Jesucristo
Para que nuestro gozo sea completo
Introducción. En muchas escuelillas comparto las ilusiones y los deseos que la palabra de Dios encienden en mi corazón… lo que nos dice esa palabra y cómo podemos vivirlo… lo que afecta y puede influir en nuestra vida, en la convivencia, en la mirada que tenemos sobre las cosas que nos ocurren… Casi más como un deseo y una petición de que algún día lo vivamos como algo normal, cotidiano y ya conseguido. Pero si toda nuestra historia de fe se llena de promesas y de propuestas, pero no se ven resultados ni se cumplen nuestras expectativas, puede ser que nos cansemos de esperar y abandonemos el sueño grande de Dios. Desmotiva y agota esperar que las cosas cambien, que cambie mi carácter o las circunstancias que acompañan nuestras vidas y ver que pasa el tiempo y que mis problemas no se resuelven… que mi vida no mejora. La decepción nos invade y buscamos culpables a los que señalamos como los causantes de nuestras desgracias. Perdemos el interés por Dios, por la Iglesia, por lo espiritual, cuando vemos que no nos sirve para nada y lo descalificamos y lo sentimos como algo inútil.
Por eso alegra mucho descubrir que Dios no falla ni engaña y que lo que nos prometía al inicio de la cuaresma se cumple. Necesitamos experimentar, vivir, reconocer que seguir a Jesús nos regala la posibilidad de tener una vida nueva. Una mirada nueva, unas ambiciones y unos deseos nuevos. Reconocerlo en nuestra propia vida y en la vida de la comunidad. Aunque a nivel personal no lo estemos pasando bien, ver las maravillas que el Señor hace en la gente que nos rodea, es también fuente de alegría y de esperanza. Estamos aprendiendo a ser criaturas nuevas, revestidas de Cristo, testigos unos para los otros del cumplimiento de las promesas que se nos han hecho.
Lo que Dios nos dice. “Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos acerca de la Palabra de vida; pues la Vida se hizo visible, y nosotros hemos visto, damos testimonio y os anunciamos la vida eterna que estaba junto al Padre y se nos manifestó. Eso que hemos visto y oído os lo anunciamos, para que estéis en comunión con nosotros y nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Os escribimos esto, para que nuestro gozo sea completo”. 1ª Jn 1,1-4.
Yo quiero compartir el paso, la Pascua, que ha supuesto para mi esta cuaresma, en la que he vivido la invitación a dejar de organizar yo mi propia vida, extender los brazos y reconocer que hay una realidad que me espera, en la que vive Jesús, en la que viven mis hermanos y en la que se goza y se disfruta mucho más que en el pequeño mundo que yo me construyo. Agradezco profundamente el ver de cara mi orgullo y mi soberbia de pensar que yo sé lo que me conviene vivir, cómo tienen que ocurrir las cosas, que es lo mejor que me puede pasar. Y reconocer el cansancio y la fatiga que me produce pensar que llevo las riendas de mi vida. Y me da una profunda alegría saber que alguien me cuida y vela por mí. Alguien que se preocupa, no de quitarme dificultades o peligros, sino de que aprenda a vivirlos con Él. Ganando en confianza, expulsando temores, alejando los miedos.
“En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras. Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios. Dicho esto, añadió: Sígueme”. Jn 21,18-19.
La juventud es maravillosa: todo es futuro, posibilidades, experiencias por vivir, caminos a recorrer… Pero la madurez es igual de maravillosa. No creo que sea sano pretender ser joven siempre. Eterno Peter Pan inmaduro, incapaz de asumir responsabilidades, huyendo del compromiso y de la realidad. Me encanta ser consciente del cambio de etapa. Y poder con libertad dejar espacio en mi vida a la actuación de los demás. No es bueno salirme siempre con la mía. No es ni bueno ni sano. Porque creeré falsamente que soy yo el dueño de todo. Y no es verdad. No nos pertenecemos.
“¿Acaso no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que habita en vosotros y habéis recibido de Dios? Y no os pertenecéis, pues habéis sido comprados a buen precio. Por tanto, ¡Glorificad a Dios con vuestro cuerpo!” 1ª Cor 6,19-20. No estamos solos en esta aventura del vivir. Acoger la vida como algo grande, que me trasciende, en la que yo soy sólo una parte… No la agoto, ni todo se reduce a mi visión. Yo sumo, aporto. Claro que importa mi sentir… Mi opinión es digna de ser escuchada. Pero ni mucho menos es la única válida y verdadera. No soy el centro de todo lo que ocurre, no me está mirando todo el mundo, no se me exige la salvación global y universal a mí. Soy uno más, un hijo más, de un hogar inmenso del tamaño del corazón de Dios.
Cómo podemos vivirlo. A veces es necesario que pase el tiempo para descubrir lo lentos y torpes que somos. ¡Cuánto sufrimiento inútil alberga nuestro corazón por ese deseo de controlar, de asegurar! ¡Cuántos enfados por no aceptar a las personas como son y los acontecimientos como vienen! ¡Qué diferencia de mirada hay entre como ve las cosas Dios y como las vemos nosotros! Por eso hay que fiarse más de la palabra y de la mirada de Dios.
“Porque dices: Yo soy rico, me he enriquecido, y no tengo necesidad de nada; y no sabes que tú eres desgraciado, digno de lástima y de compasión, pobre, ciego y desnudo”. Ap 3,17. ¡Qué diferencia tan grande en como nos vemos nosotros y como nos ve Dios! “Sión decía: Me ha abandonado el Señor, mi dueño me ha olvidado. ¿Puede una madre olvidar al niño que amamanta, no tener compasión del hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré. Mira, te llevo tatuada en mis palmas, tus muros están siempre ante mí”. Is 49,14-16.
Audio-homilía: Festividad de Cristo Rey
Esta fiesta de Cristo Rey se creó para aclarar y dar un toque de humildad a todos los gobiernos de la tierra, intentando recordar que lo salva nuestras vidas no es una sigla, un color, una organización… Las instituciones humanas son instrumentos necesarios con los que Dios cuenta para llevar a cabo su obra. Pero no salvan los deseos de los hombres. Un colectivo humano sin el amor de Dios, que suscita los valores de justicia de respeto de fraternidad, está condenado a la decadencia.
El mundo entero tendría que aprender de Jesucristo Rey, que crea un sistema de relaciones humanas no basado en el poder, en órdenes o en temores. El Evangelio es una inyección de sentido común y de amor a la humanidad. Nuestro Rey nos llama a tod@s y nos hace capaces de sacar lo mejor de nosotr@s mism@s.
Cuando vivimos en función de nosotr@s mism@s y pensamos que tenemos la verdad absoluta creamos relaciones hostiles.
El Reino de Dios se resume de una forma muy práctica: valora lo que tienes y ponlo al servicio de los demás. Hay una línea muy delgada entre amor y odio, entre usar mis responsabilidades en beneficio propio o de los demás.
Pidamos al Señor que nos ayude a hacerle caso a ese Rey para entrar en el banquete de l@s que comparten y de l@s que sienten que viven en familia.
Audio-homilía: Festividad de Cristo Rey
Evangelio según san Mateo
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: -«Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con él, se sentará en el trono de su gloria, y serán reunidas ante él todas las naciones. Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas, de las cabras. Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda. Entonces dirá el rey a los de su derecha: “Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme.” Entonces los justos le contestarán: “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?” Y el rey les dirá: “Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis.” Y entonces dirá a los de su izquierda: “Apartaos de mi, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, fui forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis. Entonces también éstos contestarán: “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te asistirnos?” Y él replicará: “Os aseguro que cada vez que no lo hicisteis con uno de éstos, los humildes, tampoco lo hicisteis conmigo.” Y éstos irán al castigo eterno, y los justos a la vida eterna.»
1Esperanzados
Estamos acercándonos al final del año litúrgico, y la Palabra de Dios, siempre oportuna, y la vida misma, con su intensidad, nos hacen una llamada a la esperanza.
Llevo varias semanas en las que me parece que el tiempo tiene como dos niveles. Cronológicamente, los días se llenan de tareas y responsabilidades que nos reclaman muchas energías y dedicación. Por su parte, en el tiempo vivido como “kairós”, es decir, como momento de gracia, la vida se remansa y adquiere un sentido profundo, luminoso. El tiempo de gracia de cada día me ayuda a vivir con más ilusión. Está hecho de los encuentros con los demás, los detalles de los que me quieren, las palabras amables que me dicen, las sonrisas de personas con las que me cruzo a diario.
Fijándome en los demás, me doy cuenta de que ellos también tiene esta experiencia: si llevas un día agotador, afuera llueve o hace frío y el tráfico ha sido una pesadilla; un gesto de un compañero que se interesa por ti o que te invita a un café es un respiro, un “kairós”. Una llamada o un mensaje te pueden conectar con la certeza de ser querido y tenido en cuenta.
Una actitud que nos ha de distinguir como cristianos es vivir esperanzados. “Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo os conceda un espíritu de sabiduría… que ilumine los ojos de vuestro corazón, para que conozcáis cuál es la esperanza a la que habéis sido llamados… la fuerza que Dios desplegó en Cristo al resucitarlo de entre los muertos y sentarlo a su derecha… por encima de todo poder y título en este mundo.” (Ef 1, 16-21)
No nos quedemos sólo en el tiempo cronológico con sus hechos y avatares, quejándonos de los males personales y sociales. Se trata de profundizar en esos pequeños destellos de la gracia de Dios que se nos cuelan en la realidad.
Seamos hombres y mujeres esperanzados con fundamento; porque vivimos conscientes del amor de Dios por nosotros y por todos; porque podemos confiar en nosotros mismos y en personas concretas; porque nuestros ojos saben ver la bondad que sigue adelante en medio de luchas y dificultades. “Estad siempre alegres en el Señor… Que nada os angustie; al contrario, en cualquier situación presentad vuestros deseos a Dios orando, suplicando y dando gracias. Y la paz de Dios, que supera cualquier razonamiento, guardará vuestros corazones y pensamientos por medio de Cristo Jesús.” (Fil 4, 4-8)
La esperanza no es un autoconvencimiento ilusorio. La esperanza cristiana es una actitud que conlleva apertura de corazón y de mente, una búsqueda genuina del bien y el deseo de hacer realidad lo que creemos y esperamos. Por el impulso de la esperanza no desistimos de atesorar valores auténticos, de practicar la solidaridad, el trabajo bien hecho, la compasión para con los débiles y necesitados; no desistimos de amar en contra de las corrientes del egoísmo y el odio.
Nuestra esperanza está en el encuentro personal con Jesús de Nazaret, que sale a nuestro encuentro como lo hizo con los caminantes de Emaús. “Aquel mismo día, dos discípulos se dirigían a una aldea llamada Emaús… iban hablando… y se hacían preguntas. Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo. Él les dijo: ¿Qué conversación es la que lleváis por el camino?. Ellos se detuvieron entristecidos… y contestaron: lo de Jesús el Nazareno que fue un profeta poderoso en obras y en palabras… ¿No sabes que los jefes de los sacerdotes y nuestras autoridades lo entregaron para que lo condenaran a muerte, y que lo crucificaron? Nosotros esperábamos que él fuera el libertador de Israel. Sin embargo, ya hace tres días de esto. Es verdad que algunas de nuestras mujeres nos han sobresaltado, porque fueron temprano al sepulcro y no encontraron su cuerpo… Entonces Jesús… les explicó lo que decían de él las Escrituras. Al llegar a la aldea adonde iban… ellos le insistieron: quédate con nosotros, porque es tarde y está anocheciendo. Y él entró para quedarse. Cuando estaba a la mesa con ellos, tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron… (Lc 24, 13-31)
Quédate también con nosotros, Señor Jesús, que el horizonte se oscurece y necesitamos abrirnos a la esperanza.
Solemnidad de la Inmaculada Concepción de María
Una forma muy adecuada de celebrar cualquiera de nuestras fiestas, de celebrar nuestra fe, es no dejar de mirar a la vida, al mundo, cuando tratamos de mirar a Dios. La mirada de fe con que celebramos hoy a María Inmaculada debe llegar a ella desde la mirada al mundo de hoy y desde las preguntas que la vida actual nos despierte en la conciencia.
La fe, la oración y la Liturgia nunca pueden estar desvinculadas del mundo o correríamos el peligro de transformarnos en una especia de secta que vive para sí misma en su burbuja imaginaria al margen de la realidad.
Cuando miramos hoy la realidad de nuestro mundo vemos que hemos progresado mucho en calidad de vida para una buena parte de la humanidad. Los derechos de la mujer van abriéndose paso, los niños están más protegidos, la medicina y la ciencia en general ha conseguido avances impensables y tantas otras cosas buenas que podríamos añadir como frutos de nuestra sociedad moderna. Esta consideración es real pero incompleta.
No podemos cerrar los ojos al hecho de que esa buena parte de la humanidad que vive con mayor calidad de vida es una minoría, mientras que la mayor parte de los seres humanos viven bajo la lacra de la miseria como mal endémico o condena de por vida.
Los niños de esa parte de la humanidad que vive en la pobreza no están protegidos, sino que trabajan de sol a sol o incluso venden su cuerpo por dos cuartos; tampoco para ellos la medicina es sino una palabra de ricos que nunca sabrán escribir correctamente.
Ambas caras de nuestro mundo nos ofrecen el rostro completo de un misterio: el Reino de Dios se abre paso entre las tinieblas del pecado, venciendo poco a poco los signos de muerte con que el pecado lastra y deforma nuestra dignidad humana.
María Inmaculada es el signo más acabado de esta victoria de Dios sobre el pecado, un signo que se nos da como estímulo que alienta nuestra voluntad de soñar con un mundo mejor mientras que nos entregamos a la causa de su construcción, la obra de Jesucristo y de su Madre Santísima.
“Pongo enemistad entre ti y la mujer entre su linaje y el tuyo…” (Ge. 3, 15) estas palabras del Génesis pronunciadas una vez que el hombre había cometido el primer pecado, desquiciándose y desquiciando a la Creación hermana, anuncian la eterna voluntad salvífica de Dios. Por ello a este pasaje del primer libro de la Biblia se la llama “el protoevangelio”, el primer evangelio, la primera buena noticia de Dios para el hombre que le ha traicionado por la torpe ganancia del pecado.
El pecado de Adán y Eva había provocado el desquiciamiento de la estirpe humana. El hombre creado a imagen y semejanza de Dios sufre, por el pecado, una herida de incalculables consecuencias. ESTO ES HOY DOLOROSAMENTE CLARO EN NUESTRO MUNDO.
En su eterno plan, Dios había creado al hombre por sobreabundancia de amor y lo había elegido para ser santo e inmaculado en su presencia. El pecado, sin embargo, introduce la desobediencia, el desorden y la pérdida de la armonía original, la armonía del “principio”, pero no cancela el plan amoroso de Dios.
Había que rescatar al hombre también por sobreabundancia de amor recreándolo, creándolo de nuevo por encima de las circunstancias negativas en que su pecado había hundido su vida en un estado lamentable.
Jesucristo y su misterio pascual de victoria sobre el pecado y sobre la muerte es esa nueva creación, y María Inmaculada es el primer fruto de la estirpe humana QUE NOS MUESTRA la belleza radiante y la libertad de una vida que sólo se arrodilla ante Dios. Si se busca, por tanto, la razón de la presencia del Hijo de Dios entre los hombres y la razón de la Encarnación, ahí la tenemos: el amor por el ser humano.
“Dios se enamoró de su criatura” cuando la vio recién creada, y el Hijo eterno de Dios ha hecho hombre para servirnos de peldaño y trampolín que nos eleve, para acostumbrar al hombre a comprender a Dios, a comprender el incomprensible amor del Dios eterno por su pequeña criatura, por ti y por mí.
“El Pastor se ha hecho oveja”. Cristo ha venido a la tierra para tomar de la mano al hombre y presentarlo nuevamente al Padre y no sólo según esa gracia del principio que lo hacía ser amigo de Dios, sino con una gracia nueva que le hace ser hijo de Dios.
En este extraordinario plan de salvación aparece María Inmaculada, como la primicia de la salvación, como la estrella de la mañana que anuncia a Cristo, “sol de justicia”, como la primera criatura surgida del poder redentor de Cristo, como aquella que ha sido redimida de modo eminente por Dios.
En un mundo desquiciado entre los mayores logros y las mayores miserias, la Gracia divina ha hecho surgir una criatura absolutamente pura y le ha conferido una perfección sin la más mínima sombra de pecado: María. Ella aparece en medio de esta singular batalla como la aurora que anuncia la victoria definitiva de la luz sobre la oscuridad.
Ella va al frente de ese grande peregrinar de la Iglesia hacia la casa del Padre.
En medio de las presiones que por todas partes nos apremian, María no abandona a los hombres que peregrinan en el claro oscuro de la fe. Ella es signo de segura esperanza y ardiente caridad.
Ella es nuestra madre, nuestra hermana mayor en la fe, nuestro modelo; ella es esa maestra que nos enseña a ser y a vivir desde la dignidad divina que su Hijo nos ganó.
A Cristo por María, ayer, hoy y siempre.
0Dragones y mazmorras, leones y panteras (II D. Adviento)
Los cristianos no sólo debemos hablar de esperanza y fraternidad, también debemos trabajar y actuar para que sean una realidad en nuestro mundo actual
Mientras los cristianos en la iglesia hablamos durante el Adviento de esperanza, de los sentimientos cálidos y familiares que nos van embargando a medida que se acerca la Navidad, miramos a la sociedad y vemos cosas bastante diferentes.
La huelga que en estos días pasados ha frustrado el derecho al descanso de cientos de miles de personas, las acusaciones recíprocas de los políticos de todos los bandos, crispación, violencia, pérdidas cuantiosas que en este tiempo de crisis amenazan la supervivencia de familias enteras…
Pero no hace falta que miremos al escenario nacional más llamativo para ver que las palabras de esperanza y los sentimientos navideños se los lleva el viento, si no son más que palabras bonitas y sentimientos agradables…
Muchas familias de nuestro entorno –quizá incluso la nuestra propia- están desunidas, matrimonios rotos, niños convertidos en moneda de cambio entre el padre y la madre cuando no en arma arrojadiza; fracaso escolar, violencia en los colegios donde los niños sacan toda su tristeza y su ansiedad por no ser suficientemente queridos; pobres más pobres que nunca ante el escenario de luces y abundancia con que se adornan y maquillan nuestras calles y escaparates…
A poco que miremos a nuestro alrededor, nos daremos cuenta de que no tenemos derecho a hablar de esperanza ni de Navidad si nos vamos a limitar a hablar, y la Palabra de Dios hoy nos lanza ese reto a la cara para recordarnos que la Palabra de Dios encarnada –nuestro Señor Jesucristo- hablaba mucho y bien, pero también obraba en consecuencia.
Las obras de Jesús superaban, si cabe, en poder liberador y reconciliador a esa palabra de vida y esperanza con la que confortaba y sanaba tantas conciencias atormentadas por los males de todo signo que provienen del aburguesamiento y del alejamiento respecto de Dios.
La autoridad y la credibilidad, que Cristo se ganó ante esos paisanos suyos que le tenían como el simple hijo del carpintero, procedían del compromiso por mostrar con las obras el poder y la verdad de sus palabras, palabras que servían también para desentrañar la fuerza del amor con que cada obra del Señor se entregaba a la liberación y la redención de cuantos le hacían un hueco en la agenda de su corazón.
Si Cristo dedicó su existencia toda a la reconciliación de la humanidad con el Padre Dios y a la unidad y la armonía entre los hombres y mujeres que Él hizo que llegáramos a ser hermanos suyos, hijos de Dios en Él, el Hijo eterno, ¿qué habremos de hacer los cristianos a este respecto?
Como la afinidad de las mismas palabras evidencia, las obras del cristiano han de ser un eco y una prolongación de las obras de Cristo, y en esta línea nos quiere comprometer la Palabra de Dios hoy, desde las bellas palabras de Isaías hasta las proféticas e interpelantes palabras del Señor en el evangelio que hemos escuchado.
El profeta Isaías nos pinta una escena mesiánica donde bestias de labor que se distinguen por la mansedumbre –la vaca, el cordero, el ternero, el buey,…- reposan tranquilas al lado de sus naturales depredadores –el león, la pantera, el lobo, el oso…-.
¿Y esto es algo más que poesía antigua? ¿Esto quiere decir algo para nosotros?
Veamos qué hace convivir en paz y armonía a animales tan naturalmente enfrentados y comprenderemos el mensaje: “Un muchacho pequeño los pastorea”.
Ese pequeño muchacho que a todos apacienta es la figura profética del Mesías, de Jesucristo que, con su sola presencia, transforma las relaciones de violencia y competitividad en otras de fraternidad, de convivencia gozosa, de entendimiento o, dicho sea en una sola palabra, en relaciones de comunión.
Si las obras del cristiano han de ser un eco y una prolongación de las obras de Cristo y la reconciliación hasta la comunión son su obra definitiva, nosotros hemos de revisar cómo vivimos y cómo convivimos para tratar de ser pantera o novillo, lobo o cordero, buey o león pero al estilo del Mesías: “No harán daño ni estrago en todo mi monte santo; porque está lleno el país de la ciencia del Señor”.
Cuando se nos pide que allanemos el camino del Señor se nos pide esto, que allanemos –que hagamos más llanas, más sencillas, más francas- las relaciones más rotas y enfrentadas; que limemos las aristas y asperezas de nuestro corazón para que nadie encuentre en nosotros una fiera de colmillos afilados; que hablemos de paz y de fraternidad mientras que nuestras manos las procuran y nuestro corazón las desea más que ninguna otra cosa.
Por si este mensaje que Dios nos dirige hoy no queda suficientemente claro para alguien, San Pablo en la segunda lectura lo hace aun más explícito y patente: “Las Escrituras se escribieron para enseñanza nuestra […]. Que Dios os conceda estar de acuerdo entre vosotros, según Jesucristo […]. Acogeos mutuamente, como Cristo os acogió”.
Ya sabemos lo que Dios quiere de nosotros en este tiempo bendito para poder prepararnos para celebrar y vivir el espíritu de la Navidad. Si no lo hacemos, nuestra navidad será pagana, llena de banquetes y regalos pero vacía de sentido, y quizá nuestras familias y nuestras comunidades sean como el pasaje de Isaías mas sin el pequeño pastor, es decir, quizá nuestra convivencia sea la de un conjunto de fieras amenazantes que luchan por sus propios derechos sacrificando los derechos de los demás para conseguirlos.
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