Pascua

Audio-homilía: Domingo segunda semana de Pascua 2014

Tenemos una tarea muy clara y concreta en este tiempo de Pascua: vivir con paz.

Lo que el Resucitado más repite en cada encuentro con sus discípulos es «Paz a vosotros». No es una utopía: nuestra vida se puede anclar en las manos Dios que nos devuelve la paz y la confianza y nos libra de los miedos.

Vivir bien la Pascua implica pasar del miedo a la confianza, de estar asustados a desplegar nuestras capacidades y supone resucitar las situaciones muertas.

Cristo resucitado nos ofrece vivir con Él los duelos, los fracasos, el ridículo, la soledad… todo eso se ilumina con una nueva luz. Que Él esté vivo no significa que los problemas se borren de un plumazo. Significa reconciliarnos con nuestra vida y con nuestro pasado, porque nuestro Dios misericordioso está con nosotros.

Este evangelio nos presenta a los apóstoles como los grandes beneficiados de la misericordia de Dios. Después de huir en la pasión, Jesús, en vez de corregirles, no les reprocha nada, porque conoce la fragilidad de lo humano. Él ya sabe que nosotros solos nos castigamos más que suficientemente y, por eso, nos redime y nos devuelve la paz.

Ojalá que la gente de la Iglesia presentemos una cara amable no carcomida por fuegos eternos y remordimientos. ¿Cómo nuestro Padre bondadoso, que sabe que somos frágiles, nos va a meter en situaciones y nos va a poner presiones que sabe que podemos afrontar?. Los límites que le ponemos al amor Dios los supera. El amor de Dios es mucho más grande que nuestras faltas.

Ensanchemos el alma, porque Dios ha resucitado, y con un Dios como el nuestro no tenemos derecho a estar tristes y temerosos.

Audio-homilía: Domingo de la segunda semana de Pascua 2014

Evangelio según San Juan

Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: ‘¡La paz esté con vosotros!’.
Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.
Jesús les dijo de nuevo: ‘¡La paz esté con vosotros! Como el Padre me envió a mí, así también os envío a vosotros’.
Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: ‘Recibid el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que se los perdonéis, y serán retenidos a los que se los retengáis’.
Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Los otros discípulos le dijeron: ‘¡Hemos visto al Señor!’. El les respondió: ‘Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré’.
Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: ‘¡La paz esté con vosotros!’. Luego dijo a Tomás: ‘Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: Métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe’.
Tomas respondió: ‘¡Señor mío y Dios mío!’.
Jesús le dijo: ‘Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!’.
Jesús realizó además muchos otros signos en presencia de sus discípulos, que no se encuentran relatados en este Libro.
Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis Vida en su Nombre.

cerrados

La santidad está en amar a Cristo como Él quiere ser amado

Placa de recuerdo de la peregrinación de San Juan Pablo II a la Tumba del Apóstol Santiago en la Catedral de Santiago de Compostela

Placa de recuerdo de la peregrinación de San Juan Pablo II a la Tumba del Apóstol Santiago en la Catedral de Santiago de Compostela

Con motivo de la canonización de Juan XXIII, el Papa Bueno, y de Juan Pablo II, el Grande, me llama la atención que se den las dos a la vez y en una fecha señalada como es el domingo de la Divina Misericordia. En el evangelio de este domingo de Pascua vemos cómo Jesús, con su gran misericordia y su amistad, le da a Tomás una segunda oportunidad para creer en su Resurrección. Conmueve la cercanía de Jesús que se deja tocar en sus heridas si con eso le da fuerza a su amigo y discípulo. Así era el maestro durante su vida y también después de la Resurrección. “Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos con las puertas bien cerradas, por miedo a los judíos. Llegó Jesús, se colocó en medio y les dice: ‘Paz con vosotros’. Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron al ver al Señor. Jesús repitió: ‘Paz con vosotros. Como el Padre me envió, así yo os envío a vosotros’. Dicho esto, sopló sobre ellos y añadió: ‘Recibid el Espíritu Santo. A quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los mantengáis les quedan mantenidos’. Tomás, que significa Mellizo, uno de los Doce, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: ‘Hemos visto al Señor’. Él replicó: ‘Si no veo en sus manos la marca de los clavos y no meto el dedo por el agujero, si no meto la mano por su costado, no creeré’. A los ocho días estaban de nuevo dentro los discípulos y Tomás con ellos. Vino Jesús a puertas cerradas, se colocó en medio y les dijo: ‘Paz con vosotros’. Después dice a Tomás: ‘Mete aquí el dedo y mira mis manos; trae la mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, antes cree’. Le contestó Tomás: ‘Señor mío y Dios mío’” Jn 20, 19-28
No creo que la celebración de estas canonizaciones en el domingo en el que Jesús resucitado nos quiere enviar como misioneros de misericordia, de esperanza y de amor sea casual pues estos dos Papas fueron verdaderos apóstoles, cercanos al Señor y las personas afirmando su dignidad como hijos de un Dios Padre de todos.
Juan XXIII fue el Papa que convocó el Concilio Vaticano II con el que la Iglesia se abría al mundo entero para anunciar la fe, la esperanza, la caridad, el amor de Dios y a los hermanos y así ayudar a alcanzar la paz del Señor, por la gloria de Dios y de los hombres de buena voluntad.
Unida a la canonización de Juan XXIII, que fue Papa entre los años 1958 y 1963 y que destacó por su corazón bondadoso y pacífico; la de Juan Pablo II, el Papa que vino de un país lejano y quiso abrazar a todos los países y continentes en sus viajes anunciando a Jesucristo como el Señor de la historia. En su largo pontificado, desde 1978 al 2005, llamaba a todos, y muy especialmente a los jóvenes, al compromiso con el bien de la humanidad que necesita encontrar a Dios para encontrar su verdad y su plenitud.
A Juan XXIII y a Juan Pablo II el Señor les llamó a una misión de cercanía a Él para guiar a la Iglesia como portadora de la Buena Noticia del amor de Dios. Imagino que con cada uno de ellos Jesús tuvo un diálogo parecido a aquel que tuvo con Pedro: “Cuando terminaron de comer, dice Jesús a Simón Pedro: ‘Simón, hijo de Juan, ¿me quieres más que éstos?’. Le responde: ‘Sí, Señor, tú sabes que te quiero’. Jesús le dice: ‘Apacienta mis corderos’. Le pregunta por segunda vez: ‘Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?’. Le responde: ‘Sí, Señor, tú sabes que te quiero’. Jesús le dice: ‘Apacienta mis ovejas’. Por tercera vez le pregunta: ‘Simón hijo de Juan, ¿me quieres?’. Pedro se entristeció de que le preguntara por tercera vez si lo quería y le dijo: ‘Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero’. Jesús le dice: ‘Apacienta mis ovejas’”. Jn 21, 15-17. Ellos dieron su respuesta y nos han mostrado que la santidad está en amar a Cristo como Él quiere ser amado: amarlo en cada ser humano acogiéndolo como a un hermano o a una hermana, con respeto, misericordia y compasión. Porque “si quieres amar a Cristo… extiende tu amor a todo el mundo”. San Agustín
Gracias a la Iglesia que nos da a estos dos grandes Papas, Juan XXIII y Juan Pablo II, como santos inspiradores e intercesores a favor nuestro.

cerrados

Alégrate, Soy Yo

Introducción. Este es el tiempo de Pascua, es el Kairós, es el tiempo oportuno, que comienza en la noche santa de la Vigilia Pascual. Estamos en el tiempo que toda la humanidad está esperando celebrar. Es el tiempo donde Dios responde a todo el sufrimiento, a todo el llanto, a todo el dolor, a tantas lágrimas derramadas a lo largo de la historia. Y responde a lo grande. Dios está feliz, como Jesús está feliz. Hay fiesta en el cielo como en la tierra. Es el tiempo de aprender a vivir resucitados.
De la misma manera que en la cuaresma aprendemos bien cómo caminar buscando la conversión y vivimos la insistencia y la tensión por librarnos de lo que no nos permite vivir felices, el tiempo de pascua también es puro dinamismo y aprendizaje. No es quedarnos parados como espectadores pasivos de lo que vive el Señor, sino prestar la colaboración necesaria para que la buena noticia llegue hasta los confines del mundo y que seamos capaces de reconocer cómo salimos de las muertes y nos decidimos por la vida.
Tenemos que compartir, celebrar, sentir, desde lo más profundo de nuestro ser que estamos bien hechos. Dios ha dicho su última palabra y es ¡VIVE! Humanidad, pueblos de la tierra, que a lo largo de los siglos habéis sido testigos del dolor, de la injusticia, de las guerras, de la muerte, hoy sois los destinatarios de la mejor noticia: «El Amor es más fuerte que la muerte. Grandes aguas no lo podrán apagar». Cant 8,6.
La misericordia vence al juicio. El amor desvela su propia identidad y se nos muestra como pura gratuidad. No se ama como premio, como mérito, como conquista. Dios ama porque sí. Y la humanidad es amada porque sí. La paciencia de Dios es nuestra salvación. Y por muchas manchas oscuras a lo largo de los siglos, hoy Dios nos hace borrar todos los pecados y nos devuelve una oportunidad de vida inmaculada. Sin manchas de sangre, ni de llanto ni de duelo. Conviertes el luto en danzas. Y el cuerpo resucitado de Jesús sale del sepulcro, nos coge de la mano y nos ayuda a salir de nuestros sepulcros, esos a los que nos conduce nuestra vida miedosa. «Aunque vuestros pecados sean como escarlata, quedarán blancos como nieve aunque sean rojos como la púrpura, quedarán como la lana». Is 1,18.

Lo que Dios nos dice. Es tiempo de experimentar en lo más profundo de nuestra vida que hay una vida que, llena de amor, vence a toda la oscuridad. Ha merecido la pena el esfuerzo. Ha merecido la pena todo el dolor que ha vivido Jesús porque, en su pulso sobre la maldad de lo humano, ha salido vencedor. ¿Es todo lo que sabéis hacer fuerzas del mal? ¿Es todo lo que vuestro egoísmo, vuestra soberbia, vuestra injusticia puede hacerme? Pues ya veis. Soy el que vive.
«Me volví para ver la voz que hablaba conmigo, y vuelto, vi siete candelabros de oro, y en medio de los candelabros como un hijo de hombre, vestido de una túnica talar, y ceñido el pecho con un cinturón de oro. Su cabeza y sus cabellos eran blancos como la lana blanca, como la nieve, y sus ojos como llama de fuego. Sus pies eran semejantes al bronce bruñido incandescente en el crisol; y su voz como rumos de muchas aguas. Tenía en su mano derecha siete estrellas; y de su boca salía una espada aguda de doble filo; su rostro era como el sol cuando brilla en su apogeo. Cuando lo vi, caí a sus pies como muerto. Pero él puso su mano derecha sobre mí, diciéndome: No temas; yo soy el Primero y el Último, el Viviente; estuve muerto, pero ya ves: vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del abismo. Escribe, pues, lo que estás viendo: lo que es y lo que ha de suceder después de esto». Ap 1,12-19.
Estamos muertos, cuando el amor no es la energía que nos hace mover nuestros pasos. Estamos muertos cuando el dolor se pega a nuestra mirada y todo lo valoramos desde la queja, viendo sólo el barro que acompaña a la humanidad, olvidando que es el aparente envoltorio del tesoro que todos llevamos dentro.
«Pero llevamos este tesoro en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros. Atribulados en todo, mas no aplastados; apurados, mas no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, mas no aniquilados, llevando siempre y en todas partes en el cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo». 2ª Cor 4,7-10.
Habla Pablo de un dinamismo de un ejercicio de resucitar las situaciones que no lo están. Vivir la pascua no es creer ingenuamente en el fin del dolor y del sufrimiento. Pero sí que es la fuerza que nos ayuda a afrontarlo con ánimo y esperanza.
«Sabemos que pasamos de la muerte a la vida porque amamos a nuestros hermanos». 1ª Jn 3,14.

Cómo podemos vivirlo. La potencia que tiene la resurrección de Cristo en los corazones que lo acogen es tan grande que renueva la faz de la tierra. Renueva la mirada sobre el valle de huesos secos que es nuestro mundo, y abre un nuevo horizonte a todos los pequeños sepulcros que durante nuestra vida nos vamos a encontrar.
Es tiempo de querernos, es tiempo de abrazarnos, es tiempo de decirle a la tristeza que ya tienes un compromiso con la alegría, y que le serás fiel toda la vida como dice el papa Francisco. Es tiempo de ilusionarnos que el futuro va a ser diferente. Que no estamos en el eterno retorno de siempre volver a caer, de siempre volver a empezar. Puede que por nuestra lentitud una y mil veces tengamos que volver a la fe porque nos despistamos. Pero la seguridad de que el Señor no cambia su mirada sobre nosotros y que permanece fiel nos devuelve la alegría que nadie nos puede quitar.

cerrados

Audio-homilía: Domingo de Resurrección 2014

La Pascua es la suma de muchas pobrezas. El objetivo de la Pascua es SER TESTIGOS. Es un ya sí, pero todavía no.

Ya estamos resucitados, sí, pero un camino de colaboración y de misión con el Señor para que continue habiendo signos de credibilidad en nuestro mundo. Somos testigos de que tener esperanza no es ingenuidad, somos testigos de que el ser humano no es una fuente sólo de tristezas, somos testigos de que hay tesoro y barro y de que nosotros elegimos qué queremos compartir.

Ojalá no temamos y no nos agobiemos de la vuelta a la rutina. A Dios no se le olvida nuestro valor, ni cuál es nuestra identidad, porque él nos ha creado.

¿Cómo nos vemos a nosotros mismos? ¿Somos consumidores de sacramentos, hacemos bulto en las iglesias o somos personas que pertenecen a una comunidad con una misión clara?

No somos objetos de decoración, no somos estadísticas, no tenemos que perpetuar un modo de vida. Podemos ser creadores de un vino nuevo en odres nuevos. Seamos conscientes de que el Señor nos ha puesto a cada uno una melodía única e irrepetible.

Nuestra vida cotidiana debería ser un contínuo Reino de Dios, un contínuo apoyo mútuo y un poner cada uno lo que puede. Todos tenemos la capacidad de comunicar y el Espíritu Santo pasa a través de cada uno de nosotros.

Pongamos todos lo que tenemos para anunciar esta buena noticia. No es euforia lo que queremos transmitir. Es certeza y confianza de que el Señor no está muerto y no nos va a abandonar nunca.

Audio-homilía: Domingo de Resurrección 2014

cerrados

La leona saciada

Introducción. Estuve el viernes pasado con una pareja a la que casé hace algún tiempo y me invitaron a conocer su casa, y de paso, pasar un rato juntos que hacía tiempo que no nos veíamos. Y después de una magnifica cena vimos un video de su viaje de novios, que hicieron por Tanzania y Zanzíbar.
Se me ha quedado grabada en la memoria la imagen de una leona que acababa de devorar hasta saciarse un ñu. Estaba tumbada en medio de un camino de tierra, con todo el rostro ensangrentado, pero tan llena, tan saciada, tan plena, que le daba igual la cercanía de los turistas que en sus jeeps la fotografiaban y la grababan en video. La leona saciada se convertirá en mi fauna particular en una imagen de cómo se afronta la vida con la confianza y la seguridad de que nada ni nadie nos puede separar, dañar o quitar la paz y la placidez de sentirnos plenos. Leona saciada y feliz.
La comparación puede sonar cómica o poco acertada, pero para mí, que paso mucho de mi tiempo inquieto, nervioso, temeroso, preocupado, me sirve de imagen y de icono de la paz en la que Jesús me invita a vivir. Mi vida está muy rodeada de riesgo, de incertidumbre, de expectación. Creo que no es algo que me pasa a mí exclusivamente, sino que es un elemento común de la vida humana. Pasamos muchos de nuestros días en la delgada línea que separa el éxito del fracaso. Todas las actividades apostólicas que se ofertan con la máxima ilusión, pero en las que nunca sabes la respuesta que se va a dar a la llamada realizada… Abro cada día las puertas de la parroquia, pero nunca sé si vendrá mucha gente o poca. O con las escuelillas, o con la publicación del libro… Cada día puede convertirse en una nueva entrega de mi vida al servicio de la construcción del Reino. O puede ser un desastre en el que mis meteduras de pata, mis agobios o mis soberbias, dañan, alejan y provocan dolor en los demás. Consciente de mis límites no puedo vivir sin vigilancia, sin detalle, sin cuidar lo que hago. Pero me alegra mucho pensar que por encima de mis resultados, de mis juicios, de mis valoraciones o de las de los demás, hay una mirada que me reconcilia, que me valora, que pase lo que pase me acoge, me quiere, me valora. La mirada de Dios sobre mí.

Lo que Dios nos dice. «Y ahora esto dice el Señor, que te creó, Jacob, que te ha formado, Israel: No temas, que te he redimido, te he llamado por tu nombre, tú eres mío. Cuando cruces las aguas, yo estaré contigo, la corriente no te anegará; cuando pases por el fuego, no te quemarás, la llama no te abrasará. Porque yo, el Señor, soy tu Dios; el Santo de Israel es tu salvador. Entregué Egipto como rescate, Etiopía y Saba a cambio de ti, porque eres precioso para mí, de gran precio, y yo te amo. Por eso entrego regiones a cambio de ti, pueblos a cambio de tu vida. No temas, porque yo estoy contigo». Is 43,1-5. No temas aparece 365 veces a lo largo de toda la Biblia y en este tiempo de Pascua se acentúa la necesidad de anclarnos en esa paz que nos regala el Resucitado. No hay nada ni nadie que nos pueda robar ese estado de calma, de paz, de victoria sobre todas las muertes, sobre todas las soledades, sobre todos los fracasos.
«Pues considero que los sufrimientos de ahora no se pueden comparar con la gloria que un día se nos manifestará. Porque la creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios; en efecto, la creación fue sometida a la frustración, no por su voluntad, sino por aquel que la sometió, con la esperanza de que la creación misma sería liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios». Rom 8,18-21. Tiempo de inaugurar esa libertad gloriosa, de hombres y mujeres resucitados… Que ya no viven esclavos de las opiniones favorables o negativas… Que no se pasan la vida mendigando valoraciones y aplausos. Libres porque se saben portadores de límites, de errores, de fallos. Pero eso no les paraliza, porque se saben acompañados, impulsados, reconciliados, por la mirada resucitada de quien nos vuelve a llamar una y mil veces.
«Después de esto ¿qué diremos? Si Dios está con nosotros, ¿Quién estará contra nosotros? El que no reservó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién condenará? ¿Acaso Cristo Jesús, que murió, más todavía, resucitó y está a la derecha de Dios y que además intercede por nosotros? ¿Quién nos separará del amor de Cristo?, ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?; como está escrito: Por tu causa nos degüellan cada día, nos tratan como a ovejas de matanza. Pero en todo esto vencemos de sobra gracias a aquel que nos ha amado. Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni altura, ni profundidad, ni ninguna criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor». Rom 8,31-38.

Cómo podemos vivirlo. Cada día tiene su propio afán y es cierto que las responsabilidades y los trabajos los tenemos que desarrollar con la mejor aptitud y con nuestros mejores esfuerzos. Pero hay un margen muy amplio de cosas que no dependen de nosotros. No todo se logra porque me lo proponga. Por eso una cosa es vivir alegremente, ocupado de lo que cada día hay que hacer, y otra muy diferente es vivir preocupado. Antes de que ocurran las cosas vivir cargando con el peso de todo lo negativo que todavía no sabemos si ocurrirá. Sentirnos tan exigidos por las cosas que tenemos que hacer que acabamos perdiendo la alegría de la pascua. Y ya no compartimos el gozo sino los agobios. Y ya no somos buenas noticias para los demás, sino penosos portadores de cargas pesadas que se quejan y lamentan. Llenos del amor y de la compañía del buen Dios estaremos saciados como la leona feliz.

cerrados