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Adviento: tiempo de acogida, acción de gracias, paz y alegría

Iluminando la esperanza

Iluminando la esperanza

Ayer iniciábamos el tiempo de Adviento. El sábado un grupo de personas de la fraternidad misionera Verbum Dei nos reuníamos para celebrar un retiro y preparar este periodo de esperanza.

Me gustaría compartir con todos vosotros algunas reflexiones de aquella jornada que pueden ayudarnos a crear el mejor ambiente posible para la llegada de Jesús a nuestros corazones, a nuestras vidas.

– El Adviento es espera. Cuando se espera a alguien deseado, la ilusión es patente y se prepara todo para que esté perfecto. Y cuanto más anhelamos algo, mayor es la ilusión de la espera… ¿Estamos verdaderamente ilusionados con la llegada de Jesús? ¿Esperamos de verdad su venida?

– Dios nos habla de múltiples formas, a través de su palabra, en nuestra vida, por medio de otras personas, en las más diversas situaciones… pero a veces estamos tan despistados, tan preocupados con otras cosas que no percibimos, ni somos capaces de interpretar los signos de nuestra propia vida. Este tiempo nos invita a vivir atentos, en un estado de escucha activa permanente, en diálogo constante con Dios… Este estado de atención permanente nos permitirá mejorar nuestra relación con el Señor y, al mismo tiempo, nos hará valorar más esos pequeños detalles del día a día.

– Todos los cristianos tenemos vocación misionera. Debemos ser testigos de Jesús cada uno en nuestro entorno, en nuestro ambiente… Y la mejor forma de dar a conocer a Jesucristo hoy es con el testimonio: con nuestra vida, con nuestra actitud… Esto requiere un compromiso activo con nuestra fe: debemos vivir con hondura y profundidad, poniendo a Dios como guía de nuestros comportamientos y actitudes.

Actividad para Adviento

Y, para acabar, os propongo un ejercicio que nos planteábamos en el retiro del sábado: hagamos nuestra propia Corona de Adviento. Puede ser real o virtual, podemos hacerla en solitario o en familia.

Os propongo recorrer el camino del Adviento en cuatro etapas. Se trata de que durante las cuatro semanas de Adviento trabajemos de forma preferente cuatro actitudes, una por semana. Es una buena manera de preparar “nuestros pesebres” para acoger la esperanza que nos llega.

Así, podríamos concentrarnos en esta primera semana (desde hoy mismo hasta el próximo sábado, día 4) en la Acogida: ofrecer a los demás nuestro apoyo, nuestra aceptación, nuestra comprensión. En la segunda semana (desde el domingo 5 al 11 de diciembre), nos centraríamos en la Acción de gracias: valorar esas pequeñas grandes cosas que damos por asumidas en nuestra vida, en la convivencia diaria, con nuestra pareja, con nuestros padres, con nuestros hijos, con los compañeros, con los amigos… y dar gracias por todas ellas. En la tercera semana (del 12 al 18 de diciembre), pondríamos el foco en la Paz: empezando por estar en paz con nosotros mismos y llevando esa paz y esa serenidad a los ambientes en los que nos movemos. Y finalizaríamos (del 19 al 24 de diciembre) con la Alegría.

No es una mala hoja de ruta para incorporarla a nuestra vida y, desde luego, no es una mala forma de preparar el camino al Señor.

La Acogida, la Acción de gracias, la Paz y la Alegría serán las velas simbólicas (si queréis, también reales) que iremos encendiendo en estas cuatro semanas. Nosotros pondremos la mecha con nuestra actitud. La cera inagotable nos la garantiza Dios mismo. Y la llama que consigamos mantener encendida será la esperanza que ilumine nuestro camino y el de los demás en este tiempo de incertidumbres.

¡Feliz Adviento! Pongámonos en camino…

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Ecos de una visita muy especial

Benedicto XVI

Benedicto XVI

Visita de un Papa sorprendente, peregrino de la fe, transmisor de la pasión por Dios y de la pasión por el ser humano

La visita de Benedicto XVI a Santiago de Compostela y a Barcelona ha sido un acontecimiento ilusionador e impactante para los católicos en España. Como muchas personas, lo he vivido a través de la televisión y deseo compartir las impresiones que me han dejado la celebración de la Eucaristía en la plaza del Obradoiro, en Santiago, el sábado, día 6,  y la consagración  de la basílica de la Sagrada Familia en Barcelona, el domingo, 7 de noviembre.

La presencia y las palabras del Papa tienen una gran profundidad, pero, a la vez, son claras;  parecen comedidas y sin embargo son cálidas. Ver el recibimiento de los peregrinos y de la comunidad de la Iglesia, me ha llenado de emoción, de gozo por compartir con el Apóstol y con tantas personas esta corriente de amor que es la fe y que nos conecta con Dios y entre nosotros.

Voy a desgranar algunos de los que podríamos llamar frutos de esta visita pastoral:

Esperanza y alegría.  Las personas que esperaban al Papa estaban entusiasmadas. Todos los rostros reflejaban gozo e ilusión; incluso los de aquellos que habían madrugado muchísimo para poder estar presentes en la celebración

Sentimientos de comunión y fraternidad que brotan de los gestos de bienvenida más allá del protocolo, de la llamada hecha por el Papa a Europa a recuperar la búsqueda y la apertura hacia Dios y de la invitación a que los católicos vivamos con cercanía y unidad en nuestra sociedad aportando el testimonio del amor y el servicio.

Una profunda paz. Benedicto XVI tiene una forma de mirar, de acoger, de transmitir sus mensajes que da paz. Todos sus gestos son de una gran ternura y serenidad.

La escucha atenta a Dios en su Palabra, a cada persona que se abre desde lo más verdadero de sí misma. ¡Cuánta falta nos hace, en nuestras relaciones, una escucha atenta para llegar a comunicarnos de verdad!

Un silencio hecho oración. Después de las palabras del Papa, en sus homilías y en sus discursos, nos quedamos en un silencio elocuente. Era admirable, en la plaza del Obradoiro, ver a una multitud de 7.000 personas en silencio, ese silencio donde se escucha la voz de Dios en nuestro interior.

La impresionante belleza de las obras humanas cuando se inspiran y apoyan en el amor de Dios. Las luces del atardecer en Santiago, la maravilla del templo de la Sagrada Familia, la música que se elevaba al aire, el ritmo de la liturgia, la calidez de tantos hombres, mujeres y niños unidos, y la alegría de los que han escuchado el mensaje del amor de Dios por todos sus hijos e hijas; y, escuchándolo, se lanzan a vivirlo en la vida cotidiana; todo ha sido, es bellísimo.

Gracias a Dios y, muy especialmente, gracias al Papa Benedicto XVI por venir a España y reavivar nuestra fe. A nosotros, nos queda la tarea de ser testigos del amor de Dios, de vivir como hijos suyos uniéndonos vitalmente a  Jesucristo.

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Sobre la Paz

Todos podemos acordarnos de cómo, hace 30 ó 40 años, el mundo entero estaba en tensión. Era el tiempo de la “Guerra fría”.

Las dos grandes potencias mundiales estaban fortaleciendo su armamento por miedo al otro, y el mundo estuvo a punto de saltar por los aires varias veces. En una de ellas, el papa Juan XXIII evitó la guerra mundial llamando personalmente a los presidentes de los dos países más poderosos. Después el Papa escribió su encíclica “Paz en la Tierra”, la “Pacem in Terris”.

Hoy como ayer y como el mismo domingo en que Jesús resucitó, Él nos envía como testigos y constructores de Paz. El misionero anuncia la paz. Es portador de paz porque lleva a Cristo, el “Príncipe de la Paz”.

La Paz debería ser el estado normal de la humanidad si reconociéramos que lo más importante es la vida, mi vida, la vida de todos. En lugar de esto, lo más importante es ganar dinero, tener poder, gobernar para beneficiarse, ser más que los demás… POR ESTO EXISTEN LAS GUERRAS, PORQUE NO SABEMOS VIVIR.

Por esto Jesús nos manda no hacernos iguales a los que no procuran la Paz, porque ellos han elegido vivir como fieras, como bestias egoístas que buscan sus cosas y su provecho antes que buscar la armonía con los demás y la fraternidad.

En la casa en que entréis, decid primero: ‘Paz a esta casa’. Y si hubiere allí un hijo de paz, vuestra paz reposará sobre él; si no, volverá a vosotros” (Lc 10,5-6).

La Paz y la armonía son como la sangre que hace vivir el Universo, que lo sostiene, porque Dios es ese Amor que todo lo pone en Paz.

¿Y yo? ¿Y cada uno de nosotros?

¿Vivimos en Paz procurando que reine a nuestro alrededor la Paz y la armonía, la reconciliación y el entendimiento, el diálogo y la fraternidad?

Nuestro mundo, nuestras familias, nuestro yo personal, tienen necesidad de Paz. Nuestra misión es urgente y apasionante, y en ella nos va la vida.

Cada día que vivimos con tensión y sin Paz es un día perdido porque es un día en el que hemos perdido a Dios y hemos perdido la felicidad de ser los causantes de que el mundo sea un poco mejor y que sea también mejor la vida de los que tenemos alrededor. DEJÉMONOS DE EXCUSAS Y SEAMOS GENTE DE PAZ, CRISTIANOS DE VERDAD, COMO FRANCISCO DE ASÍS.

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Cómo me encontró Jesucristo, por Fray Víctor Manuel

Soy el hijo mayor de una familia católica… pero no demasiado practicante, aunque a fecha de hoy vamos teniendo todos una vida más cercana al Señor. Me eduqué en un colegio católico en el que estuve once años y del que salí un poquito quemado, tanto que estuve ocho años sin pisar una Iglesia. Bueno, esto no es del todo verdad porque, de vez en cuando, tenía unos “venazos místicos” que me hacían sentir una fuerte necesidad de asear mi vida y tratar de volver a vivir con Cristo a mi lado. Como el camino que conocía para lograr esto era un poco inadecuado para mi personalidad, aguantaba unas semanas y volvía a alejarme.

Después de unos años trabajando, ganando un buen dinerito y gastando tanto como ganaba, en un viaje de trabajo tuve un accidente de tráfico, bueno, tuvimos, porque íbamos dos. Mi compañera de trabajo falleció y yo casi pues, si no me recoge la Cruz Roja, rápidamente me habría desangrado.

Con huesos saliendo de mi cuerpo y varias vísceras fuera de su sitio, me ingresaron en Albacete en estado de coma. Nadie sabía si iba a salir de ese estado ni, sobre todo, cómo saldría por el importante coágulo que tenía en el cerebro.

Tras más de cuatro años de rehabilitación y dos operaciones no quedé normal, sino que quedé como antes, más o menos, porque no sólo se me había movido un pulmón sino algo más profundo y los más de cien puntos que adornan mi cuerpo me lo siguen recordando hoy.

Un día, aun ingresado, mientras que me dirigía a mi sesión diaria de rehabilitación en mi silla de ruedas (¡hasta cinco horas me tenían allí diariamente!), sentí el impulso repentino de entrar en la Capilla del hospital. “¿Por qué? ¿Qué hago aquí?” Un tanto confundido por desear tan repentinamente estar en la presencia del Señor, recé algo y me fui a mi tortura cotidiana. Esa visita me llenó de una gran paz y, como buen golosón que soy, la repetí cada día.

Ya dado de alta, mas aun con muletas, quise profundizar, buscar la razón de esa nueva sed, de ese impulso que sentí en el hospital. No sabía lo qué quería pero sí lo que no quería, y lo que conocía de Dios y de la Iglesia no me atraían precisamente.

Mi hermana pequeña pertenecía a un grupo juvenil franciscano y me dije: “Más fácil no lo voy a tener. Vamos a probar”. Empecé a acercarme a ellos, con más desconfianza y prevención que otra cosa, pero el hecho de que respetaran absolutamente mis ritmos y mis opciones me relajó.

Comencé a ser asiduo a sus reuniones y me fascinó mirar a Dios por los ojos de San Francisco de Asís. La eucaristía se hizo mi mayor y más intensa emoción semanal, empujándome a compartir esa nueva alegría y todo lo demás con gente necesitada y con ancianos y enfermos de dos hospitales cercanos.

Lago de Sanabria, Zamora

A pesar de sentirme mejor que nunca, la sed no se saciaba sino que iba en aumento. La eucaristía se hizo diaria y las visitas a los hospitales también, como diario era un estado alegre que rozaba el entusiasmo, en el trabajo, con los amigos, en casa… pero en ningún sitio como en mi fraternidad y junto a aquellas personas doloridas con las que me trataba de volcar, y todo arrancaba en la  eucaristía y en una necesidad nueva que descubrí: orar para conocer ante Dios las motivaciones últimas de mis actos.

No había forma de no sentir ganas de más hasta que, un buen día, se me vino a la cabeza una idea descabellada: ¿Vida religiosa? ¡Qué locura! Después de una vida “normal” según lo socialmente corriente, una vida consagrada era el anti todo de lo que había sido la mayor parte de mi vida y de lo que siempre había querido para el mañana, pero la dichosa idea perseveró en mi cabeza.

La cosa no era hacer más sino ser otra cosa. Llevo ya trece años de fraile franciscano y siete de sacerdote y aquella sed permanece, aunque ya mucho más serena, como permanece la alegría y permanece la certeza de que estoy en la baldosa justa en medio de todo el universo.

Jesucristo me encontró y me dio alcance (y mira que yo corrí para evitarle) y, dándome alcance, me lo ha dado todo dándome un sentido vital y una hondísima serenidad que nada ni nadie me ha podido arrebatar, ni podrá. Tengo “Quien” me la defiende.

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