Juan

«Señor, yo creo pero aumenta mi fe»

El evangelio de hoy nos muestra un instante especialmente importante de la vida de Jesús: la llamada a Pedro, Andrés, Santiago y Juan (el núcleo duro de sus discípulos).

Pero, en este episodio, encontramos una frase que me resuena de forma especial (y que, de hecho, fue la que inspiró el nombre de este blog que nació hace ya casi tres años).

Jesús dijo a Pedro: «Navega mar adentro, y echad las redes». Simón le respondió: «Maestro, hemos trabajado la noche entera y no hemos sacado nada, pero si tú lo dices, echaré las redes». Lucas 5, 4-6.

Siento que este pasaje nos llama a profundizar, a perserverar, a no rendirnos ante supuestas evidencias… Y, por encima de todo, a confiar en el Señor.

Los hombres tendemos a entusiarmarnos con facilidad con los proyectos o con las personas… Pero nuestra ilusión, nuestra fortaleza y nuestra constancia a veces se asemejan a las burbujas del champán: tienen una salida explosiva y, en cuestión de segundos, pierden fuerza y quedan en nada. Y, en ese momento, nos armamos con excusas que nos anestesian para abandonar, para rendirnos, para traicionar…

«Dichosos los que creen sin haber visto» Jn 20, 29.

Contamos con una herramienta poderosísima: la fe. Buscando una definición para esta palabra de apenas dos letras que engloba un concepto tan grande, encuentro esta frase: «la fe es la certeza de lo que se espera y la conviccion de lo que no se ve». Nada más y nada menos.

El pasado día 11 de octubre de 2013 (fecha en la coincidían el 50 aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II y el 20 aniversario de la promulgación del Catecismo de la Iglesia Católica) el papa Benedicto XVI inauguraba el «Año de la Fe» como «una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor». Este periodo de profundización y alimentación de nuestra fe se clausurará el 24 de noviembre, coincidiendo con la solemnidad de Cristo Rey.

Es un buen momento para analizar cómo andamos de fe (si es fuerte o frágil, si nuestra fe es ciega o razonada, si la potenciamos o la tenemos adormecida…). Es hora de ampliar nuestro conocimiento de Jesús, de su vida y de su mensaje, para que esa fe se fortalezca.

Pidámosle a Dios que nos dé fe para seguir nuestra trayectoria, perseverancia y lealtad para no abandonar a las primeras de cambio, y fortaleza para navegar mar adentro, para salir de nuestras zonas de confort y para seguir echando las redes aunque las circunstancias no sean cómodas, aunque el cansancio nos venza, aunque muchas voces nos digan que estamos equivocados…

«¡Todo es posible para el que cree! … ¡Señor, yo creo pero aumenta mi fe!» Marcos 9, 22-24.

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Audio-homilía: Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida

La intención de Jesús es que descubramos que Él nos hace falta en nuestra vida de una forma muy radical. Necesitamos del Señor como del aire para respirar. Es una preocupación suya que vayamos estrechando nuestra relación con él.

Nosotros somos autosuficientes desde muy pequeñitos. Y esa autosuficiencia nos dura toda la vida. Y Jesús nos dice que separados de Él no podemos hacer nada y que tenemos que ser conscientes de lo unidos que ya estamos a Él. Nuestra relación con el Señor es como un cordón umbilical.

Jesús nos dice «no todo lo que os alimenta os da vida«. Este evangelio recuerda mucho el diálogo con la samaritana. No nos damos cuenta de que todos los planes que hacemos son fugaces y efímeros. No podemos ir viviendo de esperanzas futuras que luego nos dejan vacíos.

Jesús nos ofrece que dejemos de ser personas que dependen de lo de fuera y nos convirtamos en manantial que mana de dentro hacia fuera. Es un cambio de dirección. Se trata de que seamos fuente y proporcionemos agua a los demás, en lugar de ser sumidero y depender del agua de nuestros semejantes.

Jesús nos pide que le imitemos. Y nos recuerda que su alimento es hacer la voluntad del Padre: vivir sirviendo a los demás.

El evangelista Juan nos sitúa la eucaristía con el lavatorio de los pies. Venir a misa es media hora o cuarenta y cinco minutos. Pero después tenemos todo el día para vivir lo que hemos aprendido en la eucarístia: amar, sirvir, entregarnos, escuchar, tener paciencia, volver a intentarlo, insistir…

Ojalá que cada vez que comulguemos nos vayamos asemejando más a Jesús en su capacidad de servicio, de entrega, de generosidad, de disponibilidad.

Audio-homilía: Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida

Evangelio según San Juan

Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo».
Los judíos discutían entre sí, diciendo: «¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?».
Jesús les respondió: «Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis Vida en vosotros.
El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.
Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida.
El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él.
Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí.
Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente».

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Momentos nada casuales en un Camino de Santiago

Llevaba tiempo queriendo escribir este post… el caso es el día a día nos puede, las jornadas pasan y, sin apenas darme cuenta, ya hace casi tres meses que realicé un nuevo tramo del Camino de Santiago.

En su momento escribí las primeras reflexiones que me inspiró esta peregrinación, pero me quedaba pendiente repasar esas frases que durante el camino, en encuentros casuales (o quizá no tanto), comentan las numerosas personas con las que uno entabla conversación. No son filósofos famosos, ni guías espirituales, son gente corriente que de repente (y aparentemente sin venir a cuento) te dicen algo que se te prende en el alma…

– En nuestro camino, nos encontramos con un joven sacerdote alemán de la orden de los capuchinos, que había salido de Hamburgo con su mochila, sin saber una palabra de español y que había recorrido 7.000 kilómetros por toda España durante ocho meses. Hablando con él, mirándole a los ojos, se veía que la experiencia le había llenado de vida. Probablemente, había pasado momentos muy duros, pero sus ojos brillaban de una forma especial y su sonrisa irradiaba felicidad. Hablando con él, nos comentó un par de frases que se me han quedado grabadas: «el miedo es el maligno» y «los miedos se vencen con amor«. Se explican por sí solas. Ya sabemos que en la vida, como en el Camino, nuestros peores enemigos son los miedos. Y que éstos solo se vencen con la confianza de sabernos amados.

– Otro de nuestros encuentros fue con un anciano que cuidaba las gallinas en su casa a las afueras de Betanzos, en una zona absolutamente rural. Durante una conversación de más de 20 minutos que pasaron volando nos reconocía que «nos centramos mucho en trabajar (que es bueno y está bien), pero olvidamos dedicar tiempo a lo importante (nuestra familia, las relaciones con los demás…)«. La charla con este hombre fue deliciosa y absolutamente enriquecedora.

– Dialogando el padre Jenaro Cebrián, delegado de peregrinaciones en la diócesis Santiago de Compostela y persona que firma las compostelas (ese documento que acredita que se ha hecho el Camino), nos comentaba que esta experiencia está abierta a todo tipo de personas, pero que todos los peregrinos (creyentes o no) se ponen en marcha porque buscan algo (una experiencia espiritual, un encuentro consigo mismos, expresar agradecimiento, mayor intimidad con Dios…). Y también nos decía que a Dios no sólo se le encuentra en iglesias, templos o catedrales: también se le puede hallar en las cosas ordinarias: el amor, la alegría, la solidaridad, la sonrisa, la mano tendida, el agradecimiento, el esfuerzo…

– Tuvimos la inmensa fortuna de poder vivir una extraordinaria e íntima adoración nocturna en la Catedral de Santiago de Compostela: orar en ese tremendo monumento con apenas treinta personas, a media luz y con un silencio atronador fue simplemente sobrecogedor. En ese momento, era fácil recordar y hacer propio el pasaje evangélico de la transfiguración (Seis días después, Jesús tomó a Pedro, Santiago y Juan, y los llevó a ellos solos a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos. Sus vestiduras se volvieron resplandecientes, tan blancas como nadie en el mundo podría blanquearlas. Y se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús. Pedro dijo a Jesús: “Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías” Mt. 9. 2-5). Y uno de los jóvenes de la localidad portuguesa de Braga con los que compartimos este instante de paz reflexionaba que «vivimos pendientes de las cosas de arriba, de nuestra espiritualidad, pero nuestra principal tarea es trasladar todo eso a la calle, en nuestras relaciones, en el trabajo…» (vamos, el clásico «a Dios rogando y con el mazo dando»).

– Y, para terminar este post que se está alargando más de lo previsto, hubo una mujer bastante mayor que se nos acercó, nos cogió las manos, nos miró a los ojos con gran ternura y nos dijo textualmente «rezo siempre a Dios por tod@s vosotr@s» (imaginamos que se refería a l@s peregrin@s) «para que os mantenga la fe… porque, si tenéis fe, os podéis divertir lo que queráis». Nos pareció curiosa esa frase, dicha por una mujer casi anciana y probablemente educada en un entorno mucho más sobrio y menos hedonista que el nuestro. Una apreciación que demuestra que ser cristiano y vivir la fe no está reñido con la alegría y el disfrute (más bien es todo lo contrario).

Quizá puedan parecer frases e instantes inconexos y sin sentido, pero, como ya he comentado anteriormente, en el Camino nada es casual… Parafraseando a Antonio Machado, «todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar, pasar haciendo camino…»

Nos gustaría que, quienes hayáis hecho el Camino de Santiago, nos comentéis vuestras anécdotas, esas frases o encuentros que os marcaron. ¡Ánimo, esperamos vuestras experiencias!. Gracias de antemano.

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Personajes de la Pasión: ¿con cuál te identificas?

Vía Crucis, Capilla franciscana, Santo Sepulcro (Jerusalem)

Vía Crucis, Capilla franciscana, Santo Sepulcro (Jerusalem)

Cada vez que leemos la Pasión de Jesucristo descubrimos algunos personajes clásicos: Jesús, Judas, Pilato, los sumos sacerdotes, los apóstoles… Pero, si profundizamos un poco más, observamos otros actores y podemos comprender que en este relato, tantas veces leido y escuchado, se esconden muchas de las actitudes humanas.
Como comentaba Vicente hace unos días, podemos vivir la Semana Santa como meros espectadores o profundizar en el misterio que encierra y sacar conclusiones para nuestra vida.
Vamos a analizar los distintos personajes de la Pasión y a pensar detenidamente con cuál de ellos nos identificamos, qué papel representamos en nuestro día a día y cuál nos gustaría desarrollar.

Jesús de Nazaret: El Hijo de Dios hecho hombre, que asume nuestra condición en todo menos en el pecado. Por amor se entrega voluntariamente a la injusticia, a la burla, al abandono por parte de los suyos, a la tortura y a la muerte. Tras pasar por este mundo haciendo el bien especialmente a los más olvidados, es rechazado, acusado injustamente, humillado, maltratado y asesinado. Apenas se defiende, no rehuye el sufrimiento. Consecuente con su vida, obediente, fiel a su proyecto de vida.

Los apóstoles: Amigos y seguidores de Jesús. Han vivido con él los tres años más intensos de su vida, le han escuchado, le han seguido, le han visto en su día a día, le conocen… Y, llegada la hora, se dispersan. Unos desaparecen, otros le siguen de lejos, otros observan lo que sucede sin darse a conocer, uno de ellos (Pedro) le niega como había predicho el propio Jesús, otro (Juan) reaparece a los pies de la cruz. Después de creer la Buena Nueva, todos ellos ven con desolación el «fracaso» de su proyecto. Se mezcla en ellos el horror de ver el «final» de su maestro, la decepción por el devenir de su proyecto vital y el miedo por el futuro. Tras la muerte de Jesús, en medio de la desolación y el terror, se esconden. No entienden porqué las cosas «han acabado» así, se lamentan, se deprimen y tiran la toalla.

Judas: El traidor. Uno de los doce apóstoles. Sigue a Jesús después de que Juan Bautista sea asesinado. Era un hombre cultivado, ambicioso, al que le gustaban el poder y la fama. Probablemente el devenir de la vida de Cristo y la constatación de que el concepto de Rey de los Judios de Jesús no era ni parecido al suyo le hacen distanciarse de Él (sin llegar a abandonarle), decepcionarse, llegar a odiarle y entregarle. Un hombre que, incapaz de aceptar formas de afrontar la vida distintas a la suya, traiciona a su maestro y se convierte en un instrumento clave de la Pasión y Muerte de Jesús.

Los sumos sacerdotes. La máxima autoridad religiosa en la época de Cristo: presidentes del Sanedrín, jefes del pueblo, responsables del Templo y del cumplimiento de la Ley. Pertenecían a las familias más nobles del pueblo. No son capaces de descubrir en Jesús la figura del Mesías. Como eruditos y autoridades religiosas tenían muy claro cómo era el personajes que las Escrituras anunciaban. Y, sencillamente, Jesús no encajaba en esa imagen. Simplemente, era imposible que el Hijo de Dios hubiera nacido en Belén, que fuera el hijo de un carpintero, que no fuera de familia noble, que se acompañara de pescadores y que se juntara con lo más bajo de la sociedad. La nueva lectura que Jesús hace de las Escrituras para ellos es una ofensa, una blasfemia… Pero Jesús tiene fama y seguidores, debido a sus obras y a su actitud. No podían permitir que esa ofensa a los dogmas religiosos se mantuviera por más tiempo. Una élite dogmática, más pegada a los ritos que a las actitudes, rechaza al Salvador, porque no encaja en sus esquemas.

Poncio Pilato. Procurador de la provincia romana de Judea. Los sumos sacerdotes le llevan a Jesús, bajo la acusación de sedición, para que le condene a muerte (ya que esa pena solo podía ser impuesta por los romanos). Pilato lo interroga y no encuentra motivo para condenarlo. Intenta que el pueblo lo libere (en la víspera de la Pascua tradicionalmente se soltaba a un preso), pero no lo consigue. Pese a no ver culpa en él, ante el temor a que hubiera revuelta, entrega a Jesús a la muerte y se lava las manos. Es consciente de que se está cometiendo una injusticia, sabe que puede impedirla, pero el miedo y la comodidad le convierten en otro de los principales responsables de la Pasión y Muerte de Jesús.

Los soldados. Amparados en su supuesta autoridad, dan rienda suelta a una crueldad infinita: la tortura, la burla, las múltiples vejaciones. Aprovechan su superioridad ante alguien desarmado e indefenso e inician una ceremonia de crueldad gratuita.

El pueblo. Quienes el Domingo de Ramos recibían a Jesús en Jerusalem al grito de Rey acaban siendo manipulados por los sumos sacerdotes y pidiendo a gritos la crucifixión de Cristo. Incluso, cuando Pilato se lava las manos, afirman «que su sangre caiga sobre nosotros y nuestros hijos». Una masa fácilmente manipulable que hoy encumbra a alguien y mañana le aborrece, impulsada y utilizada por una élite que mueve los hilos para cometer atrocidades amparados en la voluntad del pueblo.

Otros seguidores de Jesús. Al margen de los discípulos y los más cercanos, había muchas personas que veían en Jesús a aquel que habían esperado durante muchísimos años. Al ver cómo transcurren los acontecimientos, desaparecen y, muy probablemente, se encierran apenados e incapaces de ver lo que está pasando. Todo se acabó. Incapaces de ver la injustiticia, la tortura, la atrocidad y el asesinato, se encierran y sufren en soledad.

María. La Madre. Sigue a su hijo en segundo plano (como durante toda su vida). Sufre profundamente el destino de Jesús. Le acompaña en el Vía Crucis y al pie de la Cruz. Permanece con él en estos últimos y dolorosísimos instantes de su vida, posiblemente rememorando todas aquellas cosas que había meditado y guardado en su corazón durante años. Consciente de que el papel de su hijo se está cumpliendo, no se rebela, simplemente acompaña, sufre, mantiene su discrección y calla.

Y, tú, ¿con quién o quiénes te identificas más?, ¿te gustaría añadir algún personaje más?…

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La pasión de vivir el día a día

Barco de pesca en Llanes (Asturias)

Barco de pesca en Llanes (Asturias)

El pasado domingo celebrábamos el Bautismo de Jesús, poníamos fin al tiempo de Navidad e iniciábamos el denominado tiempo ordinario… el fin de una época especial y la vuelta a la rutina… Desde este blog apelábamos a descubrir la magia y la belleza de lo cotidiano…

Me ha llamado mucho la atención, siguiendo los evangelios de estos días, lo claro que aparece esto: el domingo veíamos a Jesús haciéndose uno con los  despreciados y a Dios dejando claro quiénes son sus hijos predilectos (no los fuertes, no los listos, no los poderosos… sino los humildes, los que hacen su trabajo sin estridencias).

Y eso es lo que lo que hizo Jesús (los evangelios de estos últimos días lo dejan claro). Tras ese momento de gloria en el Jordán, Jesús no se recrea en la jugada, sino que se pone manos a la obra.

La lectura del lunes nos muestra a Jesús eligiendo compañeros de viaje (Andrés y Pedro, Santiago y Juan); la del martes, un Cristo «enseñando con autoridad»; el miércoles y hoy jueves, «curando dolencias» y… retirándose a orar. Es decir, la más clara expresión del famoso dicho «a Dios rogando y con el mazo dando».

La hoja de ruta está clara. Hemos vuelto al trabajo de cada día. Y Jesús nos pide altura de miras. Ser hijo predilecto de Dios supone dar una nueva dimensión a nuestras tareas diarias. Jesús nos pide que «dejamos las redes y le sigamos».

En unos casos, ese seguimiento significa una vida consagrada como religiosa, como sacerdote o como misioneros. En otros, Dios nos llama a construir el reino de Dios en nuestro mundo (en la oficina, en la universidad, en el colegio, en nuestra familia, a nuestro alrededor…). Es una oferta que abre nuevos horizontes a nuestro día a día… Todo lo que hacemos, todo, tiene un sentido, si lo hacemos pensando más allá de nuestros ombligos (nuestras redes) y dejando que Dios actúe.

Leía el otro día una frase que me encantó: «no se trata de abandonarlo todo, sino de abandonarse en el Todo, para dar una nueva luz a todo».

La entrega diaria, el trabajo cotidiano, las relaciones habituales… son tareas maravillosas que nos pueden acercar a Dios y a los demás…

Pidamos a Jesús y a María (ejemplo de que el trabajo diario y silencioso constituye en sí mismo un auténtico milagro) que sepamos desarrollar nuestras tareas con pasión, ilusión, imaginación, perseverancia y alegría.

¡Qué tengáis un estupendo día!

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