Pedro

Audio-homilía: La llamada. Vieron donde vivía y se quedaron con Él

Estamos al inicio de la vida pública de Jesús y vemos que lo primero que hace es llamar a sus discípulos.

La llamada de Dios es algo permanente a lo largo de toda la historia que en este 2015 continúa formando parte del dinamismo propio de Dios. Él sigue llamando, pero llama a personas ocupadas, intrépidas, apasionadas, que están en camino y haciendo algo. Dios no llama a los que están permanentemente sentados en el sofá viendo pasar la vida, ni a los que entierran talentos, ni a los que no están dispuestos a ser fieles a lo que entienden en cada momento de su vida.

La llamada que Dios hace a la humanidad, desde el más pequeño al más grande, es a potenciar y llevar a plenitud los deseos más profundos que cada uno tiene en el corazón. Dios no viene a cambiar, a quitar, a modificar, sino a llevar a la máxima expresión lo que Él mismo que ha puesto en nuestro corazón.

La llamada coincide con el deseo humano y con el de Dios. Dios llama a quien desea vivir apasionadamente. Vemos en las llamadas a los apóstoles y seguidores de Jesús que era gente fiel a la luz que tenía.

Como decimos muchas veces «Dios no llama a los capaces, sino que capacita a los que llama». Dios no nos llama a ser mediocres o tibios. Nos quiere fríos o calientes.

Tenemos la oportunidad en este 2015 para no hacer que la vida nos lleve a la inercia de los acontecimientos, sino a ser protagonistas del tipo de existencia que queremos construir.

En este fragmento del evangelio también destaca la generosidad de Juan Bautista que con toda sinceridad dice a sus discípulos que no es el Mesías y señala a Jesús como «Cordero de Dios», una expresión que refleja una ternura total. Jesús no viene a tierra con la fuerza o la imposición, sino con la atracción y la invitación.

La llamada de Dios en la actualidad tiene muchas imágenes. Lo vemos en Samuel. Hay personas con inquietudes que oyen llamadas en lo profundo del corazón y no saben dónde ni cómo responder. Pero la llamada de Dios es insistente e irreversible.

Ojalá nos ayudemos a escuchar la llamada de Dios: en la inquietud en el corazón, en el deseo a actuar ante las injusticias, en la atracción que produce ser amado (cuando nos dejamos amar por la misericordia de Dios, es imposible que no nos salga una respuesta de gratitud).

Ojalá que nos dejemos amar mucho por Dios y nos despierte las ganas de responder con gratitud a todo su amor.

Evangelio según San Juan

Estaba Juan Bautista otra vez allí con dos de sus discípulos y, mirando a Jesús que pasaba, dijo: «Este es el Cordero de Dios».
Los dos discípulos, al oírlo hablar así, siguieron a Jesús. El se dio vuelta y, viendo que lo seguían, les preguntó: «¿Qué queréis?». Ellos le respondieron: «Rabbí -que traducido significa Maestro- ¿dónde vives?». «Venid y lo veréis», les dijo. Fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él ese día. Era alrededor de las cuatro de la tarde.
Uno de los dos que oyeron las palabras de Juan y siguieron a Jesús era Andrés, el hermano de Simón Pedro.
Al primero que encontró fue a su propio hermano Simón, y le dijo: «Hemos encontrado al Mesías», que traducido significa Cristo. Entonces lo llevó a donde estaba Jesús. Jesús lo miró y le dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan: tú te llamarás Cefas», que traducido significa Pedro.

cerrados

Renovar las respuestas

Introducción. Cada vez entiendo mejor la pregunta que le hace Jesús a sus discípulos sobre qué es lo que piensa la gente en general de él y qué es lo que ellos, más cercanos y más íntimos, piensan de él. Porque a veces hay mucha distancia entre lo que uno siente de sí mismo y lo que los demás piensan y perciben desde fuera. Nosotros nos movemos en terrenos de sentimientos, de intenciones, de deseos, de frustraciones, de necesidades. Pero, como esos sentimientos se concretan en decisiones, en gestos, en palabras, es un misterio lleno de ambigüedad y de confusión. ¡Cuántos malos entendidos, cuántas malas lecturas de los comportamientos de los demás han provocado enfados y discusiones! Por eso es tan importante poder hacer buenas preguntas que iluminen respuestas claras y sinceras.
«Nada hay más falso y enfermo que el corazón: ¿quién lo conoce? Yo, el Señor, examino el corazón, sondeo el corazón de los hombres para pagar a cada cual su conducta según el fruto de sus acciones». Jr 17,9-10.
Jesús se acerca a Pedro y le pregunta con sinceridad si le ama. ¿Cómo puede ser tan insistente y hacer con una pregunta tan evidente? Pues a veces es necesario preguntarnos y cuestionarnos todo. No podemos vivir de las decisiones o de las opciones del pasado. No podemos vivir a golpe de inercia, de las opciones del ayer. Todo tiene que volver a convertirse en hoy. No sirve ni la fe de ayer, ni la oración de ayer, ni el amor de ayer. El pan que pedimos al Señor en el Padre Nuestro es el de hoy. El de ayer ya nos lo comimos y nos dio su energía. Nos hace falta el de hoy. Hay que renovar las respuestas a las nuevas preguntas que la vida nos brinda.

Lo que Dios nos dice. «Después de comer, dice Jesús a Simón Pedro: Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos? Él le contestó: Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Jesús le dice: Apacienta mis corderos. Por segunda vez le pregunta: Simón, hijo de Juan, ¿me amas? Él le contesta: Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Él le dice: Pastorea mis ovejas. Por tercera vez le pregunta: Simón, hijo de Juan, ¿me quieres? Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez: ¿Me quieres? y le contestó: Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero. Jesús le dice: Apacienta mis ovejas. En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras. Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios. Dicho esto, añadió: Sígueme». Jn 21,15-19.
Dependiendo de dónde pongamos la atención, nuestra vida se puede construir desde la sinceridad, desde las raíces, desde el interior. O por el contrario buscar la apariencia, la aprobación, la recompensa que viene desde fuera. Son dos tipos muy diferentes de personas los que construyen su casa sobre arena o sobre roca firme. La arena es lo más superficial de nosotros mismos: el éxito, los aplausos, las felicitaciones, los resultados aparentes. Eso nos encanta, el vernos rodeados de opiniones positivas de nosotros mismos. Como las notas del colegio llenas de sobresalientes. Pero todo esto puede hacernos un daño muy grande si nos aleja de nuestra realidad y nos hace olvidar lo frágiles y limitados que somos. La arrogancia y la estupidez están muy asociadas a la superficialidad.
Pero lo que de verdad es roca en la que edificar una vida no son los halagos y los golpes de espalda sino la verdadera opinión de las pocas personas que de verdad nos conocen. No las que están un ratito con nosotros y luego se van, sino las que permanecen a lo largo de una vida. Aquellas a la que no se les engaña ni se les deslumbra con fogonazos de genialidad, sino que nos conocen en los buenos y en los malos momentos, que nos aceptan, nos cuidan y no nos juzgan ni se espantan de nuestras fragilidades. Esas personas reflejan en su existencia la bondad y la misericordia de Dios.
«Al llegar a la región de Cesárea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es?». Ellos le respondieron: «Unos dicen que es Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas». «Y vosotros, les preguntó, ¿quién decís que soy?». Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Y Jesús le dijo: «Feliz tú, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo. Y yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella. Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo». Entonces ordenó severamente a sus discípulos que no dijeran a nadie que él era el Mesías» Mt 16,13-19.

Cómo podemos vivirlo. Jesús no vivía de los milagros que hacía o de lo famoso que se volvía. Su intención no era deslumbrar a las masas, sino estar seguro de que sus más íntimos reconocían que venía de Dios y que a Dios volvía. Que era su Mesías, su hijo amado. Lo demás ya no dependía de él, ni las calumnias, las burlas, los insultos o las manifestaciones llenas de euforia o admiración. Nosotros tenemos que buscar lo mismo. Que las personas que Dios ha asociado a nuestra vida, familia, amigos, hermanos y hermanas de comunidad reciban de nosotros el testimonio de una vida que busca hacer su voluntad. Lo demás ya no depende de nosotros.

cerrados

El miedo al castigo

Introducción. Cuando Jesús nos habla de una manera clara y contundente denunciando la hipocresía, la ambigüedad de nuestras intenciones, normalmente nos encuentra con escudos, con defensas, justificando nuestra fragilidad, o negando cualquier fallo en nuestra vida. La soberbia actúa de una manera inmediata, negando absolutamente convencidos todo aquello de los que se nos acusa. «A mí eso no me pasa, yo no soy de esos».
Y si son los hermanos quienes nos corrigen actuamos de la misma manera. «Vale yo he actuado mal, pero tú más». Dese pequeños nos da pánico reconocer nuestros errores y límites. Si hemos roto un jarrón del salón de nuestra casa y preguntan quién ha sido, pocas veces decimos que hemos sido nosotros. O culpamos a otros, si están cerca, o a una ráfaga de aire que casualmente pasaba por ahí. ¿Qué se esconde detrás de la falta de sinceridad y del reconocimiento humilde de nuestros fallos? La respuesta es clara: el miedo al castigo. Tenemos grabado en lo más profundo de nuestro corazón y de nuestra mente la lógica humana del premio y del castigo. Si obro bien, merezco una recompensa, y si obro mal, la reprimenda, el castigo y el rechazo. Y sutilmente proyectamos esa imagen en Dios. No acabamos de creer que Él nos conoce mucho más que nosotros mismos. E ingenuamente pensamos que a Dios le podemos engañar como a las personas. Nuestra gran preocupación no es ser, sino aparentar, que somos buenos, valiosos, y merecedores de toda confianza. ¡Qué esfuerzos tan titánicos hacemos para no aparecer frágiles o vulnerables! ¡Cuánto nos ocupamos en no mostrar flaquezas, fisuras o debilidades! Y lo más liberador es vivir bajo la mirada permanente de Dios, que es consciente de lo pobres que somos, pero que tiene un compromiso y un amor que no cambia a pesar de nuestro comportamiento.

Lo que Dios nos dice. «El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia. No está siempre acusando ni guarda rencor perpetuo; no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas. Como se levanta el cielo sobre la tierra, se levanta su bondad sobre los que le temen; como dista el oriente del ocaso, así aleja de nosotros nuestros delitos. Como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por los que lo temen; porque él conoce nuestra masa, se acuerda de que somos barro». Sal 103,8-14.
Hemos de tener la seguridad de que a Dios no le engañamos, ni le sorprende de qué estamos hechos. Si somos obras de sus manos. Si él ha modelado cada corazón y comprende todas sus acciones. Si Jesús era consciente de la fragilidad de Pedro y le confío ser la roca en la que se apoya la naciente Iglesia. Si sabía todo de la mujer adúltera, de la samaritana, de Zaqueo… Pero él mira el corazón, no se queda entristecido por las apariencias. Por eso esa mirada esperanzada, que no juzga, que no machaca la fragilidad, sino que la asume y se encarga, dentro de las posibilidades, de sanarla y repararla. Imaginaos al Buen Samaritano acercándose el hombre tirado al borde del camino, herido, apaleado, diciendo: «¡Qué despojo de hombre! seguro que es un borracho, un drogado, un maleante, o peor aún, está haciendo comedia para robarme». Todas las desconfianzas y los juicios nos alejan de Dios y de los hermanos.
«Dijo también esta parábola a algunos que confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás: Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: ¡Oh Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo. El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: ¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador. Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquel no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido». Lc 18,9-14.
Es una gran liberación ponerse delante de Dios como somos. Sin maquillajes ni disimulos. Sabemos como somos, las carencias que tenemos, los miedos, los orgullos. Pero esa miseria, tocada por el corazón de Dios es motivo de más amor, de más confianza, olvidando el castigo, abrazarnos con más fuerza a esa mano que nos levanta, que nos renueva, que nos sana.

Cómo podemos vivirlo. Toda la vida de Jesús es un camino de ir levantado a la humanidad rota que se va encontrando día tras día. No gasta ni una gota en preguntar por el pasado. Ni culpabiliza, ni ejemplifica, ni castiga, ni se alegra de los sufrimientos de los demás. Solo acoge lo que hay, lo asume, lo hace suyo, lo abraza, lo besa, lo ama. Y esa es la misión de nuestra Iglesia en el siglo XXI. Acoger sin preguntar. Abrazar sin temores, miedos o reservas. Todo lo creemos, todo lo esperamos, todo lo amamos. No somos ni censores, ni jueces, ni pesados consejeros que velan tanto por la vida recta de los demás que se olvidan de recorrer su propio camino. Ojalá que inauguremos una nueva forma de relacionarnos, donde sabiendo todos que compartimos un destino común, nos ayudemos con todo nuestro ser a caminar a pesar de las dificultades. No exigiendo unas extrañas perfecciones, sino poniendo en común lo que tenemos. Luchas y derrotas. Virtudes y talentos. Sin pretender dar una imagen de equilibrio y perfección que en el fondo esconde un miedo terrible a vernos descubiertos en nuestra fragilidad. Somos una comunidad de pecadores que bajo la misericordia de Dios y su gracia, nos vemos capaces de acompañar a la humanidad sin avergonzarnos de ella.

cerrados

Audio-homilía: El que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo

Este evangelio viene muy bien para esta época de final de vacaciones e inicio del curso y vuelta a la cotidianeidad. Y es que el regreso a la normalidad y la vuelta al cole nos demuestra que la vida tiene su cruz. El que quiera que agosto dure 12 meses tiene mucho de la actitud de Pedro en este fragmento.

La imagen de Pedro intentando librar a Jesús del sufrimiento recuerda a muchos padres que protegen tanto a sus hijos, que acaban convirtiéndoles en proyectos de bonsai y no de árboles grandes.

A veces, las personas, con nuestro exceso de amor y de protección, nos hacemos a nosotros mismos imprescindibles y a los demás microproyectos de personas.

Una psicóloga chilena decía que los hombres han nacido para sentirnos admirados y las mujeres hemos nacido para sentirnos necesarias.

Jesús pasa de decir a Pedro que es la roca sobre la que edificará su Iglesia la semana pasada, por haber pensado como Dios y abierto su mente y su corazón, a tratarle con mucha dureza, por volver a pensar como los hombres. Y pensar como los hombres significa pensar en pequeño, soñar en pequeño, tener todo bajo atado, sustituir a Dios en nuestra vida.

Cuando hacemos caso a las locuras que Dios nos pide, salen bien. En el evangelio hay muchos ejemplos. El problema viene cuando dejamos de fiarnos de Dios y empezamos a calcular con mirada humana.

La fe nos invita a no vivir en el control y en el corazón estrecho. La vida cambia y se transforma y tenemos que estar abiertos para que el Señor nos acompañe en los retos nuevos que cada día se nos ofrece.

Pedro, que es muy primario, escucha a Jesús hablar de humillación y sufrimiento y no le gusta nada. A nosotros nos pasa igual: la fe que nos compromete nos gusta… la que nos implica y nos hace cambiar de actitud no tanto.

Negarse a uno mismo consiste en ver dónde tenemos el centro de gravedad y el eje de nuestra vida, en nosotros mismos o en el Señor.

La propuesta del Señor cuando nos dice «Sígueme» es: ¿quieres vivir tú llevando el volante de tu vida o lo dejas en mis manos? Y la libertad que da decir y cumplir ese «hágase tu voluntad» y empezar cada día a la expectativa, con Dios acompañándonos a cada instante es nacer a una nueva vida.

Ojalá que el Señor nos regale esa confianza para no vivir en el control y la rabia cuando las cosas no salen como queremos.

Ojalá vivamos la vida como las garrapatas: fluyendo, chupando al máximo la vida y viviendo con intensidad todo lo que nos pasa, no despreciando nada de lo que Dios nos regala, no considerando que haya nada que no merezca la pena, no etiquetando nada ni a nadie, aprovechando estar con todo el mundo.

Os invito a vivir este nuevo curso en el corazón agradecido que sabe que el Señor está con nosotros todos los días de nuestra vida y que, con su mirada, nos va a enseñar a aprovechar todos los regalos que nos hace.

Audio-homilía: El que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo

Evangelio según San Mateo

Desde aquel día, Jesús comenzó a anunciar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén, y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.
Pedro lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo, diciendo: «Dios no lo permita, Señor, eso no sucederá».
Pero él, dándose vuelta, dijo a Pedro: «¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres».
Entonces Jesús dijo a sus discípulos: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga.
Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará. ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida? Porque el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces pagará a cada uno de acuerdo con sus obras.

cerrados

Audio-homilía: Yo soy la puerta de las ovejas

La imagen de la puerta nos lleva a preguntarnos si queremos entrar en la dimensión de la fe o quedarnos en la dimensión de la carne. La puerta es lo que nos sitúa en una dimensión nueva.

Este evangelio nos habla de vivir en comunidad. La oveja es un animal muy comunitario, muy de vivir en rebaño. El rebaño es símbolo de unión pese a las diferencias.

Uno de los signos de la Resurrección es que la diferencia no sea un motivo de enfrentamiento, sino de riqueza y crecimiento cuando recibimos del otro lo que nos quiere aportar.

Después del fracaso de la cruz, la Resurrección vuelve a unir a una comunidad que estaba dispersa.

Y es que de forma individual no experimentaremos la salvación. La crisis de nuestra iglesia es celebrar sacramentos y recibirlos de forma individual, no como comunidad. El individualismo está matando nuestro mundo. Apenas tenemos capacidad de comunicación.

El libro de los Hechos de los Apóstoles nos habla claramente de tenerlo todo en común. ¡Qué pena que celebremos los sacramentos de forma individual! Las personas no nos pueden molestar, porque son la plasmación visible de los regalos de Dios. Cada persona aporta algo. Todos somos necesarios y complementarios. Y eso es Iglesia.

Una parroquia no puede ser solo el cura. Los curas son servidores de la comunidad que siempre permanece: ellos cambian, pero la comunidad sigue.

Tenemos que aprender a vivir como comunidad, como rebaño: unidos por un mismo objetivo, conociéndonos, reconociendo nuestras voces y sabiendo nuestros nombres.

Tenemos que cruzar todos la puerta que nos lleva del egoísmo al amor. La Iglesia debe ser un conjunto de hombres y mujeres que nos sentimos muy frágiles, muy incoherentes. Por eso nunca podemos juzgar ni condenar a nadie. No somos un grupo de elegidos. El antitestimonio más grande es un grupo de cristianos que no se quieran, que no se acojan, que se juzguen, que no se respeten.

Ojalá que el Señor nos saque de nuestros individualismos y que nos ayude a ser personas que disfrutamos del regalo de la comunidad.

Audio-homilía: Yo soy la puerta de las ovejas

Evangelio según San Juan

Jesús dijo a los fariseos: «Os aseguro que el que no entra por la puerta en el corral de las ovejas, sino por otro lado, es un ladrón y un asaltante. El que entra por la puerta es el pastor de las ovejas. El guardián le abre y las ovejas escuchan su voz. El llama a cada una por su nombre y las hace salir. Cuando las ha sacado a todas, va delante de ellas y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz. Nunca seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen su voz».
Jesús les hizo esta comparación, pero ellos no comprendieron lo que les quería decir.
Entonces Jesús prosiguió: «Os aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos aquellos que han venido antes de mí son ladrones y asaltantes, pero las ovejas no los han escuchado. Yo soy la puerta. El que entra por mí se salvará; podrá entrar y salir, y encontrará su alimento. El ladrón no viene sino para robar, matar y destruir. Pero yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia.»

cerrados