Juan Bautista

Audio-homilía: El Bautismo de Jesús

Esta festividad es una ocasión para recordar, renovar y agradecer que todos nosotros hemos recibido el mismo Bautismo, el mismo Espíritu, la misma identidad, la misma admiración y la misma valoración que Jesús vivió en el Jordán.

Dios nos da la respuesta a las dudas que todos nos planteamos sobre nuestra identidad.

Todo sería más fácil si desde el momento del nacimiento supiéramos para qué hemos venido a este mundo. Pero ¡qué bonita es la vida que no nos predetermina, que nos permite que nosotros configuremos cómo somos con nuestras decisiones! No venimos predestinados a nada. Podemos ser diferentes, mejores…

Bautismo es el ritmo de la inmersión y de la resurrección. A los bautizados se nos da la posibilidad de cambiar, de rehacer nuestra vida.

Impresiona que Jesús se ponga en la fila de los pecadores. Dios quiere que digamos a la humanidad y a nosotros mismos que, aunque nuestra vida no sea ideal, podemos cambiarla con la ayuda del Espíritu Santo, con nuestra voluntad y con nuestro esfuerzo.

Hay más vida que lo hasta ahora hemos vivido. La vida puede ser distinta. No podemos permitirnos tristezas crónicas, porque eso es una blasfemia contra Dios. A Dios le duele profundamente que no vivamos en abundancia, que vivamos con corazones egoístas en vez de generosos.

El Bautismo nos da la identidad que escuchamos en el evangelio: «Tú eres mi hijo, el amado, mi predilecto». Los predilectos de Dios son los que más amor necesitan. Ojalá elijamos siempre la opción en la que más amor podamos dar. Ese debe ser el criterio de los cristianos. Nuestros predilectos han de ser los que más nos necesitan.

Pidamos a Dios que nos sumerjamos en el Jordán y demos muerte a lo viejo, a la soberbia, a la soledad, a la crítica… y resurrección a la sencillez, a la alegría, a necesidad de que Dios nos bendiga.

Audio-homilía: El Bautismo de Jesús

Evangelio según San Mateo

Entonces Jesús fue desde Galilea hasta el Jordán y se presentó a Juan para ser bautizado por él.
Juan se resistía, diciéndole: «Soy yo el que tiene necesidad de ser bautizado por ti, ¡y eres tú el que viene a mi encuentro!».
Pero Jesús le respondió: «Ahora déjame hacer esto, porque conviene que así cumplamos todo lo que es justo». Y Juan se lo permitió.
Apenas fue bautizado, Jesús salió del agua. En ese momento se abrieron los cielos, y vio al Espíritu de Dios descender como una paloma y dirigirse hacia él.
Y se oyó una voz del cielo que decía: «Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección».

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Ver la Navidad con los ojos de Dios

BelenDe nuevo nos acercamos a Navidad. Y muchos clichés parecen repetirse: las luces, el bullicio de las compras, el bombardeo publicitario que nos empuja a consumir para ser más felices, la celebración de comidas que algunos temen, otros maldicen y los menos disfrutan.

Y, sí, también en muchos lugares del mundo se celebrará un año más que Dios se hace hombre, para asumir nuestra realidad sin tabúes, sin censuras.

Los detalles son parecidos, por no decir iguales a los de todos los años. Pero las circunstancias no son las mismas, nosotros no somos los mismos, la gente que nos acompaña y su realidad no se repiten. De todos y cada uno de nosotros depende que estas sean unas Navidades diferentes y felices para el mayor número de personas posibles.

Muchos cristianos nos quejamos de que la Navidad se ha desvirtuado. Pero olvidamos que nosotros somos los primeros que hemos hecho de la Navidad una pantomima, una farsa: mucho belén, mucho árbol, mucho turrón, mucha celebración, incluso, mucha misa… pero ¿cuántos de nosotros utilizamos los encuentros con amigos y familiares para acaparar un arsenal de juicios, de rechazos, de malos pensamientos? ¿cuántos nos cebamos en lujo, fiestas y placeres olvidando a los Lázaros que proliferan a las puertas de nuestras vidas, sin nada que echarse a la boca o al corazón? ¿cuántas veces vamos a presentar nuestra ofrenda al altar albergando odios en nuestro interior? ¿cuántos de nosotros rechazamos lo antipático, lo feo, lo sucio, lo roto?… Pues, «cada vez que hacemos esto con uno de estos pequeñuelos, a Dios mismo se lo hacemos» Mateo 25,31-46. Lo dicho, una farsa.

Que conste que con este post no pretendo que nos flagelemos, que nos castiguemos o que nos sintamos mal. Simplemente, se trata de ser conscientes de lo que hacemos, acogerlo, perdonarlo y cambiar (la conversión de la que hablaba Juan Bautista), para mirar nuestra vida y el mundo con los ojos de la esperanza, con los ojos de Dios. Si no somos conscientes de dónde estamos, no podemos avanzar.

Seamos verdaderamente conscientes de lo que significa celebrar el nacimiento de Jesús: Dios mismo se hace hombre, se hace persona, para abrazar la realidad humana en toda su extensión: con sus luces y sus sombras. En la genealogía de Jesús, que ayer leíamos, se hace una enumeración de los antepasados de nuestro Dios. Son personas de todas clases, de varios lugares y con vidas reales, con aciertos y errores).

Jesús acoge, acepta, abraza y ama todo lo que significa ser hombre. Es curioso que Dios mismo se haga hombre y abrace todo lo humano y que nosotros, los hombres, nos sintamos a menudo como pequeños dioses y despreciemos lo que forma parte de nuestro ser: la humanidad.

Pues bien, si queremos que esta Navidad sea de verdad nueva y buena, pidamos y esforcémonos por mirar la realidad y a todas las personas con los ojos de Dios. Con esa luz divina en la mirada, veremos el mundo con otra luminosidad y otro color.

Happy Christmas (War Is Over) – John Lennon

¡FELIZ NAVIDAD, FELIZ HUMANIDAD!

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Audio-homilía: ¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?

Este tercer domingo de Adviento se llama domingo de la alegría. Nos vamos acercando cada vez más a la constatación de que las promesas que Dios ha ido haciendo a la humanidad se van experimentando.

La fe sería una utopía o un opio para los cristianos si las promesas de Dios fueran inalcanzables. Nuestra realidad sería muy triste si, como el asno, viéramos siempre la zanahoria sin poderle pegar un mordisco.

Este tercer domingo de Adviento es una invitación a todos nosotros para que reconozcamos lo mucho que ya hay de Dios en nuestras vidas.

En el evangelio de hoy vemos a Juan Bautista que, tras señalar a Jesús en el Jordán como el elegido, se encuentra en la cárcel, sabe que su vida está llegando a su fin y desde esa situación pregunta si su sacrificio ha sido en vano.

La pregunta que todos nos hacemos es: Señor, la opción que he tomado al consagrar la vida o al decidir ser cristiano, ¿es real? ¿sirve para algo?.

Porque, si no lo es, hemos malgastado nuestro tiempo. Pero, si el Evangelio es verdad, si la historia de salvación que Jesús propone es real, tenemos muchas razones para estar tremendamente alegres.

Hoy, 15 de diciembre de 2013, tenemos razones para experimentar en lo profundo de nuestro corazón que en nuestra historia personal hay muchos momentos en los que podemos decir que lo que pone en la Biblia se cumple.

O la fe se experimenta o somos unos incautos. O en nuestra historia la fe deja de ser teórica y empieza a inundar todos los aspectos de nuestra vida o no hemos llegado a probar el pastel.

El Señor no quiere adoradores o funcionarios, sino amigos, testigos, personas que le experimenten.

Alegrémonos en este tercer domingo de Adviento de estar haciendo del amor la prioridad de nuestra vida. Si vivimos las cosas desde el amor, todo cambia y se convierte en algo agradable, en un regalo.

La vida es una permanente sorpresa si nos descentramos de nosotros mismos. Y Dios es el que lo renueva todo. Ojalá que el fundamento de nuestra alegría sea que hemos puesto nuestras vidas en las manos del que lo hace todo nuevo. Y que la Navidad no nos sepa a viejo… que la vida nos sorprenda cada día, que dejemos que la humildad llene nuestra vida.

Audio-homilía: ¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?

Evangelio según San Mateo

Juan el Bautista oyó hablar en la cárcel de las obras de Cristo, y mandó a dos de sus discípulos para preguntarle: «¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?».
Jesús les respondió: «Id a contar a Juan lo que oís y veis: los ciegos ven y los paralíticos caminan; los leprosos son purificados y los sordos oyen; los muertos resucitan y la Buena Noticia es anunciada a los pobres. ¡Y feliz aquel para quien yo no sea motivo de tropiezo!».
Mientras los enviados de Juan se retiraban, Jesús empezó a hablar de él a la multitud, diciendo: «¿Qué fuisteis a ver al desierto? ¿Una caña agitada por el viento? ¿Qué fuisteis a ver? ¿Un hombre vestido con refinamiento? Los que se visten de esa manera viven en los palacios de los reyes. ¿Qué fuisteis a ver entonces? ¿Un profeta? Os aseguro que sí, y más que un profeta. El es aquel de quien está escrito: Yo envío a mi mensajero delante de ti, para prepararte el camino. Os aseguro que no ha nacido ningún hombre más grande que Juan el Bautista; y sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que él.

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Audio-homilía: Bautismo de Jesús (13/1/13)

Esta fiesta es una buena ocasión para que todos renovemos, de forma consciente, nuestro propio bautismo. Es el momento de redescubrir y agradecer profundamente el día de nuestro bautismo. Aquel día en que Dios dijo de cada uno de nosotros lo que él piensa que somos, al igual que hizo en el bautismo de Jesús.

Es muy importante saber lo que cada uno somos, descubrir nuestra identidad. Pero esa respuesta varia enormemente según quien la dé.

La respuesta de Dios ante Jesús fue: «Tú eres mi hijo amado». Y eso también nos lo dice a todos y cada uno de nosotros. Es decir, Dios asume todo lo que somos.

Saber que somos hijos de Dios tiene un efecto claro en nuestra vida, porque el amor expulsa los miedos y todo aquello que nos quita la paz. Si Dios cuida de lo más pequeño, cómo no va a cuidar de sus hijos. Sabemos que Dios no nos va a abandonar nunca. Es lógico tener miedos, pero podemos vencerlos con la fe y la palabra de Dios, con la creencia absoluta de que nada nos va a separar del amor de Dios.

Esa es nuestra identidad: estamos hechos y diseñados por Dios. Y, si somos hijos de Dios, somos amor y nuestra forma de amar es entregar la vida y compartir nuestra existencia con quienes nos acompañan en el camino.

Jesús, el día de su bautismo, se puso en la fila de los pecadores, de los rotos, de los que necesitaban un cambio de vida. Y Jesús no sólo se situó ahí, sino que además se identificó con ellos, amándolos.

Nuestra forma de vivir nuestro bautismo es amando de forma universal. Que el Señor nos seduzca para vivir ese proyecto tan entusiasmante de ser bautizados como hijos de Dios.

Audio-homilía: Bautismo de Jesús

Evangelio según San Lucas

Como el pueblo estaba a la expectativa y todos se preguntaban si Juan no sería el Mesías, él tomó la palabra y les dijo: «Yo os bautizo con agua, pero viene uno que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de desatar la correa de sus sandalias; él os bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego».
Todo el pueblo se hacía bautizar, y también fue bautizado Jesús. Y mientras estaba orando, se abrió el cielo y el Espíritu Santo descendió sobre él en forma corporal, como una paloma. Se oyó entonces una voz del cielo: «Tú eres mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección».

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Adviento 2012: un mensaje machacón y nada casual

Acabamos de celebrar el tercer domingo del Adviento, estamos a una semana de Navidad. Puede ser un buen momento para pararnos a pensar en clave preparatoria, para parar y templar, para tomar un poco de distancia sobre los trajines habituales de nuestra vida y clásicos en esta época del año y ver qué poso nos está dejando este tiempo.

Tengo la sensación de que los mensajes de este Adviento de 2012 me están llegando con gran claridad y nitidez. Quizá es la respuesta del buen Dios, ante el exceso de ruido y confusión que caracteriza los últimos tiempos.

Levanta el ánimo, ora y ponte manos a la obra

Comenzábamos el Adviento y aparecían ante nuestros ojos imágenes y relatos apocalípticos, como los que llenan los informativos, las tertulias y las conversaciones en los últimos años. Y, ante los augurios desoladores, se nos invitaba a levantar la cabeza y el ánimo, pero no de forma ilusoria o buscando placeres efímeros, sino estando prevenidos, orando y poniéndonos manos a la obra.

De la desconfianza y el no al hágase y el sí

En el Día de la Inmaculada Concepción se contraponían los relatos del pecado original y de la anunciación a María: la desconfianza de Adán y Eva frente al «hágase” de la Virgen; el miedo frente a la sorpresa, la vergüenza y la ocultación frente a la alabanza y la verdad, la acusación frente al respeto, el no del pecado frente al sí de la fe y la confianza.

El ángel se dirigía a María como alguien lleno de gracia y especialmente favorecido por Dios. La extensa lista de privilegios que Dios otorga a María no impidió que su vida estuviera llena de dificultades (un embarazo no aceptado en su época, un parto en condiciones extremas, la huída a otro país, la incomprensión, la pasión y muerte del hijo…). Es indudable que María fue Bienaventurada, pero su existencia no fue un camino de rosas.

Y, por último, resonaba ese «nada hay imposible para Dios»… Ni que una niña de 13-14 años se convierta en la madre de Dios y en una pieza clave en la historia de la salvación, ni que una mujer estéril conciba en su vejez, ni que los seguidores y continuadores de la obra de Cristo sean personas humildes o incluso enemigos (como San Pablo)… La Biblia nos ofrece incontables ejemplos de que para Dios no hay imposibles y de que el Padre no elige a los capaces, sino que capacita a los que elige.

Mira con perspectiva, allana el camino… la obra se llevará a término

Hace poco más de una semana, en el segundo domingo, me llamaba la atención un extracto de la lectura del libro de Baruc: «Ponte en pie, sube a la altura…, junto con la convicción que San Pablo transmitía de que «el que ha inaugurado entre vosotros una empresa buena, la llevará adelante» y a la petición evangélica de Juan Bautista («preparad el camino del Señor, allanad sus senderos; elévense los valles, desciendan las colinas; que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale»). Con estas frases me siento llamada a analizar la historia de la humanidad y la mía en términos más globales, a ser más generosa (con los demás, con Dios y conmigo misma), a simplificar mi vida y la de los que me rodean no haciendo más empinadas las cuestas o más profundos los valles y a huir de la pasividad, caminando con firmeza y esperanza. Y todo con una certeza, con una confianza, con una seguridad: el que inició la buena obra la llevará a término… Y yo puedo y debo poner mi granito de arena en ese camino.

Alegría, trabajo y oración

Por último, aún me resuena el mensaje del pasado domingo: San Pablo nos exhortaba: «Alegraos siempre en el Señor. Vuelvo a insistir, alegraos… No os angustiéis por nada, y en cualquier circunstancia, recurrid a la oración y a la súplica, acompañadas de acción de gracias». Y el libro de Sofonías también hablaba por dos veces de alegría.

El mensaje central que percibo machaconamente en este Adviento de 2012 no es nada casual. Todo nos habla de levantar la cabeza y el ánimo (con más perspectiva y menos desaliento), de ponernos en camino, de aportar lo mejor de nosotros, de allanar nuestra vida y la de los demás, de mantenernos alegres (conscientemente y sin recurrir a placebos), de orar y de confiar en el buen Dios.

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