Padre

Olor a tierra mojada

Introducción. Que la vida sea un regalo o que se convierta en una horrorosa pesadilla no depende tanto de las circunstancias externas que nos toque vivir, sino de la forma y del espíritu con que afrontamos diariamente la realidad que nos espera. Hay personas que en ambientes hostiles y difíciles sacan de sí mismas la luz, la fuerza y la energía que embellecen la oscuridad. En cambio hay personas, familias, ciudades y países, que, sin una verdadera causa que lo justifique, son tremendamente tristes y desgraciadas. Cuando pedimos al Señor que nos aumente la fe, le estamos pidiendo que nos enseñe a vivir confiando en Él, en el amor y en la ilusión depositados en aquel que nos acompaña y que nos guía y nos sirve para explicar las diferencias tan grande que tenemos cuando afrontamos las mismas realidades. “Quien tiene al Hijo tiene la vida. Quien no tiene al Hijo no tiene la vida”. 1ª Jn 5,12.
“De donde la arrastrada serpiente saca veneno, la laboriosa abeja saca miel”. De las mismas circunstancias un optimista se emociona con todo y se sorprende con todo. Como el niño del anuncio televisivo que grita eufórico porque le han regalado ¡¡¡un palo!!!, y lo proclama como si tuviera todos los problemas solucionados de por vida. En cambio, un pesimista, frente a las grandes oportunidades que la vida le oferta, siempre verá lo negativo, los peligros que corre, las posibles desgracias que se ciernen sobre él. El fundamento de nuestra alegría y de nuestra esperanza no puede ser sólo que nos lo propongamos. La autoayuda y la motivación no bastan. Me puedo convertir en un lector asiduo de libros de mentalidad positiva, de cómo ser un triunfador en 3 días, de cómo aumentar mi autoestima y cómo ser una persona feliz, dichosa y alegre, pero si no nace de las profundidades del diálogo amoroso con Otra persona, se pueden quedar en consejos buenísimos pero impracticables. Nuestras vidas no pueden depender de lo que digan de nosotros los astros o las cartas. Nuestro pensamiento positivo nace de acoger con alegría la palabra que Dios nos dirige de forma personal y que necesitamos escuchar.

Lo que Dios nos dice. “El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel prudente que edificó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y descargaron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca. El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y rompieron contra la casa, y se derrumbó. Y su ruina fue grande”. Mt 7, 24-27.
Las mismas dificultades, las mismas decepciones, los mismos palos que a todos nos pega la vida, a unas personas les hacen sacar lo peor de ellas: el rencor, el deseo de venganza, las críticas más mordaces y negativas, la decepción como bandera de vida y el no volver a confiar en nadie. Y eso mismo, en corazones habitados por el Señor, se convierte en una experiencia igual de dolorosa y de triste, pero aparecen nuevos registros: la misericordia, la compasión, el conmoverse frente a la falta de amor, el no criticar las tinieblas sino encender una luz. El saber que donde falta el amor, si se pone amor, se podrá sacar amor. El volverlo a intentar, el volver a oler profundamente la tierra, detrás de la tormenta y saborear el aroma de la tierra mojada, sabiendo que cada día tiene su propio afán.
“Por eso os digo: no estéis agobiados por vuestra vida pensando qué vais a comer, ni por vuestro cuerpo pensando con qué os vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido? Mirad los pájaros del cielo: no siembran ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre del cielo los alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos? ¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida? ¿Por qué os agobiáis por el vestido? Fijaos cómo crecen los lirios del campo: ni trabajan ni hilan. Y os digo que ni Salomón, en todo su fasto, estaba vestido como uno de ellos. Pues si la hierba, que hoy está en el campo y mañana se arroja al horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por vosotros, gente de poca fe? No andéis agobiados pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Los paganos se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia; y todo lo demás se os dará por añadidura. Por tanto no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le basta su propio afán”. Mt 6, 25-34.
Valemos mucho más que los pájaros, que los lirios, porque Dios nos considera lo más valioso que hay. Y nos cuida y nos regala vivir lo que en cada momento necesitamos, aunque a veces nos cueste entender el porqué.
“Mirad que amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡Lo somos! El mundo no nos conoce porque no lo conoció a él. Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es”. 1ª Jn 3, 1-2.

Cómo podemos vivirlo. Pues inaugurando cada día nuestra capacidad de sorprendernos. No todos los días son iguales, ni las semanas, ni los años. Las personas estamos en un permanente cambio, en crecimiento. No puedo acostumbrar a mi corazón y a mi mente a la rutina, a la mediocridad, al perfil bajo de la realidad. Cada día es nuevo, como nuevas son las personas con las que me encuentro. Como nueva puede ser mi mirada sobre el mundo… que huele a nuevo, a recién hecho, como mi corazón que diariamente se pone en marcha gracias a la caricia nueva y al beso delicado que Dios me da.

cerrados

Audio-homilía: El que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido

Este evangelio nos plantea si nuestra preocupación es ser o aparentar, si nos interesa más que nos miren por lo de fuera o vivir con la alegría profunda de la conciencia que el Señor nos da sobre quienes somos…

Jesús era muy observador y nosotros, si vivimos con Jesús, también deberíamos ser observadores.

Cuando uno por dentro se siente bien y se reconoce valioso, no va como loco buscando las ofertas que vienen de fuera, sino que se sitúa en lo que de verdad es.

¡Cuánto nos perdemos buscando construir nuestra vida en los resultados externos y no disfrutando de lo que va ocurriendo! Vivimos pensando que no hay amor para nosotros, que no nos merecemos una vida feliz, vivimos en permanente comparación y nos vemos unos a otros como rivales.

Nuestra valoración la recibimos de Dios, no viene de que nosotros nos construyamos los trofeos. Es nuestro Padre el que vela por nosotros. Somos hijos de Dios desde el bautismo y no hay título que supere eso. Ninguno de nosotros sobra o rivaliza con nadie. Cada uno de nosotros tenemos algo único y exclusivo que poner al servicio de los demás.

Si vivo con esa conciencia de ser hij@ amad@, iré por el mundo disfrutando de serlo y contemplando y amando a los demás hijos. Si lo veo todo centrado en mí mismo, buscando que me reconozcan y que me valoren, queriendo resolver mis propios problemas y vendiéndome a los demás, no seré consciente de que todo es un regalo y de que todos aportamos en la construcción del Reino de Dios.

El evangelio termina hablando de gratuidad, de hacer las cosas con la alegría de desplegar nuestra identidad de hijos de Dios.

Ojalá que nos ayudemos a crecer en el valor que todos tenemos y a no ir mendigando y siendo exclavos del amor de los demás.

Audio-homilía: El que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido

Evangelio según San Lucas

Un sábado, Jesús entró a comer en casa de uno de los principales fariseos. Ellos lo observaban atentamente. Y al notar cómo los invitados buscaban los primeros puestos, les dijo esta parábola:
“Si te invitan a un banquete de bodas, no te coloques en el primer lugar, porque puede suceder que haya sido invitada otra persona más importante que tú, y cuando llegue el que los invitó a los dos, tenga que decirte: ‘Déjale el sitio’, y así, lleno de vergüenza, tengas que ponerte en el último lugar. Al contrario, cuando te inviten, ve a colocarte en el último sitio, de manera que cuando llegue el que te invitó, te diga: ‘Amigo, acércate más’, y así quedarás bien delante de todos los invitados. Porque todo el que ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado”.
Después dijo al que lo había invitado: “Cuando des un almuerzo o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos, no sea que ellos te inviten a su vez, y así tengas tu recompensa. Al contrario, cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los paralíticos, a los ciegos. ¡Feliz de ti, porque ellos no tienen cómo retribuirte, y así tendrás tu recompensa en la resurrección de los justos!”.

cerrados

Nuevos senderos: cabeza fría, corazón caliente… y Dios

Estoy en un momento de replanteamiento de muchas cosas… Poniendo en entredicho cuestiones que antes eran inamovibles en mi vida y cambiando bastantes esquemas mentales…

Es una época de parar y templar, pero al mismo tiempo de preguntarme si la forma en que he venido haciendo las cosas hasta ahora era la mejor, si soy consecuente conmigo misma…

Nuevos métodos, nuevos comportamientos, nuevos puntos de vista, nuevas perspectivas, nuevos sentimientos, nuevas experiencias…

Vivo esta etapa con la incertidumbre que provoca transitar por caminos que no estoy acostumbrada a recorrer e, incluso, con el vértigo que da no saber a dónde me llevará el sendero, pero, al mismo tiempo, con curiosidad, interés y confianza… consciente de que afortunadamente las cosas cambian y siempre para bien (aunque a priori no lo parezca)…

No siempre es sencillo salirse de la llamada “zona de confort”: ese terreno que parecemos conocer a la perfección… A veces, el nuevo trayecto se vuelve agreste; en ocasiones nos sentimos perdidos; en otros momentos, hay que desandar los pasos dados, e, incluso, tropezamos o nos hacemos daño…

Ayer, viendo una serie en televisión, a uno de los personajes (que, curiosamente, parecía tener siempre la palabra más adecuada para todo el mundo; que aparentemente gozaba de una vida tranquila y de una serenidad digna de admiración) le preguntaba una chica que padecía el síndrome de Asperger si tenía la vida que quería. Él contestaba que sí y, unos minutos después, en una escena en la que aparecía en un bar tomando una copa con una chica estupenda y besándola, se tornaba pensativo y acababa reconociéndose a sí mismo y a la chica que su vida supuestamente plácida no le llenaba… Una situación que nos sonará mucho, por haberla vivido en nosotros mismos y en los demás…

En los últimos meses, a través de experiencias propias y ajenas, estoy siendo consciente de cómo Dios a veces nos conduce hacia precipicios, hacia callejones sin salida… Nos aparecen encrucijadas y se nos plantean elecciones que no son sencillas (aunque a primera vista lo parezcan): a menudo nos faltan datos, las primeras impresiones no siempre son acertadas, a veces nuestro ego se convierte en el peor consejero…

Parece como si la decisión a la que nos enfrentamos fuera algo de vida o muerte… Y el hecho es que nada es inamovible, que muchas veces lo que parecía negro se torna blanco; donde no parecía haber salida surgen varias opciones; la puerta estrecha abre un camino que, poco a poco, se allana, y lo que ayer era un “no” mañana es un “quizá” y pasado mañana puede ser un “” y al revés…

Pero, a menudo, somos nosotros mismos los que nos cerramos alternativas, por querer que todo suceda en tiempo y forma tal y como lo hemos diseñado y previsto en nuestra mente.

Nos debatimos entre tempestades y mares en calma, entre picos y valles, entre días tormentosos y soleados, dependiendo de cómo nos veamos en cada momento (o, lo que es peor, de cómo nos vean los demás).

Cuando nos encontramos en la cresta de la ola, nos creemos omnipotentes y despreciamos a Dios y a los demás, porque nos sentimos muy auto-suficientes (nos encanta creernos independientes) (“Y la serpiente era más astuta que cualquiera de los animales del campo que el Señor Dios había hecho. Y dijo a la mujer: ‘¿Conque Dios os ha dicho: No comeréis de ningún árbol del huerto?’. Y la mujer respondió a la serpiente: ‘Del fruto de los árboles del huerto podemos comer; pero del fruto del árbol que está en medio del huerto ha dicho Dios: ‘No comeréis de él, ni lo tocaréis, para que no muráis’. Y la serpiente dijo a la mujer: ‘Ciertamente no moriréis. Pues Dios sabe que el día que de él comáis, serán abiertos vuestros ojos y seréis como Dios, conociendo el bien y el mal’. Cuando la mujer vio que el árbol era bueno para comer y que era agradable a los ojos y que el árbol era deseable para alcanzar sabiduría, tomó de su fruto y comió; y dio también a su marido que estaba con ella y él comió. Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos; y cosieron hojas de higuera y se hicieron delantales. Y oyeron al Señor Dios que se paseaba en el huerto al fresco del día; y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia del Señor Dios entre los árboles del huerto. Y el Señor Dios llamó al hombre, y le dijo: ‘¿Dónde estás?’. Y él respondió: ‘Te oí en el huerto, y tuve miedo porque estaba desnudo, y me escondí’. Y Dios le dijo: ‘¿Quién te ha hecho saber que estabas desnudo? ¿Has comido del árbol del cual te mandé que no comieras?’. Y el hombre respondió: ‘La mujer que tú me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí’. Entonces el Señor Dios dijo a la mujer: ‘¿Qué es esto que has hecho?’. Y la mujer respondió: ‘La serpiente me engañó, y yo comí’. Y el Señor Dios dijo a la serpiente: ‘Por cuanto has hecho esto, maldita serás más que todos los animales, y más que todas las bestias del campo; sobre tu vientre andarás, y polvo comerás todos los días de tu vida. Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y su simiente; él te herirá en la cabeza, y tú lo herirás en el calcañar’. A la mujer dijo: ‘En gran manera multiplicaré tu dolor en el parto, con dolor darás a luz los hijos; y con todo, tu deseo será para tu marido, y él tendrá dominio sobre ti'”. Génesis 3, 1-16).

Cuando llega la tempestad, nos asustamos, perdemos la confianza en nosotros y en Dios y nos hundimos (“Jesús mandó a los discípulos que subieran a la barca y que se adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Y, después de despedirla, subió al monte a orar a solas. Cuando se hizo de noche seguía él solo allí. Mientras tanto, la barca ya se había alejado de tierra, sacudida por las olas, porque el viento le era contrario. En la cuarta vigilia de la noche vino hacia ellos caminando sobre el mar. Cuando le vieron los discípulos andando sobre el mar, se asustaron y dijeron: ‘¡Es un fantasma!’ Y llenos de miedo empezaron a gritar. Pero al instante Jesús les habló: ‘Tened confianza, soy yo, no tengáis miedo’. Entonces Pedro le respondió: ‘Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas’. ‘Ven’ le dijo él. Y Pedro se bajó de la barca y comenzó a andar sobre las aguas en dirección a Jesús. Pero al ver que el viento era muy fuerte se atemorizó y, al empezar a hundirse, se puso a gritar: ‘¡Señor, sálvame!’. Al instante Jesús alargó la mano, lo sujetó y le dijo: ‘Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?’. Y cuando subieron a la barca se calmó el viento”. Mt 14, 22-32)

Y todo es mucho más sencillo… (“Por eso os digo: No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis. ¿No vale más la vida que el alimento y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas?. Por lo demás, ¿quién de vosotros puede, por más que se preocupe, añadir un solo codo a la medida de su vida? Y del vestido, ¿por qué preocuparos? Observad los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan, ni hilan. Pero yo os digo que ni Salomón, en toda su gloria, se vistió como uno de ellos. Pues si a la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, Dios así la viste, ¿no lo hará mucho más con vosotros, hombres de poca fe?. No andéis, pues, preocupados diciendo: ¿Qué vamos a comer?, ¿qué vamos a beber?, ¿con qué vamos a vestirnos?. Que por todas esas cosas se afanan los gentiles; pues ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura. Así que no os preocupéis del mañana: el mañana se preocupará de sí mismo” Mt 6, 25-34).

La vida (y nosotr@s) somos una continua alternancia entre risa y llanto, lluvia y sol, cumbres y valles, tesoro y barro… Y Dios siempre está ahí… y sabemos (o deberíamos saber) que nunca nos adentra por caminos para los que no nos capacite…

Debemos tener la cabeza bien fría (para no vanagloriarnos en exceso ni caer en picado) y el corazón incendiado de amor y confianza… Jesús mismo pasó de la aclamación a su entrada en Jerusalem al escarnio, la humillación, el desprecio, la tortura y la muerte en apenas unos días… Y no se vino arriba cuando lo vitoreaban ni se hundió cuando lo escupían o lo pegaban.

Pidamos a nuestro Padre que nos ayude a discernir los senderos, a adentrarnos por nuevos caminos y peregrinar sin prisa pero sin pausa y a confiar en que su cayado nos sostiene…

Aprovechemos estos días de cambio de rutinas para aventurarnos a salir de esas zonas de confort, a replantearnos que hay otras formas de hacer las cosas y a ampliar nuestra tolerancia al error y a la discrepancia… Recordemos que la mejor forma de aprendizaje que tenemos es el ensayo / error. Si los bebés temieran caerse, jamás llegarían a caminar…

cerrados

Mil millones de gracias…

Hoy hace exactamente dos meses que inicié con una amiga el Camino de Santiago desde Saint Jean Pied de Port. Era la cuarta vez que recorría tramos de esta ruta milenaria. Pero, como os comenté en su día en este blog, ha sido sin duda la más impactante hasta la fecha.

Recorrimos 240 kilómetros en 9 etapas y, cuando el día 5 de mayo dejamos el camino, inicié una nueva peregrinación que me está llevando a recorrer grandes distancias sin apenas dar pasos. Son muchos los cambios que, minuto a minuto, día a día, semana a semana, se están produciendo en mí… y es mucho lo que aún me queda por andar.

Como decimos en la liturgia eucarística, “es justo y necesario… darte gracias siempre y en todo lugar, Señor Padre santo, Dios todopoderoso y eterno”, pero mucho más ahora con los recuerdos de esta experiencia aún calientes y con la distancia, el poso y el sosiego que el paso del tiempo aporta.

Esta entrada no es más (ni menos) que una acción de gracias a nuestro Padre bueno por haberme permitido vivir esos 9 días y por haber sembrado mi Camino de regalos.

¡Gracias, Señor, por sacarme de una vorágine que habia sido incapaz de abandonar incluso con un intervención quirúrgica y su correspondiente post-operatorio!

¡Gracias, por todas esas maravillas cotidianas que no siempre sabemos ver, gozar y agradecer desde lo más profundo de nuestro ser! No puedo evitar recordar a San Francisco de Asís, ese enamorado de las criaturas y de la naturaleza al mencionar todas estas bendiciones: una cascada, una montaña, un valle, un bosque, un río, un prado, la brisa, la lluvia, el sol, la nieve, un pajarillo, un potro que acaba de nacer, un perro, mil y una flores y plantas, vides… ¡tantos y tantos tesoros!.

Gracias por haber puesto en mi camino a decenas de personas que me han enseñado mucho sobre la vida y sobre mí, que han hecho revivir actitudes y sentimientos maravillosos que con el tiempo había censurado en mi interior, que han sido vivos ejemplos de valores que debo potenciar, que me han permitido descubrir asuntos que debo limar y rasgos negativos que tengo que dejar atrás…

Es como si, en este momento, pasaran en fotogramas un montón de rostros que personifican esas actitudes, valores, virtudes… Voy a enumerarlas a ellas y no a las personas, pero os garantizo que detrás de todo esto hay almas con nombres y apellidos que se han convertido (de forma consciente o insconciente) en instrumentos de Dios, en ángeles, en testigos…

Gracias por el cuidado y la sensibilidad cuando las fuerzas físicas fallan. Gracias por el valor y los deseos de superación. Gracias por la búsqueda. Gracias por la apertura. Gracias por la capacidad de adaptación a las circunstancias sin quejas, sin amarguras. Gracias por el trabajo cotidiano realizado con pasión, con gusto y procurando hacer la vida agradable a quienes encontramos en el camino. Gracias por la sensatez conjugada magníficamente con la pasión por vivir. Gracias por huir de las prisas y por la flexibilidad. Gracias por fluir con la vida sin retorcerla. Gracias por convertir las situaciones propias en motivo de servicio a los demás, en vez de en contemplación del propio ombligo. Gracias por la asertividad y por saber decir no cuando corresponde. Gracias por no caer en la hipocresía de lo políticamente correcto. Gracias por el tesón. Gracias por la espiritualidad y la constante acción de gracias. Gracias por la serenidad. Gracias por la amistad. Gracias por la espontaneidad y la curiosidad. Gracias por la escucha. Gracias por el aliento y por los silencios. Gracias por el respeto a lo diferente. Gracias por la empatía. Gracias por el atrevimiento, por la ruptura de esquemas, por no evitar tocar las heridas cuando es necesario. Gracias por la transparencia, la sinceridad, la efusividad, la ternura y la pasión magníficamente equilibradas. Gracias por la mano tendida, por la palabra de ánimo más que oportuna, por las indicaciones, por los tercios de cerveza cargados de energía y de apoyo. Gracias por la magnífica y deslumbrante luz de tantas miradas y tantas sonrisas. Gracias por esa mano tendida…

GRACIAS INFINITAS a tod@s y cada un@ de los que habéis formado parte de mi Camino por vuestro derroche de energía, de fuerza y de amor. Y gracias al Buen Dios por haber juntado nuestros Caminos.

2

Hasta que la vida nos junte

Introducción. Noviembre es un mes necesario en nuestra vida. Es verdad que es frío, otoñal, oscuro, un poco gótico, nostálgico, romántico… Gris como el granito de los cementerios, negro como los cuervos que revolotean en mis sueños… Difuntos, calaveras, halloween, telas de araña, zombis, que nos sitúan ante nuestra fragilidad y caducidad. Nos recuerda que somos pasajeros, peregrinos, que venimos a este mundo en un momento dado y que después de un tiempo nos iremos de él. Pero vuelvo a repetir que es necesario, porque nos ayuda a relativizar muchas de nuestras preocupaciones y de nuestras urgencias y nos invita a pensar en lo escatológico, en lo definitivo, en el fin último al que nos van llevando nuestros pasos. Es necesario de vez en cuando frenar los acelerados ritmos de nuestros días: las decisiones, las altas velocidades de nuestros horarios, las bandas anchas por las que se nos cuelan las informaciones y las prisas… Y situarnos como buscadores de conciencia y de luz. Encontrar respuestas al ¿para qué vivir?, ¿quién soy?, a los ¿cómos?, a los ¿con quién?, al ¿hacia dónde?
La fe lo ilumina todo con una nueva luz, y, si es cierto que no nos ahorra ningún sufrimiento ni nos evita derramar lágrimas, sí que nos ofrece la posibilidad de entender y de experimentar la compañía y el amor salvador de quien asume nuestras vidas y toda la existencia humana.
Comenzamos el mes con el día de Todos los Santos, recordando la llamada universal a la santidad: que la bienaventuranza, la dicha, la felicidad son el estado al que Dios nos ha destinado. Aceptando la particularidad y la individualidad de cada uno, nuestros talentos y virtudes, nuestros defectos y límites, se nos invita a desplegarlos y a ponerlos al servicio de los demás. Ser santos no es formar parte de una élite de privilegiados, que han llegado a no sé qué meta, a un olimpo reservado a unos pocos, sino hombres y mujeres de todas las edades, de todos los estados, de todas las razas, de todas las naciones y clases sociales, que han vivido y han amado como han sabido, en medio de sus circunstancias y de su época histórica, haciendo la voluntad de Dios… Y siendo lo más felices que han podido.
El dos de Noviembre celebramos el día de Todos los fieles difuntos, el afrontar con sinceridad y valentía uno de los misterios más profundos de la vida humana: nuestra muerte y la de los seres a los que queremos. Aprender a reconocer nuestra fecha de caducidad, nuestra impotencia para mantener el fino y delicado hilo que nos conecta a la vida. La muerte nos humilla a los humanos, porque ¡mira que inventamos, que descubrimos, que avanzamos por los mágicos caminos de la ciencia y de la tecnología! Pero nos enfrentamos a algo que no sabemos ni vencer ni erradicar: la enfermedad, los accidentes, lo imprevisto, lo sorprendente. Ahí es donde recibimos la invitación humilde de parte de Dios a confiar en él. A saber que lo que es imposible para nosotros, es posible para él.

Lo que Dios nos dice. “El Señor todopoderoso preparará en este monte para todos los pueblos un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera, manjares exquisitos, vinos refinados. Y en este monte destruirá la mortaja que cubre todos los pueblos, el sudario que tapa a todas las naciones. Destruirá la muerte para siempre, secará las lágrimas de todos los rostros, y borrará de la tierra el oprobio de su pueblo -Lo ha dicho el Señor-. Aquel día dirán: Este es nuestro Dios, de quien esperábamos la salvación, éste es el Señor en quien confiábamos; alegrémonos y hagamos fiesta pues él nos ha salvado. Se ha posado en este monte la mano del Señor”. Is 25,6-10. Hay una promesa firme que Dios hace a la humanidad. Quien nos ha dado la vida pide nuestra respuesta confiada para llevarnos a la plenitud de esa Vida en nosotros. La muerte no es un error o un fallo en el proyecto de Dios. Como no es un error que la semilla tenga que germinar y romperse para convertirse en un gran árbol o que el gusano se convierta en mariposa después de un tiempo oculto en la crisálida. Es parte del ciclo de la vida. Y la muerte es la oportunidad que nos lleva al nuevo y definitivo nacimiento.
El que nos conoce, el que nos ha formado, nos ofrece su mano, su cuidado y todo lo que necesitamos para reconocerle y para amarle.“¡Da gritos de alegría, Sión, exulta de júbilo, Israel, alégrate de todo corazón, Jerusalén! El Señor ha anulado la sentencia que pesaba sobre ti, ha barrido a tus enemigos; el Señor es rey de Israel en medio de ti, no tendrás que temer ya ningún mal. Aquel día dirán a Jerusalén: No tengas miedo, Sión, que tus brazos no flaqueen; el Señor tu Dios en medio de ti, es un salvador poderoso. Dará saltos de alegría por ti, su amor te renovará, por tu causa danzará y se regocijará, como en los días de fiesta. Yo he apartado de ti el día que te trajo el oprobio; y esto es lo que voy a hacer con todos tus opresores: aquel día salvaré a las ovejas cojas y reuniré a las dispersas. Yo te daré honor y fama en todos los países”. Sof 3,14-19. Se alegra por nosotros quien se ha comprometido con amor eterno, quien nos va asociando a otras personas a lo largo de la vida y quien nos enseña a descubrirle en el rostro de los demás. Hasta que la vida junte a los bebes y a sus ilusionados papás que le esperan durante largos nueve meses. Nos junta a la vida a los amigos que vamos necesitando en las diferentes épocas de nuestra vida. Nos junta a las familias que tenemos, escuela donde se aprende a convivir, a confiar, a perdonar. La vida nos une a las personas que dejan una huella imborrable en nuestra memoria y en nuestro corazón.

Cómo podemos vivirlo. La muerte puede ser la gran enemiga, que cubre con su sombra toda nuestra vida, o puede convertirse en la hermana, en la compañera que nos recuerda continuamente el regalo que es la vida y el tesoro que supone estar unidos y caminar juntos hacia la casa definitiva del Padre.

1