Iglesia

Si se cree y se trabaja, se puede

Introducción. Con esta breve declaración respondía Cholo Simeone al periodista que le preguntó sobre cuáles eran sus sentimientos de alegría y de euforia ante la consecución del título de liga del Atlético de Madrid. Y siento que es cierto y bien necesario que la fe se convierta en la actitud y el modo con el que acoger las circunstancias que la vida nos ofrece. Si no es desde la fe y desde la confianza, la vida se nos presenta como una amenaza, como un peligro y vivir como una constante carrera de obstáculos en la que cada día tenemos que superar las continuas pruebas, que se nos van presentando.
Me encanta la luz que arroja una frase tan breve, porque recoge las dos dimensiones de nuestra vida: la fe y las obras, el don y la tarea, la gracia y el esfuerzo. Ni todo depende de Dios, lo cual nos dejaría a nosotros como meros espectadores de su obra, piezas de un ajedrez que no tienen voz ni voto. Ni todo depende de nosotros, que ya hemos experimentado suficientes veces nuestra impotencia y nuestra incapacidad para resolver los conflictos de nuestra vida, la indignidad, lo frágiles que son nuestras fuerzas y lo rápidamente que se escapan las motivaciones.
Si falta alguno de esos dos componentes nuestra vida se estanca y se frustra. No podemos quedarnos en el mundo de los deseos y de las intenciones. Del me gustaría, de los ideales, de las metas, olvidando que se llega a un objetivo, no de manera inmediata, sino a través del paso a paso, del ir poniendo los medios que nos van llevando al fin. No basta decir que algo me encantaría, pero al final no hacer nada. De buenas intenciones está lleno el infierno. Hay que unir el deseo y la decisión de guiar nuestros pasos, nuestros esfuerzos y nuestras energías, hacía los caminos, los lugares y las personas que de verdad nos aportan y nos ayudan a vivir mejor.

Lo que Dios nos dice. «¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Podrá acaso salvarlo esa fe? Si un hermano o una hermana andan desnudos y faltos del alimento diario y uno de vosotros les dice: Id en paz, abrigaos y saciaos, pero no les da lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así es también la fe: si no tiene obras, está muerta por dentro. Pero alguno dirá: Tú tienes fe y yo tengo obras, muéstrame esa fe tuya sin las obras, y yo te con mis obras te mostraré la fe. Tú crees que hay un solo Dios. Haces bien. Hasta los demonios lo creen y tiemblan. ¿Quieres enterarte, insensato, de que la fe sin las obras es inútil?». Stgo 2,14-20.
La Pascua es el tiempo de acercar la fe a la realidad que vivimos. Los encuentros que Jesús provoca ocurren en la realidad, de las lágrimas, del miedo, de las penas, de la decepción, del fracaso. Y es que la fe sirve para pasar de la tristeza del ser hombre, a la libertad gloriosa, esperanzada, de ser hijos de Dios. Pero la victoria de Cristo tiene que iluminar las situaciones humanas a través de los testigos del resucitado: su Iglesia. Somos anunciadores no de slogans aprendidos, ni de teorías repetidas. Si no que compartimos experiencia, vida, realidad, cambios palpables, reales, visibles, tocables. Pasamos diariamente de las muertes a la vida cuando amamos la realidad que vivimos. Y cuando nos pilla la vida, es con el tiempo ocupado, con las manos embarradas de amar, de compartir, de ayudar, con el corazón ocupado por muchos nombres con los que proyectar, realizar, convivir.
«Nosotros amemos a Dios, porque él nos amó primero. Si alguno dice: Amo a Dios, y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve. Y hemos recibido de él este mandamiento: quien ama a Dios, ame también a su hermano». 1ª Jn 4,19-21.
Y es verdad que nuestra vida ni es lineal, ni estática, ni estamos siempre igual. Somos puro dinamismo, puro cambio, pura dinamicidad. Lo que ayer me servía hoy a lo mejor no. Lo que entendía y tenía claro, ahora se me enturbia y se difumina. Pero sí que hay rocas firmes que no cambian, los cimientos en los que edificar nuestras existencias, las personas, los lugares, las actividades, que una y otra vez nos vuelven a situar en la paz y en la alegría.
«Además, el fin de todas las cosas está cercano. Así pues, sed sensatos y sobrios para la oración. Ante todo, mantened un amor intenso entre vosotros, porque el amor tapa multitud de pecados. Sed hospitalarios unos con otros sin protestar. Como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios, poned al servicio de los demás el carisma que cada uno ha recibido. Si uno habla, que sean sus palabras como palabras de Dios; si uno presta servicio, que lo haga con la fuerza que Dios le concede, para que Dios sea glorificado en todo, por medio de Jesucristo.» 1ª Ped 4,7-11.

Cómo podemos vivirlo. Estamos acercándonos al final de curso. Se van concluyendo largos procesos. Los estudiantes preparan los exámenes finales. Los niños se preparan para recibir la comunión después de varios años de preparación. Se van concluyendo actividades, grupos, procesos. Y lo que más valoro no es llegar a ninguna meta, sino haber sido consciente y haber disfrutado del camino, de cada día. Los resultados finales son muy difíciles de evaluar. Pero la alegría de haber dado lo mejor de cada uno, día a día, momento a momento, nos va haciendo generosos, solidarios, compasivos. Pareciéndonos cada vez más a nuestro maestro.

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Audio-homilía: Yo soy la puerta de las ovejas

La imagen de la puerta nos lleva a preguntarnos si queremos entrar en la dimensión de la fe o quedarnos en la dimensión de la carne. La puerta es lo que nos sitúa en una dimensión nueva.

Este evangelio nos habla de vivir en comunidad. La oveja es un animal muy comunitario, muy de vivir en rebaño. El rebaño es símbolo de unión pese a las diferencias.

Uno de los signos de la Resurrección es que la diferencia no sea un motivo de enfrentamiento, sino de riqueza y crecimiento cuando recibimos del otro lo que nos quiere aportar.

Después del fracaso de la cruz, la Resurrección vuelve a unir a una comunidad que estaba dispersa.

Y es que de forma individual no experimentaremos la salvación. La crisis de nuestra iglesia es celebrar sacramentos y recibirlos de forma individual, no como comunidad. El individualismo está matando nuestro mundo. Apenas tenemos capacidad de comunicación.

El libro de los Hechos de los Apóstoles nos habla claramente de tenerlo todo en común. ¡Qué pena que celebremos los sacramentos de forma individual! Las personas no nos pueden molestar, porque son la plasmación visible de los regalos de Dios. Cada persona aporta algo. Todos somos necesarios y complementarios. Y eso es Iglesia.

Una parroquia no puede ser solo el cura. Los curas son servidores de la comunidad que siempre permanece: ellos cambian, pero la comunidad sigue.

Tenemos que aprender a vivir como comunidad, como rebaño: unidos por un mismo objetivo, conociéndonos, reconociendo nuestras voces y sabiendo nuestros nombres.

Tenemos que cruzar todos la puerta que nos lleva del egoísmo al amor. La Iglesia debe ser un conjunto de hombres y mujeres que nos sentimos muy frágiles, muy incoherentes. Por eso nunca podemos juzgar ni condenar a nadie. No somos un grupo de elegidos. El antitestimonio más grande es un grupo de cristianos que no se quieran, que no se acojan, que se juzguen, que no se respeten.

Ojalá que el Señor nos saque de nuestros individualismos y que nos ayude a ser personas que disfrutamos del regalo de la comunidad.

Audio-homilía: Yo soy la puerta de las ovejas

Evangelio según San Juan

Jesús dijo a los fariseos: «Os aseguro que el que no entra por la puerta en el corral de las ovejas, sino por otro lado, es un ladrón y un asaltante. El que entra por la puerta es el pastor de las ovejas. El guardián le abre y las ovejas escuchan su voz. El llama a cada una por su nombre y las hace salir. Cuando las ha sacado a todas, va delante de ellas y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz. Nunca seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen su voz».
Jesús les hizo esta comparación, pero ellos no comprendieron lo que les quería decir.
Entonces Jesús prosiguió: «Os aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos aquellos que han venido antes de mí son ladrones y asaltantes, pero las ovejas no los han escuchado. Yo soy la puerta. El que entra por mí se salvará; podrá entrar y salir, y encontrará su alimento. El ladrón no viene sino para robar, matar y destruir. Pero yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia.»

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Combatir las miserias

Introducción. En el mensaje que el papa Francisco nos ha dirigido a la Iglesia en esta cuaresma del 2014 la primera cita que da título a su mensaje es: “Se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza”. 2ª Cor 8,9. Y tenemos que entender esos caminos que elige Dios voluntariamente y intencionadamente para salvar al mundo. En toda época y en todo lugar, Dios sigue salvando a los hombres y salvando al mundo mediante la pobreza de Cristo, el cual se hace pobre en los sacramentos, en la palabra y en su Iglesia, que es un pueblo de pobres. La riqueza de Dios no puede pasar a través de nuestra riqueza, sino siempre y solamente a través de nuestra pobreza, personal y comunitaria, animada por el Espíritu de Cristo. A imitación de nuestro maestro, los cristianos estamos llamados a mirar las miserias de los hermanos, a tocarlas. A hacernos cargo de ellas y a realizar obras concretas a fin de aliviarlas. La miseria no coincide con la pobreza; la miseria es la pobreza sin confianza, sin solidaridad, sin esperanza.
Hay unas pobrezas que se detectan enseguida y a las que tenemos que ayudarnos a hacer frente. La miseria material, la miseria moral y la miseria espiritual. La miseria material es ver a nuestros hermanos privados de sus derechos fundamentales. Es tarea de toda la Iglesia ofrecer el servicio de caridad, de ayudar real, dentro de las posibilidades de cada uno. Eso es la limosna, el ser capaces de compartir, de dar, de entregar, ejercitando a nuestro corazón que habitualmente se apega, se guarda, ahorra. Y no sólo dinero, sino afectos, palabras, energía, alegría. En los pobres y en los últimos vemos el rostro de Cristo. Amando y ayudando a los pobres amamos y servimos a Cristo. Cuando el poder, el lujo y el dinero se convierten en ídolos, se anteponen a la exigencia de una distribución justa de las riquezas. La miseria moral consiste en convertirse en esclavos del vicio y del pecado. Las adicciones que arruinan la vida propia y afectan siempre al entorno. La esclavitud de la droga, del alcohol, del juego, de la pornografía, de la prostitución. ¡Cuántas personas han perdido el sentido de la vida, sin perspectivas para el futuro, perdida toda esperanza! La miseria espiritual nos golpea cuando nos alejamos de Dios y rechazamos su amor. Si consideramos que no necesitamos a Dios y que nos apañamos con nuestras propias fuerzas, dejando en el olvido nuestra dimensión espiritual.
Frente al análisis de lo que daña y esclaviza al hombre, aparece la respuesta del Evangelio que nos ofrece los caminos concretos para sanar, para liberar, para curar el corazón dañado, raquítico de vida y de amor. Incapaz de afrontar con madurez y responsabilidad los retos y las tareas que se nos confían.

Lo que Dios nos dice. La iglesia tiene que anunciar al mundo que es portadora de un mensaje de reconciliación. “Si uno es cristiano, es criatura nueva. Lo antiguo pasó, ha llegado lo nuevo. Y todo es obra de Dios, que nos reconcilió consigo por medio del Mesías y nos encomendó el ministerio de la reconciliación. Es decir, reconciliando el mundo consigo, no apuntándole los delitos, y nos confío el mensaje de la reconciliación. Somos embajadores del Mesías y es como si Dios hablase por nosotros. Por el Mesías os suplicamos: Dejaos reconciliar con Dios. Al que no supo de pecado, por nosotros lo trató como a pecador, para que nosotros, por su medio, fuéramos inocentes ante Dios.” 2ª Cor 5,17-21.
Dios es más grande que nuestro pecado y nos ama gratuitamente, siempre, y nos recuerda que estamos hechos para la comunión y para la vida eterna. Es hermoso experimentar la alegría de extender esta buena nueva, de compartir el tesoro que se nos ha confiado, para consolar los corazones afligidos y dar esperanza a tantos hermanos y hermanas sumidos en el vacío.
La cuaresma es un tiempo adecuado para despojarse, para empobrecerse, para volver a lo esencial y dejar de lado la cantidad de necesidades que en ocasiones nos creamos y que nos dejan como resultado una vida llena de pesadez y de acumulación. Para eso ayudan los medios del ayuno, de la oración, de la limosna.
El afán por las riquezas, ocasiona a nuestro alrededor la miseria material. Unos se enriquecen porque hay otros a los que se les expropia. La limosna tiene ese claro objetivo. Reconocer que somos administradores de toda la realidad material. Se nos ofrece como un regalo para que la utilicemos, la disfrutemos y la compartamos. Pero no somos propietarios de nada.
“Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré a el, Dios me lo dio, Dios me lo quito. Bendito sea el Nombre del Señor”. Job 1,21.
Nadie se lleva nada de lo que ha acumulado. Para quién será pregunta el Señor: “Las tierras de un hombre dieron gran cosecha. El se dijo: ¿qué haré, que no tengo dónde guardar toda la cosecha? Y dijo: Haré lo siguiente: derribaré los graneros y construiré otros mayores en los cuales meteré mi trigo y mis bienes. Después me diré: Querido, tienes acumulados muchos bienes para muchos años; descansa, como, bebe y disfruta. Pero Dios le dijo: ¡Necio, esta noche te reclamarán la vida! Lo que has acumulado, ¿Para quién será? Así le pasa al que acumula tesoros para sí y no es rico a los ojos de Dios”. Lc 12,16-21.
Con el ayuno también se busca ejercitarnos en la libertad respecto a nosotros mismos. Vivimos muy acostumbrados a darle a nuestra vida todos los placeres y todos los caprichos que nos apetecen. Y es cierto que el placer no es malo, es un regalo que nos ha dado Dios asociado a la generosidad, al amor, destinado a hacer nuestra vida más feliz y dichosa. El problema está cuando hacemos del placer el sentido último y absoluto de nuestra existencia. Acabamos cosificando a las personas y haciéndolas esclavas de nuestro placer. Y los casos de vidas destrozadas por los excesos son larguísimos. Ayunar es ser capaces de renunciar a nosotros mismos, a nuestros deseos, a nuestras apetencias y optar por el amor. Para dedicar nuestros sentidos, nuestras vida a los demás. No es amar los sufrimientos, eso es masoquismo.

Cómo podemos vivirlo. Ayunar es cambiar el objetivo de nuestras elecciones. Dejar de ser nosotros el centro de todo y ampliar la mirada a las necesidades de los demás. “Mi alimento es hacer la voluntad del Padre y llevar a cabo su obra”. Jn 4,34. Otro ejercicio que nos ayuda a crecer interiormente es la oración. Intensificar en este tiempo de cuaresma la oración es colaborar con todo nuestro ser en la transformación y en la renovación de nuestra mente y de toda nuestra vida.
“Yo soy la vid, vosotros los sarmientos: quien permanece en mí y yo en él dará mucho fruto; pues sin mí no podéis hacer nada”. Jn 15,5.

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La conciencia es la voz del alma, las pasiones son la voz del cuerpo

Introducción. Cuando los apóstoles le piden al Señor que les aumente la fe, no es sólo un reconocimiento humilde de la distancia que hay entre la mirada de los hombres y la mirada de Dios. Expresa también el deseo claro y sincero de entrar en la misma vida de Dios, en la mirada con la que Jesús afronta el encuentro con las personas y con las circunstancias.
“Porque mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos -oráculo del Señor-. Cuanto dista el cielo de la tierra, así distan mis caminos de los vuestros y mis planes de vuestros planes». Is 55,8-9.
Es pedirle que nos regale la clave para tener una comprensión integradora de nosotros mismos, de la realidad que nos rodea y de la vida en general. Hay momentos de verdadero desconcierto cuando escuchando nuestra voz interior reconocemos conflictos entre lo que hacemos, lo que deseamos, lo que nos gustaría, lo que en verdad podemos. Una de las principales causas de nuestra falta de alegría es la no identificación entre lo que vivimos y lo que nos gustaría vivir. Desde muy pequeños nos han preguntado: ¿Tú, qué quieres ser de mayor? Como si todo lo que vamos a vivir en el futuro, dependiera de nuestros gustos, de nuestros planes diseñados y de nuestras posibilidades. Y lo más cierto es que nuestras vidas se van construyendo fruto de nuestra libertad, de nuestras decisiones y fruto también de la mano providente y misericordiosa de Dios que nos acompaña, que nos guía y que nos regala las circunstancias para desarrollar los talentos y las habilidades que Él nos da. No podemos vivir con temor nuestra existencia, ni con la tristeza que se genera al sospechar que somos un error, que estamos mal hechos, que la vida es una broma pesada de alguien que se divierte con nuestras desgracias. Tampoco podemos poner el cartel de advertencia, peligro, a todo lo que nace de nuestra humanidad. Tanto el cuerpo como el alma vienen de las mismas manos. Me preocupan ciertas espiritualidades que rechazan toda la parte corporal, física de nuestra vida. La censura de todo lo que suponga gozar, sentir y disfrutar. El dualismo que enajena, que limita, que reduce a las personas a bonsáis cuando en realidad tienen capacidad de convertirse en un árbol grande y frondoso. Pedir a Jesús que nos aumente la fe supone pedirle que nos renueve y que nos cambie viejas creencias que nos confunden y nos alejan de la mirada original y bondadosa con la que Dios mira su creación.

Lo que Dios nos dice. «Vio Dios todo lo que había hecho y era muy bueno». Gn 1, 31. «Amas a todos los seres y no aborreces nada de lo que hiciste; pues, si odiaras algo, no lo habrías hecho. ¿Cómo subsistiría algo, si tú no lo quisieras?, o ¿cómo se conservaría, si tú no lo hubieras llamado? Pero tú eres indulgente con todas las cosas, porque son tuyas, Señor amigo de la vida». Sab 11, 24-26.
La bondad y la confianza de toda la realidad que nos rodea son las bases sobre las que construir nuestra vida. El amor que Dios ha puesto en toda su creación nos tiene que expulsar todos los miedos y temores.
«Nada que entre de fuera puede hacer impuro al hombre, porque no entra en el corazón sino en el vientre y se echa en la letrina. (Con esto declaraba puros todos los alimentos) Y siguió: Lo que sale de dentro del hombre, eso sí hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los pensamientos perversos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, malicias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro». Mc 7, 18-23.
Las pasiones, los deseos, la creatividad, las pulsiones son tan humanos, tan divinos, tan reales, como la compasión, la generosidad o la capacidad de perdonar. La curiosidad, el querer tener experiencias, el aprender, el investigar… no es la sede de los pecados o de los males de la humanidad. ¡Cuánto le debemos en el terreno de la ciencia y de la fe, a las personas que no se han conformado con aceptar las explicaciones heredadas sin más, sino que han buscado, que han arriesgado, que se han salido del camino trazado, para encontrar más verdad, más claridad, más luz!.
El mismo Jesús fue un transgresor de la religión que había recibido: «Los discípulos de Juan se le acercan a Jesús, preguntándole: ¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos a menudo y, en cambio, tus discípulos no ayunan? Jesús les dijo: ¡Es que pueden guardar luto los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos? Llegarán días en que arrebatarán al esposo y entonces ayunarán». Mt 9, 14-15.
No podemos ni debemos demonizar toda la parte intuitiva, creativa y pasional que nos constituye. Como en todos los aspectos de la vida, tenemos que aprender a usarlos, a educarlos, a vivirlos no de forma egoísta y centrándonos en nosotros mismos, sino como vehículos a través de los cuales podemos expresar de una forma muy clara el amor, la comunión y hasta la capacidad de salvarnos.

Cómo podemos vivirlo. La fe nos tiene que despejar los miedos y los temores a sentir, a gozar, a vivir. Conozco mucha gente que tiene miedo a reír en una Iglesia porque al ser terreno sagrado lo concibe como una falta de respeto. Y me asusta la imagen de Dios que estamos proyectando. ¡Menos mal que hay voces muy autorizadas que nos animan a ser felices!. Sólo por hoy no tendré temores. De manera particular no tendré miedo de gozar de lo que es bello y creer en la bondad. Juan XXIII

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Llamados a dejar de ser los «ni-ni» de la iglesia

En los últimos días resuenan los ecos de la JMJ de Río de Janeiro (a la que en este blog dedicaremos en breve una entrada específica).

Una de las cosas que más me ha llegado es la interpelación del Papa Francisco a que la Iglesia salga a la calle. Junto con la exhortación a obispos, sacerdotes, religiosas y religiosos a que pisen el terreno («un pastor debe oler a oveja» decía hace poco), se nos pide a todos los que formamos iglesia que participemos de la construcción del Reino.

Es algo sobre lo que se lleva hablando unos años: la llamada «nueva evangelización» que, entre otras cosas, nos impulsa a los seglares a tener un papel más activo en la comunidad.

Es hora de abandonar el sillón y la postura cómoda del que considera que con una misa semanal «cumple». Es hora de participar de las comunidades, de adoptar una postura crítica, de impulsar desde dentro y con el trabajo diario la necesaria renovación de la Iglesia, de mostrar con comportamientos coherentes la dicha de ser hijos amados de Dios…

(«Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura» Mt 28, 19)

Durante años, por no decir siglos, los seglares hemos sido los «ni-ni» de la Iglesia (seres que ni opinamos, ni estudiamos, ni trabajamos). No descarto que la cúpula eclesial en cierta medida fomentaba ese rol de niños mimados, haciendo descansar la evangelización casi exclusivamente sobre los sacerdotes. Pero eso se acabó… Es hora de dar un paso adelante. Y eso nos va a suponer un esfuerzo adicional.

En primer lugar de formación. Es lamentable lo poco que los cristianos sabemos de la doctrina, lo poco que conocemos las escrituras… Y así es difícil argumentar y defender posturas con un mínimo de seriedad.

En segundo lugar de espíritu crítico activo, más allá de lavarnos las manos como vulgares Pilatos cuando la cosa no nos gusta, echando la culpa a Roma, al Papa, a los obispos, a los curas… Tenemos que participar activamente en las comunidades y aportar nuestro esfuerzo, nuestro trabajo, nuestra creatividad y nuestro espíritu crítico. Y, por supuesto, denunciar desde dentro los comportamientos intolerables de la Iglesia de los que en algunos casos ha habido un repugnante silencio cómplice.

En tercer lugar de coherencia en nuestra vida y en nuestros actos. («Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis» Mt 7, 15-16)

En cuarto lugar de humildad. Se trata de poner lo que somos al servicio de Dios y de los demás, siendo conscientes de que la responsabilidad es nuestra, pero nuestras fuerzas son insuficientes y necesitamos la ayuda de Dios. («Actúa como si todo dependiera de ti, confía como si todo dependiera de Dios» San Ignacio de Loyola). Sin sentirnos elegidos, sin vanaglorias, sin orgullos, sin juzgar a nadie, siendo conscientes de que «llevamos un tesoro en vasijas de barro».

Si algo se extrae de la vida pública de Jesús, de la de los primeros cristianos y de la de muchos santos y santas es el PONERSE EN CAMINO.

Me parece bastante contradictorio auto-proclamarnos seguidores de Jesús desde la comodidad del sillón y de la misa dominical, desde el «cumplo y miento». Es curioso cómo nos encendemos y discutimos con ardor sobre la situación de nuestro equipo de fútbol, sobre tal o cual partido político, sobre el último y nauseabundo cotilleo del periodismo amarillo y agachamos la cabeza cuando se trata de hablar de nuestro Padre.

Estos días en España tenemos muy presente la tragedia del tren siniestrado en Santiago de Compostela y la ejemplar actitud de Angrois, el lugar del accidente, cuyos vecinos han pasado a la historia más gloriosa de este país por su actitud solidaria, activa, serena y humilde. Apenas unos cientos de habitantes de un pequeñísimo lugar cercano a la ciudad de Santiago nos han dado a todos una lección de vida: el trabajo silencioso con una humildad arrolladora y el poner todo lo que uno tiene al servicio de los demás. («El Reino de los Cielos se parece a un grano de mostaza que uno siembra en su huerta; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un arbusto más alto que las hortalizas y vienen los pájaros a anidar en sus ramas» Mt 13, 31-35)

Ni más ni menos que eso es lo que deberíamos hacer todos. Y eso responde a las palabras de nuestro Señor: («dadles vosotros de comer» Lc 9,13 «Vosotros sois la luz de este mundo. Una ciudad en lo alto de un cerro no puede esconderse. Ni se enciende una lámpara para ponerla bajo un cajón; antes bien, se la pone en alto para que alumbre a todos los que están en la casa. Del mismo modo, procurad que vuestra luz brille delante de la gente, para que, viendo el bien que vosotros hacéis, todos alaben a vuestro Padre que está en el cielo» Mt 5, 14-16)

El movimiento se demuestra andando y a TODOS nos corresponde construir el Reino de Dios en la Tierra.

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