Pascua

Audio-homilía: II Domingo de Pascua. A los ocho días llegó Jesús

El tiempo pascual lo podemos vivir de forma pasiva: el Señor ha resucitado, lo recibimos y lo acogemos como un regalo y no hacemos nada más, salvo esperar que esa resurrección alcance todos los rincones de nuestra vida.

Sin embargo, este evangelio nos dice que la colaboración humana es imprescindible para que las situaciones cotidianas resuciten también. El Señor ha resucitado. Ahora nos toca a nosotros empezar a ver que nuestro día a día iluminado con la esperanza de la resurrección. Pasar de la tristeza de ser hombre a la alegría de ser hijos de Dios. Ese es el itinerario que hemos de hacer en Pascua.

Celebrar la Pascua no es un recuerdo histórico. En el mundo de hoy sigue habiendo Pasión y muerte. Hay gente que sigue muriendo en el camino de la cruz. Sigue habiendo conflictos, tensiones, guerras, violencia… Y eso nos puede hacer dudar de la resurrección del Señor. ¿De qué sirve celebrar la Vigilia Pascual si en la tierra sigue habiendo sufrimientos?

El Señor nos dice que Pascua no es idealización, sino presencia de Dios que transforma nuestros miedos en alegría. Jesús se presenta a una comunidad encerrada por miedo. Que el Señor resucite no significa la dispersión de todos los sufrimientos. Estamos en la iglesia que trabaja, en la iglesia peregrina, en la iglesia que con todo su esfuerzo va transformando realidades llenas de oscuridad en caminos de luz.

Resucitar significa que mi mirada, acompañada por Cristo resucitado, me hace ver al otro no con la evidencia de mis juicios sino con la misericordia de Dios. Se trata de no juzgar mi mundo con criterios periodísticos, sino implicándome de corazón. De esa forma no veré fracaso sino vida. Jesús no fracasó, Fue consciente de lo que pasaba pero transformó todo lo que hizo por el amor que puso.

Ojalá resucitemos de esa forma. Eso no significará la ausencia de problema, sino que estoy tan lleno de confianza en el Señor que soy capaz de vivir convencido de que Él va a actuar.

Jesús no nos pide una fe a ciegas, sino que la confianza nos inunde tanto que estemos convencidos de que vivamos lo que vivamos lo vamos a hacer con el Señor. Jesús es cercanía. Cristo resucitado se pone en medio de unos apóstoles acobardados y su saludo es “Paz a vosotros”, no reproches.

Somos personas, familias, amigos, comunidades no ideales que trabajan para ser mejores cada día, convencidos de que la última palabra no la tiene el sufrimiento, sino Dios.

Que el entusiasmo de cómo Dios nos mira contagie el nuestro y que podamos hacer las cosas de cada día llenos de ilusión y de ganas, sin quejas, sin perezas, sin reproches. Que el Señor nos toque el corazón, que vivamos iluminados por el Espíritu y que nos apasione este tiempo que el nos regala poder vivir.

Evangelio según San Juan 20,19-31

Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros». Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío». Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré».

Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: «La paz con vosotros». Luego dice a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente». Tomás le contestó: «Señor mío y Dios mío». Le dice Jesús: «Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído».

Jesús realizó en presencia de los discípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro. Éstas han sido escritas para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.

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Testigos de la Resurrección

Introducción. El camino de fe que vamos recorriendo con más o menos fidelidad nos va mostrando cómo nuestra vida no sigue unos ideales, unas normas, unos valores o un código moral, sino a una persona viva, que ilusiona, que propone, que acompaña, que compromete, que ama, que enseña, que corrige, que advierte… Mi vida no la he entregado a una institución religiosa, ni a una congregación, ni a un proyecto humano. Mi vida se va desgastando día a día, año tras año, siguiendo los pasos del que ha vencido a la muerte y le ha abierto una puerta, para siempre, al resto de la humanidad.
“De esa manera vuestra conducta será digna del Señor, agradándole en todo; fructificando en toda obra buena, y creciendo en el conocimiento de Dios, fortalecidos plenamente según el poder de su gloria para soportar todo con paciencia y magnanimidad, con alegría, dando gracias a Dios Padre, que os ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz. Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas y nos ha trasladado al reino del Hijo de su amor, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados”. Col 1,10-14.
Esta palabra ilumina lo que para mí es fundamental del tiempo de Pascua, del espíritu del resucitado habitando en nuestros corazones. Es tiempo de dar frutos, de mirar hacia atrás en nuestras vidas y reconocer que el camino está bien trazado, bien recorrido, acompañados por el Buen Jesús, vencedor de la muerte y del dolor. Es tiempo de crecer, de sentir que no estamos ni quietos ni estancados. Es tiempo de sentirnos más libres, más alegres, más perdonados, más capaces de amar, de perdonar, de compartir nuestro corazón misericordioso. Y sobre todo ser testigos del resucitado, por la alegría que permanece en nuestros rostros y en nuestro corazón. Es tiempo de mirar de frente todas las dificultades de nuestras vidas y reconocer con ánimo que todas están vencidas. “Os he hablado de esto, par que encontréis la paz en mí. En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo”. Jn 16,33.
Se ha convertido para mí en una ilusión diaria, en una compañía. La resurrección de Jesús es lo único que justifica nuestro compromiso personal y comunitario. Porque Él vive, porque Él habla, porque nos ama, porque nos llama, porque nos invita a seguirle, por eso hay Iglesia, por eso hay sacramentos, por eso durante veintiún siglos, al soplo del Espíritu, se ha ido reinventando sin traicionarse este mensaje que es sencillo y, al mismo tiempo, profundamente misterioso.

Lo que Dios nos dice. El amor es más fuerte que la muerte. Y no sólo la muerte física, sino todas las muertes que nos van acompañando a lo largo de nuestras vidas.
“Pues si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado; y, si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido, seguís estando en vuestros pecados; de modo que incluso los que murieron en Cristo han perecido. Si hemos puesto nuestra esperanza en Cristo sólo en esta vida, somos los más desgraciados de toda la humanidad. Pero Cristo ha resucitado de entre los muertos y es primicia de los que han muerto. Si por un hombre vino la muerte, por un hombre vino la resurrección”. 1ª Cor 15, 16-21.
Si el final de todas nuestras ilusiones, de todos nuestros sueños, de todas nuestras aspiraciones, es el fracaso, la destrucción y la pérdida de todo y de todos a los que amamos, estaríamos mal hechos de origen. Sería penoso y cruel que Dios nos pusiera la zanahoria apetecible delante de los ojos y que nunca pudiéramos alcanzarla y comérnosla. Presos de una contradicción fundamental. Tenemos aspiraciones de vida eterna, infinita, que no termine todo aquello que valoramos, que el tiempo no pase, que se detenga. Por eso fotografiamos medio mundo, media vida, por eso grabamos en vídeo, por eso se ha pintado, se ha esculpido, se ha cantado, se ha compuesto poesía a lo largo de los siglos. Todas las manifestaciones artísticas tienen que ver con el deseo de trascendencia, de dejar a las futuras generaciones las maravillas de las que por suerte, por regalo, hemos sido testigos. Nadie es amigo del final, de la muerte, de las pérdidas o de las despedidas. ¡Cómo nos duelen los aeropuertos, las estaciones de tren, los finales de las vacaciones! ¡Cómo duele dejarnos ir, la desesperación del que se queda sólo, dejando que su amor y su vida se vayan! Pues Dios no es diferente. También experimenta la ruptura y el dolor. Jesús y Lázaro nos muestran una de las escenas más conmovedoras de todo el evangelio.
“Cuando llegó María adonde estaba Jesús, al verlo se echó a sus pies diciéndole: Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Jesús, viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acompañaban, se conmovió en su espíritu, se estremeció y preguntó: ¿Dónde lo habéis enterrado? Le contestaron: Señor ven a verlo. Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: ¡Cómo lo quería! Pero algunos dijeron: Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que este muriera? Jesús, conmovido de nuevo en su interior, llegó a la tumba y dijo: Quitad la losa”. Jn 11,32-39.

Cómo podemos vivirlo. La muerte es una de las causas principales de la tristeza en la historia de la humanidad. ¡Cuánto misterio en torno a ella, cuánta impotencia, cuánta energía se consume por el rechazo a frontal a una de las certezas de nuestra vida! Como nacemos pasando de la placidez del seno materno, a lo desconocido del mundo exterior, del mismo modo la muerte nos comunica de esta vida histórica, afectada por la fragilidad y el sufrimiento, a las manos del Dios que nos ha creado y que nos ama eternamente. Ojalá aprendamos a vivir sin miedos.

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Audio-homilía: Solemnidad de Pentecostés 2014

Con la Solemnidad de Pentecostés concluye el tiempo de Pascua, cincuenta días en los que hemos acompañado al Jesús resucitado en el proceso de devolver la confianza a esos apóstoles miedosos, a esa comunidad rota y fragmentada y a esas personas que habían experimentado la decepción en el corazón. Tras la crucifixión, cada uno experimentó la necesidad de salvar su propio pellejo, de desperdigarse y la Virgen María, de forma callada y constante, los fue reuniendo.

La Pascua finaliza con la reconstrucción de esa comunidad. En Pentecostés, Jesús les hace a los suyos un “update”, una actualización: empiezan a entender todo y adquieren “luz en el entendimiento y fuerza en la voluntad”, como decía San Ignacio de Loyola.

El Espíritu Santo es dador de luz, de fuerza y de sus sagrados siete dones (don de ciencia, don de piedad, don de temor de Dios, don de fortaleza, don de sabiduría, don de inteligencia, don de consejo).

El Espíritu Santo es el transportista de la Trinidad, es el que nos acerca a Dios a nuestra cotidianeidad. Es la fuerza de Dios que aterriza en la humanidad, transformando el caos en cosmos.

El Espíritu Santo hace revivir las situaciones secas de ruptura, de conflicto, de falta de amor, de poca conciliación. El Espíritu Santo es el constructor de la comunión.

Cuando nos centramos en nosotros y no cedemos a la comunión no nos entendemos. Pentecostés es la respuesta de Dios a Babel (cada uno mirando por sí mismo). Pentecostés es el milagro de que, cuando todos estamos habitados por el Espíritu, somos capaces de hablar en el lenguaje universal que entiende todo el mundo: el lenguaje del amor. No nos entendemos con el egoísmo y la imposición, sino con el amor, la comunión y el servicio.

Espíritu Santo es la firmeza de las apuestas que Dios hace por cada una de nuestras vidas.

Ojalá que nos sintamos así con un Señor que nos libra de la sequedad, que es capaz de devolver la vida a las situaciones muertas y que pone en el caos todo el cosmos y el orden de su amor.

Audio-homilía: Solemnidad de Pentecostés 2014

Evangelio según San Juan

Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: “¡La paz esté con vosotros!”.
Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.
Jesús les dijo de nuevo: “¡La paz esté con vosotros! Como el Padre me envió a mí, yo también os envío a vosotros”.
Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: “Recibid el Espíritu Santo. A los que les perdonéis los pecados les quedan perdonados y a los que se los retengáis les quedan retenidos”.

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La perfecta alegría

Introducción. Hay edades en las que ilusionarse por una vida dichosa y feliz forma parte de lo lógico y de lo razonable. ¡Bendita ingenuidad que acompaña los primeros años de nuestra vida! Todo es futuro, ilusión, idealización, éxito asegurado y final de cuento con perdices y príncipes enamorados. Pero cuando ya hemos consumido más de la mitad de nuestros años y seguimos sin encontrar la dicha y la felicidad que llevamos tiempo persiguiendo, comienzan a rondamos las dudas y las sospechas, sobre si hemos acertado o no en las decisiones que hemos ido tomando a lo largo de los años. En nuestro pobre corazón reconocemos las cicatrices, las decepciones, los sinsabores y las soledades que se van acumulando, y en esas circunstancias oír de nuevo ofertas demasiado grandilocuentes, con palabras como plenitud, felicidad, para siempre, lo acogemos con sospecha y escepticismo. Endurecemos nuestra capacidad de soñar y rebajamos las expectativas sobre lo que le podemos pedir a los demás y a la vida en general. Ya no soñamos con vivir en abundancia, sino con sobrevivir, con ir tirando.
Y eso nos pasa con el tiempo de Pascua. Que Jesús resucitado vencedor de la muerte, del fracaso, venga a nuestra realidad y nos recuerde que viene a traernos paz y una alegría en plenitud nos suena a chiste, a ironía. ¿Nos traes la paz? ¿El final del sufrimiento, de las lágrimas, del dolor? Pues acompáñanos a cualquier hospital donde se atiende a enfermos terminales, vente a cualquier comedor social donde se mendiga la comida o a las puertas de un supermercado y veras a las personas agolparse buscando en los contenedores de basura lo que puedan comer.
Pasa con la Iglesia lo mismo que con los políticos. Llevamos tanto tiempo escuchando mensajes y proclamas que muy poco tienen que ver con la realidad, que al final provocan las palabras hastío y desafección. “Predícame cura, predícame fraile. Que por un oído me entra y por el otro me sale”.
Por eso más que nunca hace falta ser portadores de un mensaje que se vea, que se entienda, que no haga falta explicar mucho qué significa estar alegres. Que sea contagiosa nuestra forma de vida, que sitúa la alegría no en un futuro ideal, cuando todas las situaciones de nuestras vidas estén resueltas, sino en lo cotidiano, en lo sencillo y sobre todo en reconocer la presencia que acompaña y que guía nuestras vidas.

Lo que Dios nos dice. “Pues considero que los sufrimientos de ahora no se pueden comparar con la gloria que un día se nos manifestará. Porque la creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios; en efecto, la creación fue sometida a la frustración, no por su voluntad, sino por aquel que la sometió, con la esperanza de que la creación misma sería liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios”. Rom 8,18-21.
La palabra no es fantasiosa o irreal. Habla de que nuestra vida está envuelta de sufrimiento, de barro, de pobreza. Pero habla de un tesoro que acompaña ese sufrimiento, que, si somos capaces de reconocerlo, no da razones para la esperanza y para la alegría. Nosotros solemos relacionar los momentos buenos de nuestra vida con los éxitos, con los triunfos, con el reconocimiento y la valoración externa, con los premios, los regalos, la fama y la popularidad. Por eso nuestras alegrías son tan cortas y tan poco alegres. Porque si la alegría consiste en ser el número uno, estar en la cima de los proyectos, es tan fácil caer, bajar, fracasar… La alegría que propone Jesús está más relacionada con cómo y con quién vivo las circunstancias (éxitos y fracasos), quién me acompaña, quién me saca de las soledades y de las tristezas.
“Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud”. Jn 15, 9-11.
Alegría en plenitud no es que no tengamos dificultades o problemas. Eso es estar disecado o ser un muñeco del museo de cera. Vivir es caminar, aprender, caerse y levantarse, errar y corregir. Pero el secreto es vivir acompañado, permaneciendo en la compañía y en el amor de Jesús. No en la ausencia de conflictos, sino en la compañía que nos enseña a vivirlos.
“Por la grandeza de las revelaciones, y para que no me engría, se me ha dado una espina en la carne: un emisario de Satanás que me abofetea, para que no me engría. Por ello, tres veces le he pedido al Señor que lo apartase de mí y me ha respondido: Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad. Así que muy a gusto me glorío de mis debilidades, para que resida en mí la fuerza de Cristo. Por eso vivo contento en medio de las debilidades, los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte”. 2ªCor 12,7-10.

Cómo podemos vivirlo. Preguntó Francisco de Asís al hermano León que le dijese cual era, para él la perfecta alegría. El hermano no supo contestar. Pregunto Francisco ¿Sería la perfecta alegría que los grandes reyes europeos se hiciesen franciscanos? ¿O que los países musulmanes abrazasen la fe cristiana? León se lo imaginaba y afirmó que sí, que esa sería la perfecta alegría. Francisco se lo negó. Entonces ¿cuál sería?, pregunto León. Respondió San Francisco que si sufrían la humillación, la burla, el olvido y la violencia, pero sin alterar la paz en el alma y siendo capaces de amar, esa sería la perfecta alegría. Como el anuncio del ángel a María. “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”. Lc 1,28.

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Si se cree y se trabaja, se puede

Introducción. Con esta breve declaración respondía Cholo Simeone al periodista que le preguntó sobre cuáles eran sus sentimientos de alegría y de euforia ante la consecución del título de liga del Atlético de Madrid. Y siento que es cierto y bien necesario que la fe se convierta en la actitud y el modo con el que acoger las circunstancias que la vida nos ofrece. Si no es desde la fe y desde la confianza, la vida se nos presenta como una amenaza, como un peligro y vivir como una constante carrera de obstáculos en la que cada día tenemos que superar las continuas pruebas, que se nos van presentando.
Me encanta la luz que arroja una frase tan breve, porque recoge las dos dimensiones de nuestra vida: la fe y las obras, el don y la tarea, la gracia y el esfuerzo. Ni todo depende de Dios, lo cual nos dejaría a nosotros como meros espectadores de su obra, piezas de un ajedrez que no tienen voz ni voto. Ni todo depende de nosotros, que ya hemos experimentado suficientes veces nuestra impotencia y nuestra incapacidad para resolver los conflictos de nuestra vida, la indignidad, lo frágiles que son nuestras fuerzas y lo rápidamente que se escapan las motivaciones.
Si falta alguno de esos dos componentes nuestra vida se estanca y se frustra. No podemos quedarnos en el mundo de los deseos y de las intenciones. Del me gustaría, de los ideales, de las metas, olvidando que se llega a un objetivo, no de manera inmediata, sino a través del paso a paso, del ir poniendo los medios que nos van llevando al fin. No basta decir que algo me encantaría, pero al final no hacer nada. De buenas intenciones está lleno el infierno. Hay que unir el deseo y la decisión de guiar nuestros pasos, nuestros esfuerzos y nuestras energías, hacía los caminos, los lugares y las personas que de verdad nos aportan y nos ayudan a vivir mejor.

Lo que Dios nos dice. “¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Podrá acaso salvarlo esa fe? Si un hermano o una hermana andan desnudos y faltos del alimento diario y uno de vosotros les dice: Id en paz, abrigaos y saciaos, pero no les da lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así es también la fe: si no tiene obras, está muerta por dentro. Pero alguno dirá: Tú tienes fe y yo tengo obras, muéstrame esa fe tuya sin las obras, y yo te con mis obras te mostraré la fe. Tú crees que hay un solo Dios. Haces bien. Hasta los demonios lo creen y tiemblan. ¿Quieres enterarte, insensato, de que la fe sin las obras es inútil?”. Stgo 2,14-20.
La Pascua es el tiempo de acercar la fe a la realidad que vivimos. Los encuentros que Jesús provoca ocurren en la realidad, de las lágrimas, del miedo, de las penas, de la decepción, del fracaso. Y es que la fe sirve para pasar de la tristeza del ser hombre, a la libertad gloriosa, esperanzada, de ser hijos de Dios. Pero la victoria de Cristo tiene que iluminar las situaciones humanas a través de los testigos del resucitado: su Iglesia. Somos anunciadores no de slogans aprendidos, ni de teorías repetidas. Si no que compartimos experiencia, vida, realidad, cambios palpables, reales, visibles, tocables. Pasamos diariamente de las muertes a la vida cuando amamos la realidad que vivimos. Y cuando nos pilla la vida, es con el tiempo ocupado, con las manos embarradas de amar, de compartir, de ayudar, con el corazón ocupado por muchos nombres con los que proyectar, realizar, convivir.
“Nosotros amemos a Dios, porque él nos amó primero. Si alguno dice: Amo a Dios, y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve. Y hemos recibido de él este mandamiento: quien ama a Dios, ame también a su hermano”. 1ª Jn 4,19-21.
Y es verdad que nuestra vida ni es lineal, ni estática, ni estamos siempre igual. Somos puro dinamismo, puro cambio, pura dinamicidad. Lo que ayer me servía hoy a lo mejor no. Lo que entendía y tenía claro, ahora se me enturbia y se difumina. Pero sí que hay rocas firmes que no cambian, los cimientos en los que edificar nuestras existencias, las personas, los lugares, las actividades, que una y otra vez nos vuelven a situar en la paz y en la alegría.
“Además, el fin de todas las cosas está cercano. Así pues, sed sensatos y sobrios para la oración. Ante todo, mantened un amor intenso entre vosotros, porque el amor tapa multitud de pecados. Sed hospitalarios unos con otros sin protestar. Como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios, poned al servicio de los demás el carisma que cada uno ha recibido. Si uno habla, que sean sus palabras como palabras de Dios; si uno presta servicio, que lo haga con la fuerza que Dios le concede, para que Dios sea glorificado en todo, por medio de Jesucristo.” 1ª Ped 4,7-11.

Cómo podemos vivirlo. Estamos acercándonos al final de curso. Se van concluyendo largos procesos. Los estudiantes preparan los exámenes finales. Los niños se preparan para recibir la comunión después de varios años de preparación. Se van concluyendo actividades, grupos, procesos. Y lo que más valoro no es llegar a ninguna meta, sino haber sido consciente y haber disfrutado del camino, de cada día. Los resultados finales son muy difíciles de evaluar. Pero la alegría de haber dado lo mejor de cada uno, día a día, momento a momento, nos va haciendo generosos, solidarios, compasivos. Pareciéndonos cada vez más a nuestro maestro.

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