oración

Cuaresma: una ITV para el alma

Ayer celebrábamos el Miércoles de Ceniza y daba comienzo la Cuaresma.

Estuve en la misa que concelebraban Vicente y Juan en Nuestra Señora de las Américas en Madrid y me llamaron la atención las palabras de Vicente en la homilía (tiene la maravillosa capacidad de situar en la cotidianeidad el mensaje evangélico).

Hablaba del significado de la conversión y de cómo la Cuaresma es como una ITV para el alma. Al igual que los coches pasan de vez en cuando una inspección para comprobar que no contaminan más de lo debido y para chequear que frenos, luces, etc. funcionan correctamente, nuestra alma afronta esta época como un análisis de «niveles».

Me gustó el paralelismo.

La Cuaresma es tiempo de conversión y Vicente nos animó a reflexionar sobre muchas actitudes que estamos llamados a convertir: la falta de agradecimiento ante los muchos regalos que nos brinda Dios en nuestra vida, el escaso cuidado que ponemos en la relación con nuestros seres más queridos, la crítica y la queja continuas, etc.

Se trata de reflexionar sobre qué actitudes o qué comportamientos nos alejan de Dios y de los demás y tratar de modificarlos.

Los pilares de la Cuaresma son la oración, la limosna y el ayuno. Pero a veces nosquedamos en la superficie y no profundizamos en lo que eso puede significar. Creemos que, cumpliendo unos dogmas (rezar, dar unas monedas o no comer carne los viernes), «hemos cumplido».

Quizá podíamos intentar ir más allá durante esta Cuaresma: añadiendo a esas ayudas materiales (que son necesarias) el apoyo a los demás, sean amigos o no, con una palabra amable, con nuestra solidaridad, con un consejo o simplemente con una mirada de comprensión; incorporando a los ayunos actitudes que queremos desterrar (la queja, la crítica o el desánimo…) e intensificando la oración, para que nuestro Padre nos ayude en los momentos difíciles de esta tarea que afrontamos.

Sería una buena manera de hacer que la Cuaresma fuera un tiempo de verdadera conversión.

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A propósito de los propósitos

Cabo Norte (Noruega)

Cabo Norte (Noruega)

Desde hace unos años, durante los primeros días del mes de Enero se habla de los propósitos de año nuevo.

Un propósito es solamente el primer paso, indica que vislumbramos en lo que nos proponemos un camino y una oportunidad. El siguiente paso es aún más importante, se trata de pasar de la propuesta a la decisión firme. Cuando decidimos, ejercemos nuestra libertad y, de alguna forma, ya hemos iniciado el cambio.

Comenzar un año nuevo es un motivo de esperanza. Por experiencia, sabemos que necesitamos fundamentar nuestra esperanza en Alguien seguro y que nos inspira confianza. ¿Quién mejor que Dios? ¿Quiénes mejor que las personas que nos quieren de verdad?

Sin el apoyo de los otros y de ese Otro, que se nos ha hecho cercano en Jesús de Nazaret, a través de la Virgen María; los propósitos, que antes nos ilusionaban, empiezan a parecernos cuestas empinadísimas y nos puede venir el desánimo.

He comenzado este año 2011 no ya con un propósito nuevo sino con la decisión de mirar hacia delante confiando, creyendo y esperando de forma activa, con la decisión de continuar dedicando tiempo a la oración y al encuentro personal con nuestro Dios, con el deseo de estar más cercana y abierta a las personas con las que comparto, con el reto de comunicar la fe y la paz, con el compromiso de realizar mi parte en la misión con paciencia y constancia.

Está bien ponernos tareas concretas que nos lleven a alcanzar el objetivo, a través de pequeñas metas.  (Cosas tales como: leeré cada día la Palabra de Dios, dedicaré más atención a mi familia, haré alguna acción diaria o semanal para reflexionar o meditar, me ocuparé de cuidar mejor mi salud con algo de ejercicio físico, una alimentación correcta y un descanso suficiente, intentaré tender puentes con aquellas personas con las que necesito mejorar mi relación, me ocuparé de realizar alguna actividad durante el año que me ayude a formarme en algo que me interese.) En definitiva, se trata de encontrar medios que nos aporten armonía con la naturaleza, con nosotros mismos, con los demás y con Dios. Lo esencial es ser consciente de que Dios nos da, no sólo un nuevo año de tiempo, sino un año de su Gracia, de su Amor. Un año para contar de nuevo con Él, para vivir renovados.

Como dijo alguna vez a sus discípulos Jesús: a cada día le basta su propio afán. Los propósitos que hemos vislumbrado se han de realizar en el día a día. Probablemente encontraremos dificultades internas y externas pero eso será señal de que estamos vivos y en camino de verdad. Cuando al final de la jornada echemos la vista atrás veremos las huellas en la arena. En aquellos momentos en los que nos hayamos sentido solos, descubriremos que sólo se ve un par de huellas, son las huellas de Dios que nos lleva con amor en sus brazos.

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Solemnidad de la Inmaculada Concepción de María

A Cristo por María

A Cristo por María

Una forma muy adecuada de celebrar cualquiera de nuestras fiestas, de celebrar nuestra fe, es no dejar de mirar a la vida, al mundo, cuando tratamos de mirar a Dios. La mirada de fe con que celebramos hoy a María Inmaculada debe llegar a ella desde la mirada al mundo de hoy y desde las preguntas que la vida actual nos despierte en la conciencia.

La fe, la oración y la Liturgia nunca pueden estar desvinculadas del mundo o correríamos el peligro de transformarnos en una especia de secta que vive para sí misma en su burbuja imaginaria al margen de la realidad.

Cuando miramos hoy la realidad de nuestro mundo vemos que hemos progresado mucho en calidad de vida para una buena parte de la humanidad. Los derechos de la mujer van abriéndose paso, los niños están más protegidos, la medicina y la ciencia en general ha conseguido avances impensables y tantas otras cosas buenas que podríamos añadir como frutos de nuestra sociedad moderna. Esta consideración es real pero incompleta.

No podemos cerrar los ojos al hecho de que esa buena parte de la humanidad que vive con mayor calidad de vida es una minoría, mientras que la mayor parte de los seres humanos viven bajo la lacra de la miseria como mal endémico o condena de por vida.

Los niños de esa parte de la humanidad que vive en la pobreza no están protegidos, sino que trabajan de sol a sol o incluso venden su cuerpo por dos cuartos; tampoco para ellos la medicina es sino una palabra de ricos que nunca sabrán escribir correctamente.

Ambas caras de nuestro mundo nos ofrecen el rostro completo de un misterio: el Reino de Dios se abre paso entre las tinieblas del pecado, venciendo poco a poco los signos de muerte con que el pecado lastra y deforma nuestra dignidad humana.

María Inmaculada es el signo más acabado de esta victoria de Dios sobre el pecado, un signo que se nos da como estímulo que alienta nuestra voluntad de soñar con un mundo mejor mientras que nos entregamos a la causa de su construcción, la obra de Jesucristo y de su Madre Santísima.

«Pongo enemistad entre ti y la mujer entre su linaje y el tuyo…» (Ge. 3, 15) estas palabras del Génesis pronunciadas una vez que el hombre había cometido el primer pecado, desquiciándose y desquiciando a la Creación hermana, anuncian la eterna voluntad salvífica de Dios. Por ello a este pasaje del primer libro de la Biblia se la llama “el protoevangelio”, el primer evangelio, la primera buena noticia de Dios para el hombre que le ha traicionado por la torpe ganancia del pecado.

El pecado de Adán y Eva había provocado el desquiciamiento de la estirpe humana. El hombre creado a imagen y semejanza de Dios sufre, por el pecado, una herida de incalculables consecuencias. ESTO ES HOY DOLOROSAMENTE CLARO EN NUESTRO MUNDO.

En su eterno plan, Dios había creado al hombre por sobreabundancia de amor y lo había elegido para ser santo e inmaculado en su presencia. El pecado, sin embargo, introduce la desobediencia, el desorden y la pérdida de la armonía original, la armonía del «principio», pero no cancela el plan amoroso de Dios.

Había que rescatar al hombre también por sobreabundancia de amor recreándolo, creándolo de nuevo por encima de las circunstancias negativas en que su pecado había hundido su vida en un estado lamentable.

Jesucristo y su misterio pascual de victoria sobre el pecado y sobre la muerte es esa nueva creación, y María Inmaculada es el primer fruto de la estirpe humana QUE NOS MUESTRA la belleza radiante y la libertad de una vida que sólo se arrodilla ante Dios. Si se busca, por tanto, la razón de la presencia del Hijo de Dios entre los hombres y la razón de la Encarnación, ahí la tenemos: el amor por el ser humano.

«Dios se enamoró de su criatura» cuando la vio recién creada, y el Hijo eterno de Dios ha hecho hombre para servirnos de peldaño y trampolín que nos eleve, para acostumbrar al hombre a comprender a Dios, a comprender el incomprensible amor del Dios eterno por su pequeña criatura, por ti y por mí.

“El Pastor se ha hecho oveja”. Cristo ha venido a la tierra para tomar de la mano al hombre y presentarlo nuevamente al Padre y no sólo según esa gracia del principio que lo hacía ser amigo de Dios, sino con una gracia nueva que le hace ser hijo de Dios.

En este extraordinario plan de salvación aparece María Inmaculada, como la primicia de la salvación, como la estrella de la mañana que anuncia a Cristo, «sol de justicia», como la primera criatura surgida del poder redentor de Cristo, como aquella que ha sido redimida de modo eminente por Dios.

En un mundo desquiciado entre los mayores logros y las mayores miserias, la Gracia divina ha hecho surgir una criatura absolutamente pura y le ha conferido una perfección sin la más mínima sombra de pecado: María. Ella aparece en medio de esta singular batalla como la aurora que anuncia la victoria definitiva de la luz sobre la oscuridad.

Ella va al frente de ese grande peregrinar de la Iglesia hacia la casa del Padre.

En medio de las presiones que por todas partes nos apremian, María no abandona a los hombres que peregrinan en el claro oscuro de la fe. Ella es signo de segura esperanza y ardiente caridad.

Ella es nuestra madre, nuestra hermana mayor en la fe, nuestro modelo; ella es esa maestra que nos enseña a ser y a vivir desde la dignidad divina que su Hijo nos ganó.

A Cristo por María, ayer, hoy y siempre.

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350 millones de cristianos perseguidos y discriminados en el mundo

Cruceiro en el Camino de Santiago a Fisterra

Cruceiro en el Camino de Santiago a Fisterra

El evangelio de hoy no puede expresar mejor lo que ayer puso de manifiesto la organización Ayuda a la Iglesia Necesitada con el Informe sobre la Libertad Religiosa en el mundo de 2010 que hizo público.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a la cárcel, y os harán comparecer ante reyes y gobernadores, por causa mía. Así tendréis ocasión de dar testimonio. Haced propósito de no preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro. Y hasta vuestros padres y parientes, y hermanos, y amigos os traicionarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán por causa mía. Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas». Lucas 21, 12-19

Según el informe mencionado, unos 350 millones de cristianos son perseguidos o discriminados en el mundo. El documento analiza 194 países y señala que este tipo de problemas se dan en unos 90 estados. Arabia Saudí, Bangladesh, Egipto, India, China, Uzbekistán, Eritrea, Nigeria, Vietnam, Yemen y Corea del Norte son los países en los que se registran mayores violaciones a la libertad religiosa de los cristianos.

Según AIN, la situación ha empeorado desde el anterior informe, debido sobre todo a la mayor radicalización en el mundo musulmán, que hace aumentar el fanatismo, la intolerancia y las vejaciones. Además, se destaca la cristianofobia que se percibe en los países desarrollados.

Los datos de este informe y las palabras del evangelio, que, de forma llamativa, coinciden en el tiempo, nos deben hacer reflexionar:

Por un lado, debemos ser conscientes de lo necesario que es, ahora más que nunca, que los cristianos demos testimonio de forma valiente y clara. En estos momentos, nuestro compromiso debe ser total. Se trata de vivir de forma radical el mensaje de Jesucristo. Nuestra forma de vivir será el mejor de nuestros testimonios.

Por otra parte, es importante que en momentos de duda o tribulación, recurramos a Dios y confiemos en él (Haced propósito de no preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro). Evidentemente, nosotros solos no podemos hacer frente a los retos que el mundo actual plantea a nuestro compromiso cristiano. Pero debemos recordar que no estamos solos.

En tercer lugar, tenemos que perseverar en la oración, especialmente por todos aquellos hermanos que están sufriendo vejaciones, martirios, persecuciones e incluso la muerte por sus creencias, pero también por la unidad de los cristianos, por el Papa Benedicto XVI (que está mostrando una gran firmeza y una enorme valentía para afrontar los retos y los desafíos de un momento difícil pero crucial) y, por supuesto, por la perseverencia de nuestras almas de la que habla el evangelio de hoy.

Hoy más que nunca estamos llamados a la acción y a la oración…

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Ecos de una visita muy especial

Benedicto XVI

Benedicto XVI

Visita de un Papa sorprendente, peregrino de la fe, transmisor de la pasión por Dios y de la pasión por el ser humano

La visita de Benedicto XVI a Santiago de Compostela y a Barcelona ha sido un acontecimiento ilusionador e impactante para los católicos en España. Como muchas personas, lo he vivido a través de la televisión y deseo compartir las impresiones que me han dejado la celebración de la Eucaristía en la plaza del Obradoiro, en Santiago, el sábado, día 6,  y la consagración  de la basílica de la Sagrada Familia en Barcelona, el domingo, 7 de noviembre.

La presencia y las palabras del Papa tienen una gran profundidad, pero, a la vez, son claras;  parecen comedidas y sin embargo son cálidas. Ver el recibimiento de los peregrinos y de la comunidad de la Iglesia, me ha llenado de emoción, de gozo por compartir con el Apóstol y con tantas personas esta corriente de amor que es la fe y que nos conecta con Dios y entre nosotros.

Voy a desgranar algunos de los que podríamos llamar frutos de esta visita pastoral:

Esperanza y alegría.  Las personas que esperaban al Papa estaban entusiasmadas. Todos los rostros reflejaban gozo e ilusión; incluso los de aquellos que habían madrugado muchísimo para poder estar presentes en la celebración

Sentimientos de comunión y fraternidad que brotan de los gestos de bienvenida más allá del protocolo, de la llamada hecha por el Papa a Europa a recuperar la búsqueda y la apertura hacia Dios y de la invitación a que los católicos vivamos con cercanía y unidad en nuestra sociedad aportando el testimonio del amor y el servicio.

Una profunda paz. Benedicto XVI tiene una forma de mirar, de acoger, de transmitir sus mensajes que da paz. Todos sus gestos son de una gran ternura y serenidad.

La escucha atenta a Dios en su Palabra, a cada persona que se abre desde lo más verdadero de sí misma. ¡Cuánta falta nos hace, en nuestras relaciones, una escucha atenta para llegar a comunicarnos de verdad!

Un silencio hecho oración. Después de las palabras del Papa, en sus homilías y en sus discursos, nos quedamos en un silencio elocuente. Era admirable, en la plaza del Obradoiro, ver a una multitud de 7.000 personas en silencio, ese silencio donde se escucha la voz de Dios en nuestro interior.

La impresionante belleza de las obras humanas cuando se inspiran y apoyan en el amor de Dios. Las luces del atardecer en Santiago, la maravilla del templo de la Sagrada Familia, la música que se elevaba al aire, el ritmo de la liturgia, la calidez de tantos hombres, mujeres y niños unidos, y la alegría de los que han escuchado el mensaje del amor de Dios por todos sus hijos e hijas; y, escuchándolo, se lanzan a vivirlo en la vida cotidiana; todo ha sido, es bellísimo.

Gracias a Dios y, muy especialmente, gracias al Papa Benedicto XVI por venir a España y reavivar nuestra fe. A nosotros, nos queda la tarea de ser testigos del amor de Dios, de vivir como hijos suyos uniéndonos vitalmente a  Jesucristo.

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