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Si queremos la paz, dejemos de hacernos la guerra…

Escribo este post pensando que a lo mejor su contenido se «sale» un poco del habitual en este blog. Aunque, pensándolo mejor, las ideas que me removió una situación que viví la semana pasada en segunda persona entroncan directamente con cosas que Jesús experimentó, predicó y sufrió.

Hace unos días una amiga sufrió un episodio de lo que se ha dado en llamar «escrache«, que en mi opinión no es más que una forma fina de denominar un acto violento caracterizado, en la mayoría de los casos, por la amenaza, el insulto y el fomento del miedo.

Me niego a entrar en el debate político de si este tipo de actos tienen justificación o no, porque en mi opinión, no hay idea, principio o convencimiento (por legítimos que sean) que justifiquen que las personas dejen de tratarse y respetarse como tales.

Lo que me aterra es la capacidad con la que el miedo y la violencia se propagan y la facilidad con la que el debate político (tan rico cuando sirve para confrontar distintos modos de ver la vida y tan dañino cuando se infecta de demagogia y utilización de las personas) pasa a convertirse en combustible para esas chispas de odio. Hay multitud de ejemplos en la historia de la humanidad (tanto en la más cercana como en el pasado) de lo que se consigue con eso… y parecemos no querer aprender.

Es lógico sentir simpatía por iniciativas que aparecen con el objetivo de ayudar a personas que han podido sufrir situaciones de abuso… pero, cuando esas iniciativas emplean la amenaza, la pérdida de respeto, la violencia o el señalamiento de alguien que piensa diferente, pierden su razón y su sentido… No es legítimo defender a alguien aplicando la violencia sobre otros… La violencia sólo genera violencia.

Insisto en que no quiero iniciar un debate político, pero no me siento cómoda en una sociedad que da más valor a creencias e ideologías que a la dignidad de las personas (sean quienes sean y piensen cómo piensen).

A diario hablamos mucho de PAZ, pero parece que nos empeñamos en hacernos la guerra unos a otros con armas tan potentes como el odio, el miedo y la violencia en todas sus formas: en la familia, con la pareja, entre los amigos, en nuestros ámbitos profesionales. Parece que hemos hecho nuestra la máxima latina «Si vis pacem, para bellum» («Si quieres la paz, prepara la guerra«).

Quizá la verdadera revolución en este mundo que vivimos sea buscar LA PAZ y EL AMOR desde nuestras casas, nuestras familias, nuestro entorno, en nuestras pequeñas parcelitas vitales.. A veces tendemos a pensar que estas grandes cuestiones (como la paz en el mundo, el hambre, la injusticia, el cuidado de la Tierra…) son demasiado genéricas y grandes y que no nos afectan directamente, que corresponden a quienes ostentan el poder o rigen los pueblos. Y, en nuestro día a día, a veces sin ser conscientes de ello, construimos relaciones basadas en el miedo, la envidia, la falta de respeto, el odio o simplemente en no percibir a nuestros compañeros en el camino de la vida como personas iguales a nosotros, como hijos de Dios y, en consecuencia, como hermanos.

El respeto al otro y a su dignidad es una tarea que nos compete a todos y que podemos (y debemos) poner en práctica en tiempo real. Es una urgencia mundial…

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De gracias, perdones y deseos de paz

El otro día, hablando con un amigo sobre el día de Thanksgiving, me comentaba que hay tres celebraciones o rituales que, en su opinión, tienen un fondo maravilloso: Thanksgiving, el Día del Perdón (Yom Kipur) y el saludo de la paz en las celebraciones eucarísticas cristianas. Y añadió: ¿Qué hay más bonito que agradecer, pedir perdón y desear la paz a alguien? E incluso me sugirió que escribiera un post sobre esto, sugerencia que he decidido llevar a cabo 🙂

Sin entrar en los diferentes orígenes de estas tradiciones (o de cualquier otra que se os ocurra), me parece un buen argumento el planteado por mi amigo. Efectivamente, si todos nos ocupáramos de agradecer el apoyo, la ayuda o el cariño que se nos brinda; si pidiéramos perdón cada vez que causamos mal o herimos a alguien, y si deseáramos (y brindáramos) la paz a quienes nos rodean… definitivamente el mundo sería otro.

Pero me gustaría ir más allá en la reflexión. Quisiera incidir en la tendencia que tenemos muchas veces a desvirtuar los sentimientos y las tradiciones. Por un lado, convirtiéndolos en rutinas, en meros ritos repetidos sin sentido. Por otro lado, celebrando y proclamando actitudes o sentimientos que, al salir de nuestra boca, escapan de nuestro corazón.

¿Cuántas personas comen el tradicional pavo en Estados Unidos, mientras olvidan agradecer todo lo que Dios les brinda a diario: una familia, un trabajo, un talento para poner al servicio de los demás? ¿Cuántos judíos seguirán escrupulosamente los rituales del Día del Perdón manteniendo rencor en su corazón? ¿Cuántos cristianos se estrechan la mano en la eucaristía sin pararse a pensar si en su vida contribuyen a transmitir paz o más bien todo lo contrario?

El agradecimiento, el arrepentimiento, el perdón y el deseo de paz son algunos de los sentimientos más nobles que existen. Y no ser plenamente conscientes de ellos, cuando los expresamos, es como vivir a medias: como comer o beber sin saborear, pasear sin apreciar el encanto del paisaje, escuchar música sin dejarnos impregnar por los matices de la melodía o la riqueza de la letra, leer sin dejar que la palabra cale en nosotros…

Ahora que estamos a punto de finalizar un año y comenzar otro, cuando los cristianos afrontamos un tiempo de preparación como el Adviento, no estaría de más que tratáramos de vivir al 100%. Y, cuando hablo de vivir a tope, no me refiero a colocar nuestras vidas al límite, como muchas veces se interpreta, en mi opinión de forma errónea.

Quizá vivir plenamente hoy en día sea más cuestión de sentir plenamente lo que hacemos y lo que decimos: amar más desde el alma que desde la palabra, agradecer desde lo más profundo de nuestro ser, arrepentirnos de verdad, perdonar con el corazón (poniendo verdaderamente los contadores de afrentas a cero), desear la paz con conciencia de que la paz no sólo hay que desearla, sino también construirla… Reír intensamente, emocionarnos al máximo, dejarnos sorprender por tantas maravillas que nos rodean (un amanecer, el cielo, el sol, la lluvia, los árboles, el mar, las montañas, los ríos, los alimentos, los colores, la música, el arte, la literatura, la sonrisa de un niño, un abrazo, un beso, una mirada…) y que a menudo pasan por nuestra vida sin pena ni gloria.

Quizá eso, vivir plenamente, sea suficiente para cambiar nuestro mundo y nuestros estados de ánimo. Quizá eso (no más, ni menos) sirva para construir el Reino de Dios en estos días…

Nota de la autora: Predicando con el ejemplo, quiero agradecerle a mi amigo Esteban la inspiración para escribir este post… y la amistad que me brinda desde hace unos cuantos años…

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Vete en paz

Introducción. Vengo de confesar en un colegio cercano a mi parroquia. Era una clase de chavales de cuarto de ESO y la verdad es que vengo feliz. Me parece tan maravillosa la posibilidad que nos regala Jesús de reconciliarnos con nosotros mismos, con los demás y con Dios. La posibilidad de mirar de frente nuestra vida: los errores, las omisiones, las meteduras de pata, y que lo que encontremos no sea el reproche, el juicio, la condena, sino el ánimo, el aliento y el deseo de seguir caminando cada vez más cerca del buen Dios que nos cuida y nos salva. Porque el error, la equivocación, el rencor, el odio, la mentira, la calumnia, la crítica sin fundamento y el orgullo son elementos que acompañan nuestras vidas y nuestras relaciones. Son lugares comunes de la experiencia humana, y aprender a vivir el fracaso y el ridículo con esperanza y con misericordia, y no con juicio y sentencia es algo que libera y sana. “Hablad y actuad como quienes van a ser juzgados por una ley de libertad, pues el juicio será sin misericordia para quien no practicó la misericordia; la misericordia triunfa sobre el juicio”. Stgo 2,12-13.
Una de las personas me ha contado una historia entrañable, de un amor imposible, a distancia, enfrentamiento con sus padres, desobediencia movida por el amor, proyectos, sueños… Y de verdad que he sentido como un regalo el poder compartir las entrañas de amor de Dios, que es Padre y Madre. Me enternecía escuchar la ilusión y el brillo que desprendían esos ojos al hablar de lo que le estaba pasando que es propia de esa edad, pero que escasea tanto en la mía. Donde no se ven peligros, ni dificultades, ni la palabra imposible se entiende. Todo era decisión, fuerza, ilusión de apostarlo todo por ese amor que merece dejarlo todo. Y me salía espontáneamente compararlo con otros diálogos de gente más mayor que tiene como ingredientes principales la queja, la decepción y el escepticismo… La duda y la sospecha de todo lo que huela a oferta de felicidad, a respuesta salvadora a todos nuestros interrogantes. Si el paso de los años nos frunce el ceño y nos envejece el corazón, si vivir sólo provoca la erosión de las ilusiones, me entristece profundamente. Porque precisamente el paso de los años nos tiene que servir para experimentar de forma gozosa que se van cumpliendo todas las promesas que Dios nos ha ido haciendo a lo largo de una vida. Yo puedo afirmar sin engaño que estoy recibiendo mucho más de lo que nunca pensé. Ciento por uno en amistades, en palabras de corazón, llenas de verdad y de vida, en familias, en alegrías, en experiencias felices y satisfactorias. Ciento por uno en lugares donde me siento útil y amado. Ciento por uno también en sufrimientos y en lágrimas, no sólo mías, sino de todas las gentes que me las confían, pero todos esos sufrimientos están envueltos de la esperanza y de la promesa de resurrección con que el Señor nos acompaña.
Lo que Dios nos dice. “Oíd, sedientos todos, acudid por agua; venid, también los que no tenéis dinero: comprad trigo y comed, venid y comprad, sin dinero y de balde, vino y leche. ¿Por qué gastar dinero en lo que no alimenta y el salario en lo que no da hartura? Escuchadme atentos y comeréis bien, saborearéis platos sustanciosos. Inclinad vuestro oído, venid a mí: escuchadme y viviréis. Sellaré con vosotros una alianza perpetúa, las misericordias firmes hechas a David: lo hice mi testigo para los pueblos, guía y soberano de naciones. Tú llamarás a un pueblo desconocido, un pueblo que no te conocía correrá hacia ti; porque el Señor tu Dios, el Santo de Israel te glorifica”. Is 55,1-5.
Buscando la paz en el corazón, la serenidad y la calma que da el saberse acompañado y amado, nos dejamos fortunas. Terapeutas, autoayuda, psicólogos, psiquiatras, maestros de yoga, de zen, sexólogos, astrólogos, regresiones y viajes astrales, energías y piedras milagrosas, masajes, reikis, fen shuis y vinoterapias… Llamamos a las puertas de cualquiera que nos pueda ayudar a tener paz. Y la reconciliación se ofrece gratuitamente donde siempre. En esa mirada liberadora y amable de quien nos recuerda que no nos condena. “Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna, Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él”. Jn 3, 16-17. En esa vieja institución que es la Iglesia católica, que tantos dan por muerta, por obsoleta, por trasnochada. Pues en ese embalaje tan poco atractivo, en ese barro poco valioso, se esconde el tesoro de la oferta franca, clara, directa. Vete en paz, yo te perdono de todos tus pecados. De todos.
“Doy gracias a Cristo Jesús, Señor nuestro, que me hizo capaz, se fió de mí y me confío este ministerio, a mí, que antes era un blasfemo, un perseguidor y un insolente. Pero Dios tuvo compasión de mí porque no sabía lo que hacía, pues estaba lejos de la fe; sin embargo, la gracia de nuestro Señor sobreabundó en mí junto con la fe y el amor que tienen su fundamento en Cristo Jesús. Es palabra digna de crédito y merecedora de total aceptación que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, y yo soy el primero; pero por esto precisamente se compadeció de mí; para que yo fuese el primero en el que Cristo Jesús mostrase toda su paciencia y para que me convirtiera en un modelo de los que han de creer en él y tener vida eterna”. 1ª Tim 1,12-16.
Cómo podemos vivirlo. Viniendo de un cura decir que es una maravilla confesarse suena a búsqueda de clientela. Muy lejos de esa intención, una manera muy concreta de experimentar el abrazo misericordioso de Dios hacia nuestra humanidad es acercándonos al sacramento de la reconciliación. Al poder experimentar la voz de Dios, que por boca del sacerdote nos renueva, oímos que podemos vivir en paz, porque nuestra historia de pecado, de sufrimientos, de dolor, es asumida por Jesús, que carga con ella y nos devuelve la nueva oportunidad de volver a caminar con la alegría de sentirnos nuevos.

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¿Qué le pido al nuevo año? Obreros para la mies.

Introducción. Sería muy extraño que un mecánico en su taller de reparación de coches se enfadara porque le llevan un motor roto o una carrocería destrozada. También sería muy extraño que, en la sala de urgencias de un hospital, los médicos y los enfermeros estuvieran indignados porque una ambulancia les llevara pacientes enfermos, con síntomas graves, que necesitaran una rápida intervención, para salvarles la vida. Desde fuera lo que les diríamos es que su trabajo es justo ese. Los médicos están para atender a los enfermos. Y los mecánicos para arreglar los coches. No entenderíamos sus protestas y sus quejas porque para eso están. Lo mismo nos pasa a los creyentes y a los amigos de Jesús. Estamos para ser instrumentos de paz, de amor, de vida. No podemos maldecir las tinieblas. Estamos llamados a encender nuestra luz.

Pues en estos primeros día del nuevo año siento que todos los que formamos esta amplia comunidad de personas sensibles a los demás, que buscamos de forma humilde que la vida se convierta en una aventura, en una fiesta gozosa, en un sorprendernos día a día del milagro que supone estar vivo, poder amar, sonreír, cantar, saltar, bailar, agradecer, me parece que tenemos una responsabilidad que es aprender a integrar lo negativo en nuestra vida y tener la capacidad de transformarlo y acogerlo como escuela de amor. Ojalá que en el nuevo año que estamos estrenando, la queja, la protesta, la crítica, el enfado y la impaciencia no tengan espacio en nuestras vidas, en nuestras palabras y en nuestro corazón. Ya está bien de personas de fe encrespadas, enervadas, violentas, con expresiones de rencor, de ira, de rechazo, que, en vez de mostrarnos de forma atractiva el rostro de Dios, nos provocan rechazo y ganas de apostatar y de alejarnos de todo lo que suene a religioso. No podemos estar quejándonos de las circunstancias que vivimos, de la gente que nos rodea, de la época que nos ha tocado vivir o de la crisis. El Señor nos invita a sentirnos enviados a poner paz, amor, alegría, a los ambientes que nos rodean, de tristeza, de frialdad, de silencio. Somos los enviados del que vive. Del resucitado. Del recién nacido, el niño del pesebre, que indefenso, saca de nosotros la sonrisa que ya nunca se debía borrar. No podemos olvidar quien es nuestro amigo, el que nos ha llamado a la vida desde antes de nacer y nos ha confiado esta misión.

Lo que Dios nos dice. “Antes de formarte en el vientre, te elegí; antes de que salieras del seno materno, te consagré, te constituí profeta de las naciones. Yo repuse: -¡Ay Señor, Dios mío! Mira que no sé hablar, que sólo soy un niño. El Señor me contestó:- No digas que eres un niño, pues irás adonde yo te envíe y dirás lo que yo te ordene. No les tengas miedo, que yo estoy contigo para librarte. El Señor extendió la mano, tocó mi boca y me dijo: -Voy a poner mis palabras en tu boca.” Jr 1,5-9. Claro que todo sería más fácil si no tuviéramos a nuestro alrededor nada que nos molestase, que nos hiciera sufrir. Sería una maravilla que nuestro mundo no tuviera muerte, enfermedad, vejez, Alzheimer y cáncer. Personas orgullosas y prepotentes. Que no existiera la injusticia y la desigualdad. Claro que deseamos profundamente el cielo en la tierra. El paraíso y la plenitud aquí y ahora. Sería súper cómodo levantarnos cada mañana sin nada más que hacer que gozar, reír y compartir lo que Dios nos da. Y justo eso es lo que tenemos que hacer, a lo que estamos llamados.

Pero partiendo del realismo de que somos pecadores, de que el mundo en el que vivimos, fruto de la ignorancia y de la maldad de los hombres, ha transformado el paraíso en un infierno, nos afecta de una manera muy real y muy dolorosa. Nocivas son muchas de las relaciones humanas. Contaminadas de egoísmo, la gran pandemia del siglo XXI, son muchas de las palabras que nos decimos y de los deseos que tenemos. Por eso vino la Encarnación. Por eso Dios nos envió a su propio Hijo. “Tanto amó Dios al mundo que nos ha entregado a su hijo único. Para que todo el que crea en él, no perezca, sino que tenga vida eterna”. Jn 3,16. Jesús es la expresión del amor de Dios. Es lo que Dios ha deseado que sus hijos vivamos. Es la imagen del Dios invisible y por eso su vida se vuelve nuestro camino, verdad y vida. Nuestro manual de instrucciones. Nuestra etiqueta, en la que encontramos respuesta a todas nuestras preguntas.

“Al pasar vio Jesús a un hombre llamado Mateo sentado al mostrador de los impuestos y le dijo: Sígueme. Él se levantó y lo siguió. Y estando en la casa, sentado a la mesa, muchos publicanos y pecadores, que habían acudido, se sentaban con Jesús y sus discípulos: ¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores? Jesús lo oyó y dijo: No tienen necesidad de medico los sanos, sino los enfermos. Andad, aprended lo que significa: Misericordia quiero y no sacrificios: que no he venido a llamar a justos sino a pecadores”. Mt 9,9-13.

Cómo podemos vivirlo. Jesús no juzga a nadie y menos a los pecadores. Sabe que se comportan de esa manera porque no conocen otra forma de vivir y de actuar. Y Jesús les invita a que prueben una experiencia nueva. La de sentirse acogidos, amados, rescatados. Eso mismo es nuestra misión. No tenemos que mirar a los demás con los criterios de un casting o de una entrevista de trabajo. Todos somos igualmente valiosos a los ojos de nuestro Padre. Lo que nos toca es invitar a la gente más alejada a que participe del banquete del Reino, de la familia reunida, de la acogida sincera de cómo somos cada uno. Banquete de tolerancia, de respeto a las diferencias, de casa grande donde todos cabemos. Le pido al nuevo año que cada uno de nosotros nos sintamos invitados a construir la familia de los hijos de Dios, aunque suponga mucho esfuerzo al ver a tantos hermanos tan alejados y tan distantes.

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Dragones y mazmorras, leones y panteras (II D. Adviento)

Los cristianos no sólo debemos hablar de esperanza y fraternidad, también debemos trabajar y actuar para que sean una realidad en nuestro mundo actual

Quien permanece en Él, debe vivir como vivió Él

Quien permanece en Él, debe vivir como vivió Él

Mientras los cristianos en la iglesia hablamos durante el Adviento de esperanza, de los sentimientos cálidos y familiares que nos van embargando a medida que se acerca la Navidad, miramos a la sociedad y vemos cosas bastante diferentes.

La huelga que en estos días pasados ha frustrado el derecho al descanso de cientos de miles de personas, las acusaciones recíprocas de los políticos de todos los bandos, crispación, violencia, pérdidas cuantiosas que en este tiempo de crisis amenazan la supervivencia de familias enteras…

Pero no hace falta que miremos al escenario nacional más llamativo para ver que las palabras de esperanza y los sentimientos navideños se los lleva el viento, si no son más que palabras bonitas y sentimientos agradables…

Muchas familias de nuestro entorno –quizá incluso la nuestra propia- están desunidas, matrimonios rotos, niños convertidos en moneda de cambio entre el padre y la madre cuando no en arma arrojadiza; fracaso escolar, violencia en los colegios donde los niños sacan toda su tristeza y su ansiedad por no ser suficientemente queridos; pobres más pobres que nunca ante el escenario de luces y abundancia con que se adornan y maquillan nuestras calles y escaparates…

A poco que miremos a nuestro alrededor, nos daremos cuenta de que no tenemos derecho a hablar de esperanza ni de Navidad si nos vamos a limitar a hablar, y la Palabra de Dios hoy nos lanza ese reto a la cara para recordarnos que la Palabra de Dios encarnada –nuestro Señor Jesucristo- hablaba mucho y bien, pero también obraba en consecuencia.

Las obras de Jesús superaban, si cabe, en poder liberador y reconciliador a esa palabra de vida y esperanza con la que confortaba y sanaba tantas conciencias atormentadas por los males de todo signo que provienen del aburguesamiento y del alejamiento respecto de Dios.

La autoridad y la credibilidad, que Cristo se ganó ante esos paisanos suyos que le tenían como el simple hijo del carpintero, procedían del compromiso por mostrar con las obras el poder y la verdad de sus palabras, palabras que servían también para desentrañar la fuerza del amor con que cada obra del Señor se entregaba a la liberación y la redención de cuantos le hacían un hueco en la agenda de su corazón.

Si Cristo dedicó su existencia toda a la reconciliación de la humanidad con el Padre Dios y a la unidad y la armonía entre los hombres y mujeres que Él hizo que llegáramos a ser hermanos suyos, hijos de Dios en Él, el Hijo eterno, ¿qué habremos de hacer los cristianos a este respecto?

Como la afinidad de las mismas palabras evidencia, las obras del cristiano han de ser un eco y una prolongación de las obras de Cristo, y en esta línea nos quiere comprometer la Palabra de Dios hoy, desde las bellas palabras de Isaías hasta las proféticas e interpelantes palabras del Señor en el evangelio que hemos escuchado.

El profeta Isaías nos pinta una escena mesiánica donde bestias de labor que se distinguen por la mansedumbre –la vaca, el cordero, el ternero, el buey,…- reposan tranquilas al lado de sus naturales depredadores –el león, la pantera, el lobo, el oso…-.

¿Y esto es algo más que poesía antigua? ¿Esto quiere decir algo para nosotros?

Veamos qué hace convivir en paz y armonía a animales tan naturalmente enfrentados y comprenderemos el mensaje: “Un muchacho pequeño los pastorea”.

Ese pequeño muchacho que a todos apacienta es la figura profética del Mesías, de Jesucristo que, con su sola presencia, transforma las relaciones de violencia y competitividad en otras de fraternidad, de convivencia gozosa, de entendimiento o, dicho sea en una sola palabra, en relaciones de comunión.

Si las obras del cristiano han de ser un eco y una prolongación de las obras de Cristo y la reconciliación hasta la comunión son su obra definitiva, nosotros hemos de revisar cómo vivimos y cómo convivimos para tratar de ser pantera o novillo, lobo o cordero, buey o león pero al estilo del Mesías: “No harán daño ni estrago en todo mi monte santo; porque está lleno el país de la ciencia del Señor”.

Cuando se nos pide que allanemos el camino del Señor se nos pide esto, que allanemos –que hagamos más llanas, más sencillas, más francas- las relaciones más rotas y enfrentadas; que limemos las aristas y asperezas de nuestro corazón para que nadie encuentre en nosotros una fiera de colmillos afilados; que hablemos de paz y de fraternidad mientras que nuestras manos las procuran y nuestro corazón las desea más que ninguna otra cosa.

Por si este mensaje que Dios nos dirige hoy no queda suficientemente claro para alguien, San Pablo en la segunda lectura lo hace aun más explícito y patente: “Las Escrituras se escribieron para enseñanza nuestra […]. Que Dios os conceda estar de acuerdo entre vosotros, según Jesucristo […]. Acogeos mutuamente, como Cristo os acogió”.

Ya sabemos lo que Dios quiere de nosotros en este tiempo bendito para poder prepararnos para celebrar y vivir el espíritu de la Navidad. Si no lo hacemos, nuestra navidad será pagana, llena de banquetes y regalos pero vacía de sentido, y quizá nuestras familias y nuestras comunidades sean como el pasaje de Isaías mas sin el pequeño pastor, es decir, quizá nuestra convivencia sea la de un conjunto de fieras amenazantes que luchan por sus propios derechos sacrificando los derechos de los demás para conseguirlos.

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