Jesús

Audio-homilía: Si el grano de trigo cae en tierra y muere da mucho fruto

Conforme nos acercamos a la Semana Santa (el próximo domingo es Domingo de Ramos), todo el contenido de las lecturas nos va hablando de ese momento intenso en la historia de Jesús que es su muerte y su entrega en la cruz.

El hecho histórico es que le juzgaron, le condenaron y le mataron. La interpretación de ese hecho es lo que marca la diferencia entre ver a Jesús como una pobre víctima del sistema o verle como el Hijo de Dios consciente de todo lo que iba a ocurrir.

Jesús no es una pobre víctima, sino que es alguien que vino al mundo para eso: para que el amor no se quede en buenas intenciones, sino que se concrete.

Este evangelio nos habla de unos griegos que van a la Pascua, movidos por los interrogantes irresistibles que despierta la comunidad cristiana… Todo el evangelio, cuando se vive, produce cortocircuitos. Y es que Jesús no responde a las expectativas de nuestros cálculos humanos. Este detalle nos dice que a Jesús se le debe ver en nosotros, en la comunidad cristiana que se reúne en su nombre.

A los griegos, Jesús les dice que lo único que pueden reconocer en Él y lo único que es digno de credibilidad es la vida que se entrega y se ama. Jesús no es un milagrero, es alguien convencido de un proyecto de vida, que es capaz de llevar al final.

Al escuchar este evangelio, podemos pensar en todas esas personas que pasan por la vida sin ver resultados, pero que desde el cielo sí son capaces de verlos. Muchas veces el fruto de nuestras vidas no lo vamos a reconocer en tiempo real. Dar fruto no es ver los resultados inmediatos de lo que hacemos, sino sembrar nuestra vida al servicio de los demás.

Ojalá que nunca demos nuestro tiempo por perdido. Todo lo que se hace desde la sinceridad del amor dura para siempre, es eterno, porque el amor no pasa jamás. Ojalá que este tiempo ya cercano a la Pascua nos anime a entregarnos como el grano de trigo.

Evangelio según San Juan

Entre los que habían subido para adorar durante la fiesta, había unos griegos que se acercaron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y le dijeron: «Señor, queremos ver a Jesús». Felipe fue a decírselo a Andrés, y ambos se lo dijeron a Jesús.
El les respondió: «Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser glorificado. Os aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto. El que tiene apego a su vida la perderá; y el que no está apegado a su vida en este mundo, la conservará para la Vida eterna. El que quiera servirme que me siga, y donde yo esté, estará también mi servidor. El que quiera servirme, será honrado por mi Padre. Mi alma ahora está turbada, ¿Y qué diré: ‘Padre, líbrame de esta hora’? ¡Si para eso he llegado a esta hora! ¡Padre, glorifica tu Nombre!».
Entonces se oyó una voz del cielo: «Ya lo he glorificado y lo volveré a glorificar».
La multitud que estaba presente y oyó estas palabras, pensaba que era un trueno. Otros decían: «Le ha hablado un ángel».
Jesús respondió: «Esta voz no se oyó por mí, sino por vosotros. Ahora ha llegado el juicio de este mundo, ahora el Príncipe de este mundo será arrojado afuera; y cuando yo sea levantado en alto sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí». Jesús decía esto para indicar cómo iba a morir.

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La mota en el ojo

Introducción. Mi conversión no la tengo que decidir yo, los pasos necesarios que mi vida tiene que dar para asemejarse cada vez más a la de Jesús, me los tienen que ayudar a descubrir los demás. Nosotros no somos conscientes del todo de los propios defectos. Y, si por un momento los descubrimos, con una facilidad asombrosa los justificamos y minimizamos su gravedad. En cambio somos severos jueces e implacables justicieros con los fallos y los defectos de los demás. Ya lo decía Jesús.

Lo que Dios nos dice. «Les dijo también una parábola: ¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? No está el discípulo sobre su maestro, si bien, cuando termine su aprendizaje, será como su maestro. ¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: Hermano, déjame que te saque la mota del ojo, sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo? ¡Hipócrita! Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano. Pues no hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno; por ello, cada árbol se conoce por su fruto; porque no se recogen higos en las zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos». Lc 6,39-44.
Es cierto que tenemos una capacidad grande de ver los fallos en los demás. Pero eso no es malo, si lo sabemos convertir en una ocasión para amar al otro. La corrección fraterna tiene mucho de amor. Yo soy incapaz de mirarme a mí mismo sin caer en una sospechosa subjetividad. A veces la subjetividad es portadora de complejo de inferioridad, de culpabilidad, de volvernos nuestros peores jueces, inmisericordes con nuestra fragilidad y nuestra humanidad. ¡Cuántas veces, como si tuviéramos el mando a distancia del DVD, volvemos una y otra vez a momentos de nuestra historia donde hemos metido la pata, donde hemos evidenciado lo cretinos que somos y hemos perdido los papeles! Y, como si nos encantara sufrir una y otra vez el mismo dolor, volvemos una y otra vez a ver y sentir la misma situación. Como la moviola de nuestros fallos. Una actitud muy sana es dejar atrás los errores y las desdichas y agarrarnos con gran motivación al presente apasionante que se nos presenta por delante.
«Hermanos, yo no pienso haber conseguido el premio. Solo busco una cosa: olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante, corro hacia la meta, hacia el premio, al cual me llama Dios desde arriba en Cristo Jesús». Fil 3,13-14.
En otros casos, la subjetividad nos hace venirnos arriba, volvernos soberbios, arrogantes, seguros de nosotros mismos y mirar a los demás por encima del hombro. La diferencia entre arrogancia y soberbia y agradecimiento y satisfacción está, no en que nos sintamos felices, satisfechos, realizados y logrando nuestros sueños. Eso es buenísimo y necesario. El problema está en ser conscientes de que todo lo que tenemos es un don, un regalo, una prueba diaria del amor providente de nuestro Dios, que cuida de los pájaros del cielo y de los lirios del campo, y con mucho más cariño cuida de nosotros, sus hijos.
«No os engañéis, mis queridos hermanos. Todo buen regalo y todo don perfecto viene de arriba, procede del Padre de las luces, en el cual no hay ni alteración ni sombra de mutación. Por propia iniciativa nos engendró con la palabra de la verdad, para que seamos como primicia de sus criaturas» Stgo 1,16-18.
O, por el contrario, aparece ese misterioso camino de la apropiación. Del excluir a Dios de nuestras vidas y atribuirnos a nosotros los logros y los pasos que vamos dando en nuestra vida. Es una permanente preocupación de Dios el enseñarnos a ser agradecidos, a reconocer de donde nos viene la vida y agradecer los regalos que por puro amor recibimos huyendo de las apropiaciones y las falsas seguridades que nos construimos.
«Cuando el Señor, tu Dios, te introduzca en la tierra que había de darte, según juró a tus padres, Abrahán, Isaac y Jacob, con ciudades grandes y ricas que tú no has construido, casas rebosantes de riquezas que tú no has llenado, pozos ya excavados que tú no has excavado, viñas y olivares que tú no has plantado, y comas hasta saciarte, guárdate de olvidar al Señor que te sacó de Egipto, de la casa de la esclavitud. Al Señor, tu Dios, temerás, a él servirás y en su nombre jurarás. No iréis en pos de otros dioses, de los dioses de los pueblos que os rodean. Porque el Señor, tu Dios, que está en medio de ti, es un Dios celoso». Dt 6,10-15.
¡Qué fácil es quedarnos con los regalos olvidando las manos y el corazón que nos los regala! Tanto mis miedos y mis inseguridades, como mis logros y éxitos, envuelven mi vida de una apariencia que no es del todo cierta. No soy ni lo peor del mundo, ni lo mejor. No puedo dejar mi vida al ritmo de los aplausos o de los insultos que reciba. Soy más que todo eso. Soy el valor que Dios le da a mi vida. La identidad nueva, el nombre nuevo que él me pone. Como a Pedro, como a Pablo, como a cada uno de nosotros. Ahí la ayuda de la comunidad se vuelve imprescindible.

Cómo podemos vivirlo. Cuando vivimos rodeados de personas que nos quieren, que nos cuidan y nos valoran, sus opiniones sobre nosotros son importantes. Yo no veo cosas de mí, que, desde la perspectiva justa que da la distancia, sí ven los demás. Mis pequeños temores, mis miedos, mis zonas de agradable confort, ahí donde me hago fuerte, allí donde me siento inseguro… Y quizá sea en la escucha de los demás donde más puedo avanzar en el camino de la cuaresma. No reafirmando mis posiciones donde estoy cómodo, sino arriesgándome a salir de mi zona de confort y bogar mar adentro confiado en la voz de Dios que es el que me llama y me guía.

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Audio-homilía: Tanto amó Dios al mundo que envió a su hijo para que se salve por El

Las tres lecturas de hoy nos hablan de cómo podemos aprender a tener una lectura creyente de la realidad. La fe lo ilumina todo (nuestros dolores, sufrimientos, errores, alegrías…) con una nueva luz. Y es que todo lo que le pasa a la humanidad es importante para Dios y por eso Él lo asume.

Si interpretamos los hechos de nuestra vida nosotros solos, pensamos que es un cúmulo de errores y sentimos que no sabemos hacia dónde vamos. La palabra bíblica para definir eso es «tiniebla». Sin embargo, cuando se enciende el interruptor de la fe, los mismos hechos los comprendo, los entiendo y les veo sentido. Es como ver un puzzle armado o desarmado: las piezas encajan o no.

Dios quiere arrojar el foco de su luz sobre esas oscuridades y sobre esas tinieblas en las que a veces nos metemos. Ese es ejemplo de la primera lectura del segundo libro de las Crónicas. Los judíos ven cómo pierden todo aquello en lo que se apoyaban, cómo les han arrancan su identidad y piensan que Dios les ha abandonado. El profeta les recuerda que Dios nunca ha dejado a su pueblo y les pone frente a sus incongruencias y sus infidelidades.

Esta situación es perfectamente trasladable a nuestra vida diaria. El cambio de mirada de la fe es reconocer con humildad que a lo mejor yo tengo algo que ver cuando las cosas no salen como esperaba, en lugar de culpar a Dios (o a los otros) de que todo me vaya mal. ¡Qué fácil es echar la culpa a todo mi entorno de lo que me ocurre!

En la carta de San Pablo a los Efesios, vemos cómo Pablo llena de fortaleza a una comunidad frágil de apenas 25 personas, dejándoles claro que no nos salvamos por nuestros medios, sino que es Dios el que nos libera.

Y en el evangelio San Juan se nos habla de un gran fracaso. Objetivamente, en Jesús vemos a alguien que se ha llevado un gran castigo por, según los judíos, ir en contra de la ley, alguien a quien hasta sus discípulos han abandonado, alguien de quien los soldados se burlan… Y Juan nos dice que eso que consideramos fracaso o pérdida es el mayor regalo que Dios ha hecho a la humanidad. Eso es una lectura creyente de la realidad: tanto amó Dios al mundo en ese fracasado que devuelve la identidad a nuestras vidas.

Ojalá tengamos fe para acoger y reconocer que ahí hay mucho amor y ojalá interpretemos nuestra realidad desde la fe y no desde la soledad o el pesimismo.

Evangelio según San Juan

Dijo Jesús:
De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todos los que creen en él tengan Vida eterna. Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. En esto consiste el juicio: la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. Todo el que obra mal odia la luz y no se acerca a ella, por temor de que sus obras sean descubiertas. En cambio, el que obra conforme a la verdad se acerca a la luz, para que se ponga de manifiesto que sus obras han sido hechas en Dios.

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Audio-homilía: Destruid este templo y en tres días lo levantaré

Hoy vemos a Jesús en un registro muy diferente a los que estamos acostumbrados. Los evangelios nos narran dos momentos concretos en los que se refleja en Jesús la ira. Y este es uno de ellos: la expulsión de los vendedores del templo.

Este episodio tiene mucho de premeditación, de cálculo y de convicción por parte de Jesús de lo que había que hacer. La santa ira tiene mucho que ver con la injusticia que el hombre comete contra el propio hombre. Los dos episodios de ira de Jesús tienen que ver con la religión que, en vez de revelar el rostro misericordioso de Dios, revela ley, negocio e interés humano: no tomarás el nombre de Dios en vano y no usarás a Dios para hacer tu propio negocio.

A Jesús le hierve la sangre cuando ve que en nombre de Dios se ponen obstáculos en lugar de abrir puertas. Como dice el Papa Francisco, la iglesia no puede ser una aduana, donde hagamos pagar impuestos a los que quieran entrar, sino una casa con las puertas abiertas, en la que todos sintamos que tenemos nuestro sitio.

La iglesia tiene que aprender de Jesús a ser transparente. Ojalá entendamos que la iglesia no vive para sí misma, para montar su negocio, para sus fans. No podemos evaluar la eficacia por lo numérico.

Jesús se enfada porque en el templo entonces se creía que la ira de Dios se aplacaba con derramamientos de sangre. Jesús nos muestra que la puerta para relacionarnos con Dios ha cambiado. Ahora, los verdaderos adoradores lo haréis en espíritu y en verdad. El templo que le interesa a Dios no son las paredes. El templo en el que él quiere vivir permanentemente es el corazón de cada uno de nosotros: no olvidéis que sois templo del Espíritu.

Lo esencial es descubrir que tenemos un Dios que nos habita; que, sabiendo que somos barro, confía en nosotros y ha decidido, por puro amor, sacar lo mejor de nosotros.

Por eso la Cuaresma tiene mucho más de ilusionarse por lo que Dios quiere hacer en nuestra vida que de plantearnos nosotros la conversión. Tiene más de acoger regalos de Dios que hacernos propuestas o planes.

Evangelio según San Juan

Se acercaba la Pascua de los judíos. Jesús subió a Jerusalén y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas y a los cambistas sentados delante de sus mesas.
Hizo un látigo de cuerdas y los echó a todos del Templo, junto con sus ovejas y sus bueyes; desparramó las monedas de los cambistas, derribó sus mesas y dijo a los vendedores de palomas: «Sacad esto de aquí y no hagáis de la casa de mi Padre una casa de comercio».
Y sus discípulos recordaron las palabras de la Escritura: El celo por tu Casa me consumirá.
Entonces los judíos le preguntaron: «¿Qué signo nos das para obrar así?».
Jesús les respondió: «Destruid este templo y en tres días lo volveré a levantar».
Los judíos le dijeron: «Han sido necesarios cuarenta y seis años para construir este Templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?».
Pero él se refería al templo de su cuerpo.
Por eso, cuando Jesús resucitó, sus discípulos recordaron que él había dicho esto, y creyeron en la Escritura y en la palabra que había pronunciado.
Mientras estaba en Jerusalén, durante la fiesta de Pascua, muchos creyeron en su Nombre al ver los signos que realizaba. Pero Jesús no se fiaba de ellos, porque los conocía a todos
y no necesitaba que lo informaran acerca de nadie: él sabía lo que hay en el interior del hombre.

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Gratis lo habéis recibido

Introducción. La cuaresma es un tiempo de renovación para todos nosotros de forma personal, individual, pero también, de forma comunitaria, para el bien de toda la Iglesia. Dios no nos pide nada que no nos haya dado antes. Por eso, la invitación a la conversión no la podemos recibir como una exigencia, como un chantaje, como un ultimátum. O convertís vuestro corazón o el castigo sobre vuestras vidas, la desgracia y el sufrimiento serán inminentes. Así se ha presentado muchas veces la cuaresma y así la hemos ido asimilando: como un tiempo de merecernos la salvación, de esforzarnos para ser mínimamente dignos de alcanzar el favor de Dios. Y ¡que alejada de la realidad es esa imagen de Dios!. Nosotros nunca conseguimos por nuestros logros lo que Dios nos quiere regalar por puro amor, por pura gracia. Todos los intentos humanos de llegar al cielo, desde la Torre de Babel, hasta el mito de Fausto, o el de Prometeo, nos recuerdan la imposibilidad de llegar al cielo a robarle a Dios su divinidad. Todo lo contrario, es su voluntad el regalarnos todo su amor desde una total gratuidad.
«Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, arrojad demonios. Gratis lo habéis recibido, dad gratis». Mt 10,8.
La conversión la tenemos que entender como una invitación hecha desde el cariño y desde la ilusión a que nuestras vidas dejen las mediocridades, las esclavitudes y los miedos que tanta vida nos quitan y a que podamos desplegar las alas, la identidad que desde siempre Dios nos ha dado. Por eso, la invitación a vivir atentos a los demás, a sus necesidades, a sus carencias y a poder ser respuesta en la medida de nuestras posibilidades, es uno de los pasos claves que se nos propone dar.
Estamos demasiado pendientes de nosotros mismos. Prestamos demasiada atención a cómo nos sentimos, a cómo nos ven los demás, a lo dichosa y feliz que es nuestra existencia o a las innumerables carencias que arrastramos: las injusticias sufridas o lo victimas que somos del sistema. La indiferencia sobre lo que viven los demás nos van alejando de las realidades dolorosas que viven muchos de nuestros hermanos. Como no me afectan, esos problemas no existen. El egoísmo nos anula nuestra capacidad de encontrarnos con los demás, rehuimos toda posibilidad de complicarnos la existencia. Se vuelven invisibles los que padecen y sufren. Se convierten en losas pesadas que nos impiden vivir en abundancia. Ojalá que este tiempo nos impulse a cambiar, a renovar, a redescubrir el gran regalo que supone la fraternidad. El encuentro amable con los otros.

Lo que Dios nos dice. Dios no es indiferente al mundo, sino que lo ama hasta el punto de dar a su Hijo por la salvación de los hombres.
«Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios». Jn 3,13-17.
Creer o no creer, acoger a Jesús en nuestras vidas o vivir alejados de Él. Detener nuestras vidas frente a quien nos necesita o pasar de largo. Vivir indiferente a los problemas que me rodean o prestar mi atención y mi disponibilidad. Son dos posturas frente a la vida. Y dan como resultados vidas muy diferentes: las que participan de la alegría y la fraternidad, o las que resguardadas de todo peligro se mustian en medio del egoísmo y la soledad.
«En esto se levantó un maestro de la ley y le preguntó para ponerlo a prueba: Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar a vida eterna? Él le dijo: ¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella? Él respondió: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza y con toda tu mente. Y a tu prójimo como a ti mismo. Él le dijo: Has respondido correctamente. Haz esto y tendrás vida. Pero el maestro de la ley, queriendo justificarse, dijo a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo? Respondió Jesús diciendo: Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje llegó a donde estaba él y, al verlo, se compadeció, y acercándose, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino y montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y le dijo: Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré cuando vuelva. ¿Cuál de los tres te parece que ha sido prójimo del que cayó en manos de los bandidos? Él dijo: El que practicó la misericordia con él. Jesús le dijo: Anda y haz tú lo mismo». Lc 10,25-37.

Cómo podemos vivirlo. Tenemos muy arraigado en nuestra mente que si damos algo lo perdemos. Si doy mi tiempo, mi atención, mi amor, luego posiblemente nadie me lo devuelva. Por eso nos volvemos celosos guardianes de lo nuestro. Pero Jesús nos invita a probar algo muy novedoso. Lo que doy, no se pierde, se multiplica. El ciento por uno. Mi tiempo entregado, mi dinero compartido, mis sonrisas derramadas, mis conocimientos enseñando al que no sabe… Todo lo que se da desde el amor, vuelve a nosotros convertido en gratitud. De las personas a las que amamos. Pero sobre todo de nuestro Padre Dios que se alegra y agradece nuestras vidas entregadas.

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