sacerdocio

Audio-homilía: Acción de gracias. Decimoséptimo aniversario ordenación sacerdotal

En esta eucaristía de acción de gracias por el decimoséptimo aniversario de la ordenación sacerdotal de Vicente Esplugues y veinticuatro sacerdotes más celebramos la sorpresa de lo humano, que es algo muy pequeñito, cuando empieza a soñar a la medida de los sueños de Dios.

¿Qué tendrá lo pequeño que llama tanto la atención del Señor?.

Dios no llama a los capaces, sino que capacita a los que llama.

El Señor puede capacitar lo pequeño y fragil para que se convierta en algo grande, porque el corazón puede aprender a amar a la medida de Dios.

Dios dijo a cada uno de esos veinticinco sacerdotes y nos dice a todos y cada uno de nosotros: «de tu pequeñez puedo hacer obras muy grandes». Y es que es muy grande creer en el amor, creer que todos somos familia y creer en la bondad del Señor como buena noticia que todos necesitamos escuchar.

Es Jesús quien confía en ti, tal y como eres… quien te respeta, sin violencia, aceptando como eres y confiándote retos nuevos..

La frase que resume esta experiencia es «al amor que te lleva no le preguntes adónde va». Al amor que va llevando tu vida, tus idas y tus venidas, tus aciertos y tus errores, tus éxitos y tus fracasos, no le preguntes dónde te lleva, porque seguro que es tierra buena.

Hemos elegido para hoy el evangelio del Magnificat porque resume profundamente ese estado de gratitud: gracias, Señor, por mirar la pequeñez de estos hombres y llamarlos a un tarea tan maravillosa.

Como dice la famosa canción de Rosendo «Prometo estarte agradecido. Déjame que pose para tí, eres tú mi artista preferido». Pues eso nos lo dice el Señor todos los días. Ojalá que podamos reconocer siempre la acción que Dios va haciendo en nuestra vida y que le estemos siempre agradecidos por su inmensa misericordia.

Audio-homilía: Acción de gracias. Decimoséptimo aniversacio ordenación sacerdotal (13/08/12)

Evangelio según San Lucas

En aquellos días, se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.
Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno e Isabel quedó llena de Espíritu Santo; y exclamando con gran voz, dijo: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí? Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno. ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!»
Y dijo María: «Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava. Desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso.
Santo es su nombre y su misericordia alcanza de generación en generación a los que le temen. Desplegó la fuerza de su brazo,
dispersó a los que son soberbios en su propio corazón. Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes; a los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos sin nada. Acogió a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia -como había anunciado a nuestros padres- en favor de Abraham y de su linaje por los siglos.»
María permaneció con ella unos tres meses, y se volvió a su casa.

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Jueves Santo: eucaristía, sacerdocio y amor fraterno

Varios son los acontecimientos que conmemoramos el Jueves Santo.

El más conocido es la institución de la Eucaristía. Jesús, en la última cena con sus discípulos, bendice el pan y el vino, convertidos en su cuerpo y sangre y establece una nueva alianza con el hombre. Nos encarga conmemorar ese momento y nos brinda el mejor alimento para nuestra fe. La comunión se convierte en la gasolina del cristiano.

Al encargar a sus discípulos que recuerden ese momento en memoria suya, instaura el sacerdocio. Desde ese instante, cada vez que en la eucaristía se consagran el pan y el vino, el sacerdote se convierte en representante de Jesús ante la comunidad.

Por último, en el Jueves Santo también se celebra el Día del amor fraterno. La Iglesia quiere resaltar en este día el simbolismo del lavado de pies que hiciera Jesús a sus apóstoles y que reflejó el evangelista San Juan. Jesús muestra un amor basado en dos pilares: el servicio y la solidaridad. Un amor radical, que va más allá de las palabras y los gestos grandilocuentes. Un amor que busca servir y no ser servido. Un amor que ofrece sin pedir.

Y, nuevamente, Jesús se nos mostrará como modelo. En el Viernes Santo recordaremos su Pasión: la traición, el prendimiento, el abandono, la injusta condena, la tortura, la muerte en la cruz… Jesús, que se hizo hombre y se igualó a nosotros en todo menos en el pecado, se entrega por todos. No hay amor más grande.

Evangelio según San Juan

Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, él, que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin.
Durante la Cena, cuando el demonio ya había inspirado a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarlo, sabiendo Jesús que el Padre había puesto todo en sus manos y que él había venido de Dios y volvía a Dios, se levantó de la mesa, se sacó el manto y tomando una toalla se la ató a la cintura.
Luego echó agua en un recipiente y empezó a lavar los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que tenía en la cintura.
Cuando se acercó a Simón Pedro, este le dijo: «¿Tú, Señor, me vas a lavar los pies a mí?».
Jesús le respondió: «No puedes comprender ahora lo que estoy haciendo, pero después lo comprenderás».
«No», le dijo Pedro, «¡tú jamás me lavarás los pies a mí!». Jesús le respondió: «Si yo no te lavo, no podrás compartir mi suerte».
«Entonces, Señor», le dijo Simón Pedro, «¡no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza!».
Jesús le dijo: «El que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque está completamente limpio. Vosotros también estáis limpios, aunque no todos». El sabía quién lo iba a entregar, y por eso había dicho: «No todos estáis limpios».
Después de haberles lavado los pies, se puso el manto, volvió a la mesa y les dijo: «¿comprendéis lo que acabo de hacer? Vosotros me llamáis Maestro y Señor; y tienéis razón, porque lo soy. Si yo, que soy el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Os he dado el ejemplo, para que hagáis lo mismo que yo he hecho con vosotros».

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