Mª Jesús

Mil millones de gracias…

Hoy hace exactamente dos meses que inicié con una amiga el Camino de Santiago desde Saint Jean Pied de Port. Era la cuarta vez que recorría tramos de esta ruta milenaria. Pero, como os comenté en su día en este blog, ha sido sin duda la más impactante hasta la fecha.

Recorrimos 240 kilómetros en 9 etapas y, cuando el día 5 de mayo dejamos el camino, inicié una nueva peregrinación que me está llevando a recorrer grandes distancias sin apenas dar pasos. Son muchos los cambios que, minuto a minuto, día a día, semana a semana, se están produciendo en mí… y es mucho lo que aún me queda por andar.

Como decimos en la liturgia eucarística, «es justo y necesario… darte gracias siempre y en todo lugar, Señor Padre santo, Dios todopoderoso y eterno», pero mucho más ahora con los recuerdos de esta experiencia aún calientes y con la distancia, el poso y el sosiego que el paso del tiempo aporta.

Esta entrada no es más (ni menos) que una acción de gracias a nuestro Padre bueno por haberme permitido vivir esos 9 días y por haber sembrado mi Camino de regalos.

¡Gracias, Señor, por sacarme de una vorágine que habia sido incapaz de abandonar incluso con un intervención quirúrgica y su correspondiente post-operatorio!

¡Gracias, por todas esas maravillas cotidianas que no siempre sabemos ver, gozar y agradecer desde lo más profundo de nuestro ser! No puedo evitar recordar a San Francisco de Asís, ese enamorado de las criaturas y de la naturaleza al mencionar todas estas bendiciones: una cascada, una montaña, un valle, un bosque, un río, un prado, la brisa, la lluvia, el sol, la nieve, un pajarillo, un potro que acaba de nacer, un perro, mil y una flores y plantas, vides… ¡tantos y tantos tesoros!.

Gracias por haber puesto en mi camino a decenas de personas que me han enseñado mucho sobre la vida y sobre mí, que han hecho revivir actitudes y sentimientos maravillosos que con el tiempo había censurado en mi interior, que han sido vivos ejemplos de valores que debo potenciar, que me han permitido descubrir asuntos que debo limar y rasgos negativos que tengo que dejar atrás…

Es como si, en este momento, pasaran en fotogramas un montón de rostros que personifican esas actitudes, valores, virtudes… Voy a enumerarlas a ellas y no a las personas, pero os garantizo que detrás de todo esto hay almas con nombres y apellidos que se han convertido (de forma consciente o insconciente) en instrumentos de Dios, en ángeles, en testigos…

Gracias por el cuidado y la sensibilidad cuando las fuerzas físicas fallan. Gracias por el valor y los deseos de superación. Gracias por la búsqueda. Gracias por la apertura. Gracias por la capacidad de adaptación a las circunstancias sin quejas, sin amarguras. Gracias por el trabajo cotidiano realizado con pasión, con gusto y procurando hacer la vida agradable a quienes encontramos en el camino. Gracias por la sensatez conjugada magníficamente con la pasión por vivir. Gracias por huir de las prisas y por la flexibilidad. Gracias por fluir con la vida sin retorcerla. Gracias por convertir las situaciones propias en motivo de servicio a los demás, en vez de en contemplación del propio ombligo. Gracias por la asertividad y por saber decir no cuando corresponde. Gracias por no caer en la hipocresía de lo políticamente correcto. Gracias por el tesón. Gracias por la espiritualidad y la constante acción de gracias. Gracias por la serenidad. Gracias por la amistad. Gracias por la espontaneidad y la curiosidad. Gracias por la escucha. Gracias por el aliento y por los silencios. Gracias por el respeto a lo diferente. Gracias por la empatía. Gracias por el atrevimiento, por la ruptura de esquemas, por no evitar tocar las heridas cuando es necesario. Gracias por la transparencia, la sinceridad, la efusividad, la ternura y la pasión magníficamente equilibradas. Gracias por la mano tendida, por la palabra de ánimo más que oportuna, por las indicaciones, por los tercios de cerveza cargados de energía y de apoyo. Gracias por la magnífica y deslumbrante luz de tantas miradas y tantas sonrisas. Gracias por esa mano tendida…

GRACIAS INFINITAS a tod@s y cada un@ de los que habéis formado parte de mi Camino por vuestro derroche de energía, de fuerza y de amor. Y gracias al Buen Dios por haber juntado nuestros Caminos.

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Tiempo para todo: vivir, morir, sufrir, gozar… ACOGER

Hace unos días os comentaba que últimamente me han venido al encuentro varias bodas de las que he sido testigo accidental…

En cambio esta semana ha comenzado mucho más luctuosa. El lunes fui al tanatorio a acompañar a una amiga que despedía a su madre. Y ayer martes fui a la iglesia y coincidí con un funeral (tampoco es la primera vez en las últimas semanas que me topo con una misa de difunto).

No es tan extraño. Nuestra vida es un permanente equilibrio y una constante alternancia entre alegrías y penas, entre vida y muerte, entre amor y desamor, entre calor y frío, entre tesoros y barro…

Y, ante esta realidad, Jesús nos marca bien claro el camino. El Hijo de Dios, que vino a la tierra a entregar su vida por todos, que fue tentado, que sufrió la agonía en el monte de los olivos y pidió al Padre que «si es posible, pase de mí este cáliz; mas no se haga mi voluntad sino la tuya» Mateo 26, 39, nos invita a acoger los momentos en los que el sendero se endurece y la climatología es adversa.

ACOGER. Estupendo verbo que expresa muy bien cuál debe ser nuestra actitud. Según la RAE, una de sus acepciones es admitir, aceptar… Aceptación y acogida, no resignación, ni protesta, ni queja…

Se trata de convivir y gozar con lo que nos gusta y también de sacar el máximo partido a lo que nos cuesta más.

Los estudiantes ahora comienzan a disfrutar de unas merecidas vacaciones, tras un año duro de estudios y esfuerzos. Si les preguntamos, seguro que prefieren este tiempo de viajes, fiestas, piscinas y playas a los meses de codos que han dejado atrás. Pero eso no significa que el estudio o el trabajo no sean buenos. Cuestan y requieren dedicación, pero enriquecen de forma extraordinaria. Es como la subida al Cebreiro en el Camino de Santiago: un esfuerzo que compensa con creces.

No hablo de flagelaciones, de sufrimientos vanos o de torturas absurdas… Como tampoco de hedonismos simplones o de placeres vacíos… Me refiero a acoger, abrazar y sacar provecho de todas y cada una de las situaciones que la vida nos pone delante: las más livianas y las más duras.

Ayer leía en mi timeline de Facebook una frase que decía «A veces dejar ir es un acto de mucho más poder que defenderse o aferrarse». Va muy en línea con lo que trato de expresar.

Hay momentos para todo en la vida: para trabajar, para descansar, para sembrar, para recoger, para reír, para llorar, para amar y para dejarse querer… Y a veces hay situaciones, contra las que a menudo nos rebelamos, que tienen su sentido y su porqué: que nos vaciemos para volver a llenarnos, que aprendamos a dominar el ego, que valoremos lo que de verdad importa, que disfrutemos del esfuerzo realizado, que descubramos una nueva dimensión de la palabra amor, que iniciemos nuevas etapas en la vida…

Morir para vivir. Llorar para gozar. («En verdad, en verdad os digo que lloraréis y os lamentaréis, y el mundo se alegrará. Estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo. La mujer, cuando va a dar a luz, está triste, porque le ha llegado su hora; pero cuando ha dado a luz al niño, ya no se acuerda del aprieto por el gozo de que ha nacido un hombre en el mundo» Juan 16, 20-21)

(«Hay un tiempo señalado para todo, y hay un tiempo para cada suceso bajo el cielo: tiempo de nacer y tiempo de morir; tiempo de plantar, y tiempo de arrancar lo plantado; tiempo de matar y tiempo de curar; tiempo de derribar y tiempo de edificar; tiempo de llorar y tiempo de reír; tiempo de lamentarse y tiempo de bailar; tiempo de lanzar piedras y tiempo de recoger piedras; tiempo de abrazar y tiempo de rechazar el abrazo; tiempo de buscar y tiempo de dar por perdido; tiempo de guardar y tiempo de desechar; tiempo de rasgar y tiempo de coser; tiempo de callar y tiempo de hablar; tiempo de amar y tiempo de odiar; tiempo de guerra y tiempo de paz» Eclesiastés 3, 1-8)

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AMOR con mayúsculas o amores con recortes

Está claro que estamos en época de bodas… En las últimas dos semanas, he ido varias veces a orar a esas iglesias que, por distintas circunstancias, son emblemáticas para mi… Y he podido ser testigo accidental de varias bodas a las que no estaba invitada. Ayer volvió a suceder…

Desde la parte de atrás de la iglesia, con mis vaqueros, mi camiseta, mis sandalias de andar y mi mochila, pude sentir la emoción, la ilusión y la alegría compartida de la celebración del amor, del inicio de la vida entregada…

Escuché con enorme interés la homilía del sacerdote. Hablaba de que los novios allí presentes (Víctor y Asun) habían decidido casarse y que eso no era ni más ni menos que tratar de imitar la entrega de Dios a su Iglesia. Las escrituras hablan en multitud de ocasiones de la Iglesia como la esposa elegida y adorada por Dios. Una esposa que se engalana para unirse a su amor y que los dos sean uno en plenitud. Y animaba a los contrayentes a recordar esto cuando atraviesen aguas turbulentas en su relación.

Continuó el sacerdote haciendo referencia a Jesús, que nos amó a todos hasta dar su vida por nosotros. Expresó su deseo de que Víctor y Asun no tuvieran que verse en la tesitura de derramar su sangre por su compañer@, pero añadió que lo que sí están llamados a hacer es entregar la vida por el otro, derramarse día a día y compartir el camino (independientemente de si pintan oros, copas, bastos o espadas).

Para terminar recordó el himno del amor que magistralmente plasmó el apóstol San Pablo y que reproduzco porque, aunque lo hayamos leído y escuchado en infinidad de ocasiones, es un auténtica joya a la que no nos deberíamos acostumbrar y que deberíamos tener como programa de vida.

“Aunque yo hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy como una campana que resuena o un platillo que retiñe. Aunque tuviera el don de la profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencia, aunque tuviera toda la fe, una fe capaz de trasladar montañas, si no tengo amor, no soy nada. Aunque repartiera todos mis bienes para alimentar a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, no me sirve para nada.
El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tienen en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad.
El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.
El amor no pasará jamás. Las profecías acabarán, el don de lenguas terminará, la ciencia desaparecerá; porque nuestra ciencia es imperfecta y nuestras profecías, limitadas.
Cuando llegue lo que es perfecto, cesará lo que es imperfecto.
Cuando yo era niño, hablaba como un niño, sentía como un niño, razonaba como un niño, pero cuando me hice hombre, dejé a un lado las cosas de niño. Ahora vemos como en un espejo, confusamente; después veremos cara a cara. Ahora conozco todo imperfectamente; después conoceré como Dios me conoce a mí.
En una palabra, ahora existen tres cosas: la fe, la esperanza y el amor, pero la más grande todas es el amor”. Corintios 13, 1-13

San Pablo nos habla de paciencia, servicio y humildad. De un amor que huye del propio interés, del enfado, del rencor y de la envidia. De un amor que disculpa, cree, espera y soporta sin límites… No estaría de más que revisáramos cómo vamos en esto de amar. Es un test bastante sencillo de realizar: se trata de comparar con honestidad estas premisas con nuestros amores. Así comprobaremos si son AMORES (sí, con mayúsculas, con todo su significado, con toda su profundidad) o si son sentimientos pequeños, incompletos, miopes… amores con recortes…

Pidámosle a Dios que nos ayude a desarrollar la capacidad de AMAR a lo grande…

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Fe, esperanza y amor… el triunfo de la vida sobre la muerte

La lectura que el evangelio nos proponía el pasado domingo nos presentaba una imagen muy gráfica: un cortejo de muerte se encuentra con Jesús. Y Él transforma la muerte en vida con enorme compasión y, al mismo tiempo, con autoridad.

Al margen de la metáfora, este pasaje (como casi todo en el evangelio) tiene una enorme actualidad.

¡Cuántos de nosotros vivimos muertos en vida! ¡Cuántas veces perdemos la fe en nosotros mismos, en los demás, en la vida! ¡Cuántas veces nos pueden la desesperanza, la tristeza, el enfado, el odio! ¡Cuántas veces deambulamos por el mundo como un cortejo fúnebre!

Jesús nos dice claramente: «No llores». Nos recuerda que «Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos» y nos exhorta a «vivir en abundancia».

Nuestra miopía, nuestra estrechez de miras nos lleva a interpretar todo desde un esquema cortoplacista. No sobrellevamos bien las cuaresmas y las muertes y perdemos a menudo la perspectiva.

Como cristianos deberíamos tener meridianamente claro que toda muerte lleva aparejada una resurrección (así como la necesidad de permitir la muerte del hombre viejo, para dar paso al hombre nuevo). Es la esperanza a la que nos llaman Jesús y nuestro Padre.

En el evangelio de la viuda de Naín se nos muestran con nitidez cuáles son las armas de Jesús (y las nuestras) para hacer frente a la muerte y a la desesperanza: compasión, amor y una fe y una esperanza imperturbables.

Pidamos a Dios que refuerce nuestra fe, que nos ayude a alimentar la esperanza y que nos ablande los corazones, para que podamos amar como Él nos ama.

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Danos hoy el “te quiero” de cada día

Ayer acudí a la llamada del Apóstol Santiago (siento una conexión especial con el patrón de España y con el inspirador de una de las peregrinaciones y de los regalos más bonitos que nuestro querido Padre nos hace a sus hijitos amados –y hay millones de ellos-). Sentí, como en tantas otras ocasiones, la necesidad de visitarlo en su casa de Madrid (la Real Parroquia de Santiago y San Juan Bautista).

Al llegar encontré una boda, pero sentí que no era una boda más… La disposición del altar, de los novios y de los bancos de los invitados era abierta (todos al mismo nivel, todos en comunión, como no había visto jamás). Se casaban una chica española y un chico estadounidense y la misa alternaba el español y el inglés con maravillosa sintonía. La forma en que todos y cada uno de los invitados vivía lo que allí se estaba produciendo (la santificación del amor de Dios en dos personas) era apabullante, tanto que sentí la necesidad de refugiarme en uno de los poquísimos lugares recónditos que quedaban libres en la Iglesia, para no perturbar ese ambiente y, al mismo tiempo, poder saborear el momento y dejar fluir mis emociones.

Mi objetivo inicial era visitar a Santiago y participar de la eucaristía de las 19,30. Las circunstancias variaron el programa (como tantas veces nos pasa en la vida). La boda concluyó y la sentí tan dentro que estuve a punto de acercarme a los novios para transmitirles mi agradecimiento y desearles una vida eterna de amor entregado y recibido.

Pero la misa se había retrasado bastante y el “cambio de turno” se hizo con enorme respeto y rapidez. No éramos muchos los que habíamos desafiado nuestras rutinas, así que fue una eucaristía bastante íntima. Yo me senté frente a mi santo, para no perderle nunca de vista.

Se celebraba ya la Solemnidad del Corpus Christi (uno de esos jueves que brillaban más que el sol y que, por cuestiones prácticas, se celebra el domingo siguiente –es decir, hoy-). Y el sacerdote, durante una breve, sencilla pero penetrante homilía, dijo unas palabras que me resonaron profundamente.

Nos comentó que el cuerpo y la sangre de Cristo, que se entregaron por todos hace ya más de 2000 años, se entregan cada día en cada eucaristía. Que esa entrega es un “te quiero” que Jesús nos dice cada día. Todos sabemos lo que necesitamos sabernos queridos y que nos lo digan. Y, Jesús, que murió por nosotros (“nadie tiene más amor que el que entrega la vida por sus amigos” Jn 15, 13), no conforme con eso, se nos da en cada eucaristía, independientemente de nuestros méritos, de si le correspondemos o no, de si le queremos o no, de si lo sentimos o no… ¡No puede haber mayor amor, ni mayor generosidad!

Y nos da su amor para que lo recibamos, para que sea nuestra fuerza y nuestra gasolina y para que lo demos (“dad gratis lo que recibís gratis”). De una forma más teológica lo dice San Pablo (“sois el cuerpo de Cristo, y cada uno de vosotros, sois los miembros de ese cuerpo” 1 Co 12,17). Así que, cuando al comulgar, se nos dice “el cuerpo de Cristo” y respondemos “amén”, afirmamos y aceptamos ser miembros del cuerpo de Cristo. Debemos, por tanto, actuar en consecuencia para que ese amén sea verdadero. También dice San Pablo (“porque el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo” 1 Co 10,17). Y, eso, como señalaba San Agustín, nos obliga (simplemente por pura coherencia) a ser cuerpo de Cristo en la tierra, a permanecer en él y a obrar en consecuencia: amando como Él amó y sintiéndonos uno con nuestros hermanos.

Si el pan es el símbolo del cuerpo entregado de Jesús, cada vez que decimos en el padrenuestro “danos hoy nuestro pan de cada día”, le estamos pidiendo el “te quiero” diario: ése que se dan (o que deberían darse con pleno conocimiento de causa) los enamorados, ése que deberíamos dar a nuestros padres, a nuestros hijos, a nuestros amigos, a todos…

Señor, no dejes de darnos nuestro “te quiero” de cada día y danos la capacidad de percibir y valorar en su medida ese inmenso regalo.

Porque a veces somos niñ@s malcriados: queremos lo que nosotros creemos que necesitamos. Y, si no se nos da eso en tiempo y forma (cuando y como queremos), somos capaces de destruir los magníficos regalos que con amor y dedicación nuestro Padre prepara y elabora con sus propias manos para nosotros a cada instante. Pero, claro, el niño quiere la Play y no un mundo repleto de sorpresas y de regalos. Y llora por esa Play que no tiene y ciega sus ojos a las maravillas diarias.

Una vez más, Señor, te pido que no dejes de darnos nuestro “te quiero” de cada día y que seamos capaces de acogerte (de hacernos uno contigo) y actuar en consecuencia en nuestro mundo. ¡Buena falta hace!

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