Jesucristo

Audio-homilía: Domingo de Ramos 2014

La lectura de la Pasión de Jesús nos mueve a pedir que ojalá que nos unamos afectivamente a la figura de Cristo, porque si no la Semana Santa la podemos vivir como meros espectadores.

La intención del Señor al vivir y sufrir todo esto que hemos leído es acercarse profundamente a la humanidad que sigue experimentando muchas de las cosas que el sufrió. Todos tenemos experiencias de cruz, de fragilidad en las diferentes etapas de nuestra vida. Cruz es todo aquello que nos recuerda que somos limitados y que no somos autosuficientes, lo que nos provoca inseguridad, lo que nos recuerda que no somos fuertes, el camino del empobrecimiento.

Jesús entra muy rico en Jerusalen, aclamado por las multitudes, e inicia un paulatino y total proceso de empobrecimiento. Primero pierde a todos esos seguidores que pasan de jalearle a pedir su crucifixión, luego pierde a sus amigos que le niegan o le abandonan, después pierde salud física y dignidad humana y acaba perdiendo hasta la vida. Todo eso era evitable, pero el Señor no lo evitó para unirse a los hombres en nuestras pérdidas y en nuestras cruces.

El Camino de la Semana Santa es reconocer que Dios a ese hombre aparentemente fracasado le da la dignidad más grande del mundo: ser señor de las naciones.

Ojalá que vivamos y acojamos todas las buenas nuevas que la Semana Santa nos trae: que el jueves celebremos la alegría del pan que se parte, que el viernes adoremos la cruz, que en la Vigilia Pascual y el domingo de Resurrección disfrutemos de la victoria de Jesús sobre la muerte. Y ojalá que seamos una comunidad resucitada y resucitadora que pretende cambiar las soledades por alegría y los lutos por danzas.

Audio-homilía: Domingo de Ramos 2014

Pasión de Jesucristo según San Mateo

Unos días antes de la fiesta de Pascua, los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo se reunieron en el palacio del Sumo Sacerdote, llamado Caifás, y se pusieron de acuerdo para detener a Jesús con astucia y darle muerte. Pero decían: «No lo hagamos durante la fiesta, para que no se produzca un tumulto en el pueblo».
Entonces uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes y les dijo: «¿Cuánto me daréis si se lo entrego?». Y resolvieron darle treinta monedas de plata.
Desde ese momento, Judas buscaba una ocasión favorable para entregarlo.
El primer día de los Acimos, los discípulos fueron a preguntar a Jesús: «¿Dónde quieres que te preparemos la comida pascual?».
El respondió: «Id a la ciudad, a la casa de tal persona, y díganle: ‘El Maestro dice: Se acerca mi hora, voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos'». Ellos hicieron como Jesús les había ordenado y prepararon la Pascua.
Al atardecer, estaba a la mesa con los Doce y, mientras comían, Jesús les dijo: «Os aseguro que uno de vosotros me entregará».
Profundamente apenados, ellos empezaron a preguntarle uno por uno: «¿Seré yo, Señor?». El respondió: «El que acaba de servirse de la misma fuente que yo, ese me va a entregar. El Hijo del hombre se va, como está escrito de él, pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre será entregado: más le valdría no haber nacido!».
Judas, el que lo iba a entregar, le preguntó: «¿Seré yo, maestro?». «Tú lo has dicho», le respondió Jesús.
Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: «Tomad y comed, esto es mi Cuerpo». Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, diciendo: «Bebed todos de ella, porque esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos para la remisión de los pecados. Os aseguro que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta el día en que beba con vosotros el vino nuevo en el Reino de mi Padre». Después del canto de los Salmos, salieron hacia el monte de los Olivos.
Entonces Jesús les dijo: «Esta misma noche, os váis a escandalizar a causa de mí. Porque dice la Escritura: Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño. Pero después que yo resucite, iré antes que vosotros a Galilea». Pedro, tomando la palabra, le dijo: «Aunque todos se escandalicen por tu causa, yo no me escandalizaré jamás». Jesús le respondió: «Te aseguro que esta misma noche, antes que cante el gallo, me habrás negado tres veces». Pedro le dijo: «Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré». Y todos los discípulos dijeron lo mismo.
Cuando Jesús llegó con sus discípulos a una propiedad llamada Getsemaní, les dijo: «Quedaos aquí, mientras yo voy allí a orar».
Y llevando con él a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse y a angustiarse. Entonces les dijo: «Mi alma siente una tristeza de muerte. Quedaos aquí, velando conmigo».
Y adelantándose un poco, cayó con el rostro en tierra, orando así: «Padre mío, si es posible, que pase lejos de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya».
Después volvió junto a sus discípulos y los encontró durmiendo. Jesús dijo a Pedro: «¿Es posible que no hayáis podido quedaros despiertos conmigo, ni siquiera una hora? Estad prevenidos y orad para no caer en la tentación, porque el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil».
Se alejó por segunda vez y suplicó: «Padre mío, si no puede pasar este cáliz sin que yo lo beba, que se haga tu voluntad».
Al regresar los encontró otra vez durmiendo, porque sus ojos se cerraban de sueño. Nuevamente se alejó de ellos y oró por tercera vez, repitiendo las mismas palabras.
Luego volvió junto a sus discípulos y les dijo: «Ahora podéis dormir y descansar: ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos! ¡Vamos! Ya se acerca el que me va a entregar».
Jesús estaba hablando todavía, cuando llegó Judas, uno de los Doce, acompañado de una multitud con espadas y palos, enviada por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo.
El traidor les había dado esta señal: «Es aquel a quien voy a besar. Detenedlo». Inmediatamente se acercó a Jesús, diciéndole: «Salud, Maestro», y lo besó.
Jesús le dijo: «Amigo, ¡cumple tu cometido!». Entonces se abalanzaron sobre él y lo detuvieron. Uno de los que estaban con Jesús sacó su espada e hirió al servidor del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja.
Jesús le dijo: «Guarda tu espada, porque el que a hierro mata a hierro muere. ¿O piensas que no puedo recurrir a mi Padre? El pondría inmediatamente a mi disposición más de doce legiones de ángeles. Pero entonces, ¿cómo se cumplirían las Escrituras, según las cuales debe suceder así?».
Y en ese momento dijo Jesús a la multitud: «¿Soy acaso un ladrón, para que salgáis a arrestarme con espadas y palos? Todos los días me sentaba a enseñar en el Templo, y no me detuvisteis».
Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que escribieron los profetas. Entonces todos los discípulos lo abandonaron y huyeron.
Los que habían arrestado a Jesús lo condujeron a la casa del Sumo Sacerdote Caifás, donde se habían reunido los escribas y los ancianos. Pedro lo seguía de lejos hasta el palacio del Sumo Sacerdote; entró y se sentó con los servidores, para ver cómo terminaba todo.
Los sumos sacerdotes y todo el Sanedrín buscaban un falso testimonio contra Jesús para poder condenarlo a muerte; pero no lo encontraron, a pesar de haberse presentado numerosos testigos falsos. Finalmente, se presentaron dos que declararon: «Este hombre dijo: ‘Yo puedo destruir el Templo de Dios y reconstruirlo en tres días'». El Sumo Sacerdote, poniéndose de pie, dijo a Jesús: «¿No respondes nada? ¿Qué es lo que estos declaran contra ti?». Pero Jesús callaba.
El Sumo Sacerdote insistió: «Te conjuro por el Dios vivo a que me digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios».
Jesús le respondió: «Tú lo has dicho. Además, os aseguro que de ahora en adelante veréis al Hijo del hombre sentarse a la derecha del Todopoderoso y venir sobre las nubes del cielo».
Entonces el Sumo Sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo: «Ha blasfemado, ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Vosotros acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué os parece?». Ellos respondieron: «Merece la muerte». Luego lo escupieron en la cara y lo abofetearon. Otros lo golpeaban, diciéndole: «Tú, que eres el Mesías, profetiza, dinos quién te golpeó».
Mientras tanto, Pedro estaba sentado afuera, en el patio. Una sirvienta se acercó y le dijo: «Tú también estabas con Jesús, el Galileo». Pero él lo negó delante de todos, diciendo: «No sé lo que quieres decir». Al retirarse hacia la puerta, lo vio otra sirvienta y dijo a los que estaban allí: «Este es uno de los que acompañaban a Jesús, el Nazareno». Y nuevamente Pedro negó con juramento: «Yo no conozco a ese hombre». Un poco más tarde, los que estaban allí se acercaron a Pedro y le dijeron: «Seguro que tú también eres uno de ellos; hasta tu acento te traiciona». Entonces Pedro se puso a maldecir y a jurar que no conocía a ese hombre. En seguida cantó el gallo y Pedro recordó las palabras que Jesús había dicho: «Antes que cante el gallo, me negarás tres veces». Y saliendo, lloró amargamente.
Cuando amaneció, todos los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo deliberaron sobre la manera de hacer ejecutar a Jesús. Después de haberlo atado, lo llevaron ante Pilato, el gobernador, y se lo entregaron.
Judas, el que lo entregó, viendo que Jesús había sido condenado, lleno de remordimiento, devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y a los ancianos, diciendo: «He pecado, entregando sangre inocente». Ellos respondieron: «¿Qué nos importa? Es asunto tuyo». Entonces él, arrojando las monedas en el Templo, salió y se ahorcó.
Los sumos sacerdotes, juntando el dinero, dijeron: «No está permitido ponerlo en el tesoro, porque es precio de sangre».
Después de deliberar, compraron con él un campo, llamado «del alfarero», para sepultar a los extranjeros. Por esta razón se lo llama hasta el día de hoy «Campo de sangre». Así se cumplió lo anunciado por el profeta Jeremías: Y ellos recogieron las treinta monedas de plata, cantidad en que fue tasado aquel a quien pusieron precio los israelitas. Con el dinero se compró el «Campo del alfarero», como el Señor me lo había ordenado.
Jesús compareció ante el gobernador, y este le preguntó: «¿Tú eres el rey de los judíos?». El respondió: «Tú lo dices».
Al ser acusado por los sumos sacerdotes y los ancianos, no respondió nada. Pilato le dijo: «¿No oyes todo lo que declaran contra ti?». Jesús no respondió a ninguna de sus preguntas, y esto dejó muy admirado al gobernador.
En cada Fiesta, el gobernador acostumbraba a poner en libertad a un preso, a elección del pueblo. Había entonces uno famoso, llamado Barrabás. Pilato preguntó al pueblo que estaba reunido: «¿A quién queréis que ponga en libertad, a Barrabás o a Jesús, llamado el Mesías?». El sabía bien que lo habían entregado por envidia. Mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó decir: «No te mezcles en el asunto de ese justo, porque hoy, por su causa, tuve un sueño que me hizo sufrir mucho».
Mientras tanto, los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la multitud que pidiera la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús. Tomando de nuevo la palabra, el gobernador les preguntó: «¿A cuál de los dos queréis que ponga en libertad?». Ellos respondieron: «A Barrabás». Pilato continuó: «¿Y qué haré con Jesús, llamado el Mesías?». Todos respondieron: «¡Que sea crucificado!». El insistió: «¿Qué mal ha hecho?». Pero ellos gritaban cada vez más fuerte: «¡Que sea crucificado!». Al ver que no se llegaba a nada, sino que aumentaba el tumulto, Pilato hizo traer agua y se lavó las manos delante de la multitud, diciendo: «Yo soy inocente de esta sangre. Es asunto vuestro». Y todo el pueblo respondió: «Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos». Entonces, Pilato puso en libertad a Barrabás; y a Jesús, después de haberlo hecho azotar, lo entregó para que fuera crucificado.
Los soldados del gobernador llevaron a Jesús al pretorio y reunieron a toda la guardia alrededor de él. Entonces lo desvistieron y le pusieron un manto rojo. Luego tejieron una corona de espinas y la colocaron sobre su cabeza, pusieron una caña en su mano derecha y, doblando la rodilla delante de él, se burlaban, diciendo: «Salud, rey de los judíos». Y escupiéndolo, le quitaron la caña y con ella le golpeaban la cabeza.
Después de haberse burlado de él, le quitaron el manto, le pusieron de nuevo sus vestiduras y lo llevaron a crucificar. Al salir, se encontraron con un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo obligaron a llevar la cruz. Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota, que significa «lugar del Cráneo», le dieron de beber vino con hiel. El lo probó, pero no quiso tomarlo.
Después de crucificarlo, los soldados sortearon sus vestiduras y se las repartieron; y sentándose allí, se quedaron para custodiarlo. Colocaron sobre su cabeza una inscripción con el motivo de su condena: «Este es Jesús, el rey de los judíos».
Al mismo tiempo, fueron crucificados con él dos ladrones, uno a su derecha y el otro a su izquierda.
Los que pasaban, lo insultaban y, moviendo la cabeza,
decían: «Tú, que destruyes el Templo y en tres días lo vuelves a edificar, ¡sálvate a ti mismo, si eres Hijo de Dios, y baja de la cruz!». De la misma manera, los sumos sacerdotes, junto con los escribas y los ancianos, se burlaban, diciendo: «¡Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo! Es rey de Israel: que baje ahora de la cruz y creeremos en él. Ha confiado en Dios; que él lo libre ahora si lo ama, ya que él dijo: «Yo soy Hijo de Dios».
También lo insultaban los ladrones crucificados con él.
Desde el mediodía hasta las tres de la tarde, las tinieblas cubrieron toda la región. Hacia las tres de la tarde, Jesús exclamó en alta voz: «Elí, Elí, lemá sabactani», que significa: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?».
Algunos de los que se encontraban allí, al oírlo, dijeron: «Está llamando a Elías».
En seguida, uno de ellos corrió a tomar una esponja, la empapó en vinagre y, poniéndola en la punta de una caña, le dio de beber.
Pero los otros le decían: «Espera, veamos si Elías viene a salvarlo».
Entonces Jesús, clamando otra vez con voz potente, entregó su espíritu.
Inmediatamente, el velo del Templo se rasgó en dos, de arriba abajo, la tierra tembló, las rocas se partieron y las tumbas se abrieron. Muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron
y, saliendo de las tumbas después que Jesús resucitó, entraron en la Ciudad santa y se aparecieron a mucha gente.
El centurión y los hombres que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y todo lo que pasaba, se llenaron de miedo y dijeron: «¡Verdaderamente, este era el Hijo de Dios!».
Había allí muchas mujeres que miraban de lejos: eran las mismas que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirlo.
Entre ellas estaban María Magdalena, María -la madre de Santiago y de José- y la madre de los hijos de Zebedeo.
Al atardecer, llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que también se había hecho discípulo de Jesús, y fue a ver a Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús. Pilato ordenó que se lo entregaran. Entonces José tomó el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia y lo depositó en un sepulcro nuevo que se había hecho cavar en la roca. Después hizo rodar una gran piedra a la entrada del sepulcro, y se fue. María Magdalena y la otra María estaban sentadas frente al sepulcro.
A la mañana siguiente, es decir, después del día de la Preparación, los sumos sacerdotes y los fariseos se reunieron y se presentaron ante Pilato, diciéndole: «Señor, nosotros nos hemos acordado de que ese impostor, cuando aún vivía, dijo: ‘A los tres días resucitaré’. Ordena que el sepulcro sea custodiado hasta el tercer día, no sea que sus discípulos roben el cuerpo y luego digan al pueblo: ‘¡Ha resucitado!’. Este último engaño sería peor que el primero». Pilato les respondió: «Ahí teneís la guardia, id y asegurad la vigilancia como lo creáis conveniente».
Ellos fueron y aseguraron la vigilancia del sepulcro, sellando la piedra y dejando allí la guardia.

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Audio-homilía: Fiesta de Jesucristo, Rey del Universo, 2013

Esta festividad es una invitación tremenda a la confianza y a que reconozcamos que nuestra vida y nuestro proyecto personal tendrán finales felices.

Nuestros conceptos humanos de reinado tienen mucho que ver con el poder y los privilegios. Pero el poder es muy tentador y corrompe y así es fácil pasar de vivir para servir y cuidar a los demás a vivir para que me sirvan y me cuiden. Eso ha pasado toda la vida con las monarquías terrenales.

Sin embargo, Jesús, nuestro rey, gobierna no con un cetro, sino lavando los pies a sus discípulos. No tiene un trono desde el que juzga, sino una cruz desde la que se inmola para el perdón de nuestros pecados. No tiene una corona de zafiros y perlas preciosas, sino una corona de espinas tejida de amor y fidelidad. No tiene un reinado geográfico, sino que reina desde el corazón y desde el perdón.

Jesús, desde la cruz, al borde de la muerte, es capaz de sobreponerse a su sufrimiento y pensar en el perdón, en el ladrón con el que le han crucificado al que anuncia que estará con él en el Reino de Dios y en María y en su discípulo.

Ante esto, nuestra misión como cristianos es crear ambientes de Reino de Dios: testimoniar al mundo que podemos vivir de otra manera, como hermanos, sin distinciones.

La iglesia tiene que ofrecer al mundo una comunidad de personas que trabajan por el bien de los demás, no dar sensación de poder o de ser los mejores. No somos una élite de nada. Dios no llama a los grandes, llama a los pequeños. Lo pequeño en manos de Dios se convierte en fuerza cuando pone su confianza y su corazón en manos del Señor.

Como decía San Pablo, «el que comenzó en vosotros la buena obra con el bautismo la va a llevar a término».

Audio-homilía: Fiesta de Jesucristo, Rey del Universo, 2013

Evangelio según San Lucas

El pueblo permanecía allí y miraba. Sus jefes, burlándose, decían: «Ha salvado a otros: ¡que se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el Elegido!».
También los soldados se burlaban de él y, acercándose para ofrecerle vinagre, le decían: «Si eres el rey de los judíos, ¡sálvate a ti mismo!».
Sobre su cabeza había una inscripción: «Este es el rey de los judíos».
Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros».
Pero el otro lo increpaba, diciéndole: «¿No tienes temor de Dios, tú que sufres la misma pena que él? Nosotros la sufrimos justamente, porque pagamos nuestras culpas, pero él no ha hecho nada malo».
Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a establecer tu Reino».
El le respondió: «Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso».

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Transformando nuestro agua en vino, con la ayuda de Jesús

Hemos comenzado un año para vivirlo con esperanza, y llevamos recorrido ya un buen trecho de enero. Algunos creadores de modas y tendencias dicen que el color de este año es el verde esmeralda. Para nosotros los cristianos, el verde simboliza la esperanza y es además el color del tiempo litúrgico ordinario; aquel en el que vamos aprendiendo a ser seguidores de Jesús en lo concreto de nuestras vidas, como aprendieron sus discípulos caminando junto a él por los pueblos y ciudades de Palestina.

A pesar del año recién estrenado y del inmenso regalo de tener entre nosotros a Jesús, el día a día a veces se nos hace cuesta arriba y penoso, porque no vemos rápidamente los resultados de nuestros esfuerzos, porque seguimos experimentando nuestra debilidad o porque aún hay insolidaridad, egoísmo e injusticia en los quehaceres y las relaciones humanas.

“Al tercer día se celebró una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. También habían sido invitados a la boda Jesús y sus discípulos. Cuando el vino se acabó, la madre de Jesús le dijo: -Ya no tienen vino. Su madre dijo a los sirvientes: —Haced lo que él os diga. Había allí seis tinajas de piedra, de las que usan los judíos en sus ceremonias de purificación Jesús dijo a los sirvientes: —Llenad de agua las tinajas. Y los sirvientes las llenaron. —Ahora sacad un poco y llevadlo al encargado del banquete —les dijo Jesús. Así lo hicieron. El encargado del banquete probó el agua convertida en vino sin saber de dónde había salido” Juan 2, 1-5.

Personalmente, en la misión que me toca realizar, dedico mucho tiempo de la semana a la catequesis, tanto de Primera Comunión como de Confirmación: comparto con las catequistas, con los niños y con los jóvenes. En todos los grupos compruebo que, aunque mi papel es guiar a las personas a mirar a Jesucristo para que puedan conocerle de cerca, a su vez ellos me ayudan a reafirmar mi fe y mi unión con Cristo.

El otro día en el grupo de Confirmación nos tomábamos el pulso: algunos están desanimados y dejan de participar, otros se distancian por pequeños desencuentros con un amigo o amiga y el grupo se resiente. Una chica sugería que, para obligarles a ser más formales y asistir sin falta, deberíamos amenazarles con echarles del grupo hasta que fuesen excluidos de recibir la Confirmación. Yo me preguntaba cuál sería la reacción de Jesús y su trato con estos discípulos suyos algo desorientados o lentos para entender y sentir la fuerza de su amor.

Sin duda que nuestras crisis de todo tipo tienen un trasfondo de desconfianza que nos frena y quita los ánimos. La primera reacción es intentar huir, defendernos a nosotros mismos mirando por los propios intereses. Sin embargo, lo que necesitamos es perseverar junto a Jesús y aprender de Él el camino del amor, la entrega, la solidaridad, la compasión y el esfuerzo por la justicia en el trato con los demás y en los acontecimientos de cada día. Sucederán entonces pequeños milagros, signos de algo nuevo que va creciendo y transformándonos.

“Decía Jesús: ¿A qué compararemos el reino de Dios, o con qué parábola lo describiremos? Es como un grano de mostaza, el cual, cuando se siembra en la tierra, aunque es más pequeño que todas las semillas que hay en la tierra, sin embargo, cuando es sembrado, crece y llega a ser más grande que todas las hortalizas y echa grandes ramas, tanto que las aves del cielo pueden anidar bajo su sombra”. Marcos 4,30-32

Mantengamos los ojos fijos en Jesús: él se ha hecho uno con nosotros para que, si lo deseamos, su Espíritu nos acompañe. Toda posible reacción y la respuesta para superar nuestras crisis, como personas creyentes, brotan del encuentro con Él.

Jesús después de otro de sus signos, el de la multiplicación de los panes, vuelve a explicar la relación a la que nos llama como seguidores suyos, una relación intensa y profunda de adhesión a Él, una relación que nos transforma y renueva en Él. “—Os aseguro —afirmó Jesús— que si no coméis mi carne y no bebéis mi sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el día final. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él. Al escucharlo, muchos de sus discípulos exclamaron: «Esta enseñanza es muy difícil; ¿quién puede aceptarla?» Jesús, dándose cuenta de que sus discípulos murmuraban, les dijo: — ¿Esto os escandaliza? Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida. Desde entonces muchos de sus discípulos le volvieron la espalda y ya no andaban con él. Así que Jesús les preguntó a los doce: — ¿También vosotros queréis marcharos? —Señor —contestó Pedro—, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios.” Juan 6,53-57. 60-63. 66-69

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Personas con mucha bodega

Introducción. Pues ya han pasado las fiestas de Navidad, y el tiempo vuelve a mostrarse implacable, vuelve a enseñarnos lo efímeras y pasajeras que son a veces nuestras alegrías e ilusiones. Como Pamplona al día siguiente de que finalice San Fermín cantando el «Pobre de mí», como Valencia cuando amanece sin las fallas con montoncitos de cenizas como único recuerdo de las fiestas, así vuelve la normalidad a nuestras vidas: los ritmos diarios, la cotidianeidad, entre la nostalgia de los buenos momentos vividos, la pena de que se vayan personas a las que queremos y la necesidad de volver a los ritmos en los que nos sentimos útiles y seguros. Guardamos el árbol de Navidad, los Belenes los colocamos cuidadosamente en cajas. Pero la Buena Noticia que Dios nos ha traído no la podemos almacenar; ni los buenos propósitos; ni los sentimientos de bondad, de solidaridad, de ayuda… No podemos olvidar lo que es un mensaje nuclear y fundamental en el Credo de nuestra fe: que Dios se ha hecho hombre y que lo divino y lo humano se ha fusionado de tal manera que ya, todo lo que nos pasa a los hombres, lo sufre y le afecta a Dios.
Es necesario pararnos a ver qué huella nos han dejado estos días de estar muy acompañados de familia, con todo lo de bueno y de triste que tienen esas reuniones, en las que evidenciamos que el tiempo pasa, que nos hacemos mayores, que van faltando personas; donde se perciben con claridad las tensiones, las ausencias, los ambientes alegres que crean los niños, el deterioro que apreciamos en los mayores… Para ello necesitamos ser como María, nuestra madre, que lo meditaba todo y lo guardaba en el corazón. No quedarnos en la superficie de la realidad, en la piel, en la apariencia, sino tener valentía y coraje para adentrarnos en lo más profundo y descubrir que, tanto en lo bello como en lo enfermo, hay una invitación a amar, a acoger, a abrazar. Ese sería el resumen de lo que el tiempo de Navidad enseña y ofrece a nuestras vidas: hay un amor capaz de abrazar y de asumir a la humanidad. No sólo en lo amable y agradable, sino también en la fealdad de lo roto y de lo enfermo.

Lo que Dios nos dice. «Así pues, habiendo sido justificados en virtud de la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo, por el cual hemos obtenido además por la fe el acceso a esta gracia, en la cual nos encontramos; y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios. Más aún, nos gloriamos incluso en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia, la paciencia, virtud probada, la virtud probada, esperanza, y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado. En efecto, cuando nosotros estábamos aún sin fuerza, en el tiempo señalado, Cristo murió por lo impíos; ciertamente, apenas habrá quien muera por un justo; por una persona buena tal vez se atrevería alguien a morir; pues bien: Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros. ¡Con cuanta más razón, pues, justificados ahora por su sangre, seremos por él salvados del castigo! Si cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, ¡con cuánta más razón, estando ya reconciliados, seremos salvados por su vida!». Rom 5,1-10. Nos ha situado la fe en una experiencia de salvación, de sabernos asumidos en todas las situaciones que la vida nos ofrezca, en la que nunca estaremos solos o abandonados. La divinidad ha abrazado con tanta fuerza nuestra humanidad que nos ha dado todo su calor, toda su vida, su misma naturaleza. Ha embellecido y fortalecido la fragilidad y la fealdad humana y nos invita a seguir su camino de redención. «Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo: ¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis el Maestro y el Señor, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis. En verdad, en verdad os digo: el criado no es más que su amo, ni el enviado es más que el que lo envía. Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica». Jn 13,12-17. La Navidad nos deja como fruto la firme decisión de construir la fraternidad. El buscar con toda nuestra capacidad la comunión, lo que nos une. El sumar las pocas fuerzas con que contamos los pequeños, para afrontar los grandes problemas con los que nos enfrentamos. La decisión de parte de Dios está tomada y es irrevocable, se ha decidido a amarnos, a salvarnos, a darnos vida y vida en abundancia. Y nada ni nadie nos va a separar de ese amor. «En mi lecho, por la noche, buscaba al amor de mi alma; lo buscaba, y no lo encontraba. Me levantaré y rondaré por la ciudad, por las calles y las plazas, buscaré al amor de mi alma. Lo busqué y no lo encontré. Me encontraron los centinelas que hacen la ronda por la ciudad. – ¿Habéis visto al amor de mi alma? En cuanto los hube pasado, encontré al amor de mi alma. Lo abracé y no lo soltaré, hasta meterlo en mi casa materna, en la alcoba de la que me concibió». Cant 3,1-4. Estas palabras del Cantar de los Cantares siempre las había escuchado como pronunciadas por mí, por la humanidad, buscando a nuestro Dios. Pero en estas semanas he escuchado esta cita pronunciada por la voz de Dios. Él es quien nos busca y al encontrarnos ya nunca nada ni nadie nos podrá separar de sus manos.

Cómo podemos vivirlo. Todo vuelve a la normalidad: las agendas, los ritmos, las prisas.. pero es necesario que aprendamos a vivir las cosas más desde dentro. Porque lo que nos va transformando es gustar internamente de lo mucho que somos amados. De la cantidad de buena gente que Dios va poniendo en nuestro camino. De la cantidad de encuentros, de palabras, de gestos que son verdaderos regalos de su amor. Para eso hace falta que seamos personas de mucha bodega.

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Audio-homilía: Retiro espiritual Siete Aguas (Valencia). 26/08/2012

Da mucha confianza saber que el que inició en nosotros la buena obra la va a llevar a término. Esa alianza de Dios con el hombre es eterna.

Hay cosas muy pequeñas que van teniendo una repercusión enorme casi sin darnos cuenta. El Evangelio parte siempre de eso. Siempre hay un momento pequeño en el que alguien dice un «sí» que tiene un efecto grande.

Como decía Steve Jobs, nunca sabemos para qué servirán las cosas que nos ocurren, pero sí tenemos derecho a hilar los puntos de nuestra historia y reconocer que nada sobra en ella.

Todos sabemos de creatividad y de amor. Cuando la necesidad de fuera nos llama, sacamos energías y fuerzas que quizá no eramos conscientes de que teníamos. Sentiremos que de verdad somos apóstoles cuando la vida nos ponga la personas que necesitan que compartamos nuestra experiencia.

Ojala que encontremos sentido a lo que hemos vivido, que comprendamos para qué ha servido nuestro camino. No pensemos que el Señor, que ha hecho esta experiencia con nosotros, va a frustrarla a mitad de camino.

Es Dios mismo el que nos llama, no son nuestros compañeros, nuestros superiores… por eso no somos de nadie, somos de Dios.

Vayamos con Dios, sabiendo que somos frágiles… El Señor no promete experiencias extraordinarias, promete compromiso…

Las historias de Asterix empiezan siempre con esta introducción: «Estamos en el año 50 antes de Jesucristo. Toda la Galia está ocupada por los romanos. ¿Toda? ¡No! Una aldea poblada por irreductibles galos resiste todavía y siempre al invasor…». Y es una imagen de lo que nos ocurre actualmente: Toda España está sumergida en la tristeza, pero hay un grupo de gente que, con la eucaristía como pócima mágica, tiene fuerza para resistir a los miedos, las tristezas y el pesimismo.

Ojalá que nos sintamos como el pequeño pueblo galo. Si estamos con el corazón alegre, ya estamos en el Reino de Dios.

Audio-homilía: Retiro espiritual Siete Aguas (Valencia). 26/08/2012

Evangelio según San Juan

Después de oírlo, muchos de sus discípulos decían: «¡Es duro este lenguaje! ¿Quién puede escucharlo?».
Jesús, sabiendo lo que sus discípulos murmuraban, les dijo: «¿Esto os escandaliza? ¿Qué pasará, entonces, cuando veáis al Hijo del hombre subir donde estaba antes? El Espíritu es el que da Vida, la carne de nada sirve. Las palabras que os dije son Espíritu y Vida.
Pero hay entre vosotros algunos que no creen». En efecto, Jesús sabía desde el primer momento quiénes eran los que no creían y quién era el que lo iba a entregar. Y agregó: «Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede».
Desde ese momento, muchos de sus discípulos se alejaron de él y dejaron de acompañarlo.
Jesús preguntó entonces a los Doce: «¿También vosotros queréis iros?».
Simón Pedro le respondió: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios».

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