María

Qué querrá Dios de mi

Introducción. Cuando dejamos volar la imaginación y permitimos que el corazón se desahogue aparecen con mucha nitidez los deseos, las ambiciones, lo que nos gustaría vivir, que muchas veces se aleja de las posibilidades reales que la vida nos ofrece. Por lo menos a mi me pasa que las fantasías que llenan mi mente son realidades que no tengo a mano. Siempre queremos lo que no tenemos y en demasiadas ocasiones valoramos lo desconocido, lo que no tenemos cerca y no reconocemos lo precioso y el gran valor que tienen las personas y las circunstancias que vivimos. Nos parece atractivo lo que valoramos en los demás, sus formas de invertir el tiempo, sus esfuerzos, sus círculos de amistades, los planes y proyectos que llenan sus agendas. Y cuando acercamos la mirada a nuestras propias vidas las vemos demasiados sencillas, demasiado corrientes. Y lo cierto es que no es así. Hay mucha grandeza en lo que ocurre en un día normal. Necesitamos desaprender de lo grande y volver la mirada a lo sencillo, a lo que nosotros podemos vivir y ofrecer a los demás. A veces necesitamos perderlo todo para recuperarlo valorándolo en su justa medida. Para ello debemos aclarar nuestra mirada y desinfectarla de la cantidad de soberbia y de ofertas grandilocuentes que en el fondo no son más que maquillaje y lentejuelas.

Lo que Dios nos dice. «Señor, mi corazón no es ambicioso, ni mis ojos altaneros; no pretendo grandezas que superan mi capacidad. Sino que acallo y modero mis deseos, como un niño en brazos de su madre; como un niño saciado así está mi alma dentro de mí. Espere Israel en el Señor ahora y por siempre». Sal 131.
Moderar y acallar no es reprimir. Es aceptar que soy el que soy, agradeciendo profundamente los talentos y las capacidades que se me han dado. Claro que hay que trabajar cada día con intensidad por lograr que nuestra vida se parezca a lo que soñamos de ella. Claro que es bueno tener objetivos, ilusiones, proyectos, pero que sean realizables. No buscar paraísos inalcanzables que nos llenan de frustraciones y de decepciones, si no los logro alcanzar.
Pasarme la vida en la comparación, en la exigencia, en querer ser otro, diferente al que soy. Tener otra vida, otro físico, otra edad, otra inteligencia u otras habilidades es despreciar el regalo real que Dios me ha hecho al darme la vida que tengo. La envidia amarga mi propia historia. Y lo curioso es que a los ojos de los demás muchas veces soy más valioso y más dichoso de lo que yo mismo soy capaz de reconocer y de considerar.
«Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios». Mt 5,8.
Ver a Dios en mi vida, en mi historia, en mi sencillez, es la fuente de la alegría. Alegrémonos porque el Señor está con nosotros. Y si él está y si él nos regala lo que somos, no podemos más que activar la gratitud, la contemplación de las grandes obras que él es capaz de realizar mirando la humildad y la pequeñez de sus hijos. María es maestra en el arte de descubrir y contemplar la presencia de Dios en lo sencillo.
«Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador; porque ha mirado la humildad de su sierva. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí: su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación». Lc 1,46-50.
Es cierto que no tengo todo lo que me gustaría tener. Es cierto que convivo diariamente con mis límites, con mis errores, con mis frustraciones. Pero lo más cierto es que como somos, con lo que vivimos y compartimos, ya hay mucha gente que agradece nuestra vida. Somos muy importantes para un puñado de gente, comenzando por nuestras familias, amigos… Que reconocen que sus vidas no serían las mismas sin nuestra presencia, sin lo que les provocamos al estar cerca de ellos. Y eso ya nos tiene que alegrar muchísimo.
¡Cuántas veces he escuchado de personas adultas preguntarse sobre cuál es la voluntad de Dios sobre sus vidas! Como si todavía no hubiesen estrenado el regalo de vivir. Como esperando que ocurran cosas desde fuera que les confirmen su acierto y su valor. Y cuando conozco algo de esas vidas me sorprendo de lo poco que se valoran y se aprecian.
¿Te parece poco haber traído hijos al mundo? ¿Te parece poco haber fundado una familia? ¿Nos parece poco haber colaborado con todo nuestro esfuerzo y nuestra capacidad a sacar adelante una empresa, una tarea profesional, una vocación a la enseñanza, a la medicina, al sector de los servicios? Te has pasado una vida sirviendo en un bar, en un comercio, conduciendo un autobús de la EMT, pilotando un avión, o como subdirector de una sucursal. Ayudando, hablando, aconsejando, escuchando. ¿Es que ayudar a la buena convivencia en un colectivo humano no es construir Reino de Dios?

Cómo podemos vivirlo. Y seguimos en lo más profundo del corazón sin creernos que la vida la hemos entregado, desde la luz que hemos tenido, como hemos sabido. Si eso no nos llena de alegría, nuestra vida olerá a fracaso, a oportunidad desaprovechada, a tristeza. Esperando con nostalgia que las buenas noticias nos lleguen desde fuera, cuando en realidad, lo mejor de mi vida ya está sucediendo. No con criterios de éxito, de realización personal, de logros u objetivos conquistados. Pero sí como ser el objeto de un amor eterno, muy amado, muy cuidado, desde toda la eternidad por el amor de Dios que nos creó y que nos sostiene la vida día a día.

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Audio-homilía: Fiesta de la Virgen de la Almudena 2014

Esta Virgen de la Almudena tiene mucho que enseñarnos, porque es una derribadora de muros, como su propia historia nos indica. Curiosamente, tal día como hoy, un 9 de noviembre de hace 25 años se derribó el Muro de Berlín. Pues bien, esta Virgen viene a derribar muros físicos y psicológicos, barreras, prejuicios y miedos que nos separan de los demás.

Los hombres con mucha facilidad hacemos bandos y generamos confrontaciones territoriales, ideológicas, políticas, de sexo… Y buscamos que la política resuelva lo que está en nuestras manos modificar: lo que cambia al mundo es la conversión personal de cada corazón, el cambio concreto de cada uno de nosotros hacia el amor.

Derribemos conscientemente los muros que nos alejan de los demás. Que la política, que el deporte, que los territorios, que las creencias religiosas, etc. no sean muros que nos separen… No nos dejemos llevar por encasillamientos y prejuicios. Los muros se levantan desde el temor y se derriban cuando miramos con confianza que el Padre que nos protege es más fuerte de todas las divisiones.

La imagen de María tiene mucho que enseñarnos: ella permanece al pie de la cruz porque sabe que el dolor que vive su hijo no es definitivo. María es integradora, eucarística, es la sacerdotisa que nos ofrece a su hijo amado para la salvación del mundo, es fuerte porque está convencida de que las promesas de Dios no le van a defraudar. Su fe le hace reconocer que la última palabra no la tienen la maldad del hombre, el dolor o la muerte, sino la misericordia.

Por eso, las mujeres, desde nuestra capacidad integradora, tenemos un papel fundamental en el mundo actual, derribando muros. Y en nuestro Madrid tan incendiado y bullicioso.

Ojalá que todos, como María, tengamos la fe, la confianza y la certeza de que las promesas de Dios se cumplen para evangelizar nuestro Madrid y nuestros entornos.

Evangelio según San Juan

Se acercaba la Pascua de los judíos. Jesús subió a Jerusalén y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas y a los cambistas sentados delante de sus mesas. Hizo un látigo de cuerdas y los echó a todos del Templo, junto con sus ovejas y sus bueyes; desparramó las monedas de los cambistas, derribó sus mesas y dijo a los vendedores de palomas: «Sacad esto de aquí y no hagáis de la casa de mi Padre una casa de comercio».
Y sus discípulos recordaron las palabras de la Escritura: El celo por tu Casa me consumirá.
Entonces los judíos le preguntaron: «¿Qué signo nos das para obrar así?».
Jesús les respondió: «Destruid este templo y en tres días lo volveré a levantar».
Los judíos le dijeron: «Han sido necesarios cuarenta y seis años para construir este Templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?».
Pero él se refería al templo de su cuerpo.
Por eso, cuando Jesús resucitó, sus discípulos recordaron que él había dicho esto, y creyeron en la Escritura y en la palabra que había pronunciado.

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En estos días inciertos en los que vivir es un arte

Introducción. Vivimos en tiempos inciertos, ya lo cantaban los Celtas Cortos: «En estos días inciertos en los que vivir es un arte…». Y siento en lo profundo del corazón que es bien difícil vivir en estos tiempos donde los que ejercen la autoridad no han llegado al cargo por su capacitación o por su formación, sino en muchos casos por amiguismo, por enchufe o por ser familia de no sé quién. Cuando te enteras de las tramas de cómo se deciden los nombramientos de obispos, a qué diócesis van, siempre con equilibrios, para que nadie se enfade, que dependen tanto de maniobras ocultas en medio de la oscuridad… Tiempo donde los medios de comunicación se hacen eco de las noticias más inverosímiles, sin contrastar si son ciertas o no. Bulos que inundan la red, como la muerte de Benicio del Toro el actor al que daban por muerto en las redes sociales o la orgía de los ancianos holandeses en la que murieron más de 20 o la embarazada por un stripper que era enano. Lo que prima es la lucha encarnizada por la audiencia, por la exclusiva, por ser el primer medio que anuncia algo, aunque lo que se anuncie sea totalmente falso.
Y sumergidos en esta vorágine de la rapidez, de la prisa, de llegar los primeros, se nos invita a ser contemplativos en acción. Personas que desde la fe, miramos el mundo, los acontecimientos, las personas, no con el juicio fácil o rápido, sino con la compasión, la acogida y la misericordia con que Jesús nos enseña a vivir. Más que nunca hacen falta personas centradas en lo esencial, no en el maquillaje, la apariencia, sino en lo que está pasando en lo profundo de los corazones, en las intenciones, en el corazón.

Lo que Dios nos dice. «Fueron corriendo y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que se les había dicho de aquel niño. Todos los que lo oían se admiraban de lo que les habían dicho los pastores. María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Y se volvieron los pastores dando gloria y alabanza a Dios por todo lo que habían oído y visto, conforme a lo que se les había dicho». Lc 2,16-20.
A María, como a nosotros, le pasaron muchas cosas en su vida: una vida llena de imprevistos, de sobresaltos, de retos, de desinstalaciones. Desde el sorprendente anuncio del ángel, hasta la forma tan precaria de dar a luz su hijo. O la salida a Egipto por la amenaza sobre la vida del bebé. Un nuevo país, una nueva cultura, un nuevo idioma. Y ella no vivía las cosas con histeria, culpabilizando a todo el mundo, instalada en la queja, en el reproche, en el enfado, sino que guardaba en el corazón lo que ocurría y lo interpretaba como los caminos y las sendas por donde Dios le iba llevando.
«Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humildad de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el poderoso ha hecho obras grandes en mí: su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación». Lc 1,46-50.
¿Cómo puedo estar alegre cuando todo lo que me rodea es improvisación, cuando no controlo nada, cuando los acontecimientos me superan, cuando lo que yo quiero que pase no sucede? Sólo hay una respuesta y es la confianza depositada en quien sabemos que nos ama y que nos cuida. María ve que le están pasando cosas grandes, cuando el resto de la gente no las reconoce. Y eso nos recuerda que la belleza de un paisaje depende el 50% del paisaje y el otro 50 % de los ojos que lo miran.
Quizás a nosotros también nos pasen diariamente muchas cosas muy grandes, pero tan centrados como estamos en nosotros mismos somos incapaces de levantar la mirada y reconocerlas. Por eso hay que recordar una y otra vez que necesitamos despertar a una mirada contemplativa de la realidad. Tenemos que sosegar el alma, bajar el ritmo, calmar las pulsaciones y no tomarnos la vida como una tragedia o como una película de acción, con bombas, explosiones, tiros y persecuciones. Los días van al ritmo que yo decida. Del tiempo soy dueño yo. Y yo decido ir al ritmo de Dios.
«Sé vivir en pobreza y abundancia. Estoy avezado en todo y para todo: a la hartura y al hambre, a la abundancia y a la privación. Todo lo puedo en aquel que me conforta. En todo caso, hicisteis bien en compartir mis tribulaciones». Flp 4,12-13.
Estamos aprendiendo a vivir los momentos buenos y los malos; lo espontaneo, agradable, y feliz y lo difícil, lo que nos desagrada e incluso nos produce rechazo. Pero es que la vida es así. No solo nos pasan cosas agradables, y cuanto antes lo descubramos más felices seremos. Siempre tenemos un aguijón asociado a nuestra vida, se llamen personas, enfermedades, circunstancias… Pero todo se vuelve siempre ocasión para aprender.

Cómo podemos vivirlo. ¡Qué arte más grande saber vivir acogiendo las circunstancias como vienen y saborear todos los momentos que la vida nos brinda! No nos podemos pasar la vida rechazando lo que no nos gusta, como niños caprichosos, porque echaremos a perder mucho tiempo valioso que es irrecuperable. La realidad y las personas no son piezas de ajedrez que nosotros podemos mover a nuestro gusto o interés. Esa es una vieja aspiración humana de jugar a ser dios. Nosotros somos más humildes. En vez de ser arquitectos e ingenieros de nuestra vida, somos sobre todo acogedores sorprendidos y agradecidos de todo lo que pasa a nuestro alrededor. Somos invitados a participar de un banquete, de una fiesta, de una sorpresa continua que se llama existencia. Y si descubrimos lo que de niños llevamos dentro estamos dispuestos para el gozo y para la alegría.

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Ven y renueva la faz de la tierra

Introducción. El gran don del Espíritu Santo lo derrama Dios siempre que lo humano llega a su límite y cuando ya no sabemos ni podemos hacer nada. Dios, que es grande en su misericordia y en su compasión, se dispone a abrir puertas y ventanas, caminos que nadie conocía. Todo al servicio de la salvación de los hombres, para que se manifieste de una manera clara a nuestros propios ojos y a los ojos de los demás que la humanidad recibe la vida de Dios, que no somos ni autosuficientes ni autónomos. «Nadie puede decir: Jesús es Señor, sino por el Espíritu Santo». 1ºCor 12, 3.
El pueblo judío quería salir de Egipto, la tierra de la esclavitud. El clamor de los oprimidos llego a los oídos de Yahveh. Moisés saca al pueblo de noche. Van raudos, ligeros de equipaje, pero sus sueños se ven truncados porque el mar aparece delante de ellos como un obstáculo infranqueable. Sube la tensión. Por un lado, el faraón y sus ejércitos de muy mal humor, por el otro, el mar y, cuando se mascaba la tragedia y Moisés se sentía incapaz de cumplir su misión, el Espíritu se acerca a la situación, separa las aguas y abre caminos nuevos de salvación.
Es imagen de cómo a lo largo de la historia podemos activar nuestra confianza y nuestra seguridad en que para Dios nada es imposible y en que, apoyados en Él, somos capaces de todo. Por eso Pentecostés es la fiesta de los pobres, de la humanidad humilde que se ve desbordada, que se ve superada por los acontecimientos. La comunidad rota, desanimada, miedosa, se reúne junto a la única que mantiene viva la esperanza en que las promesas de Dios nunca fallan: María, nuestra madre. Y el fuego de Dios se posa en las mentes y en los corazones de los apóstoles: luz en el entendimiento y fuerza en la voluntad. Y comienza una nueva era, un tiempo nuevo. La misión de la Iglesia se pone en marcha y, desde aquel origen dubitativo y temeroso, llegamos hasta la actualidad con XXI siglos de fidelidad al servicio de una palabra que sana, que cura, que libera.

Lo que Dios nos dice. Al Espíritu no se le define, ni se le atrapa intelectualmente. Las imágenes que le describen tienen algo en común: dinamismo, movilidad, llamas de fuego, aliento de Dios, viento, suave brisa, paloma que levanta el vuelo, insinuación, sueño, impulso, intuición. Al Espíritu no se le entiende, se le experimenta, se le escucha, se le obedece. Es el gran desconocido de la Trinidad, pero es el que más cerca está de cada uno de nosotros. Como el corazón en el cuerpo (que no lo vemos pero que es imprescindible y sin él no podríamos vivir), del mismo modo el Espíritu se mantiene discreto, fuera de los focos, con una presencia cercana y desapercibida, pero que posibilita que seamos y vivamos como hijos de Dios.
«Y oí una gran voz desde el trono que decía: He aquí la morada de Dios entre los hombres, y morará entre ellos, y ellos serán su pueblo, y el «Dios con ellos» será su Dios. Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni duelo, ni llanto ni dolor, porque lo primero ha desaparecido. Y dijo el que está sentado en el trono: Mira hago nuevas todas las cosas. Y dijo: Escribe: estas palabras son fieles y verdaderas. Y me dijo: Hecho está. Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin. Al que tenga sed yo le daré de la fuente del agua de la vida gratuitamente». Ap 21,3-6
La gracia de Dios nos da su aliento de vida. Es el beso de Dios capaz de animar el barro inerte. Es el viento de Dios que provoca estruendos en la historia de la humanidad, cambios imprevisibles, sorpresas que nos desbordan, pero que es capaz de transformar un valle lleno de huesos secos en un ejército de personas vivas.
«Más aún, nos gloriamos incluso en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia, la paciencia, virtud probada, la virtud probada, esperanza, y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado. En efecto, cuando nosotros estábamos aún sin fuerza, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; ciertamente, apenas habrá quien muera por un justo; por una persona buena tal vez se atrevería alguien a morir; pues bien: Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros». Rom 5,3-8.
Tiempo del Espíritu que nos llena de alegría, de fortaleza, de sus frutos, que nos convierte en profetas y en amigos de Dios. La fiesta de los pobres que abren sus manos y suplican, la fiesta del los desorientados, de los perdidos, de los ciegos, de los presos, de los miedosos, la fiesta de la Iglesia envejecida que vive en la seguridad de que Dios no la va a dejar huérfana. No es tiempo de llorar, es tiempo de luchar y de amar la libertad.

Cómo podemos vivirlo. Cuando menos podemos, cuando más exhaustos nos sentimos, la respuesta de Dios se nos presenta sorprendente y liberadora. No es la exigencia, sino la generosidad. Derrama su amor, lo desborda, no lo da calculando o en cuentagotas, sino que actúa de forma abundante y generosa. Donde abunda el pecado sobreabundan la gracia y el amor. De aquel pequeño cenáculo que reunía las pocas fuerzas y las pocas certezas de unos discípulos asustados, llegamos a la pluralidad, a la universalidad, a la creatividad, a la cantidad de hombres y mujeres que han dado lo mejor de sí mismos, hasta construir el templo vivo de la Iglesia.
«Acercándoos a él, piedra viva rechazada por los hombres, pero elegida y preciosa para Dios, también vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción de una casa espiritual para un sacerdocio santo, a fin de ofrecer sacrificios espirituales agradables a Dios por medio de Jesucristo». 1ª Ped 2,4-5.

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La perfecta alegría

Introducción. Hay edades en las que ilusionarse por una vida dichosa y feliz forma parte de lo lógico y de lo razonable. ¡Bendita ingenuidad que acompaña los primeros años de nuestra vida! Todo es futuro, ilusión, idealización, éxito asegurado y final de cuento con perdices y príncipes enamorados. Pero cuando ya hemos consumido más de la mitad de nuestros años y seguimos sin encontrar la dicha y la felicidad que llevamos tiempo persiguiendo, comienzan a rondamos las dudas y las sospechas, sobre si hemos acertado o no en las decisiones que hemos ido tomando a lo largo de los años. En nuestro pobre corazón reconocemos las cicatrices, las decepciones, los sinsabores y las soledades que se van acumulando, y en esas circunstancias oír de nuevo ofertas demasiado grandilocuentes, con palabras como plenitud, felicidad, para siempre, lo acogemos con sospecha y escepticismo. Endurecemos nuestra capacidad de soñar y rebajamos las expectativas sobre lo que le podemos pedir a los demás y a la vida en general. Ya no soñamos con vivir en abundancia, sino con sobrevivir, con ir tirando.
Y eso nos pasa con el tiempo de Pascua. Que Jesús resucitado vencedor de la muerte, del fracaso, venga a nuestra realidad y nos recuerde que viene a traernos paz y una alegría en plenitud nos suena a chiste, a ironía. ¿Nos traes la paz? ¿El final del sufrimiento, de las lágrimas, del dolor? Pues acompáñanos a cualquier hospital donde se atiende a enfermos terminales, vente a cualquier comedor social donde se mendiga la comida o a las puertas de un supermercado y veras a las personas agolparse buscando en los contenedores de basura lo que puedan comer.
Pasa con la Iglesia lo mismo que con los políticos. Llevamos tanto tiempo escuchando mensajes y proclamas que muy poco tienen que ver con la realidad, que al final provocan las palabras hastío y desafección. «Predícame cura, predícame fraile. Que por un oído me entra y por el otro me sale».
Por eso más que nunca hace falta ser portadores de un mensaje que se vea, que se entienda, que no haga falta explicar mucho qué significa estar alegres. Que sea contagiosa nuestra forma de vida, que sitúa la alegría no en un futuro ideal, cuando todas las situaciones de nuestras vidas estén resueltas, sino en lo cotidiano, en lo sencillo y sobre todo en reconocer la presencia que acompaña y que guía nuestras vidas.

Lo que Dios nos dice. «Pues considero que los sufrimientos de ahora no se pueden comparar con la gloria que un día se nos manifestará. Porque la creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios; en efecto, la creación fue sometida a la frustración, no por su voluntad, sino por aquel que la sometió, con la esperanza de que la creación misma sería liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios». Rom 8,18-21.
La palabra no es fantasiosa o irreal. Habla de que nuestra vida está envuelta de sufrimiento, de barro, de pobreza. Pero habla de un tesoro que acompaña ese sufrimiento, que, si somos capaces de reconocerlo, no da razones para la esperanza y para la alegría. Nosotros solemos relacionar los momentos buenos de nuestra vida con los éxitos, con los triunfos, con el reconocimiento y la valoración externa, con los premios, los regalos, la fama y la popularidad. Por eso nuestras alegrías son tan cortas y tan poco alegres. Porque si la alegría consiste en ser el número uno, estar en la cima de los proyectos, es tan fácil caer, bajar, fracasar… La alegría que propone Jesús está más relacionada con cómo y con quién vivo las circunstancias (éxitos y fracasos), quién me acompaña, quién me saca de las soledades y de las tristezas.
«Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud». Jn 15, 9-11.
Alegría en plenitud no es que no tengamos dificultades o problemas. Eso es estar disecado o ser un muñeco del museo de cera. Vivir es caminar, aprender, caerse y levantarse, errar y corregir. Pero el secreto es vivir acompañado, permaneciendo en la compañía y en el amor de Jesús. No en la ausencia de conflictos, sino en la compañía que nos enseña a vivirlos.
«Por la grandeza de las revelaciones, y para que no me engría, se me ha dado una espina en la carne: un emisario de Satanás que me abofetea, para que no me engría. Por ello, tres veces le he pedido al Señor que lo apartase de mí y me ha respondido: Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad. Así que muy a gusto me glorío de mis debilidades, para que resida en mí la fuerza de Cristo. Por eso vivo contento en medio de las debilidades, los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte». 2ªCor 12,7-10.

Cómo podemos vivirlo. Preguntó Francisco de Asís al hermano León que le dijese cual era, para él la perfecta alegría. El hermano no supo contestar. Pregunto Francisco ¿Sería la perfecta alegría que los grandes reyes europeos se hiciesen franciscanos? ¿O que los países musulmanes abrazasen la fe cristiana? León se lo imaginaba y afirmó que sí, que esa sería la perfecta alegría. Francisco se lo negó. Entonces ¿cuál sería?, pregunto León. Respondió San Francisco que si sufrían la humillación, la burla, el olvido y la violencia, pero sin alterar la paz en el alma y siendo capaces de amar, esa sería la perfecta alegría. Como el anuncio del ángel a María. «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Lc 1,28.

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