Pili

Transformando nuestro agua en vino, con la ayuda de Jesús

Hemos comenzado un año para vivirlo con esperanza, y llevamos recorrido ya un buen trecho de enero. Algunos creadores de modas y tendencias dicen que el color de este año es el verde esmeralda. Para nosotros los cristianos, el verde simboliza la esperanza y es además el color del tiempo litúrgico ordinario; aquel en el que vamos aprendiendo a ser seguidores de Jesús en lo concreto de nuestras vidas, como aprendieron sus discípulos caminando junto a él por los pueblos y ciudades de Palestina.

A pesar del año recién estrenado y del inmenso regalo de tener entre nosotros a Jesús, el día a día a veces se nos hace cuesta arriba y penoso, porque no vemos rápidamente los resultados de nuestros esfuerzos, porque seguimos experimentando nuestra debilidad o porque aún hay insolidaridad, egoísmo e injusticia en los quehaceres y las relaciones humanas.

“Al tercer día se celebró una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. También habían sido invitados a la boda Jesús y sus discípulos. Cuando el vino se acabó, la madre de Jesús le dijo: -Ya no tienen vino. Su madre dijo a los sirvientes: —Haced lo que él os diga. Había allí seis tinajas de piedra, de las que usan los judíos en sus ceremonias de purificación Jesús dijo a los sirvientes: —Llenad de agua las tinajas. Y los sirvientes las llenaron. —Ahora sacad un poco y llevadlo al encargado del banquete —les dijo Jesús. Así lo hicieron. El encargado del banquete probó el agua convertida en vino sin saber de dónde había salido” Juan 2, 1-5.

Personalmente, en la misión que me toca realizar, dedico mucho tiempo de la semana a la catequesis, tanto de Primera Comunión como de Confirmación: comparto con las catequistas, con los niños y con los jóvenes. En todos los grupos compruebo que, aunque mi papel es guiar a las personas a mirar a Jesucristo para que puedan conocerle de cerca, a su vez ellos me ayudan a reafirmar mi fe y mi unión con Cristo.

El otro día en el grupo de Confirmación nos tomábamos el pulso: algunos están desanimados y dejan de participar, otros se distancian por pequeños desencuentros con un amigo o amiga y el grupo se resiente. Una chica sugería que, para obligarles a ser más formales y asistir sin falta, deberíamos amenazarles con echarles del grupo hasta que fuesen excluidos de recibir la Confirmación. Yo me preguntaba cuál sería la reacción de Jesús y su trato con estos discípulos suyos algo desorientados o lentos para entender y sentir la fuerza de su amor.

Sin duda que nuestras crisis de todo tipo tienen un trasfondo de desconfianza que nos frena y quita los ánimos. La primera reacción es intentar huir, defendernos a nosotros mismos mirando por los propios intereses. Sin embargo, lo que necesitamos es perseverar junto a Jesús y aprender de Él el camino del amor, la entrega, la solidaridad, la compasión y el esfuerzo por la justicia en el trato con los demás y en los acontecimientos de cada día. Sucederán entonces pequeños milagros, signos de algo nuevo que va creciendo y transformándonos.

“Decía Jesús: ¿A qué compararemos el reino de Dios, o con qué parábola lo describiremos? Es como un grano de mostaza, el cual, cuando se siembra en la tierra, aunque es más pequeño que todas las semillas que hay en la tierra, sin embargo, cuando es sembrado, crece y llega a ser más grande que todas las hortalizas y echa grandes ramas, tanto que las aves del cielo pueden anidar bajo su sombra”. Marcos 4,30-32

Mantengamos los ojos fijos en Jesús: él se ha hecho uno con nosotros para que, si lo deseamos, su Espíritu nos acompañe. Toda posible reacción y la respuesta para superar nuestras crisis, como personas creyentes, brotan del encuentro con Él.

Jesús después de otro de sus signos, el de la multiplicación de los panes, vuelve a explicar la relación a la que nos llama como seguidores suyos, una relación intensa y profunda de adhesión a Él, una relación que nos transforma y renueva en Él. “—Os aseguro —afirmó Jesús— que si no coméis mi carne y no bebéis mi sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el día final. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él. Al escucharlo, muchos de sus discípulos exclamaron: «Esta enseñanza es muy difícil; ¿quién puede aceptarla?» Jesús, dándose cuenta de que sus discípulos murmuraban, les dijo: — ¿Esto os escandaliza? Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida. Desde entonces muchos de sus discípulos le volvieron la espalda y ya no andaban con él. Así que Jesús les preguntó a los doce: — ¿También vosotros queréis marcharos? —Señor —contestó Pedro—, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios.” Juan 6,53-57. 60-63. 66-69

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Cristo es la puerta de entrada para vivir la fe

Con motivo del 50 aniversario del Concilio Vaticano II, el Papa, Benedicto XVI ha anunciado la celebración del Año de la Fe, que comienza hoy mismo.

El Concilio Vaticano II fue un acontecimiento del Espíritu que impulsó a la Iglesia a abrir sus puertas y ventanas para que todos sus miembros seamos más sensibles a los signos de los tiempos, a las necesidades de nuestro mundo y para permitir a todas las personas tomar contacto con lo esencial del mensaje de Jesús: el anuncio del reino del Padre en misericordia, perdón, justicia, compasión, amor y paz. Este anuncio se dirige a todos sin excepción y se condensa en la oración que Jesús dirige constantemente a su Padre y Padre nuestro. «Cuando oréis, decid: Padre, santificado sea tu Nombre, venga tu Reino, danos cada día nuestro pan cotidiano, y perdónanos nuestros pecados porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe, y no nos dejes caer en tentación». (Lc 11, 2-4)

Desde la perspectiva de los cincuenta años del concilio, y en el complejo contexto actual, el Año de la Fe es una invitación a fortalecer nuestra unión con Cristo en la cotidianeidad, en los tiempos de oración personal y comunitaria, en el ámbito de nuestras relaciones en una sociedad abierta y plural.

Para presentar el jubileo de aquel acontecimiento eclesial, el Papa ha escrito una carta apostólica titulada “Porta fidei”. La puerta de la fe siempre está abierta, esa puerta es el mismo Cristo. Él era un hombre accesible, cercano, tan tiernamente humano en su trato que quienes se encontraron con Él pudieron reconocer que era el Hijo de Dios. “Jesús les habló otra vez: -Os aseguro que Yo soy la puerta del rebaño… Yo soy la puerta: quien entra por mí se salvará; podrá entrar y salir y encontrar pastos… Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia”. (Jn 10, 7. 9)

Estamos invitados a adentrarnos en la relación con Jesús, a no andarnos por las ramas, a pasar de las palabras y los ritos a la experiencia verdadera de seguir al Maestro, a vivir nuestro compromiso misionero de creyentes con autenticidad, a intensificar el testimonio de la caridad. “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer, o sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos forastero, y te acogimos; o desnudo y te vestimos?, ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte? Y el rey les dirá: en verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mi me lo hicisteis”. (Mt 25, 37-40)

Durante esta semana han sucedido a mi alrededor muchas cosas; una ha sido la dolorosa y triste pérdida de un alumno y su padre en accidente de tráfico; otras son los pequeños encuentros de amistad inesperados. Algunas experiencias son gratificantes cuando ves a personas queridas felices, otras experiencias te hacen descubrir a alguien necesitado. Y para vivir todas las situaciones con fe, con sentido, con luz, necesito entrar por la puerta que es Cristo. “Por tanto, como elegidos de Dios, consagrados y amados, revestíos de compasión entrañable, amabilidad, humildad, modestia, paciencia; soportaos mutuamente; perdonaos si alguien tiene queja de otro; como el Señor os ha perdonado, así también haced vosotros. Y por encima de todo el amor, que es el broche de la perfección. Actúe de árbitro en vuestra mente la paz de Cristo, a la que habéis sido llamados para formar un cuerpo. Sed agradecidos. La Palabra del Mesías habite entre vosotros en toda su riqueza; enseñaos y exhortaos unos a otros con toda sabiduría. Con corazón agradecido cantad a Dios salmos, himnos y cantos inspirados. Todo lo que hagáis, de palabra o de obra, hacedlo invocando al Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él.” (Col 3, 12-17)

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Un retiro, una experiencia de encuentro: “Señor, enséñanos a orar”

Los discípulos acompañaban a Jesús y le veían dedicar muchos ratos a la oración; uno de ellos le pidió que les enseñara a orar. La oración cristiana por excelencia es el Padrenuestro, su contenido no es una devoción sino todo un estilo de vida, un modo de ser y relacionarse. “Una vez estaba en un lugar orando. Cuando terminó, uno de los discípulos le pidió: —Señor, enséñanos a orar. Jesús les contestó: —Cuando oréis, decid: Padre, sea respetada la santidad de tu Nombre, venga tu reinado; danos hoy el pan de mañana; perdona nuestros pecados como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes sucumbir a la prueba”. (Lc 11, 1- 4)

He empezado a escribir este post en medio de unos días de retiro en un ambiente propicio para el silencio, la oración y el descanso. Las casas religiosas dedicadas a ofrecer retiros y ejercicios espirituales suelen tener espacios libres con jardines, algunas incluso están en entornos naturales que ayudan para pacificar el ánimo y encontrarse a fondo con Dios.

Del mismo modo que en el Evangelio vemos a Jesús dedicando tiempos largos a la oración, en nuestra vida descubrimos la necesidad de cultivar nuestra espiritualidad, de orar. La expresión “ejercicios espirituales” puede sonar a algunos como cosa de curas y de monjas, pero no es así. Hay grupos abiertos donde pueden participar matrimonios, personas seglares solteras o viudas, jóvenes… Se trata de encontrar la oportunidad de dedicar unos días para descubrir a Dios en la propia vida y adentrarnos en su amor misericordioso.

Otra reacción que puede producirnos el pensar en unos ejercicios espirituales es que hemos de hacer algo complicado o extraño, sin embargo santa Teresa decía que orar es sencillamente “hablar de amor con quien sabemos que nos ama”. Para ello, y a pesar del silencio, la persona no está sola pues en los grupos suele haber uno o dos acompañantes que guían en el modo de hacer oración; y además el creyente tiene la ayuda del Espíritu Santo.

Me han dicho en estos ejercicios que todos nosotros somos ejercitantes. Estamos constantemente haciendo algún ejercicio: para respirar, andar, hablar… En definitiva, para cualquier actividad física o mental nos ejercitamos; del mismo modo nuestro espíritu necesita un entrenamiento, una puesta a punto. El ejercicio de nuestro espíritu es la vida de fe que se nutre de la oración y la relación personal con Dios a través de su Palabra y de los sacramentos. Los efectos beneficiosos de este ejercicio son los frutos de paz, de conversión, de esperanza y de amor que se dan en nosotros y a nuestro alrededor.

Existen espacios y páginas en Internet en las que se dan a conocer lugares bonitos para visitar y para realizar actividades lúdicas y de ocio. Mi experiencia de estos días de retiro me ha impulsado a animar a todos los que tengan la oportunidad para dedicar unos días a esta experiencia y a encontrar en su vida diaria un poco de tiempo para orar. Se puede seguramente encontrar información sobre posibles grupos para participar en las parroquias y en algunas comunidades cristianas.

Dios, nuestro Padre, tiene tantos caminos como personas para llegar a nosotros del modo que más lo necesitamos, pero respeta nuestra libertad y espera el momento en que nosotros queramos acogernos a su Amor. “Un hombre tenía dos hijos. El menor dijo al padre: Padre, dame la parte de la fortuna que me corresponde. Él les repartió los bienes. A los pocos días, el hijo menor reunió todo y emigró a un país lejano, donde derrochó su fortuna viviendo como un libertino. Cuando gastó todo, sobrevino una carestía grave en aquel país, y empezó a pasar necesidad. Fue y se puso al servicio de un hacendado del país, el cual lo envió a sus campos a cuidar cerdos. Deseaba llenarse el estómago de las bellotas que comían los cerdos, pero nadie se las daba. Entonces recapacitando pensó: —A cuántos jornaleros de mi padre les sobra el pan mientras yo me muero de hambre. Me pondré en camino a casa de mi padre y le diré: He pecado contra Dios y te he ofendido; ya no merezco llamarme hijo tuyo. Trátame como a uno de tus jornaleros. Y se puso en camino a casa de su padre. Estaba aún distante cuando su padre lo divisó y se enterneció. Corriendo, se le echó al cuello y le besó. El hijo le dijo: —Padre, he pecado contra Dios y te he ofendido, ya no merezco llamarme hijo tuyo. Pero el padre dijo a sus criados: —Enseguida, traed el mejor vestido y vestidlo; ponedle un anillo en el dedo y sandalias en los pies. Traed el ternero cebado y matadlo. Celebremos un banquete. Porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido, se había perdido y ha sido encontrado. Y empezaron la fiesta.
El hijo mayor estaba en el campo. Cuando se acercaba a casa, oyó música y danzas y llamó a uno de los criados para informarse de lo que pasaba. Le contestó: —Es que ha regresado tu hermano y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado sano y salvo. Irritado, se negaba a entrar. Su padre salió a rogarle que entrara. Pero él respondió a su padre: —Mira, tantos años llevo sirviéndote, sin desobedecer una orden tuya, y nunca me has dado un cabrito para comérmelo con mis amigos. Pero, cuando ha llegado ese hijo tuyo, que ha gastado tu fortuna con prostitutas, has matado para él el ternero cebado. Le contestó: —Hijo, tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo. Había que hacer fiesta porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido, se había perdido y ha sido encontrado”. (Lc 15, 11- 32)

Un retiro no trae la solución inmediata a nuestras preguntas y dificultades, ni nos vuelve unos angelitos; sin embargo nos ayuda a encontrarnos con nosotros mismos y con nuestro Creador. Tampoco la oración es un rato de bienestar como huída intimista de la realidad. Lo cierto es que de ese encuentro personal que se hace diálogo de confianza y amistad, sales siendo tú mismo pero renovado porque el contacto con el Señor te hace volver a la vida diaria enfocándola con la luz y la fuerza de su Amor por ti. Como decía Juan Pablo II: “No tengáis miedo. Abrid la puerta a Cristo”.

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Haciendo balance de nuestros frutos

He recibido hace unos pocos días unas fotos de una reunión familiar, en la que yo no he podido estar. Así, por las fotografías y por el teléfono, mantengo el contacto con mis seres queridos. Al ver sus rostros en las imágenes, he notado su cansancio de final del curso. Luego me he mirado yo misma en el espejo y me he visto tan cansada como ellos, aunque en mí me sorprenda menos porque me veo la cara a diario. Entonces he sentido la necesidad de revisión, de parar y replantearme cómo voy en esta carrera de fondo que es la vida.

Acaba el curso escolar y reordenamos lo trabajado a lo largo del año: lo que programé, lo que realicé, las dificultades que pasé por el camino. Sobre todo, a pesar de que desde tantos ámbitos se nos dice que estamos muy mal y con pocas expectativas de mejoría (se califica la crisis que atravesamos como económica, de confianza, de valores, institucional, global), yo quiero poner en valor los frutos y resultados que sí hemos alcanzado con nuestro esfuerzo y con la ayuda de Dios y de los demás.

Con las vacaciones, o lo que podamos disfrutar de ellas, en el horizonte ha llegado el tiempo de recoger los frutos, de apreciar lo que sí vamos realizando. Jesús nos decía: («Guardaos de los falsos profetas que se os acercan disfrazados de ovejas y por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los reconoceréis. ¿Se cosechan uvas de las zarzas o higos de los cardos? Un árbol sano da frutos buenos, un árbol enfermo da frutos malos. Un árbol sano no puede dar frutos malos ni un árbol enfermo puede dar frutos buenos. El árbol que no dé frutos buenos será cortado y echado al fuego. Así pues, por sus frutos los reconoceréis. No todo el que me diga: ¡Señor, Señor!, entrará en el reino de Dios, sino el que haga la voluntad de mi Padre del cielo». Mt 7, 15-21)

Si nuestro fruto es la unidad o, quizás, la superación de alguna prueba o una alegría que damos; si acaso nuestro fruto es resistir al desaliento, u ofrecer palabras o gestos de gratitud; será señal de que en nosotros fructifica la armonía, la esperanza, la generosidad, la gratuidad. No nos dejemos engañar por el pesimismo. Es verdad que podemos sentirnos cansados, agotados, como vacíos, cuando nos esforzamos mucho por el bien y, aparentemente, las cosas no cambian a mejor. No todo ha salido como yo esperaba; también me he encontrado con problemas en el trabajo, o quizás con algún contratiempo de mi salud o con la de algún ser querido; he tenido algunas discusiones, o simplemente desencuentros e incomprensiones; puede que haya sufrido cierta decepción con algunas relaciones, o incluso conmigo misma. Pero es que el trigo y la cizaña han ido creciendo juntos. A la hora de recoger es el momento de separarlos, desechar lo que no fue buen fruto y agradecer lo que ha resultado positivo para mí y para otras personas.

El verano nos ofrece una oportunidad de recuperar las energías, de cuidarnos mejor en todos los sentidos, corporal y espiritualmente, de relacionarnos en cercanía y sencillez, de descansar… Aprovechemos nuestras vacaciones, más cortas o más largas, para construirnos una casa propia sobre un cimiento seguro y firme, para ser y encontrarnos con nosotros mismos pero asegurados fuertemente en el amor de Dios y de Jesús. («No todo el que me diga: ¡Señor, Señor!, entrará en el reino de Dios, sino el que haga la voluntad de mi Padre del cielo. Así pues, quien escucha mis palabras y las pone en práctica se parece a un hombre prudente que construyó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, crecieron los ríos, soplaron los vientos y se abatieron sobre la casa; pero no se derrumbó, porque estaba cimentada sobre roca. Quien escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a un hombre sin juicio que construyó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, crecieron los ríos, soplaron los vientos, golpearon la casa y ésta se derrumbó. Fue un derrumbamiento terrible». Mt 7, 21. 24-27)

Cambiar el ritmo no resulta algo fácil. Significa hacer silencio, entrar en quietud, también nos invita a hacer más ejercicio o a estar más al aire libre, puede ser que descubramos la necesidad de contemplar y admirar… En definitiva, recuperemos las fuerzas, la fe, la esperanza y hagamos crecer el amor al recoger los frutos de este tiempo transcurrido. Será bueno ponerles nombres a esos frutos: nombres como más madurez, aprendizaje y experiencia, sorpresa y recompensa, alegría, paz, logros, esfuerzos. De esta forma nos renovaremos para continuar la marcha y seguir adelante. («En cuanto a mí… He peleado la noble pelea, he terminado la carrera, he mantenido la fe. Sólo me espera la corona de la justicia… El Señor me asistió y me dio fuerza… El Señor me librará de toda mala partida y me salvará. A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén». 2Tim 4, 6-8. 17-18)

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Danos hoy lo corriente y lo extraordinario de cada día…

Si Pentecostés es la culminación del tiempo pascual, con la fiesta de la Santísima Trinidad volvemos al tiempo ordinario, el tiempo de la vida corriente. Nuestra vida no consiste en estar siempre en una montaña rusa de experiencias y sensaciones, sino en ir poco a poco avanzado y levantándonos si hemos tenido algún parón o un tropiezo.

El punto de nuestro equilibrio es saber que no vamos a la deriva. Dios está con nosotros. En ti vivimos, nos movemos y existimos; y, todavía peregrinos en este mundo, no sólo experimentamos las pruebas cotidianas de tu amor, sino que poseemos ya en prenda la vida futura porque tenemos las primicias del Espíritu por el que resucitaste a Jesús de entre los muertos. (Prefacio VI dominical del tiempo ordinario)

Sin esperarlo he recibido en estas dos últimas semanas un regalo que me estaba haciendo falta. El final de curso siempre es estresante por los exámenes, las evaluaciones, el calor que empieza a hacer, los alumnos con su particular revolución hormonal y con sus historias personales… A veces el trabajo parece una montaña empinadísima difícil de conquistar y superar.

Un regalo ha sido participar en un taller de oración. Durante una semana, al terminar mi jornada laboral, me reunía con un grupo de personas inquietas por profundizar y orar para poder después ayudar a niños y jóvenes a introducirse en la oración. ¡Es estupendo ver que la Iglesia es tan plural y que acogernos en fraternidad nos enriquece!. Tuvimos momentos de oración personal guiada y otros de compartir… Ha sido un remanso de paz.

El segundo regalo ha sido una peregrinación con un grupo de hermanas de mi congregación a los lugares de nuestros orígenes. El autobús nos llevó desde Valencia hasta Navarra y desde allí hasta Martillac, un pueblecito cerca de Burdeos. Hicimos una visita a una comunidad de hermanas contemplativas que nos ofrecieron un refresco, su acogida y estar con ellas en la oración de vísperas. ¡Qué belleza en los campos, en las personas, en la oración! ¡Cuánto se disfruta con las bienvenidas, la atención, la hospitalidad! Hasta la comida nos resulta más sabrosa y el descanso más reconfortante.

Estos regalos me han renovado, me han hecho sentir sosiego y alegría.

Pero hay más. Otro gran regalo es vivir la fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Esa fe consiste en palpitar, vibrar, conmoverse, pasar crisis, experimentar gozos y tristezas; es vivirlo todo con sentido, con esperanza y con amor. El Espíritu Santo sigue derramándose para toda la humanidad, Dios Padre sigue recreando el mundo a través de nuestras manos y Jesucristo vive entre nosotros resucitado y también hecho cercanía en nuestros hermanos.

“Dios que mandó a la luz brillar en la tiniebla, iluminó vuestras mentes y corazones para irradiar el conocimiento de la gloria de Dios que está en el rostro de Cristo. Pero ese tesoro lo llevamos en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria procede de Dios y no de nosotros. Por todas partes nos aprietan, pero no nos ahogan; estamos apurados, pero no desesperados; somos perseguidos, pero no desamparados; derribados, pero no aniquilados; siempre transportando en el cuerpo la muerte de Jesús, para que se manifieste en nuestro cuerpo la vida de Jesús.” (2 Cor 4, 6-10)

Soy consciente de las dificultades de la realidad que nos toca vivir, pero se trata de poder integrar en ella los dones que recibimos como signos del amor de Dios, descubrir su presencia en cada uno de nosotros y aprender a agradecer y ser felices en todas las circunstancias.

En mi calendario del mes de junio he encontrado un mensaje claro: “Este es el camino”: Entra en tu interior, encuéntrate contigo mismo y con Dios, así caminarás sintiéndote en paz. Aprende a confiar en las personas porque sobre todas ellas se vuelca el amor de Dios. Camina aprendiendo de tus errores y sintiendo satisfacción y gratitud por las metas alcanzadas. Esfuérzate por ser feliz y colabora desde tus posibilidades a que el mundo también lo sea.

“Por eso os digo que no andéis preocupados por la comida para conservar la vida o por el vestido para cubrir el cuerpo. ¿No vale más la vida que el alimento?, ¿el cuerpo más que el vestido? Fijaos en las aves del cielo: no siembran ni cosechan ni recogen en graneros, y sin embargo, vuestro Padre del cielo las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas? Y ¿Por qué os angustiáis por el vestido? Mirad cómo crecen los lirios del campo, no trabajar ni hilar y sin embargo ni Salomón, con todo su fasto, se vistió como uno de ellos. Pues si a la hierba del campo, que hoy crece y mañana la echan al horno, Dios la viste así, ¿no os vestirá mejor a vosotros, hombres de poca fe? En conclusión, no os angustiéis pensando: ¿qué comeremos?, ¿qué beberemos?, ¿con qué nos vestiremos? Pues vuestro Padre del cielo ya sabe que tenéis necesidad de todo eso. Vosotros buscad, ante todo el reino de Dios y su justicia, y lo demás os lo darán por añadidura.”(Mt 6, 25-33)

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