Mª Jesús

Ver la Navidad con los ojos de Dios

BelenDe nuevo nos acercamos a Navidad. Y muchos clichés parecen repetirse: las luces, el bullicio de las compras, el bombardeo publicitario que nos empuja a consumir para ser más felices, la celebración de comidas que algunos temen, otros maldicen y los menos disfrutan.

Y, sí, también en muchos lugares del mundo se celebrará un año más que Dios se hace hombre, para asumir nuestra realidad sin tabúes, sin censuras.

Los detalles son parecidos, por no decir iguales a los de todos los años. Pero las circunstancias no son las mismas, nosotros no somos los mismos, la gente que nos acompaña y su realidad no se repiten. De todos y cada uno de nosotros depende que estas sean unas Navidades diferentes y felices para el mayor número de personas posibles.

Muchos cristianos nos quejamos de que la Navidad se ha desvirtuado. Pero olvidamos que nosotros somos los primeros que hemos hecho de la Navidad una pantomima, una farsa: mucho belén, mucho árbol, mucho turrón, mucha celebración, incluso, mucha misa… pero ¿cuántos de nosotros utilizamos los encuentros con amigos y familiares para acaparar un arsenal de juicios, de rechazos, de malos pensamientos? ¿cuántos nos cebamos en lujo, fiestas y placeres olvidando a los Lázaros que proliferan a las puertas de nuestras vidas, sin nada que echarse a la boca o al corazón? ¿cuántas veces vamos a presentar nuestra ofrenda al altar albergando odios en nuestro interior? ¿cuántos de nosotros rechazamos lo antipático, lo feo, lo sucio, lo roto?… Pues, “cada vez que hacemos esto con uno de estos pequeñuelos, a Dios mismo se lo hacemos” Mateo 25,31-46. Lo dicho, una farsa.

Que conste que con este post no pretendo que nos flagelemos, que nos castiguemos o que nos sintamos mal. Simplemente, se trata de ser conscientes de lo que hacemos, acogerlo, perdonarlo y cambiar (la conversión de la que hablaba Juan Bautista), para mirar nuestra vida y el mundo con los ojos de la esperanza, con los ojos de Dios. Si no somos conscientes de dónde estamos, no podemos avanzar.

Seamos verdaderamente conscientes de lo que significa celebrar el nacimiento de Jesús: Dios mismo se hace hombre, se hace persona, para abrazar la realidad humana en toda su extensión: con sus luces y sus sombras. En la genealogía de Jesús, que ayer leíamos, se hace una enumeración de los antepasados de nuestro Dios. Son personas de todas clases, de varios lugares y con vidas reales, con aciertos y errores).

Jesús acoge, acepta, abraza y ama todo lo que significa ser hombre. Es curioso que Dios mismo se haga hombre y abrace todo lo humano y que nosotros, los hombres, nos sintamos a menudo como pequeños dioses y despreciemos lo que forma parte de nuestro ser: la humanidad.

Pues bien, si queremos que esta Navidad sea de verdad nueva y buena, pidamos y esforcémonos por mirar la realidad y a todas las personas con los ojos de Dios. Con esa luz divina en la mirada, veremos el mundo con otra luminosidad y otro color.

Happy Christmas (War Is Over) – John Lennon

¡FELIZ NAVIDAD, FELIZ HUMANIDAD!

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Llamados a dejar de ser los “ni-ni” de la iglesia

En los últimos días resuenan los ecos de la JMJ de Río de Janeiro (a la que en este blog dedicaremos en breve una entrada específica).

Una de las cosas que más me ha llegado es la interpelación del Papa Francisco a que la Iglesia salga a la calle. Junto con la exhortación a obispos, sacerdotes, religiosas y religiosos a que pisen el terreno (“un pastor debe oler a oveja” decía hace poco), se nos pide a todos los que formamos iglesia que participemos de la construcción del Reino.

Es algo sobre lo que se lleva hablando unos años: la llamada “nueva evangelización” que, entre otras cosas, nos impulsa a los seglares a tener un papel más activo en la comunidad.

Es hora de abandonar el sillón y la postura cómoda del que considera que con una misa semanal “cumple”. Es hora de participar de las comunidades, de adoptar una postura crítica, de impulsar desde dentro y con el trabajo diario la necesaria renovación de la Iglesia, de mostrar con comportamientos coherentes la dicha de ser hijos amados de Dios…

(“Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” Mt 28, 19)

Durante años, por no decir siglos, los seglares hemos sido los “ni-ni” de la Iglesia (seres que ni opinamos, ni estudiamos, ni trabajamos). No descarto que la cúpula eclesial en cierta medida fomentaba ese rol de niños mimados, haciendo descansar la evangelización casi exclusivamente sobre los sacerdotes. Pero eso se acabó… Es hora de dar un paso adelante. Y eso nos va a suponer un esfuerzo adicional.

En primer lugar de formación. Es lamentable lo poco que los cristianos sabemos de la doctrina, lo poco que conocemos las escrituras… Y así es difícil argumentar y defender posturas con un mínimo de seriedad.

En segundo lugar de espíritu crítico activo, más allá de lavarnos las manos como vulgares Pilatos cuando la cosa no nos gusta, echando la culpa a Roma, al Papa, a los obispos, a los curas… Tenemos que participar activamente en las comunidades y aportar nuestro esfuerzo, nuestro trabajo, nuestra creatividad y nuestro espíritu crítico. Y, por supuesto, denunciar desde dentro los comportamientos intolerables de la Iglesia de los que en algunos casos ha habido un repugnante silencio cómplice.

En tercer lugar de coherencia en nuestra vida y en nuestros actos. (“Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis” Mt 7, 15-16)

En cuarto lugar de humildad. Se trata de poner lo que somos al servicio de Dios y de los demás, siendo conscientes de que la responsabilidad es nuestra, pero nuestras fuerzas son insuficientes y necesitamos la ayuda de Dios. (“Actúa como si todo dependiera de ti, confía como si todo dependiera de Dios” San Ignacio de Loyola). Sin sentirnos elegidos, sin vanaglorias, sin orgullos, sin juzgar a nadie, siendo conscientes de que “llevamos un tesoro en vasijas de barro”.

Si algo se extrae de la vida pública de Jesús, de la de los primeros cristianos y de la de muchos santos y santas es el PONERSE EN CAMINO.

Me parece bastante contradictorio auto-proclamarnos seguidores de Jesús desde la comodidad del sillón y de la misa dominical, desde el “cumplo y miento”. Es curioso cómo nos encendemos y discutimos con ardor sobre la situación de nuestro equipo de fútbol, sobre tal o cual partido político, sobre el último y nauseabundo cotilleo del periodismo amarillo y agachamos la cabeza cuando se trata de hablar de nuestro Padre.

Estos días en España tenemos muy presente la tragedia del tren siniestrado en Santiago de Compostela y la ejemplar actitud de Angrois, el lugar del accidente, cuyos vecinos han pasado a la historia más gloriosa de este país por su actitud solidaria, activa, serena y humilde. Apenas unos cientos de habitantes de un pequeñísimo lugar cercano a la ciudad de Santiago nos han dado a todos una lección de vida: el trabajo silencioso con una humildad arrolladora y el poner todo lo que uno tiene al servicio de los demás. (“El Reino de los Cielos se parece a un grano de mostaza que uno siembra en su huerta; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un arbusto más alto que las hortalizas y vienen los pájaros a anidar en sus ramas” Mt 13, 31-35)

Ni más ni menos que eso es lo que deberíamos hacer todos. Y eso responde a las palabras de nuestro Señor: (“dadles vosotros de comer” Lc 9,13 “Vosotros sois la luz de este mundo. Una ciudad en lo alto de un cerro no puede esconderse. Ni se enciende una lámpara para ponerla bajo un cajón; antes bien, se la pone en alto para que alumbre a todos los que están en la casa. Del mismo modo, procurad que vuestra luz brille delante de la gente, para que, viendo el bien que vosotros hacéis, todos alaben a vuestro Padre que está en el cielo” Mt 5, 14-16)

El movimiento se demuestra andando y a TODOS nos corresponde construir el Reino de Dios en la Tierra.

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Nuevos senderos: cabeza fría, corazón caliente… y Dios

Estoy en un momento de replanteamiento de muchas cosas… Poniendo en entredicho cuestiones que antes eran inamovibles en mi vida y cambiando bastantes esquemas mentales…

Es una época de parar y templar, pero al mismo tiempo de preguntarme si la forma en que he venido haciendo las cosas hasta ahora era la mejor, si soy consecuente conmigo misma…

Nuevos métodos, nuevos comportamientos, nuevos puntos de vista, nuevas perspectivas, nuevos sentimientos, nuevas experiencias…

Vivo esta etapa con la incertidumbre que provoca transitar por caminos que no estoy acostumbrada a recorrer e, incluso, con el vértigo que da no saber a dónde me llevará el sendero, pero, al mismo tiempo, con curiosidad, interés y confianza… consciente de que afortunadamente las cosas cambian y siempre para bien (aunque a priori no lo parezca)…

No siempre es sencillo salirse de la llamada “zona de confort”: ese terreno que parecemos conocer a la perfección… A veces, el nuevo trayecto se vuelve agreste; en ocasiones nos sentimos perdidos; en otros momentos, hay que desandar los pasos dados, e, incluso, tropezamos o nos hacemos daño…

Ayer, viendo una serie en televisión, a uno de los personajes (que, curiosamente, parecía tener siempre la palabra más adecuada para todo el mundo; que aparentemente gozaba de una vida tranquila y de una serenidad digna de admiración) le preguntaba una chica que padecía el síndrome de Asperger si tenía la vida que quería. Él contestaba que sí y, unos minutos después, en una escena en la que aparecía en un bar tomando una copa con una chica estupenda y besándola, se tornaba pensativo y acababa reconociéndose a sí mismo y a la chica que su vida supuestamente plácida no le llenaba… Una situación que nos sonará mucho, por haberla vivido en nosotros mismos y en los demás…

En los últimos meses, a través de experiencias propias y ajenas, estoy siendo consciente de cómo Dios a veces nos conduce hacia precipicios, hacia callejones sin salida… Nos aparecen encrucijadas y se nos plantean elecciones que no son sencillas (aunque a primera vista lo parezcan): a menudo nos faltan datos, las primeras impresiones no siempre son acertadas, a veces nuestro ego se convierte en el peor consejero…

Parece como si la decisión a la que nos enfrentamos fuera algo de vida o muerte… Y el hecho es que nada es inamovible, que muchas veces lo que parecía negro se torna blanco; donde no parecía haber salida surgen varias opciones; la puerta estrecha abre un camino que, poco a poco, se allana, y lo que ayer era un “no” mañana es un “quizá” y pasado mañana puede ser un “” y al revés…

Pero, a menudo, somos nosotros mismos los que nos cerramos alternativas, por querer que todo suceda en tiempo y forma tal y como lo hemos diseñado y previsto en nuestra mente.

Nos debatimos entre tempestades y mares en calma, entre picos y valles, entre días tormentosos y soleados, dependiendo de cómo nos veamos en cada momento (o, lo que es peor, de cómo nos vean los demás).

Cuando nos encontramos en la cresta de la ola, nos creemos omnipotentes y despreciamos a Dios y a los demás, porque nos sentimos muy auto-suficientes (nos encanta creernos independientes) (“Y la serpiente era más astuta que cualquiera de los animales del campo que el Señor Dios había hecho. Y dijo a la mujer: ‘¿Conque Dios os ha dicho: No comeréis de ningún árbol del huerto?’. Y la mujer respondió a la serpiente: ‘Del fruto de los árboles del huerto podemos comer; pero del fruto del árbol que está en medio del huerto ha dicho Dios: ‘No comeréis de él, ni lo tocaréis, para que no muráis’. Y la serpiente dijo a la mujer: ‘Ciertamente no moriréis. Pues Dios sabe que el día que de él comáis, serán abiertos vuestros ojos y seréis como Dios, conociendo el bien y el mal’. Cuando la mujer vio que el árbol era bueno para comer y que era agradable a los ojos y que el árbol era deseable para alcanzar sabiduría, tomó de su fruto y comió; y dio también a su marido que estaba con ella y él comió. Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos; y cosieron hojas de higuera y se hicieron delantales. Y oyeron al Señor Dios que se paseaba en el huerto al fresco del día; y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia del Señor Dios entre los árboles del huerto. Y el Señor Dios llamó al hombre, y le dijo: ‘¿Dónde estás?’. Y él respondió: ‘Te oí en el huerto, y tuve miedo porque estaba desnudo, y me escondí’. Y Dios le dijo: ‘¿Quién te ha hecho saber que estabas desnudo? ¿Has comido del árbol del cual te mandé que no comieras?’. Y el hombre respondió: ‘La mujer que tú me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí’. Entonces el Señor Dios dijo a la mujer: ‘¿Qué es esto que has hecho?’. Y la mujer respondió: ‘La serpiente me engañó, y yo comí’. Y el Señor Dios dijo a la serpiente: ‘Por cuanto has hecho esto, maldita serás más que todos los animales, y más que todas las bestias del campo; sobre tu vientre andarás, y polvo comerás todos los días de tu vida. Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y su simiente; él te herirá en la cabeza, y tú lo herirás en el calcañar’. A la mujer dijo: ‘En gran manera multiplicaré tu dolor en el parto, con dolor darás a luz los hijos; y con todo, tu deseo será para tu marido, y él tendrá dominio sobre ti'”. Génesis 3, 1-16).

Cuando llega la tempestad, nos asustamos, perdemos la confianza en nosotros y en Dios y nos hundimos (“Jesús mandó a los discípulos que subieran a la barca y que se adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Y, después de despedirla, subió al monte a orar a solas. Cuando se hizo de noche seguía él solo allí. Mientras tanto, la barca ya se había alejado de tierra, sacudida por las olas, porque el viento le era contrario. En la cuarta vigilia de la noche vino hacia ellos caminando sobre el mar. Cuando le vieron los discípulos andando sobre el mar, se asustaron y dijeron: ‘¡Es un fantasma!’ Y llenos de miedo empezaron a gritar. Pero al instante Jesús les habló: ‘Tened confianza, soy yo, no tengáis miedo’. Entonces Pedro le respondió: ‘Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas’. ‘Ven’ le dijo él. Y Pedro se bajó de la barca y comenzó a andar sobre las aguas en dirección a Jesús. Pero al ver que el viento era muy fuerte se atemorizó y, al empezar a hundirse, se puso a gritar: ‘¡Señor, sálvame!’. Al instante Jesús alargó la mano, lo sujetó y le dijo: ‘Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?’. Y cuando subieron a la barca se calmó el viento”. Mt 14, 22-32)

Y todo es mucho más sencillo… (“Por eso os digo: No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis. ¿No vale más la vida que el alimento y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas?. Por lo demás, ¿quién de vosotros puede, por más que se preocupe, añadir un solo codo a la medida de su vida? Y del vestido, ¿por qué preocuparos? Observad los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan, ni hilan. Pero yo os digo que ni Salomón, en toda su gloria, se vistió como uno de ellos. Pues si a la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, Dios así la viste, ¿no lo hará mucho más con vosotros, hombres de poca fe?. No andéis, pues, preocupados diciendo: ¿Qué vamos a comer?, ¿qué vamos a beber?, ¿con qué vamos a vestirnos?. Que por todas esas cosas se afanan los gentiles; pues ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura. Así que no os preocupéis del mañana: el mañana se preocupará de sí mismo” Mt 6, 25-34).

La vida (y nosotr@s) somos una continua alternancia entre risa y llanto, lluvia y sol, cumbres y valles, tesoro y barro… Y Dios siempre está ahí… y sabemos (o deberíamos saber) que nunca nos adentra por caminos para los que no nos capacite…

Debemos tener la cabeza bien fría (para no vanagloriarnos en exceso ni caer en picado) y el corazón incendiado de amor y confianza… Jesús mismo pasó de la aclamación a su entrada en Jerusalem al escarnio, la humillación, el desprecio, la tortura y la muerte en apenas unos días… Y no se vino arriba cuando lo vitoreaban ni se hundió cuando lo escupían o lo pegaban.

Pidamos a nuestro Padre que nos ayude a discernir los senderos, a adentrarnos por nuevos caminos y peregrinar sin prisa pero sin pausa y a confiar en que su cayado nos sostiene…

Aprovechemos estos días de cambio de rutinas para aventurarnos a salir de esas zonas de confort, a replantearnos que hay otras formas de hacer las cosas y a ampliar nuestra tolerancia al error y a la discrepancia… Recordemos que la mejor forma de aprendizaje que tenemos es el ensayo / error. Si los bebés temieran caerse, jamás llegarían a caminar…

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Yo me acuso

Si hace unos días escribía una entrada de acción de gracias, por los mil y un regalos que nuestro Buen Padre nos pone cada día en el camino de la vida, hoy hago un acto de contricción por los muchos pecados que cometemos los cristianos.

Últimamente he comentado con personas que están dentro y fuera de la Iglesia la tendencia que algun@s cristian@s tenemos a creernos los elegidos, los buenos, los “pata negra” del Reino de Dios…

Sin embargo, ser testigos y evangelizadores del Reino de Dios en la tierra no es un cargo nobiliario, que se herede por pertenecer a tal o cual familia. Yo más bien creo que, muy al contrario, el reconocernos cristianos nos obliga a hacer un esfuerzo extra de coherencia, para vivir en profundidad (o al menos intentarlo) siguiendo la hoja de ruta de Jesús.

Escucho muchas quejas desde gente de la Iglesia sobre la actitud de muchas personas hacia el cristianismo. Y a veces echo en falta más autocrítica, sinceridad y honestidad con muchas de las actitudes que reflejamos… actitudes que más que atraer expantan a los que no están cerca de Jesús.

Nuevamente, voy a hacer el esfuerzo de compartir, en primera personas, algunas de esas cosas que, en mi opinión, alejan a los demás de la Iglesia. Imagino que, quien más quien menos, se sentirá interpelado por alguna de estas actitudes.

Yo me acuso… de fariseísmo: de cuidar en exceso las apariencias y de ser en ocasiones un sepulcro blanqueado (presentable por fuera y lleno de podredumbre por dentro).

Yo me acuso… de ser dogmática y excluyente, del exceso de vanidad y soberbia que supone pensar que “como yo soy cristiana” tengo una especie de carnet VIP y no debo interactuar con los que son diferentes. También me acuso de sentirme con la capacidad de juzgar a los demás.

Yo me acuso… de ser miedosa ante la vida y ante mi misión como testigo de Jesús en este siglo XXI, de incumplir el mandato que él nos hizo de “vivir en abundancia” y “proclamar el evangelio” (con las actitudes y no sólo con las palabras).

Yo me acuso… de mi tristeza y mi pesimismo, de vivir sin fe, sin esperanza, sin amor; me acuso de mi incredulidad tomasiana, de no estar dispuesta a ser sal ni luz en la tierra.

Yo me acuso… de ser fácilmente escandalizable, cuando mi vida está cargada de actitudes y pensamientos claramente escandalosos.

Yo me acuso… de ser egoísta, inflexible y de ver la paja en el ojo ajeno, sin alcanzar a percibir la viga en el propio, de ser incapaz de aceptar a los demás.

Yo me acuso… de la intolerancia que tengo hacia el barro, hacia lo duro, hacia lo feo, hacia lo que no encaja en mis esquemas. Me acuso de no dejarme hacer por Dios, de desconfiar de él, cuando sé positivamente que nunca falla.

Y, por último, yo me acuso de adorar a otros ídolos (el ego, el poder, el dinero, el placer por el placer y tantas otras cosas.

“Yo confieso ante Dios Todo Poderoso, y ante vosotros hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión”… “por eso ruego a Santa María siempre virgen, a los ángeles, a los santos y a vosotr@s herman@s que intercedáis por mí ante Dios nuestro Señor”.

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Contra la incredulidad y la desidia, confianza y acción

Hoy celebramos la memoria de Santo Tomás, uno de los doce apóstoles, que pasó a la historia por su incredulidad. San Juan nos dejó en el evangelio que leemos con motivo de esta fiesta el testimonio de la aparición de Jesús resucitado a sus seguidores (cuando Tomás no se encontraba con ellos) y cómo el discípulo reconocía que hasta que no viera no creería. Posteriormente, afirmaba su fe en Jesús con el famoso “Señor mío y Dios mío” y entregó su sangre por Cristo. (Jn 20,24-29)

Me siento muy cerca de Santo Tomás, al igual que del resto de los apóstoles. El hecho de que Jesús escogiera en su grupo a personas incrédulas, con dificultad para entender, tozudas, cobardes e incluso traidoras es una demostración más de que Dios no llama a los capaces sino que capacita a los que llama.

En el caso concreto de Tomás, su testimonio está más vivo que nunca en esta sociedad de los resultados, en la que todo se mide, en la que sumamos “amiguitos” y “retuits”, en la que todo se expresa en cantidades (hasta el amor)…

Nos hemos vuelto resultadistas: queremos entenderlo todo, conocerlo todo y establecemos los éxitos y los fracasos en función de nuestras cortas entendederas. Y dejamos poco espacio a la divina providencia, a la vida y a las demás personas.

Y en esto, como en tantas otras cosas, los cristianos no solemos ser ejemplo. Es curioso. Porque el amor y la confianza en Dios deberían ser una credencial inconfundible de personas que van por la vida sin miedos, puestas en manos del Señor, sabiendo que Él nos ama y que, como decía San Pablo, “Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros?” Rom 8, 31.

Dicho esto, se me viene a la cabeza la frase de San Ignacio de Loyola: “Actúa como si todo dependiera de ti, sabiendo que en realidad todo depende de Dios”. Es la definición perfecta del equilibrio entre la confianza y no caer en la desidia. Poner todo de nuestra parte (“dadles vosotros de comer” Lc 9,13) y, al mismo tiempo, dejar que la divina providencia y el espíritu santo nos iluminen y nos guíen, sin pretender conocerlo todo (“No os corresponde a vosotros saber los tiempos ni las épocas que el Padre ha fijado con su propia autoridad” Hch 1, 7)

Pidamos a Santo Tomás y al Señor que nos ayuden a vivir así.

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