estudioso de la palabra de Dios, pero muchas veces el exceso de información teórica provoca saturación. San Ignacio de Loyola decía «No el mucho saber harta y satisface el alma, sino el gustar internamente de las cosas de Dios«. Si la fe se queda solo en lo intelectual, provoca desconcierto. Al escriba del evangelio le llama la atención de Jesús su integración vital: su alegría, su acogida, la vida que emana…

No podemos edificar nuestra fe en el conocimiento, sino en la experiencia vital de que Dios es el que nos quita los miedos. Estamos en el Año de la Fe, pero no es momento para comprar más libros, para leer más, para llenar nuestra cabeza de más datos, sino el corazón de más experiencia de amor.

Hablando del primer mandamiento Jesús nos plantea: ¿te dejas amar?, ¿ves tu vida con los ojos con los que Dios la mira?, ¿te sientes hijo privilegiado de Dios?, ¿vives con el corazón lleno de sonrisas y abrazos?…

El Señor le pide al escriba (y a todos nosotros) que no nos pongamos a hacer mil cosas, a programar, a solucionar el mundo. Primero siéntete amado, porque, si no te sientes amado, integrado y seguro, no puedes amar, integrar y dar seguridad a los demás.

No podemos buscar recetas en un libro, porque la palabra que Dios quiere dirigir a los demás a través de nosotros nace del corazón.

Ese es el significado de la frase «dar gratis lo que recibimos gratis«. Se trata, en primer lugar, de dejarse amar por Dios. Y ese dejarse amar consiste en darnos cuenta de que Dios nos lo regala todo, para que nosotros lo disfrutamos y lo compartamos con los demás. Dios no rivaliza con nuestros afectos, pero nos pide que nos demos cuenta que las cosas no nos van a salvar. Si somos conscientes de todo el amor que recibimos a través de Dios, podremos después disfrútalo con los demás. Solo la fe nos permite mirarlo todo como un regalo.

Ojalá que aprendamos a percibir cómo Dios nos ama, para luego dar a los demás todo lo que recibimos.

Audio-homilía: No estás lejos del reino de Dios

Evangelio según San Marcos

Un escriba que los oyó discutir, al ver que les había respondido bien, se acercó y le preguntó: «¿Cuál es el primero de los mandamientos?».
Jesús respondió: «El primero es: Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor; y tú amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, con todo tu espíritu y con todas tus fuerzas. El segundo es: Amarás a tu prójimo como a tí mismo. No hay otro mandamiento más grande que estos».
El escriba le dijo: «Muy bien, Maestro, tienes razón al decir que hay un solo Dios y no hay otro más que él, y que amarlo con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo, vale más que todos los holocaustos y todos los sacrificios».
Jesús, al ver que había respondido tan acertadamente, le dijo: «Tú no estás lejos del Reino de Dios». Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

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