Getsemaní

Audio-homilía: Domingo de Ramos 2015

Escuchar una vez al año el relato de la Pasión nos ilumina de la potencia que tiene esta historia, de lo grande que es lo vivió Jesús, porque pasa por todo lo profundo que la humanidad es capaz de vivir.

Si uno medita la Pasión y pone nombre a actitudes que aparecen en los personajes de la Pasión, reconoce cómo se describe todo lo que es la humanidad. Ve el miedo en unos apóstoles, que se sienten atraídos por el Jesús triunfador del Domingo de Ramos pero que, según van viendo la peligrosidad de la situación, van alejándose. Reconoce cómo aparecen la negación y la cobardía en un Pedro que es capaz de negar por tres veces al Maestro. Se contemplan la ambición, la ambigüedad, la crueldad, la hipocresía de los fariseos…

Pero, sobre todo, el relato de la Pasión es una invitación a que fijemos la mirada en Jesús: ese hombre que, en medio de un escenario de miseria humana, es capaz de pasar por medio del valle de los huesos, los corazones y la humanidad secos y ser como el agua que brota sanando a esa humanidad. La Pasión es el reflejo de cómo la gracia, el amor, la esperanza y la misericordia de Dios son capaces de transformar el desierto en un vergel.

La Pasión tiene mucho que ver con la situación actual que vive hoy nuestro mundo. Este relato no es una escena de una obra teatral. Lo que pasa en el evangelio sucede en la humanidad en la actualidad: hay juicios, hay inocentes que mueren víctimas del sinsentido… Estos días estamos consternados al descubrir que las vidas de 150 personas pueden depender de la salud mental de una persona. Pero, no es sólo eso: también en mi día a día, si yo estoy mal, más de 150 personas sufren mi malestar.

La Pasión del Señor nos invita a decidir qué personaje queremos ser y cuánto de lejos o de cerca del Señor queremos ir.

Jesús no fue una persona que estaba en el lugar y en el momento adecuado, sino que representa la conciencia de que Él vino para esto… y eso se refleja en Getsemaní. Allí, Jesús demuestra humanidad (reflejada en sus temores y dudas), pero también claridad y luminosidad (reconociendo que en la muerte hay vida, siendo consciente de que su vida ha estado siempre en manos de un Dios que ni siquiera en ese momento le va a abandonar).

Todos hemos vivido situaciones humanas de cruz: muertes, abandonos, traiciones, miedo, soledad. Pero Jesús nos dice que el amor es más fuerte que la muerte, nos pide que no frenemos nuestros sueños, que aceleremos en el amor y que experimentemos la resurrección.

Dediquemos un tiempo diario en esta Semana Santa para conectar con ese Jesús que nos invita a no tener miedo, a reconocer que en Getsemaní el Padre expulsa el temor de Jesús: el amor expulsa el temor. Y el Jesús que va hasta el extremo es el que vive libre: ya no hay barro, sólo hay tesoro. El Dios que devuelve a la vida a Jesús se la devuelve a toda la humanidad.

Evangelio según San Marcos

Faltaban dos días para la fiesta de la Pascua y de los panes ácimos. Los sumos sacerdotes y los escribas buscaban la manera de arrestar a Jesús con astucia, para darle muerte. Porque decían: «No lo hagamos durante la fiesta, para que no se produzca un tumulto en el pueblo».
Mientras Jesús estaba en Betania, comiendo en casa de Simón el leproso, llegó una mujer con un frasco lleno de un valioso perfume de nardo puro, y rompiendo el frasco, derramó el perfume sobre la cabeza de Jesús.
Entonces algunos de los que estaban allí se indignaron y comentaban entre sí: «¿Para qué este derroche de perfume? Se hubiera podido vender por más de trescientos denarios para repartir el dinero entre los pobres». Y la criticaban.
Pero Jesús dijo: «Dejadla, ¿por qué la molestáis? Ha hecho una buena obra conmigo. A los pobres los tendréis siempre con ustedes y podéis hacerles bien cuando quieran, pero a mí no me tendréis siempre.
Ella hizo lo que podía; ungió mi cuerpo anticipadamente para la sepultura. Os aseguro que allí donde se proclame la Buena Noticia, en todo el mundo, se contará también en su memoria lo que ella ha hecho».
Judas Iscariote, uno de los Doce, fue a ver a los sumos sacerdotes para entregarles a Jesús. Al oírlo, ellos se alegraron y prometieron darle dinero. Y Judas buscaba una ocasión propicia para entregarlo.
El primer día de la fiesta de los panes ácimos, cuando se inmolaba la víctima pascual, los discípulos dijeron a Jesús: «¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la comida pascual?».
El envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: «Id a la ciudad; allí os encontraréis con un hombre que lleva un cántaro de agua. Seguidlo y decidle al dueño de la casa donde entre: El Maestro dice: ‘¿Dónde está mi sala, en la que voy a comer el cordero pascual con mis discípulos?’. El os mostrará en el piso alto una pieza grande, arreglada con almohadones y ya dispuesta; preparad allí lo necesario».
Los discípulos partieron y, al llegar a la ciudad, encontraron todo como Jesús les había dicho y prepararon la Pascua.
Al atardecer, Jesús llegó con los Doce.
Y mientras estaban comiendo, dijo: «Os aseguro que uno de vosotros me entregará, uno que come conmigo».
Ellos se entristecieron y comenzaron a preguntarle, uno tras otro: «¿Seré yo?».
El les respondió: «Es uno de los Doce, uno que se sirve de la misma fuente que yo. El Hijo del hombre se va, como está escrito de él, pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre será entregado: más le valdría no haber nacido!».
Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: «Tomad, esto es mi Cuerpo». Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, y todos bebieron de ella. Y les dijo: «Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos.
Os aseguro que no beberé más del fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el Reino de Dios».
Después del canto de los Salmos, salieron hacia el monte de los Olivos. Y Jesús les dijo: «Todos vosotros os vais a escandalizar, porque dice la Escritura: Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas.
Pero después que yo resucite, iré antes que vosotros a Galilea».
Pedro le dijo: «Aunque todos se escandalicen, yo no me escandalizaré».
Jesús le respondió: «Te aseguro que hoy, esta misma noche, antes que cante el gallo por segunda vez, me habrás negado tres veces».
Pero él insistía: «Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré». Y todos decían lo mismo.
Llegaron a una propiedad llamada Getsemaní, y Jesús dijo a sus discípulos: «Quedaos aquí, mientras yo voy a orar».
Después llevó con él a Pedro, Santiago y Juan, y comenzó a sentir temor y a angustiarse.
Entonces les dijo: «Mi alma siente una tristeza de muerte. Quedaos aquí velando».
Y adelantándose un poco, se postró en tierra y rogaba que, de ser posible, no tuviera que pasar por esa hora.
Y decía: «Abba -Padre- todo te es posible: aleja de mí este cáliz, pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya».
Después volvió y encontró a sus discípulos dormidos. Y Jesús dijo a Pedro: «Simón, ¿duermes? ¿No has podido quedarte despierto ni siquiera una hora? Permaneced despiertos y orad para no caer en la tentación, porque el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil».
Luego se alejó nuevamente y oró, repitiendo las mismas palabras.
Al regresar, los encontró otra vez dormidos, porque sus ojos se cerraban de sueño, y no sabían qué responderle.
Volvió por tercera vez y les dijo: «Ahora podéis dormir y descansar. Esto se acabó. Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos! ¡Vamos! Ya se acerca el que me va a entregar».
Jesús estaba hablando todavía, cuando se presentó Judas, uno de los Doce, acompañado de un grupo con espadas y palos, enviado por los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos.
El traidor les había dado esta señal: «Es aquel a quien voy a besar. Detenedle y llevadle bien custodiado».
Apenas llegó, se le acercó y le dijo: «Maestro», y lo besó.
Los otros se abalanzaron sobre él y lo arrestaron. Uno de los que estaban allí sacó la espada e hirió al servidor del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja.
Jesús les dijo: «Como si fuera un bandido, habéis salido a arrestarme con espadas y palos. Todos los días estaba entre vosotros enseñando en el Templo y no me arrestaron. Pero esto sucede para que se cumplan las Escrituras».
Entonces todos lo abandonaron y huyeron.
Lo seguía un joven, envuelto solamente con una sábana, y lo sujetaron; pero él, dejando la sábana, se escapó desnudo.
Llevaron a Jesús ante el Sumo Sacerdote, y allí se reunieron todos los sumos sacerdotes, los ancianos y los escribas.
Pedro lo había seguido de lejos hasta el interior del palacio del Sumo Sacerdote y estaba sentado con los servidores, calentándose junto al fuego.
Los sumos sacerdotes y todo el Sanedrín buscaban un testimonio contra Jesús, para poder condenarlo a muerte, pero no lo encontraban.
Porque se presentaron muchos con falsas acusaciones contra él, pero sus testimonios no concordaban.
Algunos declaraban falsamente contra Jesús:
«Nosotros lo hemos oído decir: ‘Yo destruiré este Templo hecho por la mano del hombre, y en tres días volveré a construir otro que no será hecho por la mano del hombre'».
Pero tampoco en esto concordaban sus declaraciones.
El Sumo Sacerdote, poniéndose de pie ante la asamblea, interrogó a Jesús: «¿No respondes nada a lo que estos atestiguan contra ti?».
El permanecía en silencio y no respondía nada. El Sumo Sacerdote lo interrogó nuevamente: «¿Eres el Mesías, el Hijo de Dios bendito?».
Jesús respondió: «Sí, yo lo soy: y veréis al Hijo del hombre sentarse a la derecha del Todopoderoso y venir entre las nubes del cielo».
Entonces el Sumo Sacerdote rasgó sus vestiduras y exclamó: «¿Qué necesidad tenemos ya de testigos?
Acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué les parece?». Y todos sentenciaron que merecía la muerte.
Después algunos comenzaron a escupirlo y, tapándole el rostro, lo golpeaban, mientras le decían: «¡Profetiza!». Y también los servidores le daban bofetadas.
Mientras Pedro estaba abajo, en el patio, llegó una de las sirvientas del Sumo Sacerdote
y, al ver a Pedro junto al fuego, lo miró fijamente y le dijo: «Tú también estabas con Jesús, el Nazareno».
El lo negó, diciendo: «No sé nada; no entiendo de qué estás hablando». Luego salió al vestíbulo.
La sirvienta, al verlo, volvió a decir a los presentes: «Este es uno de ellos».
Pero él lo negó nuevamente. Un poco más tarde, los que estaban allí dijeron a Pedro: «Seguro que eres uno de ellos, porque tú también eres galileo».
Entonces él se puso a maldecir y a jurar que no conocía a ese hombre del que estaban hablando.
En seguida cantó el gallo por segunda vez. Pedro recordó las palabras que Jesús le había dicho: «Antes que cante el gallo por segunda vez, tú me habrás negado tres veces». Y se puso a llorar.
En cuanto amaneció, los sumos sacerdotes se reunieron en Consejo con los ancianos, los escribas y todo el Sanedrín. Y después de atar a Jesús, lo llevaron y lo entregaron a Pilato.
Este lo interrogó: «¿Tú eres el rey de los judíos?». Jesús le respondió: «Tú lo dices».
Los sumos sacerdotes multiplicaban las acusaciones contra él.
Pilato lo interrogó nuevamente: «¿No respondes nada? ¡Mira de todo lo que te acusan!».
Pero Jesús ya no respondió a nada más, y esto dejó muy admirado a Pilato.
En cada Fiesta, Pilato ponía en libertad a un preso, a elección del pueblo. Había en la cárcel uno llamado Barrabás, arrestado con otros revoltosos que habían cometido un homicidio durante la sedición. La multitud subió y comenzó a pedir el indulto acostumbrado.
Pilato les dijo: «¿Quieren que os ponga en libertad al rey de los judíos?».
El sabía, en efecto, que los sumos sacerdotes lo habían entregado por envidia.
Pero los sumos sacerdotes incitaron a la multitud a pedir la libertad de Barrabás.
Pilato continuó diciendo: «¿Qué debo hacer, entonces, con el que llamáis rey de los judíos?».
Ellos gritaron de nuevo: «¡Crucifícalo!».
Pilato les dijo: «¿Qué mal ha hecho?». Pero ellos gritaban cada vez más fuerte: «¡Crucifícalo!».
Pilato, para contentar a la multitud, les puso en libertad a Barrabás; y a Jesús, después de haberlo hecho azotar, lo entregó para que fuera crucificado.
Los soldados lo llevaron dentro del palacio, al pretorio, y convocaron a toda la guardia.
Lo vistieron con un manto de púrpura, hicieron una corona de espinas y se la colocaron.
Y comenzaron a saludarlo: «¡Salud, rey de los judíos!».
Y le golpeaban la cabeza con una caña, le escupían y, doblando la rodilla, le rendían homenaje.
Después de haberse burlado de él, le quitaron el manto de púrpura y le pusieron de nuevo sus vestiduras. Luego lo hicieron salir para crucificarlo.
Como pasaba por allí Simón de Cirene, padre de Alejandro y de Rufo, que regresaba del campo, lo obligaron a llevar la cruz de Jesús.
Y condujeron a Jesús a un lugar llamado Gólgota, que significa: «lugar del Cráneo».
Le ofrecieron vino mezclado con mirra, pero él no lo tomó. Después lo crucificaron. Los soldados se repartieron sus vestiduras, sorteándolas para ver qué le tocaba a cada uno. Ya mediaba la mañana cuando lo crucificaron. La inscripción que indicaba la causa de su condena decía: «El rey de los judíos». Con él crucificaron a dos ladrones, uno a su derecha y el otro a su izquierda.

Los que pasaban lo insultaban, movían la cabeza y decían: «¡Eh, tú, que destruyes el Templo y en tres días lo vuelves a edificar, sálvate a ti mismo y baja de la cruz!».
De la misma manera, los sumos sacerdotes y los escribas se burlaban y decían entre sí: «¡Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo! Es el Mesías, el rey de Israel, ¡que baje ahora de la cruz, para que veamos y creamos!». También lo insultaban los que habían sido crucificados con él.
Al mediodía, se oscureció toda la tierra hasta las tres de la tarde;
y a esa hora, Jesús exclamó en alta voz: «Eloi, Eloi, lamá sabactani», que significa: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?».
Algunos de los que se encontraban allí, al oírlo, dijeron: «Está llamando a Elías».
Uno corrió a mojar una esponja en vinagre y, poniéndola en la punta de una caña le dio de beber, diciendo: «Vamos a ver si Elías viene a bajarlo».
Entonces Jesús, dando un gran grito, expiró.
El velo del Templo se rasgó en dos, de arriba abajo.
Al verlo expirar así, el centurión que estaba frente a él, exclamó: «¡Verdaderamente, este hombre era Hijo de Dios!».
Había también allí algunas mujeres que miraban de lejos. Entre ellas estaban María Magdalena, María, la madre de Santiago el menor y de José, y Salomé, que seguían a Jesús y lo habían servido cuando estaba en Galilea; y muchas otras que habían subido con él a Jerusalén.
Era día de Preparación, es decir, víspera de sábado. Por eso, al atardecer, José de Arimatea -miembro notable del Sanedrín, que también esperaba el Reino de Dios- tuvo la audacia de presentarse ante Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús.
Pilato se asombró de que ya hubiera muerto; hizo llamar al centurión y le preguntó si hacía mucho que había muerto. Informado por el centurión, entregó el cadáver a José.
Este compró una sábana, bajó el cuerpo de Jesús, lo envolvió en ella y lo depositó en un sepulcro cavado en la roca. Después, hizo rodar una piedra a la entrada del sepulcro.
María Magdalena y María, la madre de José, miraban dónde lo habían puesto.

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Audio-homilía: Pasión de Nuestro Señor 2012

Hay momentos en la vida que nos superan: el Vía Crucis, la enfermedad terminal, la unción de enfermos, la muerte, el tanatorio, el funeral…

La vida tiene muchos misterios que nos hacen sentirnos muy pequeños, porque tenemos que reconocer que somos incapaces de entenderlos.

En el Viernes Santo, nuestro Cristo, un ser roto y crucificado, aparece como nuestro modelo. Y eso es algo escandaloso, como diría San Pablo, porque nosotros nunca pondríamos a alguien fracasado como modelo o referencia de nada.

No obstante, si somos sinceros, todos llevamos mucho tiempo acarreando cruces, las que nos vienen de fábrica en nuestra vida. Nuestros caminos y nuestras trayectorias no son ideales. Las cruces son algo universal. No distinguen entre religiones, orígenes, sexos, etc. Son comunes al hombre.

La gran aportación de Jesús es que da a la cruz un componente de amor y un sentido que a nosotros nos falta. La historia de Jesús estuvo plagada de conflictos. Pero en Getsemaní no huyó… Porque había llegado su momento y decidió no esquivar la realidad que le venía.

Y, en esa noche de Viernes Santo, Jesús abrazó a todos los fracasados, a los perseguidos, a los marginados, a los perdedores… se identificó con los últimos. Este es un mensaje tremendo de amor por lo opuesto al éxito, para nosotros que vivimos del triunfo económico, profesional, social, personal…

Dios ama lo último, lo fracasado. Y eso es lo que celebramos el Viernes Santo. Festejar la cruz es no vivir pendiente de los resultados. Debemos poner todo de nuestra parte, pero los resultados no dependen totalmente de nosotros.

Ojala que aprendamos a extender los brazos y que el Señor nos lleve donde el quiera.

Audio-homilía: Pasión de Nuestro Señor 2012

Evangelio según San Juan

Después de haber dicho esto, Jesús fue con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón. Había en ese lugar una huerta y allí entró con ellos.
Judas, el traidor, también conocía el lugar porque Jesús y sus discípulos se reunían allí con frecuencia. Entonces Judas, al frente de un destacamento de soldados y de los guardias designados por los sumos sacerdotes y los fariseos, llegó allí con faroles, antorchas y armas.
Jesús, sabiendo todo lo que le iba a suceder, se adelantó y les preguntó: «¿A quién buscáis?». Le respondieron: «A Jesús, el Nazareno». El les dijo: «Soy yo». Judas, el que lo entregaba, estaba con ellos.
Cuando Jesús les dijo: «Soy yo», ellos retrocedieron y cayeron en tierra.
Les preguntó nuevamente: «¿A quién buscáis?». Le dijeron: «A Jesús, el Nazareno». Jesús repitió: «Ya os he dicho que soy yo. Si es a mí a quien buscáis, dejad que estos se vayan».
Así debía cumplirse la palabra que él había dicho: «No he perdido a ninguno de los que me confiaste».
Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al servidor del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja derecha. El servidor se llamaba Malco.
Jesús dijo a Simón Pedro: «Envaina tu espada. ¿Acaso no beberé el cáliz que me ha dado el Padre?».
El destacamento de soldados, con el tribuno y los guardias judíos, se apoderaron de Jesús y lo ataron.
Lo llevaron primero ante Anás, porque era suegro de Caifás, Sumo Sacerdote aquel año. Caifás era el que había aconsejado a los judíos: «Es preferible que un solo hombre muera por el pueblo».
Entre tanto, Simón Pedro, acompañado de otro discípulo, seguía a Jesús. Este discípulo, que era conocido del Sumo Sacerdote, entró con Jesús en el patio del Pontífice, mientras Pedro permanecía afuera, en la puerta. El otro discípulo, el que era conocido del Sumo Sacerdote, salió, habló a la portera e hizo entrar a Pedro. La portera dijo entonces a Pedro: «¿No eres tú también uno de los discípulos de ese hombre?». El le respondió: «No lo soy».
Los servidores y los guardias se calentaban junto al fuego, que habían encendido porque hacía frío. Pedro también estaba con ellos, junto al fuego.
El Sumo Sacerdote interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de su enseñanza.
Jesús le respondió: «He hablado abiertamente al mundo; siempre enseñé en la sinagoga y en el Templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he dicho nada en secreto. ¿Por qué me interrogas a mí? Pregunta a los que me han oído qué les enseñé. Ellos saben bien lo que he dicho».
Apenas Jesús dijo esto, uno de los guardias allí presentes le dio una bofetada, diciéndole: «¿Así respondes al Sumo Sacerdote?».
Jesús le respondió: «Si he hablado mal, muestra en qué ha sido; pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas?».
Entonces Anás lo envió atado ante el Sumo Sacerdote Caifás.
Simón Pedro permanecía junto al fuego. Los que estaban con él le dijeron: «¿No eres tú también uno de sus discípulos?». El lo negó y dijo: «No lo soy». Uno de los servidores del Sumo Sacerdote, pariente de aquel al que Pedro había cortado la oreja, insistió: «¿Acaso no te vi con él en la huerta?». Pedro volvió a negarlo, y en seguida cantó el gallo.
Desde la casa de Caifás llevaron a Jesús al pretorio. Era de madrugada. Pero ellos no entraron en el pretorio, para no contaminarse y poder así participar en la comida de Pascua.
Pilato salió a donde estaban ellos y les preguntó: «¿Qué acusación traéis contra este hombre?». Ellos respondieron: «Si no fuera un malhechor, no te lo hubiéramos entregado».
Pilato les dijo: «Tomadlo y juzgado vosotros mismos, según la Ley que tenéis». Los judíos le dijeron: «A nosotros no nos está permitido dar muerte a nadie».
Así debía cumplirse lo que había dicho Jesús cuando indicó cómo iba a morir.
Pilato volvió a entrar en el pretorio, llamó a Jesús y le preguntó: «¿Eres tú el rey de los judíos?».
Jesús le respondió: «¿Dices esto por ti mismo u otros te lo han dicho de mí?».
Pilato replicó: «¿Acaso yo soy judío? Tus compatriotas y los sumos sacerdotes te han puesto en mis manos. ¿Qué es lo que has hecho?».
Jesús respondió: «Mi realeza no es de este mundo. Si mi realeza fuera de este mundo, los que están a mi servicio habrían combatido para que yo no fuera entregado a los judíos. Pero mi realeza no es de aquí».
Pilato le dijo: «¿Entonces tú eres rey?». Jesús respondió: «Tú lo dices: yo soy rey. Para esto he nacido y he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. El que es de la verdad, escucha mi voz».
Pilato le preguntó: «¿Qué es la verdad?». Al decir esto, salió nuevamente a donde estaban los judíos y les dijo: «Yo no encuentro en él ningún motivo para condenarlo. Y ya que tenéis la costumbre de que ponga en libertad a alguien, en ocasión de la Pascua, ¿queréis que suelte al rey de los judíos?».
Ellos comenzaron a gritar, diciendo: «¡A él no, a Barrabás!». Barrabás era un bandido.
Pilato mandó entonces azotar a Jesús.
Los soldados tejieron una corona de espinas y se la pusieron sobre la cabeza. Lo revistieron con un manto rojo,
y acercándose, le decían: «¡Salud, rey de los judíos!», y lo abofeteaban.
Pilato volvió a salir y les dijo: «Mirad, lo traigo afuera para que sepáis que no encuentro en él ningún motivo de condena».
Jesús salió, llevando la corona de espinas y el manto rojo. Pilato les dijo: «¡Aquí tenéis al hombre!».
Cuando los sumos sacerdotes y los guardias lo vieron, gritaron: «¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!». Pilato les dijo: «Tomadlo vosotros y crucifícadlo. Yo no encuentro en él ningún motivo para condenarlo».
Los judíos respondieron: «Nosotros tenemos una Ley, y según esa Ley debe morir porque él pretende ser Hijo de Dios».
Al oír estas palabras, Pilato se alarmó más todavía.
Volvió a entrar en el pretorio y preguntó a Jesús: «¿De dónde eres tú?». Pero Jesús no le respondió nada.
Pilato le dijo: «¿No quieres hablarme? ¿No sabes que tengo autoridad para soltarte y también para crucificarte?».
Jesús le respondió: » Tú no tendrías sobre mí ninguna autoridad, si no la hubieras recibido de lo alto. Por eso, el que me ha entregado a ti ha cometido un pecado más grave».
Desde ese momento, Pilato trataba de ponerlo en libertad. Pero los judíos gritaban: «Si lo sueltas, no eres amigo del César, porque el que se hace rey se opone al César».
Al oír esto, Pilato sacó afuera a Jesús y lo hizo sentar sobre un estrado, en el lugar llamado «el Empedrado», en hebreo, «Gábata».
Era el día de la Preparación de la Pascua, alrededor del mediodía. Pilato dijo a los judíos: «Aquí tenéis a vuestro rey».
Ellos vociferaban: «¡Que muera! ¡Que muera! ¡Crucifícalo!». Pilato les dijo: «¿Voy a crucificar a vuestro rey?». Los sumos sacerdotes respondieron: «No tenemos otro rey que el César».
Entonces Pilato se lo entregó para que lo crucificaran, y ellos se lo llevaron.
Jesús, cargando sobre sí la cruz, salió de la ciudad para dirigirse al lugar llamado «del Cráneo», en hebreo «Gólgota».
Allí lo crucificaron; y con él a otros dos, uno a cada lado y Jesús en el medio.
Pilato redactó una inscripción que decía: «Jesús el Nazareno, rey de los judíos», y la hizo poner sobre la cruz.
Muchos judíos leyeron esta inscripción, porque el lugar donde Jesús fue crucificado quedaba cerca de la ciudad y la inscripción estaba en hebreo, latín y griego.
Los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato: «No escribas: ‘El rey de los judíos’, sino: ‘Este ha dicho: Yo soy el rey de los judíos’.
Pilato respondió: «Lo escrito, escrito está».
Después que los soldados crucificaron a Jesús, tomaron sus vestiduras y las dividieron en cuatro partes, una para cada uno. Tomaron también la túnica, y como no tenía costura, porque estaba hecha de una sola pieza de arriba abajo, se dijeron entre sí: «No la rompamos. Vamos a sortearla, para ver a quién le toca». Así se cumplió la Escritura que dice: Se repartieron mis vestiduras y sortearon mi túnica. Esto fue lo que hicieron los soldados.
Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena.
Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien él amaba, Jesús le dijo: «Mujer, aquí tienes a tu hijo». Luego dijo al discípulo: «Aquí tienes a tu madre». Y desde aquel momento, el discípulo la recibió en su casa.
Después, sabiendo que ya todo estaba cumplido, y para que la Escritura se cumpliera hasta el final, Jesús dijo: Tengo sed.
Había allí un recipiente lleno de vinagre; empaparon en él una esponja, la ataron a una rama de hisopo y se la acercaron a la boca.
Después de beber el vinagre, dijo Jesús: «Todo se ha cumplido». E inclinando la cabeza, entregó su espíritu.
Era el día de la Preparación de la Pascua. Los judíos pidieron a Pilato que hiciera quebrar las piernas de los crucificados y mandara retirar sus cuerpos, para que no quedaran en la cruz durante el sábado, porque ese sábado era muy solemne.
Los soldados fueron y quebraron las piernas a los dos que habían sido crucificados con Jesús. Cuando llegaron a él, al ver que ya estaba muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con la lanza, y en seguida brotó sangre y agua.
El que vio esto lo atestigua: su testimonio es verdadero y él sabe que dice la verdad, para que también ustedes crean.
Esto sucedió para que se cumpliera la Escritura que dice: No le quebrarán ninguno de sus huesos.
Y otro pasaje de la Escritura, dice: Verán al que ellos mismos traspasaron.
Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús -pero secretamente, por temor a los judíos- pidió autorización a Pilato para retirar el cuerpo de Jesús. Pilato se la concedió, y él fue a retirarlo.
Fue también Nicodemo, el mismo que anteriormente había ido a verlo de noche, y trajo una mezcla de mirra y áloe, que pesaba unos treinta kilos. Tomaron entonces el cuerpo de Jesús y lo envolvieron con vendas, agregándole la mezcla de perfumes, según la costumbre de sepultar que tienen los judíos.
En el lugar donde lo crucificaron había una huerta y en ella, una tumba nueva, en la que todavía nadie había sido sepultado. Como era para los judíos el día de la Preparación y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús.

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Santa Ira

Temporal (A Coruña)

Temporal (A Coruña)

Introducción. La imagen con la que solemos pensar en Jesús es de paz, de dulzura y de alegría. Nos es fácil reconocerlo caminando por la orilla del mar de Galilea, con expresión de serenidad, de sentirse tremendamente amado, acompañado, habitado… Pensamos en él como el hombre que no teme a nada, al que nada le turba y nada le espanta. Poseedor de una claridad y de una certeza que le hace afrontar todas las dificultades con agilidad y hasta facilidad. Ni la fealdad de lo enfermo le provoca rechazo. Ni lo injusto, lo roto, lo desagradable del mundo, de la sociedad, del ser humano le cuesta acogerlo y amarlo. Nos da la impresión que ni la tortura física, ni la humillación, ni el abandono de los más íntimos le afectaba casi. Nos repetimos que Él era Dios y con eso justificamos la gran distancia que nos separa entre nuestra forma de vivir y la suya. “Quien dice que permanece en él debe vivir como vivió él”. 1ªJn 2,6. Entre Él y nosotros surgen sentimientos de admiración, de deseo de seguirle, pero demasiadas veces constatamos con tristeza que no nos salen los reflejos evangélicos. Que nuestra forma de afrontar los conflictos demasiadas veces acaba en heridas, en ruptura de la relaciones, en malos entendidos, en disputas.
Nuestras relaciones están llenas de personas que nos duelen. De recuerdos que nos han hecho sufrir, de culpables y causantes de nuestras desgracias y tristezas. Vivimos en la vigilancia, la sospecha, la indiferencia, la crítica, la burla y la descalificación. Olvidamos con mucha facilidad la humanidad de Jesús. Su vida y su historia son mucho más normales y parecidas a las nuestras de lo que nos imaginamos. La angustia que expresa en Getsemaní es real. Sus lágrimas frente al cadáver de su amigo Lázaro también. Su miedo, su angustia, su dolor, su soledad, son tan reales como los nuestros. “Entonces les dijo: Mi alma está triste hasta la muerte; quedaos aquí y velad conmigo”. Mt 26,38. Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre también, expresa que hay situaciones donde se pierde de vista la fe, la cercanía del Padre se borra, la alegría deja paso a la tristeza y al sufrimiento… Y eso no significa que estemos fuera del camino, significa que nuestra humanidad limitada se completa con la cercanía de Dios. “Jesús gritó con voz potente: Elí, Elí, lamá sabaktaní (es decir: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Mt 27,46.
Lo que Dios nos dice. Uno de los enfados más intensos de Jesús que quedan reflejados en el Evangelio, es el de la bronca que tiene con Pedro, cómo le pide que se aparte de su vida llamándole de una forma tremendamente dura: Satanás. “Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes, y escribas, y tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día. Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: ¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte. Jesús se volvió y dijo a Pedro: Aléjate de mí, Satanás. Eres para mí piedra de tropiezo, porque tú piensas como los hombres, no como Dios. Entonces dijo a los discípulos: El que quiera venir en pos de mí que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga”. Mt 16,21-24. En otros momentos se ve como Jesús también se llena de ira y de rabia.
O cuando expulsa a los mercaderes del Templo: Se acercaba la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas es dijo: Quitad esto de aquí: no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre. Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: El celo de tu casa me devora”. Jn 2,13-17.
O cuando mira con ira a los fariseos que le increpan por hacer una curación en sábado. Entró otra vez en la sinagoga y había allí un hombre que tenía una mano paralizada. Lo estaban observando, para ver si lo curaba en sábado y acusarlo. Entonces le dice al hombre que tenía la mano paralizada: Levántate y ponte ahí en medio. Y a ellos les pregunta: ¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer lo bueno o lo malo?, ¿Salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir? Ellos callaban. Echando en torno una mirada de ira y dolido por la dureza de su corazón, dice al hombre Extiende la mano. La extendió y su mano quedó restablecida. En cuanto salieron, los fariseos se confabularon con los herodianos para acabar con él”. Mc 3,1-6. Llama mi atención que los enfados de Jesús no son por algo que le afecte a Él. No se enfada porque le insulten, porque le mal interpreten… Nunca su enfado es defensivo frente a acusaciones erróneas, calumnias o mentiras. Se enfada por cómo maltratan a Dios, cómo maltratan a los hombres o cómo se maltrata la Palabra de Dios. Qué diferente a los motivos de nuestros enfados y de nuestras peleas. Cuidar la imagen, lo que los demás piensan o hablan de mí, vivir de la apariencia y defenderme de toda acusación, de toda sospecha. Cómo nos duele y nos afecta una corrección, una crítica, una aportación… Ya desde pequeñitos nos sale la famosa frase de: “Yo no he sido”. Qué alegría siente el que se reconoce limitado, frágil, humilde, y sabe que los enfados y los conflictos son la escuela para aprender a convivir. No siempre tengo la razón y no siempre soy poseedor de la verdad absoluta.
Cómo podemos vivirlo. Estamos comenzando un nuevo curso escolar, y nos podía servir de imagen para entender que nuestra vida está en constante camino y en constante evolución. No estamos terminados. Y nos podíamos matricular en la escuela de la humildad, del aprender a convivir… Del saber que hay cosas que nos molestan, que nos enfurecen, que nos duelen… pero que ser hombres, es ser personas que caminan, que caen, que se levantan y que siempre están acompañadas por la mirada misericordiosa y compasiva de nuestro Dios. Feliz ira que nos lleva a la humildad.

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