Juan Pablo II

Audio-homilía: Ver para creer

Este Evangelio nos explica que lo propio del periodo pascual que estamos celebrando es creer aunque no hayamos visto. Es muy humano creer solo que se ve o se confirma, pero lo que nos debe mover a quienes tenemos fe es creer que Dios salva a la humanidad, pese a que las evidencias nos digan lo contrario.

Somos libres para elegir si nos fiamos de las noticias que recibimos a diario, de lo que vemos a nuestro alrededor, o si, por el contrario, creemos firmemente que lo que Dios pronuncia sobre nuestro mundo se va cumpliendo, pese a que no veamos resultados.

Y, si elegimos confiar en Dios, no debemos quejarnos de que haya tarea en el mundo. No podemos confundir Pascua y Resurrección, con magia y mundos ideales. La realidad en la que el Señor resucita es una realidad humana, con sus límites y sus debilidades. Y es esa realidad la que debemos transformar entre todos.

Lo más esperanzador es que ese Jesús que resucitó y fue a ver a sus discípulos hace 2.000 años sigue resucitando y viniendo hoy, aquí y ahora.

Somos tacaños en el amor, porque nos pensamos que, si despilfarramos ese amor, nos quedaremos sin nada. Pero el amor que Dios ha derramado sobre nosotros es incalculable y por eso la Pascua es el momento de abandonar los cálculos y los miedos. Ojalá no tengamos miedo, porque nuestra vida compartida va a multiplicar la vida que tenemos.

Ayer celebrábamos el domingo de la Beatificación de Juan Pablo II, el día de la Divina Misericordia, el día de la madre, el día del trabajo…Ojalá celebremos mucho porque nos sobran los motivos para creer en la Esperanza y para creer en la Resurrección.

Audio-homilía: Ver para creer

Evangelio según san Juan

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: -«Paz a vosotros.» Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: -«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.» Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: -«Recibid el Espiritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.» Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: -«Hemos visto al Señor.» Pero él les contestó: -«Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo. » A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: -«Paz a vosotros.» Luego dijo a Tomás: -«Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.» Contestó Tomás: -«¡Señor mío y Dios mío!» Jesús le dijo: -«¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.» Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

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Beatificación de Juan Pablo II

Juan Pablo II beatificado

Juan Pablo II beatificado

Con motivo de la beatificación de Juan Pablo II, que se celebra mañana en Roma y que ha congregado a miles y miles de peregrinos en Roma, recordamos el post que en enero dedicamos al que mañana será Beato Juan Pablo II.

Este acontecimiento festivo nos sirve para poner el acento en tres reflexiones que nos evoca esta beatificación.

1. Es posible ser santo. Ya comentábamos en el Día de Todos los Santos que todos podemos ser santos. La santidad no es más que mirar a Cristo, tenerle como ejemplo y llevar una vida coherente con ese ejemplo. Es posible. Así que «sed perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto» Mt 5, 48.

2. Hemos sido testigos. Es un inmenso regalo ser testigo de la beatificación de un hombre al que todos hemos conocido, de un hombre que ha dado la vuelta al mundo y de cuya vida y obras hemos sido testigos. Las cosas que vivimos nos quedan más grabadas que aquellas que nos cuentan. Y la historia de Juan Pablo II ha sido una realidad que hemos podido palpar directamente.

3. Fervor popular y fiesta. La beatificación de Juan Pablo II ha congregado cientos de miles de personas en Roma y mantiene atentos a millones de ciudadanos en todo el mundo. Siempre es una buena noticia la celebración comunitaria de un sentimiento y de una fe, porque «donde dos o más se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.” Mateo 18, 20.

Post publicado en Echadlared el 17 de enero de 2011:

Juan Pablo II. La Santidad de la Iglesia: conocer, amar y seguir a Cristo

Durante su vida le conocimos como el Papa que vino de un país lejano, a partir del próximo 1 de mayo lo llamaremos Beato Juan Pablo II. Fue un Papa que acercó la Iglesia al mundo. Su figura como pastor y pontífice de la Iglesia católica ha tenido una gran trascendencia; su delicada salud en el periodo final de su vida llegó a conmover a muchos que admiraban la entrega total de sus energías para expresar a todos el amor misericordioso de Dios; y cuando Juan Pablo II murió el 2 de abril del año 2005, se despertó con fuerza una oración en el pueblo pidiendo el reconocimiento de la santidad de su vida.

Su sucesor, el Papa Benedicto XVI, no desoyó aquella petición y autorizó la apertura de la causa de beatificación de Karol Wojtyla sin esperar el periodo requerido de cinco años después de su muerte.

Ahora el proceso ha avanzado: se ha estudiado minuciosamente su larga vida para afirmar (como lo hizo Benedicto XVI en diciembre de 2009) que Juan Pablo II vivió en grado heroico su cristianismo y se ha probado la curación milagrosa, gracias a su intercesión, de la Hermana Marie Simon-Pierre, que padecía la enfermedad de Parkinson.

Esta noticia nos habla de la santidad de la Iglesia en sus miembros. Independientemente de la vocación, la tarea o las circunstancias en las que hayan vivido los santos, todos ellos encarnan los tres rasgos de la unión con Cristo. Se trata de conocer personalmente a Jesucristo, amarlo con todo el corazón y seguirle en la vida diaria.

Estos rasgos, que han de caracterizar a todos los cristianos, son tan marcados en algunos creyentes que les llevan a alcanzar una identificación peculiar con Jesús hasta el punto de convertirse en canales de la misma acción sanadora y liberadora de Dios.

Cuando Juan Pablo II comenzó su pontificado, lanzó un mensaje al mundo, un mensaje que él mismo vivió: “No temáis, abrid la puertas a Cristo”

Cada vez que la Iglesia celebra a un santo, todos los cristianos vemos realizado en alguien que hemos conocido y que ha pisado nuestra tierra, el ideal al que nos sentimos llamados: la unión y la identificación con Cristo.

Pensando en el Papa Juan Pablo II me han venido a la mente las palabras del Evangelio: «El que me ama cumplirá mi palabra, mi Padre lo amará, vendremos a él y habitaremos en él. . . Os he dicho esto mientras estoy con vosotros. El Espíritu Santo que enviará el Padre en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dado a conocer» (Jn 14, 23. 25-26)

«Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pediréis lo que queráis y os sucederá. Mi Padre será glorificado si dais fruto abundante y sois mis discípulos. Como el Padre me amó así yo os he amado: permaneced en mi amor. . . Ya no os llamo siervos porque el siervo no sabe lo que hace el amo. A vosotros os he llamado amigos porque os comuniqué cuanto escuché a mi Padre. No me elegisteis vosotros; yo os elegí y os destiné a ir y dar fruto, un fruto que permanezca; así, lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo concederé» (Jn 15, 7-9. 15-16)

Gracias a Dios por el don la vida de Karol Wojtyla y gracias, santo Padre Benedicto XVI, por dar a toda la Iglesia, en la beatificación de Juan Pablo II, el estímulo de su ejemplo para nuestro seguimiento a Cristo.

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Juan Pablo II. La Santidad de la Iglesia: conocer, amar y seguir a Cristo

Juan Pablo II beatificado

Juan Pablo II beatificado

Durante su vida le conocimos como el Papa que vino de un país lejano, a partir del próximo 1 de mayo lo llamaremos Beato Juan Pablo II. Fue un Papa que acercó la Iglesia al mundo. Su figura como pastor y pontífice de la Iglesia católica ha tenido una gran trascendencia; su delicada salud en el periodo final de su vida llegó a conmover a muchos que admiraban la entrega total de sus energías para expresar a todos el amor misericordioso de Dios; y cuando Juan Pablo II murió el 2 de abril del año 2005, se despertó con fuerza una oración en el pueblo pidiendo el reconocimiento de la santidad de su vida.

Su sucesor, el Papa Benedicto XVI, no desoyó aquella petición y autorizó la apertura de la causa de beatificación de Karol Wojtyla sin esperar el periodo requerido de cinco años después de su muerte.

Ahora el proceso ha avanzado: se ha estudiado minuciosamente su larga vida para afirmar (como lo hizo Benedicto XVI en diciembre de 2009) que Juan Pablo II vivió en grado heroico su cristianismo  y se ha probado la curación milagrosa, gracias a su intercesión, de la Hermana Marie Simon-Pierre, que padecía la enfermedad de Parkinson.

Esta noticia nos habla de la santidad de la Iglesia en sus miembros. Independientemente de la vocación, la tarea o las circunstancias en las que hayan vivido los santos, todos ellos encarnan los tres rasgos de la unión con Cristo. Se trata de conocer personalmente a Jesucristo, amarlo con todo el corazón y seguirle en la vida diaria.

Estos rasgos, que han de caracterizar a todos los cristianos, son tan marcados en algunos creyentes que les llevan a alcanzar una identificación peculiar con Jesús hasta el punto de convertirse en canales de la misma acción sanadora y liberadora de Dios.

Cuando Juan Pablo II comenzó su pontificado, lanzó un mensaje al mundo, un mensaje que él mismo vivió: “No temáis, abrid la puertas a Cristo”

Cada vez que la Iglesia celebra a un santo, todos los cristianos vemos realizado en alguien que hemos conocido y que ha pisado nuestra tierra, el ideal al que nos sentimos llamados: la unión y la identificación con Cristo.

Pensando en el Papa Juan Pablo II me han venido a la mente las palabras del Evangelio: «El que me ama cumplirá mi palabra, mi Padre lo amará, vendremos a él y habitaremos en él. . . Os he dicho esto mientras estoy con vosotros. El Espíritu Santo que enviará el Padre en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dado a conocer» (Jn 14, 23. 25-26)

«Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pediréis lo que queráis y os sucederá. Mi Padre será glorificado si dais fruto abundante y sois mis discípulos. Como el Padre me amó así yo os he amado: permaneced en mi amor. . . Ya no os llamo siervos porque el siervo no sabe lo que hace el amo. A vosotros os he llamado amigos porque os comuniqué cuanto escuché a mi Padre. No me elegisteis vosotros; yo os elegí y os destiné a ir y dar fruto, un fruto que permanezca; así, lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo concederé» (Jn 15, 7-9. 15-16)

Gracias a Dios por el don la vida de Karol Wojtyla y gracias, santo Padre Benedicto XVI, por dar a toda la Iglesia, en la beatificación de Juan Pablo II, el estímulo de su ejemplo para nuestro seguimiento a Cristo.

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Francisco de Asís y la mujer y madre María Virgen

La Virgen María, mujer y madre

La Virgen María, mujer y madre

Francisco de Asís vivió en una época –el feudalismo dentro del tiempo de la Edad Media- en que Dios era concebido como el Señor feudal por excelencia. Esto imprimía en la vida de piedad de los fieles un fuerte temor de Dios y una consideración de la autoridad de Dios que dejaba poco espacio a la ternura y la misericordia que Dios Padre nos manifestó en Jesucristo.

El pueblo sencillo, triturado por la miseria y las enfermedades, no podía cargar con una fe tan pesada, una fe que liberaba poco y que lastraba aun más una vida de por sí tan dura como lo es siempre la vida de los pobres.

El pueblo y los servidores de este pueblo de Dios que el Señor suscitó elaboraron una nueva espiritualidad, una nueva forma de sentir y vivir la fe desde la devoción a Jesucristo crucificado, manifestación máxima de la máxima cercanía de Dios hacia todos los hombres.

Desde el siglo XI y en el contexto de esta espiritualidad, que acentúa la devoción por la humanidad doliente de Cristo, la figura de la madre, los rasgos maternos y un lenguaje más cercano a las categorías femeninas resultaron más apropiados para traducir los rasgos de bondad y cercanía que de Dios deben reflejar quienes en su nombre predican o ejercen la autoridad.

La devoción a la humanidad amable y amada de Jesús arrastró tras de sí la devoción a María, a la Madre de Dios, resurgiendo así con todo lo femenino el valor de lo maternal. Así resulta que San Francisco es, junto con San Bernardo, el mayor exponente de amor y devoción a María de estos siglos.

San Francisco siempre percibe y menciona a María muy próxima a Jesús, asociada a Él en la misión de intercesión y en la práctica de la pobreza que, para el Pobrecillo de Asís, subrayaba la humildad de esa madre y su solicitud hacia su divino Hijo.

Hablar de María y hablar de la Eucaristía era casi una sola cosa para San Francisco, ya que para él el cristiano lleva a Cristo no sólo en su corazón sino también en su cuerpo. Con esta intuición, con su ejemplo y su exortación constante, Francisco nos trata de hacer pensar en la Madre de Dios como modelo de persona eucarística –como la llamaba Juan Pablo II-, ya que para el Santo la Eucaristía y la relación con Cristo tenían en la Virgen Inmaculada una connotación  particularmente física, maternal, que se plasmaba en la fecundidad de la obediencia a la voluntad de Dios. En todo esto y en lo demás, María es modelo de cristianos.

En este tiempo la mujer era apartada en la sociedad y encerrada en una consideración que hacía de ella poco más que una cosa, un objeto al que rondar, sepultando a la mujer bajo loas y parabienes que la obligaban a enmudecer bajo el cortejo del caballero de turno.

Sin embargo, un hombre de este tiempo medieval, Francisco de Asís, fue educado por Dios en la consideración de la mujer en sí misma, con su opinión y su voluntad, como un igual a quien escuchar y considerar. Francisco no improvisó esta mirada pura y fraterna sobre la mujer, sino que la hubo de modelar a través de la experiencia como hijo natural de Madonna Pica e hijo de María Inmaculada primero, y como compañero de tantas mujeres –Santa Clara, fray Jacoba, etc- que fueron siempre para él hermanas, consejeras y apoyo firme.

A María le tributaba una gratitud sin fin porque ella había hecho nuestro hermano al Hijo del Altísimo, nuestro Señor Jesucristo, como también revestía esa gratitud de sentimientos de compasión y de ternura por todas las penurias que la Madre de Dios hubo de soportar para criar a su Hijo primero y para seguirle después hasta la muerte en la Cruz.

La Virgen María es para San Francisco la embajadora de la mano de la cual nos ha sido dado todo, porque Cristo es ese todo que ella nos entregó por su obediencia y disponibilidad a la voluntad de un Padre Dios que en María nos muestra lo más femenino y maternal de la entraña fecunda y creadora de la Santísima Trinidad.

Sin María no hay Jesús”, decía la beata Madre Teresa de Calcuta y “A Cristo por María”, como dice el sentir popular. Esta es la experiencia de San Francisco de Asís y de ahí su profunda devoción a María Madre de Dios a la que supo siempre recurrir como al apoyo y a la abogada defensora que Dios mismo nos quiso dar para que sintiésemos como el Amor de un Dios que es Padre no deja de tener lo más hermoso y entrañable del amor de la mejor de las madres.

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Sobre la Paz

Todos podemos acordarnos de cómo, hace 30 ó 40 años, el mundo entero estaba en tensión. Era el tiempo de la “Guerra fría”.

Las dos grandes potencias mundiales estaban fortaleciendo su armamento por miedo al otro, y el mundo estuvo a punto de saltar por los aires varias veces. En una de ellas, el papa Juan XXIII evitó la guerra mundial llamando personalmente a los presidentes de los dos países más poderosos. Después el Papa escribió su encíclica “Paz en la Tierra”, la “Pacem in Terris”.

Hoy como ayer y como el mismo domingo en que Jesús resucitó, Él nos envía como testigos y constructores de Paz. El misionero anuncia la paz. Es portador de paz porque lleva a Cristo, el “Príncipe de la Paz”.

La Paz debería ser el estado normal de la humanidad si reconociéramos que lo más importante es la vida, mi vida, la vida de todos. En lugar de esto, lo más importante es ganar dinero, tener poder, gobernar para beneficiarse, ser más que los demás… POR ESTO EXISTEN LAS GUERRAS, PORQUE NO SABEMOS VIVIR.

Por esto Jesús nos manda no hacernos iguales a los que no procuran la Paz, porque ellos han elegido vivir como fieras, como bestias egoístas que buscan sus cosas y su provecho antes que buscar la armonía con los demás y la fraternidad.

En la casa en que entréis, decid primero: ‘Paz a esta casa’. Y si hubiere allí un hijo de paz, vuestra paz reposará sobre él; si no, volverá a vosotros” (Lc 10,5-6).

La Paz y la armonía son como la sangre que hace vivir el Universo, que lo sostiene, porque Dios es ese Amor que todo lo pone en Paz.

¿Y yo? ¿Y cada uno de nosotros?

¿Vivimos en Paz procurando que reine a nuestro alrededor la Paz y la armonía, la reconciliación y el entendimiento, el diálogo y la fraternidad?

Nuestro mundo, nuestras familias, nuestro yo personal, tienen necesidad de Paz. Nuestra misión es urgente y apasionante, y en ella nos va la vida.

Cada día que vivimos con tensión y sin Paz es un día perdido porque es un día en el que hemos perdido a Dios y hemos perdido la felicidad de ser los causantes de que el mundo sea un poco mejor y que sea también mejor la vida de los que tenemos alrededor. DEJÉMONOS DE EXCUSAS Y SEAMOS GENTE DE PAZ, CRISTIANOS DE VERDAD, COMO FRANCISCO DE ASÍS.

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