Juan Bautista

Audio-homilía: Tercer domingo de Adviento 2012. Qué hacemos nosotros

Este tercer domingo de Adviento es una invitación a que reconozcamos las fuentes profundas de las que nace la alegría verdadera.

La alegría convive con cosas muy duras y muy crueles y nos puede llevar a preguntarnos qué razones tenemos para estar alegres.

¿Qué tenemos que hacer? ¿Quitamos lo negativo de la vida y nos convertimos en ingenuos?…

La alegría profunda no nace de evitar el sufrimiento, sino de un Dios que nos enseña, mirando el sufrimiento de cara, a transformarlo a base de amor.

Domingo de Adviento, Resurrección y Pascua están muy unidos. Dios, a base de abrazar nuestra frágil humanidad, nos devuelve constantemente la confianza de que la última palabra sobre la historia la tiene su amor.

Nuestra razón para vivir con ánimo no es la ausencia de conflictos, porque conflictos hay en todos partes y en todos los momentos de nuestra vida. Vivir es responder con generosidad a la vida que tenemos por delante.

En este evangelio Juan Bautista aclara que él no es el Mesías y anuncia la llegada de Jesús, aquel en que nos podemos apoyar. Y la gente le pregunta qué tiene que hacer. Juan Bautista contesta muy claramente: compartir, vivir con generosidad, participar del gozo de la solidaridad… Las cosas buenas se comparten.

Ojalá que la luz de Belén nos ilumine para que no tengamos malos gestos y malas palabras. Que estas Navidades nos cuidemos mucho para reconocer visiblemente que Dios vive entre nosotros.

Evangelio según San Lucas

La gente le preguntaba: «¿Qué debemos hacer entonces?».
El les respondía: «El que tenga dos túnicas, dé una al que no tiene; y el que tenga qué comer, haga otro tanto».
Algunos publicanos vinieron también a hacerse bautizar y le preguntaron: «Maestro, ¿qué debemos hacer?».
El les respondió: «No exijáis más de lo estipulado».
A su vez, unos soldados le preguntaron: «Y nosotros, ¿qué debemos hacer?». Juan les respondió: «No extorsionéis a nadie, no hagáis falsas denuncias y contentaos con vuestro sueldo».
Como el pueblo estaba a la expectativa y todos se preguntaban si Juan no sería el Mesías, él tomó la palabra y les dijo: «Yo os bautizo con agua, pero viene uno que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de desatar la correa de sus sandalias; él os bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego. Tiene en su mano la horquilla para limpiar su era y recoger el trigo en su granero. Pero consumirá la paja en el fuego inextinguible».
Y por medio de muchas otras exhortaciones, anunciaba al pueblo la Buena Noticia.

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Audio-homilía: Segundo Domingo de Adviento 2012

El evangelista Lucas nos da muchos datos históricos para que situemos nuestra realidad como el lugar ideal en el que Dios se puede manifiestar. Y es que está claro que Dios no se presenta ante nosotros y ante la humanidad en situaciones ideales.

La palabra de Dios vino en el pasado y sigue viniendo sobre todas aquellas personas gente que hagan un espacio y un desierto en su corazón, para que esa palabra llegue.

Podría parecer que hubo épocas en las que Dios estuvo más fuerte que las actuales… ¿Teniendo en cuenta la realidad actual es posible que Dios se haya decepcionado de la humanidad?. No parece que sea así. Pues, si Dios sigue hablando y sigue creyendo que todos podemos vivir como personas salvadas, el fallo no debe estar en su palabra, que ha dejado de ser eficaz, sino en nuestra escasa capacidad de hacer desierto. Y es que, si vamos por la vida permanentemente ensimismados en nuestras cosas, podemos perdernos lo importantes.

En este evangelio emerge la figura de Juan Bautista como un ingenuo que cree que las cosas pueden cambiar. Esa ingenuidad es positiva y atrayente, porque nos demuestra que no estamos determinados ni condenados a una existencia marcada por el azar. Todos y cada uno de nosotros podemos colaborar con el Señor para que nuestras vidas cambien: para que pasen del temor a la paz, del agobio a la tranquilidad, de la soledad a la familia, del miedo a la alegría…

Si nos paráramos un poco a ver la historia, nos reiríamos de quienes hoy en día hacen predicciones. Es evidente que en la época de Juan Bautista y cuando nació Jesús la vida no era precisamente ideal.

No es imposible que cambie nuestro mundo, nuestra sociedad, nuestra Iglesia… Dios sueña con que todos, abiertos a la palabra de Dios, empecemos a caminar con esa vida nueva que surge desde dentro, a cambiar nuestras actitudes.

Dios invade nuestra corazón con miles de regalos y nosotros mantenemos una actitud a veces apocada y acomplejada y otras altiva y orgullosa.

Es pecado estar triste cuando uno vive como hijo de Dios. La gran blasfemia es un ser humano que no vive feliz, porque Él nos ha dado la vida para que la disfrutemos y la vivamos en abundancia y en alegría.

Preparar el camino es reconocernos hermanos y reconocer que Dios nos salva a todos de forma colectiva. Los regalos que Dios nos hace son para ponerlos al servicio de los demás y el enriquecimiento mútuo.

Juan Bautista no vio el Reino de Dios, lo que Jesús generaba, pero él hizo su labor. Y ésa es una actitud muy humilde.

Hoy, en diciembre de 2012, se nos pide a cada uno de nosotros caminar diariamente, poniéndolo todo al servicio de los demás, con alegría y humildad.

Audio-homilía: Segundo Domingo de Adviento 2012

Evangelio según San Lucas

El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene, bajo el pontificado de Anás y Caifás, Dios dirigió su palabra a Juan, hijo de Zacarías, que estaba en el desierto.
Este comenzó entonces a recorrer toda la región del río Jordán, anunciando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados,
como está escrito en el libro del profeta Isaías: Una voz grita en desierto: Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos.
Los valles serán rellenados, las montañas y las colinas serán aplanadas. Serán enderezados los senderos sinuosos y nivelados los caminos desparejos. Entonces, todos los hombres verán la Salvación de Dios.

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Audio-homilía: Tú eres mi hijo amado, el predilecto

En estos días de vuelta a la normalidad corremos el peligro de que esta Navidad se quede sólo en los detalles superfluos…

Parece que con el fin de la Navidad se nos acaban los buenos deseos.

El Evangelio de hoy nos recuerda que no tenemos tiempo que perder. Hay urgencia para que se manifieste lo que somos los hijos de Dios. Por eso Dios, en el bautismo del Jordán, le dice a Jesús el piropo más grande de la historia: «Tú eres mi hijo amado, mi predilecto». No elige momentos más estelares de la vida de Jesús. Le piropea cuando Jesús, Hijo de Dios, con toda la humildad del mundo, se pone en la cola de los más repudiados, para recibir el bautismo de Juan. A Jesús no le importa que le asocien con lo más roto del mundo.

Amar lo bello es fácil. Lo difícil es amar lo viejo, lo sucio, lo feo, lo débil… Y la fiesta del Bautismo del Señor nos recuerda a todos nosotros que tenemos capacidad para amarlo todo: la luz y las tinieblas, lo bello y lo feo, lo nuevo y lo viejo… Pero, para amar a los que más lo necesitan, tenemos que quitarle el plástico a nuestro corazón, como a los CDs.

«Ámame cuando menos lo merezco, porque es cuando más lo necesito». Jesús no ha venido a amar a los ángeles, sino a los humanos, con sus luces y sus sombras.

Audio-homilía: Tú eres mi hijo amado, el predilecto

Evangelio según San Marcos

Juan predicaba, diciendo «Detrás de mí vendrá el que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de ponerme a sus pies para desatar la correa de sus sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con el Espíritu Santo».
En aquellos días, Jesús llegó desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán.
Y al salir del agua, vio que los cielos se abrían y que el Espíritu Santo descendía sobre él como una paloma; y una voz desde el cielo dijo: «Tú eres mi Hijo muy querido, en ti tengo puesta toda mi predilección».

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Audio-homilía: Tercer domingo de Adviento

Juan Bautista era un personaje que despertaba mucha curiosidad, porque su forma de vivir y su actitud le diferenciaba del resto. No quería acaparar miradas, pero no podía ocultar al Dios que le habitaba.

Tenemos que ser conscientes de que todos nosotros somos la publicidad de Dios. Dios no tiene otro mecanismo para hacer atrayente su evangelio que el testimonio de los cristianos.

Y nuestro signo distintivo debería ser la alegría, pero una alegría mucho más profunda que la nos dan los hechos comunes de la vida cotidiana.
El placer humano es bueno, pero es tremendamente individualista, personal e intransferible. En cambio, la alegría para un cristiano es el fruto de vivir asentados, firmes y enraizados en las manos de Dios.

A veces hablamos de nuestra experiencia de fe casi pidiendo perdón. Y es muy grande saber que somos hijos de Dios, saber que nuestro nombre está escrito en el cielo, saber que somos preciosos a los ojos de Dios, saber que nuestro Padre estará con nosotros todos los días de nuestra vida hasta el fin del mundo.

Por eso la alegría debería ser nuestro signo distintivo, porque tenemos la certeza de que nuestra vida tiene sentido más allá de nuestros éxitos y de nuestros fracasos.

Audio-homilía: Tercer domingo de Adviento

Evangelio según San Juan

Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. El no era la luz, sino el testigo de la luz.
Este es el testimonio que dio Juan, cuando los judíos enviaron sacerdotes y levitas desde Jerusalén, para preguntarle: «¿Quién eres tú?». El confesó y no lo ocultó, sino que dijo claramente: «Yo no soy el Mesías». «¿Quién eres, entonces?», le preguntaron: «¿Eres Elías?». Juan dijo: «No». «¿Eres el Profeta?». «Tampoco», respondió. Ellos insistieron: «¿Quién eres, para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?». Y él les dijo: «Yo soy una voz que grita en el desierto: Allanad el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías».
Algunos de los enviados eran fariseos, y volvieron a preguntarle: «¿Por qué bautizas, entonces, si tu no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?».
Juan respondió: «Yo bautizo con agua, pero en medio de vosotroshay alguien al que no conocéis: él viene después de mí, y yo no soy digno de desatar la correa de su sandalia». Todo esto sucedió en Betania, al otro lado del Jordán, donde Juan bautizaba.

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Audio-homilía: Preparad el camino al Señor

Juan Bautista nos recuerda que, si no preparamos el camino, nos atrapará la rueda y la maquinaria de una navidad superficial, como la de todos años. Si nos dejamos llevar en estos días por la inercia, acabaremos inflados de comida y vacíos por dentro.

Para eso está el Adviento, para proponernos que hagamos distancia, que nos vayamos al desierto y que pensemos cómo queremos vivir las cosas.

El desierto es el lugar de lo peor y de lo mejor. Es un estado en el que nos damos cuenta de que perdemos seguridades y apoyos… y notamos el síndrome de abstinencia de las cosas de las que somos dependientes y adictos.

El desierto es la pedagogía de Dios para quitarnos las muletas que nos ayudan a andar a medias, pero que nos impiden desplegar las alas que Él nos ha dado.

El mensaje de Juan Bautista y el del Adviento nos recuerda que se puede vivir de una manera nueva, que se pueden corregir errores, que se puede empezar de nuevo, que se puede desandar el camino erróneo…

La Navidad es la declaración de amor de Dios a nuestra humanidad frágil como la de un recién nacido.

Pidamos a Dios que nos ayude a poner distancia de esa navidad superficial y de esas muletas y esos apoyos que no nos dejan movernos con libertad.

Audio-homilía: Preparad el camino al Señor

Evangelio según San Marcos

Comienzo de la Buena Noticia de Jesús, Mesías, Hijo de Dios.
Como está escrito en el libro del profeta Isaías: Mira, yo envío a mi mensajero delante de ti para prepararte el camino.
Una voz grita en el desierto: Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos. Así se presentó Juan el Bautista en el desierto, proclamando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados.
Toda la gente de Judea y todos los habitantes de Jerusalén acudían a él, y se hacían bautizar en las aguas del Jordán, confesando sus pecados.
Juan estaba vestido con una piel de camello y un cinturón de cuero, y se alimentaba con langostas y miel silvestre. Y predicaba, diciendo:
«Detrás de mí vendrá el que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de ponerme a sus pies para desatar la correa de sus sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo».

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