Jesucristo

Danos hoy lo corriente y lo extraordinario de cada día…

Si Pentecostés es la culminación del tiempo pascual, con la fiesta de la Santísima Trinidad volvemos al tiempo ordinario, el tiempo de la vida corriente. Nuestra vida no consiste en estar siempre en una montaña rusa de experiencias y sensaciones, sino en ir poco a poco avanzado y levantándonos si hemos tenido algún parón o un tropiezo.

El punto de nuestro equilibrio es saber que no vamos a la deriva. Dios está con nosotros. En ti vivimos, nos movemos y existimos; y, todavía peregrinos en este mundo, no sólo experimentamos las pruebas cotidianas de tu amor, sino que poseemos ya en prenda la vida futura porque tenemos las primicias del Espíritu por el que resucitaste a Jesús de entre los muertos. (Prefacio VI dominical del tiempo ordinario)

Sin esperarlo he recibido en estas dos últimas semanas un regalo que me estaba haciendo falta. El final de curso siempre es estresante por los exámenes, las evaluaciones, el calor que empieza a hacer, los alumnos con su particular revolución hormonal y con sus historias personales… A veces el trabajo parece una montaña empinadísima difícil de conquistar y superar.

Un regalo ha sido participar en un taller de oración. Durante una semana, al terminar mi jornada laboral, me reunía con un grupo de personas inquietas por profundizar y orar para poder después ayudar a niños y jóvenes a introducirse en la oración. ¡Es estupendo ver que la Iglesia es tan plural y que acogernos en fraternidad nos enriquece!. Tuvimos momentos de oración personal guiada y otros de compartir… Ha sido un remanso de paz.

El segundo regalo ha sido una peregrinación con un grupo de hermanas de mi congregación a los lugares de nuestros orígenes. El autobús nos llevó desde Valencia hasta Navarra y desde allí hasta Martillac, un pueblecito cerca de Burdeos. Hicimos una visita a una comunidad de hermanas contemplativas que nos ofrecieron un refresco, su acogida y estar con ellas en la oración de vísperas. ¡Qué belleza en los campos, en las personas, en la oración! ¡Cuánto se disfruta con las bienvenidas, la atención, la hospitalidad! Hasta la comida nos resulta más sabrosa y el descanso más reconfortante.

Estos regalos me han renovado, me han hecho sentir sosiego y alegría.

Pero hay más. Otro gran regalo es vivir la fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Esa fe consiste en palpitar, vibrar, conmoverse, pasar crisis, experimentar gozos y tristezas; es vivirlo todo con sentido, con esperanza y con amor. El Espíritu Santo sigue derramándose para toda la humanidad, Dios Padre sigue recreando el mundo a través de nuestras manos y Jesucristo vive entre nosotros resucitado y también hecho cercanía en nuestros hermanos.

“Dios que mandó a la luz brillar en la tiniebla, iluminó vuestras mentes y corazones para irradiar el conocimiento de la gloria de Dios que está en el rostro de Cristo. Pero ese tesoro lo llevamos en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria procede de Dios y no de nosotros. Por todas partes nos aprietan, pero no nos ahogan; estamos apurados, pero no desesperados; somos perseguidos, pero no desamparados; derribados, pero no aniquilados; siempre transportando en el cuerpo la muerte de Jesús, para que se manifieste en nuestro cuerpo la vida de Jesús.” (2 Cor 4, 6-10)

Soy consciente de las dificultades de la realidad que nos toca vivir, pero se trata de poder integrar en ella los dones que recibimos como signos del amor de Dios, descubrir su presencia en cada uno de nosotros y aprender a agradecer y ser felices en todas las circunstancias.

En mi calendario del mes de junio he encontrado un mensaje claro: “Este es el camino”: Entra en tu interior, encuéntrate contigo mismo y con Dios, así caminarás sintiéndote en paz. Aprende a confiar en las personas porque sobre todas ellas se vuelca el amor de Dios. Camina aprendiendo de tus errores y sintiendo satisfacción y gratitud por las metas alcanzadas. Esfuérzate por ser feliz y colabora desde tus posibilidades a que el mundo también lo sea.

“Por eso os digo que no andéis preocupados por la comida para conservar la vida o por el vestido para cubrir el cuerpo. ¿No vale más la vida que el alimento?, ¿el cuerpo más que el vestido? Fijaos en las aves del cielo: no siembran ni cosechan ni recogen en graneros, y sin embargo, vuestro Padre del cielo las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas? Y ¿Por qué os angustiáis por el vestido? Mirad cómo crecen los lirios del campo, no trabajar ni hilar y sin embargo ni Salomón, con todo su fasto, se vistió como uno de ellos. Pues si a la hierba del campo, que hoy crece y mañana la echan al horno, Dios la viste así, ¿no os vestirá mejor a vosotros, hombres de poca fe? En conclusión, no os angustiéis pensando: ¿qué comeremos?, ¿qué beberemos?, ¿con qué nos vestiremos? Pues vuestro Padre del cielo ya sabe que tenéis necesidad de todo eso. Vosotros buscad, ante todo el reino de Dios y su justicia, y lo demás os lo darán por añadidura.”(Mt 6, 25-33)

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Mirad el árbol de la cruz donde estuvo clavada la salvación del mundo

Jesucristo es hombre y Dios… Unas palabras, unos gestos, una vida y una muerte que trastocan todos los esquemas de la historia de todos los tiempos.

Todavía hoy Jesucristo tiene detractores y con Él, sus seguidores también se acarrean el rechazo y la burla de algunos. Pero en Viernes Santo parece que todo se detiene a contemplar su injusta muerte cruel y dolorosa convertida en el signo más alto de su amor a Dios y a todos.

Cristo rinde su cabeza a las espinas, su rostro a bofetadas y salivazos, su espalda a los golpes del flagelo, su fragilidad humana a la desnudez humillante y al peso de la cruz, sus pies y manos a los clavos, su costado a la lanza que atraviesa el corazón más grande y más puro, el corazón de todo un Dios.

Por todos los rincones de España y de muchísimos países de tradición y cultura católicas, las procesiones con las imágenes de Jesús y de María expresan la conmoción que sentimos ante Cristo que se entrega por nosotros.

Cuando las experiencias del dolor, de la impotencia, de la angustia y la incertidumbre nos tocan de tantas formas, ¿quién no se vuelve a mirar a Jesucristo en la cruz? Ese Jesús que nos perdona, acoge, que reza por nosotros y nos da a su madre, que entrega su vida y su espíritu al Padre.

Llamamos santa a esta semana tan especial en el año porque en ella vivimos con Jesús la culminación de su vida, la hora de su pasión, muerte y resurrección. Santa porque al unirnos a Él, nos llenamos de su amor y de su espíritu, y somos transformados en imágenes vivas del Señor para transmitir a nuestro alrededor su amor y mensaje. Que a través de nosotros, sus discípulos, toda persona (especialmente los que sufren) pueda sentir y confesar “Me amó y se entregó por mí”. (Gal 2, 20)

En estos días la Iglesia nos invita a mirar a Jesús. Podemos leer en el evangelio el relato de la pasión, o asistir a las celebraciones litúrgicas de la comunidad cristiana, o seguir alguna de las procesiones de los lugares por donde estamos, o dedicar un tiempo de oración personal, o encontrarnos con alguien que nos necesite. Son todos momentos santos para mirar a Jesús y dejarnos mirar por Él, mirarle amando y dando su vida por cada uno de nosotros. Dejemos que su imagen se grabe en lo más profundo de nuestro ser. Así lo veremos con los ojos de la fe, nada ni nadie nos podrá quitar a Cristo del corazón. Su amor por nosotros y el nuestro por Él se hará cada día más fuerte. Un amor que dura ya veinte siglos y que llegará a la eternidad.

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Para que nuestro gozo sea completo

Introducción. En muchas escuelillas comparto las ilusiones y los deseos que la palabra de Dios encienden en mi corazón… lo que nos dice esa palabra y cómo podemos vivirlo… lo que afecta y puede influir en nuestra vida, en la convivencia, en la mirada que tenemos sobre las cosas que nos ocurren… Casi más como un deseo y una petición de que algún día lo vivamos como algo normal, cotidiano y ya conseguido. Pero si toda nuestra historia de fe se llena de promesas y de propuestas, pero no se ven resultados ni se cumplen nuestras expectativas, puede ser que nos cansemos de esperar y abandonemos el sueño grande de Dios. Desmotiva y agota esperar que las cosas cambien, que cambie mi carácter o las circunstancias que acompañan nuestras vidas y ver que pasa el tiempo y que mis problemas no se resuelven… que mi vida no mejora. La decepción nos invade y buscamos culpables a los que señalamos como los causantes de nuestras desgracias. Perdemos el interés por Dios, por la Iglesia, por lo espiritual, cuando vemos que no nos sirve para nada y lo descalificamos y lo sentimos como algo inútil.
Por eso alegra mucho descubrir que Dios no falla ni engaña y que lo que nos prometía al inicio de la cuaresma se cumple. Necesitamos experimentar, vivir, reconocer que seguir a Jesús nos regala la posibilidad de tener una vida nueva. Una mirada nueva, unas ambiciones y unos deseos nuevos. Reconocerlo en nuestra propia vida y en la vida de la comunidad. Aunque a nivel personal no lo estemos pasando bien, ver las maravillas que el Señor hace en la gente que nos rodea, es también fuente de alegría y de esperanza. Estamos aprendiendo a ser criaturas nuevas, revestidas de Cristo, testigos unos para los otros del cumplimiento de las promesas que se nos han hecho.

Lo que Dios nos dice. “Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos acerca de la Palabra de vida; pues la Vida se hizo visible, y nosotros hemos visto, damos testimonio y os anunciamos la vida eterna que estaba junto al Padre y se nos manifestó. Eso que hemos visto y oído os lo anunciamos, para que estéis en comunión con nosotros y nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Os escribimos esto, para que nuestro gozo sea completo”. 1ª Jn 1,1-4.
Yo quiero compartir el paso, la Pascua, que ha supuesto para mi esta cuaresma, en la que he vivido la invitación a dejar de organizar yo mi propia vida, extender los brazos y reconocer que hay una realidad que me espera, en la que vive Jesús, en la que viven mis hermanos y en la que se goza y se disfruta mucho más que en el pequeño mundo que yo me construyo. Agradezco profundamente el ver de cara mi orgullo y mi soberbia de pensar que yo sé lo que me conviene vivir, cómo tienen que ocurrir las cosas, que es lo mejor que me puede pasar. Y reconocer el cansancio y la fatiga que me produce pensar que llevo las riendas de mi vida. Y me da una profunda alegría saber que alguien me cuida y vela por mí. Alguien que se preocupa, no de quitarme dificultades o peligros, sino de que aprenda a vivirlos con Él. Ganando en confianza, expulsando temores, alejando los miedos.
“En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras. Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios. Dicho esto, añadió: Sígueme”. Jn 21,18-19.
La juventud es maravillosa: todo es futuro, posibilidades, experiencias por vivir, caminos a recorrer… Pero la madurez es igual de maravillosa. No creo que sea sano pretender ser joven siempre. Eterno Peter Pan inmaduro, incapaz de asumir responsabilidades, huyendo del compromiso y de la realidad. Me encanta ser consciente del cambio de etapa. Y poder con libertad dejar espacio en mi vida a la actuación de los demás. No es bueno salirme siempre con la mía. No es ni bueno ni sano. Porque creeré falsamente que soy yo el dueño de todo. Y no es verdad. No nos pertenecemos.
“¿Acaso no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que habita en vosotros y habéis recibido de Dios? Y no os pertenecéis, pues habéis sido comprados a buen precio. Por tanto, ¡Glorificad a Dios con vuestro cuerpo!” 1ª Cor 6,19-20. No estamos solos en esta aventura del vivir. Acoger la vida como algo grande, que me trasciende, en la que yo soy sólo una parte… No la agoto, ni todo se reduce a mi visión. Yo sumo, aporto. Claro que importa mi sentir… Mi opinión es digna de ser escuchada. Pero ni mucho menos es la única válida y verdadera. No soy el centro de todo lo que ocurre, no me está mirando todo el mundo, no se me exige la salvación global y universal a mí. Soy uno más, un hijo más, de un hogar inmenso del tamaño del corazón de Dios.

Cómo podemos vivirlo. A veces es necesario que pase el tiempo para descubrir lo lentos y torpes que somos. ¡Cuánto sufrimiento inútil alberga nuestro corazón por ese deseo de controlar, de asegurar! ¡Cuántos enfados por no aceptar a las personas como son y los acontecimientos como vienen! ¡Qué diferencia de mirada hay entre como ve las cosas Dios y como las vemos nosotros! Por eso hay que fiarse más de la palabra y de la mirada de Dios.
“Porque dices: Yo soy rico, me he enriquecido, y no tengo necesidad de nada; y no sabes que tú eres desgraciado, digno de lástima y de compasión, pobre, ciego y desnudo”. Ap 3,17. ¡Qué diferencia tan grande en como nos vemos nosotros y como nos ve Dios! “Sión decía: Me ha abandonado el Señor, mi dueño me ha olvidado. ¿Puede una madre olvidar al niño que amamanta, no tener compasión del hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré. Mira, te llevo tatuada en mis palmas, tus muros están siempre ante mí”. Is 49,14-16.

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Audio-homilía: Festividad de Cristo Rey

Esta fiesta de Cristo Rey se creó para aclarar y dar un toque de humildad a todos los gobiernos de la tierra, intentando recordar que lo salva nuestras vidas no es una sigla, un color, una organización… Las instituciones humanas son instrumentos necesarios con los que Dios cuenta para llevar a cabo su obra. Pero no salvan los deseos de los hombres. Un colectivo humano sin el amor de Dios, que suscita los valores de justicia de respeto de fraternidad, está condenado a la decadencia.

El mundo entero tendría que aprender de Jesucristo Rey, que crea un sistema de relaciones humanas no basado en el poder, en órdenes o en temores. El Evangelio es una inyección de sentido común y de amor a la humanidad. Nuestro Rey nos llama a tod@s y nos hace capaces de sacar lo mejor de nosotr@s mism@s.

Cuando vivimos en función de nosotr@s mism@s y pensamos que tenemos la verdad absoluta creamos relaciones hostiles.

El Reino de Dios se resume de una forma muy práctica: valora lo que tienes y ponlo al servicio de los demás. Hay una línea muy delgada entre amor y odio, entre usar mis responsabilidades en beneficio propio o de los demás.

Pidamos al Señor que nos ayude a hacerle caso a ese Rey para entrar en el banquete de l@s que comparten y de l@s que sienten que viven en familia.

Audio-homilía: Festividad de Cristo Rey

Evangelio según san Mateo

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: -«Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con él, se sentará en el trono de su gloria, y serán reunidas ante él todas las naciones. Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas, de las cabras. Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda. Entonces dirá el rey a los de su derecha: “Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme.” Entonces los justos le contestarán: “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?” Y el rey les dirá: “Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis.” Y entonces dirá a los de su izquierda: “Apartaos de mi, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, fui forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis. Entonces también éstos contestarán: “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te asistirnos?” Y él replicará: “Os aseguro que cada vez que no lo hicisteis con uno de éstos, los humildes, tampoco lo hicisteis conmigo.” Y éstos irán al castigo eterno, y los justos a la vida eterna.»

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Esperanzados

Estamos acercándonos al final del año litúrgico, y la Palabra de Dios, siempre oportuna, y la vida misma, con su intensidad, nos hacen una llamada a la esperanza.
Llevo varias semanas en las que me parece que el tiempo tiene como dos niveles. Cronológicamente, los días se llenan de tareas y responsabilidades que nos reclaman muchas energías y dedicación. Por su parte, en el tiempo vivido como “kairós”, es decir, como momento de gracia, la vida se remansa y adquiere un sentido profundo, luminoso. El tiempo de gracia de cada día me ayuda a vivir con más ilusión. Está hecho de los encuentros con los demás, los detalles de los que me quieren, las palabras amables que me dicen, las sonrisas de personas con las que me cruzo a diario.
Fijándome en los demás, me doy cuenta de que ellos también tiene esta experiencia: si llevas un día agotador, afuera llueve o hace frío y el tráfico ha sido una pesadilla; un gesto de un compañero que se interesa por ti o que te invita a un café es un respiro, un “kairós”. Una llamada o un mensaje te pueden conectar con la certeza de ser querido y tenido en cuenta.
Una actitud que nos ha de distinguir como cristianos es vivir esperanzados. “Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo os conceda un espíritu de sabiduría… que ilumine los ojos de vuestro corazón, para que conozcáis cuál es la esperanza a la que habéis sido llamados… la fuerza que Dios desplegó en Cristo al resucitarlo de entre los muertos y sentarlo a su derecha… por encima de todo poder y título en este mundo.” (Ef 1, 16-21)
No nos quedemos sólo en el tiempo cronológico con sus hechos y avatares, quejándonos de los males personales y sociales. Se trata de profundizar en esos pequeños destellos de la gracia de Dios que se nos cuelan en la realidad.
Seamos hombres y mujeres esperanzados con fundamento; porque vivimos conscientes del amor de Dios por nosotros y por todos; porque podemos confiar en nosotros mismos y en personas concretas; porque nuestros ojos saben ver la bondad que sigue adelante en medio de luchas y dificultades. “Estad siempre alegres en el Señor… Que nada os angustie; al contrario, en cualquier situación presentad vuestros deseos a Dios orando, suplicando y dando gracias. Y la paz de Dios, que supera cualquier razonamiento, guardará vuestros corazones y pensamientos por medio de Cristo Jesús.” (Fil 4, 4-8)
La esperanza no es un autoconvencimiento ilusorio. La esperanza cristiana es una actitud que conlleva apertura de corazón y de mente, una búsqueda genuina del bien y el deseo de hacer realidad lo que creemos y esperamos. Por el impulso de la esperanza no desistimos de atesorar valores auténticos, de practicar la solidaridad, el trabajo bien hecho, la compasión para con los débiles y necesitados; no desistimos de amar en contra de las corrientes del egoísmo y el odio.
Nuestra esperanza está en el encuentro personal con Jesús de Nazaret, que sale a nuestro encuentro como lo hizo con los caminantes de Emaús. “Aquel mismo día, dos discípulos se dirigían a una aldea llamada Emaús… iban hablando… y se hacían preguntas. Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo. Él les dijo: ¿Qué conversación es la que lleváis por el camino?. Ellos se detuvieron entristecidos… y contestaron: lo de Jesús el Nazareno que fue un profeta poderoso en obras y en palabras… ¿No sabes que los jefes de los sacerdotes y nuestras autoridades lo entregaron para que lo condenaran a muerte, y que lo crucificaron? Nosotros esperábamos que él fuera el libertador de Israel. Sin embargo, ya hace tres días de esto. Es verdad que algunas de nuestras mujeres nos han sobresaltado, porque fueron temprano al sepulcro y no encontraron su cuerpo… Entonces Jesús… les explicó lo que decían de él las Escrituras. Al llegar a la aldea adonde iban… ellos le insistieron: quédate con nosotros, porque es tarde y está anocheciendo. Y él entró para quedarse. Cuando estaba a la mesa con ellos, tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron… (Lc 24, 13-31)
Quédate también con nosotros, Señor Jesús, que el horizonte se oscurece y necesitamos abrirnos a la esperanza.

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