Juan Bautista

Audio-homilía: La llamada. Vieron donde vivía y se quedaron con Él

Estamos al inicio de la vida pública de Jesús y vemos que lo primero que hace es llamar a sus discípulos.

La llamada de Dios es algo permanente a lo largo de toda la historia que en este 2015 continúa formando parte del dinamismo propio de Dios. Él sigue llamando, pero llama a personas ocupadas, intrépidas, apasionadas, que están en camino y haciendo algo. Dios no llama a los que están permanentemente sentados en el sofá viendo pasar la vida, ni a los que entierran talentos, ni a los que no están dispuestos a ser fieles a lo que entienden en cada momento de su vida.

La llamada que Dios hace a la humanidad, desde el más pequeño al más grande, es a potenciar y llevar a plenitud los deseos más profundos que cada uno tiene en el corazón. Dios no viene a cambiar, a quitar, a modificar, sino a llevar a la máxima expresión lo que Él mismo que ha puesto en nuestro corazón.

La llamada coincide con el deseo humano y con el de Dios. Dios llama a quien desea vivir apasionadamente. Vemos en las llamadas a los apóstoles y seguidores de Jesús que era gente fiel a la luz que tenía.

Como decimos muchas veces «Dios no llama a los capaces, sino que capacita a los que llama». Dios no nos llama a ser mediocres o tibios. Nos quiere fríos o calientes.

Tenemos la oportunidad en este 2015 para no hacer que la vida nos lleve a la inercia de los acontecimientos, sino a ser protagonistas del tipo de existencia que queremos construir.

En este fragmento del evangelio también destaca la generosidad de Juan Bautista que con toda sinceridad dice a sus discípulos que no es el Mesías y señala a Jesús como «Cordero de Dios», una expresión que refleja una ternura total. Jesús no viene a tierra con la fuerza o la imposición, sino con la atracción y la invitación.

La llamada de Dios en la actualidad tiene muchas imágenes. Lo vemos en Samuel. Hay personas con inquietudes que oyen llamadas en lo profundo del corazón y no saben dónde ni cómo responder. Pero la llamada de Dios es insistente e irreversible.

Ojalá nos ayudemos a escuchar la llamada de Dios: en la inquietud en el corazón, en el deseo a actuar ante las injusticias, en la atracción que produce ser amado (cuando nos dejamos amar por la misericordia de Dios, es imposible que no nos salga una respuesta de gratitud).

Ojalá que nos dejemos amar mucho por Dios y nos despierte las ganas de responder con gratitud a todo su amor.

Evangelio según San Juan

Estaba Juan Bautista otra vez allí con dos de sus discípulos y, mirando a Jesús que pasaba, dijo: «Este es el Cordero de Dios».
Los dos discípulos, al oírlo hablar así, siguieron a Jesús. El se dio vuelta y, viendo que lo seguían, les preguntó: «¿Qué queréis?». Ellos le respondieron: «Rabbí -que traducido significa Maestro- ¿dónde vives?». «Venid y lo veréis», les dijo. Fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él ese día. Era alrededor de las cuatro de la tarde.
Uno de los dos que oyeron las palabras de Juan y siguieron a Jesús era Andrés, el hermano de Simón Pedro.
Al primero que encontró fue a su propio hermano Simón, y le dijo: «Hemos encontrado al Mesías», que traducido significa Cristo. Entonces lo llevó a donde estaba Jesús. Jesús lo miró y le dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan: tú te llamarás Cefas», que traducido significa Pedro.

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Audio-homilía: Tu eres mi Hijo amado, mi predilecto. Bautismo de Jesús

En este evangelio vemos la primera acción apostólica de Jesús y esta escena del Bautismo nos muestra lo que para Jesús son las prioridades de nuestra misión como cristianos.

Tras una semana muy convulsa, podemos preguntarnos ¿para qué sirve ser creyente?.

El Bautismo de Jesús es tan integrador y tan magnífico que nos ofrece ocasión de replantearnos lo que hace Él y lo que hacemos nosotros.

En primer lugar, Jesús va a una humanidad rota y necesitada. Podría haber elegido otros escenarios, pero con este gesto nos muestra que lo divino aterrizado en lo humano se convierte en compasión y amor. En esa orilla del Jordán, Juan recibía afectividades destrozadas, moralidades rotas, personas que habían tocado fondo.

Debemos reconocer con humildad que solos no podemos llevar las riendas de nuestras vidas. Si nos sentimos capaces, si pensamos que controlamos y que podemos sólo con nuestras fuerzas, nos sentimos «ricos», porque creemos que no necesitamos a los demás. Y, sin embargo, la condición básica para la conversión es lo opuesto: es reconocer que estamos agotados y que nos sabemos llevar las riendas de nuestra vida y, en consecuencia, pedir ayuda. Hasta que no reconozcamos que «solos no podemos más», seguiremos manejando nuestra vida desde una falsa autosuficiencia.

Y ¿qué hace Jesús en esa cola de gente acabada, si Él era el hijo de Dios y estaba lleno del Espíritu Santo?… Le dice a la humanidad que no debemos asustarnos y escandalizarnos ante la fragilidad humana, porque ahí es donde más se manifiesta el Amor de Dios. Jesús en el Jordán nos dice que Dios se manifiesta salvando y abrazando, identificándose con el que más necesita. ¿Y nuestra Iglesia qué persigue? ¿A los ricos, a las élites, a los listos? Si vamos por ahí, nos estamos olvidando de lo que Jesús hizo en el Jordán.

También destaca en este evangelio la humildad de Jesús al reconocer la autoridad de Juan Bautista y quitarse protagonismo sobre Él mismo. Es una actitud muy diferente a la nuestra. Nosotros estamos muy acostumbrados a hacer tabla rasa sobre lo anterior y a sentirnos los salvadores de las situaciones.

Por último, conviene que nos paremos también en la actitud del Padre. Dios podría hacer dicho «este es mi Hijo muy querido» en otros momentos de la historia de Jesús, pero elige únicamente dos ocasiones en el evangelio: cuando Jesús se identifica con la humanidad necesitada y cuando se integra con Moisés y Elías en el Monte Tabor para dar continuidad a la historia de la salvación.

Ojalá que ninguno nos sintamos mesías, sino que seamos conscientes de que formamos parte de una historia muy rica y muy larga. Somos herederos de una gran nube de testigos y ojalá que nuestro testimonio muestre claramente lo que es el evangelio de Jesús.

Evangelio según San Marcos

Juan predicaba, diciendo: «Detrás de mí vendrá el que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de ponerme a sus pies para desatar la correa de sus sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con el Espíritu Santo».
En aquellos días, Jesús llegó desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán.
Y al salir del agua, vio que los cielos se abrían y que el Espíritu Santo descendía sobre él como una paloma; y una voz desde el cielo dijo: «Tú eres mi Hijo muy querido, en ti tengo puesta toda mi predilección.»

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Audio-homilía: 3er domingo de Adviento 2014. En medio de vosotros hay uno que no conocéis

Pablo VI ya anhelaba que la Iglesia despertara interrogantes irresistibles para la sociedad y para los hombres de cada época. Que los cristianos, con nuestras obras, motiváramos que nos pregunten porqué vivimos y amamos de la manera que lo hacemos.

El evangelio de hoy, en el que los levitas interrogan a Juan Bautista preguntándole sobre su identidad, explica qué es la evangelización. Y es ejemplo de vida.

¿Qué hay en nuestra vida que a los ojos de los demás se convierte en algo atractivo?. ¿Mi vida despierta algún interrogante irresistible?. ¿Recomendaría mi vida a los demás como camino para ser feliz o pienso que mi vida es un cúmulo de errores y no se la desearía ni a mi peor enemigo?. ¿Me siento portador de una luz necesaria para el mundo o me siento repetidor de inercias, de estar apagado y de sentir el peso de la rutina como todo el mundo?.

Ya estamos en la tercera semana de Adviento y la Navidad está cerca. Si no hemos preparado interiormente el camino al Señor, nos va a engullir la agenda.

¿La Navidad es una engullidora de emociones o es algo más profundo?.

Juan Bautista sabe cuál es su identidad, pero para llegar a ese estado de conciencia ha tenido que hacer un trabajo real: huir del ruido que entontece. Cuando hay mucho ruido, no escuchamos a nuestro corazón.

Muchas veces no somos conscientes de cómo se nos van los días y los años, de nuestra vida, de nuestros anhelos, de las personas que llenan nuestro corazón…

El problema de nuestro mundo es que falta gente contemplativa que sea capaz de ver el Dios que nace cada día. Charles de Foucauld decía «Navidad es cada eucaristía». Cada vez que el Señor viene en el pan y en el vino, deja su gloria y se viene a vivir con la humanidad. Cada domingo vivimos la eucaristía y hay muy poca transformación en nuestras vidas. No hay mirada nueva, cuando las personas nos pesan. Y las personas no hay que llevarlas a la espalda, sino en el corazón.

Navidad es renovación profunda desde dentro. Pensemos en el portal de Belén, un lugar periférico y nada interesante del que Dios hizo su morada, entre los menos dignos, revalorizando lo que no valía nada. Eso es una imagen de lo que hace Dios con nuestras vidas. Dios valora lo anónimo y lo pequeño. Ese Dios nos enseña a no adorar los langostinos, los champanes, las mesas lujosas, lo exquisito, sino a valorar lo sencillo.

La Navidad es la fiesta de la solidaridad, de las puertas abiertas para que entre todo el mundo. Mientras en nuestro corazón excluyamos, mientras en nuestras bocas juzguemos, mientras en nuestras vidas apartemos, no hay Navidad.

Ojalá entendamos que el Adviento no es maquillaje de cuatro velas. Es tomarnos en serio el ser contemplativos. Si nuestras vidas no despiertan interrogantes irresistibles, no somos de Jesús. Podemos tener maquillaje de cristianos, pero es nuestra vida la que tiene que hablar, no nuestras palabras.

Fijémonos en Juan Bautista que, sin escuchar nunca una predicación de Jesús ni entender a Jesús, vivió más el evangelio que todos nosotros. Lo nuevo nace de dentro. Ojalá que hagamos silencio en el corazón, que busquemos espacios para encontrarnos a nosotros mismos. No es tiempo de ser pasivos. Es tiempo de alegría en todo momento, en toda situación humana.

Evangelio según San Juan

Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan.
Vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él.
El no era la luz, sino el testigo de la luz.
Este es el testimonio que dio Juan, cuando los judíos enviaron sacerdotes y levitas desde Jerusalén, para preguntarle: «¿Quién eres tú?».
El confesó y no lo ocultó, sino que dijo claramente: «Yo no soy el Mesías».
«¿Quién eres, entonces?», le preguntaron: «¿Eres Elías?». Juan dijo: «No». «¿Eres el Profeta?». «Tampoco», respondió.
Ellos insistieron: «¿Quién eres, para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?».
Y él les dijo: «Yo soy una voz que grita en el desierto: Allanen el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías».
Algunos de los enviados eran fariseos, y volvieron a preguntarle: «¿Por qué bautizas, entonces, si tu no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?».
Juan respondió: «Yo bautizo con agua, pero en medio de ustedes hay alguien al que ustedes no conocen:
él viene después de mí, y yo no soy digno de desatar la correa de su sandalia».
Todo esto sucedió en Betania, al otro lado del Jordán, donde Juan bautizaba.

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Audio-homilía: Este es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo

Volvemos al tiempo ordinario y se nos invita a ver toda la pedagogía de Jesús para descubrir poco a poco que la buena noticia del Dios cercano a la humanidad llega hasta los confines del orbe.

Al Señor sólo se le conoce a través de testigos. Y nos pone como ejemplo a San Juan Bautista, un testigo de que las promesas de Dios se cumplen. Juan fue el precursor de Jesús, pero no sabía exactamente lo que esperaba hasta que le vio en el Jordán.

La alegría y el encontrar sentido a todo lo vivido son claves que nos ponen en lo que Dios quiere para nosotros. La fe es la que ordena todas las piezas de nuestra vida que son como un puzzle desordenado.

A veces nuestra respuesta ante las múltiples facetas en las que tenemos que responder en la vida es simplemente sobrevivir en una especie de encefalograma plano. Otras veces intentamos entender nuestra vida, nuestra visión y eso nos provoca angustia y agobio.

Juan Bautista era un incorformista y por eso se fue al desierto, aún sin tener todas las claves ni los porqués. Cuando ve a Jesús, descubre el verdadero sentido a todo y pone orden a las piezas del puzzle de su vida. Y en ese momento aparece el gozo y la paz.

Cuando miramos nuestra vida desde la fe, entiendemos todo lo que nos ha ocurrido y lo agradecemos. Vemos nuestra biografía y nuestra historia acompañada y le encontramos sentido a la vida.

Ojalá entendamos que las circunstancias de la existencia no suponen un fracaso, que nuestra vida tiene sentido, que somos imprescindibles en el proyecto de Dios. Nada de autoestimas bajas, de tristezas, de nostalgias… Ojalá nos sintamos hijos de Dios y nos convenzamos de que estamos acompañados por Dios.

Audio-homilía: Este es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo

Evangelio según San Juan

Al día siguiente, Juan vio acercarse a Jesús y dijo: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. A él me refería, cuando dije: Después de mí viene un hombre que me precede, porque existía antes que yo. Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua para que él fuera manifestado a Israel».
Y Juan dio este testimonio: «He visto al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y permanecer sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: ‘Aquel sobre el que veas descender el Espíritu y permanecer sobre él, ese es el que bautiza en el Espíritu Santo’. Yo lo he visto y doy testimonio de que él es el Hijo de Dios».

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Mis predilectos

Introducción. Cuando entre muchas opciones se nos pregunta sobre nuestras preferencias, hacía dónde se dirigen los deseos de nuestro corazón, nos damos cuenta de que nuestras predilecciones se diferencian mucho de las de Dios. «Porque mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos -oráculo del Señor-. Cuanto dista el cielo de la tierra, así distan mis caminos de los vuestros, y mis planes de vuestros planes». Is 55, 8,9.
A mí por lo menos me pasa que cuando miro en una tienda productos (ropa, zapatillas, libros, Cd´s…) me suelen gustar los más caros. Cuando miro coches me suelen llamar la atención las gamas altas, los flamantes y enormes todo-terreno, los neumáticos más anchos y las carrocerías de más diseño. Y con las personas también me fijo en las apariencias que deslumbran por la belleza, por la inteligencia o por el interés. Las personas que me ofrecen humor, gracia, amabilidad, acaparan mi atención y mis deseos de quedar. Los sosos, los calmados, los de conversación intrascendente pasan de largo en mi memoria y en mi corazón. Y me suelen pasar desapercibidas y casi invisibles las situaciones sencillas, humildes, discretas y cotidianas. Por eso no solemos descubrir lo cerca que está Dios de nuestras vidas, porque lo seguimos buscando en el cielo, en los dorados tronos, en el éxito, en el poder y en el placer, rodeado de multitud de ángeles y de cortes celestiales, mientras que Dios hace siglos que ha decidido despojarse de esa estética divina y ha decidido ser el Dios con nosotros. El Dios que ama lo pequeño, a los niños, a los pobres. Y más específicamente el Dios de los últimos, el Dios de los marginados, de los criticados, de los rechazados. Y ese Dios revoluciona continuamente todo lo que podemos pensar sobre él. Ya le pasó a Elías que se imaginaba el encuentro con Dios en lo grande y en lo espectacular… y Dios lo esperaba en la suave brisa.
«Le dijo: Sal y permanece de pie en el monte ante el Señor. Entonces pasó el Señor y hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y quebraba las rocas ante el Señor, aunque en el huracán no estaba el Señor. Después del huracán, un terremoto, pero en el terremoto no estaba el Señor. Después del terremoto fuego, pero en el fuego tampoco estaba el Señor. Después del fuego el susurro de una brisa suave. Al oírlo Elías, cubrió su rostro con el manto, salió y se mantuvo en pie a la entrada de la cueva. Le llegó una voz que le dijo: ¿Qué haces aquí Elías?». 1ª Rey 19,11-13.
Y una prueba de esa predilección de Dios por lo humano la tenemos en el bautismo de Jesús en el río Jordán. A Juan el bautista la pasa como a nosotros, que le sorprende, hasta le escandaliza, que el mesías, el ungido de Dios, el elegido, recorra caminos de sencillez, de humildad. Que no le suponga ningún esfuerzo ponerse a la cola de una humanidad pecadora, llena de límites, de heridas, de sufrimientos, pero con el deseo sincero de que las cosas cambien, mejoren, se transformen.

Lo que Dios nos dice. «Al pasar vio Jesús a un hombre llamado Mateo sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: Sígueme. Él se levantó y lo siguió. Y estando en la casa, sentado a la mesa, muchos publicanos y pecadores, que habían acudido, se sentaban con Jesús y sus discípulos. Los fariseos, al verlo, preguntaron a los discípulos: ¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores? Jesús lo oyó y dijo: No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Andad, aprended lo que significa «Misericordia quiero y no sacrificios»: que no he venido a llamar a justos sino a pecadores». Mt 9,9-13.
¡Cómo impresiona un Dios que ama lo no amable, que dedica su tiempo a buscar lo que está perdido, que no se protege frente a la amenaza del contagio! ¡Que mezcla su saliva con los ojos del ciego, que abraza al leproso, que se deja abrazar por la mujer impura con hemorragias de sangre! ¡Que llena su corazón de nombres impropios como María Magdalena, como Saulo de Tarso, Agustín de Hipona, Francisco de Asís, Carlos de Foucault, Zaqueo, Bartimeo y tantos y tantas de dudosa integridad, que seguimos sin ser dignos de que entre en nuestra historia personal! Pero que por su infinita misericordia nos vemos desbordados de gratitud y de ganas de amar. Sólo el amor transforma. Sólo el amor devuelve la confianza en que las cosas pueden cambiar, y nosotros también.
«Y dijo al que lo había invitado: Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; y serás bienaventurado, porque no pueden pagarte; te pagarán en la resurrección de los justos». Lc 14,12-14.

Cómo podemos vivirlo. La gratuidad es una de las características esenciales del amor. El dejar espacio al ser amado para que sea él mismo, no el que nosotros queremos que sea. Sin obligar, sin exigir, sin manipular. Dios no es posesivo con la humanidad. No nos regala la vida para que seamos sus muñequitos, sus pasatiempos preferidos. Nos da la libertad para que sólo desde el amor nos acerquemos a él. Y no nos valora por méritos u objetivos cumplidos. No nos está evaluando continuamente, examinando si somos dignos de su amor. Nos lo da y para siempre. Nos toca a nosotros acogerlo, disfrutarlo, reconocerlo y compartirlo. ¡Qué maravilla poder escuchar las mismas palabras que Jesús escuchó en el río Jordán: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco». Mc 1,11. Que podamos ser la complacencia de Dios porque miramos a los demás como Él les mira, sin fijarnos en las apariencias, sino contemplando en lo profundo del corazón!

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