Resurrección

La leona saciada

Introducción. Estuve el viernes pasado con una pareja a la que casé hace algún tiempo y me invitaron a conocer su casa, y de paso, pasar un rato juntos que hacía tiempo que no nos veíamos. Y después de una magnifica cena vimos un video de su viaje de novios, que hicieron por Tanzania y Zanzíbar.
Se me ha quedado grabada en la memoria la imagen de una leona que acababa de devorar hasta saciarse un ñu. Estaba tumbada en medio de un camino de tierra, con todo el rostro ensangrentado, pero tan llena, tan saciada, tan plena, que le daba igual la cercanía de los turistas que en sus jeeps la fotografiaban y la grababan en video. La leona saciada se convertirá en mi fauna particular en una imagen de cómo se afronta la vida con la confianza y la seguridad de que nada ni nadie nos puede separar, dañar o quitar la paz y la placidez de sentirnos plenos. Leona saciada y feliz.
La comparación puede sonar cómica o poco acertada, pero para mí, que paso mucho de mi tiempo inquieto, nervioso, temeroso, preocupado, me sirve de imagen y de icono de la paz en la que Jesús me invita a vivir. Mi vida está muy rodeada de riesgo, de incertidumbre, de expectación. Creo que no es algo que me pasa a mí exclusivamente, sino que es un elemento común de la vida humana. Pasamos muchos de nuestros días en la delgada línea que separa el éxito del fracaso. Todas las actividades apostólicas que se ofertan con la máxima ilusión, pero en las que nunca sabes la respuesta que se va a dar a la llamada realizada… Abro cada día las puertas de la parroquia, pero nunca sé si vendrá mucha gente o poca. O con las escuelillas, o con la publicación del libro… Cada día puede convertirse en una nueva entrega de mi vida al servicio de la construcción del Reino. O puede ser un desastre en el que mis meteduras de pata, mis agobios o mis soberbias, dañan, alejan y provocan dolor en los demás. Consciente de mis límites no puedo vivir sin vigilancia, sin detalle, sin cuidar lo que hago. Pero me alegra mucho pensar que por encima de mis resultados, de mis juicios, de mis valoraciones o de las de los demás, hay una mirada que me reconcilia, que me valora, que pase lo que pase me acoge, me quiere, me valora. La mirada de Dios sobre mí.

Lo que Dios nos dice. «Y ahora esto dice el Señor, que te creó, Jacob, que te ha formado, Israel: No temas, que te he redimido, te he llamado por tu nombre, tú eres mío. Cuando cruces las aguas, yo estaré contigo, la corriente no te anegará; cuando pases por el fuego, no te quemarás, la llama no te abrasará. Porque yo, el Señor, soy tu Dios; el Santo de Israel es tu salvador. Entregué Egipto como rescate, Etiopía y Saba a cambio de ti, porque eres precioso para mí, de gran precio, y yo te amo. Por eso entrego regiones a cambio de ti, pueblos a cambio de tu vida. No temas, porque yo estoy contigo». Is 43,1-5. No temas aparece 365 veces a lo largo de toda la Biblia y en este tiempo de Pascua se acentúa la necesidad de anclarnos en esa paz que nos regala el Resucitado. No hay nada ni nadie que nos pueda robar ese estado de calma, de paz, de victoria sobre todas las muertes, sobre todas las soledades, sobre todos los fracasos.
«Pues considero que los sufrimientos de ahora no se pueden comparar con la gloria que un día se nos manifestará. Porque la creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios; en efecto, la creación fue sometida a la frustración, no por su voluntad, sino por aquel que la sometió, con la esperanza de que la creación misma sería liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios». Rom 8,18-21. Tiempo de inaugurar esa libertad gloriosa, de hombres y mujeres resucitados… Que ya no viven esclavos de las opiniones favorables o negativas… Que no se pasan la vida mendigando valoraciones y aplausos. Libres porque se saben portadores de límites, de errores, de fallos. Pero eso no les paraliza, porque se saben acompañados, impulsados, reconciliados, por la mirada resucitada de quien nos vuelve a llamar una y mil veces.
«Después de esto ¿qué diremos? Si Dios está con nosotros, ¿Quién estará contra nosotros? El que no reservó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién condenará? ¿Acaso Cristo Jesús, que murió, más todavía, resucitó y está a la derecha de Dios y que además intercede por nosotros? ¿Quién nos separará del amor de Cristo?, ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?; como está escrito: Por tu causa nos degüellan cada día, nos tratan como a ovejas de matanza. Pero en todo esto vencemos de sobra gracias a aquel que nos ha amado. Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni altura, ni profundidad, ni ninguna criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor». Rom 8,31-38.

Cómo podemos vivirlo. Cada día tiene su propio afán y es cierto que las responsabilidades y los trabajos los tenemos que desarrollar con la mejor aptitud y con nuestros mejores esfuerzos. Pero hay un margen muy amplio de cosas que no dependen de nosotros. No todo se logra porque me lo proponga. Por eso una cosa es vivir alegremente, ocupado de lo que cada día hay que hacer, y otra muy diferente es vivir preocupado. Antes de que ocurran las cosas vivir cargando con el peso de todo lo negativo que todavía no sabemos si ocurrirá. Sentirnos tan exigidos por las cosas que tenemos que hacer que acabamos perdiendo la alegría de la pascua. Y ya no compartimos el gozo sino los agobios. Y ya no somos buenas noticias para los demás, sino penosos portadores de cargas pesadas que se quejan y lamentan. Llenos del amor y de la compañía del buen Dios estaremos saciados como la leona feliz.

cerrados

Audio-homilía: Domingo de Resurrección 2013

Nos gusta proyectar en las cosas todos nuestros deseos. Con la Resurrección todos querríamos sentir que ya no hay problemas, que ya no hay dificultades… nos confundimos y pensamos que Dios utiliza caminos mágicos más propios de cuentos de hadas.

La realidad es que hay resurrecciones en medio de todas las experiencias: en la vejez, entre los problemas… porque hay resurrección y hay mundo…

¿En qué se notará que hemos resucitado? en la presencia entre nosotros de los frutos del espíritu.

La resurrección no acaba con los dificultades o los conflictos. Se trata de que la energía que mueve nuestra vida sea diferente, de que estemos llenos de alegría, de humildad, de amor…

Sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida cuando amamos a los hermanos.

Tenemos que ser una comunidad resucitada y resucitadora. En nuestro mundo hace falta gente normal convencida de que la opción por el amor es la única que tiene sentido. Dios nos invita a que nos creamos el amor que Él nos tiene. Necesitamos vivir y despertar el bautismo que ya tenemos para ser constructores del Reino.

Resucitar no es sentir cosas diferentes a las de nuestra cotidianeidad, pero sí es percibir que nuestro grado de amistad y de compromiso con el Señor crece y que Él, desde nuestro bautismo, cuenta con nosotros como luz del mundo y sal de la tierra.

A veces nos ponemos modelos de vida lejanos y no nos fijamos en las vidas de carne y hueso entregadas. No hay nada más ejemplar que alguien que te sonríe con sinceridad y que te brinda su amistad. Es conmovedor que Jesús resucite y que no haga ningún reproche a sus discípulos. Dios no llama a nadie especial.

Ojala experimentemos que la llamada a ser obreros de la mies nos compete a todos, cada uno en su ámbito, y que nos sintamos con autoridad para proponer al mundo actual buenas noticias.

Saber que la muerte no vence a la vida nos tiene que dar fuerza para ir de acto de amor en acto de amor, de muestra de generosidad en muestra de generosidad…

Ojala que, creyendo que es posible construir el Reino de Dios en la tierra, invirtamos todos nuestros esfuerzos en seguirlo haciendo.

Audio-homilía: Domingo de Resurrección 2013

Evangelio según San Juan

El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada.
Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto».
Pedro y el otro discípulo salieron y fueron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió más rápidamente que Pedro y llegó antes. Asomándose al sepulcro, vio las vendas en el suelo, aunque no entró.
Después llegó Simón Pedro, que lo seguía, y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo, y también el sudario que había cubierto su cabeza; este no estaba con las vendas, sino enrollado en un lugar aparte.
Luego entró el otro discípulo, que había llegado antes al sepulcro: él también vio y creyó.
Todavía no habían comprendido que, según la Escritura, él debía resucitar de entre los muertos.

cerrados

Audio-homilía: Domingo de Ramos 2013

La Semana Santa es una escuela de lo que todo ser humano va a vivir en este mundo. Jesús es nuestro Camino, nuestra Verdad y nuestra Vida. Y Él nos enseña paso a paso lo que será nuestro peregrinaje por esta vida.

Entre los dos instantes de desnudez y fragilidad que son nuestro nacimiento y nuestra muerte todos nosotros tenemos responsabilidad para elegir sobre nuestos actos: podemos vivir compartiendo o acumulando, amando o llenando de sufrimiento nuestras vidas y las de los demás…

La pasión, muerte y resurrección de Jesús nos muestra cómo entra en Jerusalem enriquecido, aclamado, en medio de un ambiente de euforia, y llega al jueves y viernes santo tremendamente empobrecido… para, en el domingo de resurrección triunfar sobre la muerte y el odio.

El Domingo de Ramos todo es euforia… Parece verse el resultado de los tres años de trabajo arduo de Jesús. Los discípulos podrían imaginar que ese era el principio de mejores tiempos…

Pero Jerusalem es una ciudad hecha por hombres (como nuestro mundo)… y ese aparente triunfo y esa aparente felicidad son tan frágiles como las nuestras… De la aclamación al «crucifícalo» hay una delgada línea… Cambia la escena en muy poco tiempo…

Estas escenas retratan perfectamente nuestra trayectoria: nosotros pasamos del amor al odio en un suspiro y nos venimos arriba y abajo en segundos…

Jesús vive todo (la aclamación y la animadversión) sabiendo lo que le espera y sabiendo con quién lo vive. Entra enriquecido en Jerusalem y va empobreciéndose paulatinamente hasta el viernes santo. Su vida es una progresiva perdida de vida pero Él sabe perfectamente quién le devuelve la vida. Entrega la vida voluntariamente y el Domingo de Resurrección redescubrimos que quien llena de vida a Jesús (al igual que a nosotros) es Dios. La vida la recibimos y nos la recarga Dios mismo.

La Semana Santa tiene mucho que enseñarnos. Deberíamos vivirla intensamente, poniendo los ojos en Jesús, porque en nuestra vida hay mucho de ella: en nuestro día a día hay muchos Judas, muchos Pedros, muchos Getsemanís y momentos en los que lloramos pidiendo que se aparte de nosotros ese cáliz.

Diariamente todos vivimos constantemente misterios pascuales, pero los podemos vivir solos o acompañados. Podemos experimentar la cruz reconociendo que el Padre es el que nos da la vida. La Resurrección es volver a aprender que la vida nos la da otro.

Ojala vivamos esta Semana Santa orando unos por otros, con una fe firme en la Resurrección, sabiendo que por mucho dolor que acompañe nuestra vida la última palabra la tiene el amor. Porque siempre el amor es más fuerte que la muerte.

Audio-homilía: Domingo de Ramos 2013

Evangelio según San Lucas

Llegada la hora, Jesús se sentó a la mesa con los Apóstoles y les dijo: «He deseado ardientemente comer esta Pascua con vosotros antes de mi Pasión, porque os aseguro que ya no la comeré más hasta que llegue a su pleno cumplimiento en el Reino de Dios».
Y tomando una copa, dio gracias y dijo: «Tomad y compartidla entre vosotros. Porque os aseguro que desde ahora no beberé más del fruto de la vid hasta que llegue el Reino de Dios».
Luego tomó el pan, dio gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: «Esto es mi Cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía».
Después de la cena hizo lo mismo con la copa, diciendo: «Esta copa es la Nueva Alianza sellada con mi Sangre, que se derrama por vosotros. La mano del traidor está sobre la mesa, junto a mí.
Porque el Hijo del hombre va por el camino que le ha sido señalado, pero ¡ay de aquel que lo va a entregar!».
Entonces comenzaron a preguntarse unos a otros quién de ellos sería el que iba a hacer eso. Y surgió una discusión sobre quién debía ser considerado como el más grande.
Jesús les dijo: «Los reyes de las naciones dominan sobre ellas, y los que ejercen el poder sobre el pueblo se hacen llamar bienhechores. Pero entre vosotros no debe ser así. Al contrario, el que es más grande, que se comporte como el menor, y el que gobierna, como un servidor. Porque, ¿quién es más grande, el que está a la mesa o el que sirve? ¿No es acaso el que está a la mesa? Y sin embargo, yo estoy entre vosotros como el que sirve. Vosotros sois los que habéis permanecido siempre conmigo en medio de mis pruebas.
Por eso yo os confiero la realeza, como mi Padre me la confirió a mí.
Y en mi Reino, comeréis y beberéis en mi mesa, y os sentaréis sobre tronos para juzgar a las doce tribus de Israel. Simón, Simón, mira que Satanás ha pedido poder para zarandearos como el trigo,
pero yo he rogado por ti, para que no te falte la fe. Y tú, después que hayas vuelto, confirma a tus hermanos».
«Señor», le dijo Pedro, «estoy dispuesto a ir contigo a la cárcel y a la muerte».
Pero Jesús replicó: «Yo te aseguro, Pedro, que hoy, antes que cante el gallo, habrás negado tres veces que me conoces».
Después les dijo: «Cuando os envié sin bolsa, ni alforja, ni sandalia, ¿os faltó alguna cosa?».
«Nada», respondieron. El agregó: «Pero ahora el que tenga una bolsa, que la lleve; el que tenga una alforja, que la lleve también; y el que no tenga espada, que venda su manto para comprar una.
Porque os aseguro que debe cumplirse en mí esta palabra de la Escritura: Fue contado entre los malhechores. Ya llega a su fin todo lo que se refiere a mí».
«Señor», le dijeron, «aquí hay dos espadas». El les respondió: «Basta».
En seguida Jesús salió y fue como de costumbre al monte de los Olivos, seguido de sus discípulos.
Cuando llegaron, les dijo: «Orad, para no caer en la tentación».
Después se alejó de ellos, más o menos a la distancia de un tiro de piedra, y puesto de rodillas, oraba:
«Padre, si quieres, aleja de mí este cáliz. Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya».
Entonces se le apareció un ángel del cielo que lo reconfortaba.
En medio de la angustia, él oraba más intensamente, y su sudor era como gotas de sangre que corrían hasta el suelo.
Después de orar se levantó, fue hacia donde estaban sus discípulos y los encontró adormecidos por la tristeza.
Jesús les dijo: «¿Por qué estáis durmiendo? Levantaos y orad para no caer en la tentación».
Todavía estaba hablando, cuando llegó una multitud encabezada por el que se llamaba Judas, uno de los Doce. Este se acercó a Jesús para besarlo.
Jesús le dijo: «Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?».
Los que estaban con Jesús, viendo lo que iba a suceder, le preguntaron: «Señor, ¿usamos la espada?».
Y uno de ellos hirió con su espada al servidor del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja derecha.
Pero Jesús dijo: «Dejadlo, ya está». Y tocándole la oreja, lo curó.
Después dijo a los sumos sacerdotes, a los jefes de la guardia del Templo y a los ancianos que habían venido a arrestarlo: «¿Soy acaso un ladrón para que vengáis con espadas y palos? Todos los días estaba con vosotros en el Templo y no me arrestasteis. Pero esta es vuestra hora y el poder de las tinieblas».
Después de arrestarlo, lo condujeron a la casa del Sumo Sacerdote. Pedro lo seguía de lejos.
Encendieron fuego en medio del patio, se sentaron alrededor de él y Pedro se sentó entre ellos.
Una sirvienta que lo vio junto al fuego, lo miró fijamente y dijo: «Este también estaba con él».
Pedro lo negó, diciendo: «Mujer, no lo conozco».
Poco después, otro lo vio y dijo: «Tú también eres uno de aquellos». Pero Pedro respondió: «No, hombre, no lo soy».
Alrededor de una hora más tarde, otro insistió, diciendo: «No hay duda de que este hombre estaba con él; además, él también es galileo». «Hombre», dijo Pedro, «no sé lo que dices». En ese momento, cuando todavía estaba hablando, cantó el gallo.
El Señor, dándose vuelta, miró a Pedro. Este recordó las palabras que el Señor le había dicho: «Hoy, antes que cante el gallo, me habrás negado tres veces». Y saliendo afuera, lloró amargamente.
Los hombres que custodiaban a Jesús lo ultrajaban y lo golpeaban;
y tapándole el rostro, le decían: «Profetiza, ¿quién te golpeó?».
Y proferían contra él toda clase de insultos.
Cuando amaneció, se reunió el Consejo de los ancianos del pueblo, junto con los sumos sacerdotes y los escribas. Llevaron a Jesús ante el tribunal y le dijeron: «Dinos si eres el Mesías». El les dijo: «Si yo os respondo, no me creeréis, y si os interrogo, no me responderéis. Pero en adelante, el Hijo del hombre se sentará a la derecha de Dios todopoderoso».
Todos preguntaron: «¿Entonces eres el Hijo de Dios?». Jesús respondió: «Tenéis razón, yo lo soy».
Ellos dijeron: «¿Acaso necesitamos otro testimonio? Nosotros mismos lo hemos oído de su propia boca».
Después se levantó toda la asamblea y lo llevaron ante Pilato.
Y comenzaron a acusarlo, diciendo: «Hemos encontrado a este hombre incitando a nuestro pueblo a la rebelión, impidiéndole pagar los impuestos al Emperador y pretendiendo ser el rey Mesías».
Pilato lo interrogó, diciendo: «¿Eres tú el rey de los judíos?». «Tú lo dices», le respondió Jesús.
Pilato dijo a los sumos sacerdotes y a la multitud: «No encuentro en este hombre ningún motivo de condena».
Pero ellos insistían: «Subleva al pueblo con su enseñanza en toda la Judea. Comenzó en Galilea y ha llegado hasta aquí».
Al oír esto, Pilato preguntó si ese hombre era galileo. Y habiéndose asegurado de que pertenecía a la jurisdicción de Herodes, se lo envió. En esos días, también Herodes se encontraba en Jerusalén.
Herodes se alegró mucho al ver a Jesús. Hacía tiempo que deseaba verlo, por lo que había oído decir de él, y esperaba que hiciera algún prodigio en su presencia.
Le hizo muchas preguntas, pero Jesús no le respondió nada.
Entre tanto, los sumos sacerdotes y los escribas estaban allí y lo acusaban con vehemencia.
Herodes y sus guardias, después de tratarlo con desprecio y ponerlo en ridículo, lo cubrieron con un magnífico manto y lo enviaron de nuevo a Pilato. Y ese mismo día, Herodes y Pilato, que estaban enemistados, se hicieron amigos.
Pilato convocó a los sumos sacerdotes, a los jefes y al pueblo,
y les dijo: «Me habéis traído a este hombre, acusándolo de incitar al pueblo a la rebelión. Pero yo lo interrogué delante de vosotros y no encontré ningún motivo de condena en los cargos de que lo acusan;
ni tampoco Herodes, ya que él lo ha devuelto a este tribunal. Como véis, este hombre no ha hecho nada que merezca la muerte. Después de darle un escarmiento, lo dejaré en libertad».
Pero la multitud comenzó a gritar: «¡Qué muera este hombre! ¡Suéltanos a Barrabás!».
A Barrabás lo habían encarcelado por una sedición que tuvo lugar en la ciudad y por homicidio.
Pilato volvió a dirigirles la palabra con la intención de poner en libertad a Jesús. Pero ellos seguían gritando: «¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!».
Por tercera vez les dijo: «¿Qué mal ha hecho este hombre? No encuentro en él nada que merezca la muerte. Después de darle un escarmiento, lo dejaré en libertad».
Pero ellos insistían a gritos, reclamando que fuera crucificado, y el griterío se hacía cada vez más violento.
Al fin, Pilato resolvió acceder al pedido del pueblo.
Dejó en libertad al que ellos pedían, al que había sido encarcelado por sedición y homicidio, y a Jesús lo entregó al arbitrio de ellos.
Cuando lo llevaban, detuvieron a un tal Simón de Cirene, que volvía del campo, y lo cargaron con la cruz, para que la llevara detrás de Jesús.
Lo seguían muchos del pueblo y un buen número de mujeres, que se golpeaban el pecho y se lamentaban por él.
Pero Jesús, volviéndose hacia ellas, les dijo: «¡Hijas de Jerusalén!, no lloréis por mí; llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos. Porque se acerca el tiempo en que se dirá: ¡Felices las estériles, felices los senos que no concibieron y los pechos que no amamantaron! Entonces se dirá a las montañas: ¡Caigan sobre nosotros!, y a los cerros: ¡Sepúltennos! Porque si así tratan a la leña verde, ¿qué será de la leña seca?».
Con él llevaban también a otros dos malhechores, para ser ejecutados.
Cuando llegaron al lugar llamado «del Cráneo», lo crucificaron junto con los malhechores, uno a su derecha y el otro a su izquierda.
Jesús decía: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Después se repartieron sus vestiduras, sorteándolas entre ellos.
El pueblo permanecía allí y miraba. Sus jefes, burlándose, decían: «Ha salvado a otros: ¡que se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el Elegido!».
También los soldados se burlaban de él y, acercándose para ofrecerle vinagre, le decían: «Si eres el rey de los judíos, ¡sálvate a ti mismo!».
Sobre su cabeza había una inscripción: «Este es el rey de los judíos».
Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros».
Pero el otro lo increpaba, diciéndole: «¿No tienes temor de Dios, tú que sufres la misma pena que él? Nosotros la sufrimos justamente, porque pagamos nuestras culpas, pero él no ha hecho nada malo».
Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a establecer tu Reino».
El le respondió: «Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso».
Era alrededor del mediodía. El sol se eclipsó y la oscuridad cubrió toda la tierra hasta las tres de la tarde. El velo del Templo se rasgó por el medio.
Jesús, con un grito, exclamó: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». Y diciendo esto, expiró.
Cuando el centurión vio lo que había pasado, alabó a Dios, exclamando: «Realmente este hombre era un justo».
Y la multitud que se había reunido para contemplar el espectáculo, al ver lo sucedido, regresaba golpeándose el pecho.
Todos sus amigos y las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea permanecían a distancia, contemplando lo sucedido.
Llegó entonces un miembro del Consejo, llamado José, hombre recto y justo, que había disentido con las decisiones y actitudes de los demás. Era de Arimatea, ciudad de Judea, y esperaba el Reino de Dios.
Fue a ver a Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús. Después de bajarlo de la cruz, lo envolvió en una sábana y lo colocó en un sepulcro cavado en la roca, donde nadie había sido sepultado.
Era el día de la Preparación, y ya comenzaba el sábado.
Las mujeres que habían venido de Galilea con Jesús siguieron a José, observaron el sepulcro y vieron cómo había sido sepultado.
Después regresaron y prepararon los bálsamos y perfumes, pero el sábado observaron el descanso que prescribía la Ley.

cerrados

Audio-homilía: Tercer domingo de Adviento 2012. Qué hacemos nosotros

Este tercer domingo de Adviento es una invitación a que reconozcamos las fuentes profundas de las que nace la alegría verdadera.

La alegría convive con cosas muy duras y muy crueles y nos puede llevar a preguntarnos qué razones tenemos para estar alegres.

¿Qué tenemos que hacer? ¿Quitamos lo negativo de la vida y nos convertimos en ingenuos?…

La alegría profunda no nace de evitar el sufrimiento, sino de un Dios que nos enseña, mirando el sufrimiento de cara, a transformarlo a base de amor.

Domingo de Adviento, Resurrección y Pascua están muy unidos. Dios, a base de abrazar nuestra frágil humanidad, nos devuelve constantemente la confianza de que la última palabra sobre la historia la tiene su amor.

Nuestra razón para vivir con ánimo no es la ausencia de conflictos, porque conflictos hay en todos partes y en todos los momentos de nuestra vida. Vivir es responder con generosidad a la vida que tenemos por delante.

En este evangelio Juan Bautista aclara que él no es el Mesías y anuncia la llegada de Jesús, aquel en que nos podemos apoyar. Y la gente le pregunta qué tiene que hacer. Juan Bautista contesta muy claramente: compartir, vivir con generosidad, participar del gozo de la solidaridad… Las cosas buenas se comparten.

Ojalá que la luz de Belén nos ilumine para que no tengamos malos gestos y malas palabras. Que estas Navidades nos cuidemos mucho para reconocer visiblemente que Dios vive entre nosotros.

Evangelio según San Lucas

La gente le preguntaba: «¿Qué debemos hacer entonces?».
El les respondía: «El que tenga dos túnicas, dé una al que no tiene; y el que tenga qué comer, haga otro tanto».
Algunos publicanos vinieron también a hacerse bautizar y le preguntaron: «Maestro, ¿qué debemos hacer?».
El les respondió: «No exijáis más de lo estipulado».
A su vez, unos soldados le preguntaron: «Y nosotros, ¿qué debemos hacer?». Juan les respondió: «No extorsionéis a nadie, no hagáis falsas denuncias y contentaos con vuestro sueldo».
Como el pueblo estaba a la expectativa y todos se preguntaban si Juan no sería el Mesías, él tomó la palabra y les dijo: «Yo os bautizo con agua, pero viene uno que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de desatar la correa de sus sandalias; él os bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego. Tiene en su mano la horquilla para limpiar su era y recoger el trigo en su granero. Pero consumirá la paja en el fuego inextinguible».
Y por medio de muchas otras exhortaciones, anunciaba al pueblo la Buena Noticia.

cerrados

Audio-homilía: Pascua de Resurrección 2012

Las ofertas de Dios son de totalidad. Quiere que tengamos vida y que la tengamos en abundancia, que amemos y amemos hasta el extremo, que nuestra alegría y nuestro gozo sean completos…

Si somos testigos de la Resurrección, estamos llamados a convertimos en discípulos y a ir más allá de nuestras limitaciones y nuestras comodidades. Como a los apóstoles, se nos llama a pasar del miedo a la valentía, de las puertas cerradas a la evangelización, de la apatía a la creatividad…

Todos somos Iglesia. Estamos invitados a llevar la Buena Noticia. Habitualmente somos testigos de lo que hemos vivido, lo hacemos a diario: cuando tenemos una noticia alegre, la transmitimos con rapidez y entusiasmo. Y, si eso nos pasa con cosas cotidianas y sencillas, qué no nos debería pasar con la evangelización.

Ojalá que nos sintamos orgullosos de pertenecer a esta comunidad tan amplia, tan plural, tan diversa, porque cada uno estamos llamados a una tarea. Cada cual con sus capacidades.

Cada uno debe encontrar su sitio en este proyecto y sentirse enviado con sus talentos. Nadie es más ni menos. Creámonos portadores de esta noticia grandiosa y trasmitámosla cada cual en su entorno. La suma de lo mejor de cada uno de nosotros nos lleva a la verdad.

Si creemos en el producto, lo anunciaremos convincentemente.

Audio-homilía: Pascua de Resurrección 2012

Evangelio según San Juan

El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada.
Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto».
Pedro y el otro discípulo salieron y fueron al sepulcro.
Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió más rápidamente que Pedro y llegó antes.
Asomándose al sepulcro, vio las vendas en el suelo, aunque no entró.
Después llegó Simón Pedro, que lo seguía, y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo, y también el sudario que había cubierto su cabeza; este no estaba con las vendas, sino enrollado en un lugar aparte.
Luego entró el otro discípulo, que había llegado antes al sepulcro: él también vio y creyó. Todavía no habían comprendido que, según la Escritura, él debía resucitar de entre los muertos.

cerrados