Jacob

La mota en el ojo

Introducción. Mi conversión no la tengo que decidir yo, los pasos necesarios que mi vida tiene que dar para asemejarse cada vez más a la de Jesús, me los tienen que ayudar a descubrir los demás. Nosotros no somos conscientes del todo de los propios defectos. Y, si por un momento los descubrimos, con una facilidad asombrosa los justificamos y minimizamos su gravedad. En cambio somos severos jueces e implacables justicieros con los fallos y los defectos de los demás. Ya lo decía Jesús.

Lo que Dios nos dice. «Les dijo también una parábola: ¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? No está el discípulo sobre su maestro, si bien, cuando termine su aprendizaje, será como su maestro. ¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: Hermano, déjame que te saque la mota del ojo, sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo? ¡Hipócrita! Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano. Pues no hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno; por ello, cada árbol se conoce por su fruto; porque no se recogen higos en las zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos». Lc 6,39-44.
Es cierto que tenemos una capacidad grande de ver los fallos en los demás. Pero eso no es malo, si lo sabemos convertir en una ocasión para amar al otro. La corrección fraterna tiene mucho de amor. Yo soy incapaz de mirarme a mí mismo sin caer en una sospechosa subjetividad. A veces la subjetividad es portadora de complejo de inferioridad, de culpabilidad, de volvernos nuestros peores jueces, inmisericordes con nuestra fragilidad y nuestra humanidad. ¡Cuántas veces, como si tuviéramos el mando a distancia del DVD, volvemos una y otra vez a momentos de nuestra historia donde hemos metido la pata, donde hemos evidenciado lo cretinos que somos y hemos perdido los papeles! Y, como si nos encantara sufrir una y otra vez el mismo dolor, volvemos una y otra vez a ver y sentir la misma situación. Como la moviola de nuestros fallos. Una actitud muy sana es dejar atrás los errores y las desdichas y agarrarnos con gran motivación al presente apasionante que se nos presenta por delante.
«Hermanos, yo no pienso haber conseguido el premio. Solo busco una cosa: olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante, corro hacia la meta, hacia el premio, al cual me llama Dios desde arriba en Cristo Jesús». Fil 3,13-14.
En otros casos, la subjetividad nos hace venirnos arriba, volvernos soberbios, arrogantes, seguros de nosotros mismos y mirar a los demás por encima del hombro. La diferencia entre arrogancia y soberbia y agradecimiento y satisfacción está, no en que nos sintamos felices, satisfechos, realizados y logrando nuestros sueños. Eso es buenísimo y necesario. El problema está en ser conscientes de que todo lo que tenemos es un don, un regalo, una prueba diaria del amor providente de nuestro Dios, que cuida de los pájaros del cielo y de los lirios del campo, y con mucho más cariño cuida de nosotros, sus hijos.
«No os engañéis, mis queridos hermanos. Todo buen regalo y todo don perfecto viene de arriba, procede del Padre de las luces, en el cual no hay ni alteración ni sombra de mutación. Por propia iniciativa nos engendró con la palabra de la verdad, para que seamos como primicia de sus criaturas» Stgo 1,16-18.
O, por el contrario, aparece ese misterioso camino de la apropiación. Del excluir a Dios de nuestras vidas y atribuirnos a nosotros los logros y los pasos que vamos dando en nuestra vida. Es una permanente preocupación de Dios el enseñarnos a ser agradecidos, a reconocer de donde nos viene la vida y agradecer los regalos que por puro amor recibimos huyendo de las apropiaciones y las falsas seguridades que nos construimos.
«Cuando el Señor, tu Dios, te introduzca en la tierra que había de darte, según juró a tus padres, Abrahán, Isaac y Jacob, con ciudades grandes y ricas que tú no has construido, casas rebosantes de riquezas que tú no has llenado, pozos ya excavados que tú no has excavado, viñas y olivares que tú no has plantado, y comas hasta saciarte, guárdate de olvidar al Señor que te sacó de Egipto, de la casa de la esclavitud. Al Señor, tu Dios, temerás, a él servirás y en su nombre jurarás. No iréis en pos de otros dioses, de los dioses de los pueblos que os rodean. Porque el Señor, tu Dios, que está en medio de ti, es un Dios celoso». Dt 6,10-15.
¡Qué fácil es quedarnos con los regalos olvidando las manos y el corazón que nos los regala! Tanto mis miedos y mis inseguridades, como mis logros y éxitos, envuelven mi vida de una apariencia que no es del todo cierta. No soy ni lo peor del mundo, ni lo mejor. No puedo dejar mi vida al ritmo de los aplausos o de los insultos que reciba. Soy más que todo eso. Soy el valor que Dios le da a mi vida. La identidad nueva, el nombre nuevo que él me pone. Como a Pedro, como a Pablo, como a cada uno de nosotros. Ahí la ayuda de la comunidad se vuelve imprescindible.

Cómo podemos vivirlo. Cuando vivimos rodeados de personas que nos quieren, que nos cuidan y nos valoran, sus opiniones sobre nosotros son importantes. Yo no veo cosas de mí, que, desde la perspectiva justa que da la distancia, sí ven los demás. Mis pequeños temores, mis miedos, mis zonas de agradable confort, ahí donde me hago fuerte, allí donde me siento inseguro… Y quizá sea en la escucha de los demás donde más puedo avanzar en el camino de la cuaresma. No reafirmando mis posiciones donde estoy cómodo, sino arriesgándome a salir de mi zona de confort y bogar mar adentro confiado en la voz de Dios que es el que me llama y me guía.

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Creer en los avisos

Introducción. ¡Tengo una médico de cabecera que es un sol! Como no iba al médico desde el año 2008, me cito por sorpresa el viernes pasado para hacerme unos análisis. Y la verdad es que todo lo que me dijeron, los consejos, las advertencias, dichas por un profesional cualificado, tienen un peso y una repercusión mucho más grande que esas mismas palabras dichas por un amigo o un familiar, en un ambiente coloquial y espontáneo. Que estoy gordo, que tengo que cuidar la alimentación, que tengo que hacer ejercicio, dejar de fumar, beber menos… todo eso me lo han dicho muchas personas. Y a todas les he dicho que sí, que tienen razón, que lo iba a intentar, a tener en cuenta. Pero de alguna manera no me tomo las advertencias demasiado en serio. Es como lo de “predícame cura, predícame fraile, por un oído me entra y por otro me sale”.
Ser conscientes de que nuestra vida tiene que cambiar, que mejorar, que crecer y transformarse es algo que deseamos y que tenemos claro. Por nosotros mismos, los primeros, pero también por las personas que nos rodean, que muchas veces son las que se llevan lo peor de nosotros, nuestros malos humores y nuestros malos olores. Conseguir las fuerzas y la motivación para ponernos en marcha y dar pasos firmes para lograr crecer, eso nos cuesta más. Vivo muchas veces sumergido en la inercia, dejar mi vida confiada en medio de las circunstancias que vivo, como sin capacidad de reacción o de decisión. Y esa pasividad me convierte en cómplice de mi mediocridad.
«Desear el bien está a nuestro alcance. Realizarlo no». Rom 7, 18.
Nos pasa mucho cuando empezamos el año que nos llenamos la agenda de buenas intenciones, de propósitos para el nuevo año. Pero suele pasar que, igual que nos hacemos los propósitos, los olvidamos con facilidad.
Yo no sé si es la bata blanca, el ambiente aséptico o la objetividad de la analítica. Pero cuando es el médico quien nos dice las cosas las tomamos mucho más en serio. Aparece el ambiente de seriedad, de atención especial, de dejar de tomarnos la vida como un juego y que aparezca en el horizonte la gravedad del tema que estamos tratando.
Ojalá que la misma autoridad que reconozco en el médico, que hace que me tome en serio las palabras que me dice, fuera la confianza que deposito en Dios y en sus palabras. Que lo que Jesús diariamente le dice a mi vida lo llevara a la práctica y lo tomara en serio como primordial dentro de la jerarquía de prioridades de mi vida.

Lo que Dios nos dice. «El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y descargaron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca. El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y rompieron contra la casa y se derrumbó. Y su ruina fue grande». Mt 7,24-27.
Practicar, poner los medios, decidir, actuar, son todos verbos que significan acción. Vivimos demasiadas veces inmersos en la mente, en el pensamiento, en la meditación y en la reflexión, imaginando cómo sucederán las cosas cuando, enfrente de nuestras narices, la realidad se nos escapa entre los dedos de forma irreversible.
Por eso la invitación que nos hace la fe es a decidirnos a actuar, cuando estamos firmemente convencidos, eligiendo los caminos, las formas y los pasos que queremos recorrer.
«Mira: hoy pongo delante de ti la vida y el bien, la muerte y el mal. Pues yo te mando hoy amar al Señor, tu Dios, seguir sus caminos, observar sus preceptos, mandatos y decretos, y así vivirás y crecerás y el Señor, tu Dios, te bendecirá en la tierra donde vas a entrar para poseerla. Pero, si tu corazón se aparta y no escuchas, si te dejas arrastrar y te postras ante otros dioses y les sirves, yo os declaro hoy que moriréis sin remedio; no duraréis mucho en la tierra adonde tú vas a entrar para tomarla en posesión una vez pasado el Jordán. Hoy cito como testigos contra vosotros al cielo y a la tierra. Pongo delante de ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Elige la vida, para que viváis tú y tu descendencia, amando al Señor, tu Dios, escuchando su voz, adhiriéndote a él, pues él es tu vida y tus muchos años en la tierra que juró dar a tus padres, Abrahán, Isaac y Jacob». Dt 30, 15-20.
Si nadie nos avisase de los peligros de la tensión alta, de la obesidad, de los triglicéridos altos o del colesterol, tendríamos la excusa de la ignorancia. Pero, si sabemos las consecuencias nocivas para nuestra salud y no cambiamos nuestros hábitos de vida, los responsables de lo que nos ocurre somos nosotros. Lo mismo pasa con nuestra vida interior, que no es física ni biológica, esa que llamamos espiritual, afectiva o de las emociones.

Cómo podemos vivirlo. Somos responsables de afrontar la vida con alegría, con ilusión o vivir arrastrando los pies, cansados, fatigados, desmotivados. Depende en gran medida de nosotros y de nuestra forma de vivir la vida, lo que los demás se llevan de nosotros. Nuestra creatividad o nuestra apatía. La riqueza de nuestros diálogos o los silencios faltos de vida. Los proyectos que nos apasionan o ver que el tiempo se escapa haciendo todos los días lo mismo, metidos en la rueda de la rutina sin tener capacidad de escapar. Ayudémonos a elegir la vida, los caminos que nos lleven a la alegría y a la gratitud.

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Inteligencia espiritual

Introducción. Estuve el sábado compartiendo con la comunidad de Valencia y asistí a una interesantísima conferencia sobre la inteligencia espiritual. Reconocemos que ser inteligentes es mucho más que acumular un montón de conocimientos de manera intelectual. Puedo ser un gran docente, que imparte las asignaturas de forma eficaz, pero insoportable en la convivencia y en las relaciones personales. Hay muchos tipos de inteligencia y es muy necesario ser consciente de ello, porque tenemos que cuidar de forma equilibrada todas las diferentes formas de inteligencia, si no queremos acabar hechos unos «monstruitos» que son superdesarrollados en ciertos aspectos, pero raquíticos en otros.
La inteligencia intelectual, que es la capacidad de retener definiciones, conceptos, vocabulario, comprensión de los procesos por los que ocurren las cosas, y poderla explicar a los demás… La inteligencia social: las habilidades para relacionarse con los demás, para conectar con los otros, poder caer bien, despertar la simpatía, la amistad, la comunicación… La inteligencia emocional, que me permite situarme frente a mí mismo y frente a los demás reconociendo y respetando sus estados de ánimo, captando su tristeza, sus alegrías, sus duelos o sus tensiones… La inteligencia empresarial y económica que nos sirve para emprender negocios, inversiones, riesgos… La inteligencia manual, más física, que nos permite trabajar con nuestras manos y nos vuelve eficaces y resolutivos.
Y en este amplio abanico de las inteligencias se suma la inteligencia espiritual. La definiría como la progresiva toma de conciencia de ser habitados por otra presencia que da luz, soluciones y respuestas a las situaciones que humanamente llegan a su límite. Supone el despertar a una nueva comprensión de uno mismo, de los demás, de la historia de nuestra vida, de nuestro pasado, de nuestro futuro, y empezar a comprenderlo todo con un sentido y con una dirección. La inteligencia espiritual se puede dar en personas religiosas o en personas que no lo son. Hay siempre un factor que desencadena ese despertar, y ese tomar conciencia de algo que se desconocía y se ignoraba, pero que a partir de ese momento se vuelve imprescindible para la propia existencia.
Es descubrir una sensibilidad, una mirada, una percepción de los acontecimientos, llena de novedad, de renovación, pero que no nace de la lectura de un libro o el escuchar los consejos que nos imparte un profesor, sino que nace del descubrimiento renovado y sorprendente de la realidad. Es la experiencia personal de cruzar un umbral, pasar de la soledad a la experiencia de compañía. Es dejar de estar aislado y sentir que formamos parte de una familia, de un hogar. Es dejar de sentirnos víctimas fracasadas y sentir que la vida tiene sentido.

Lo que Dios nos dice. «Llegó a un determinado lugar y se quedó allí a pernoctar, porque ya se había puesto el sol. Tomando una piedra de allí mismo, se la colocó por cabezal y se echó a dormir en aquel lugar. Y tuvo un sueño: una escalinata, apoyada en la tierra, con la cima tocaba el cielo. Ángeles de Dios subían y bajaban por ella. El Señor, que estaba en pie junto a ella, le dijo: Yo soy el Señor, el Dios de tu padre Abrahán y el Dios de Isaac. La tierra sobre la que estás acostado la daré a ti y a tu descendencia. Tu descendencia será como el polvo de la tierra y te extenderás a occidente y oriente, a norte y sur; y todas las naciones de la tierra serán benditas por causa tuya y de tu descendencia. Yo estoy contigo; yo te guardaré donde quiera que vayas, te haré volver a esta tierra y no te abandonaré hasta que cumpla lo que he prometido. Cuando Jacob despertó de su sueño, dijo: Realmente, el Señor está en este lugar y yo no lo sabía. Y, sobrecogido, añadió: ¡Qué terrible es este lugar!: no es sino la casa de Dios y la puerta del cielo». Gn 28,11-17.
Jacob despierta a la conciencia de lo acompañado, de lo amado, de lo bendecido que es y siente que su vida ya no puede ser la misma después de ese momento. Tiene una misión, se siente elegido, único, irrepetible, valioso, es el destinatario de una promesa y lo que le queda de vida será testigo del cumplimiento de esa promesa.
«Job respondió al Señor: Reconozco que lo puedes todo, que ningún proyecto te resulta imposible. Dijiste: ¿Quién es ese que enturbia mis designios sin saber siquiera de qué habla? Es cierto, hablé de cosas que ignoraba, de maravillas que superan mi comprensión. Dijiste: Escucha y déjame hablar; voy a interrogarte y tú me instruirás. Te conocía solo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos». Job 42,1-5.
Se despierta y se desarrolla la inteligencia espiritual en la humildad de quien se sitúa frente a la realidad con ganas de aprender, con mirada contemplativa. Quien sabe que la vida es un tesoro y aprender a vivir es aprender a descubrirlo.
«El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra, lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo». Mt 13,44.

Cómo podemos vivirlo. El abrir la mente y el corazón a la posibilidad de que nuestra vida está acompañada y habitada, suele producirse en ambientes de silencio, de encuentro con uno mismo, en el sentimiento de vacío, de límite. Tras un fracaso, tras una decepción. Evidenciando que yo no tengo la respuesta a las cuestiones fundamentales de una existencia. También abismado por la belleza, por la inmensidad de la realidad que cada momento se me brinda, como un regalo. Como un don. Sentirnos atrapados por la limpieza en la mirada de un niño. Por los gestos de bondad y de ternura. Por la música, por el amor. Son todo despertadores de esa inteligencia que todos tenemos pero que en ocasiones parece una voz dormida en nuestro interior y que sólo el impacto de alguien que nos ama puede despertar.

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Para que dé más fruto

Introducción. La cuaresma se presenta cada año como la oportunidad que Dios nos regala de conocernos cada vez más y de conocerle cada vez más a Él. Es el tiempo de dedicar más atención a los movimientos de nuestro corazón, a sus extrañas reacciones, a veces de alegría, otras de tristeza. Los miedos, las esperanzas, las ilusiones, los sueños, los fallos y las heridas que la vida nos va causando. Somos unos grandes desconocidos para nosotros mismos, y el paso del tiempo nos debería enseñar las claves necesarias para reconocer qué caminos nos llevan a las metas que deseamos y cuáles nos confunden, nos pierden y nos dañan. Pero para reconocer el camino es necesario detenerse, observar, escuchar. El gran regalo de la libertad que Dios nos ha dado es la maravilla de poder colaborar conscientemente en este proceso de hacer de nosotros, pobres y frágiles humanos, unos hijos de Dios, y de nuestro mundo, con tanta división, injusticia, y terror, el Reino de Paz, de Justicia, de amor, con el que Dios siempre soñó. Dios nos da todo el protagonismo a nosotros. Él sostiene su obra creadora, pero pone en nuestras manos la posibilidad de colaborar con todo nuestro ser para que se lleve a cabo o, por el contrario, de ralentizarla, detenerla, destruirla. «Mira: hoy pongo delante de ti la vida y el bien, la muerte y el mal. Pues yo te mando hoy amar al Señor, tu Dios, seguir sus caminos, observar sus preceptos, mandatos y decretos, y así vivirás y crecerás y el Señor, tu Dios, te bendecirá en la tierra donde vas a entrar para poseerla. Elige la vida, para que viváis tú y tu descendencia, amando al Señor, tu Dios, escuchando su voz, adhiriéndote a él, pues Él es tu vida y tus muchos años en la tierra que juró dar a tus padres, Abrahán, Isaac y Jacob». Dt 31,15-20.
Y es al mismo tiempo un compromiso y una gran responsabilidad, de madurez, de coherencia, y nos toca asumir el resultado y las consecuencias de todas nuestras decisiones. Somos lo que somos y estamos como estamos, gracias al camino que hemos ido recorriendo y a las decisiones que hemos ido tomando. Solemos culpar a las circunstancias y a las personas que nos rodean de nuestras desgracias. Si no fuera por mi jefe o por mis hijos, o por la crisis, o por mi marido o mujer, sería una persona alegre y animosa. Pero por su culpa estoy así de desesperado. Esa justificación de nuestras infelicidades es incierta. Podemos vivir en entornos paradisíacos y estar fatal. Y podemos, en medio de infiernos reales, ser personas de paz, de alegría, de amor. ¡Depende tanto de con quién vivo las cosas y con qué fuerzas intento vivir los compromisos de mi vida! Por eso nos tenemos que reconocer necesitados de aquel que nos da la fuerza y la vida. «Todo lo puedo en aquel que me conforta». Flp 4, 13.

Lo que Dios nos dice. «Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento que no da fruto en mí lo arranca y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto. Vosotros ya estáis limpios por la palabra que yo os he hablado; permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada». Jn 15,1-5.
Nos cuesta mucho reconocer que nuestra forma de funcionar, de vivir, necesita de una fuerza y de una energía, que va mucho más allá de nosotros mismos. No somos ni autosuficientes ni autónomos. Con humildad tenemos que aceptar que somos imperfectos y dependientes. La vida la recibimos de otros. Como el bebé depende amorosamente del cuidado y de la atención de sus padres, el ser humano vive por el amor de Dios que lo creó y por el amor de Dios que lo sostiene. Cuanto más acepte que necesito recargarme, como el teléfono móvil, más descubriré que hay caminos y formas de aprender a vivir las cosas con más intensidad y al mismo tiempo con más alegría y paz.
«Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que oído a mi Padre os lo he dado conocer. No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca. De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé. Esto os mando: que os améis unos a otros». Jn 15,12-17. Nos encanta ver que en nuestro entorno todo crece: nuestros nietos, nuestros hijos, los proyectos que encabezamos, aquellos en los que nos implicamos… A mí me encanta ver que las actividades que vamos proponiendo se van realizando y ayudan a la gente, pues estoy seguro que a Dios le encanta ver que nosotros crecemos y damos pasos en la dirección que Él nos sugiere. Crecer y dar pasos en la capacidad de acoger a las personas como son, sin juicios, sin desconfianza, reconociendo que son regalos que tenemos para ayudarnos a recorrer el camino… Crecer en sensibilidad hacia los que nos necesitan… Crecer en alegría, en osadía, en riesgo. Huir de la queja, del lamento, del desánimo… Crecer juntos en creatividad, en corresponsabilidad, sin miedo al error o al fracaso… Hay tanto por hacer y nos queda tanto por vivir que es un pecado mortal el aburrimiento y la pereza.

Cómo podemos vivirlo. Tenemos por delante una doble tarea. Una hacía dentro, de escucha, de conocimiento, de valoración de todo lo que vivimos y lo que amamos. Y otra hacia fuera, de creatividad, de buscar caminos para que las cosas cambien, mejoren, se transformen y podamos juntos celebrar los frutos que van dando nuestras vidas.

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Los bichos bola

Introducción. Uno de los recuerdos más nítidos que tengo de mi época de formación en aquellos lejanos años 90 son unos bichitos que nos acompañaban cada mañana en la capilla de Siete Aguas. Eran unos bichos lentos, con muchas patas, con un caparazón laminado, amigos de humedades, de rincones y de zonas oscuras, cuya característica más señalada era que, cuando sentían una amenaza externa, se replegaban sobre sí mismos y se quedaban hechos una bola. Se paralizaban, se escondían y dejaban de caminar, pensando que con dejar de ver se diluía la amenaza. ¡Cuántas veces mi oración estaba inspirada en ellos! Su nombre siempre quedará en mi memoria como los bichos bola, los de la vida miedosa. Había épocas en mi vida donde mi forma de vivir se parecía a la de esos animalitos. Miedoso, inseguro, sintiendo la amenaza continuamente, pensando que todo lo que me rodeaba era hostil, enemigo, peligroso. El origen de los miedos está en lo frágiles y pequeños que nos vemos frente a la cantidad de exigencias y de retos que la vida nos presenta. En todas las opciones de la vida: desde la vida familiar, de esposos, de padres…. En la llamada a la vida religiosa, al sacerdocio, en el ámbito profesional o simplemente en los círculos de amigos, estar a la altura de lo que se pide de nosotros es muy difícil. No tengo muy claro si la exigencia viene de fuera, o viene de nosotros mismos, pero es muy cansino despertarse cada mañana y que la mirada sobre el día se parezca a una dura carrera de obstáculos: pruebas a superar, peligros a esquivar… Cuando ese mismo despertar podía ser alegre, novedoso, esperanzador, ilusionado por todo lo que nos puede ocurrir, por el amor que voy a recibir, por la cantidad de gente buena con la que me voy a encontrar. Desde que intento vivir la fe, la mirada sobre la realidad va cambiando. Hay un esfuerzo de parte de Dios para que deje de vivir en el temor y sea capaz de desplegar las alas y los talentos que él me ha regalado.

Lo que Dios nos dice. «Los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios. Pues bien, vosotros no habéis recibido un Espíritu que os haga esclavos, de nuevo bajo el temor, sino que habéis recibido un Espíritu que os hace hijos adoptivos y os permite clamar: Abba, es decir Padre. Ese mismo Espíritu se une al nuestro para dar testimonio de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, también somos herederos: herederos de Dios y coherederos con Cristo, toda vez que, si ahora padecemos con él, seremos también glorificados con él». Rom 8,14-17. Muchos de nuestros miedos tienen que ver con el fracaso. Nos da pánico hacer el ridículo, no llegar a las metas que nos proponemos. La frustración, sentirnos perdedores, tiene mucho que ver con las expectativas y los ideales que nos marcamos. ¡Cuánta exigencia por querer llegar a ser los mejores, los primeros, los que aciertan! Cuando en la práctica todos caminamos en la duda, construimos a base de intentos y de arriesgarnos… No hay proyecto de vida que no cueste, que no se realice entre luces y oscuridades. No existe la persona que no se equivoque o que no se arrepienta de algo. El camino de dejar de ser un bicho bola y de construirnos como personas libres, maduras, humildes, pasa por lo amados que nos sintamos… Por la agilidad y la humildad con la que nos volvemos a poner de pie las veces que haga falta, a pesar de las muchas caídas y de los muchos errores.
«Nuestro amor alcanza la plenitud cuando esperamos confiados el día del juicio, porque también nosotros compartimos en este mundo su condición. En el amor no hay lugar para el temor. Al contrario, el amor perfecto echa fuera el temor, porque el temor supone castigo y el que teme no ha logrado la perfección en el amor. Nosotros debemos amarnos, porque él nos amó primero». 1ªJn 4,17-19. A confiar se va aprendiendo a lo largo de la vida. Es verdad que sentimos el dolor y el desgarro de que jueguen con nosotros, de que nos utilicen, de que nos traicionen. Pero encontrar en el camino de la vida personas que se comprometen con nosotros y que nos asumen en lo bueno y en lo malo, nos hace más comprensible y cercana la fidelidad de Dios con nuestras vidas. «Escuchadme, linaje de Jacob; los que quedáis del linaje de Israel, con quienes cargué desde el seno materno, a quienes llevé desde el vientre de su madre. Seguiré siendo el mismo hasta vuestra vejez, os seguiré sosteniendo hasta vuestra ancianidad. Así he actuado, y así seguiré actuando, os sostendré y os liberaré». Is 46,3-4. El bicho bola se siente arrojado a la existencia con la misión de subsistir, de ser un superviviente, de conquistarse un minuto más de vida. Nosotros somos Hijos de un Padre que nos ha preparado todo para que vivamos de forma abundante. Con amor, con una alegría que nadie nos puede quitar, con la compañía adecuada, con ayuda para nuestros pasos… Y, si es cierto que la vida nos regala momentos de oscuridad, de falta de luz, siempre se nos brindan nuevas oportunidades.
«Os pido, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, que os ofrezcáis como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios. Este ha de ser vuestro auténtico culto. No os acomodéis a los criterios de este mundo; al contrario, transformaos, renovad vuestro interior, para que podáis descubrir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto». Rom 12,1-2. Lo que está diciendo Pablo que no asuste a nadie. Ofrecernos como sacrificio no es poner el cuello para que nos peguen un tajo. Nos dice que no nos escondamos, que no enterremos nuestros talentos, nuestras capacidades, nuestras virtudes… No seamos bichos bola asustados que no saben, que no opinan, que no expresan, que queriendo guardar las formas de lo correcto, de lo que Dios manda, se pierden mil oportunidades de vivir. No en lo teórico, ni en la cabeza racional, que tanta vida desaprovecha.

Cómo podemos vivirlo. Desplegar las alas que siempre hemos llevado es no tener miedo a equivocarse. No tener miedo a empezar de nuevo. Es olvidar lo que dejamos atrás y lanzarnos a lo que nos espera por delante. Sólo por hoy. Mañana ya veremos.

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