Personajes de referencia

San José, esposo de la Virgen María y padre de Jesús

San José

San José

Este santo es, junto con la Virgen María, el primer cristiano; es a la vez padre, maestro y discípulo de Jesús. Un hombre del que sabemos lo poco que nos dice el evangelio, pero lo suficiente para agradecer y valorar su aportación al plan de salvación que Dios nos ofrece en Jesús.

A San José le dedicamos dos fiestas, la del 19 de Marzo y la del 1 de Mayo; pero también le celebramos conjuntamente con María y Jesús en la fiesta de la Sagrada Familia, que se celebra en Diciembre, el primer domingo posterior al día de Navidad.

Podemos destacar de San José su fe y sencillez, su bondad y justicia, su capacidad de sacrificio y su labor como protector de Jesús y de María. A mi me alegra que en España (y en algunos países más como Italia, Liechtenstein, Portugal, Honduras y Bolivia) dediquemos el 19 de marzo a celebrar a los padres.

José no participó en la concepción de Jesús en el seno de María, pero fue elegido por Dios para ser el padre de Jesús. El hombre que apoyó a María en todo momento y el que enseñó a Jesús a trabajar y a compartir. Cuando Jesús hablaba y se acercaba con misericordia a los débiles y pequeños, cuando enseñaba con parábolas y ejemplos que todos entendían, cuando curaba con sus propias manos, cuando lavó los pies a sus discípulos, cuando bendecía el pan y el vino de la cena; en todos esos gestos de Jesús es muy probable que haya rasgos de la paternidad humana de José, que recibió el don de expresar la paternidad de Dios. ¿Cómo sería la relación de Jesús con José, su papá en la tierra, para que el Señor en su oración se dirigiera a Dios como Abba y para que nos enseñara a nosotros a llamar a Dios, Padre?

Gracias, San José, por aceptar ser el padre de Jesús; por ser para todos nosotros, apoyo y protección; y por ser el mejor ejemplo de esposo, padre y hombre de fe.

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San Patricio, una fiesta con marcado sentido cristiano

San Patricio

San Patricio

Hoy se celebra el día de San Patricio (en irlandés: Lá ‘le Pádraig o Lá Fhéile Pádraig). Es la fiesta nacional de los irlandeses, aunque su celebración se ha extendido extraordinariamente. Actualmente tiene alcance mundial y en ella no sólo participan ciudadanos de ascendencia irlandesa.

Esta fiesta tiene un enorme significado católico, ya que recuerda el fallecimiento de San Patricio, patrono de Irlanda e introductor de la religión cristiana en esta isla de profundas convicciones católicas.

San Patricio (cuyo nombre era Maewyn) nació alrededor del año 387 en Gales y murió en torno al 461 en Down. Fue hijo de un oficial romano, que profesaba la religión cristiana. A los 16 años fue apresado por piratas irlandeses que lo vendieron como esclavo. Tras varios intentos, logró huir y se convirtió en predicador del Evangelio en Irlanda. Allí dio a conocer la Palabra de Dios, formó un clero local y fundó varias comunidades cristianas, adaptándose extraordinariamente a las tradiciones y costumbres del pueblo irlandés. Se le considera el Apóstol de Irlanda.

La tradición señala que en una ocasión San Patricio, para explicar lo que era la Santísima Trinidad, utilizó un trébol como muestra, explicando que la Santísima Trinidad, al igual que el trébol, era una misma unidad pero con tres personas diferentes (una misma hoja con tres foliolos). El trébol (shamrock) es el símbolo oficial de Irlanda y encierra connotaciones mágicas y legendarias de la tradición celta. Y es, junto con el color verde, la cerveza y el gnomo Leprechaun, uno de los símbolos que se exaltan mundialmente en el día de San Patricio.

En España, San Patricio es patrón de la ciudad de Murcia y de su antiguo Reino, ya en el día de San Patricio de 1452 se produjo la reconquista de estas tierras. También es patrón de Albuñol (Granada) debido a que, según la tradición, apareció una imagen del santo en la playa proveniente de los restos del naufragio de un barco irlandés.

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Juan Pablo II. La Santidad de la Iglesia: conocer, amar y seguir a Cristo

Juan Pablo II beatificado

Juan Pablo II beatificado

Durante su vida le conocimos como el Papa que vino de un país lejano, a partir del próximo 1 de mayo lo llamaremos Beato Juan Pablo II. Fue un Papa que acercó la Iglesia al mundo. Su figura como pastor y pontífice de la Iglesia católica ha tenido una gran trascendencia; su delicada salud en el periodo final de su vida llegó a conmover a muchos que admiraban la entrega total de sus energías para expresar a todos el amor misericordioso de Dios; y cuando Juan Pablo II murió el 2 de abril del año 2005, se despertó con fuerza una oración en el pueblo pidiendo el reconocimiento de la santidad de su vida.

Su sucesor, el Papa Benedicto XVI, no desoyó aquella petición y autorizó la apertura de la causa de beatificación de Karol Wojtyla sin esperar el periodo requerido de cinco años después de su muerte.

Ahora el proceso ha avanzado: se ha estudiado minuciosamente su larga vida para afirmar (como lo hizo Benedicto XVI en diciembre de 2009) que Juan Pablo II vivió en grado heroico su cristianismo  y se ha probado la curación milagrosa, gracias a su intercesión, de la Hermana Marie Simon-Pierre, que padecía la enfermedad de Parkinson.

Esta noticia nos habla de la santidad de la Iglesia en sus miembros. Independientemente de la vocación, la tarea o las circunstancias en las que hayan vivido los santos, todos ellos encarnan los tres rasgos de la unión con Cristo. Se trata de conocer personalmente a Jesucristo, amarlo con todo el corazón y seguirle en la vida diaria.

Estos rasgos, que han de caracterizar a todos los cristianos, son tan marcados en algunos creyentes que les llevan a alcanzar una identificación peculiar con Jesús hasta el punto de convertirse en canales de la misma acción sanadora y liberadora de Dios.

Cuando Juan Pablo II comenzó su pontificado, lanzó un mensaje al mundo, un mensaje que él mismo vivió: “No temáis, abrid la puertas a Cristo”

Cada vez que la Iglesia celebra a un santo, todos los cristianos vemos realizado en alguien que hemos conocido y que ha pisado nuestra tierra, el ideal al que nos sentimos llamados: la unión y la identificación con Cristo.

Pensando en el Papa Juan Pablo II me han venido a la mente las palabras del Evangelio: «El que me ama cumplirá mi palabra, mi Padre lo amará, vendremos a él y habitaremos en él. . . Os he dicho esto mientras estoy con vosotros. El Espíritu Santo que enviará el Padre en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dado a conocer» (Jn 14, 23. 25-26)

«Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pediréis lo que queráis y os sucederá. Mi Padre será glorificado si dais fruto abundante y sois mis discípulos. Como el Padre me amó así yo os he amado: permaneced en mi amor. . . Ya no os llamo siervos porque el siervo no sabe lo que hace el amo. A vosotros os he llamado amigos porque os comuniqué cuanto escuché a mi Padre. No me elegisteis vosotros; yo os elegí y os destiné a ir y dar fruto, un fruto que permanezca; así, lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo concederé» (Jn 15, 7-9. 15-16)

Gracias a Dios por el don la vida de Karol Wojtyla y gracias, santo Padre Benedicto XVI, por dar a toda la Iglesia, en la beatificación de Juan Pablo II, el estímulo de su ejemplo para nuestro seguimiento a Cristo.

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San José. III Domingo de Adviento

San José

San José

Hoy, la liturgia de la Palabra nos invita a considerar y admirar la figura de San José, un hombre verdaderamente bueno, “justo” dice el texto original del Evangelio, con una palabra griega que sólo se usa para nombrar la misma justicia de Dios. Ya desde aquí vemos como San José no era sólo un hombre bueno, sino que era bueno y justo con la bondad y la justicia de Dios.

Todos debemos a Dios Padre Creador nuestra identidad individual como personas hechas a su imagen y semejanza, ES DECIR, QUE TODO LO BUENO QUE TENEMOS RESALTA NUESTRO PARECIDO CON DIOS, PORQUE SON DONES Y VIRTUDES QUE DIOS COPIÓ DE SÍ MISMO A LA HORA DE CREARNOS A CADA UNO.

Dios nos entrega los medios y herramientas para que podamos secundar su obra en nosotros y a través de nosotros y, de nuestra respuesta a su Voluntad, depende que la semejanza que tenemos con Dios se acreciente –eso es la santidad- o se frustre.

EL USO QUE HAGAMOS DE CUANTO SOMOS Y TENEMOS PUEDE HACERNOS VIVIR UNA VIDA EN LA QUE SE TRANSPARENTEN LOS RASGOS DE DIOS o puede, por el contrario, hacer fracasar el sueño de Dios sobre nosotros. Esa es la enorme responsabilidad del cristiano.

No dudemos de que José, con su trabajo y con su modo de vivir, con su forma de ser fiel a sus compromiso en su entorno familiar y social, se ganó el “Corazón” del Creador, considerándolo como hombre de confianza en su colaboración con la Redención humana.

La obra de la Redención, que tomó a José como cómplice y colaborador, sería realizada por el Hijo de Dios hecho hombre como nosotros, Jesús, al que todos tomaban como hijo de José por voluntad de Dios para así proteger el buen nombre y la vida de la Virgen María que, sin José a su lado como padre de su Hijo divino, habría sido acusada de adulterio y consecuentemente lapidada.

En eso es también San José una referencia de necesaria consideración para cada uno de nosotros: hemos de ser, como él lo fue, colaboradores de Dios dignos de la confianza que el Señor ha puesto en nosotros.

San José es patrón e intercesor de todos los padres y educadores porque es un maestro de vida para todos los que quieren escuchar a Dios antes que a nadie, a la hora de tomar las pequeñas o grandes decisiones con las que se forja nuestra vida diaria.

Todo lo que construye la vida de una persona que es responsable de otra influye en ésta última… todo, lo bueno y lo malo, aunque no parezca tener una relación directa con esa persona.

Si mi vida en un apoyo para alguien, si mi trabajo o mi ejemplo es una referencia para otro, de mi felicidad y de la paz interior que proporcionan la vida en comunión con Dios depende mucho el crecimiento de aquél o aquélla que me mira con respeto, cariño y admiración y que aprende de mí también cuando no soy consciente de que me mira.

Como María y José fueron maestros de humanidad para el Divino Maestro en los inicios de su vida humana, así nosotros, padres, abuelos, padrinos, profesores, catequistas,…, hemos de ser para nuestros niños y jóvenes unas referencias luminosas y señeras de lo que significa ser humano, ser persona, ser cristiano.

Todos los que reciben y toman de nosotros para ir formando su propia personalidad, encuentran apoyo o tropiezo en todas esas pequeñas o grandes decisiones que tanta influencia pueden llegar a tener en la vida de aquellos que están aprendiendo a crecer y desarrollarse con nuestra presencia y enseñanza a su lado.

De nosotros depende que, mientras que aprenden a descubrirse a sí mismos, descubran los misterios de la vida humana y de la muerte, el misterio de la felicidad y del amor, con el misterio de la vida de Dios íntimamente introducido dentro de cada uno de nosotros.

¡San José BENDITO!: protege a nuestras familias Y comunidades, protege a todos los educadores cristianos; protege a todos aquellos que oyen la llamada a la vocación consagrada o sacerdotal… y que haya muchos…  pues el mundo de hoy mucho los necesita.

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¿Quién es el medieval San Francisco de Asís?

San Francisco de Asís (Óleo de El Greco)

San Francisco de Asís (Óleo de El Greco)

San Francisco de Asís puede ser un santo de ayer pero, sin duda, es un HOMBRE DE HOY, el tipo de hombre que nos sirve de referencia hoy, porque necesitamos descubrir que podemos vivir de otra manera, que podemos y debemos construir un mundo diferente.

Cuando reconocemos que necesitamos al hombre por lo que representa su vida, reconocemos –quizá sin darnos cuenta- que no solo necesitamos también al santo que ese hombre es, sino a Aquél que le hizo ser quien aun hoy es.

Este hombre medieval es el patrón de los ecologistas, cristianos o no; este hombre de clase media ha sido considerado por la UNESCO el hombre del segundo milenio; es el iniciador de la familia religiosa más numerosa de la Iglesia; ha sabido inspirar a sus hermanos un estilo de vida que ha hecho de ellos valiosos servidores de la Iglesia durante estos 800 años de familia franciscana…

¿Qué es lo distintivo de este hombre pequeñó, sin belleza ni erudición, sin nada aparente que lo hiciera especial? Veamos algunos de los rasgos principales de San Francisco para que lo podamos considerar en su justa medida: un hombre de ayer, de hoy y de siempre.

SER SENCILLO. A Francisco de Asís se le considera siempre un hombre sencillo, pero eso no quiere decir que fuera “un don nadie”, un “buen hombre” según se entiende hoy. Para San Francisco ser sencillo es vivir con sencillez, con honestidad y dando la espalda al imperio de las apariencias.

Vivir con sencillez es vivir con lo necesario y no mucho más para, sencillamente y como lo más natural del mundo, poder ser solidario –SER Y COMPORTARSE COMO HERMANO-  con aquellos que no pueden acceder a lo más elemental que merece todo ser humano para poder vivir con dignidad.

SER FIEL HIJO DE LA IGLESIA. Nuestro hombre no es un doctrino, que se bebe sin pensar ni preguntar todo lo que desde arriba se le dice.

Francisco ama a la Iglesia y no puede vivir sin ella porque sólo a través de la Iglesia se conoce a Cristo, y por eso obedece, y por eso trata de aportar su búsqueda de radicalidad para la reforma y la construcción de la Iglesia, sin tenerse nunca por otra cosa que un cristiano más.

Francisco es hijo leal y agradecido a la Iglesia porque de ella recibe el Evangelio y los Sacramentos que le permiten tener la experiencia de la cercanía de un Dios que es Amor, sí, pero no un amor abstracto sino un Amor comprometido con la causa del ser humano, comprometido con la causa de la justicia, porque en Dios Amor y Justicia no son dos cosas distintas ni distantes: SON SU FORMA DE SER Y DE EXISTIR.

SER SOLIDARIO. Para este santo, tan pequeño como imprescindible, ser solidario no es una virtud ni una opción: es la consecuencia necesaria de creer en Jesucristo.

La solidaridad es el “nombre civil” de la Caridad, y quien tiene fe en Jesucristo tiene que hacer vivir y crecer esa fe a través de una ardiente Caridad hacia todo cuanto existe: hacia la entera Humanidad hermana y hacia toda la hermana Naturaleza.

La Caridad no es limosna ni dar de lo que sobra: es preocuparse del mal ajeno y ocuparse en hacer que ese mal sea cada vez menor y menos vergonzante. El mal de los pobres, de las personas maltratadas, de los que viven abandonados, de una Naturaleza sometida a la más vil e irracional explotación por un hombre que se cree dueño y señor porque la puede dominar, sin recordar que quien se ensucia en el lecho en el que reposa se revolcará, antes o después, en su propio desperdicio… LA CARIDAD ES LUCHAR CONTRA TODA ESTA INJUSTICIA.

SER HUMANO. Ser humano, como ser libre, no es una dotación que recibimos al nacer sino una capacidad de ser que hemos de hacer posible y real con nuestras opciones. “Se nos conoce por nuestros actos” (“Batman begins”) y un hombre también puede ser sólo un animal racional, en lugar de ser un animal que ama, como lo definió bellamente D. Miguel de Unamuno.

Francisco de Asís empleó toda su vida en vivir la verdadera libertad, esa capacidad de poder elegir siempre lo más conveniente y mejor según ese plan de Dios que mira al bien de todos.

La libertad evangélica sirve para que quien la ejerce sea cada vez más él mismo, siendo cada vez más humano según se entregue o no a la causa de Jesucristo: la redención de la vida de todo hombre y de toda mujer a través de su salvación de todo lo que nos hace vivir postrados, esclavos, sometidos a cosas que deberían estar a nuestro servicio o, como la mayor parte de la humanidad, malviviendo bajo la bota de la esclavitud materialista de otros que hunde a los pobres en la más ignominiosa miseria.

Visto así, San Francisco es cualquier cosa menos un «santo dulzarrón» al que encenderle velas. Es un profeta que denuncia nuestra injusticia y nuestra mediocridad a la vez que nos muestra un horizonte de esperanza hacia el que debemos caminar todos juntos… si es que queremos ser humanos y aspirar a llegar a merecer el distintivo de “cristianos”.

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