Jerusalem

Audio-homilía: El que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo

Este evangelio viene muy bien para esta época de final de vacaciones e inicio del curso y vuelta a la cotidianeidad. Y es que el regreso a la normalidad y la vuelta al cole nos demuestra que la vida tiene su cruz. El que quiera que agosto dure 12 meses tiene mucho de la actitud de Pedro en este fragmento.

La imagen de Pedro intentando librar a Jesús del sufrimiento recuerda a muchos padres que protegen tanto a sus hijos, que acaban convirtiéndoles en proyectos de bonsai y no de árboles grandes.

A veces, las personas, con nuestro exceso de amor y de protección, nos hacemos a nosotros mismos imprescindibles y a los demás microproyectos de personas.

Una psicóloga chilena decía que los hombres han nacido para sentirnos admirados y las mujeres hemos nacido para sentirnos necesarias.

Jesús pasa de decir a Pedro que es la roca sobre la que edificará su Iglesia la semana pasada, por haber pensado como Dios y abierto su mente y su corazón, a tratarle con mucha dureza, por volver a pensar como los hombres. Y pensar como los hombres significa pensar en pequeño, soñar en pequeño, tener todo bajo atado, sustituir a Dios en nuestra vida.

Cuando hacemos caso a las locuras que Dios nos pide, salen bien. En el evangelio hay muchos ejemplos. El problema viene cuando dejamos de fiarnos de Dios y empezamos a calcular con mirada humana.

La fe nos invita a no vivir en el control y en el corazón estrecho. La vida cambia y se transforma y tenemos que estar abiertos para que el Señor nos acompañe en los retos nuevos que cada día se nos ofrece.

Pedro, que es muy primario, escucha a Jesús hablar de humillación y sufrimiento y no le gusta nada. A nosotros nos pasa igual: la fe que nos compromete nos gusta… la que nos implica y nos hace cambiar de actitud no tanto.

Negarse a uno mismo consiste en ver dónde tenemos el centro de gravedad y el eje de nuestra vida, en nosotros mismos o en el Señor.

La propuesta del Señor cuando nos dice «Sígueme» es: ¿quieres vivir tú llevando el volante de tu vida o lo dejas en mis manos? Y la libertad que da decir y cumplir ese «hágase tu voluntad» y empezar cada día a la expectativa, con Dios acompañándonos a cada instante es nacer a una nueva vida.

Ojalá que el Señor nos regale esa confianza para no vivir en el control y la rabia cuando las cosas no salen como queremos.

Ojalá vivamos la vida como las garrapatas: fluyendo, chupando al máximo la vida y viviendo con intensidad todo lo que nos pasa, no despreciando nada de lo que Dios nos regala, no considerando que haya nada que no merezca la pena, no etiquetando nada ni a nadie, aprovechando estar con todo el mundo.

Os invito a vivir este nuevo curso en el corazón agradecido que sabe que el Señor está con nosotros todos los días de nuestra vida y que, con su mirada, nos va a enseñar a aprovechar todos los regalos que nos hace.

Audio-homilía: El que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo

Evangelio según San Mateo

Desde aquel día, Jesús comenzó a anunciar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén, y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.
Pedro lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo, diciendo: «Dios no lo permita, Señor, eso no sucederá».
Pero él, dándose vuelta, dijo a Pedro: «¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres».
Entonces Jesús dijo a sus discípulos: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga.
Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará. ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida? Porque el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces pagará a cada uno de acuerdo con sus obras.

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Razón y fe

Introducción. Nuestra vida se construye envuelta en la tensión entre la razón y la fe, entre lo pasional y emotivo y lo conveniente, calculado y reflexionado mil veces. Nos constituyen diferentes dimensiones en nuestra forma de actuar, de pensar, de vivir. No somos fríos robots programados, previsibles, repetitivos. Somos una combinación muy complicada de locura y de racionalidad, del deber y de las obligaciones y del desparrame, lo espontáneo y lo irracional. Somos contención y tsunami, respeto e irreverencia, pacificadores y alteradores del orden público.
Una parte de nosotros es más racional, reflexiva, calculadora, busca permanentemente seguridad, el beneficio, no equivocarse, acertar. Y otra parte es más intuitiva, más emocional, sin atender a razones descubre lo que de verdad le gusta y le atrae, lo que despierta la confianza y la apertura radical de nuestra vida. Lo que deseamos y soñamos, los lugares y las personas, las actividades a las que se nos va la imaginación.
La fe es la respuesta total, confiada, a la persona de Jesús, que es capaz de despertar en nosotros la certeza de que somos totalmente amados, y que nuestra vida está totalmente en sus manos. Y la fe es tan válida para el reflexivo y pensador, como para el lunático, irreflexivo y pasional. La persona de Jesús atrae tanto por su mensaje, su programa vital y la convicción y la autoridad de sus palabras, como la invitación al abandono, a la confianza, por sus gestos que son nuevos, que se salen de lo común. Como abrazar a un leproso, dejarse besar por una mujer pecadora, comer con Zaqueo o montar un lío en el templo de Jerusalem. Bogar mar adentro sin quedarse en la orillita, dejarlo todo y seguirle hasta la cruz.

Lo que Dios nos dice. «Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: ¿Crees tú en el Hijo del Hombre? Él contestó: Y ¿quién es, Señor, para que crea en él? Jesús le dijo: Lo estás viendo: el que te está hablando, ese es. El dijo: Creo, Señor. Y se postró ante él». Jn 9, 35-38.
El encuentro con Jesús, con la fe, con la experiencia de diálogo, de abrir nuestra existencia a alguien más allá de nosotros mismos, nos devuelve a la pequeñez y a la fragilidad de los niños. Cuando somos pequeños vivimos con la certeza de que estamos acompañados y protegidos por los mayores. Nuestros padres se convierten en nuestra seguridad, en nuestra fortaleza. Pero, según vamos creciendo y vamos reconociendo los defectos, las lagunas y los límites de nuestros padres, nos vamos alejando de la imagen idealizada que de ellos tenemos y vamos dejando paso a la dolorosa realidad, en la que descubrimos que son frágiles y que tienen defectos. Al mismo tiempo que vivimos la decepción y el fracaso de saber en quién tenemos puesta nuestra confianza surge la necesidad de autoafirmarnos, de buscar en nosotros la seguridad que otros no nos pueden dar. Nos volvernos autosuficientes, duros, fuertes y creemos que con nuestras fuerzas, con nuestros talentos, podemos sostener nuestra existencia. Y esa experiencia también se vuelve decepción. No podemos, o no sabemos, o la incoherencia nos come.
«En efecto, no entiendo mi comportamiento, pues no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco; y si hago lo que no quiero, estoy de acuerdo con que la ley es buena. Ahora bien, no soy yo quien lo hace, sino el pecado que habita en mí. Pues sé que lo bueno no habita en mí, es decir, en mi carne; en efecto, querer el bien está a mi alcance, pero realizarlo, no. Pues no hago lo bueno que deseo, sino que obro lo malo que no deseo». Rom 7, 15-20.
Aparece en nuestra vida la pregunta sobre en quién podemos confiar de vedad, si todo el mundo nos falla y nuestros pies, nuestra historia se tambalean ante la falta de cimientos, ante las arenas movedizas en las que construimos nuestra vida. De nuestros sentimientos cambiantes, de nuestra debilitada voluntad, ante la falta de compromiso de las personas que igual que me ofrecen su afecto y su amistad, me lo quitan, me lo niegan, me abandonan.
«Esto dice el Señor: Maldito quien confía en el hombre, y busca el apoyo de las criaturas, apartando su corazón del Señor. Será como cardo en la estepa, que nunca recibe la lluvia; habitará en un árido desierto, tierra salobre e inhóspita. Bendito quien confía en el Señor y pone en el Señor su confianza. Será un árbol plantado junto al agua, que alarga a la corriente sus raíces; no teme la llegada del estío, su follaje siempre está verde; en año de sequía no se inquieta, ni dejará por eso de dar fruto». Jr 17,5-8.

Cómo podemos vivirlo. La vida en el Espíritu, salir de la miseria espiritual en la que vivimos, donde sólo se valora lo material, lo económico, lo palpable y medible, lo calculable en euros, pasa por inaugurar libre y voluntariamente una vida confiada y puesta en las manos de otro. Dejar el control y el volante de nuestra vida en las manos de aquel que sabemos que nos ama y disfrutar de extender los brazos y que sea otro quien nos lleve. A lo mejor a vivir experiencias que no nos gustan, que son dolorosas y difíciles, como la enfermedad, la vejez, el fracaso, la soledad. Pero todas ellas se van a convertir en lugares donde vamos a conocer con total claridad las obras del amor de Dios.
«Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es Espíritu. No te extrañes de que te haya dicho: Tenéis que nacer de nuevo; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu» Jn 3,6-8

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Nuevos senderos: cabeza fría, corazón caliente… y Dios

Estoy en un momento de replanteamiento de muchas cosas… Poniendo en entredicho cuestiones que antes eran inamovibles en mi vida y cambiando bastantes esquemas mentales…

Es una época de parar y templar, pero al mismo tiempo de preguntarme si la forma en que he venido haciendo las cosas hasta ahora era la mejor, si soy consecuente conmigo misma…

Nuevos métodos, nuevos comportamientos, nuevos puntos de vista, nuevas perspectivas, nuevos sentimientos, nuevas experiencias…

Vivo esta etapa con la incertidumbre que provoca transitar por caminos que no estoy acostumbrada a recorrer e, incluso, con el vértigo que da no saber a dónde me llevará el sendero, pero, al mismo tiempo, con curiosidad, interés y confianza… consciente de que afortunadamente las cosas cambian y siempre para bien (aunque a priori no lo parezca)…

No siempre es sencillo salirse de la llamada “zona de confort”: ese terreno que parecemos conocer a la perfección… A veces, el nuevo trayecto se vuelve agreste; en ocasiones nos sentimos perdidos; en otros momentos, hay que desandar los pasos dados, e, incluso, tropezamos o nos hacemos daño…

Ayer, viendo una serie en televisión, a uno de los personajes (que, curiosamente, parecía tener siempre la palabra más adecuada para todo el mundo; que aparentemente gozaba de una vida tranquila y de una serenidad digna de admiración) le preguntaba una chica que padecía el síndrome de Asperger si tenía la vida que quería. Él contestaba que sí y, unos minutos después, en una escena en la que aparecía en un bar tomando una copa con una chica estupenda y besándola, se tornaba pensativo y acababa reconociéndose a sí mismo y a la chica que su vida supuestamente plácida no le llenaba… Una situación que nos sonará mucho, por haberla vivido en nosotros mismos y en los demás…

En los últimos meses, a través de experiencias propias y ajenas, estoy siendo consciente de cómo Dios a veces nos conduce hacia precipicios, hacia callejones sin salida… Nos aparecen encrucijadas y se nos plantean elecciones que no son sencillas (aunque a primera vista lo parezcan): a menudo nos faltan datos, las primeras impresiones no siempre son acertadas, a veces nuestro ego se convierte en el peor consejero…

Parece como si la decisión a la que nos enfrentamos fuera algo de vida o muerte… Y el hecho es que nada es inamovible, que muchas veces lo que parecía negro se torna blanco; donde no parecía haber salida surgen varias opciones; la puerta estrecha abre un camino que, poco a poco, se allana, y lo que ayer era un “no” mañana es un “quizá” y pasado mañana puede ser un “” y al revés…

Pero, a menudo, somos nosotros mismos los que nos cerramos alternativas, por querer que todo suceda en tiempo y forma tal y como lo hemos diseñado y previsto en nuestra mente.

Nos debatimos entre tempestades y mares en calma, entre picos y valles, entre días tormentosos y soleados, dependiendo de cómo nos veamos en cada momento (o, lo que es peor, de cómo nos vean los demás).

Cuando nos encontramos en la cresta de la ola, nos creemos omnipotentes y despreciamos a Dios y a los demás, porque nos sentimos muy auto-suficientes (nos encanta creernos independientes) («Y la serpiente era más astuta que cualquiera de los animales del campo que el Señor Dios había hecho. Y dijo a la mujer: ‘¿Conque Dios os ha dicho: No comeréis de ningún árbol del huerto?’. Y la mujer respondió a la serpiente: ‘Del fruto de los árboles del huerto podemos comer; pero del fruto del árbol que está en medio del huerto ha dicho Dios: ‘No comeréis de él, ni lo tocaréis, para que no muráis’. Y la serpiente dijo a la mujer: ‘Ciertamente no moriréis. Pues Dios sabe que el día que de él comáis, serán abiertos vuestros ojos y seréis como Dios, conociendo el bien y el mal’. Cuando la mujer vio que el árbol era bueno para comer y que era agradable a los ojos y que el árbol era deseable para alcanzar sabiduría, tomó de su fruto y comió; y dio también a su marido que estaba con ella y él comió. Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos; y cosieron hojas de higuera y se hicieron delantales. Y oyeron al Señor Dios que se paseaba en el huerto al fresco del día; y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia del Señor Dios entre los árboles del huerto. Y el Señor Dios llamó al hombre, y le dijo: ‘¿Dónde estás?’. Y él respondió: ‘Te oí en el huerto, y tuve miedo porque estaba desnudo, y me escondí’. Y Dios le dijo: ‘¿Quién te ha hecho saber que estabas desnudo? ¿Has comido del árbol del cual te mandé que no comieras?’. Y el hombre respondió: ‘La mujer que tú me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí’. Entonces el Señor Dios dijo a la mujer: ‘¿Qué es esto que has hecho?’. Y la mujer respondió: ‘La serpiente me engañó, y yo comí’. Y el Señor Dios dijo a la serpiente: ‘Por cuanto has hecho esto, maldita serás más que todos los animales, y más que todas las bestias del campo; sobre tu vientre andarás, y polvo comerás todos los días de tu vida. Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y su simiente; él te herirá en la cabeza, y tú lo herirás en el calcañar’. A la mujer dijo: ‘En gran manera multiplicaré tu dolor en el parto, con dolor darás a luz los hijos; y con todo, tu deseo será para tu marido, y él tendrá dominio sobre ti'». Génesis 3, 1-16).

Cuando llega la tempestad, nos asustamos, perdemos la confianza en nosotros y en Dios y nos hundimos («Jesús mandó a los discípulos que subieran a la barca y que se adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Y, después de despedirla, subió al monte a orar a solas. Cuando se hizo de noche seguía él solo allí. Mientras tanto, la barca ya se había alejado de tierra, sacudida por las olas, porque el viento le era contrario. En la cuarta vigilia de la noche vino hacia ellos caminando sobre el mar. Cuando le vieron los discípulos andando sobre el mar, se asustaron y dijeron: ‘¡Es un fantasma!’ Y llenos de miedo empezaron a gritar. Pero al instante Jesús les habló: ‘Tened confianza, soy yo, no tengáis miedo’. Entonces Pedro le respondió: ‘Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas’. ‘Ven’ le dijo él. Y Pedro se bajó de la barca y comenzó a andar sobre las aguas en dirección a Jesús. Pero al ver que el viento era muy fuerte se atemorizó y, al empezar a hundirse, se puso a gritar: ‘¡Señor, sálvame!’. Al instante Jesús alargó la mano, lo sujetó y le dijo: ‘Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?’. Y cuando subieron a la barca se calmó el viento». Mt 14, 22-32)

Y todo es mucho más sencillo… («Por eso os digo: No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis. ¿No vale más la vida que el alimento y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas?. Por lo demás, ¿quién de vosotros puede, por más que se preocupe, añadir un solo codo a la medida de su vida? Y del vestido, ¿por qué preocuparos? Observad los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan, ni hilan. Pero yo os digo que ni Salomón, en toda su gloria, se vistió como uno de ellos. Pues si a la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, Dios así la viste, ¿no lo hará mucho más con vosotros, hombres de poca fe?. No andéis, pues, preocupados diciendo: ¿Qué vamos a comer?, ¿qué vamos a beber?, ¿con qué vamos a vestirnos?. Que por todas esas cosas se afanan los gentiles; pues ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura. Así que no os preocupéis del mañana: el mañana se preocupará de sí mismo» Mt 6, 25-34).

La vida (y nosotr@s) somos una continua alternancia entre risa y llanto, lluvia y sol, cumbres y valles, tesoro y barro… Y Dios siempre está ahí… y sabemos (o deberíamos saber) que nunca nos adentra por caminos para los que no nos capacite…

Debemos tener la cabeza bien fría (para no vanagloriarnos en exceso ni caer en picado) y el corazón incendiado de amor y confianza… Jesús mismo pasó de la aclamación a su entrada en Jerusalem al escarnio, la humillación, el desprecio, la tortura y la muerte en apenas unos días… Y no se vino arriba cuando lo vitoreaban ni se hundió cuando lo escupían o lo pegaban.

Pidamos a nuestro Padre que nos ayude a discernir los senderos, a adentrarnos por nuevos caminos y peregrinar sin prisa pero sin pausa y a confiar en que su cayado nos sostiene…

Aprovechemos estos días de cambio de rutinas para aventurarnos a salir de esas zonas de confort, a replantearnos que hay otras formas de hacer las cosas y a ampliar nuestra tolerancia al error y a la discrepancia… Recordemos que la mejor forma de aprendizaje que tenemos es el ensayo / error. Si los bebés temieran caerse, jamás llegarían a caminar…

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Audio-homilía: Domingo de Ramos 2013

La Semana Santa es una escuela de lo que todo ser humano va a vivir en este mundo. Jesús es nuestro Camino, nuestra Verdad y nuestra Vida. Y Él nos enseña paso a paso lo que será nuestro peregrinaje por esta vida.

Entre los dos instantes de desnudez y fragilidad que son nuestro nacimiento y nuestra muerte todos nosotros tenemos responsabilidad para elegir sobre nuestos actos: podemos vivir compartiendo o acumulando, amando o llenando de sufrimiento nuestras vidas y las de los demás…

La pasión, muerte y resurrección de Jesús nos muestra cómo entra en Jerusalem enriquecido, aclamado, en medio de un ambiente de euforia, y llega al jueves y viernes santo tremendamente empobrecido… para, en el domingo de resurrección triunfar sobre la muerte y el odio.

El Domingo de Ramos todo es euforia… Parece verse el resultado de los tres años de trabajo arduo de Jesús. Los discípulos podrían imaginar que ese era el principio de mejores tiempos…

Pero Jerusalem es una ciudad hecha por hombres (como nuestro mundo)… y ese aparente triunfo y esa aparente felicidad son tan frágiles como las nuestras… De la aclamación al «crucifícalo» hay una delgada línea… Cambia la escena en muy poco tiempo…

Estas escenas retratan perfectamente nuestra trayectoria: nosotros pasamos del amor al odio en un suspiro y nos venimos arriba y abajo en segundos…

Jesús vive todo (la aclamación y la animadversión) sabiendo lo que le espera y sabiendo con quién lo vive. Entra enriquecido en Jerusalem y va empobreciéndose paulatinamente hasta el viernes santo. Su vida es una progresiva perdida de vida pero Él sabe perfectamente quién le devuelve la vida. Entrega la vida voluntariamente y el Domingo de Resurrección redescubrimos que quien llena de vida a Jesús (al igual que a nosotros) es Dios. La vida la recibimos y nos la recarga Dios mismo.

La Semana Santa tiene mucho que enseñarnos. Deberíamos vivirla intensamente, poniendo los ojos en Jesús, porque en nuestra vida hay mucho de ella: en nuestro día a día hay muchos Judas, muchos Pedros, muchos Getsemanís y momentos en los que lloramos pidiendo que se aparte de nosotros ese cáliz.

Diariamente todos vivimos constantemente misterios pascuales, pero los podemos vivir solos o acompañados. Podemos experimentar la cruz reconociendo que el Padre es el que nos da la vida. La Resurrección es volver a aprender que la vida nos la da otro.

Ojala vivamos esta Semana Santa orando unos por otros, con una fe firme en la Resurrección, sabiendo que por mucho dolor que acompañe nuestra vida la última palabra la tiene el amor. Porque siempre el amor es más fuerte que la muerte.

Audio-homilía: Domingo de Ramos 2013

Evangelio según San Lucas

Llegada la hora, Jesús se sentó a la mesa con los Apóstoles y les dijo: «He deseado ardientemente comer esta Pascua con vosotros antes de mi Pasión, porque os aseguro que ya no la comeré más hasta que llegue a su pleno cumplimiento en el Reino de Dios».
Y tomando una copa, dio gracias y dijo: «Tomad y compartidla entre vosotros. Porque os aseguro que desde ahora no beberé más del fruto de la vid hasta que llegue el Reino de Dios».
Luego tomó el pan, dio gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: «Esto es mi Cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía».
Después de la cena hizo lo mismo con la copa, diciendo: «Esta copa es la Nueva Alianza sellada con mi Sangre, que se derrama por vosotros. La mano del traidor está sobre la mesa, junto a mí.
Porque el Hijo del hombre va por el camino que le ha sido señalado, pero ¡ay de aquel que lo va a entregar!».
Entonces comenzaron a preguntarse unos a otros quién de ellos sería el que iba a hacer eso. Y surgió una discusión sobre quién debía ser considerado como el más grande.
Jesús les dijo: «Los reyes de las naciones dominan sobre ellas, y los que ejercen el poder sobre el pueblo se hacen llamar bienhechores. Pero entre vosotros no debe ser así. Al contrario, el que es más grande, que se comporte como el menor, y el que gobierna, como un servidor. Porque, ¿quién es más grande, el que está a la mesa o el que sirve? ¿No es acaso el que está a la mesa? Y sin embargo, yo estoy entre vosotros como el que sirve. Vosotros sois los que habéis permanecido siempre conmigo en medio de mis pruebas.
Por eso yo os confiero la realeza, como mi Padre me la confirió a mí.
Y en mi Reino, comeréis y beberéis en mi mesa, y os sentaréis sobre tronos para juzgar a las doce tribus de Israel. Simón, Simón, mira que Satanás ha pedido poder para zarandearos como el trigo,
pero yo he rogado por ti, para que no te falte la fe. Y tú, después que hayas vuelto, confirma a tus hermanos».
«Señor», le dijo Pedro, «estoy dispuesto a ir contigo a la cárcel y a la muerte».
Pero Jesús replicó: «Yo te aseguro, Pedro, que hoy, antes que cante el gallo, habrás negado tres veces que me conoces».
Después les dijo: «Cuando os envié sin bolsa, ni alforja, ni sandalia, ¿os faltó alguna cosa?».
«Nada», respondieron. El agregó: «Pero ahora el que tenga una bolsa, que la lleve; el que tenga una alforja, que la lleve también; y el que no tenga espada, que venda su manto para comprar una.
Porque os aseguro que debe cumplirse en mí esta palabra de la Escritura: Fue contado entre los malhechores. Ya llega a su fin todo lo que se refiere a mí».
«Señor», le dijeron, «aquí hay dos espadas». El les respondió: «Basta».
En seguida Jesús salió y fue como de costumbre al monte de los Olivos, seguido de sus discípulos.
Cuando llegaron, les dijo: «Orad, para no caer en la tentación».
Después se alejó de ellos, más o menos a la distancia de un tiro de piedra, y puesto de rodillas, oraba:
«Padre, si quieres, aleja de mí este cáliz. Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya».
Entonces se le apareció un ángel del cielo que lo reconfortaba.
En medio de la angustia, él oraba más intensamente, y su sudor era como gotas de sangre que corrían hasta el suelo.
Después de orar se levantó, fue hacia donde estaban sus discípulos y los encontró adormecidos por la tristeza.
Jesús les dijo: «¿Por qué estáis durmiendo? Levantaos y orad para no caer en la tentación».
Todavía estaba hablando, cuando llegó una multitud encabezada por el que se llamaba Judas, uno de los Doce. Este se acercó a Jesús para besarlo.
Jesús le dijo: «Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?».
Los que estaban con Jesús, viendo lo que iba a suceder, le preguntaron: «Señor, ¿usamos la espada?».
Y uno de ellos hirió con su espada al servidor del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja derecha.
Pero Jesús dijo: «Dejadlo, ya está». Y tocándole la oreja, lo curó.
Después dijo a los sumos sacerdotes, a los jefes de la guardia del Templo y a los ancianos que habían venido a arrestarlo: «¿Soy acaso un ladrón para que vengáis con espadas y palos? Todos los días estaba con vosotros en el Templo y no me arrestasteis. Pero esta es vuestra hora y el poder de las tinieblas».
Después de arrestarlo, lo condujeron a la casa del Sumo Sacerdote. Pedro lo seguía de lejos.
Encendieron fuego en medio del patio, se sentaron alrededor de él y Pedro se sentó entre ellos.
Una sirvienta que lo vio junto al fuego, lo miró fijamente y dijo: «Este también estaba con él».
Pedro lo negó, diciendo: «Mujer, no lo conozco».
Poco después, otro lo vio y dijo: «Tú también eres uno de aquellos». Pero Pedro respondió: «No, hombre, no lo soy».
Alrededor de una hora más tarde, otro insistió, diciendo: «No hay duda de que este hombre estaba con él; además, él también es galileo». «Hombre», dijo Pedro, «no sé lo que dices». En ese momento, cuando todavía estaba hablando, cantó el gallo.
El Señor, dándose vuelta, miró a Pedro. Este recordó las palabras que el Señor le había dicho: «Hoy, antes que cante el gallo, me habrás negado tres veces». Y saliendo afuera, lloró amargamente.
Los hombres que custodiaban a Jesús lo ultrajaban y lo golpeaban;
y tapándole el rostro, le decían: «Profetiza, ¿quién te golpeó?».
Y proferían contra él toda clase de insultos.
Cuando amaneció, se reunió el Consejo de los ancianos del pueblo, junto con los sumos sacerdotes y los escribas. Llevaron a Jesús ante el tribunal y le dijeron: «Dinos si eres el Mesías». El les dijo: «Si yo os respondo, no me creeréis, y si os interrogo, no me responderéis. Pero en adelante, el Hijo del hombre se sentará a la derecha de Dios todopoderoso».
Todos preguntaron: «¿Entonces eres el Hijo de Dios?». Jesús respondió: «Tenéis razón, yo lo soy».
Ellos dijeron: «¿Acaso necesitamos otro testimonio? Nosotros mismos lo hemos oído de su propia boca».
Después se levantó toda la asamblea y lo llevaron ante Pilato.
Y comenzaron a acusarlo, diciendo: «Hemos encontrado a este hombre incitando a nuestro pueblo a la rebelión, impidiéndole pagar los impuestos al Emperador y pretendiendo ser el rey Mesías».
Pilato lo interrogó, diciendo: «¿Eres tú el rey de los judíos?». «Tú lo dices», le respondió Jesús.
Pilato dijo a los sumos sacerdotes y a la multitud: «No encuentro en este hombre ningún motivo de condena».
Pero ellos insistían: «Subleva al pueblo con su enseñanza en toda la Judea. Comenzó en Galilea y ha llegado hasta aquí».
Al oír esto, Pilato preguntó si ese hombre era galileo. Y habiéndose asegurado de que pertenecía a la jurisdicción de Herodes, se lo envió. En esos días, también Herodes se encontraba en Jerusalén.
Herodes se alegró mucho al ver a Jesús. Hacía tiempo que deseaba verlo, por lo que había oído decir de él, y esperaba que hiciera algún prodigio en su presencia.
Le hizo muchas preguntas, pero Jesús no le respondió nada.
Entre tanto, los sumos sacerdotes y los escribas estaban allí y lo acusaban con vehemencia.
Herodes y sus guardias, después de tratarlo con desprecio y ponerlo en ridículo, lo cubrieron con un magnífico manto y lo enviaron de nuevo a Pilato. Y ese mismo día, Herodes y Pilato, que estaban enemistados, se hicieron amigos.
Pilato convocó a los sumos sacerdotes, a los jefes y al pueblo,
y les dijo: «Me habéis traído a este hombre, acusándolo de incitar al pueblo a la rebelión. Pero yo lo interrogué delante de vosotros y no encontré ningún motivo de condena en los cargos de que lo acusan;
ni tampoco Herodes, ya que él lo ha devuelto a este tribunal. Como véis, este hombre no ha hecho nada que merezca la muerte. Después de darle un escarmiento, lo dejaré en libertad».
Pero la multitud comenzó a gritar: «¡Qué muera este hombre! ¡Suéltanos a Barrabás!».
A Barrabás lo habían encarcelado por una sedición que tuvo lugar en la ciudad y por homicidio.
Pilato volvió a dirigirles la palabra con la intención de poner en libertad a Jesús. Pero ellos seguían gritando: «¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!».
Por tercera vez les dijo: «¿Qué mal ha hecho este hombre? No encuentro en él nada que merezca la muerte. Después de darle un escarmiento, lo dejaré en libertad».
Pero ellos insistían a gritos, reclamando que fuera crucificado, y el griterío se hacía cada vez más violento.
Al fin, Pilato resolvió acceder al pedido del pueblo.
Dejó en libertad al que ellos pedían, al que había sido encarcelado por sedición y homicidio, y a Jesús lo entregó al arbitrio de ellos.
Cuando lo llevaban, detuvieron a un tal Simón de Cirene, que volvía del campo, y lo cargaron con la cruz, para que la llevara detrás de Jesús.
Lo seguían muchos del pueblo y un buen número de mujeres, que se golpeaban el pecho y se lamentaban por él.
Pero Jesús, volviéndose hacia ellas, les dijo: «¡Hijas de Jerusalén!, no lloréis por mí; llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos. Porque se acerca el tiempo en que se dirá: ¡Felices las estériles, felices los senos que no concibieron y los pechos que no amamantaron! Entonces se dirá a las montañas: ¡Caigan sobre nosotros!, y a los cerros: ¡Sepúltennos! Porque si así tratan a la leña verde, ¿qué será de la leña seca?».
Con él llevaban también a otros dos malhechores, para ser ejecutados.
Cuando llegaron al lugar llamado «del Cráneo», lo crucificaron junto con los malhechores, uno a su derecha y el otro a su izquierda.
Jesús decía: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Después se repartieron sus vestiduras, sorteándolas entre ellos.
El pueblo permanecía allí y miraba. Sus jefes, burlándose, decían: «Ha salvado a otros: ¡que se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el Elegido!».
También los soldados se burlaban de él y, acercándose para ofrecerle vinagre, le decían: «Si eres el rey de los judíos, ¡sálvate a ti mismo!».
Sobre su cabeza había una inscripción: «Este es el rey de los judíos».
Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros».
Pero el otro lo increpaba, diciéndole: «¿No tienes temor de Dios, tú que sufres la misma pena que él? Nosotros la sufrimos justamente, porque pagamos nuestras culpas, pero él no ha hecho nada malo».
Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a establecer tu Reino».
El le respondió: «Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso».
Era alrededor del mediodía. El sol se eclipsó y la oscuridad cubrió toda la tierra hasta las tres de la tarde. El velo del Templo se rasgó por el medio.
Jesús, con un grito, exclamó: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». Y diciendo esto, expiró.
Cuando el centurión vio lo que había pasado, alabó a Dios, exclamando: «Realmente este hombre era un justo».
Y la multitud que se había reunido para contemplar el espectáculo, al ver lo sucedido, regresaba golpeándose el pecho.
Todos sus amigos y las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea permanecían a distancia, contemplando lo sucedido.
Llegó entonces un miembro del Consejo, llamado José, hombre recto y justo, que había disentido con las decisiones y actitudes de los demás. Era de Arimatea, ciudad de Judea, y esperaba el Reino de Dios.
Fue a ver a Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús. Después de bajarlo de la cruz, lo envolvió en una sábana y lo colocó en un sepulcro cavado en la roca, donde nadie había sido sepultado.
Era el día de la Preparación, y ya comenzaba el sábado.
Las mujeres que habían venido de Galilea con Jesús siguieron a José, observaron el sepulcro y vieron cómo había sido sepultado.
Después regresaron y prepararon los bálsamos y perfumes, pero el sábado observaron el descanso que prescribía la Ley.

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Audio-homilía: La transfiguración: mientras oraba el aspecto de su rostro cambió…

Este evangelio es una catequesis de lo que puede dar de sí la oración cristiana. La oración es la forma que tiene el cristiano de respirar. Es algo vital para la vida del creyente, porque si no dialogamos cara a cara con Dios, vivimos solo con nuestras fuerzas y nuestros criterios. La oración nos da una nueva mirada sobre la realidad.

Este pasaje nos presenta a Jesús yendo a la montaña a orar. La montaña es un símbolo del alejamiento del bullicio.

Jesús quería enseñar a los discípulos a orar. Y no hay otra forma de aprender a orar que intentarlo. Es una experiencia personal y solo se puede llevar a cabo cuando cada uno se atreve a hablar con Dios directamente.

Se trata de encontrarse a solas con Dios, como Moisés y Elías hicieron. Y, cuando uno dialoga con Dios, irradia claridad. Moisés y Elías, por su trayectoria, tenían toda la autoridad del mundo para dialogar con Jesús. Moisés y Elías le enseñan a Jesús que ahora Él tiene que hacer la voluntad de Dios, le anticipan la pasión y muerte que vivirá en Jerusalem. Ellos son testigos de que el Dios de las promesas no falla y por eso dialogan con Jesús, para darle ánimo y motivación ante lo que le espera.

Tras esta experiencia, la reacción de los apóstoles es absolutamente humana: poseamos este momento, quedémonos aquí, olvídemonos de los demás… El amor humano es tan olvidadizo y tan cortoplacista que no se compromete con casi nadie.

Jesús en este diálogo con los hombres de Dios y después con sus discípulos se da cuenta de que está solo frente al Señor.

Teresa de Ávila dice que la oración es tratar de amistad muchas veces a solas con quien sabemos que nos ama.

Jesús salió reforzado de este momento, bajó del Tabor con la seguridad de que si necesitaba fuerzas y motivación se las tenía que pedir a Dios.

Cuando no tenemos claridad, cuando nos puede el cansancio o la tristeza, pidamos fuerzas al Señor y con esa fuerza caminaremos para lograr hacer su voluntad.

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Evangelio según San Lucas

Unos ocho días después de decir esto, Jesús tomó a Pedro, Juan y Santiago, y subió a la montaña para orar.
Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se volvieron de una blancura deslumbrante.
Y dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías,
que aparecían revestidos de gloria y hablaban de la partida de Jesús, que iba a cumplirse en Jerusalén.
Pedro y sus compañeros tenían mucho sueño, pero permanecieron despiertos, y vieron la gloria de Jesús y a los dos hombres que estaban con él.
Mientras estos se alejaban, Pedro dijo a Jesús: «Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». El no sabía lo que decía.
Mientras hablaba, una nube los cubrió con su sombra y al entrar en ella, los discípulos se llenaron de temor.
Desde la nube se oyó entonces una voz que decía: «Este es mi Hijo, el Elegido, escuchadlo».
Y cuando se oyó la voz, Jesús estaba solo. Los discípulos callaron y durante todo ese tiempo no dijeron a nadie lo que habían visto.

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