fe

Audio-homilía: Maestro, haz que pueda ver

Todos somos Bartimeo, porque todos tenemos algo de ceguera. Incluso, aunque podamos ver las cosas, muchas veces se nos escapa el sentido de lo que vivimos.

Recientemente, María de Villota (la piloto que perdió un ojo hace poco en un accidente) comentó que ve más ahora que tiene un ojo que antes con dos.

Conviene que pensemos por un momento lo que supone no ver… la cantidad de cosas bonitas que uno se pierde, lo angustioso que puede ser no ver. Imaginemos la alegría que debió sentir Bartimeo cuando Jesús le preguntó «¿Qué quieres que haga por ti?«. Esa pregunta, que parece absurda, tiene una enorme profundidad.

Con esta pregunta, Jesús nos transmite que Dios no va a intervenir en nuestras vidas sin que nosotros le demos permiso. Dios no va a obrar el milagro, si nosotros no ponemos el pan y los tres peces. Dios no cambiará el mundo, mientras no haya personas que se dispongan con toda su vida, para que las cosas cambien.

Claro que Dios es todopoderoso, pero no va a provocar en nosotros el conformismo o la dependencia de Él.

Si tu quieres ver, tu fe te salvará. Si tu deseas liberarte de tus adicciones, tu voluntad te hará salir. Si tú buscas aprender, tu deseo te enseñará.

No tenemos un Dios paternalista que nos ahorre esfuerzos. Bartimeo se curó porque él quiere curarse. Y en nuestras vidas pasan menos cosas importantes, porque nos hemos desanimado y no creemos que puedan pasar.

Bartimeo muestra una actitud vital activa: grita y llama a Jesús, salta cuando le llaman y, una vez curado, le sigue.

Ojala nosotros, cuando nos sintamos perdidos, cuando no entendamos muy bien lo que vivimos, le gritemos al señor, le llamemos y le sigamos. Cuando se abre un puzzle, no se ve el paisaje, se ven solo piezas. Y el Señor, a través de la fe, nos regala la capacidad de dar sentido a todas esas piezas. Es la fe la que poco a poco ilumina nuestra historia con nueva luz.

Ojala el ciego Bartimeo nos impulse a cambiar nuestras mediocridades y a pedirle al Señor que veamos con la luz que él nos quiere dar.

Audio-homilía: Maestro, haz que pueda ver

Evangelio según San Marcos

Después llegaron a Jericó. Cuando Jesús salía de allí, acompañado de sus discípulos y de una gran multitud, el hijo de Timeo -Bartimeo, un mendigo ciego- estaba sentado junto al camino.
Al enterarse de que pasaba Jesús, el Nazareno, se puso a gritar: «¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!».
Muchos lo reprendían para que se callara, pero él gritaba más fuerte: «¡Hijo de David, ten piedad de mí!».
Jesús se detuvo y dijo: «Llámadlo». Entonces llamaron al ciego y le dijeron: «¡Animo, levántate! El te llama».
Y el ciego, arrojando su manto, se puso de pie de un salto y fue hacia él.
Jesús le preguntó: «¿Qué quieres que haga por ti?». El le respondió: «Maestro, que pueda ver».
Jesús le dijo: «Vete, tu fe te ha salvado». En seguida comenzó a ver y lo siguió por el camino.

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Audio-homilía: Día del Domund 2012

Pensar en la Iglesia misionera no es pensar en un grupo de héroes, sino pensar en la dimensión misionera que todos tenemos desde el momento de nuestro bautismo.

Desde nuestra vida cotidiana, nos da la sensación de que estamos muy lejos de esas personas buenas que dan su vida para ir a zonas desfavorecidas.

El lema de este año del Domund reza: «No son héroes, somos misioneros todos». Todos y cada uno de nosotros tenemos una misión en el lugar o en los lugares en los que el Señor nos pone.

Dios nos dice a todos: «Quiero que, desde donde estás, en tus circunstancias, seas testigo de la fe que te mueve por dentro». Si confiamos en el Señor, que nos va pidiendo día a día lo que quiere de nosotros, podemos hacer obras más grandes de lo que nunca habríamos imaginado. El misionero no es un triunfador, es alguien confiado. Es alguien que, desde distintos ámbitos vitales, reconociendo las grandes obras que el Señor hace en él, comparte con gratuidad esta realidad con los demás.

Las diferentes experiencias misioneras de Vicente dejan varias reflexiones:
– Dios siempre provee lo que necesitamos.
– La comunidad que nace de la fe es algo que permanece.
– Dios cumple las promesas que nos hace.
– El sueño es posible.
– Si le preguntamos a Dios ¿qué quieres que haga por ti?, él nos va a responder que quiere que transmitamos buenas noticias entendibles sin importar la parte del mundo y las circunstancias en las que nos encontremos.

Hoy más que nunca el Señor nos pide que nos sintamos todos misioneros; que no seamos católicos de oir, de recibir, de aprender..; que seamos capaces de dar gratis tanto como recibimos gratis.

Audio-homilía: Día del Domund 2012

Evangelio según San Marcos

Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, se acercaron a Jesús y le dijeron: «Maestro, queremos que nos concedas lo que te vamos a pedir».
El les respondió: «¿Qué queréis que haga por vosotros?».
Ellos le dijeron: «Concédenos sentarnos uno a tu derecha y el otro a tu izquierda, cuando estés en tu gloria».
Jesús les dijo: «No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo beberé y recibir el bautismo que yo recibiré?».
«Podemos», le respondieron. Entonces Jesús agregó: «Beberéis el cáliz que yo beberé y recibiréis el mismo bautismo que yo. En cuanto a sentarse a mi derecha o a mi izquierda, no me toca a mí concederlo, sino que esos puestos son para quienes han sido destinados».
Los otros diez, que habían oído a Santiago y a Juan, se indignaron contra ellos.
Jesús los llamó y les dijo: «Sabéis que aquellos a quienes se considera gobernantes, dominan a las naciones como si fueran sus dueños, y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre vosotros no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de vosotros; y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos. Porque el mismo Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud».

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Ni indios ni vaqueros

Introducción. ¡Qué difícil es verse envuelto en un conflicto y discernir quién tiene razón! Cuando todo el mundo la tiene; cuando los límites, los deseos, las circunstancias hacen que tengamos argumentos para ser compasivos con todos, comprender a los dos bandos, sin lograr ver con claridad quién es la víctima y quién el verdugo. Estoy casi seguro de que todos llevamos a las espaldas parte de los dos. En ocasiones ángeles, en ocasiones demonios, pero siempre, siempre, necesitados de manos amigas y brazos abiertos que nos acojan, que nos escuchen, que nos comprendan. La vida no es como las pelis del cine americano, donde el bueno es muy bueno y los malos son muy malos. Todos tenemos luz y fragilidad, verdades y dudas, aciertos y errores. Y sería tremendamente injusto que exigiéramos a los demás sólo perfección y aciertos, cuando nuestra propia vida está llena de zonas oscuras que los demás soportan, porque nos aman.

Lo que Dios nos dice. «No os engañéis unos a otros; despojaos del hombre viejo y de sus acciones, y revestíos del hombre nuevo que, en busca de un conocimiento cada vez más profundo, se va renovando a imagen de su creador. Ya no existe distinción entre judíos y no judíos, circuncidados y no circuncidados, más y menos civilizados, esclavos y libres, sino que Cristo es todo en todos. Sois elegidos de Dios, pueblo suyo y objeto de su amor; revestíos, pues, de sentimientos de compasión, de bondad, de humildad, de mansedumbre y de paciencia. Soportaos mutuamente y perdonaos cuando alguno tenga queja contra otro. Del mismo modo que el Señor os perdonó, perdonaos también vosotros. Y por encima de todo, revestíos del amor que es el vínculo de la perfección. Que la paz de Cristo reine en vuestros corazones; a ella os ha llamado Dios para formar un sólo cuerpo. Y sed agradecidos. Que la palabra de Cristo habite en vosotros con toda su riqueza; enseñaos y exhortaos unos a otros con toda sabiduría, y cantad a Dios con un corazón agradecido salmos, himnos y cánticos inspirados. Y todo cuanto hagáis o digáis, hacedlo en nombre de Jesús, el Señor, dando gracias a Dios Padre por medio de él», Col 3,9-17. La fe ilumina la realidad y nos muestra la relación que nos une a los otros. Mucho más profunda que el hecho de que alguien me caiga bien o mal, de que aparezca la química o no. No somos islas independientes, que no tienen nada que ver con los demás. Cristo es todo en todos. Los demás forman parte de mí, son uno conmigo. Yo no puedo decirle a ninguna parte de mi cuerpo que no la necesito. Yo no soy nadie para decirle al otro cómo debe ser, cómo tiene que vivir, qué debe pensar o sentir. Claro que nos ayudamos unos a otros a ir caminando hacia una paz, un amor y una integración de lo negativo en nuestra propia vida. Juntos avanzamos hacia la plenitud. Pero cada uno a su ritmo.
Me llena de alegría escuchar a Jesús pedirnos con insistencia que no juzguemos y que no nos situemos como árbitros. Porque no vemos el corazón, porque somos tremendamente desconocedores de las circunstancias que rodean la vida de los demás. Nos quedamos en las apariencias y eso es tremendamente superficial. ¡Cuántas veces el lobo se esconde bajo piel de oveja!. Las apariencias engañan siempre. Es claro Jesús pidiéndonos que cambiemos nuestra inercia precipitada de evaluarlo todo de forma inmediata y que seamos acogedores y pacientes. Sabiendo que el que hace crecer el fruto es el Señor.
«No juzguéis, para que Dios no os juzgue; porque Dios os juzgará del mismo modo que vosotros hayáis juzgado y os medirá con la medida con que hayáis medido a los demás ¿Cómo es que ves la mota en el ojo de tu hermano y no adviertes la viga que hay en el tuyo? O ¿cómo dices a tu hermano: Deja que te saque la mota del ojo; si tienes una viga en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo y entonces podrás ver para sacar la mota del ojo de tu hermano.». Mt 7,1-5. Con mucha facilidad nos encontramos con ambientes confrontados, tensos, abiertamente hostiles a lo diferente, de rechazo a lo que no es como uno piensa. Catalunya frente a estado español. Lo católico frente a lo ateo. La vida contemplativa frente a la respuesta social y solidaria. La masculinidad frente a la feminidad. El gobierno frente a los trabajadores. Yo, poseedor de la verdad absoluta, frente a los demás, pobres ignorantes, a los que casi tolero su presencia y con cuya compañía me muestro condescendiente. La arrogancia y la soberbia con la que nos situamos frente a muchos temas nos aleja de la verdad. Sólo la humildad y la sencillez, el diálogo y la complementariedad, nos permiten acercarnos a la belleza y a la alegría de la verdad. «El amor es humilde, es paciente, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta, no lleva cuentas del mal». 1ªCor 13,4-7. Nos tiene que regalar el Señor una oración que nos descentre de nosotros mismos y nos invite a descalzarnos de lo que son nuestras seguridades, para salir confiados y acogedores al encuentro de los demás.

Cómo podemos vivirlo. Se presentan diariamente muchos encuentros con las personas que nos rodean y no todos son fáciles de vivir o espontáneamente agradables. Hay relaciones de sumisión, de hacer lo que otros nos dicen. Hay encuentros desagradables, ofensas, malos entendidos, tensiones. Pero lo cierto es que ésa es la escuela del amor. No me puedo desanimar porque no me salga. No me puedo exigir que me salga bien a la primera. La escuela de aprender a amar dura toda una vida. Y es cierto que, cuando más unido estoy a Jesús y más me regala él su mirada, con más alegría y más confianza me encuentro con los demás. Ya no son rivales, son hermanos, a los que el buen Dios me acerca para que vean mi amor, mi cariño, mi sincero interés y que juntos avancemos en este camino de llegar a ser hombres y mujeres de paz.

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Audio-homilía: El que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante

En este evangelio, Jesús nos ofrece esa estabilidad que todos deseamos en nuestra vida. La humanidad es frágil y vive en la inquietud, deseando paz, tranquilidad y saborear la vida como viene… Por eso, cuando ve que fracasa en ese objetivo, la angustia entra en acción

Jesús nos dice que el amor es lo único que expulsa al miedo. Y es que todas las inquietudes, todos los miedos y todos los temores tienen su raíz en que no nos sentimos suficientemente queridos.

El «permaneced en mí» tiene mucho que ver con ese deseo de una vida serena y tranquila, en la que se saboree lo cotidiano y lo sencillo. Quien pretenda vivir únicamente de estímulos y de momentos extraordinarios tendrá que pasarse la vida en un parque temático. ¿Es que el cambio de lo externo nos garantiza la felicidad interior?… Como dice San Agustín, «nuestro corazón no descansará tranquilo hasta que dé contigo»

Está bien buscar estímulos, pero también hay que aprender a hacer extraordinario lo cotidiano. Podemos ser felices un lunes y un sábado, podemos disfrutar con 3 años y con 67, podemos estar serenos en la derrota, en el empate y en la victoria…

«Permaneced en mí» es la imagen del ancla. El barco puede estar moviéndose frenéticamente al ritmo de las olas, pero si el ancla está bien puesta el barco seguirá flotando. La fe es la roca firme en la que apoyamos nuestra vida y ahogamos nuestros miedos.

«Permaneced en mí» es reconocer la maravilla de lo cotidiano. La vida es lluvia, sol, calor, frío, éxito, fracaso, soledad… y no podemos pretender vivir únicamente la parte que nos gusta. Se nos olvida reconocer que en la dificultad nos fortalecemos.

Permanecer en el amor no es quedarse quieto. Es que todo lo vivamos acompañados, conscientes de que hay un Buen Pastor que es dinámico y que camina con nosotros.

Ya lo decía Isaías: «los montes podrán moverse, las colinas vacilar, pero mi amor de tu lado nunca pasará».

La fe nos ayuda a leer todo con la confianza y la seguridad de que el que empezó en nosotros una buena obra no la va a dejar inacabada.

Audio-homilía: El que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante

Evangelio según San Juan

Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador.
El corta todos mis sarmientos que no dan fruto y, al que da fruto, lo poda para que dé más todavía.
Vosotros ya estáis limpios por la palabra que yo os anuncié.
Permaneced en mí, como yo permanezco en vosotros. Así como el sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid, tampoco vosotros, si no permanecéis en mí.
Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada podéis hacer.
Pero el que no permanece en mí, es como el sarmiento que se tira y se seca; después se recoge, se arroja al fuego y arde.
Si vosotros permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo obtendréis.
La gloria de mi Padre consiste en que déis fruto abundante y así sean mis discípulos.

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Audio-homilía: cuarto domingo de Cuaresma

La experiencia de acercarnos a la fe no tiene un único camino de acceso: son muchas y muy variadas las motivaciones. Pero la iniciativa para que el hombre conozca al Señor siempre es de Dios.

Jesús le dice a Nicodemo «tienes que nacer de nuevo». Vino nuevo en odres nuevos. No vale el vino nuevo con estructuras viejas. Jesús cambia la relación del hombre con Dios que se expone en el Antiguo Testamento: una alianza con Dios, basada en mandamientos, cumplimientos y castigos… Lo que Jesús propone es la nueva alianza, basada no en miedo, sino en el amor. No nos mueve el premio o el castigo, sino una relación de amor y confianza. El que cree y ama a Dios vive en confianza y no siente miedo.

Lo que nos pasa en la vida es responsabilidad nuestra. ¡Basta de buscar excusas fuera!. Los castigos no los manda el señor, son consecuencia de nuestro no saber responder a las circunstancias.

Ojala que aprendamos a acoger el regalo que supone sentir a Dios desde el amor y no desde el temor.

Audio-homilía: cuarto domingo de Cuaresma

Evangelio según San Juan

En aquel tiempo dijo Jesús a Nicodemo: «De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todos los que creen en él tengan Vida eterna.
TAnto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.
El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.
En esto consiste el juicio: la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas.
Todo el que obra mal odia la luz y no se acerca a ella, por temor de que sus obras sean descubiertas.
En cambio, el que obra conforme a la verdad se acerca a la luz, para que se ponga de manifiesto que sus obras han sido hechas en Dios».

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