Jueves santo

Audio-homilía: Cena del Señor. Jueves Santo 2014

Un año más, Jesús nos convoca a vivir con él la Pascua para hablarnos al corazón. Nos invita a cambiar lo que muchas veces es rutina, mediocridad, conformismo, silencio, aislamiento, falta de confianza en Dios y en los demás por la esperanza de pasar de la muerte a la vida.

Nuestro aprendizaje consiste en dejar nuestra vida amenazada por el cansancio y la frustración y descubrir la sorpresa del inmenso amor de Dios, de su compañía y de su palabra que es capaz de iluminar todas nuestras oscuridades.

Vale más una palabra de Jesús dicha al corazón que 200.000 de hombres y mujeres de Dios que nos hablan al cerebro.

La Última Cena es el lugar en el que Jesús declara todo el amor que siente por sus discípulos y por toda la humanidad.

Jesús acumula fracaso tras fracaso: las autoridades eclesiásticas de su época no le quieren, los suyos no le entienden… Y eso sigue pasando en nuestros días. Nos estamos acostumbrando a emocionarnos por una película y, al mismo tiempo, no querer ver imágenes reales de sufrimiento. Preferimos no ver la realidad, no preguntarnos cómo estamos… Sin embargo, es en nuestra realidad donde Dios se quiere manifestar.

Jesús no vive la Pascua solo. Nuestra fe es esencial comunitaria. El Señor nos llama a que pongamos nuestra historia para inaugurar una forma de vivir que sea respuesta a las situaciones del mundo actual. No tenemos ni idea de lo que de Dios pasa a través de nuestras vidas.

Nuestro gran enemigo es el individualismo y el aislamiento. Y Jesús lo vence reuniendo a sus amigos. Nuestro mundo, que presume de conexión (amigos en Facebook, Twitter…), se siente muy solo. Jesús nos invita a no vivir ninguna situación de forma solitaria.

La Cena de Pascua es una invitación a recordar la suerte que tenemos de ser nosotros mismos y a valorar nuestras vidas. Jesús quiere que reconozcamos que toda esa historia ha sido acompañada por Dios.

El lavatorio de pies es la reacción de Jesús al ver el miedo que paraliza a los apóstoles. Dios no nos quiere por las respuestas que damos. Quiere que cambiemos nuestros miedos por alegría.

El Señor nos promete que estará siempre a nuestro lado. La Eucaristía es promesa de continuidad (Haced esto en memoria mía). Celebremos la alegría del amor que nos reúne en familia. Jesús nos propone sacar más amor ante aquellas personas y en esas situaciones que menos lo merecen.

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Semana Santa que nos salva y nos santifica

Desde el Domingo de Ramos hasta el Domingo de Resurrección transcurre la Semana Santa. Es natural que la llamemos así porque en ella conmemoramos y actualizamos la entrega, pasión muerte y resurrección de Jesús.
Sin embargo, decir que estamos en Semana Santa debe querer decir algo más. En estos días en los que con intensidad nos unimos a Jesús, porque él nos invita a participar en la mesa de su pan, de su Palabra y de su ejemplo, podemos y debemos santificar nuestra realidad. Significará hacer propias las actitudes de Jesús como el perdón, la reconciliación, la verdad, la misericordia, la acogida, el sacrificio personal en bien de los otros.
Jueves, Viernes y Sábado Santo nos indican las actitudes que podemos aprender como última y más importante lección de nuestro maestro Jesús.

Amar cada día más y mejor
Para lograrlo debo profundizar en mi relación con Jesús dejándome lavar por él, dejándole entrar en mis objetivos y metas, en mis acciones, en mis pensamientos e intenciones. (“Jesús le dijo a Pedro: -Lo que yo hago no lo entiendes ahora, más tarde lo entenderás. Replicó Pedro: -No me lavarás los pies jamás. Jesús le dijo: -Si no te lavo, no tienes nada que ver conmigo. Le dijo Simón Pedro: -Señor, si es así, no sólo los pies, sino las manos y la cabeza”. Jn 13, 7-9)
Porque Jesús quiere tener con nosotros una relación auténtica que pide de nuestra parte obediencia a sus palabras y al mandato del amor. También nosotros hemos de lavarnos los pies unos a otros, perdonarnos y amarnos con el mismo amor que él nos da. Será un amor que se llena de gestos y actos concretos de cuidado y atención y se traduce en el logro de una convivencia más humana en la justicia y más fraterna en la unidad y la paz. (“Vosotros me llamáis maestro y señor, y decís bien. Pues si yo, que soy maestro y señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros mutuamente los pies. Os he dado ejemplo para que hagáis lo mismo que yo he hecho”. Jn 13, 13-15)

Confiar en Dios a pesar de todo
Unidos a Jesús, somos llevados por la vía dolorosa. Acompañar al Señor en el Viernes Santo es estremecedor y nos da otra de las claves para santificar la vida: la total confianza puesta en Dios más allá de las circunstancias de dolor y sufrimiento que nos toque atravesar.
En la cruz de Jesús descubrimos que somos comprendidos en nuestras cruces y dificultades, que no estamos solos. Junto a nosotros está también María, la madre del Señor, están también las personas que nos quieren, nos apoyan y comprenden. Dios, Jesucristo y su madre santa se compadecen de nosotros y no nos abandonan; por oscuros que sean los tiempos o los acontecimientos podemos confiar y apoyarnos en ellos. (“Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María de Cleofás y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y al lado al discípulo predilecto, dice a su madre: -Mujer, ahí tienes a tu hijo. Después dice al discípulo: -Ahí tienes a tu madre. Y desde aquel momento el discípulo se la llevó a su casa”. Jn 19, 25-27)
Desde la cruz Jesús nos mira y grita que tiene sed; también nosotros estamos sedientos de compasión, de un trato más humano y bondadoso. Bajo la mirada de Jesús estamos llamados a ser compasivos, misericordiosos y solidarios con los que están junto a nosotros. (“Después, sabiendo que todo había terminado, para que se cumpliese la Escritura, Jesús dijo: -Tengo sed. Había allí un jarro lleno de vinagre. Empaparon una esponja en vinagre, la sujetaron a un hisopo y se la acercaron a la boca. Jesús tomó el vinagre y dijo: -Todo se ha cumplido. Dobló la cabeza y entregó el espíritu”. Jn 19, 28-30)

Esperar sin límites
El Sábado Santo es un día de silencio, penumbra y soledad. Solemos ponernos al lado de María, que supo esperar el nacimiento de su Hijo, para sostenernos en ella, mirar su rostro y con María orar por todos los que se desesperan y se sienten solos.
La Virgen esperaba en el Sábado Santo a que le naciéramos nosotros, sus otros hijos, y cuando el sol del Domingo de Pascua comience a clarear y el Hijo resucitado se nos haga de nuevo cercano y encontradizo, María verá en cada uno de nosotros a Jesús.
El tiempo entre la muerte y la resurrección de Jesús no fue un tiempo perdido, Jesús se solidarizó totalmente con la humanidad y entró en la muerte hasta los infiernos donde no llega ni un rayo del amor de Dios, allí donde no hay palabras de consuelo.
Nosotros hoy vivimos una situación parecida al Sábado Santo de Jesús: muchas personas no ven a Dios, Él no está en sus corazones; otras no encuentran el sentido de su vida. Ante esta realidad, como cristianos, podemos mostrar la esperanza cuando no nos dejamos llevar de las malas noticias y de la negatividad; cuando, como las mujeres discípulas, que cuidaron a Jesús vivo y también después de muerto, seguimos cuidando con amor y dedicación a los heridos y muertos por la pena o la soledad; o cuando, al igual que los discípulos de Emaús, sabemos acompañar y ser acompañados por los que aparecen en nuestro camino. Así, en la noche que queremos acortar, ponemos una luz de esperanza en Jesucristo resucitado. (“El primer día de la semana, de madrugada, fueron al sepulcro llevando los perfumes preparados. Encontraron corrida la piedra del sepulcro, entraron, pero no encontraron el cadáver del Señor Jesús. Estaban desconcertadas por el hecho, cuando se les presentaron dos hombres con vestidos brillantes. Y, como quedaron espantadas, mirando al suelo, ellos les dijeron: -¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado”. Lc 24, 1-6)

¡Feliz llegada a la Pascua a todos!

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Audio-homilía: Domingo de Ramos 2013

La Semana Santa es una escuela de lo que todo ser humano va a vivir en este mundo. Jesús es nuestro Camino, nuestra Verdad y nuestra Vida. Y Él nos enseña paso a paso lo que será nuestro peregrinaje por esta vida.

Entre los dos instantes de desnudez y fragilidad que son nuestro nacimiento y nuestra muerte todos nosotros tenemos responsabilidad para elegir sobre nuestos actos: podemos vivir compartiendo o acumulando, amando o llenando de sufrimiento nuestras vidas y las de los demás…

La pasión, muerte y resurrección de Jesús nos muestra cómo entra en Jerusalem enriquecido, aclamado, en medio de un ambiente de euforia, y llega al jueves y viernes santo tremendamente empobrecido… para, en el domingo de resurrección triunfar sobre la muerte y el odio.

El Domingo de Ramos todo es euforia… Parece verse el resultado de los tres años de trabajo arduo de Jesús. Los discípulos podrían imaginar que ese era el principio de mejores tiempos…

Pero Jerusalem es una ciudad hecha por hombres (como nuestro mundo)… y ese aparente triunfo y esa aparente felicidad son tan frágiles como las nuestras… De la aclamación al «crucifícalo» hay una delgada línea… Cambia la escena en muy poco tiempo…

Estas escenas retratan perfectamente nuestra trayectoria: nosotros pasamos del amor al odio en un suspiro y nos venimos arriba y abajo en segundos…

Jesús vive todo (la aclamación y la animadversión) sabiendo lo que le espera y sabiendo con quién lo vive. Entra enriquecido en Jerusalem y va empobreciéndose paulatinamente hasta el viernes santo. Su vida es una progresiva perdida de vida pero Él sabe perfectamente quién le devuelve la vida. Entrega la vida voluntariamente y el Domingo de Resurrección redescubrimos que quien llena de vida a Jesús (al igual que a nosotros) es Dios. La vida la recibimos y nos la recarga Dios mismo.

La Semana Santa tiene mucho que enseñarnos. Deberíamos vivirla intensamente, poniendo los ojos en Jesús, porque en nuestra vida hay mucho de ella: en nuestro día a día hay muchos Judas, muchos Pedros, muchos Getsemanís y momentos en los que lloramos pidiendo que se aparte de nosotros ese cáliz.

Diariamente todos vivimos constantemente misterios pascuales, pero los podemos vivir solos o acompañados. Podemos experimentar la cruz reconociendo que el Padre es el que nos da la vida. La Resurrección es volver a aprender que la vida nos la da otro.

Ojala vivamos esta Semana Santa orando unos por otros, con una fe firme en la Resurrección, sabiendo que por mucho dolor que acompañe nuestra vida la última palabra la tiene el amor. Porque siempre el amor es más fuerte que la muerte.

Audio-homilía: Domingo de Ramos 2013

Evangelio según San Lucas

Llegada la hora, Jesús se sentó a la mesa con los Apóstoles y les dijo: «He deseado ardientemente comer esta Pascua con vosotros antes de mi Pasión, porque os aseguro que ya no la comeré más hasta que llegue a su pleno cumplimiento en el Reino de Dios».
Y tomando una copa, dio gracias y dijo: «Tomad y compartidla entre vosotros. Porque os aseguro que desde ahora no beberé más del fruto de la vid hasta que llegue el Reino de Dios».
Luego tomó el pan, dio gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: «Esto es mi Cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía».
Después de la cena hizo lo mismo con la copa, diciendo: «Esta copa es la Nueva Alianza sellada con mi Sangre, que se derrama por vosotros. La mano del traidor está sobre la mesa, junto a mí.
Porque el Hijo del hombre va por el camino que le ha sido señalado, pero ¡ay de aquel que lo va a entregar!».
Entonces comenzaron a preguntarse unos a otros quién de ellos sería el que iba a hacer eso. Y surgió una discusión sobre quién debía ser considerado como el más grande.
Jesús les dijo: «Los reyes de las naciones dominan sobre ellas, y los que ejercen el poder sobre el pueblo se hacen llamar bienhechores. Pero entre vosotros no debe ser así. Al contrario, el que es más grande, que se comporte como el menor, y el que gobierna, como un servidor. Porque, ¿quién es más grande, el que está a la mesa o el que sirve? ¿No es acaso el que está a la mesa? Y sin embargo, yo estoy entre vosotros como el que sirve. Vosotros sois los que habéis permanecido siempre conmigo en medio de mis pruebas.
Por eso yo os confiero la realeza, como mi Padre me la confirió a mí.
Y en mi Reino, comeréis y beberéis en mi mesa, y os sentaréis sobre tronos para juzgar a las doce tribus de Israel. Simón, Simón, mira que Satanás ha pedido poder para zarandearos como el trigo,
pero yo he rogado por ti, para que no te falte la fe. Y tú, después que hayas vuelto, confirma a tus hermanos».
«Señor», le dijo Pedro, «estoy dispuesto a ir contigo a la cárcel y a la muerte».
Pero Jesús replicó: «Yo te aseguro, Pedro, que hoy, antes que cante el gallo, habrás negado tres veces que me conoces».
Después les dijo: «Cuando os envié sin bolsa, ni alforja, ni sandalia, ¿os faltó alguna cosa?».
«Nada», respondieron. El agregó: «Pero ahora el que tenga una bolsa, que la lleve; el que tenga una alforja, que la lleve también; y el que no tenga espada, que venda su manto para comprar una.
Porque os aseguro que debe cumplirse en mí esta palabra de la Escritura: Fue contado entre los malhechores. Ya llega a su fin todo lo que se refiere a mí».
«Señor», le dijeron, «aquí hay dos espadas». El les respondió: «Basta».
En seguida Jesús salió y fue como de costumbre al monte de los Olivos, seguido de sus discípulos.
Cuando llegaron, les dijo: «Orad, para no caer en la tentación».
Después se alejó de ellos, más o menos a la distancia de un tiro de piedra, y puesto de rodillas, oraba:
«Padre, si quieres, aleja de mí este cáliz. Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya».
Entonces se le apareció un ángel del cielo que lo reconfortaba.
En medio de la angustia, él oraba más intensamente, y su sudor era como gotas de sangre que corrían hasta el suelo.
Después de orar se levantó, fue hacia donde estaban sus discípulos y los encontró adormecidos por la tristeza.
Jesús les dijo: «¿Por qué estáis durmiendo? Levantaos y orad para no caer en la tentación».
Todavía estaba hablando, cuando llegó una multitud encabezada por el que se llamaba Judas, uno de los Doce. Este se acercó a Jesús para besarlo.
Jesús le dijo: «Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?».
Los que estaban con Jesús, viendo lo que iba a suceder, le preguntaron: «Señor, ¿usamos la espada?».
Y uno de ellos hirió con su espada al servidor del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja derecha.
Pero Jesús dijo: «Dejadlo, ya está». Y tocándole la oreja, lo curó.
Después dijo a los sumos sacerdotes, a los jefes de la guardia del Templo y a los ancianos que habían venido a arrestarlo: «¿Soy acaso un ladrón para que vengáis con espadas y palos? Todos los días estaba con vosotros en el Templo y no me arrestasteis. Pero esta es vuestra hora y el poder de las tinieblas».
Después de arrestarlo, lo condujeron a la casa del Sumo Sacerdote. Pedro lo seguía de lejos.
Encendieron fuego en medio del patio, se sentaron alrededor de él y Pedro se sentó entre ellos.
Una sirvienta que lo vio junto al fuego, lo miró fijamente y dijo: «Este también estaba con él».
Pedro lo negó, diciendo: «Mujer, no lo conozco».
Poco después, otro lo vio y dijo: «Tú también eres uno de aquellos». Pero Pedro respondió: «No, hombre, no lo soy».
Alrededor de una hora más tarde, otro insistió, diciendo: «No hay duda de que este hombre estaba con él; además, él también es galileo». «Hombre», dijo Pedro, «no sé lo que dices». En ese momento, cuando todavía estaba hablando, cantó el gallo.
El Señor, dándose vuelta, miró a Pedro. Este recordó las palabras que el Señor le había dicho: «Hoy, antes que cante el gallo, me habrás negado tres veces». Y saliendo afuera, lloró amargamente.
Los hombres que custodiaban a Jesús lo ultrajaban y lo golpeaban;
y tapándole el rostro, le decían: «Profetiza, ¿quién te golpeó?».
Y proferían contra él toda clase de insultos.
Cuando amaneció, se reunió el Consejo de los ancianos del pueblo, junto con los sumos sacerdotes y los escribas. Llevaron a Jesús ante el tribunal y le dijeron: «Dinos si eres el Mesías». El les dijo: «Si yo os respondo, no me creeréis, y si os interrogo, no me responderéis. Pero en adelante, el Hijo del hombre se sentará a la derecha de Dios todopoderoso».
Todos preguntaron: «¿Entonces eres el Hijo de Dios?». Jesús respondió: «Tenéis razón, yo lo soy».
Ellos dijeron: «¿Acaso necesitamos otro testimonio? Nosotros mismos lo hemos oído de su propia boca».
Después se levantó toda la asamblea y lo llevaron ante Pilato.
Y comenzaron a acusarlo, diciendo: «Hemos encontrado a este hombre incitando a nuestro pueblo a la rebelión, impidiéndole pagar los impuestos al Emperador y pretendiendo ser el rey Mesías».
Pilato lo interrogó, diciendo: «¿Eres tú el rey de los judíos?». «Tú lo dices», le respondió Jesús.
Pilato dijo a los sumos sacerdotes y a la multitud: «No encuentro en este hombre ningún motivo de condena».
Pero ellos insistían: «Subleva al pueblo con su enseñanza en toda la Judea. Comenzó en Galilea y ha llegado hasta aquí».
Al oír esto, Pilato preguntó si ese hombre era galileo. Y habiéndose asegurado de que pertenecía a la jurisdicción de Herodes, se lo envió. En esos días, también Herodes se encontraba en Jerusalén.
Herodes se alegró mucho al ver a Jesús. Hacía tiempo que deseaba verlo, por lo que había oído decir de él, y esperaba que hiciera algún prodigio en su presencia.
Le hizo muchas preguntas, pero Jesús no le respondió nada.
Entre tanto, los sumos sacerdotes y los escribas estaban allí y lo acusaban con vehemencia.
Herodes y sus guardias, después de tratarlo con desprecio y ponerlo en ridículo, lo cubrieron con un magnífico manto y lo enviaron de nuevo a Pilato. Y ese mismo día, Herodes y Pilato, que estaban enemistados, se hicieron amigos.
Pilato convocó a los sumos sacerdotes, a los jefes y al pueblo,
y les dijo: «Me habéis traído a este hombre, acusándolo de incitar al pueblo a la rebelión. Pero yo lo interrogué delante de vosotros y no encontré ningún motivo de condena en los cargos de que lo acusan;
ni tampoco Herodes, ya que él lo ha devuelto a este tribunal. Como véis, este hombre no ha hecho nada que merezca la muerte. Después de darle un escarmiento, lo dejaré en libertad».
Pero la multitud comenzó a gritar: «¡Qué muera este hombre! ¡Suéltanos a Barrabás!».
A Barrabás lo habían encarcelado por una sedición que tuvo lugar en la ciudad y por homicidio.
Pilato volvió a dirigirles la palabra con la intención de poner en libertad a Jesús. Pero ellos seguían gritando: «¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!».
Por tercera vez les dijo: «¿Qué mal ha hecho este hombre? No encuentro en él nada que merezca la muerte. Después de darle un escarmiento, lo dejaré en libertad».
Pero ellos insistían a gritos, reclamando que fuera crucificado, y el griterío se hacía cada vez más violento.
Al fin, Pilato resolvió acceder al pedido del pueblo.
Dejó en libertad al que ellos pedían, al que había sido encarcelado por sedición y homicidio, y a Jesús lo entregó al arbitrio de ellos.
Cuando lo llevaban, detuvieron a un tal Simón de Cirene, que volvía del campo, y lo cargaron con la cruz, para que la llevara detrás de Jesús.
Lo seguían muchos del pueblo y un buen número de mujeres, que se golpeaban el pecho y se lamentaban por él.
Pero Jesús, volviéndose hacia ellas, les dijo: «¡Hijas de Jerusalén!, no lloréis por mí; llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos. Porque se acerca el tiempo en que se dirá: ¡Felices las estériles, felices los senos que no concibieron y los pechos que no amamantaron! Entonces se dirá a las montañas: ¡Caigan sobre nosotros!, y a los cerros: ¡Sepúltennos! Porque si así tratan a la leña verde, ¿qué será de la leña seca?».
Con él llevaban también a otros dos malhechores, para ser ejecutados.
Cuando llegaron al lugar llamado «del Cráneo», lo crucificaron junto con los malhechores, uno a su derecha y el otro a su izquierda.
Jesús decía: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Después se repartieron sus vestiduras, sorteándolas entre ellos.
El pueblo permanecía allí y miraba. Sus jefes, burlándose, decían: «Ha salvado a otros: ¡que se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el Elegido!».
También los soldados se burlaban de él y, acercándose para ofrecerle vinagre, le decían: «Si eres el rey de los judíos, ¡sálvate a ti mismo!».
Sobre su cabeza había una inscripción: «Este es el rey de los judíos».
Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros».
Pero el otro lo increpaba, diciéndole: «¿No tienes temor de Dios, tú que sufres la misma pena que él? Nosotros la sufrimos justamente, porque pagamos nuestras culpas, pero él no ha hecho nada malo».
Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a establecer tu Reino».
El le respondió: «Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso».
Era alrededor del mediodía. El sol se eclipsó y la oscuridad cubrió toda la tierra hasta las tres de la tarde. El velo del Templo se rasgó por el medio.
Jesús, con un grito, exclamó: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». Y diciendo esto, expiró.
Cuando el centurión vio lo que había pasado, alabó a Dios, exclamando: «Realmente este hombre era un justo».
Y la multitud que se había reunido para contemplar el espectáculo, al ver lo sucedido, regresaba golpeándose el pecho.
Todos sus amigos y las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea permanecían a distancia, contemplando lo sucedido.
Llegó entonces un miembro del Consejo, llamado José, hombre recto y justo, que había disentido con las decisiones y actitudes de los demás. Era de Arimatea, ciudad de Judea, y esperaba el Reino de Dios.
Fue a ver a Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús. Después de bajarlo de la cruz, lo envolvió en una sábana y lo colocó en un sepulcro cavado en la roca, donde nadie había sido sepultado.
Era el día de la Preparación, y ya comenzaba el sábado.
Las mujeres que habían venido de Galilea con Jesús siguieron a José, observaron el sepulcro y vieron cómo había sido sepultado.
Después regresaron y prepararon los bálsamos y perfumes, pero el sábado observaron el descanso que prescribía la Ley.

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Jueves Santo: eucaristía, sacerdocio y amor fraterno

Varios son los acontecimientos que conmemoramos el Jueves Santo.

El más conocido es la institución de la Eucaristía. Jesús, en la última cena con sus discípulos, bendice el pan y el vino, convertidos en su cuerpo y sangre y establece una nueva alianza con el hombre. Nos encarga conmemorar ese momento y nos brinda el mejor alimento para nuestra fe. La comunión se convierte en la gasolina del cristiano.

Al encargar a sus discípulos que recuerden ese momento en memoria suya, instaura el sacerdocio. Desde ese instante, cada vez que en la eucaristía se consagran el pan y el vino, el sacerdote se convierte en representante de Jesús ante la comunidad.

Por último, en el Jueves Santo también se celebra el Día del amor fraterno. La Iglesia quiere resaltar en este día el simbolismo del lavado de pies que hiciera Jesús a sus apóstoles y que reflejó el evangelista San Juan. Jesús muestra un amor basado en dos pilares: el servicio y la solidaridad. Un amor radical, que va más allá de las palabras y los gestos grandilocuentes. Un amor que busca servir y no ser servido. Un amor que ofrece sin pedir.

Y, nuevamente, Jesús se nos mostrará como modelo. En el Viernes Santo recordaremos su Pasión: la traición, el prendimiento, el abandono, la injusta condena, la tortura, la muerte en la cruz… Jesús, que se hizo hombre y se igualó a nosotros en todo menos en el pecado, se entrega por todos. No hay amor más grande.

Evangelio según San Juan

Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, él, que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin.
Durante la Cena, cuando el demonio ya había inspirado a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarlo, sabiendo Jesús que el Padre había puesto todo en sus manos y que él había venido de Dios y volvía a Dios, se levantó de la mesa, se sacó el manto y tomando una toalla se la ató a la cintura.
Luego echó agua en un recipiente y empezó a lavar los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que tenía en la cintura.
Cuando se acercó a Simón Pedro, este le dijo: «¿Tú, Señor, me vas a lavar los pies a mí?».
Jesús le respondió: «No puedes comprender ahora lo que estoy haciendo, pero después lo comprenderás».
«No», le dijo Pedro, «¡tú jamás me lavarás los pies a mí!». Jesús le respondió: «Si yo no te lavo, no podrás compartir mi suerte».
«Entonces, Señor», le dijo Simón Pedro, «¡no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza!».
Jesús le dijo: «El que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque está completamente limpio. Vosotros también estáis limpios, aunque no todos». El sabía quién lo iba a entregar, y por eso había dicho: «No todos estáis limpios».
Después de haberles lavado los pies, se puso el manto, volvió a la mesa y les dijo: «¿comprendéis lo que acabo de hacer? Vosotros me llamáis Maestro y Señor; y tienéis razón, porque lo soy. Si yo, que soy el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Os he dado el ejemplo, para que hagáis lo mismo que yo he hecho con vosotros».

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Semana Santa: acompañando a Jesús en su Pasión, Muerte y Resurrección

La cruz, símbolo de los cristianos

La cruz, símbolo de los cristianos

Estos días grandes de los cristianos nos vienen como anillo al dedo; son una ocasión para descansar, para interrumpir la rutina y para entrar de lleno en la primavera con energías renovadas. Pero, en todas las tradiciones religiosas con sus diferentes manifestaciones, lo grande y santo de verdad es nuestra vuelta a Cristo.

Desde el domingo de Ramos hasta el domingo de Resurrección transcurre la Semana Santa.

El domingo de Ramos todo parece muy festivo: Jesús entró en Jerusalén y fue aclamado por el pueblo. No fue una recepción oficial, llena de protocolo, no. Jesús entró en la ciudad sobre un burrito, y los discípulos a pie; no hubo grandes personalidades, tan sólo los niños y la gente llana del pueblo; no hubo despliegue de medios, sino hojas de palmas, ramos de olivo y algunos mantos que tirados por el suelo hicieron las veces de alfombra.

A los poderosos de entonces, el espectáculo les debió parecer hasta grotesco: ¡Vaya Mesías y qué séquito de gentes sin importancia! Sin embargo, su mensaje del Reino de Dios, el Reino de un dios Padre que ama a todos sin privilegios era una peligrosa amenaza para su orden establecido.

Lunes, martes y miércoles santos nos sitúan en el calculado plan para apresar a Jesús que han tramado los miembros del Sanedrín y que cuenta con la colaboración necesaria de un Judas decepcionado de su maestro. A él, no le convencían las palabras y gestos de amor de Jesús, hasta para los enemigos.

Jueves, viernes y sábado santos son los días principales de esta semana y componen el Triduo pascual. En ellos, por medio de la oración y la lectura del Evangelio, mediante la liturgia, la procesiones y la contemplación de los Pasos, nos adentramos en el mismo corazón de Jesús y nos conmovemos a vivir con él sus mismas sensaciones, y al sentir el eco de sus palabras que son casi un testamento en el Jueves santo: “Amaos unos a otros como Yo os he amado; Tomad y comed, esto es mi Cuerpo que se entrega por vosotros; Haced esto en memoria mía; Padre, si es posible, aparte de mi este cáliz… pero que se haga Tu voluntad y no la mía.”

El Viernes santo, la Iglesia mantiene ardiente la luz que se desprende de la cruz de Cristo. Conmemorar la Pasión de Jesús es aprender a amarlo, a reconocer que ese hombre capaz de afrontar con paciencia, bondad y perdón, la tortura y hasta la violencia contra él, es verdaderamente el Hijo de Dios y el salvador del mundo.

Jesús triunfa en la cruz; entregándonos su sangre gota a gota, nos dice: “Ahí tienes a tu Madre”; pide por sus verdugos: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen”; y al ladrón arrepentido le promete: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”. Auténticamente humano, se siente abandonado: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Y luego él mismo se abandona en las manos del Padre: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”

No es dolorismo, ni cuestión de imagen que la señal de los cristianos sea la cruz que entrelaza el amor confiado a Dios y el amor comprometido y solidario a todos los hermanos. La cruz no es ya para nosotros un horrible instrumento de tortura y ajusticiamiento sino el altar donde se nos da el Amor y su perdón. La forma de vivir y de morir de Jesús es tan humana y divina, tan solidaria y compasiva, tan atrayente y grande en su humildad, que nos sentimos conmovidos ante su Pasión.

Pero cuando Jesús muere a la hora de nona, su cuerpo es puesto en la tumba por algunos de sus seguidores, llega la noche y entramos en el silencio del Sábado santo. Aquí es donde se enraíza nuestra fe: en la compañía piadosa y esperanzada más allá del dolor de nuestra Madre, María; en la fiel nostalgia de María Magdalena, en la unidad de los amigos por medio del recuerdo de la palabras del señor, que se repetían los apóstoles unos a otros.

Nuestra fe cristiana proclama que Jesús resucitó, que está vivo y sigue entre nosotros sin dejar de amarnos. El Sábado santo es el día en el que los que acompañamos a cristo en la Última cena, en Getsemaní, en los injustos juicios ante Caifás y Pilatos, en las burlas, en el camino de la cruz, en la muerte y hasta la tumba, nos trasformamos en testigos de lo que conocemos y creemos de Jesús.

La Resurrección es la vida nueva y eterna que se encuentra en el amor de Jesús, es vivir desde Él que sigue con nosotros todos los días hasta el fin del mundo.

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