Fray Víctor Manuel

Benedicto XVI visita España. El Papa otra vez entre nosotros

Benedicto XVI

Benedicto XVI

Un chiste de círculos crericales cuenta que, en una ocasión, un solemnísimo predicador dijo en su sermón: “El Señor, antes de ascender al cielo, después de su resurrección, dejó a sus tres apóstoles preferidos sus tres tesoros más preciosos. A Pedro… le dejó la Iglesia; a Juan… de dejó su Madre; y a Santiago… ¡a Santiago le dejó España!

Bromas aparte, hemos de reconocer que una cierta predilección hacia nuestro pueblo sí que muestran los sucesores de San Pedro, ya que España es el país que más veces ha recibido la visita de un Romano Pontífice. Bromas aparte, insisto, pero esto ya dice algo de la identidad de nuestra tierra patria: España es tierra de María y tierra también del Papa, tierra de Iglesia.

La visita de Benedicto XVI despertó una grandísima expectación entre propios y extraños. Los católicos, sobre todo los que más encuentran en este calificativo el rasgo más importante de su propia identidad personal, porque es siempre una fuerte experiencia de Iglesia, una alegría enorme y una fiesta poder celebrar juntos la fe común bajo la presidencia del Papa. También esperaban expectantes otros, pero por motivos bien diversos.

Entre los pocos defectos que a día de hoy conocemos de Benedicto XVI está que se le entiende todo, pues el papa Ratzinger no se pierde en palabras en las que la retórica o la estética sean el elemento dominante.

Como buen alemán y como buen y sabio teólogo que es va al grano, llamando “al pan, pan, y al vino, vino”, ya que como máximo pastor en la tierra de la grey de Cristo, sabe que la Verdad es hermana siamesa de la Caridad y, con la suavidad de una voz siempre insuficiente ante el mensaje que sostiene, no deja de recordarnos que Cristo se autodefinió como LA VERDAD Y LA VIDA DE TODOS LOS HOMBRES Y MUJERES DE LA HISTORIA.

Que al defensor de la Fe y de la Moral Católicas se le entienda todo bien y que te visite, hace poder prever algo o mucho de lo que dirá, según sea el país que le acoge.

Cuando el país que le acoge es el primero de la historia de la humanidad en inventar el matrimonio entre personas del mismo sexo y lo aprueba por ley; cuando el país que le acoge es el primero de la historia de la humanidad que certifica por ley que abortar es un derecho de la mujer que ni siquiera se puede poner en tela de juicio en público; cuando el país que le acoge persigue los signos cristianos y se encuentra dividido en insolidaria competición de intereses regionalistas-nacionalistas, es de suponer que el Papa no va a hablar del Tercer secreto de Fátima precisamente.

Los prejuicios y las expectativas son inevitables para todos, pero cerrarse en ideologías que no admiten la réplica o la crítica empobrece y es propio de fundamentalistas, ya sean “laicos” o sean gente de religión.

Esto de los prejuicios y las expectativas ya aconteció en el reciente viaje de Su Santidad a Inglaterra, pero los ingleses reaccionaron y dijeron “esperábamos a un rottweiler y hemos encontrado a un viejo santo”. Con el paso de los días veremos que síntesis somos nosotros capaces de hacer.

Quiénes se cuentan entre los que han calentado la visita del Papa vemos, sin excepción conocida, a grupos que chocan frontalmente por su estilo de vida con la fe y la doctrina que presenta y representa el Papa.

Hay grupos de cristianos, entre los que se encuentran Somos Iglesia,  Església plural o Església Segle XXI, a los que parece que sólo les interesa el coste de los viajes del sucesor de Pedro para poder arremeter contra él.

Nunca han manifestado el menor interés por saber qué representa la visita de Chávez de Venezuela o de Obiang de Guinea, dos joyas de la corona cuya presencia entre nosotros no nos aporta nada, excepto acoger a dictadores de oscuro pasado y imprevisible futuro.

Por cierto, ninguno de los que ahora critican se interesó por el coste que representó para el erario público las vacaciones privadas de la Sra. Obama, con las reformas y gastos de seguridad pública que dicho viaje nos acarreó.

Hay unos costes, sí, relacionados con el ámbito público en la visita del Papa: la sala de prensa, la instalación de pantallas… En el caso de Barcelona, hay una parte conocida que son 600.000 euros, de los que la mitad los cubre la Iglesia de Barcelona, y la otra mitad se reparten entre Diputación, Generalitat y Ayuntamiento.

La Xunta de Galicia ha indicado que el coste de la visita sería de unos 3 millones de euros, de los cuales 1,5 millones corresponden a la retransmisión del evento por televisión.

Vale la pena recordar, para aquellos que dicen que con su dinero no están dispuestos a pagar el viaje del Papa, que si tuviéramos que preguntar a cada ciudadano si está de acuerdo en lo que se gasta el dinero público habría mucho que decir sobre, por ejemplo, los más de 400 mil euros dedicados durante la última campaña electoral por la Generalitat catalana a financiar a unas pocas entidades del feminismo radical y del homosexualismo político (precisamente algunas de las que nutren la protesta por la visita del Papa).

¿Podemos estar de acuerdo la mayoría de los ciudadanos en que esto es una prioridad? Es evidente que no, y esto es un millón de veces más discutible que la visita del Papa que, en definitiva, es el líder religioso y moral más importante del mundo.

Otra crítica a este viaje consistía en que España es un estado laico –aconfesional, dice la Constitución, y no es lo mismo- y que el Papa no tenía derecho a copar un espacio público que pertenece también a los que ni lo esperan ni lo quieren en España.

Y digo yo, ¿no sucede algo semejante con marchas sindicalistas o de otros colectivos? ¿No ocurre algo parecido con eventos como “El Orgullo Gay”, que paraliza ciudades enteras con una colorida manifestación pública a la que tienen derecho, aunque la mayoría de la población no se identifique con sus carrozas ni con sus iconos de identidad?

Todos los colectivos arriba citados tienen derecho de libre reunión y de pública manifestación, pues la Constitución así lo reconoce, pero ese derecho no nos puede ser amputado a los católicos por mucho que nuestra presencia incomode a otras personas y personajes influyentes. No hay derecho a que se nos quiera privar de nuestros derechos por ser católicos, y la ley así lo dice.

Esto fue lo que calentó el viaje, con la pasión y el entusiasmo de cientos de miles de cristianos que, acudieran a Santiago y a Barcelona o no, siguieron la visita del Papa, o con los arrebatos y soflamas de los que no lo querían aquí. Ahora veamos algo de lo que esta visita supuso.

Con su voz suave, casi frágil, y sin apenas errores perceptibles, tampoco en las pocas palabras que pronunció en gallego, Benedicto XVI dejó formuladas en el aire de Santiago de Compostela, en la homilía de la eucaristía que celebró en la tarde del día 6 en la Plaza del Obradoiro, una serie de incómodas preguntas que interpelan directamente a una Europa que margina sus raíces cristianas. “¿Cómo es posible que se haya hecho silencio público sobre la extinción de la realidad primera y esencial de la vida humana? ¿Cómo es posible que se le niegue a Dios (…) el derecho de proponer esa luz que disipa toda tiniebla?”

Fueron todas ellas preguntas de calado, verdaderas cargas de profundidad para la conciencia de una Europa que, como apuntó el Papa, desde el siglo XIX no ha dejado de gritar y propagar a los cuatro vientos que “Dios es el antagonista del hombre y el enemigo de su libertad”.

Ya en Barcelona, lo que hasta el mediodía del día 7 no eran sino gestos y detalles significativos, se desbordó a las cuatro de la tarde. A esa hora, los gritos y bailes de unos dos mil jóvenes hacían temblar toda la Plaza Catalunya, en el inicio de las Ramblas, ante el asombro de quienes paseaban ajenos a lo que allí sucedía. La normalidad expectante había dado paso al entusiasmo desbordado, a una “manifestación” sin una institución convocante.

Coordinados a través de la iniciativa que un grupo de jóvenes de la capital catalana impulsó hace un mes en una conocida red social, han conseguido sobradamente el objetivo de demostrar que Barcelona sí espera al Papa.

Ataviados con banderas del Vaticano, camisetas y alguna pancarta, estuvieron durante media hora botando al ritmo de conocidos temas musicales, salidos de una potente megafonía. Los cánticos propios remitieron a ya clásicos, como “ésta es la juventud del Papa” o “viva el Papa, oé, oé”.

Son jóvenes, católicos sin complejos y unidos únicamente a través de su vinculación a parroquias. Sin una organización detrás, suman muchos más que los que hace dos días se manifestaron en la Plaza de Sant Jaume para decirle al Papa que no le esperaban. Los jóvenes del Papa le ofrecen toda su fuerza, ilusión, cariño y fe, aunque no sean noticia.

Que los españoles “avancen por los caminos de la paz, la concordia y la solidaridad, en consonancia con su rico patrimonio de valores humanos y cristianos. Es el deseo de Benedicto XVI, expresado de este modo en un telegrama enviado al Rey don Juan Carlos después de dejar España en la noche del domingo 7 de noviembre.

En dicha nota, el Papa ha reiterado su profundo agradecimiento por la calurosa acogida que me han dispensado, en “un viaje que deseaba realizar desde hace tiempo y que repetirá en menos de un año, el próximo mes de agosto, con ocasión de la Jornada Mundial de la Juventud que tendrá lugar en Madrid.

En este 18º viaje de su Pontificado y segundo a nuestro país, los días 6 y 7 de noviembre, Benedicto XVI ha venido como peregrino en el Año Santo Compostelano, arrodillado a los pies del Apóstol que ya nos unió antaño para afrontar otras invasiones, para confirmar nuestra fe y avivar nuestra esperanza. Así lo dijo en su visita a la Catedral de Santiago de Compostela, en la nublada mañana del sábado 6 de noviembre.

Con todo, fueron las palabras que pronunció durante el vuelo que le llevaba a Santiago las que coparon los titulares de la prensa del día siguiente, con no pocas críticas, y las que ha guiado en cierto modo sus dos jornadas en España.

España ha sido siempre, por una parte, un país originario de la fe –dijo durante el habitual encuentro con los informadores de su vuelo–. Pero también es verdad que “en España han una laicidad, un anticlericalismo, un secularismo fuerte y agresivo, como pudimos ver precisamente en los años treinta. Esta disputa, más aún, este enfrentamiento entre fe y modernidad, ambos muy vivaces, ha vuelto a reproducirse de nuevo en la España actual.

Y seguidamente el Papa añadió que el futuro de la fe y del encuentro –no del enfrentamiento, sino del encuentro– entre fe y laicidad, tienen un foco central también en la cultura española”.

Como colofón de la visita del Papa, el Presidente del Gobierno Español, José Luis Rodríguez Zapatero llegó oportunamente a la ceremonia de despedida que tuvo lugar en el aeropuerto de El Prat.

Durante unos diez minutos, Presidente y Pontífice mantuvieron un encuentro “breve y cordial”. Benedicto XVI ha agradecido a Rodríguez Zapatero el “gran esfuerzo” que ha hecho el Gobierno central para que la visita en Santiago de Compostela y Barcelona transcurriese sin sobresaltos.

Por su parte, Rodríguez Zapatero ha manifestado al Papa la disposición del Gobierno central a colaborar en la Jornada Mundial de la Juventud en Madrid en agosto de 2011.

Finalizamos estas páginas sobre esta breve pero importantísima visita de Su Santidad el Papa Benedicto a nuestro país con una breve reseña de la idea central de cada una de las alocuciones que dirigió a los fieles y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad que le quisieron y quieren hoy escuchar.

El Papa, en la Misa del Obradoiro: Europa ha de abrirse a Dios, salir a su encuentro sin miedo”.

Llegada a Compostela: He peregrinado a Santiago para confirmar vuestra fe y avivar la esperanza”.

El Papa en el Nen Dèu: No al progreso sin dignidad humana”.

En la Misa de la Sagrada Familia, Benedicto XVI pidió apoyo legislativo para la familia y la natalidad.

Nada más por ahora, nada más que desear que todos reavivemos nuestra fe y nuestra alegría por ser cristianos con el testimonio de este viejo santo que es el sucesor de San Pedro llamado Benedicto XVI.

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Domund'2010. Los hermanos Malacara

Erase una vez una ciudad de gente fea, sí, toda la ciudad. Para encontrar alguien guapo había que ir a los establos para mirar a las mulas y los bueyes, porque si nooo… La ciudad se llamaba “Y tú más”.

Cada familia tenía su punto propio, a cada cual más feo. Algunos eran feos como el pitufo gruñón, con el ceño siempre fruncido y cara de regañar hasta a las flores porque no se abrían antes del amanecer.

Otros eran feos por vocación, y parecía que alguien se había jugado a los dados donde ponerles los ojos o la nariz, desparramados por la cara.

De hecho, en el cine de la ciudad de “Y tú más” no se ponían películas de miedo porque la gente se las tomaba a risa mientras se miraban unos a otros comparándose con los monstruos y vampiros.

Entre esa panda de feos había dos clases de feos: los que no sabían que lo eran porque, además de feos, no eran muy listos, y los que eran listos y sí sabían que darían miedo al mismísimo hombre lobo y, claro, por eso vivían tristes y sin ganas de nada.

El caso es que en la ciudad “Y tú más” todo era un desastre, todo estaba feo, roto y pobre, porque sus habitantes no tenían ganas de esforzarse por vivir mejor de triste que era su fea vida.

Había una familia que se llevaba siempre el premio de honor cuando, cada año, se elegía al hijo más distinguido de la ciudad “Y tú más”.

Eran cuatro hijos que, cuando se ponían juntos, hacían como una escalerita ya que de uno a otro se sacaban la misma estatura de diferencia, claro que, cuando se ponían juntos nadie los miraba –ni siquiera el alcalde de la ciudad, que era de los feos por vocación- ya que estos hermanos asustaban al mismo miedo de feos que eran.

Eran los famosos y temidos hermanos Malacara.

Un día llegó un equipo de médicos y fisioterapeutas a la ciudad. No tenían mucha pinta de sanitarios, pues además tenían la consulta en la casa del jefe de los médicos, y esta casa era una carpintería.

Este equipo médico comenzó visitando las casas que estaban a las afueras de la ciudad y, sin que nadie supiera cómo, cuando entró en la primera casa, la de la familia Aguarrás, comenzaron a salir fuegos artificiales y bengalas por las ventanas y por la chimenea, y la casa acabó reconstruida y más limpia que antes de llegar los médicos.

Todo el mundo que estaba cerca se quedó mirando a ver qué pasaba y, de repente, comenzó a salir de la casa gente extraña; se parecían a la familia que siempre había vivido allí, pero no, no podían ser ellos porque… puajjj, ¡¡¡eran guapos!!! ¡¡¡y además sonreían!!!

Después de superar el asquito que sentían los feos vecinos de la familia Aguarrás –que desde entonces se cambiaron el nombre por el de “Agua de colonia”- dichos vecinos comenzaron a ver las ventajas del cambio: por la visita médica aprendieron a vivir mejor, a quererse más y pudieron tener más cosas para poder vivir bien. Claro, eso les daba más y más motivos para sonreír y ya no paraban de hacerlo poniéndose más guapos.

Una familia tras otra invitó al médico-carpintero a su casa, y… bengalas y fuegos artificiales empezaron a estallar; se oían risas por todas partes y se veía a la gente abrazándose y mirándose al espejo sin parar por cómo les había cambiado la cara y la vida entera.

El ruido y la luz se oía hasta en el centro de la ciudad, allí donde vivían los hermanos Malacara, justo al lado del Ayuntamiento donde el alcalde –recordad, uno de los feos por vocación- empezó a organizar al cuerpo de policía –los polifeos- para que pusiera orden (los polifeos de esta ciudad no llevan armas, porque con enseñar la cara ya meten miedo de sobra).

Cuando los polifeos volvieron para informar al alcalde, él los reconoció sólo por el uniforme pues venían guapos como un niño de primera comunión y, claro, así no podían hacer su trabajo, y los despidió.

El alcalde envió el cuerpo especial antidisturbios para que echara de la ciudad al médico-carpintero y a su equipo sanitario, porque esos cambios en la gente ponían en peligro el feo orden de la ciudad y ya no hubo más bengalas ni más fuegos artificiales, pero ya era tarde, el alcalde no pudo evitar que todo comenzara a cambiar.

Además de los feos en la ciudad ahora había gente guapa y simpática que trataba con cariño y alegría a los demás, gracias a haber conocido a ese médico-carpintero y a su equipo que tanto les mejoraron la vida.

Los feos que además eran menos listos luchaban contra los guapos y les hacían la vida imposible, pero había feos que no eran tan tontos y descubrieron la forma de contagiarse de los guapos.

De todas formas, la ciudad seguía dividida y los feos tenían el poder porque el alcalde -ese feo por vocación que era además más tonto que pichote- había tomado como escolta a los hermanos Malacara y quemaban las fotos que habían hecho al médico-carpintero y prohibían hablar de él para que nadie más aprendiera a dejar de vivir esa fea vida que llevaban.

Pero, a pesar de todo, el equipo de médicos del médico-carpintero seguía adelante con su misión.

Pese a la persecución de esa panda de feos, seguía habiendo familias guapas que contagiaban el cambio que a ellos el médico-carpintero les había regalado, y tenían la secreta esperanza de que él volvería para echar a los feos sin solución de la ciudad y hacer guapos a todos los demás, a todos los que se dejaran, claro.

Un buen día, justo antes de amanecer, un ruido fuerte pero bonito despertó a los habitantes de la ciudad. ¡¡¡Era el médico-carpintero que había vuelto!!! Y no venía solo sino que traía un montón de gente guapísima que le ayudaba a entrar en todas las casas para cambiar la vida de los feos en una vida digna y feliz.

Claro, que no lo hacían con todos, porque había gente de esa fea por vocación que cerraba las puertas con siete cerrojos para que no cambiara nada.

El caso es que el regreso de ese médico guapísimo y tan genial hizo que en la ciudad no quedara un solo feo, ya que los que no le habían querido abrir para que cambiara su vida se marcharon a otra ciudad ya que a éste le cambiaron el nombre.

Ahora la ciudad se llamaba “Bella Villa” y, claro, los feos no tenían sitio en ella.

Así es nuestro mundo, un mundo de feos y antipáticos que persiguen a los que han abierto las puertas de su vida a ese médico-carpintero que se llamabaaaaa, (ays, ahora no me sale); pero a pesar de la persecución y de que los feos en este mundo tiene más fuerza, los que se dejan contagiar de belleza y no tienen miedo a cambiar van mejorándolo todo.

Además, muchos de ellos van por todo el mundo buscando ciudades donde la vida es fea y la gente sufre por ello, para hacer de esas ciudades nuevas Villas Bellas, como si el Médico-Carpintero siguiera aun al frente de su Equipo-Médico, porque verdaderamente lo sigue estando.

Esos sanitarios de la vida siguen adelante con su misión, con la seguridad, además, de que llegará un día en que el médico–carpintero volverá para cambiar el nombre de nuestro mundo y hacer que en él no quede sitio más que para risas, abrazos y simpatía. Todo eso celebramos hoy, en la Jornada del Domund.

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Jesús y los pobres ayer y hoy (inspirado en un texto de Xavier Pikaza)

El Señor, ciertamente, asumió la tradición israelita que exige proteger a los pobres, a los que vivían en la total vulnerabilidad y desamparo (extranjeros, huérfanos y viudas), pero la amplió hacia todos los necesitados. Asumió, sin duda, el programa sabático y jubilar del Deuteronomio y de Lev 2 (con el perdón de las deudas, la libertad de los esclavos y el reparto de tierras), pero quiso aplicarlo al pie de la letra iniciando un camino más universal de liberación: la redención y la salvación de todo ser humano en todo lo que cada ser humano es y tiene: cuerpo, espíritu, psicología, sentimientos, memoria, biografía, etc.

Su acción se sitúa en la línea de aquello que actualmente llamaríamos defensa de los derechos humanos, pero desborda ese nivel porque la fuerza de la gracia lleva más allá de la exigencia de lo meramente lógico, humano, natural, que puede imponerse por leyes cuando no se impone por sentido común.

1. Amó a los pecadores “oficiales”, varones y mujeres a quienes la tradición legal judía consideraba impuros. La tradición le coloca junto a publicanos (judíos recaudadores al servicio de la invasora Roma imperial) y prostitutas (cf. Mt 21, 31), es decir, de aquellos que “vendían” (tenían que vender) su dignidad (su identidad de hijos de Dios) por razones de dinero. Jesús fue a buscarles para invitarles al Reino, iniciando con ellos un camino de nueva humanidad: no les condenó ni expulsó, no les obligó a reparar de un modo penitencial (en cárcel o castigo) el mal que habían hecho, sino que les ofreció su perdón, su respeto y su amor para que recobraran la dignidad perdida y comenzaran un camino de vida nueva.

2. Buscó de un modo especial a los enfermos, leprosos y posesos, es decir, a los más pobres, los hombres y mujeres a quienes la “buena sociedad” consideraba malditos y expulsaba del espacio de la familia y comunidad. Muchos pobres actuales son como aquellos antiguos leprosos: apestados a quienes se expulsa de la sana sociedad; poseídos por la droga, amenazados por el “sida” y otros males. En su mayoría son enfermos o débiles mentales, como los antiguos endemoniados: incapaces de asumir la libertad de un modo activo, en un entorno duro que tendía (y tiende) a marginarles.

3. Compartió su camino con los pobres concretos (en un plano económico), ofreciéndoles no sólo la bienaventuranza del Reino (Lc 6, 20 par), sino un lugar en su mesa, abierta como espacio de encuentro para todos (cf. Mc 6, 30-44; 8, 1-10 par). Evidentemente, los pobres no eran piadosos y llenos de Dios, incapaces de cometer crimen alguno. Hoy como entonces, muchos pobres resultan “peligrosos” para la buena sociedad que les expulsa, ignora y/o utiliza.

Jesús no empezó trazando para ellos un programa penitencial de cambio e inserción en la sociedad constituida, sino que les acogió y reconoció tal como eran, ofreciéndoles a ellos y a todos los hombres, un camino de esperanza y redención, una buena nueva de reconciliación abierta al Reino desde una vida liberada de las cadenas de la injusticia, del pecado y de la marginación social.

4. Jesús inició un mensaje y camino de liberación al servicio de unos marginados que eran como los actuales: prostitutas, compradas y vendidas por comercio sexual; publicanos, manipulados por cuestión económica; niños sin familia, militares colaboradores de Roma, extranjeros rechazados por los judíos puros… Entre ellos se mantuvo, por ellos ofreció su Palabra.

Ciertamente, no quiso ser un marginado pues no estuvo sólo con los excluidos, también con los puros. Con unos y otros habló; para unos y otros ofreció su mensaje, en gesto de doble pertenencia porque el “Dios con nosotros” es “Dios para nosotros”, para todos nosotros.

Vivió y murió como mesías de frontera, mediador entre la “buena sociedad” (que lo acabó matando) y los marginados o peligrosos de esa sociedad (con los que murió crucificado). Por eso, su memoria, celebrada por la Iglesia, resulta inseparable del recuerdo de su conflicto social que aun hoy perdura y es nuestro conflicto social:

+porque nos afecta como víctimas;

+porque nos involucra como cómplices o nos desafía como enemigos de su injusticia.

Más que una religión en el sentido espiritualista (intimista), más que una organización social (estado bien estructurado), Jesús predicó e inició el Reino de Dios, es decir, un movimiento liberador iniciado en el seno de la justicia de Dios especialmente dirigido a los más pobres de su tiempo (marginados, hambrientos) pero también a todos los demás, pues todos soportamos algún tipo de opresión, de miedo, de incertidumbre ante nuestro presente y ante nuestro futuro.

No fundó una escuela de sabios intérpretes de la voluntad de Dios, ni un grupo de orantes separados del mundo, sino que conoció las opresiones y compartió los sufrimientos de los últimos del mundo para neutralizar los efectos deshumanizadores de la pobreza, muriendo incluso en el centro de la conflictividad social y humana de su tiempo. Por eso la Iglesia (los cristianos) hemos de ser capaces de encarnarnos como Él en el centro de la conflictividad humana para, como Él, neutralizarla en bien de todo ser humano.

Jesús no teorizó sobre el sentido del Reino, sino que hizo algo mucho más importante: asumió y actualizó con su vida y con sus obras la promesa de Evangelio (liberación integral), que se expresaba, sobre todo, en el libro de Isaías, ofreciendo a los pobres de su entorno la buena noticia práctica de la llegada de Dios, es decir, de la liberación de los más pobres y de todos con ellos por el camino nuevo de la reconciliación y la fraternidad hacia la plenitud absoluta, destino real de todo ser humano creado por Quien es esa absoluta plenitud de vida.

Se ha cumplido el tiempo, es tiempo de buena noticia para los pobres. Esta certeza de que el tiempo se ha cumplido y de que irrumpe el Reino de Dios como victoria de la vida y de la gracia de Dios sobre todos los signos de muerte, llena toda la historia de Jesús y fundamenta, de manera radical, sus gestos y palabras.

Este mensaje y el inicio de su puesta en acción es la razón de su Encarnación, el signo básico de su vida. A partir de aquí han de interpretarse sus restantes palabras de promesa y esperanza: el perdón, las curaciones y, sobre todo, el anuncio de la bienaventuranza para los pobres.

Ese Evangelio de los pobres es una enseñanza misteriosa SOBRE LAS CLAVES PARA DESACTIVAR EL MAL, EL DOLOR Y LA MUERTE como frustración radical del hombre y de la mujer.

El Evangelio sirve para desvelar los valores ocultos o profundos de las cosas (de la vida, de Dios o de los hombres), es la voz definitiva de Dios que, irrumpe sobre el mundo y crea lo que dice, ofreciendo bienaventuranza a los más pobres al hacerles protagonistas de su propia promoción material y espiritual y también promotores de la redención de los que, sin saber que todos tenemos alguna pobreza, somos causantes de la pobreza misma con nuestro estilo de vida “progresista y liberal”.

Resurrección de los muertos. Los muertos son los pobres de los pobres, aquellos que no tienen ni salud, ni medios económicos ni vida; son los derrotados por la dura condición humana que “destruye” a todos los vivientes.

El Evangelio de Jesús culmina con la esperanza de resurrección de los muertos. Al anunciar la resurrección de los muertos, la Iglesia ha vinculado el Evangelio de los pobres con la esperanza pascual de Jesús, que se expresa como triunfo de la vida sobre la muerte. De esa manera, la resurrección final, que será luego el centro del mensaje de la Iglesia, sólo puede entenderse y proclamarse allí donde LOS CRISTIANOS ASUMEN el camino de Jesús, con su Evangelio o buena noticia para los enfermos y los pobres.

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El Padre, el Hijo y… el evangelio de los 10 leprosos

Un hombre importante y poderoso y su Hijo tenían gran pasión por el arte. Tenían de todo en su colección; desde Rafael o Velázquez hasta Picasso. Muy a menudo, se sentaban juntos a admirar las grandes obras de arte, pero lo que más les gustaba hacer juntos era pintar cuadros.

El Hijo tuvo que ir a la guerra a defender a unos países pobres y pequeños que eran atacados por otro país que quería dominarlo todo. En lugar de armarse con un fusil en la batalla, se puso un brazalete con una cruz y se puso a ayudar a heridos y a rescatar a los que se quedaban en medio del peligro y no podían salvarse por sí mismos.

Fue muy valiente y salvó a muchos. Un día, después de haber salvado a nueve soldados de una muerte segura, mientras rescataba al décimo murió en la batalla y su cuerpo quedó allí, en medio de la nada, sin que los nueve que había salvado antes se preocuparan de él. Sólo el décimo se arriesgó a recoger su cuerpo con respeto y gratitud.

El Padre recibió la noticia y sufrió profundamente la muerte de su único Hijo. En cuanto pudo controlar sus lágrimas, se puso a pintar un retrato de su Hijo. El Padre pensaba: “El mundo debe recordar lo que ha hecho mi Hijo, pues él dio la vida por salvar a otros, y eso no se puede olvidar.

El Padre pintó el retrato de su Hijo con tanto amor que, cuando lo acabo, el retrato parecía que estaba vivo. El Padre le había dado vida otra vez por tanto amor como le tenía.

Un mes más tarde, justo antes de la Navidad, alguien tocó a la puerta. Un joven con un gran paquete en sus manos dijo al Padre: “Señor, usted no me conoce, pero yo soy el soldado por quien su Hijo dio la vida. Él antes salvó nueve vidas ese día, me estaba llevando a un lugar seguro cuando una bala le dio en el pecho, atravesándole el corazón.”

El muchacho extendió los brazos para entregar el paquete: «Yo sé que esto no es mucho. Yo no soy un gran artista, pero creo que a su Hijo le hubiera gustado que usted recibiera esto

El Padre abrió el paquete. Era un retrato de su Hijo, pintado por el joven soldado. Él contempló con profunda admiración la manera en que el soldado había captado la bondad de su Hijo en la pintura.

El Padre dijo al muchacho: “Has sabido captar algo de lo más importante de mi Hijo, y eso es porque te sientes en deuda con él y le estás agradecido por salvarte. Ven a mi casa tan a menudo como quieras y puedas para que recordemos juntos a mi Hijo. En esos ratos juntos podrás contemplar el retrato que yo he hecho de mi Hijo y retocarás tu propio retrato hasta hacerlo tan vivo como yo lo he hecho. Eso hará que mi Hijo viva en ti y que tú puedas hacer algo por merecer lo que él hizo por ti haciendo lo mismo por otros, ayudándoles a salvar su vida.”

El joven soldado agradeció el ofrecimiento y empezó a visitar muy a menudo la casa del Padre, recordando al Hijo y queriéndole cada vez más. Un buen día, cuando el muchacho llegó para hacer su visita a la casa del Padre, encontró la puerta de entrada cerrada con una nota para él en el centro.

La nota decía: “Me marcho, pero volveré. Todo lo que tengo será subastado para que otros disfruten de mis bienes. He dejado instrucciones sobre cómo debe hacerse todo, y si tú quieres algo de lo mío debes seguir esas instrucciones y confiar en que puedes conseguir lo que verdaderamente quieras, lo que ames. Confía en mí.”

Nueve importantes y ricos coleccionistas de arte acudieron a la subasta con grandes expectativas de hacerse con algún famoso cuadro de la colección. Sobre  la plataforma central estaba el retrato del Hijo que había pintado el Padre, el mismo retrato que sirvió como modelo al joven soldado para aprender a pintar su propio retrato. El cuadro llevaba por único nombre “El Hijo”.

El subastador golpeó su mazo para dar inicio a la subasta. «Empezaremos la subasta con este retrato del Hijo, ¿quién ofrece por este retrato?»

Hubo un gran silencio. Entonces una voz del fondo de la habitación grito: «Queremos ver las pinturas famosas, las que en el mercado valen tanto. Olvídese de esa.» Sin embargo el subastador insistió: “¿Alguien ofrece algo por esta pintura? ¿Cien euros?, ¿ochenta euros?«.

Otra voz gritó con enfado: «No venimos por esa pintura, pues en el mercado nadie daría nada por ella. Venimos por los Van Goghs, los Rembrandts y los Picassos. Vamos a los cuadros de verdad«. Uno tras otro, los nueve coleccionistas vociferaban reclamando que “El Hijo” fuera aparcado en un rincón para poder hacer negocio.

Pero aún así el subastador continuaba su labor: «El Hijo, El Hijo, El Hijo… ¿Quién se lleva El Hijo?«. Finalmente una voz se oyó desde atrás, el joven soldado, el décimo que el Hijo salvó, ofreció lo único que tenía, dos euros. Los ricachones se rieron del muchacho por lo pobre que era.

«Tenemos dos euros ¿Quién da veinte?«, grito el subastador. La multitud se estaba enojando mucho.  No querían quedarse con «El Hijo», sino las pinturas que representaban una ganancia económica importante. El subastador golpeó por fin el mazo: «A la de una, a la de dos, VENDIDA por dos euros«.

«Empecemos con la colección«, gritó uno. El subastador soltó su mazo  y dijo: «Lo siento mucho, damas  y caballeros, pero la subasta ha terminado«. “Pero, ¿y las pinturas valiosas?«, dijeron a una los otros nueve coleccionistas interesados.

«Lo siento» Contestó el subastador «Cuando me llamaron para conducir esta subasta, se me dijo de una instrucción secreta puesta por el dueño. Yo no tenía permitido revelarla hasta este preciso momento. Solamente la pintura de  «EL HIJO» sería subastada. Como esa pintura era la única que tenía verdadero valor para el Padre todo lo demás se daría, gratuitamente, a quien pujara por “EL HIJO”. El hombre que aceptó quedarse con «EL HIJO» se queda con TODO«.

Dios nos ha entregado a su Hijo, quien murió en una cruz hace 2.000 años por salvar a cada persona herida en medio de la batalla de la vida. Así como decía el subastador, el mensaje del Padre hoy es: «EL HIJO, EL HIJO, ¿QUIÉN SE LLEVA EL HIJO?» Quien ama al Hijo y hace una copia de su retrato con su propia vida lo tiene todo.

Para terminar, escuchemos un eco del evangelio directamente llegado del cielo: “¿No eran diez los leprosos que quedaron sanos? ¿Sólo ha vuelto este extranjero samaritano para quedarse conmigo? Tú has elegido al Hijo y has creído en Él, por eso ahora lo tendrás todo: la felicidad en esta vida y una mucho mayor y para siempre después, porque quien vuelve a mí para quedarse con el Hijo, conmigo lo encontrará todo. Ánimo, a ti tu fe sí que te ha salvado”.

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La Fe verdadera es operativa y agradecida (XXVII T.O.)

 

Arco iris en los Fiordos de Noruega

Arco iris en los Fiordos de Noruega

 

«El justo vivirá por su fe”, es una frase de la Biblia que todos conocemos ante la que más de uno diremos: “PUES ESTAMOS DADOS SI NUESTRA FE ES TANTA COMO ES NUESTRA JUSTICIA ANTE DIOS”.

Todos tenemos un buen número de pecados y de injusticias a nuestras espaldas, y a menudo los sentimos como un peso insoportable que nos quita la paz y la alegría de sabernos en gracia, en verdadera amistad con Dios.

Gracias a Dios, la frase con la que empezábamos esta homilía se debe entender de otro modo al que decía antes: NO ES NUESTRA JUSTICIA LA QUE MARCA LA MEDIDA DE NUESTRA FE, sino la vida de fe la que nos hace justos, la que nos une a Dios y nos hace cada vez más capaces de obrar según su voluntad.

La fe es poderosa; la vida de fe es lo que nos enseña a disfrutar de la vida siendo una presencia bendita y amable para los demás, y ¡¡¡ CUÁNTO NECESITAMOS TODOS DE ESA FE Y DE ESA FELICIDAD !!!

Hoy podemos comprobar, ¡otra vez!, cómo la búsqueda de una vida de fe puede remover el corazón de Cristo. “¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!”.

Este es el grito de los diez leprosos en los que se simboliza el clamor de toda la humanidad, pues leproso es el que sufre por una marca maldita que le deforma y envilece (el pecado) y el “diez” es un número simbólico que en la Biblia es usado para expresar totalidad. La respuesta es inmediata y fulminante: “Id y presentaos a los sacerdotes” (Lc 17,14).

Él, que es el Señor, muestra su poder y ellos su fe, ya que mientras iban, quedaron limpios al haber creído en la Palabra del Rabbì de Nazaret. Esto nos muestra que la medida de los dones de Dios es, justamente, la medida de nuestra confianza en Él.

¿Qué hemos de hacer nosotros, pobres y necesitados de todo aquello que nos conduzca a una vida que aquiete y sacie nuestro corazón, qué hemos de hacer nosotros ante Dios, sino buscarle, pedir y confiar en que Él nos atenderá?

Pero no basta con creer y pedir. Es necesaria una fe operativa, VIVA,  que nos mueve a obedecer las indicaciones de Dios (“Id y presentaos a los sacerdotes” o, como en la primera lectura, “Báñate en el Jordán siete veces”). Basta un mínimo de sentido común para entender que “nada es demasiado difícil de creer cuando se toca a Aquel para quien nada es demasiado difícil de hacer” (Beato J. H. Card. Newman).

La fe que mueve montañas no es un creer abstracto que se mueve al hilo de incesantes y repetidas plegarias, sino un modo de vivir tomando a Dios como centro y referencia de todo en la vida cotidiana: en las compras, en la solidaridad, en las relaciones con los demás,… Si no recibimos más de Dios es porque “obligamos” poco al Señor con nuestra falta de confianza y de obediencia a su voluntad.

– La fe eficaz es la de aquél que cree, que pide, que obedece y que agradece por el desbordamiento de alegría que produce la experiencia de saber que Dios me ama y se ocupa de mí: “uno de ellos (de los diez leprosos), viéndose curado, se volvió glorificando a Dios en alta voz; y postrándose rostro en tierra a los pies de Jesús, le daba gracias” (Lc 17,15-16).

Pero… de diez beneficiarios de aquel gran milagro, sólo regresó uno, sólo agradeció uno, sólo a uno el don de Dios le cambió la vida y le sirvió para convertirse a una vida en la que arrodillarse ante Jesucristo le llevara a vivir siempre de pie ante todos los demás. La conversión a la que Dios nos trata de mover es ese cambio de agujas que, como a los trenes, nos orienta en una dirección diferente a la que se llevaba previamente.

Vea cada uno cuál es la dirección de su vida y de sus obras para plantearnos todos si no será este el momento de comenzar a ser verdaderamente agradecidos con Dios, con esa gratitud que a Él le agrada y que consiste en obedecer esa divina Voluntad que Cristo nos dejó en tan breves como sabrosas palabras:

– “Haced esto en memoria mía, dad de comer y de beber a quien lo necesite, lavaos los pies unos a otros y amaos como yo os he amado. En eso conoceré que sois mis discípulos”.

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