Resurrección

Audio-homilía: Yo soy la puerta de las ovejas

La imagen de la puerta nos lleva a preguntarnos si queremos entrar en la dimensión de la fe o quedarnos en la dimensión de la carne. La puerta es lo que nos sitúa en una dimensión nueva.

Este evangelio nos habla de vivir en comunidad. La oveja es un animal muy comunitario, muy de vivir en rebaño. El rebaño es símbolo de unión pese a las diferencias.

Uno de los signos de la Resurrección es que la diferencia no sea un motivo de enfrentamiento, sino de riqueza y crecimiento cuando recibimos del otro lo que nos quiere aportar.

Después del fracaso de la cruz, la Resurrección vuelve a unir a una comunidad que estaba dispersa.

Y es que de forma individual no experimentaremos la salvación. La crisis de nuestra iglesia es celebrar sacramentos y recibirlos de forma individual, no como comunidad. El individualismo está matando nuestro mundo. Apenas tenemos capacidad de comunicación.

El libro de los Hechos de los Apóstoles nos habla claramente de tenerlo todo en común. ¡Qué pena que celebremos los sacramentos de forma individual! Las personas no nos pueden molestar, porque son la plasmación visible de los regalos de Dios. Cada persona aporta algo. Todos somos necesarios y complementarios. Y eso es Iglesia.

Una parroquia no puede ser solo el cura. Los curas son servidores de la comunidad que siempre permanece: ellos cambian, pero la comunidad sigue.

Tenemos que aprender a vivir como comunidad, como rebaño: unidos por un mismo objetivo, conociéndonos, reconociendo nuestras voces y sabiendo nuestros nombres.

Tenemos que cruzar todos la puerta que nos lleva del egoísmo al amor. La Iglesia debe ser un conjunto de hombres y mujeres que nos sentimos muy frágiles, muy incoherentes. Por eso nunca podemos juzgar ni condenar a nadie. No somos un grupo de elegidos. El antitestimonio más grande es un grupo de cristianos que no se quieran, que no se acojan, que se juzguen, que no se respeten.

Ojalá que el Señor nos saque de nuestros individualismos y que nos ayude a ser personas que disfrutamos del regalo de la comunidad.

Audio-homilía: Yo soy la puerta de las ovejas

Evangelio según San Juan

Jesús dijo a los fariseos: “Os aseguro que el que no entra por la puerta en el corral de las ovejas, sino por otro lado, es un ladrón y un asaltante. El que entra por la puerta es el pastor de las ovejas. El guardián le abre y las ovejas escuchan su voz. El llama a cada una por su nombre y las hace salir. Cuando las ha sacado a todas, va delante de ellas y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz. Nunca seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen su voz”.
Jesús les hizo esta comparación, pero ellos no comprendieron lo que les quería decir.
Entonces Jesús prosiguió: “Os aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos aquellos que han venido antes de mí son ladrones y asaltantes, pero las ovejas no los han escuchado. Yo soy la puerta. El que entra por mí se salvará; podrá entrar y salir, y encontrará su alimento. El ladrón no viene sino para robar, matar y destruir. Pero yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia.”

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Divina misericordia, humana compasión

Introducción. Todos los encuentros de Jesús resucitado con los apóstoles nos hablan de alegría, de paz, de amor y de misericordia, de parte de Jesús. Totalmente desproporcionado con las respuestas de esos mismos discípulos, y con la falta de meritos adquiridos para ser amados así, porque siempre muestran frente al Señor pánico, miedo, lágrimas, quejas y ganas de huir.
Sorprende la gratuidad en el amor que Dios nos tiene. Sobre todo cuando evidenciamos que la respuesta humana a tanto derroche de amor es la cobardía, la huída, el cerrar las puertas, y el buscar salvar la vida por encima de todo.
“Cuanto dista el cielo de la tierra, así distan mis caminos de los vuestros, y mis planes de vuestros planes”. Is 55,9.
“Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades; él rescata tu vida de la fosa, y te colma de gracia y de ternura; él sacia de bienes tus días, y como un águila se renueva tu juventud. El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia. No está siempre acusando ni guarda rencor perpetuo; no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas”. Sal 103,3-10.
Hay una calidad de amor de parte de Dios que se nos escapa a las personas. Cuánta gente me ha dicho que no entiende la parábola del Hijo pródigo, o la de los trabajadores de la viña que cobran todos la misma cantidad de dinero, aunque no todos han trabajado igual. Y es que en el fondo nuestra capacidad de amar está muy condicionada por el amor que hemos recibido. Nadie te puede aconsejar más allá de lo que ha vivido. Y si todo lo hemos vivido en pequeño, en dosis individuales, no sabemos vivir y amar a lo grande.
La resurrección nos desvela el amor que siempre nos ha tenido Jesús pero de una manera más nítida. Revela un amor tan grande que asombra y que asusta. Nosotros estamos acostumbrados a nuestro amor calculado y a cuenta gotas, que se convierte en moneda de cambio para conseguir siempre beneficios. Te amo, si me amas. Te doy si luego tú me devuelves. Hago este trabajo en casa si tu luego me dejas ir donde yo quiero. Te doy si me das. Y te dejo de dar, si veo que tu ya no me das como antes. Ahí es donde llega nuestra amor humano. Es calculador, es frágil y miedoso, permanentemente temiendo que en vez de con amor, se nos trate con castigo. El resucitado viene a sanar los corazones afligidos, miedosos, a base de amor, de cariño y de confianza. Y a recordarnos que su amor no acaba nunca.

Lo que Dios nos dice. “Queridos hermanos, si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros. A Dios nadie lo ha visto nunca. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud. En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros: en que nos ha dado su Espíritu. Y nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre envió a su Hijo para ser Salvador del mundo. Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios. Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en el. Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él. En esto ha llegado el amor a su plenitud con nosotros: en que tengamos confianza en el día del juicio, pues como él es, así somos nosotros en este mundo. No hay temor en el amor, sino que el amor perfecto expulsa el temor, porque el temor tiene que ver con el castigo; quien teme no ha llegado a la plenitud en el amor. Nosotros amemos porque él nos amó primero”. 1ªJn 4,11-19.
El tiempo de Pascua es la invitación a vivir resucitados inaugurando un amor nuevo que no procede de nosotros, de nuestros gustos, criterios o intereses, sino que nace como don y regalo de Dios, que por pura misericordia nos regala la posibilidad de amar como Él. Es amar no a quien se lo gana o merece, sino porque sabemos que es lo que todos necesitamos. Amor que se vuelve cercanía, como cada distancia que Jesús resucitado recorría hasta dar con los asustados discípulos. No es amar a quien me gusta o me interesa, es devolver la mirada misericordiosa que Dios tiene conmigo, al resto de personas que forman mi mundo, y que son amadas así por Él.
Solo puede amar así quien se siente anclado y permanece en el amor de Dios. Sólo el que vive resucitado, en la abundancia, en la continua fuente inagotable de bondad y de misericordia que nace del corazón de Dios, puede dar sin medida y sin cálculo. El que todavía vive atrapado por los miedos y por los cálculos ni entiende ni puede amar así. Siente que la invitación del Señor a amar como El es una amenaza. Tiene miedo a perder, a sufrir, a quedarse sin nada, a que se aprovechen de él. Y lo más cierto es que se pierde inaugurar una vida que es grande, eterna, plena, que no termina, acompañada en todo momento por el autor y el dador de vida.

Cómo podemos vivirlo. Es un proceso de aprender a vivir sin miedos. Es un proceso de sentirse amados con el amor de Dios. Es un proceso de mirar con misericordia y compasión a una humanidad que demasiadas veces nos defrauda y nos daña. Pero es en la falta de méritos, cuando más necesario se vuelve que alguien ame, sane, y cure. Jesús resucitado se vuelve perseguidor incansable de unos apóstoles que, si no llegan a encontrarse con Jesús posiblemente, se habrían hundido por la culpa y el remordimiento. Estamos llamados a compartir la misericordia y el amor de Dios que por puro amor se nos ha dado, y que necesitan tantos que lo desconocen y lo ignoran.

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La santidad está en amar a Cristo como Él quiere ser amado

Placa de recuerdo de la peregrinación de San Juan Pablo II a la Tumba del Apóstol Santiago en la Catedral de Santiago de Compostela

Placa de recuerdo de la peregrinación de San Juan Pablo II a la Tumba del Apóstol Santiago en la Catedral de Santiago de Compostela

Con motivo de la canonización de Juan XXIII, el Papa Bueno, y de Juan Pablo II, el Grande, me llama la atención que se den las dos a la vez y en una fecha señalada como es el domingo de la Divina Misericordia. En el evangelio de este domingo de Pascua vemos cómo Jesús, con su gran misericordia y su amistad, le da a Tomás una segunda oportunidad para creer en su Resurrección. Conmueve la cercanía de Jesús que se deja tocar en sus heridas si con eso le da fuerza a su amigo y discípulo. Así era el maestro durante su vida y también después de la Resurrección. “Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos con las puertas bien cerradas, por miedo a los judíos. Llegó Jesús, se colocó en medio y les dice: ‘Paz con vosotros’. Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron al ver al Señor. Jesús repitió: ‘Paz con vosotros. Como el Padre me envió, así yo os envío a vosotros’. Dicho esto, sopló sobre ellos y añadió: ‘Recibid el Espíritu Santo. A quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los mantengáis les quedan mantenidos’. Tomás, que significa Mellizo, uno de los Doce, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: ‘Hemos visto al Señor’. Él replicó: ‘Si no veo en sus manos la marca de los clavos y no meto el dedo por el agujero, si no meto la mano por su costado, no creeré’. A los ocho días estaban de nuevo dentro los discípulos y Tomás con ellos. Vino Jesús a puertas cerradas, se colocó en medio y les dijo: ‘Paz con vosotros’. Después dice a Tomás: ‘Mete aquí el dedo y mira mis manos; trae la mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, antes cree’. Le contestó Tomás: ‘Señor mío y Dios mío’” Jn 20, 19-28
No creo que la celebración de estas canonizaciones en el domingo en el que Jesús resucitado nos quiere enviar como misioneros de misericordia, de esperanza y de amor sea casual pues estos dos Papas fueron verdaderos apóstoles, cercanos al Señor y las personas afirmando su dignidad como hijos de un Dios Padre de todos.
Juan XXIII fue el Papa que convocó el Concilio Vaticano II con el que la Iglesia se abría al mundo entero para anunciar la fe, la esperanza, la caridad, el amor de Dios y a los hermanos y así ayudar a alcanzar la paz del Señor, por la gloria de Dios y de los hombres de buena voluntad.
Unida a la canonización de Juan XXIII, que fue Papa entre los años 1958 y 1963 y que destacó por su corazón bondadoso y pacífico; la de Juan Pablo II, el Papa que vino de un país lejano y quiso abrazar a todos los países y continentes en sus viajes anunciando a Jesucristo como el Señor de la historia. En su largo pontificado, desde 1978 al 2005, llamaba a todos, y muy especialmente a los jóvenes, al compromiso con el bien de la humanidad que necesita encontrar a Dios para encontrar su verdad y su plenitud.
A Juan XXIII y a Juan Pablo II el Señor les llamó a una misión de cercanía a Él para guiar a la Iglesia como portadora de la Buena Noticia del amor de Dios. Imagino que con cada uno de ellos Jesús tuvo un diálogo parecido a aquel que tuvo con Pedro: “Cuando terminaron de comer, dice Jesús a Simón Pedro: ‘Simón, hijo de Juan, ¿me quieres más que éstos?’. Le responde: ‘Sí, Señor, tú sabes que te quiero’. Jesús le dice: ‘Apacienta mis corderos’. Le pregunta por segunda vez: ‘Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?’. Le responde: ‘Sí, Señor, tú sabes que te quiero’. Jesús le dice: ‘Apacienta mis ovejas’. Por tercera vez le pregunta: ‘Simón hijo de Juan, ¿me quieres?’. Pedro se entristeció de que le preguntara por tercera vez si lo quería y le dijo: ‘Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero’. Jesús le dice: ‘Apacienta mis ovejas’”. Jn 21, 15-17. Ellos dieron su respuesta y nos han mostrado que la santidad está en amar a Cristo como Él quiere ser amado: amarlo en cada ser humano acogiéndolo como a un hermano o a una hermana, con respeto, misericordia y compasión. Porque “si quieres amar a Cristo… extiende tu amor a todo el mundo”. San Agustín
Gracias a la Iglesia que nos da a estos dos grandes Papas, Juan XXIII y Juan Pablo II, como santos inspiradores e intercesores a favor nuestro.

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Audio-homilía: Vigilia Pascual 2014

Esta es la noche que toda la humanidad espera. Y es que muchas veces sufrimos la diferencia que hay entre deseo y realidad, entre nuestros proyectos y lo que luego sucede.

Esta noche celebramos que lo divino y lo humano se abrazan y los sueños de Dios y de la humanidad conectan.

El sepulcro en el que enterraron a Jesús es el resumen de todos los sufrimientos, los llantos, los dolores y las lágrimas vividos y derramados en la historia de la humanidad. A tantas lágrimas y sangre derramados a lo largo de la historia Dios responde a lo grande. No sólo reparte kleenex para secar las lágrimas, sino que también nos invita a reconciliarnos con una humanidad en la que el amor ha vencido al pecado. Esta es una noche alegre. Hay fiesta en el cielo y en la tierra.

Es importante creer en la Resurrección porque da sentido a nuestras luchas diarias. Todas las víctimas inocentes tienen un lugar en el cielo, todos los que han sufrido tanto a lo largo de la historia son redimidos. Dios hoy lanza un grito a favor de los últimos, de los pobres, de los desfavorecidos. Dios responde a la humanidad diciendo un SÍ a la vida eterna de todos sus hijos. Cada uno con nuestro nombre somos únicos para Él. Cada uno de nosotros es imprescindible. Celebramos que Dios vuelve a pronunciar nuestros nombres.

Dios ha dicho hoy su última palabra: VIVE. La misericordia ha vencido al juicio. La paciencia de Dios es nuestra salvación y por muchas manchas que haya hoy Dios nos devuelve una oportunidad de vida inmaculada. La misericordia de Dios nos comprende, nos conoce, nos llama y nos necesita. Dios hace el milagro de blanquear nuestros pecados, nuestros miedos…

Es noche de experimentar que hay una vida que llena de amor y que vence a la oscuridad. Jesús se reconcilia con la historia de la humanidad. Ha merecido la pena el dolor vivido porque ha salido vencedor en su pulso con las fuerzas del mal.

Ojalá que en esta noche dejemos que Jesús nos ponga la mano en el hombro o en el corazón y nos recuerde que, junto a él, viviremos aún en los momentos tristes.

Estamos muertos cuando el amor no es la energía que guía nuestros pasos, cuando vivimos en clave de queja y anticipar peligros… Si queremos, podemos ver de forma constante regalos.

La potencia que tiene la Resurrección de Cristo en los corazones que lo acogen es tan grande que renueva la faz de la tierra. No será portada de los periódicos, pero llevamos 21 siglos resucitando a Jesús, transmitiendo su amor y su buena noticia con creatividad.

Es tiempo de querernos, de abrazarnos… Y, como dice el Papa Francisco, “es tiempo de decirle a la tristeza que ya tienes un compromiso con la alegría y que le serás fiel toda la vida”.

No estamos en el eterno retorno, porque el Señor nos renueva y permanece fiel sin cambiar su forma de vernos.

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Vivir resucitados

OLYMPUS DIGITAL CAMERAHe tenido la alegría de celebrar el Triduo pascual en un lugar precioso en el monte, Siete Aguas, en la provincia de Valencia, con personas de todas las edades de la familia misionera Verbum Dei. Compartir con ellos la Palabra, la oración, el tiempo y los momentos de distensión me ha dado un nuevo impulso.
Cuando oramos y celebramos en un ambiente de retiro en el que todos los medios y personas nos facilitan el contacto con Dios puede parecer fácil tener emociones positivas que nos animan a vivir y expresar la fe. Pero la alegría que nos da Cristo resucitado ha de ser una nueva forma de vida y sobre todo ha de ser comunicativa.
La alegría de la Resurrección brota de la unión con ese Cristo que murió en la cruz pero cuyo amor imparable nos lo devuelve vivo para siempre en los suyos, en el signo de su amor y entrega que es la Eucaristía mediante la fuerza del Espíritu y el abrazo misericordioso del Padre. “El ángel se dirigió a las mujeres y les dijo: Vosotras no temáis; sé que buscáis a Jesús, el crucificado. No está aquí, ha resucitado. Venid a ver el sitio donde yacía. Id a decir a los discípulos: ´Ha resucitado de entre los muertos y va delante de vosotros a Galilea`, allí lo veréis”. Mt 28, 5-7
Los cristianos vivimos las mismas realidades que todos los seres humanos, nos enfrentamos a dificultades y retos como todos, pero lo hacemos con el apoyo que recibimos de nuestro Dios en Jesús. Vivimos ya resucitados en la medida que unimos esfuerzo y confianza, compartir y agradecimiento. El cristiano aprende junto a Jesús a amar la fragilidad propia y ajena porque en ella puede surgir la fuerza del amor de Dios. Aprende a ver que en medio de las tinieblas se abre paso la luz y sabemos que una pequeña luz es muy visible en la oscuridad.
Creer en la Resurrección no es la demostración de un argumento teórico, es vivir ya resucitados en nuestra vuelta a Galilea, es decir, en nuestra vuelta al trabajo o a la búsqueda del mismo, en nuestra vuelta al hogar, a la comunidad, a las relaciones de familia y de amistad, a las responsabilidades. Vivir resucitados significa vivir abiertos a la presencia de Dios, a sus sorpresas, a los hermanos, a la vida que brota poco a poco y nos envuelve, a nuestra interioridad. “Las mujeres salieron a toda prisa del sepulcro y llenas de alegría corrieron a llevar la noticia a los discípulos. Jesús salió a su encuentro y las saludó. Ellas se echaron a sus pies y lo adoraron. Entonces Jesús les dijo: ´Alegraos, no tengáis miedo, id a decir a mis hermanos que vayan a Galilea, allí me verán`” Mt 28, 8-10
¿No descubrimos que son experiencias de resurrección la superación de una enfermedad, el empezar un proyecto de trabajo, hacer un pequeño parón para reordenar nuestras ideas, una reconciliación, el recuerdo agradecido de alguien que ya se nos fue, el nacimiento de un nuevo miembro en la familia, el acondicionar mejor la casa o el jardín, aprobar los exámenes o cumplir una tarea? Estamos bañados de resurrección y a veces no nos damos cuenta, necesitamos despertar cada día a la luz de Jesús que nos da su paz a través de pequeñas resurrecciones como la capacidad de sonreír y amar, los detalles de servicio que tenemos y tienen con nosotros, o la amabilidad y el respeto en el trato, las ganas y la ilusión que nos ponen en marcha. “Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús y se puso en medio y les dijo: ´Paz a vosotros`. Y, diciendo esto les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: ´Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo`. Y dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: ´Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos`” Jn 20, 19-22
La Resurrección nos pone la luz de Cristo en la mirada y la mente; el amor del Señor y su alegría en el corazón; y el compromiso del testimonio en nuestros pasos para ser testigos de la paz y la bondad allí donde estamos. Podemos pasar por momentos de cuestionamiento o de desánimo como los discípulos de Emaús, pero el Señor resucitado nos sale al encuentro en su Palabra, en la Eucaristía, en la Iglesia, en los hermanos, en la vida real, en los pobres y necesitados que están en nuestro camino. “Dos discípulos iban a una aldea llamada Emaús… Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo… ´los jefes de los sacerdotes y nuestras autoridades entregaron a Jesús para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron…`. Jesús, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura… Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron… Ellos comentaron: ´¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?`” Lc 24, 13-16. 20. 27. 30-32
¡Feliz vida resucitada a todos!

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