Pedro

La santidad está en amar a Cristo como Él quiere ser amado

Placa de recuerdo de la peregrinación de San Juan Pablo II a la Tumba del Apóstol Santiago en la Catedral de Santiago de Compostela

Placa de recuerdo de la peregrinación de San Juan Pablo II a la Tumba del Apóstol Santiago en la Catedral de Santiago de Compostela

Con motivo de la canonización de Juan XXIII, el Papa Bueno, y de Juan Pablo II, el Grande, me llama la atención que se den las dos a la vez y en una fecha señalada como es el domingo de la Divina Misericordia. En el evangelio de este domingo de Pascua vemos cómo Jesús, con su gran misericordia y su amistad, le da a Tomás una segunda oportunidad para creer en su Resurrección. Conmueve la cercanía de Jesús que se deja tocar en sus heridas si con eso le da fuerza a su amigo y discípulo. Así era el maestro durante su vida y también después de la Resurrección. “Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos con las puertas bien cerradas, por miedo a los judíos. Llegó Jesús, se colocó en medio y les dice: ‘Paz con vosotros’. Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron al ver al Señor. Jesús repitió: ‘Paz con vosotros. Como el Padre me envió, así yo os envío a vosotros’. Dicho esto, sopló sobre ellos y añadió: ‘Recibid el Espíritu Santo. A quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los mantengáis les quedan mantenidos’. Tomás, que significa Mellizo, uno de los Doce, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: ‘Hemos visto al Señor’. Él replicó: ‘Si no veo en sus manos la marca de los clavos y no meto el dedo por el agujero, si no meto la mano por su costado, no creeré’. A los ocho días estaban de nuevo dentro los discípulos y Tomás con ellos. Vino Jesús a puertas cerradas, se colocó en medio y les dijo: ‘Paz con vosotros’. Después dice a Tomás: ‘Mete aquí el dedo y mira mis manos; trae la mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, antes cree’. Le contestó Tomás: ‘Señor mío y Dios mío’” Jn 20, 19-28
No creo que la celebración de estas canonizaciones en el domingo en el que Jesús resucitado nos quiere enviar como misioneros de misericordia, de esperanza y de amor sea casual pues estos dos Papas fueron verdaderos apóstoles, cercanos al Señor y las personas afirmando su dignidad como hijos de un Dios Padre de todos.
Juan XXIII fue el Papa que convocó el Concilio Vaticano II con el que la Iglesia se abría al mundo entero para anunciar la fe, la esperanza, la caridad, el amor de Dios y a los hermanos y así ayudar a alcanzar la paz del Señor, por la gloria de Dios y de los hombres de buena voluntad.
Unida a la canonización de Juan XXIII, que fue Papa entre los años 1958 y 1963 y que destacó por su corazón bondadoso y pacífico; la de Juan Pablo II, el Papa que vino de un país lejano y quiso abrazar a todos los países y continentes en sus viajes anunciando a Jesucristo como el Señor de la historia. En su largo pontificado, desde 1978 al 2005, llamaba a todos, y muy especialmente a los jóvenes, al compromiso con el bien de la humanidad que necesita encontrar a Dios para encontrar su verdad y su plenitud.
A Juan XXIII y a Juan Pablo II el Señor les llamó a una misión de cercanía a Él para guiar a la Iglesia como portadora de la Buena Noticia del amor de Dios. Imagino que con cada uno de ellos Jesús tuvo un diálogo parecido a aquel que tuvo con Pedro: “Cuando terminaron de comer, dice Jesús a Simón Pedro: ‘Simón, hijo de Juan, ¿me quieres más que éstos?’. Le responde: ‘Sí, Señor, tú sabes que te quiero’. Jesús le dice: ‘Apacienta mis corderos’. Le pregunta por segunda vez: ‘Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?’. Le responde: ‘Sí, Señor, tú sabes que te quiero’. Jesús le dice: ‘Apacienta mis ovejas’. Por tercera vez le pregunta: ‘Simón hijo de Juan, ¿me quieres?’. Pedro se entristeció de que le preguntara por tercera vez si lo quería y le dijo: ‘Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero’. Jesús le dice: ‘Apacienta mis ovejas’”. Jn 21, 15-17. Ellos dieron su respuesta y nos han mostrado que la santidad está en amar a Cristo como Él quiere ser amado: amarlo en cada ser humano acogiéndolo como a un hermano o a una hermana, con respeto, misericordia y compasión. Porque “si quieres amar a Cristo… extiende tu amor a todo el mundo”. San Agustín
Gracias a la Iglesia que nos da a estos dos grandes Papas, Juan XXIII y Juan Pablo II, como santos inspiradores e intercesores a favor nuestro.

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Audio-homilía: La Transfiguración. Su rostro resplandecía como el sol

Hoy acompañamos a Jesús y a sus discípulos a lo alto de la montaña. Y es que la Cuaresma tiene mucho de subida. Son semanas que nos regala el Señor de ir caminando, fiándonos de Él, pero a veces en un camino no cómodo. Es como la etapa de O Cebreiro del Camino de Santiago.
A veces en la vida, cuando nos presentan un proyecto, al principio sólo vemos lo bonito, lo ideal… pero eso son sueños. Luego viene el día a día con detalles menos ideales.
Los apóstoles subiendo al Monte Tabor probablemente pensaban que a Jesús se le había ido la pinza por llevarles tan arriba.
La Cuaresma nos recuerda que quien quiere un fin, tiene que poner los medios, que nada que sea valioso es fácil y que nosotros somos protagonistas de esa obra de arte que es decidir qué tipo de personas queremos ser. Vivir es colaborar con el Señor en esa obra transformadora.
En Cuaresma la palabra sacrificio sale mucho. Y subir al Tabor fue un sacrificio. Pero en la vida, cuando la meta merece la pena, no hay que calcular los esfuerzos, sino fiarse de aquel que nos invita a recorrerla.
Jesús pide confianza a los discípulos para subir al Tabor (Al amor que te lleva no le preguntes a dónde va).
Ojalá podamos reconocer que en nuestra vida tenemos mucha suerte. Ojalá que no tengamos queja, porque tener fe, vivir esta vida y conocer la gente que conocemos es un regalo.
Jesús y los apóstoles suben al Tabor y descubren lo que de divino hay en lo humano. En la trasfiguración se ve la luz, la confianza, la felicidad… Llevamos un tesoro en vasijas de barro y en el Tabor se ve el tesoro.
Momento Tabor es cuando te das cuenta de que tu historia ha merecido la pena, cuando te reconcilias con tu pasado, cuando no lamentas nada de lo vivido, es reconocer que era necesario todo lo que ha pasado.
Nuestra humanidad refleja el tesoro que llevamos dentro. Hay mucha transfiguración en nuestra vida diaria: en la sonrisa de un niño, cuando consigues sacar adelante un proyecto común con amor, en los ojos de los abuelitos, cuando una pareja decide iniciar una vida juntos, cuando hombres y mujeres deciden seguir a Dios. Necesitamos ver todas esas transfiguraciones.
Ojalá inauguremos esa mirada y animemos a los demás a que también la tengan.

Audio-homilía: La Transfiguración. Su rostro resplandecía como el sol

Evangelio según San Mateo

Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado.
Allí se transfiguró en presencia de ellos: su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz.
De pronto se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Jesús.
Pedro dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, levantaré aquí mismo tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».
Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y se oyó una voz que decía desde la nube: «Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchadlo».
Al oír esto, los discípulos cayeron con el rostro en tierra, llenos de temor.
Jesús se acercó a ellos y, tocándolos, les dijo: «Levantaos, no tengáis miedo».
Cuando alzaron los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús solo.
Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: «No habléis a nadie de esta visión, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos».

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Audio-homilía: Ven y sígueme

Jesús aparece como primer coach de la historia de la humanidad: alguien que nos ayuda a sacar lo mejor de nosotros mismos.

Este evangelio nos narra cómo Jesús sabe leer e interpretar el lenguaje de Dios a través de los acontecimientos y los hechos.

Muchas veces en nombre de Dios y de la voluntad de Dios justificamos muchas cosas. Y Dios nos dice muy claramente cuál es su voluntad de Dios, a través de la vida y el testimonio de su hijo reflejado en el evangelio.

Jesús también va interpretando los acontecimientos conforme van sucediendo. Nuestros grandes momentos de madurez no están diseñados ni marcados en un calendario. Son las circunstancias a veces las que nos hacen dar pasos adelante. Lo mejor de nosotros se muestra ante las necesidades de los demás.

Cuando hablamos de la llamada del Señor en el mundo de hoy tenemos que ser conscientes de la falta que hacen actualmente portadores de buenas noticias.

El Señor nos dice que cuando tenemos un objetivo común nos unimos y sacamos lo mejor de nosotros.

Jesús entiende cuál es su papel, cuándo debe dar un paso adelante y cuándo debe estar en segundo plano. En este evangelio nos narra cómo Jesús pasa de Nazaret a Cafarnaún y empieza a llamar a sus discípulos.

Cuando el Señor nos llama nunca lo hace para que renunciemos a nada esencial, sino para que lo potenciemos y para que prioricemos en el amor y en el anuncio de buenas noticias.

Ojalá que nos dejemos tocar por Jesús y que él nos ayude a desplegar los talentos que nos ha dado.

Audio-homilía: Ven y sígueme

Evangelio según San Mateo

Cuando Jesús se enteró de que Juan había sido arrestado, se retiró a Galilea. Y, dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaún, a orillas del lago, en los confines de Zabulón y Neftalí,
para que se cumpliera lo que había sido anunciado por el profeta Isaías: «¡Tierra de Zabulón, tierra de Neftalí, camino del mar, país de la Transjordania, Galilea de las naciones! El pueblo que se hallaba en tinieblas vio una gran luz; sobre los que vivían en las oscuras regiones de la muerte, se levantó una luz».
A partir de ese momento, Jesús comenzó a proclamar: «Convertíos, porque el Reino de los Cielos está cerca».
Mientras caminaba a orillas del mar de Galilea, Jesús vio a dos hermanos: a Simón, llamado Pedro, y a su hermano Andrés, que echaban las redes al mar porque eran pescadores.
Entonces les dijo: «Seguidme, y yo os haré pescadores de hombres».
Inmediatamente, ellos dejaron las redes y lo siguieron.
Continuando su camino, vio a otros dos hermanos: a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca con Zebedeo, su padre, arreglando las redes; y Jesús los llamó.
Inmediatamente, ellos dejaron la barca y a su padre, y lo siguieron.
Jesús recorría toda la Galilea, enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias de la gente.

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Nuevos senderos: cabeza fría, corazón caliente… y Dios

Estoy en un momento de replanteamiento de muchas cosas… Poniendo en entredicho cuestiones que antes eran inamovibles en mi vida y cambiando bastantes esquemas mentales…

Es una época de parar y templar, pero al mismo tiempo de preguntarme si la forma en que he venido haciendo las cosas hasta ahora era la mejor, si soy consecuente conmigo misma…

Nuevos métodos, nuevos comportamientos, nuevos puntos de vista, nuevas perspectivas, nuevos sentimientos, nuevas experiencias…

Vivo esta etapa con la incertidumbre que provoca transitar por caminos que no estoy acostumbrada a recorrer e, incluso, con el vértigo que da no saber a dónde me llevará el sendero, pero, al mismo tiempo, con curiosidad, interés y confianza… consciente de que afortunadamente las cosas cambian y siempre para bien (aunque a priori no lo parezca)…

No siempre es sencillo salirse de la llamada “zona de confort”: ese terreno que parecemos conocer a la perfección… A veces, el nuevo trayecto se vuelve agreste; en ocasiones nos sentimos perdidos; en otros momentos, hay que desandar los pasos dados, e, incluso, tropezamos o nos hacemos daño…

Ayer, viendo una serie en televisión, a uno de los personajes (que, curiosamente, parecía tener siempre la palabra más adecuada para todo el mundo; que aparentemente gozaba de una vida tranquila y de una serenidad digna de admiración) le preguntaba una chica que padecía el síndrome de Asperger si tenía la vida que quería. Él contestaba que sí y, unos minutos después, en una escena en la que aparecía en un bar tomando una copa con una chica estupenda y besándola, se tornaba pensativo y acababa reconociéndose a sí mismo y a la chica que su vida supuestamente plácida no le llenaba… Una situación que nos sonará mucho, por haberla vivido en nosotros mismos y en los demás…

En los últimos meses, a través de experiencias propias y ajenas, estoy siendo consciente de cómo Dios a veces nos conduce hacia precipicios, hacia callejones sin salida… Nos aparecen encrucijadas y se nos plantean elecciones que no son sencillas (aunque a primera vista lo parezcan): a menudo nos faltan datos, las primeras impresiones no siempre son acertadas, a veces nuestro ego se convierte en el peor consejero…

Parece como si la decisión a la que nos enfrentamos fuera algo de vida o muerte… Y el hecho es que nada es inamovible, que muchas veces lo que parecía negro se torna blanco; donde no parecía haber salida surgen varias opciones; la puerta estrecha abre un camino que, poco a poco, se allana, y lo que ayer era un “no” mañana es un “quizá” y pasado mañana puede ser un “” y al revés…

Pero, a menudo, somos nosotros mismos los que nos cerramos alternativas, por querer que todo suceda en tiempo y forma tal y como lo hemos diseñado y previsto en nuestra mente.

Nos debatimos entre tempestades y mares en calma, entre picos y valles, entre días tormentosos y soleados, dependiendo de cómo nos veamos en cada momento (o, lo que es peor, de cómo nos vean los demás).

Cuando nos encontramos en la cresta de la ola, nos creemos omnipotentes y despreciamos a Dios y a los demás, porque nos sentimos muy auto-suficientes (nos encanta creernos independientes) («Y la serpiente era más astuta que cualquiera de los animales del campo que el Señor Dios había hecho. Y dijo a la mujer: ‘¿Conque Dios os ha dicho: No comeréis de ningún árbol del huerto?’. Y la mujer respondió a la serpiente: ‘Del fruto de los árboles del huerto podemos comer; pero del fruto del árbol que está en medio del huerto ha dicho Dios: ‘No comeréis de él, ni lo tocaréis, para que no muráis’. Y la serpiente dijo a la mujer: ‘Ciertamente no moriréis. Pues Dios sabe que el día que de él comáis, serán abiertos vuestros ojos y seréis como Dios, conociendo el bien y el mal’. Cuando la mujer vio que el árbol era bueno para comer y que era agradable a los ojos y que el árbol era deseable para alcanzar sabiduría, tomó de su fruto y comió; y dio también a su marido que estaba con ella y él comió. Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos; y cosieron hojas de higuera y se hicieron delantales. Y oyeron al Señor Dios que se paseaba en el huerto al fresco del día; y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia del Señor Dios entre los árboles del huerto. Y el Señor Dios llamó al hombre, y le dijo: ‘¿Dónde estás?’. Y él respondió: ‘Te oí en el huerto, y tuve miedo porque estaba desnudo, y me escondí’. Y Dios le dijo: ‘¿Quién te ha hecho saber que estabas desnudo? ¿Has comido del árbol del cual te mandé que no comieras?’. Y el hombre respondió: ‘La mujer que tú me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí’. Entonces el Señor Dios dijo a la mujer: ‘¿Qué es esto que has hecho?’. Y la mujer respondió: ‘La serpiente me engañó, y yo comí’. Y el Señor Dios dijo a la serpiente: ‘Por cuanto has hecho esto, maldita serás más que todos los animales, y más que todas las bestias del campo; sobre tu vientre andarás, y polvo comerás todos los días de tu vida. Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y su simiente; él te herirá en la cabeza, y tú lo herirás en el calcañar’. A la mujer dijo: ‘En gran manera multiplicaré tu dolor en el parto, con dolor darás a luz los hijos; y con todo, tu deseo será para tu marido, y él tendrá dominio sobre ti'». Génesis 3, 1-16).

Cuando llega la tempestad, nos asustamos, perdemos la confianza en nosotros y en Dios y nos hundimos («Jesús mandó a los discípulos que subieran a la barca y que se adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Y, después de despedirla, subió al monte a orar a solas. Cuando se hizo de noche seguía él solo allí. Mientras tanto, la barca ya se había alejado de tierra, sacudida por las olas, porque el viento le era contrario. En la cuarta vigilia de la noche vino hacia ellos caminando sobre el mar. Cuando le vieron los discípulos andando sobre el mar, se asustaron y dijeron: ‘¡Es un fantasma!’ Y llenos de miedo empezaron a gritar. Pero al instante Jesús les habló: ‘Tened confianza, soy yo, no tengáis miedo’. Entonces Pedro le respondió: ‘Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas’. ‘Ven’ le dijo él. Y Pedro se bajó de la barca y comenzó a andar sobre las aguas en dirección a Jesús. Pero al ver que el viento era muy fuerte se atemorizó y, al empezar a hundirse, se puso a gritar: ‘¡Señor, sálvame!’. Al instante Jesús alargó la mano, lo sujetó y le dijo: ‘Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?’. Y cuando subieron a la barca se calmó el viento». Mt 14, 22-32)

Y todo es mucho más sencillo… («Por eso os digo: No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis. ¿No vale más la vida que el alimento y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas?. Por lo demás, ¿quién de vosotros puede, por más que se preocupe, añadir un solo codo a la medida de su vida? Y del vestido, ¿por qué preocuparos? Observad los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan, ni hilan. Pero yo os digo que ni Salomón, en toda su gloria, se vistió como uno de ellos. Pues si a la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, Dios así la viste, ¿no lo hará mucho más con vosotros, hombres de poca fe?. No andéis, pues, preocupados diciendo: ¿Qué vamos a comer?, ¿qué vamos a beber?, ¿con qué vamos a vestirnos?. Que por todas esas cosas se afanan los gentiles; pues ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura. Así que no os preocupéis del mañana: el mañana se preocupará de sí mismo» Mt 6, 25-34).

La vida (y nosotr@s) somos una continua alternancia entre risa y llanto, lluvia y sol, cumbres y valles, tesoro y barro… Y Dios siempre está ahí… y sabemos (o deberíamos saber) que nunca nos adentra por caminos para los que no nos capacite…

Debemos tener la cabeza bien fría (para no vanagloriarnos en exceso ni caer en picado) y el corazón incendiado de amor y confianza… Jesús mismo pasó de la aclamación a su entrada en Jerusalem al escarnio, la humillación, el desprecio, la tortura y la muerte en apenas unos días… Y no se vino arriba cuando lo vitoreaban ni se hundió cuando lo escupían o lo pegaban.

Pidamos a nuestro Padre que nos ayude a discernir los senderos, a adentrarnos por nuevos caminos y peregrinar sin prisa pero sin pausa y a confiar en que su cayado nos sostiene…

Aprovechemos estos días de cambio de rutinas para aventurarnos a salir de esas zonas de confort, a replantearnos que hay otras formas de hacer las cosas y a ampliar nuestra tolerancia al error y a la discrepancia… Recordemos que la mejor forma de aprendizaje que tenemos es el ensayo / error. Si los bebés temieran caerse, jamás llegarían a caminar…

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Escondido para el mundo

Esta semana se iniciaba con la noticia de la renuncia de Benedicto XVII. El Santo Padre reconocía su «falta de fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio de Pedro».

El anuncio constituyó una auténtica sorpresa para todos. Mucho se está escribiendo y hablando en estos días sobre el Papa, sobre los motivos que le han llevado a tomar esta decisión, sobre cómo se articulará su despedida, sobre los candidatos a su sucesión, sobre la nueva etapa que se abre en su vida y en la de la Iglesia… Medios de comunicación de todo el mundo han desembarcado en Roma, ansiosos por conocer todos los detalles de esta renuncia y del periodo inédito que se abre en la Iglesia.

Pero quizá no estamos reflexionando suficientemente sobre los aspectos y las actitudes que a través del Papa Dios nos quiere transmitir.

En mi modesta opinión hay cinco valores que Benedicto XVI ha mostrado con gran claridad: honestidad y humildad, valentía, clarividencia o visión estratégica y total confianza en Dios.

Honestidad y humildad. No estamos acostumbrados en estos tiempos a que alguien que ostenta un enorme poder reconozca sus debilidades. Los casos son tan escasos como maravillosamente reseñables. Que un hombre que ha sido elegido de forma vitalicia para regir los destinos de una institución tan grande como la Iglesia confiese que no tiene fuerzas es un signo claro de honestidad y, al mismo tiempo, de humildad. Si, además, la renuncia es auténtica y radical, si quien ha recibido todo tipo de honores y ha sido aclamado como sucesor de Pedro y representante de Dios en la tierra por millones de personas cambia todo por una vida apartada, por retirarse a orar y por estar escondido del mundo, la lección es suprema. ¿Cuántas veces asistimos a renuncias a cargos de poder que en realidad enmascaran un deseo de gobernar en la sombra y sin desgastes, de manejar el poder a través de «delfines» a los que se pretende manejar y sobre los que las injerencias son constantes y tremendamente dañinas? Benedicto XVI se retira, renuncia al cargo y «escondido para el mundo» orará por su sucesor, sin intervenir en público en la vida de la Iglesia. ¡Tremenda lección de humildad!

Valentía. La decisión de renuncia al ministerio de Pedro es novedosa: estamos ante el primer Papa que renuncia en 600 años. Y lo hace por motivos de salud, situación sobre la que no existe precedente. La decisión de Benedicto XVI contrasta de forma clara con la de su predecesor, el carismático y popular Juan Pablo II, que optó por «cargar con la cruz» de una enfermedad que le limitó hasta el extremo. Son dos caras de una misma moneda: el servicio a Dios y a los demás. Ninguna mejor ni más sencilla de llevar a cabo.
Es evidente que Benedicto XVI ha sido muy valiente. Es curioso que un Papa al que se ha criticado por su conservadurismo tome una decisión tan rompedora, marcando el camino de la reflexión en la Iglesia. ¿No sería conveniente que los Papas tuvieran una edad menos avanzada? ¿No se debería llegar a un equilibrio entre madurez, experiencia y fortaleza mental y física?

Clarividencia o visión estratégica. El Papa ponía el acento en su comunicado de renuncia en el hecho de que el mundo actual está «sujeto a cambios muy rápidos y sacudido por cuestiones de profunda relevancia para la vida de la fe». Benedicto XVI, que nunca ha rehuido ningún tema por espinoso, complejo o vergonzoso que fuera, ha sabido leer la realidad y dejar claro que el Papa necesita «fortaleza de mente y de cuerpo». En el mundo actual de la globalización, de las redes sociales, de la crisis económica y de valores… los acontecimientos se suceden de forma vertiginosa y no es fácil ocuparse de lo urgente y, al mismo tiempo, no dejar de lado lo importante. Benedicto XVI ha demostrado que, además de ser un hombre estudioso y con una enorme sabiduría, vive sin despegar los pies de la realidad.

Confianza en Dios. El otro día, en una de las tertulias en las que se debatía la renuncia del Papa, alguien decía que no le cabía duda de que esta decisión, además de meditada, había sido muy orada. Estoy convencida de ello. Benedicto XVI, que cuando fue elegido Papa hace 8 años se preparaba para retirarse y dedicarse a la oración, el estudio y la lectura, aceptó la inmensa tarea que se le encomendaba y sólo el más que evidente deterioro físico (que no mental ni intelectual) le han hecho renunciar. Una persona tan metódica y racional como el Papa actual no renuncia en caliente, sino después de meditar y poner en manos del Señor cada paso y cada determinación.
Esa misma confianza en Dios es la que nos debe guiar a todos los cristianos en este momento de incertidumbre. La barca de Pedro, gobernada por hombres con la fuerza del Espíritu Santo, se mantiene desde hace miles de años con un motor divino. No olvidemos nunca que es Dios el que gobierna la barca, aunque sean hombres los que lleven el timón. No nos dejemos llevar (ni en este ni otros asuntos) por lo que nuestra mente cortoplacista nos dice. Confiemos…

Sólo resta agradecer a Benedicto XVI su labor, su legado, su trabajo, sus decisiones, sus escritos y este paso final que supone un tremendo ejemplo para el mundo actual.¡Gracias Santo Padre!

Por último, no olvidemos que a partir del marzo Benedicto XVI seguirá estudiando, orando y apoyando a la Iglesia… eso sí, «escondido para el mundo».

«…Y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará» Mateo 6, 6

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