Iglesia

Audio-homilía: Curó a muchos enfermos de diversos males

La primera lectura que la Iglesia nos propone meditar hoy presenta un hombre sin sentido, un hombre con hambre de motivaciones para levantarse cada mañana, con hambre en definitiva del conocimiento de Dios. Y ese extracto del Libro de Job refleja la realidad del mundo: una época en que las comunicaciones están más desarrolladas que nunca y los umbrales de pobreza se mantienen en niveles de hace siglos. Desigualdades, analfabetismo, malnutrición… Las necesidades del hombre de hoy gritan como Job: «mis días corren más que una lanzadera, se consumen sin esperanza, recuerdo que mi vida es un soplo y que mis ojos no verán más la dicha». Esta frase la podrían decir muchos niños del tercer mundo y muchos que viven muy cerca de nosotros.

¿Frente a esa realidad qué podemos hacer nosotros de forma individual, de forma comunitaria y como Iglesia?. La prioridad para evangelizar en el mundo de hoy no es decir, es hacer. Hoy en día se habla mucho de mil cosas y hemos perdido en oído, ganando en vista. El testimonio visible y patente inunda nuestro mundo. Lo que llega es la verdad, no las campañas estéticas.

Mientras haya un ser humano que no esté feliz en el mundo, nosotros no podemos estar cruzados de brazos, sino que tenemos que ser activos y creativos para dar respuesta a las hambres del mundo: de pan, de sentido, de amor…

San Pablo dice que el hecho de predicar no es motivo de orgullo. No se trata de adoctrinar y de llenar el mundo de palabras bonitas que no tienen vida, sino de compartir lo que profundamente inunda nuestro corazón y poder hablar de lo que hacemos para ayudar a los demás. Y eso es lo que salva al mundo y lo que da autoridad a la vida de la Iglesia. La Iglesia no hace publicidad, testimonia la verdad.

El hambre de nuestros hermanos sean de donde sean no es algo ajeno. ¿Quiénes son mis hermanos? Frente a los grandes problemas a veces decimos que nos podemos hacer nada, porque no sentimos como propio lo que no nos toca directamente y miramos a otro lado, haciéndonos cómplices del mundo que tenemos. En lo poco podemos resolver los problemas de lo grande. Y eso es lo que nos traslada el evangelio. Jesús hace una cosa muy sencilla, centrarse en la suegra de Simón.

Se nos invita a eso: a dedicarnos a alguien en concreto, a dejar de amarnos única y exclusivamente a nosotros mismos. La solución del mundo no depende de grandes estrategias, sino de que tengamos un corazón sensible a las necesidades que tienen las personas a nuestro alrededor.

Evangelio según San Marcos

Jesús salió de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y se lo dijeron de inmediato. El se acercó, la tomó de la mano y la hizo levantar. Entonces ella no tuvo más fiebre y se puso a servirlos.
Al atardecer, después de ponerse el sol, le llevaron a todos los enfermos y endemoniados, y la ciudad entera se reunió delante de la puerta. Jesús curó a muchos enfermos, que sufrían de diversos males, y expulsó a muchos demonios; pero a estos no los dejaba hablar, porque sabían quién era él.
Por la mañana, antes que amaneciera, Jesús se levantó, salió y fue a un lugar desierto; allí estuvo orando. Simón salió a buscarlo con sus compañeros, y cuando lo encontraron, le dijeron: «Todos te andan buscando».
El les respondió: «Vayamos a otra parte, a predicar también en las poblaciones vecinas, porque para eso he salido».
Y fue predicando en las sinagogas de toda la Galilea y expulsando demonios.

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Audio-homilía: Tu eres mi Hijo amado, mi predilecto. Bautismo de Jesús

En este evangelio vemos la primera acción apostólica de Jesús y esta escena del Bautismo nos muestra lo que para Jesús son las prioridades de nuestra misión como cristianos.

Tras una semana muy convulsa, podemos preguntarnos ¿para qué sirve ser creyente?.

El Bautismo de Jesús es tan integrador y tan magnífico que nos ofrece ocasión de replantearnos lo que hace Él y lo que hacemos nosotros.

En primer lugar, Jesús va a una humanidad rota y necesitada. Podría haber elegido otros escenarios, pero con este gesto nos muestra que lo divino aterrizado en lo humano se convierte en compasión y amor. En esa orilla del Jordán, Juan recibía afectividades destrozadas, moralidades rotas, personas que habían tocado fondo.

Debemos reconocer con humildad que solos no podemos llevar las riendas de nuestras vidas. Si nos sentimos capaces, si pensamos que controlamos y que podemos sólo con nuestras fuerzas, nos sentimos «ricos», porque creemos que no necesitamos a los demás. Y, sin embargo, la condición básica para la conversión es lo opuesto: es reconocer que estamos agotados y que nos sabemos llevar las riendas de nuestra vida y, en consecuencia, pedir ayuda. Hasta que no reconozcamos que «solos no podemos más», seguiremos manejando nuestra vida desde una falsa autosuficiencia.

Y ¿qué hace Jesús en esa cola de gente acabada, si Él era el hijo de Dios y estaba lleno del Espíritu Santo?… Le dice a la humanidad que no debemos asustarnos y escandalizarnos ante la fragilidad humana, porque ahí es donde más se manifiesta el Amor de Dios. Jesús en el Jordán nos dice que Dios se manifiesta salvando y abrazando, identificándose con el que más necesita. ¿Y nuestra Iglesia qué persigue? ¿A los ricos, a las élites, a los listos? Si vamos por ahí, nos estamos olvidando de lo que Jesús hizo en el Jordán.

También destaca en este evangelio la humildad de Jesús al reconocer la autoridad de Juan Bautista y quitarse protagonismo sobre Él mismo. Es una actitud muy diferente a la nuestra. Nosotros estamos muy acostumbrados a hacer tabla rasa sobre lo anterior y a sentirnos los salvadores de las situaciones.

Por último, conviene que nos paremos también en la actitud del Padre. Dios podría hacer dicho «este es mi Hijo muy querido» en otros momentos de la historia de Jesús, pero elige únicamente dos ocasiones en el evangelio: cuando Jesús se identifica con la humanidad necesitada y cuando se integra con Moisés y Elías en el Monte Tabor para dar continuidad a la historia de la salvación.

Ojalá que ninguno nos sintamos mesías, sino que seamos conscientes de que formamos parte de una historia muy rica y muy larga. Somos herederos de una gran nube de testigos y ojalá que nuestro testimonio muestre claramente lo que es el evangelio de Jesús.

Evangelio según San Marcos

Juan predicaba, diciendo: «Detrás de mí vendrá el que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de ponerme a sus pies para desatar la correa de sus sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con el Espíritu Santo».
En aquellos días, Jesús llegó desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán.
Y al salir del agua, vio que los cielos se abrían y que el Espíritu Santo descendía sobre él como una paloma; y una voz desde el cielo dijo: «Tú eres mi Hijo muy querido, en ti tengo puesta toda mi predilección.»

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El poder del querer

Introducción. Octubre es un mes muy misionero, y creo que recibimos una invitación permanente de parte del Señor a compartir las buenas noticias, sencillas, que de forma gratuita Él nos regala. Es el tiempo en que se nos invita a dar un paso adelante y sentirnos cada vez más protagonistas en la misión evangelizadora de la Iglesia. La fe no es patrimonio del clero, de la jerarquía, de los religiosos, de los teólogos, sino que es una experiencia que nos llena de alegría y de razones para la esperanza. No se anuncia ni se comparte la alegría por un encargo o por una obligación, sino que la condición necesaria es tener en el corazón razones y motivos para estar alegre. ¡Cuántas iniciativas verdaderamente llenas de Espíritu nacen de los corazones intrépidos y de la ilusión y de la valentía que regala el Señor resucitado al corazón que se deja tocar por él!
«Cuantos se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios. Pues no habéis recibido un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino que habéis recibido un Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos: Abba, Padre. Ese mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios; y, si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo; de modo que, si sufrimos con él, seremos también glorificados con él». Rom 8,14-17.
Y todos somos invitados a esta creatividad y a esta acción entusiasta de contagiar las cosas buenas que Dios hace en la pequeñez de su pueblo. Nadie nos tiene que pedir celebrar un triunfo deportivo de uno de nuestros equipos. Nadie tiene que animarnos desde fuera para saltar y disfrutar de un concierto de música. Un corazón enamorado lo expresa mucho más allá de si se le propone o no, sale espontáneo, casi sin querer. Pues ese estado de ánimo es el que tiene que acompañar la vida de la Iglesia. Mucho más flexible, entusiasta, con arrebatos de locura espontánea y no atrapado en las viejas formas, ritos, tradiciones: odres viejos que no responden a las necesidades, ni al lenguaje que necesitan comprender los hombres y las mujeres de hoy.

Lo que Dios nos dice. «Como los discípulos de Juan y los fariseos estaban ayunando, vinieron unos y le preguntaron a Jesús: Los discípulos de los fariseos ayunan. ¿Por qué los tuyos no? Jesús les contesta: ¿Es que pueden ayunar los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos? Mientras el esposo está con ellos, no pueden ayunar. Llegarán días en que les será arrebatado el esposo; aquel día sí que ayunarán. Nadie echa un remiendo de paño sin remojar a un manto pasado, porque la pieza tira del manto -lo nuevo de lo viejo- y deja un roto peor. Tampoco se echa vino nuevo en odres viejos; porque el vino revienta los odres, y se pierde el vino y los odres; a vino nuevo, odres nuevos». Mc 2,18-22.
Se acercan a Jesús pidiéndole explicaciones y casi con exigencias. ¿Por qué no vives la religión como siempre la hemos vivido poniendo los medios de piedad que nos hacen justos, el ayuno, las purificaciones, las leyes? Y la respuesta de Jesús, es muy iluminadora. No es lo que yo os traigo una religión de normas, sino de corazón, de amistad, de amor. La alegría del vino nuevo, de la vida nueva, del Dios nuevo, del mundo nuevo, no cabe en los viejos moldes, las viejas estructuras, los viejos temores y enjuiciamientos. Hay miedo a lo nuevo, a los cambios, cuando se tiene puesta la confianza en las estructuras, en la aparente inmovilidad de lo tradicional, en la seguridad que ofrece lo conocido. Pero Jesús viene a renovarlo todo, al ritmo de Dios, y de su Espíritu, que no sabemos de dónde viene, ni a donde va. Pero que lo llena todo de su ímpetu, de su suave brisa, de sus vientos de cambio.
«En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: “ld y proclamad que el reino de los cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis. No llevéis en la faja oro, plata ni calderilla; ni tampoco alforja para el camino, ni túnica de repuesto, ni sandalias, ni bastón; bien merece el obrero su sustento. Cuando entréis en un pueblo o aldea, averiguad quién hay allí de confianza y quedaos en su casa hasta que os vayáis. Al entrar en una casa, saludad; si la casa se lo merece, la paz que le deseáis vendrá a ella. Si no se lo merece, la paz volverá a vosotros. Si alguno no os recibe o no os escucha, al salir de su casa o del pueblo, sacudid el polvo de los pies. Os aseguro que el día del juicio les será más llevadero a Sodoma y Gomorra que a aquel pueblo”. Mt 10,7-15.

Cómo podemos vivirlo. Ojalá comencemos este curso con la ilusión de quien nos ha asociado en este momento de nuestras vidas. No sabemos cómo será el futuro ni qué nos tiene preparada la providencia. Pero hoy estamos cerca y nos toca responder a las necesidades de nuestro mundo cercano, de nuestros metros cuadrados de influencia. En mi casa, en mi trabajo, en mi familia, yo soy el misionero y la misionera. Yo soy en cada momento (con mis hijos, con mis amigos…) el portador de luz, de vida nueva, de sorpresas, de creatividad. No estamos llamados a ayunar, a vivir con penitencias, sino a crear ambientes de reino, de paz, de fiesta, como el banquete al que Dios nos ha invitado desde antes de la creación del mundo. Y en lo que podamos ayudarnos se nos invita a escucharnos, a sumar, a proyectar, a soñar, que la paz de Dios toca todos los rincones y a todos los que habitamos este lugar llamado mundo.

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El miedo al castigo

Introducción. Cuando Jesús nos habla de una manera clara y contundente denunciando la hipocresía, la ambigüedad de nuestras intenciones, normalmente nos encuentra con escudos, con defensas, justificando nuestra fragilidad, o negando cualquier fallo en nuestra vida. La soberbia actúa de una manera inmediata, negando absolutamente convencidos todo aquello de los que se nos acusa. «A mí eso no me pasa, yo no soy de esos».
Y si son los hermanos quienes nos corrigen actuamos de la misma manera. «Vale yo he actuado mal, pero tú más». Dese pequeños nos da pánico reconocer nuestros errores y límites. Si hemos roto un jarrón del salón de nuestra casa y preguntan quién ha sido, pocas veces decimos que hemos sido nosotros. O culpamos a otros, si están cerca, o a una ráfaga de aire que casualmente pasaba por ahí. ¿Qué se esconde detrás de la falta de sinceridad y del reconocimiento humilde de nuestros fallos? La respuesta es clara: el miedo al castigo. Tenemos grabado en lo más profundo de nuestro corazón y de nuestra mente la lógica humana del premio y del castigo. Si obro bien, merezco una recompensa, y si obro mal, la reprimenda, el castigo y el rechazo. Y sutilmente proyectamos esa imagen en Dios. No acabamos de creer que Él nos conoce mucho más que nosotros mismos. E ingenuamente pensamos que a Dios le podemos engañar como a las personas. Nuestra gran preocupación no es ser, sino aparentar, que somos buenos, valiosos, y merecedores de toda confianza. ¡Qué esfuerzos tan titánicos hacemos para no aparecer frágiles o vulnerables! ¡Cuánto nos ocupamos en no mostrar flaquezas, fisuras o debilidades! Y lo más liberador es vivir bajo la mirada permanente de Dios, que es consciente de lo pobres que somos, pero que tiene un compromiso y un amor que no cambia a pesar de nuestro comportamiento.

Lo que Dios nos dice. «El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia. No está siempre acusando ni guarda rencor perpetuo; no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas. Como se levanta el cielo sobre la tierra, se levanta su bondad sobre los que le temen; como dista el oriente del ocaso, así aleja de nosotros nuestros delitos. Como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por los que lo temen; porque él conoce nuestra masa, se acuerda de que somos barro». Sal 103,8-14.
Hemos de tener la seguridad de que a Dios no le engañamos, ni le sorprende de qué estamos hechos. Si somos obras de sus manos. Si él ha modelado cada corazón y comprende todas sus acciones. Si Jesús era consciente de la fragilidad de Pedro y le confío ser la roca en la que se apoya la naciente Iglesia. Si sabía todo de la mujer adúltera, de la samaritana, de Zaqueo… Pero él mira el corazón, no se queda entristecido por las apariencias. Por eso esa mirada esperanzada, que no juzga, que no machaca la fragilidad, sino que la asume y se encarga, dentro de las posibilidades, de sanarla y repararla. Imaginaos al Buen Samaritano acercándose el hombre tirado al borde del camino, herido, apaleado, diciendo: «¡Qué despojo de hombre! seguro que es un borracho, un drogado, un maleante, o peor aún, está haciendo comedia para robarme». Todas las desconfianzas y los juicios nos alejan de Dios y de los hermanos.
«Dijo también esta parábola a algunos que confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás: Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: ¡Oh Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo. El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: ¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador. Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquel no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido». Lc 18,9-14.
Es una gran liberación ponerse delante de Dios como somos. Sin maquillajes ni disimulos. Sabemos como somos, las carencias que tenemos, los miedos, los orgullos. Pero esa miseria, tocada por el corazón de Dios es motivo de más amor, de más confianza, olvidando el castigo, abrazarnos con más fuerza a esa mano que nos levanta, que nos renueva, que nos sana.

Cómo podemos vivirlo. Toda la vida de Jesús es un camino de ir levantado a la humanidad rota que se va encontrando día tras día. No gasta ni una gota en preguntar por el pasado. Ni culpabiliza, ni ejemplifica, ni castiga, ni se alegra de los sufrimientos de los demás. Solo acoge lo que hay, lo asume, lo hace suyo, lo abraza, lo besa, lo ama. Y esa es la misión de nuestra Iglesia en el siglo XXI. Acoger sin preguntar. Abrazar sin temores, miedos o reservas. Todo lo creemos, todo lo esperamos, todo lo amamos. No somos ni censores, ni jueces, ni pesados consejeros que velan tanto por la vida recta de los demás que se olvidan de recorrer su propio camino. Ojalá que inauguremos una nueva forma de relacionarnos, donde sabiendo todos que compartimos un destino común, nos ayudemos con todo nuestro ser a caminar a pesar de las dificultades. No exigiendo unas extrañas perfecciones, sino poniendo en común lo que tenemos. Luchas y derrotas. Virtudes y talentos. Sin pretender dar una imagen de equilibrio y perfección que en el fondo esconde un miedo terrible a vernos descubiertos en nuestra fragilidad. Somos una comunidad de pecadores que bajo la misericordia de Dios y su gracia, nos vemos capaces de acompañar a la humanidad sin avergonzarnos de ella.

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Ven y renueva la faz de la tierra

Introducción. El gran don del Espíritu Santo lo derrama Dios siempre que lo humano llega a su límite y cuando ya no sabemos ni podemos hacer nada. Dios, que es grande en su misericordia y en su compasión, se dispone a abrir puertas y ventanas, caminos que nadie conocía. Todo al servicio de la salvación de los hombres, para que se manifieste de una manera clara a nuestros propios ojos y a los ojos de los demás que la humanidad recibe la vida de Dios, que no somos ni autosuficientes ni autónomos. «Nadie puede decir: Jesús es Señor, sino por el Espíritu Santo». 1ºCor 12, 3.
El pueblo judío quería salir de Egipto, la tierra de la esclavitud. El clamor de los oprimidos llego a los oídos de Yahveh. Moisés saca al pueblo de noche. Van raudos, ligeros de equipaje, pero sus sueños se ven truncados porque el mar aparece delante de ellos como un obstáculo infranqueable. Sube la tensión. Por un lado, el faraón y sus ejércitos de muy mal humor, por el otro, el mar y, cuando se mascaba la tragedia y Moisés se sentía incapaz de cumplir su misión, el Espíritu se acerca a la situación, separa las aguas y abre caminos nuevos de salvación.
Es imagen de cómo a lo largo de la historia podemos activar nuestra confianza y nuestra seguridad en que para Dios nada es imposible y en que, apoyados en Él, somos capaces de todo. Por eso Pentecostés es la fiesta de los pobres, de la humanidad humilde que se ve desbordada, que se ve superada por los acontecimientos. La comunidad rota, desanimada, miedosa, se reúne junto a la única que mantiene viva la esperanza en que las promesas de Dios nunca fallan: María, nuestra madre. Y el fuego de Dios se posa en las mentes y en los corazones de los apóstoles: luz en el entendimiento y fuerza en la voluntad. Y comienza una nueva era, un tiempo nuevo. La misión de la Iglesia se pone en marcha y, desde aquel origen dubitativo y temeroso, llegamos hasta la actualidad con XXI siglos de fidelidad al servicio de una palabra que sana, que cura, que libera.

Lo que Dios nos dice. Al Espíritu no se le define, ni se le atrapa intelectualmente. Las imágenes que le describen tienen algo en común: dinamismo, movilidad, llamas de fuego, aliento de Dios, viento, suave brisa, paloma que levanta el vuelo, insinuación, sueño, impulso, intuición. Al Espíritu no se le entiende, se le experimenta, se le escucha, se le obedece. Es el gran desconocido de la Trinidad, pero es el que más cerca está de cada uno de nosotros. Como el corazón en el cuerpo (que no lo vemos pero que es imprescindible y sin él no podríamos vivir), del mismo modo el Espíritu se mantiene discreto, fuera de los focos, con una presencia cercana y desapercibida, pero que posibilita que seamos y vivamos como hijos de Dios.
«Y oí una gran voz desde el trono que decía: He aquí la morada de Dios entre los hombres, y morará entre ellos, y ellos serán su pueblo, y el «Dios con ellos» será su Dios. Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni duelo, ni llanto ni dolor, porque lo primero ha desaparecido. Y dijo el que está sentado en el trono: Mira hago nuevas todas las cosas. Y dijo: Escribe: estas palabras son fieles y verdaderas. Y me dijo: Hecho está. Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin. Al que tenga sed yo le daré de la fuente del agua de la vida gratuitamente». Ap 21,3-6
La gracia de Dios nos da su aliento de vida. Es el beso de Dios capaz de animar el barro inerte. Es el viento de Dios que provoca estruendos en la historia de la humanidad, cambios imprevisibles, sorpresas que nos desbordan, pero que es capaz de transformar un valle lleno de huesos secos en un ejército de personas vivas.
«Más aún, nos gloriamos incluso en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia, la paciencia, virtud probada, la virtud probada, esperanza, y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado. En efecto, cuando nosotros estábamos aún sin fuerza, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; ciertamente, apenas habrá quien muera por un justo; por una persona buena tal vez se atrevería alguien a morir; pues bien: Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros». Rom 5,3-8.
Tiempo del Espíritu que nos llena de alegría, de fortaleza, de sus frutos, que nos convierte en profetas y en amigos de Dios. La fiesta de los pobres que abren sus manos y suplican, la fiesta del los desorientados, de los perdidos, de los ciegos, de los presos, de los miedosos, la fiesta de la Iglesia envejecida que vive en la seguridad de que Dios no la va a dejar huérfana. No es tiempo de llorar, es tiempo de luchar y de amar la libertad.

Cómo podemos vivirlo. Cuando menos podemos, cuando más exhaustos nos sentimos, la respuesta de Dios se nos presenta sorprendente y liberadora. No es la exigencia, sino la generosidad. Derrama su amor, lo desborda, no lo da calculando o en cuentagotas, sino que actúa de forma abundante y generosa. Donde abunda el pecado sobreabundan la gracia y el amor. De aquel pequeño cenáculo que reunía las pocas fuerzas y las pocas certezas de unos discípulos asustados, llegamos a la pluralidad, a la universalidad, a la creatividad, a la cantidad de hombres y mujeres que han dado lo mejor de sí mismos, hasta construir el templo vivo de la Iglesia.
«Acercándoos a él, piedra viva rechazada por los hombres, pero elegida y preciosa para Dios, también vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción de una casa espiritual para un sacerdocio santo, a fin de ofrecer sacrificios espirituales agradables a Dios por medio de Jesucristo». 1ª Ped 2,4-5.

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