oración

Audio-homilía: Pedid y se os dará

Este evangelio es una invitación a que reconozcamos que sólo con nuestras fuerzas el camino de la vida se hace demasiado largo. No contamos únicamente con nuestros recursos para llevar adelante tantos proyectos que nos cansan tanto. Nuestras fuerzas se van agotando como la batería de un móvil.

La oración no es otra cosa que pedir al Señor con humildad que nos regale la mirada que Él tiene sobre la realidad humana. Muchas veces nuestra perspectiva es muy pequeña y muy subjetiva. Y es bueno que Dios nos aporte la mirada que Él tiene sobre nosotros, sobre los demás, sobre la realidad… porque a lo largo de la vida nos vamos envenenando cuando vemos sufrimiento e injusticias.

La oración y la palabra de Dios nos cambian radicalmente la perspectiva sobre la vida. La oración cambia incluso la actitud de Dios (como se nos muestra en la primera lectura de este domingo), cuando ve nuestra actitud de humildad, nuestro deseo de cambio y nuestra insistencia para llamar.

Dios nos dice en este evangelio que tenemos que aprender a pedir luz, pero eso requiere humildad (sólo no puedo, por eso necesito que me des tu fuerza). Nos cuesta mucho pedir ayuda. No somos francos para abrir nuestro corazón.

Pedir y llamar es de humildes, buscar es de inquietos… Es cansado buscar, pero es lo único que nos hace sentir vivos.

Frente a tanto materialismo en el que se vivimos se tiene que abrir paso una mirada sobre la realidad que valore el corazón. Y eso es la oración. San Francisco de Asís decía que orar es mirar la realidad y contemplarla no desde el juicio sino desde la gratitud.

Pidamos a Dios que seamos personas que saben orar con la actitud adecuada.

Cada ser humano en su interior tiene mucha riqueza, pero tenemos que encontrar la puerta de acceso. Y eso con ruido no se encuentra.

Ojalá dediquemos espacio a escuchar nuestra voz interior y esa melodía que Dios quiere sacar de nuestro corazón: que pidamos, que busquemos, que llamemos, porque a quien vamos a encontrar es al Señor.

Audio-homilía: Pedid y se os dará

Evangelio según San Lucas

Un día, Jesús estaba orando en cierto lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, así como Juan enseñó a sus discípulos».
El les dijo entonces: «Cuando oréis, decid: Padre, santificado sea tu Nombre, que venga tu Reino; danos cada día nuestro pan cotidiano;
perdona nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a aquellos que nos ofenden; y no nos dejes caer en la tentación».
Jesús agregó: «Supongamos que alguno de vosotros tiene un amigo y recurre a él a medianoche, para decirle: ‘Amigo, préstame tres panes,
porque uno de mis amigos llegó de viaje y no tengo nada que ofrecerle’, y desde adentro él le responde: ‘No me fastidies; ahora la puerta está cerrada, y mis hijos y yo estamos acostados. No puedo levantarme para dártelos’. Yo os aseguro que aunque él no se levante para dárselos por ser su amigo, se levantará al menos a causa de su insistencia y le dará todo lo necesario. También os aseguro: pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá. Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abre. ¿Hay entre vosotros algún padre que da a su hijo una piedra cuando le pide pan? ¿Y si le pide un pescado, le dará en su lugar una serpiente? ¿Y si le pide un huevo, le dará un escorpión? Si vosotros, que son malos, sabéis dar cosas buenas a sus hijos, cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a aquellos que se lo pidan».

cerrados

Audio-homilía: La transfiguración: mientras oraba el aspecto de su rostro cambió…

Este evangelio es una catequesis de lo que puede dar de sí la oración cristiana. La oración es la forma que tiene el cristiano de respirar. Es algo vital para la vida del creyente, porque si no dialogamos cara a cara con Dios, vivimos solo con nuestras fuerzas y nuestros criterios. La oración nos da una nueva mirada sobre la realidad.

Este pasaje nos presenta a Jesús yendo a la montaña a orar. La montaña es un símbolo del alejamiento del bullicio.

Jesús quería enseñar a los discípulos a orar. Y no hay otra forma de aprender a orar que intentarlo. Es una experiencia personal y solo se puede llevar a cabo cuando cada uno se atreve a hablar con Dios directamente.

Se trata de encontrarse a solas con Dios, como Moisés y Elías hicieron. Y, cuando uno dialoga con Dios, irradia claridad. Moisés y Elías, por su trayectoria, tenían toda la autoridad del mundo para dialogar con Jesús. Moisés y Elías le enseñan a Jesús que ahora Él tiene que hacer la voluntad de Dios, le anticipan la pasión y muerte que vivirá en Jerusalem. Ellos son testigos de que el Dios de las promesas no falla y por eso dialogan con Jesús, para darle ánimo y motivación ante lo que le espera.

Tras esta experiencia, la reacción de los apóstoles es absolutamente humana: poseamos este momento, quedémonos aquí, olvídemonos de los demás… El amor humano es tan olvidadizo y tan cortoplacista que no se compromete con casi nadie.

Jesús en este diálogo con los hombres de Dios y después con sus discípulos se da cuenta de que está solo frente al Señor.

Teresa de Ávila dice que la oración es tratar de amistad muchas veces a solas con quien sabemos que nos ama.

Jesús salió reforzado de este momento, bajó del Tabor con la seguridad de que si necesitaba fuerzas y motivación se las tenía que pedir a Dios.

Cuando no tenemos claridad, cuando nos puede el cansancio o la tristeza, pidamos fuerzas al Señor y con esa fuerza caminaremos para lograr hacer su voluntad.

Audio-homilía: La transfiguración: mientras oraba el aspecto de su rostro cambió…

Evangelio según San Lucas

Unos ocho días después de decir esto, Jesús tomó a Pedro, Juan y Santiago, y subió a la montaña para orar.
Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se volvieron de una blancura deslumbrante.
Y dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías,
que aparecían revestidos de gloria y hablaban de la partida de Jesús, que iba a cumplirse en Jerusalén.
Pedro y sus compañeros tenían mucho sueño, pero permanecieron despiertos, y vieron la gloria de Jesús y a los dos hombres que estaban con él.
Mientras estos se alejaban, Pedro dijo a Jesús: «Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». El no sabía lo que decía.
Mientras hablaba, una nube los cubrió con su sombra y al entrar en ella, los discípulos se llenaron de temor.
Desde la nube se oyó entonces una voz que decía: «Este es mi Hijo, el Elegido, escuchadlo».
Y cuando se oyó la voz, Jesús estaba solo. Los discípulos callaron y durante todo ese tiempo no dijeron a nadie lo que habían visto.

cerrados

Olvidar el cargador

Introducción. Me imaginaba un teléfono móvil al que no le gustara nada que le conectaran al cargador. Que viviera ese hecho como una prisión, como un cortarle la posibilidad de comunicarse con el mundo. Que huyera de esas horas necesarias para alimentar la batería descargada después de tanto uso. Habría que hacerle entender que cargarse no es una pérdida de tiempo, que es esencial, que es imprescindible. Que si no hay batería no puede funcionar ni ser útil. Que si no pasa algún momento enchufado a la red no sirve para nada. Pues así me veo yo en épocas de mi vida donde la alegría me viene de lo que hago, de la actividad, de las eficacias, de los resultados, olvidando que mi valor no reside en lo que hago, sino en lo que soy. Sé que no tendría que ser así. Sé que tendría que equilibrar la actividad con la oración, con el alimento del corazón, pero lo cierto es que pasan los días y las semanas envueltos en mil quehaceres que a veces desgastan las fuerzas, y erosionan las alegrías. Menos mal que cada cierto tiempo me espera el Señor y me regala un parón, un salirme de mis caminos y me vuelve a indicar por dónde está el camino. Jesús es muy claro en ese punto: «Sin embargo, no os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos más bien de que vuestros nombres estén escritos en el cielo». Lc 10,20.
Tristemente aún soy muy deudor de una mirada eficacista de mi propia vida y de la de los demás. Todavía tengo una visión de Dios exigente, que me ama si logro hacer méritos para ello. Como si el amor que me tiene me lo tuviera que ganar. Todavía, después de tantos años, me cuesta vivir en la gratuidad y en la alegría de un amor que desborda toda lógica y toda explicación. Y siempre hay situaciones que me recuerdan la necesidad de volver a empezar, de volver a conectarme al cargador, porque sin él no puedo hacer nada. «Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece unido a mí, como yo estoy unido a él, produce mucho fruto; porque sin mí no podéis hacer nada. El que no permanece unido a mí, es arrojado fuera, como los sarmientos que se secan y son amontonados y arrojados al fuego para ser quemados». Jn 15,5-6.
Es propio de este tiempo el resfriarse, el congestionarse, el tener malestar general y yo he pasado una semana flojillo, espeso, debilitado. Y me ha servido mucho para entender que mi vida no puede apoyarse en mis fuerzas, en mis capacidades, en mis estados de ánimo. La fragilidad es un elemento que nos constituye. Por eso no podemos apoyarnos en lo que nos sentimos capaces de hacer, sino en el que nos ama conociendo nuestra fragilidad. «Con amor eterno te amo». Jr 31,3.

Lo que Dios nos dice. «Pero este tesoro lo llevamos en vasijas de barro, para que todos vean que una fuerza tan extraordinaria procede de Dios y no de nosotros. Nos acosan por todas partes, pero no estamos abatidos; nos encontramos en apuros, pero no desesperados; somos perseguidos, pero no quedamos a merced del peligro; nos derriban, pero no llegan a rematarnos». 2ªCor 4,7-9. Hay momentos de la vida que nos sentimos abatidos, en apuros, derribados, pero que forman parte de nuestro camino de aprender. La invitación que he recibido del Señor en este tiempo ha sido la de disfrutar de todo lo que vivo, la de sorprenderme de todo lo que ocurre. No estar esperando planes ideales o experiencias novedosas. Encontrar en la sencillez de lo conocido razones suficientes para la alegría y la gratitud. Sustituir la palabra exigencia y obligación por oportunidad y ocasión. Cuando nos falla la salud, empezamos a apreciar lo bueno que es lo normal. En la ausencia de lucidez, de agilidad mental, lo que queda es la gratitud de sentirme muy acompañado y muy amado en mi debilidad. Nosotros seguimos empeñados en hacer muchas cosas para que se vea lo muy buenos que somos. La sorpresa es que el amor de Dios se percibe en su mayor nitidez cuando no lo merezco, cuando no me lo he ganado.
«Los fariseos y sus maestros de la ley murmuraban contra los discípulos de Jesús y decían: -¿Por qué coméis y bebéis con publicanos y pecadores? Jesús les contestó:-No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores, para que se conviertan». Lc 5,30-32.
Cada vez asocio más la alegría a con quién vivo las cosas que a las cosas que hago. Reconozco que nuestras ganas de amar, de actuar, de ser eficaces, a veces esconden otra necesidad más subliminal que es la búsqueda de valoración, de utilidad, de sentido. Nuestras agendas apretadas, nuestras vidas exigidas pueden deberse a la cantidad de gente que nos necesita, a la demanda que hay de obreros para una mies tan abundante… Pero muchas veces también suponen la necesidad que tenemos de valoraciones, de aprecios. Cuanto más hago, más siento que valgo… Con la actividad apago las voces que me preguntan por mí, por quién soy, por mi sentido.

Cómo podemos vivirlo. Jesús en el evangelio aparece en muchas ocasiones buscando la soledad. El marcharse a un lugar solitario, aparte del bullicio. Necesitaba apartarse y hacer distancia de su propia obra, de sus éxitos y de sus fracasos. Necesitaba escuchar de nuevo a aquel que le había confiado la misión.«Los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. Él les dijo:-Venid vosotros solos a un lugar solitario, para descansar un poco. Porque eran tantos los que iban y venían, que no tenían ni tiempo para comer». Mc 6,30-31. No podemos olvidarnos el cargador porque quedarnos sin móvil nos aísla. Pero más importante todavía es no olvidarnos de orar, de mirar la realidad con la mirada de Dios. Para vivir con la sorpresa de un amor que nos acompaña siempre, lo merezcamos o no.

3

Cuando nadie me ve

Introducción. Este inicio de mes está siendo un regalo de parte de Dios. Me está ofreciendo, en medio de la aparente soledad externa, la posibilidad de reconocer de forma muy clara que Él es, de verdad, el verdadero compañero de mi vida. Por diferentes motivos toda mi comunidad está ausente. Me encuentro solo al frente de toda la actividad de la parroquia pero sin tensión, sin miedos, sin agobios y eso es posible porque me siento profundamente acompañado. Es cierto que la comunidad es necesaria para la vivencia creciente de nuestra fe. Pero es que la comunidad es algo mucho más amplio que los misioneros que viven conmigo. La comunidad no es un ente externo al que yo me agrego. La comunidad es lo que llena mi corazón, lo que yo vivo con las personas. La forma de relacionarme, de escuchar, de compartir, de festejar y de vivir las preocupaciones y los sufrimientos. Comunidad son todos los hombres y mujeres que la Vida va asociando a nuestros días y que, de muchas maneras y de diferentes formas, se van comprometiendo conmigo, siendo ayuda para que el proyecto del Reino se vaya concretando en nuestro mundo.
Reconozco que quien me da la fuerza, la capacidad de organizarme, de priorizar, de discernir, es el diálogo sincero y eficaz de la oración. Cuando nadie me ve, me paso ratos calmados, junto al Señor, en la capillita de la parroquia y experimento su presencia, que lo llena todo, que lo ilumina todo. Pero no es menos verdad que me siento muy amado por las personas que me rodean. Atentas a cualquier necesidad que aparezca, desde lo más material, hasta el interés por cómo estoy por dentro, de alegre, de cansado, de feliz… Vivo en la confianza de que, junto a la prueba, es Jesús el que me da la fuerza para superarla. «Ninguna prueba habéis tenido que rebase lo soportable, y podéis confiar en que Dios no permitirá que seáis puestos a prueba por encima de vuestras fuerzas; al contrario, junto a la prueba, os proporcionará fuerzas suficientes para superarla». 1ª Cor 10,13.
En medio de los trabajos, los líos, el teléfono que no deja de sonar, las agendas que se empiezan a llenar, aparece el permanente recuerdo de que no estamos solos, de que hay un viajero que recorre a nuestro lado las cuestas de cada día…

Lo que Dios nos dice. «Aquel mismo día, dos de los discípulos se dirigían a una aldea llamada Emaús, que dista de Jerusalén unos once kilómetros. Iban hablando de todos estos sucesos. Mientras hablaban y se hacían preguntas, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos estaban ofuscados y no eran capaces de reconocerlo.» Lc 24,13-16. Nos pasa que nos ofuscamos con mucha facilidad. En cuanto aparece un imprevisto, un sobresalto, algo que no controlamos, nos invade la sensación de inestabilidad, de vértigo, de caída sin fondo al abismo. Y olvidamos que estamos apoyados en unas manos y en una fuerza mucho más grande que la nuestra. Hay cimiento, hay razones para la confianza. Hay una presencia continua del Amor, que recorre nuestra historia personal y comunitaria, que nos renueva la esperanza y las fuerzas cuando las perdemos. «¿Qué Dios hay como tú, que absuelve del pecado y perdone la culpa al resto de su heredad, que no apure por siempre su ira, porque se complace en ser bueno? De nuevo se compadecerá de nosotros; sepultará nuestras culpas, y arrojará al fondo del mar nuestros pecados. Así manifestará tu fidelidad a Jacob, y tu amor a Abrahán, como lo prometiste a nuestros antepasados, desde los días de antaño». Miq 7,18-20. Si tuviéramos un poco más de fe, nos situaríamos frente a la realidad que nos envuelve confiados, abandonados, fluyendo con las fuerzas de las personas que nos acompañan. Sin resistencias que hieren, sin acusaciones, sin juicios o descalificaciones. El miedo nos hace injustos y solemos culpar y descalificar a personas que no tienen culpa de nada. El miedo desfigura tanto la mirada que, en vez de ver a Jesús, vemos fantasmas. Y en vez de sentirnos hijos de Dios, nos convertimos en pobres víctimas abandonadas.
«Sión decía: Me ha abandonado Dios, el Señor me ha olvidado. ¿Acaso olvida una mujer a su hijo y no se apiada del fruto de sus entrañas? Pues aunque ella se olvide, yo no te olvidaré. Fíjate en mis manos: te llevo tatuada en mis palmas; tengo siempre presente tus murallas. Se dan prisa quienes te reconstruyen; ya se marchan los que te demolieron y te asolaron». Is 49,14-17. Justo cuando más tristes y solos nos vemos es cuando más cerca se encuentra de nosotros la posibilidad de reconocer sorprendidos la presencia de quien nos compaña y nos guía. La misma sorpresa de los discípulos de Emaús. «¿Quédate con nosotros, porque es tarde y está anocheciendo. Y entró para quedarse con ellos. Cuando estaba sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero Jesús desapareció de su lado. Y se dijeron uno a otro: ¿No ardía nuestro corazón mientras nos explicaba las escrituras? En aquel mismo instante se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén». Lc 24, 29-33.

Cómo podemos vivirlo. Cuando nadie nos ve podemos ejercitar la confianza y el abandono de todo aquello que nos preocupa y que nos agobia. Podemos comer el pan que cada día Dios nos regala. Tenemos cerca las palabras que hacen arder nuestro corazón. Y sobre todo podemos estar atentos a las personas que nos revelan continuamente el rostro misericordioso de Dios. ¡Cuántas buenas noticias recibimos a través de los hermanos! ¡Cuántas historias que nos tocan el corazón, cuántas miradas, cuántas sonrisas!. Que el déficit de atención no nos robe las continuas señales que Dios nos regala de su amor y de su cuidado.

1

Cuaresma: preparación, encuentro y transformación

Acabamos de empezar la Cuaresma, un tiempo de 40 días en el que la Iglesia llama a los creyentes a prepararse para la Pascua.

Tanto la Cuaresma como sus principales signos de identidad (oración, ayuno, y limosna) son vistos por algun@s como cuestiones trasnochadas, inútiles y apartadas del mundo actual. Pero nada más lejos de la realidad.

La Cuaresma es fundamentalmente un periodo de preparación para un momento decisivo.

En ese sentido, tod@s, creyentes y no creyentes, vivimos nuestras particulares cuaresmas. Instantes en los que debemos encontramos a solas con nosotr@s mism@s y prepararnos para afrontar situaciones cruciales de nuestra trayectoria vital… Momentos en los que aparecen muy fuertemente todo tipo de tentaciones: el abandono, la tristeza, la huida hacia delante, el odio, la venganza, la búsqueda del bien propio a toda costa… Se trata de parar y templar, mirarnos por dentro, preguntarnos dónde estamos y a dónde vamos, valorar lo que es más importante para nosotr@s, analizar los retos y sacrificios que nos esperan y armarnos de fortaleza espiritual.

Todos esos factores confluyen también en la Cuaresma cristiana. El mejor ejemplo y antecedente de nuestro periodo cuaresmal lo encontramos en Jesucristo. Él mismo, antes de empezar su misión, pasó 40 días en el desierto, orando y siendo tentado.

En este contexto de preparación, la oración, el ayuno y la limosna adquieren todo el sentido, no como simples ritos, sino como verdaderas herramientas de cambio en nuestra trayectoria.

La oración, el diálogo con Dios, que siempre es básico en la vida del cristiano, adquiere ahora una importancia capital. El apoyo, el acompañamiento, el consejo y la fuerza de quien más nos conoce y nos ama se hacen más necesarios que nunca. Orar es ejercitar el espíritu, contribuir a que el alfarero moldee nuestra arcilla, para que vivamos y vivamos en abundancia. Orando ponemos en manos del buen Dios las esperanzas, las dificultades, los deseos, las inquietudes que nos acompañan, como quien comparte con el mejor de los amigos su día a día.

El ayuno como privación voluntaria de placeres mundanos (la comida, la bebida, el sexo…) es una forma de limitar el poder de nuestros deseos primarios para fortalecer nuestro yo más espiritual. Se trata de someter los caprichos de nuestro cuerpo y dar más poder a nuestro corazón y a nuestra alma. Esta es una creencia que comparten diferentes religiones. De forma adicional, desde el punto de vista cristiano, con el ayuno también se busca que nos hagamos más sensibles a la voluntad de Dios y a las necesidades de los demás. No se trata de ayunar por ayunar, por ver qué se siente, por potenciar nuestro espíritu, por depurarnos físicamente o por controlar nuestro peso. Se trata de dar verdadero sentido a nuestro ayuno (penitencia, solidaridad, profundizar en la relación con Dios…) y de transformarnos por dentro. No sirve de demasiado ayunar si mantenemos nuestros odios, rencores, malos pensamientos, miedos, etc.

La limosna que se nos reclama no es únicamente desprendernos de nuestro dinero para darlo a los más desfavorecidos (que también). Es fundamentalmente abrir el corazón y el alma a las necesidades de l@s demás. Es pasar del yo al tú. Es sentir como propias las inquietudes de nuestr@s herman@s, acogerlas y actuar. Es ser consciente de que lo que hemos recibido como regalo, como don, lo debemos dar también gratuitamente. Es dar una nueva dimensión a las palabras solidaridad y servicio.

Oración, ayuno y limosna. Herramientas fundamentales para el cristiano, especialmente en Cuaresma.

Y no debemos olvidar un cuarto pilar: la penitencia, un sacramento también denostado, porque se ve como castigo y culpabilidad. La penitencia significa literalmente “cambio de vida”. Se trata de reflexionar sobre nuestros actos, de ser conscientes de nuestra debilidad, de reconocer que somos falibles, de dejar atrás orgullos y reconciliarnos con nosotr@s mism@s, con Dios y con los demás… y, por encima de todo, de enmendar nuestro camino. No se trata de agachar las orejas, humillarnos, entonar el “mea culpa”… para inmediatamente después retomar viejos comportamientos…

Tenemos por delante 40 días para profundizar en nuestra comunión con l@s demás, con Dios y con nuestro yo más espiritual, dando verdadero sentido y poniendo en valor la oración, el ayuno y la limosna… y apoyándonos en la penitencia como punto de inflexión para retomar nuevas actitudes.

¡Buena Cuaresma!

2