Fray Víctor Manuel

San José. III Domingo de Adviento

San José

San José

Hoy, la liturgia de la Palabra nos invita a considerar y admirar la figura de San José, un hombre verdaderamente bueno, “justo” dice el texto original del Evangelio, con una palabra griega que sólo se usa para nombrar la misma justicia de Dios. Ya desde aquí vemos como San José no era sólo un hombre bueno, sino que era bueno y justo con la bondad y la justicia de Dios.

Todos debemos a Dios Padre Creador nuestra identidad individual como personas hechas a su imagen y semejanza, ES DECIR, QUE TODO LO BUENO QUE TENEMOS RESALTA NUESTRO PARECIDO CON DIOS, PORQUE SON DONES Y VIRTUDES QUE DIOS COPIÓ DE SÍ MISMO A LA HORA DE CREARNOS A CADA UNO.

Dios nos entrega los medios y herramientas para que podamos secundar su obra en nosotros y a través de nosotros y, de nuestra respuesta a su Voluntad, depende que la semejanza que tenemos con Dios se acreciente –eso es la santidad- o se frustre.

EL USO QUE HAGAMOS DE CUANTO SOMOS Y TENEMOS PUEDE HACERNOS VIVIR UNA VIDA EN LA QUE SE TRANSPARENTEN LOS RASGOS DE DIOS o puede, por el contrario, hacer fracasar el sueño de Dios sobre nosotros. Esa es la enorme responsabilidad del cristiano.

No dudemos de que José, con su trabajo y con su modo de vivir, con su forma de ser fiel a sus compromiso en su entorno familiar y social, se ganó el “Corazón” del Creador, considerándolo como hombre de confianza en su colaboración con la Redención humana.

La obra de la Redención, que tomó a José como cómplice y colaborador, sería realizada por el Hijo de Dios hecho hombre como nosotros, Jesús, al que todos tomaban como hijo de José por voluntad de Dios para así proteger el buen nombre y la vida de la Virgen María que, sin José a su lado como padre de su Hijo divino, habría sido acusada de adulterio y consecuentemente lapidada.

En eso es también San José una referencia de necesaria consideración para cada uno de nosotros: hemos de ser, como él lo fue, colaboradores de Dios dignos de la confianza que el Señor ha puesto en nosotros.

San José es patrón e intercesor de todos los padres y educadores porque es un maestro de vida para todos los que quieren escuchar a Dios antes que a nadie, a la hora de tomar las pequeñas o grandes decisiones con las que se forja nuestra vida diaria.

Todo lo que construye la vida de una persona que es responsable de otra influye en ésta última… todo, lo bueno y lo malo, aunque no parezca tener una relación directa con esa persona.

Si mi vida en un apoyo para alguien, si mi trabajo o mi ejemplo es una referencia para otro, de mi felicidad y de la paz interior que proporcionan la vida en comunión con Dios depende mucho el crecimiento de aquél o aquélla que me mira con respeto, cariño y admiración y que aprende de mí también cuando no soy consciente de que me mira.

Como María y José fueron maestros de humanidad para el Divino Maestro en los inicios de su vida humana, así nosotros, padres, abuelos, padrinos, profesores, catequistas,…, hemos de ser para nuestros niños y jóvenes unas referencias luminosas y señeras de lo que significa ser humano, ser persona, ser cristiano.

Todos los que reciben y toman de nosotros para ir formando su propia personalidad, encuentran apoyo o tropiezo en todas esas pequeñas o grandes decisiones que tanta influencia pueden llegar a tener en la vida de aquellos que están aprendiendo a crecer y desarrollarse con nuestra presencia y enseñanza a su lado.

De nosotros depende que, mientras que aprenden a descubrirse a sí mismos, descubran los misterios de la vida humana y de la muerte, el misterio de la felicidad y del amor, con el misterio de la vida de Dios íntimamente introducido dentro de cada uno de nosotros.

¡San José BENDITO!: protege a nuestras familias Y comunidades, protege a todos los educadores cristianos; protege a todos aquellos que oyen la llamada a la vocación consagrada o sacerdotal… y que haya muchos…  pues el mundo de hoy mucho los necesita.

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Solemnidad de la Inmaculada Concepción de María

A Cristo por María

A Cristo por María

Una forma muy adecuada de celebrar cualquiera de nuestras fiestas, de celebrar nuestra fe, es no dejar de mirar a la vida, al mundo, cuando tratamos de mirar a Dios. La mirada de fe con que celebramos hoy a María Inmaculada debe llegar a ella desde la mirada al mundo de hoy y desde las preguntas que la vida actual nos despierte en la conciencia.

La fe, la oración y la Liturgia nunca pueden estar desvinculadas del mundo o correríamos el peligro de transformarnos en una especia de secta que vive para sí misma en su burbuja imaginaria al margen de la realidad.

Cuando miramos hoy la realidad de nuestro mundo vemos que hemos progresado mucho en calidad de vida para una buena parte de la humanidad. Los derechos de la mujer van abriéndose paso, los niños están más protegidos, la medicina y la ciencia en general ha conseguido avances impensables y tantas otras cosas buenas que podríamos añadir como frutos de nuestra sociedad moderna. Esta consideración es real pero incompleta.

No podemos cerrar los ojos al hecho de que esa buena parte de la humanidad que vive con mayor calidad de vida es una minoría, mientras que la mayor parte de los seres humanos viven bajo la lacra de la miseria como mal endémico o condena de por vida.

Los niños de esa parte de la humanidad que vive en la pobreza no están protegidos, sino que trabajan de sol a sol o incluso venden su cuerpo por dos cuartos; tampoco para ellos la medicina es sino una palabra de ricos que nunca sabrán escribir correctamente.

Ambas caras de nuestro mundo nos ofrecen el rostro completo de un misterio: el Reino de Dios se abre paso entre las tinieblas del pecado, venciendo poco a poco los signos de muerte con que el pecado lastra y deforma nuestra dignidad humana.

María Inmaculada es el signo más acabado de esta victoria de Dios sobre el pecado, un signo que se nos da como estímulo que alienta nuestra voluntad de soñar con un mundo mejor mientras que nos entregamos a la causa de su construcción, la obra de Jesucristo y de su Madre Santísima.

«Pongo enemistad entre ti y la mujer entre su linaje y el tuyo…» (Ge. 3, 15) estas palabras del Génesis pronunciadas una vez que el hombre había cometido el primer pecado, desquiciándose y desquiciando a la Creación hermana, anuncian la eterna voluntad salvífica de Dios. Por ello a este pasaje del primer libro de la Biblia se la llama “el protoevangelio”, el primer evangelio, la primera buena noticia de Dios para el hombre que le ha traicionado por la torpe ganancia del pecado.

El pecado de Adán y Eva había provocado el desquiciamiento de la estirpe humana. El hombre creado a imagen y semejanza de Dios sufre, por el pecado, una herida de incalculables consecuencias. ESTO ES HOY DOLOROSAMENTE CLARO EN NUESTRO MUNDO.

En su eterno plan, Dios había creado al hombre por sobreabundancia de amor y lo había elegido para ser santo e inmaculado en su presencia. El pecado, sin embargo, introduce la desobediencia, el desorden y la pérdida de la armonía original, la armonía del «principio», pero no cancela el plan amoroso de Dios.

Había que rescatar al hombre también por sobreabundancia de amor recreándolo, creándolo de nuevo por encima de las circunstancias negativas en que su pecado había hundido su vida en un estado lamentable.

Jesucristo y su misterio pascual de victoria sobre el pecado y sobre la muerte es esa nueva creación, y María Inmaculada es el primer fruto de la estirpe humana QUE NOS MUESTRA la belleza radiante y la libertad de una vida que sólo se arrodilla ante Dios. Si se busca, por tanto, la razón de la presencia del Hijo de Dios entre los hombres y la razón de la Encarnación, ahí la tenemos: el amor por el ser humano.

«Dios se enamoró de su criatura» cuando la vio recién creada, y el Hijo eterno de Dios ha hecho hombre para servirnos de peldaño y trampolín que nos eleve, para acostumbrar al hombre a comprender a Dios, a comprender el incomprensible amor del Dios eterno por su pequeña criatura, por ti y por mí.

“El Pastor se ha hecho oveja”. Cristo ha venido a la tierra para tomar de la mano al hombre y presentarlo nuevamente al Padre y no sólo según esa gracia del principio que lo hacía ser amigo de Dios, sino con una gracia nueva que le hace ser hijo de Dios.

En este extraordinario plan de salvación aparece María Inmaculada, como la primicia de la salvación, como la estrella de la mañana que anuncia a Cristo, «sol de justicia», como la primera criatura surgida del poder redentor de Cristo, como aquella que ha sido redimida de modo eminente por Dios.

En un mundo desquiciado entre los mayores logros y las mayores miserias, la Gracia divina ha hecho surgir una criatura absolutamente pura y le ha conferido una perfección sin la más mínima sombra de pecado: María. Ella aparece en medio de esta singular batalla como la aurora que anuncia la victoria definitiva de la luz sobre la oscuridad.

Ella va al frente de ese grande peregrinar de la Iglesia hacia la casa del Padre.

En medio de las presiones que por todas partes nos apremian, María no abandona a los hombres que peregrinan en el claro oscuro de la fe. Ella es signo de segura esperanza y ardiente caridad.

Ella es nuestra madre, nuestra hermana mayor en la fe, nuestro modelo; ella es esa maestra que nos enseña a ser y a vivir desde la dignidad divina que su Hijo nos ganó.

A Cristo por María, ayer, hoy y siempre.

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Dragones y mazmorras, leones y panteras (II D. Adviento)

Los cristianos no sólo debemos hablar de esperanza y fraternidad, también debemos trabajar y actuar para que sean una realidad en nuestro mundo actual

Quien permanece en Él, debe vivir como vivió Él

Quien permanece en Él, debe vivir como vivió Él

Mientras los cristianos en la iglesia hablamos durante el Adviento de esperanza, de los sentimientos cálidos y familiares que nos van embargando a medida que se acerca la Navidad, miramos a la sociedad y vemos cosas bastante diferentes.

La huelga que en estos días pasados ha frustrado el derecho al descanso de cientos de miles de personas, las acusaciones recíprocas de los políticos de todos los bandos, crispación, violencia, pérdidas cuantiosas que en este tiempo de crisis amenazan la supervivencia de familias enteras…

Pero no hace falta que miremos al escenario nacional más llamativo para ver que las palabras de esperanza y los sentimientos navideños se los lleva el viento, si no son más que palabras bonitas y sentimientos agradables…

Muchas familias de nuestro entorno –quizá incluso la nuestra propia- están desunidas, matrimonios rotos, niños convertidos en moneda de cambio entre el padre y la madre cuando no en arma arrojadiza; fracaso escolar, violencia en los colegios donde los niños sacan toda su tristeza y su ansiedad por no ser suficientemente queridos; pobres más pobres que nunca ante el escenario de luces y abundancia con que se adornan y maquillan nuestras calles y escaparates…

A poco que miremos a nuestro alrededor, nos daremos cuenta de que no tenemos derecho a hablar de esperanza ni de Navidad si nos vamos a limitar a hablar, y la Palabra de Dios hoy nos lanza ese reto a la cara para recordarnos que la Palabra de Dios encarnada –nuestro Señor Jesucristo- hablaba mucho y bien, pero también obraba en consecuencia.

Las obras de Jesús superaban, si cabe, en poder liberador y reconciliador a esa palabra de vida y esperanza con la que confortaba y sanaba tantas conciencias atormentadas por los males de todo signo que provienen del aburguesamiento y del alejamiento respecto de Dios.

La autoridad y la credibilidad, que Cristo se ganó ante esos paisanos suyos que le tenían como el simple hijo del carpintero, procedían del compromiso por mostrar con las obras el poder y la verdad de sus palabras, palabras que servían también para desentrañar la fuerza del amor con que cada obra del Señor se entregaba a la liberación y la redención de cuantos le hacían un hueco en la agenda de su corazón.

Si Cristo dedicó su existencia toda a la reconciliación de la humanidad con el Padre Dios y a la unidad y la armonía entre los hombres y mujeres que Él hizo que llegáramos a ser hermanos suyos, hijos de Dios en Él, el Hijo eterno, ¿qué habremos de hacer los cristianos a este respecto?

Como la afinidad de las mismas palabras evidencia, las obras del cristiano han de ser un eco y una prolongación de las obras de Cristo, y en esta línea nos quiere comprometer la Palabra de Dios hoy, desde las bellas palabras de Isaías hasta las proféticas e interpelantes palabras del Señor en el evangelio que hemos escuchado.

El profeta Isaías nos pinta una escena mesiánica donde bestias de labor que se distinguen por la mansedumbre –la vaca, el cordero, el ternero, el buey,…- reposan tranquilas al lado de sus naturales depredadores –el león, la pantera, el lobo, el oso…-.

¿Y esto es algo más que poesía antigua? ¿Esto quiere decir algo para nosotros?

Veamos qué hace convivir en paz y armonía a animales tan naturalmente enfrentados y comprenderemos el mensaje: “Un muchacho pequeño los pastorea”.

Ese pequeño muchacho que a todos apacienta es la figura profética del Mesías, de Jesucristo que, con su sola presencia, transforma las relaciones de violencia y competitividad en otras de fraternidad, de convivencia gozosa, de entendimiento o, dicho sea en una sola palabra, en relaciones de comunión.

Si las obras del cristiano han de ser un eco y una prolongación de las obras de Cristo y la reconciliación hasta la comunión son su obra definitiva, nosotros hemos de revisar cómo vivimos y cómo convivimos para tratar de ser pantera o novillo, lobo o cordero, buey o león pero al estilo del Mesías: “No harán daño ni estrago en todo mi monte santo; porque está lleno el país de la ciencia del Señor”.

Cuando se nos pide que allanemos el camino del Señor se nos pide esto, que allanemos –que hagamos más llanas, más sencillas, más francas- las relaciones más rotas y enfrentadas; que limemos las aristas y asperezas de nuestro corazón para que nadie encuentre en nosotros una fiera de colmillos afilados; que hablemos de paz y de fraternidad mientras que nuestras manos las procuran y nuestro corazón las desea más que ninguna otra cosa.

Por si este mensaje que Dios nos dirige hoy no queda suficientemente claro para alguien, San Pablo en la segunda lectura lo hace aun más explícito y patente: “Las Escrituras se escribieron para enseñanza nuestra […]. Que Dios os conceda estar de acuerdo entre vosotros, según Jesucristo […]. Acogeos mutuamente, como Cristo os acogió”.

Ya sabemos lo que Dios quiere de nosotros en este tiempo bendito para poder prepararnos para celebrar y vivir el espíritu de la Navidad. Si no lo hacemos, nuestra navidad será pagana, llena de banquetes y regalos pero vacía de sentido, y quizá nuestras familias y nuestras comunidades sean como el pasaje de Isaías mas sin el pequeño pastor, es decir, quizá nuestra convivencia sea la de un conjunto de fieras amenazantes que luchan por sus propios derechos sacrificando los derechos de los demás para conseguirlos.

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El debate sobre las células madre y la postura de la Iglesia

Células madre

Células madre

La Conferencia Episcopal, usando el lema ‘Todos fuimos embriones‘, ha emprendido campañas de protesta contra la investigación con células madre embrionarias, autorizada por el Gobierno desde el año pasado. El Gobierno español está ahora estudiando un nuevo proyecto de ley que otorgue a los investigadores más libertad.

¿Se puede experimentar sobre seres humanos (…) cuando ese experimento acarrea la muerte de un ser humano? ¿Se puede eliminar a un ser humano para beneficiar a otro?.

La postura de la Iglesia es clara: “No, porque el embrión no es un proyecto de persona sino un ser humano en etapa prenatal, como un niño es un ser humano en una etapa preadolescencial o un joven lo es en una etapa preadulta”.

Pero, ¿por qué la Iglesia está en contra de este tipo de investigación que tantos avances promete para luchar contra enfermedades como el Alzheimer y otras?

Sencillamente, porque esta campaña a favor de la liberalización de los experimentos con embriones y células madre obtenidas de ellos nada tiene que ver con esa y otras luchas semejantes. Dichas “luchas” sirven de escaparate y reclamo para sensibilizar a la opinión pública, mientras que tienden una cortina de humo para silenciar otro intento de cierta parte del mundo de la ciencia de absolutizar la investigación científica por encima de la dignidad de un ser humano utilizado incluso como cobaya.

La Iglesia está en contra de la investigación con células madre embrionarias por la dignidad del ser humano en todo momento de su vida y desarrollo, también en su etapa como blastocito o como embrión, pues en todo momento una persona tiene una única e individual dignidad genética, espiritual y personal.

En un segundo momento, la Iglesia está en contra de todo el discurso a favor de la experimentacion con las células madre embrionarias porque los mismos resultados, e incluso mejores, se están consiguiendo con células madre adultas.

Una célula madre es una célula escasamente diferenciada, por lo tanto no especializada, que puede producir cualquier de las otras células que constituyen el cuerpo. Esta definición engloba a cualquier célula madre.

Existen cuatro tipos de células madre:

Una célula madre totipotente puede crecer y formar un organismo completo (tanto los componentes embrionarios -el ejemplo son las tres capas embrionarias-, el linaje germinal y los tejidos que darán el saco vitelino, como los extraembrionarios, como por ejemplo la placenta)

La célula madre pluripotente no puede formar un organismo completo, pero puede formar cualquier otro tipo de célula proveniente de los tres linajes embrionarios (endodermo, ectodermo y mesodermo), así como el germinal y el saco vitelino.

Las células madres multipotentes son aquellas que solo pueden dar tipos celulares de su propia capa o linaje embrionario de origen. Las células madres unipotentes pueden formar sólo un tipo de célula particular. Básicamente, en biología se trabaja sobre con dos tipos de células:

– Célula madre embrionaria (pluripotentes)

– Célula madre adulta: En un individuo adulto se conocen hasta ahora alrededor de 20 tipos distintos de células madre, que son las encargadas de regenerar tejidos en continuo desgaste (p.e, piel, sangre…) o dañados (p.e, hígado). Su capacidad es más limitada para generar células especializadas. Pero descubrimientos recientes han comprobado que células hematopoyéticas de médula ósea (encargadas de formación de la sangre), pueden diferenciarse en otro tipo de células (musculares, vasculares y del hígado).

El hecho de que se esté presentando la investigación con células madre embrionarias como única vía para poder desarrollar esta gran esperanza para la humanidad se debe a que desproveer la manipulación de embriones de toda condición ética abriría la puerta a múltiples recursos y modos de explotación mirando a un desmedido interés económico, nada más.

Un estudio publicado en la edición digital de «Nature Biotechnology» apoya esta afirmación, ya que señala la eficacia de células madre del líquido amniótico, como otros experimentos con ratones muestran que estas células pueden dar lugar a una variedad de tejidos, sin desarrollar tumores.  También existe la posibilidad de trabajar con células madre de adulto (u órgano-específicas) las cuales se pueden obtener del cordón umbilical de los recién nacidos, la médula ósea o la piel, entre otros órganos.

Este tipo de investigación no genera controversias éticas y según algunos científicos ofrece mejores beneficios. Otros, sin embargo, creen que las células madre adultas solo pueden formar los tipos contenidos en su tejido de origen, además de ser más escasas y más difíciles de cultivar, por lo que abogan por que se permitan investigaciones tanto con células madre embrionarias como con adultas.

Después de leer estas líneas, cada uno está en condiciones de dar respuesta a las preguntas que nos iluminan la conciencia sobre este problema en el que la Iglesia se está quedando sola defendiendo el valor y la dignidad del ser humano, aunque esta vez con buena parte de la comunidad científica como compañera de camino. Responda cada uno a estas preguntas, que bien pueden ser nuestras preguntas.

– ¿Es un embrión en la etapa de mórula un ser humano o apenas un cúmulo de células?

– ¿Cuándo se convierte en ser humano un embrión (ser humano en sus inicios) o feto? (¡He aquí la misma pregunta que ronda el tema de la legalización del aborto!)

– ¿Se hace bien al crear un embrión (ser humano en sus inicios) humano con el único objetivo de la investigación médica?

– ¿Predomina el derecho a la vida de un embrión (ser humano en sus inicios) al derecho a la salud de un anciano que acaba de sufrir un derrame cerebral o a los de un niño con una enfermedad incurable?

– ¿Es todo ser humano un fin en sí mismo o puede ser usado como medio para algo bueno, sacrificándolo según las circunstancias?

– ¿Debería permitirse la utilización de células madre embrionarias si se pudiesen producir células madre igualmente buenas a partir de la médula ósea o de cualquier otro órgano?

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Sobre el sentido cristiano del matrimonio

Un anciano profesor se encontró frente a un grupo de chicos de no más de 16 años que estaban en contra del matrimonio.

Los muchachos decían que el romanticismo y la pasión eran el sentido del matrimonio. Que es preferible acabar con la relación cuando eso se apaga en lugar de entrar en la triste monotonía de un matrimonio para toda la vida. El profesor les dijo que esa opinión era respetable pero que escucharan la historia de su vida:

“Mis padres vivieron 55 años casados. Una mañana mi madre bajaba las escaleras para prepararle a mi padre el desayuno y sufrió un infarto. Cayó por las escaleras.

Mi padre la alcanzó, la levantó como pudo y, casi a rastras, la subió a nuestra vieja furgoneta. A toda velocidad condujo hasta el hospital. Cuando llegamos, su esposa, mi madre, ya había muerto. Durante el entierro mi padre no habló, su mirada estaba perdida. Casi no lloró.

Esa noche sus hijos nos reunimos con él y, en un ambiente de dolor y cariño, hablamos de ella, de su vida y de su muerte, de nosotros y de mi padre, pero sobre todo hablamos de lo que había sido su matrimonio.

Él pidió a mi hermano sacerdote que le dijera dónde estaría mamá en ese momento. Mi hermano comenzó a hablar de la vida después de la muerte, del amor de Dios que es la fuente de todo nuestro amor, de cómo ese amor no se acaba nunca y que, mientras nos enseña a amar, nos espera hasta que se nos acaba el tiempo de esta vida.

Mi padre escuchaba con gran atención, como asintiendo. De pronto pidió:

-Llevadme al cementerio.

-Papá -respondimos -¡Son las 11 de la noche! No podemos ir al cementerio ahora.

Alzó la voz y con una mirada vidriosa y la voz firme dijo:

-No discutáis con el hombre que acaba de perder a la que fue su esposa por 55 años.

No discutimos más. Fuimos al cementerio, pedimos permiso y con una linterna llegamos a la tumba de mi madre. Mi padre acarició la lápida con el mismo mimo con el que siempre le habíamos visto acariciar a nuestra madre, oró y nos dijo a sus hijos que veíamos la escena encogidos de llanto contenido:

-Fueron cincuenta y cinco buenos años… ¿sabéis? Cincuenta y cinco años que, si no hubieran sido más que diez, habrían llenado mi vida igual. Nadie puede hablar del amor verdadero si no tiene idea de lo que es compartir la vida con una persona así.

Hizo una pausa y se limpió la cara arrasada por las lágrimas.

-¡Ella y yo superamos juntos en aquella dura crisis! Ella me sostuvo cuando perdí el empleo. Hicimos el equipaje, vendimos la casa y nos mudamos de ciudad.

Ella fue mi fuerza. Compartimos la alegría de ver a nuestros hijos terminar sus carreras, lloramos uno al lado del otro la muerte de seres queridos y siempre nos perdonamos los errores…

Todos asentíamos en silencio porque habíamos sido testigos de primera fila de que su matrimonio había sido realmente así.

-Cuando nos hicimos novios todo nos unía. Parecía que estábamos hechos el uno para el otro, bueno, una cosa nos separaba un poco, al principio.

Ella era religiosa y yo no, y cuando se iba a misa o a esto o a aquello en la iglesia yo no lo entendía y le reprochaba que me dejara por ese “no sé qué” de Dios. Yo era creyente, pero de bautismo, misa y poco más.

-Nunca supimos eso, papá –dije yo-. Parecía que también en la iglesia y en el grupo de oración erais el uno para el otro, que los dos sentíais igual la fe y la necesidad de tener a Dios en vuestras vidas.

Mi padre, bajó la cabeza y calló un instante, con el puño cerrado en la boca, como concentrándose en lo que iba de decir y como si “eso” le resultara doloroso. Tras unos intensos segundos continuó.

-El caso, hijos, es que cuando ella volvía estaba alegre y cariñosa; siempre lo fue, pero era como si en esos momentos, después de dedicarse a lo que yo no entendía, ella me amara más que nunca.

Era tan hermoso… Fue precisamente eso lo que me hizo empezar a acompañarla de vez en cuando.

A través de ella descubrí a Dios, al de verdad y no al que yo creía conocer y que decía que no me interesaba (¡QUÉ DISPARATE! AHORA LO SE).

A través de ella y de su amor descubrí otro amor más grande, el que a ella le servía de fuente para estar siempre a mi lado.

A partir de entonces nos servimos el uno al otro para amar a Dios cada día más. Fue así como nuestro matrimonio se fortaleció y se hizo tan maravilloso como para durar cincuenta y cinco años, siendo cada día mejor.

Mi hermano, el sacerdote, tosió como pidiendo permiso para hablar.

-Pero papá, ahora mamá no está… ¿qué vas a hacer? Debes afrontar tu vida y luchar por no vivir sólo de recuerdos.

Mi padre le dirigió una mirada entre sorprendida y severa.

-¿Y tú que eres sacerdote me dices eso? Tú, que nos has visto vivir, que nos has visto alimentar tu vocación cuando sentiste la llamada de Dios, ¿precisamente tú me preguntas qué voy a hacer ahora?

Ahora ella se ha ido y yo, en medio de mi pena, estoy contento, ¿sabéis por qué?, porque se fue antes que yo, no tuvo que vivir la agonía y el dolor de enterrarme. La quiero tanto que no me hubiera gustado que sufriera…

Y yo ahora viviré lo mismo que vivía cuando la tenía a mi lado: viviré de fe y de amor a Dios, como ella me enseñó.

Me dolerá su ausencia, la echaré tanto de menos, lloraré sobre nuestra almohada cada noche pero, en el fondo, la sabré a mi lado, y ella me seguirá preparando para el cielo, sí, así como hicimos el uno con el otro mientras compartimos ese santo matrimonio que me hizo comprender que sólo éramos el uno para el otro para aprender ambos a ser de Dios, para siempre.

Cuando mi padre terminó de hablar, mis hermanos y yo teníamos el rostro empapado de lágrimas. Lo abrazamos y él nos consoló:

-Todo está bien hijos, podemos irnos a casa; ha sido un buen final para un día tan duro.

Esa noche –prosiguió el anciano profesor- entendí lo que es el verdadero amor de un matrimonio cristiano.

No es el dulce y pasajero romanticismo; no tiene que ver demasiado con la simple pasión y mucho menos con mirarse a los ojos con cariño como si no hubiera más mundo.

El amor cristiano de mis padres, del que mis hermanos y yo habíamos sido testigos y del que éramos fruto, más bien consistía en haber aprendido a mirar los dos en la misma dirección, en la dirección en la que Dios se había hecho para ellos ejemplo y fuente de unidad; camino y caminante que les enseñó los misterios más hermosos sobre la vida y la muerte, sobre el verdadero amor, sobre ese Dios al que -si se le conoce de verdad- no se le puede sino tratar de corresponder aprendiendo a amar como Él ama.

Cuando el anciano maestro terminó de contar la historia de sus padres, los jóvenes que le escuchaban no pudieron rebatirle, no quisieron intentarlo: ese tipo de amor era algo que no conocían pero que, desde ese preciso momento, trataron de conocer y vivir con todas sus fuerzas.

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