Juan Pablo II

Nuestros nombres ya están escritos en el cielo

Introducción.“La fe se fortalece dándola”, decía San Juan Pablo II, y en muchos de los mensajes que recibimos de parte del Señor a través de su palabra se nos invita a formar parte de los trabajadores que van a la viña. La Iglesia insiste en la permanente invitación a que nos sintamos obreros dispuestos a ofrecer lo mejor que tenemos y somos frente a la abundante mies que se presenta delante de nosotros.
Se reconoce por todos lados que hace falta una primavera del laicado en la que vayamos dejando de ser espectadores pasivos, que acuden a la Iglesia a beneficiarse de los servicios que allí se brindan, y pasemos a ser parte integrante de la comunidad, en la que se vive la preocupación y la alegría de lo que ocurre en la familia, de lo que se ríe y de lo que se llora. Se nos pide ser cualificados anunciadores de las maravillas que el Señor obra en medio de nosotros.
No basta acudir a escuchar lo que otros nos cuentan: no somos público, ni clientes, ni consumidores. No estamos en el patio de butacas de un teatro, opinando de si nos gusta la obra o qué nos parece tal o cual actor. Nuestro papel debe ser mucho más protagonista y decisivo. No buscando resultados visibles, o famas, o reconocimientos, pero sí la conciencia de poner lo que cada uno tiene y lo que es al servicio de un proyecto que no es humano, que no depende de estrategias, de planes o de grandes organizaciones, sino que es el Espíritu el que anima y dirige la marcha de la comunidad. Respondemos todos a una llamada que recibimos del mismo Señor; “La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies. ¡Poneos en camino!”. Lc 10,2-3.

Lo que Dios nos dice. “Los setenta y dos volvieron con alegría, diciendo: ‘Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre’. Él les dijo: ‘Estaba viendo a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad: os he dado el poder de pisotear serpientes y escorpiones y todo poder del enemigo, y nada os hará daño alguno. Sin embargo, no estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo'”. Lc 10,17-20.
Una de las frases que más recuerdo de nuestro fundador Jaime Bonet es que “la vida del apóstol y evangelizador, está generalmente más tiempo en estado de desolación, que de consolación”. Siempre me ha sorprendido esta afirmación, porque, pensando en los discípulos de Jesús, ellos volvían muy contentos de sus acciones misioneras. Llena el corazón de alegría ver que nuestro paso por la vida de las personas deja un sabor agradable, un buen recuerdo. Pero lo que Jesús enseña a los evangelizadores de todos los tiempos es que la motivación para anunciar la palabra de Dios no puede asociarse a los resultados que se obtienen. Porque es cierto que hay jornadas misioneras llenas de aplausos, de valoraciones, de reconocimientos. Pero hay otras llenas de ingratitud, de soledad, de rechazo, de franca oposición o manifiesta hostilidad. Y no por ello debemos dejar de ser palabra que anima, que consuela, que libera. El propio Jesús vivió en sus carnes el fracaso y el rechazo.
“Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo echaron fuera del pueblo y lo llevaron hasta un precipicio del monte sobre el que estaba edificado su pueblo, con intención de despeñarlo. Pero Jesús se abrió paso entre ellos y seguía su camino”. Lc 4,28-30.
Es necesario que los anunciadores encontremos razones más sólidas y más arraigadas en lo profundo del corazón, para asumir con fidelidad la tarea evangelizadora y el compromiso con la fe, que los aplausos, las efímeras euforias contagiosas, los reconocimientos o las alabanzas. Porque puede que hoy estén y mañana no. Porque la opinión de la gente es tan cambiante que se puede pasar del populismo al olvido en muy poco tiempo. Jesús vivió en sus carnes el rechazo de los más cercanos: los vecinos de su querido Nazaret. Una experiencia así de traumática podía haberle hecho olvidar el deseo de anunciar: volverse tímido, callado, silencioso, invisible, herido en su orgullo y en su autoestima, culpando a todo el mundo de su fracaso, victimizado. Pero, al contrario, su reacción fue dejar Nazaret e ir a Cafarnaún y seguir enseñando, convencido de lo que el mismo Pablo decía:
“Por esto, encargados de este ministerio por la misericordia obtenida, no nos acobardamos; al contrario, hemos renunciado a la clandestinidad vergonzante, no actuando con intrigas ni falseando la palabra de Dios; sino que, manifestando la verdad, nos recomendamos a la conciencia de todo el mundo delante de Dios. Y si nuestro Evangelio está velado, lo está entre los que se pierden, los incrédulos, cuyas mentes ha obcecado el dios de este mundo para que no vean el resplandor del Evangelio de la gloria de Cristo, que es imagen de Dios. Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor, y a nosotros como siervos vuestros por Jesús. Pues el Dios que dijo: Brille la luz del seno de las tinieblas ha brillado en nuestros corazones, para que resplandezca el conocimiento de la gloria de Dios reflejada en el rostro de Cristo”. 2ª Cor 4,1-6.

Cómo podemos vivirlo. No nos predicamos a nosotros mismos, no buscamos promociones, crecimientos personales, admiradores o palmeros. Buscamos, con toda la sinceridad que permite nuestro ambiguo corazón, que las personas se encuentren de forma personal con Aquel que les ha amado primero. Y no desfallecemos en nuestra tarea. Ser misionero no depende de los años que se tengan, ni de las fuerzas, las capacidades o los talentos. No depende de geografías o mapas. Depende de lo agradecidos que estemos de nuestra propia experiencia de sentirnos salvados, redimidos y liberados.

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La santidad está en amar a Cristo como Él quiere ser amado

Placa de recuerdo de la peregrinación de San Juan Pablo II a la Tumba del Apóstol Santiago en la Catedral de Santiago de Compostela

Placa de recuerdo de la peregrinación de San Juan Pablo II a la Tumba del Apóstol Santiago en la Catedral de Santiago de Compostela

Con motivo de la canonización de Juan XXIII, el Papa Bueno, y de Juan Pablo II, el Grande, me llama la atención que se den las dos a la vez y en una fecha señalada como es el domingo de la Divina Misericordia. En el evangelio de este domingo de Pascua vemos cómo Jesús, con su gran misericordia y su amistad, le da a Tomás una segunda oportunidad para creer en su Resurrección. Conmueve la cercanía de Jesús que se deja tocar en sus heridas si con eso le da fuerza a su amigo y discípulo. Así era el maestro durante su vida y también después de la Resurrección. “Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos con las puertas bien cerradas, por miedo a los judíos. Llegó Jesús, se colocó en medio y les dice: ‘Paz con vosotros’. Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron al ver al Señor. Jesús repitió: ‘Paz con vosotros. Como el Padre me envió, así yo os envío a vosotros’. Dicho esto, sopló sobre ellos y añadió: ‘Recibid el Espíritu Santo. A quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los mantengáis les quedan mantenidos’. Tomás, que significa Mellizo, uno de los Doce, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: ‘Hemos visto al Señor’. Él replicó: ‘Si no veo en sus manos la marca de los clavos y no meto el dedo por el agujero, si no meto la mano por su costado, no creeré’. A los ocho días estaban de nuevo dentro los discípulos y Tomás con ellos. Vino Jesús a puertas cerradas, se colocó en medio y les dijo: ‘Paz con vosotros’. Después dice a Tomás: ‘Mete aquí el dedo y mira mis manos; trae la mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, antes cree’. Le contestó Tomás: ‘Señor mío y Dios mío’” Jn 20, 19-28
No creo que la celebración de estas canonizaciones en el domingo en el que Jesús resucitado nos quiere enviar como misioneros de misericordia, de esperanza y de amor sea casual pues estos dos Papas fueron verdaderos apóstoles, cercanos al Señor y las personas afirmando su dignidad como hijos de un Dios Padre de todos.
Juan XXIII fue el Papa que convocó el Concilio Vaticano II con el que la Iglesia se abría al mundo entero para anunciar la fe, la esperanza, la caridad, el amor de Dios y a los hermanos y así ayudar a alcanzar la paz del Señor, por la gloria de Dios y de los hombres de buena voluntad.
Unida a la canonización de Juan XXIII, que fue Papa entre los años 1958 y 1963 y que destacó por su corazón bondadoso y pacífico; la de Juan Pablo II, el Papa que vino de un país lejano y quiso abrazar a todos los países y continentes en sus viajes anunciando a Jesucristo como el Señor de la historia. En su largo pontificado, desde 1978 al 2005, llamaba a todos, y muy especialmente a los jóvenes, al compromiso con el bien de la humanidad que necesita encontrar a Dios para encontrar su verdad y su plenitud.
A Juan XXIII y a Juan Pablo II el Señor les llamó a una misión de cercanía a Él para guiar a la Iglesia como portadora de la Buena Noticia del amor de Dios. Imagino que con cada uno de ellos Jesús tuvo un diálogo parecido a aquel que tuvo con Pedro: “Cuando terminaron de comer, dice Jesús a Simón Pedro: ‘Simón, hijo de Juan, ¿me quieres más que éstos?’. Le responde: ‘Sí, Señor, tú sabes que te quiero’. Jesús le dice: ‘Apacienta mis corderos’. Le pregunta por segunda vez: ‘Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?’. Le responde: ‘Sí, Señor, tú sabes que te quiero’. Jesús le dice: ‘Apacienta mis ovejas’. Por tercera vez le pregunta: ‘Simón hijo de Juan, ¿me quieres?’. Pedro se entristeció de que le preguntara por tercera vez si lo quería y le dijo: ‘Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero’. Jesús le dice: ‘Apacienta mis ovejas’”. Jn 21, 15-17. Ellos dieron su respuesta y nos han mostrado que la santidad está en amar a Cristo como Él quiere ser amado: amarlo en cada ser humano acogiéndolo como a un hermano o a una hermana, con respeto, misericordia y compasión. Porque “si quieres amar a Cristo… extiende tu amor a todo el mundo”. San Agustín
Gracias a la Iglesia que nos da a estos dos grandes Papas, Juan XXIII y Juan Pablo II, como santos inspiradores e intercesores a favor nuestro.

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Escondido para el mundo

Esta semana se iniciaba con la noticia de la renuncia de Benedicto XVII. El Santo Padre reconocía su “falta de fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio de Pedro”.

El anuncio constituyó una auténtica sorpresa para todos. Mucho se está escribiendo y hablando en estos días sobre el Papa, sobre los motivos que le han llevado a tomar esta decisión, sobre cómo se articulará su despedida, sobre los candidatos a su sucesión, sobre la nueva etapa que se abre en su vida y en la de la Iglesia… Medios de comunicación de todo el mundo han desembarcado en Roma, ansiosos por conocer todos los detalles de esta renuncia y del periodo inédito que se abre en la Iglesia.

Pero quizá no estamos reflexionando suficientemente sobre los aspectos y las actitudes que a través del Papa Dios nos quiere transmitir.

En mi modesta opinión hay cinco valores que Benedicto XVI ha mostrado con gran claridad: honestidad y humildad, valentía, clarividencia o visión estratégica y total confianza en Dios.

Honestidad y humildad. No estamos acostumbrados en estos tiempos a que alguien que ostenta un enorme poder reconozca sus debilidades. Los casos son tan escasos como maravillosamente reseñables. Que un hombre que ha sido elegido de forma vitalicia para regir los destinos de una institución tan grande como la Iglesia confiese que no tiene fuerzas es un signo claro de honestidad y, al mismo tiempo, de humildad. Si, además, la renuncia es auténtica y radical, si quien ha recibido todo tipo de honores y ha sido aclamado como sucesor de Pedro y representante de Dios en la tierra por millones de personas cambia todo por una vida apartada, por retirarse a orar y por estar escondido del mundo, la lección es suprema. ¿Cuántas veces asistimos a renuncias a cargos de poder que en realidad enmascaran un deseo de gobernar en la sombra y sin desgastes, de manejar el poder a través de “delfines” a los que se pretende manejar y sobre los que las injerencias son constantes y tremendamente dañinas? Benedicto XVI se retira, renuncia al cargo y “escondido para el mundo” orará por su sucesor, sin intervenir en público en la vida de la Iglesia. ¡Tremenda lección de humildad!

Valentía. La decisión de renuncia al ministerio de Pedro es novedosa: estamos ante el primer Papa que renuncia en 600 años. Y lo hace por motivos de salud, situación sobre la que no existe precedente. La decisión de Benedicto XVI contrasta de forma clara con la de su predecesor, el carismático y popular Juan Pablo II, que optó por “cargar con la cruz” de una enfermedad que le limitó hasta el extremo. Son dos caras de una misma moneda: el servicio a Dios y a los demás. Ninguna mejor ni más sencilla de llevar a cabo.
Es evidente que Benedicto XVI ha sido muy valiente. Es curioso que un Papa al que se ha criticado por su conservadurismo tome una decisión tan rompedora, marcando el camino de la reflexión en la Iglesia. ¿No sería conveniente que los Papas tuvieran una edad menos avanzada? ¿No se debería llegar a un equilibrio entre madurez, experiencia y fortaleza mental y física?

Clarividencia o visión estratégica. El Papa ponía el acento en su comunicado de renuncia en el hecho de que el mundo actual está “sujeto a cambios muy rápidos y sacudido por cuestiones de profunda relevancia para la vida de la fe”. Benedicto XVI, que nunca ha rehuido ningún tema por espinoso, complejo o vergonzoso que fuera, ha sabido leer la realidad y dejar claro que el Papa necesita “fortaleza de mente y de cuerpo”. En el mundo actual de la globalización, de las redes sociales, de la crisis económica y de valores… los acontecimientos se suceden de forma vertiginosa y no es fácil ocuparse de lo urgente y, al mismo tiempo, no dejar de lado lo importante. Benedicto XVI ha demostrado que, además de ser un hombre estudioso y con una enorme sabiduría, vive sin despegar los pies de la realidad.

Confianza en Dios. El otro día, en una de las tertulias en las que se debatía la renuncia del Papa, alguien decía que no le cabía duda de que esta decisión, además de meditada, había sido muy orada. Estoy convencida de ello. Benedicto XVI, que cuando fue elegido Papa hace 8 años se preparaba para retirarse y dedicarse a la oración, el estudio y la lectura, aceptó la inmensa tarea que se le encomendaba y sólo el más que evidente deterioro físico (que no mental ni intelectual) le han hecho renunciar. Una persona tan metódica y racional como el Papa actual no renuncia en caliente, sino después de meditar y poner en manos del Señor cada paso y cada determinación.
Esa misma confianza en Dios es la que nos debe guiar a todos los cristianos en este momento de incertidumbre. La barca de Pedro, gobernada por hombres con la fuerza del Espíritu Santo, se mantiene desde hace miles de años con un motor divino. No olvidemos nunca que es Dios el que gobierna la barca, aunque sean hombres los que lleven el timón. No nos dejemos llevar (ni en este ni otros asuntos) por lo que nuestra mente cortoplacista nos dice. Confiemos…

Sólo resta agradecer a Benedicto XVI su labor, su legado, su trabajo, sus decisiones, sus escritos y este paso final que supone un tremendo ejemplo para el mundo actual.¡Gracias Santo Padre!

Por último, no olvidemos que a partir del marzo Benedicto XVI seguirá estudiando, orando y apoyando a la Iglesia… eso sí, “escondido para el mundo”.

“…Y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará” Mateo 6, 6

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El lenguaje de la cruz

Introducción. Cada vez que oigo las palabras evangelización, misión, anuncio o comunicación siento que se habla de algo muy cercano, importante y esencial en mí vida; algo que me constituye, que me identifica, que me surge desde lo más profundo del corazón… Y que, al mismo tiempo, se convierte en un reto, en una dificultad… en algo que no sabemos hacer demasiado bien, cuando muchísima gente rechaza abiertamente la religión: hostilidad explicita, aversión a todo lo sagrado y trascendente, desconfianza en las altas estancias eclesiásticas, sospecha de todo lo que supongan verdades absolutas. Son tiempos duros para anunciar una palabra muy pobre, muy sencilla, muy escuchada: que solo el amor sana y cura, que solo el perdón y la misericordia salvarán al mundo. Y se despierta el deseo más sincero de encarnar la mirada de cariño y de compasión que nos regala el Señor cuando pasaba entre los pueblos y las aldeas. Renovada la certeza que nace de la experiencia de que, cuando uno se siente enviado por Jesús, las puertas de los corazones se abren, sin resistencia, sin apoyarnos en fuerzas humanas, sino en el poder del Espíritu de Dios.

Lo que Dios nos dice. “Jesús recorría todos los pueblos y aldeas, enseñando en sus sinagogas, anunciando la buena noticia del reino y curando todas las enfermedades y dolencias. Al ver a la gente, sintió compasión de ellos, porque estaban cansados y abatidos como ovejas sin pastor. Entonces dijo a sus discípulos:-La mies es abundante, pero los obreros son pocos. Rogad por tanto al dueño de la mies que envié obreros a su mies”. Mt 9,35-38. Compartir la buena noticia de Jesús sólo puede nacer de conocer a las personas a las que la vida nos asocia y de tener la seguridad que hay respuesta a todas sus necesidades en la forma de vida que nos ofrece la fe. La misión es cuestión de amor. La sinceridad de lo que vivimos y de lo que compartimos es lo que despierta la confianza de los que nos acogen.
“Porque anunciar el evangelio no es para mí un motivo de gloria; es una obligación que tengo, ¡y pobre de mí si no anunciará el evangelio! Merecería recompensa si hiciera esto por propia iniciativa, pero si cumplo con un encargo que otro me ha confiado ¿dónde está mi recompensa? Está en que, anunciando el evangelio, lo hago gratuitamente, no haciendo valer mis derechos por la evangelización”. 1ª Cor 9,16-18.
En estos días en Roma se han reunido los obispos en un sínodo sobre la Nueva Evangelización, expresión que utilizaba mucho Juan Pablo II y que Benedicto también señala como el principal reto que tiene la Iglesia de nuestro tiempo. Buscar ofrecer la experiencia de la fe, con un nuevo impulso, una nueva expresión, un nuevo ardor y un nuevo método. Creo que la preocupación de nuestra Iglesia es la misma que tengo yo. Cómo algo tan valioso, tan grande como la experiencia de conocer al Señor, su palabra, su vida, su amor, tiene tan pocos oyentes y seguidores. “El lenguaje de la cruz, en efecto, es locura para los que se pierden; mas para los que están en vías de salvación, para nosotros, es poder de Dios. Como está escrito: Destruiré la sabiduría de los sabios y haré fracasar la inteligencia de los inteligentes. ¡A ver! ¿Es que hay alguien que sea sabio, erudito o entendido en las cosas de este mundo? ¿No ha convertido Dios en necedad la sabiduría del mundo? Sí, y puesto que la sabiduría del mundo no ha sido capaz de reconocer a Dios a través de la sabiduría divina, Dios ha querido salvar a los creyentes por la locura del mensaje que predicamos. Porque mientras los judíos piden milagros y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado, que es escándalo para los judíos y locura para los paganos. Mas para los que han sido llamados, sean judíos o griegos, se trata de un Cristo que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Pues lo que en Dios parece locura, es más sabio que los hombres; y lo que en Dios parece debilidad, es más fuerte que los hombres”. 1ª Cor 1,18-25. Nuestra forma de acercarnos a nuestro mundo debe desbordar de humildad y de sincera actitud de servicio. No podemos ir desde la superioridad de quien se siente poseedor de la verdad, considerando a todos los demás unos ignorantes. Nuestro mensaje es verdad en la medida que se vive, no que se sabe. La verdad solo se verifica en el amor. Si no soy capaz de amar a la gente a la que Dios me envía, es imposible que mi mensaje se acoja y se crea. Sólo el amor es digno de credibilidad y nuestra nueva evangelización será eficaz en la medida que nos insertemos, que nos interese de verdad lo que están viviendo nuestros hermanos, que nos preocupe y nos despierte las ganas de cuidar a la gente y lo que vive. “Siendo como soy plenamente libre, me he hecho esclavo de todos, para ganar a todos los que pueda. Me he hecho judío con los judíos, para ganar a los judíos; con los que viven bajo la ley de Moisés, yo, que no estoy bajo esa ley, vivo como si lo estuviera, a ver si así los gano. Con los que están sin ley, yo, que no estoy sin ley de Dios pues mi ley es Cristo, vivo como si estuviera sin ley, a ver si también a éstos los gano. Me he hecho débil con los débiles, para ganar a los débiles. He tratado de adaptarme lo más posible a todos, para salvar como sea a algunos. Y todo esto lo hago por el evangelio, del cual espero participar”. 1ªCor 9,19-23.

Cómo podemos vivirlo. La actitud de escucha, de cercanía, de ausencia total de juicios y de rechazos es algo que tenemos que integrar en nuestra vivencia de la fe. La vida nos ofrece innumerables ocasiones para ser testigos de nuestra experiencia del Señor. En el autobús, haciendo cola frente a alguna ventanilla, en la compra, o en el bar… Todo es terreno sagrado en el que podemos, con gratuidad y con ausencia total de interés, compartir gratis lo que hemos recibido gratis. Hablar de corazón del amor que diariamente recibimos de nuestro buen Dios. Ojalá que nos sintamos cada día más obreros de la mies.

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Un retiro, una experiencia de encuentro: “Señor, enséñanos a orar”

Los discípulos acompañaban a Jesús y le veían dedicar muchos ratos a la oración; uno de ellos le pidió que les enseñara a orar. La oración cristiana por excelencia es el Padrenuestro, su contenido no es una devoción sino todo un estilo de vida, un modo de ser y relacionarse. “Una vez estaba en un lugar orando. Cuando terminó, uno de los discípulos le pidió: —Señor, enséñanos a orar. Jesús les contestó: —Cuando oréis, decid: Padre, sea respetada la santidad de tu Nombre, venga tu reinado; danos hoy el pan de mañana; perdona nuestros pecados como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes sucumbir a la prueba”. (Lc 11, 1- 4)

He empezado a escribir este post en medio de unos días de retiro en un ambiente propicio para el silencio, la oración y el descanso. Las casas religiosas dedicadas a ofrecer retiros y ejercicios espirituales suelen tener espacios libres con jardines, algunas incluso están en entornos naturales que ayudan para pacificar el ánimo y encontrarse a fondo con Dios.

Del mismo modo que en el Evangelio vemos a Jesús dedicando tiempos largos a la oración, en nuestra vida descubrimos la necesidad de cultivar nuestra espiritualidad, de orar. La expresión “ejercicios espirituales” puede sonar a algunos como cosa de curas y de monjas, pero no es así. Hay grupos abiertos donde pueden participar matrimonios, personas seglares solteras o viudas, jóvenes… Se trata de encontrar la oportunidad de dedicar unos días para descubrir a Dios en la propia vida y adentrarnos en su amor misericordioso.

Otra reacción que puede producirnos el pensar en unos ejercicios espirituales es que hemos de hacer algo complicado o extraño, sin embargo santa Teresa decía que orar es sencillamente “hablar de amor con quien sabemos que nos ama”. Para ello, y a pesar del silencio, la persona no está sola pues en los grupos suele haber uno o dos acompañantes que guían en el modo de hacer oración; y además el creyente tiene la ayuda del Espíritu Santo.

Me han dicho en estos ejercicios que todos nosotros somos ejercitantes. Estamos constantemente haciendo algún ejercicio: para respirar, andar, hablar… En definitiva, para cualquier actividad física o mental nos ejercitamos; del mismo modo nuestro espíritu necesita un entrenamiento, una puesta a punto. El ejercicio de nuestro espíritu es la vida de fe que se nutre de la oración y la relación personal con Dios a través de su Palabra y de los sacramentos. Los efectos beneficiosos de este ejercicio son los frutos de paz, de conversión, de esperanza y de amor que se dan en nosotros y a nuestro alrededor.

Existen espacios y páginas en Internet en las que se dan a conocer lugares bonitos para visitar y para realizar actividades lúdicas y de ocio. Mi experiencia de estos días de retiro me ha impulsado a animar a todos los que tengan la oportunidad para dedicar unos días a esta experiencia y a encontrar en su vida diaria un poco de tiempo para orar. Se puede seguramente encontrar información sobre posibles grupos para participar en las parroquias y en algunas comunidades cristianas.

Dios, nuestro Padre, tiene tantos caminos como personas para llegar a nosotros del modo que más lo necesitamos, pero respeta nuestra libertad y espera el momento en que nosotros queramos acogernos a su Amor. “Un hombre tenía dos hijos. El menor dijo al padre: Padre, dame la parte de la fortuna que me corresponde. Él les repartió los bienes. A los pocos días, el hijo menor reunió todo y emigró a un país lejano, donde derrochó su fortuna viviendo como un libertino. Cuando gastó todo, sobrevino una carestía grave en aquel país, y empezó a pasar necesidad. Fue y se puso al servicio de un hacendado del país, el cual lo envió a sus campos a cuidar cerdos. Deseaba llenarse el estómago de las bellotas que comían los cerdos, pero nadie se las daba. Entonces recapacitando pensó: —A cuántos jornaleros de mi padre les sobra el pan mientras yo me muero de hambre. Me pondré en camino a casa de mi padre y le diré: He pecado contra Dios y te he ofendido; ya no merezco llamarme hijo tuyo. Trátame como a uno de tus jornaleros. Y se puso en camino a casa de su padre. Estaba aún distante cuando su padre lo divisó y se enterneció. Corriendo, se le echó al cuello y le besó. El hijo le dijo: —Padre, he pecado contra Dios y te he ofendido, ya no merezco llamarme hijo tuyo. Pero el padre dijo a sus criados: —Enseguida, traed el mejor vestido y vestidlo; ponedle un anillo en el dedo y sandalias en los pies. Traed el ternero cebado y matadlo. Celebremos un banquete. Porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido, se había perdido y ha sido encontrado. Y empezaron la fiesta.
El hijo mayor estaba en el campo. Cuando se acercaba a casa, oyó música y danzas y llamó a uno de los criados para informarse de lo que pasaba. Le contestó: —Es que ha regresado tu hermano y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado sano y salvo. Irritado, se negaba a entrar. Su padre salió a rogarle que entrara. Pero él respondió a su padre: —Mira, tantos años llevo sirviéndote, sin desobedecer una orden tuya, y nunca me has dado un cabrito para comérmelo con mis amigos. Pero, cuando ha llegado ese hijo tuyo, que ha gastado tu fortuna con prostitutas, has matado para él el ternero cebado. Le contestó: —Hijo, tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo. Había que hacer fiesta porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido, se había perdido y ha sido encontrado”. (Lc 15, 11- 32)

Un retiro no trae la solución inmediata a nuestras preguntas y dificultades, ni nos vuelve unos angelitos; sin embargo nos ayuda a encontrarnos con nosotros mismos y con nuestro Creador. Tampoco la oración es un rato de bienestar como huída intimista de la realidad. Lo cierto es que de ese encuentro personal que se hace diálogo de confianza y amistad, sales siendo tú mismo pero renovado porque el contacto con el Señor te hace volver a la vida diaria enfocándola con la luz y la fuerza de su Amor por ti. Como decía Juan Pablo II: “No tengáis miedo. Abrid la puerta a Cristo”.

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