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Fe, esperanza y amor… el triunfo de la vida sobre la muerte

La lectura que el evangelio nos proponía el pasado domingo nos presentaba una imagen muy gráfica: un cortejo de muerte se encuentra con Jesús. Y Él transforma la muerte en vida con enorme compasión y, al mismo tiempo, con autoridad.

Al margen de la metáfora, este pasaje (como casi todo en el evangelio) tiene una enorme actualidad.

¡Cuántos de nosotros vivimos muertos en vida! ¡Cuántas veces perdemos la fe en nosotros mismos, en los demás, en la vida! ¡Cuántas veces nos pueden la desesperanza, la tristeza, el enfado, el odio! ¡Cuántas veces deambulamos por el mundo como un cortejo fúnebre!

Jesús nos dice claramente: «No llores». Nos recuerda que «Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos» y nos exhorta a «vivir en abundancia».

Nuestra miopía, nuestra estrechez de miras nos lleva a interpretar todo desde un esquema cortoplacista. No sobrellevamos bien las cuaresmas y las muertes y perdemos a menudo la perspectiva.

Como cristianos deberíamos tener meridianamente claro que toda muerte lleva aparejada una resurrección (así como la necesidad de permitir la muerte del hombre viejo, para dar paso al hombre nuevo). Es la esperanza a la que nos llaman Jesús y nuestro Padre.

En el evangelio de la viuda de Naín se nos muestran con nitidez cuáles son las armas de Jesús (y las nuestras) para hacer frente a la muerte y a la desesperanza: compasión, amor y una fe y una esperanza imperturbables.

Pidamos a Dios que refuerce nuestra fe, que nos ayude a alimentar la esperanza y que nos ablande los corazones, para que podamos amar como Él nos ama.

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«Señor, yo creo pero aumenta mi fe»

El evangelio de hoy nos muestra un instante especialmente importante de la vida de Jesús: la llamada a Pedro, Andrés, Santiago y Juan (el núcleo duro de sus discípulos).

Pero, en este episodio, encontramos una frase que me resuena de forma especial (y que, de hecho, fue la que inspiró el nombre de este blog que nació hace ya casi tres años).

Jesús dijo a Pedro: «Navega mar adentro, y echad las redes». Simón le respondió: «Maestro, hemos trabajado la noche entera y no hemos sacado nada, pero si tú lo dices, echaré las redes». Lucas 5, 4-6.

Siento que este pasaje nos llama a profundizar, a perserverar, a no rendirnos ante supuestas evidencias… Y, por encima de todo, a confiar en el Señor.

Los hombres tendemos a entusiarmarnos con facilidad con los proyectos o con las personas… Pero nuestra ilusión, nuestra fortaleza y nuestra constancia a veces se asemejan a las burbujas del champán: tienen una salida explosiva y, en cuestión de segundos, pierden fuerza y quedan en nada. Y, en ese momento, nos armamos con excusas que nos anestesian para abandonar, para rendirnos, para traicionar…

«Dichosos los que creen sin haber visto» Jn 20, 29.

Contamos con una herramienta poderosísima: la fe. Buscando una definición para esta palabra de apenas dos letras que engloba un concepto tan grande, encuentro esta frase: «la fe es la certeza de lo que se espera y la conviccion de lo que no se ve». Nada más y nada menos.

El pasado día 11 de octubre de 2013 (fecha en la coincidían el 50 aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II y el 20 aniversario de la promulgación del Catecismo de la Iglesia Católica) el papa Benedicto XVI inauguraba el «Año de la Fe» como «una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor». Este periodo de profundización y alimentación de nuestra fe se clausurará el 24 de noviembre, coincidiendo con la solemnidad de Cristo Rey.

Es un buen momento para analizar cómo andamos de fe (si es fuerte o frágil, si nuestra fe es ciega o razonada, si la potenciamos o la tenemos adormecida…). Es hora de ampliar nuestro conocimiento de Jesús, de su vida y de su mensaje, para que esa fe se fortalezca.

Pidámosle a Dios que nos dé fe para seguir nuestra trayectoria, perseverancia y lealtad para no abandonar a las primeras de cambio, y fortaleza para navegar mar adentro, para salir de nuestras zonas de confort y para seguir echando las redes aunque las circunstancias no sean cómodas, aunque el cansancio nos venza, aunque muchas voces nos digan que estamos equivocados…

«¡Todo es posible para el que cree! … ¡Señor, yo creo pero aumenta mi fe!» Marcos 9, 22-24.

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Los bichos bola

Introducción. Uno de los recuerdos más nítidos que tengo de mi época de formación en aquellos lejanos años 90 son unos bichitos que nos acompañaban cada mañana en la capilla de Siete Aguas. Eran unos bichos lentos, con muchas patas, con un caparazón laminado, amigos de humedades, de rincones y de zonas oscuras, cuya característica más señalada era que, cuando sentían una amenaza externa, se replegaban sobre sí mismos y se quedaban hechos una bola. Se paralizaban, se escondían y dejaban de caminar, pensando que con dejar de ver se diluía la amenaza. ¡Cuántas veces mi oración estaba inspirada en ellos! Su nombre siempre quedará en mi memoria como los bichos bola, los de la vida miedosa. Había épocas en mi vida donde mi forma de vivir se parecía a la de esos animalitos. Miedoso, inseguro, sintiendo la amenaza continuamente, pensando que todo lo que me rodeaba era hostil, enemigo, peligroso. El origen de los miedos está en lo frágiles y pequeños que nos vemos frente a la cantidad de exigencias y de retos que la vida nos presenta. En todas las opciones de la vida: desde la vida familiar, de esposos, de padres…. En la llamada a la vida religiosa, al sacerdocio, en el ámbito profesional o simplemente en los círculos de amigos, estar a la altura de lo que se pide de nosotros es muy difícil. No tengo muy claro si la exigencia viene de fuera, o viene de nosotros mismos, pero es muy cansino despertarse cada mañana y que la mirada sobre el día se parezca a una dura carrera de obstáculos: pruebas a superar, peligros a esquivar… Cuando ese mismo despertar podía ser alegre, novedoso, esperanzador, ilusionado por todo lo que nos puede ocurrir, por el amor que voy a recibir, por la cantidad de gente buena con la que me voy a encontrar. Desde que intento vivir la fe, la mirada sobre la realidad va cambiando. Hay un esfuerzo de parte de Dios para que deje de vivir en el temor y sea capaz de desplegar las alas y los talentos que él me ha regalado.

Lo que Dios nos dice. «Los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios. Pues bien, vosotros no habéis recibido un Espíritu que os haga esclavos, de nuevo bajo el temor, sino que habéis recibido un Espíritu que os hace hijos adoptivos y os permite clamar: Abba, es decir Padre. Ese mismo Espíritu se une al nuestro para dar testimonio de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, también somos herederos: herederos de Dios y coherederos con Cristo, toda vez que, si ahora padecemos con él, seremos también glorificados con él». Rom 8,14-17. Muchos de nuestros miedos tienen que ver con el fracaso. Nos da pánico hacer el ridículo, no llegar a las metas que nos proponemos. La frustración, sentirnos perdedores, tiene mucho que ver con las expectativas y los ideales que nos marcamos. ¡Cuánta exigencia por querer llegar a ser los mejores, los primeros, los que aciertan! Cuando en la práctica todos caminamos en la duda, construimos a base de intentos y de arriesgarnos… No hay proyecto de vida que no cueste, que no se realice entre luces y oscuridades. No existe la persona que no se equivoque o que no se arrepienta de algo. El camino de dejar de ser un bicho bola y de construirnos como personas libres, maduras, humildes, pasa por lo amados que nos sintamos… Por la agilidad y la humildad con la que nos volvemos a poner de pie las veces que haga falta, a pesar de las muchas caídas y de los muchos errores.
«Nuestro amor alcanza la plenitud cuando esperamos confiados el día del juicio, porque también nosotros compartimos en este mundo su condición. En el amor no hay lugar para el temor. Al contrario, el amor perfecto echa fuera el temor, porque el temor supone castigo y el que teme no ha logrado la perfección en el amor. Nosotros debemos amarnos, porque él nos amó primero». 1ªJn 4,17-19. A confiar se va aprendiendo a lo largo de la vida. Es verdad que sentimos el dolor y el desgarro de que jueguen con nosotros, de que nos utilicen, de que nos traicionen. Pero encontrar en el camino de la vida personas que se comprometen con nosotros y que nos asumen en lo bueno y en lo malo, nos hace más comprensible y cercana la fidelidad de Dios con nuestras vidas. «Escuchadme, linaje de Jacob; los que quedáis del linaje de Israel, con quienes cargué desde el seno materno, a quienes llevé desde el vientre de su madre. Seguiré siendo el mismo hasta vuestra vejez, os seguiré sosteniendo hasta vuestra ancianidad. Así he actuado, y así seguiré actuando, os sostendré y os liberaré». Is 46,3-4. El bicho bola se siente arrojado a la existencia con la misión de subsistir, de ser un superviviente, de conquistarse un minuto más de vida. Nosotros somos Hijos de un Padre que nos ha preparado todo para que vivamos de forma abundante. Con amor, con una alegría que nadie nos puede quitar, con la compañía adecuada, con ayuda para nuestros pasos… Y, si es cierto que la vida nos regala momentos de oscuridad, de falta de luz, siempre se nos brindan nuevas oportunidades.
«Os pido, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, que os ofrezcáis como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios. Este ha de ser vuestro auténtico culto. No os acomodéis a los criterios de este mundo; al contrario, transformaos, renovad vuestro interior, para que podáis descubrir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto». Rom 12,1-2. Lo que está diciendo Pablo que no asuste a nadie. Ofrecernos como sacrificio no es poner el cuello para que nos peguen un tajo. Nos dice que no nos escondamos, que no enterremos nuestros talentos, nuestras capacidades, nuestras virtudes… No seamos bichos bola asustados que no saben, que no opinan, que no expresan, que queriendo guardar las formas de lo correcto, de lo que Dios manda, se pierden mil oportunidades de vivir. No en lo teórico, ni en la cabeza racional, que tanta vida desaprovecha.

Cómo podemos vivirlo. Desplegar las alas que siempre hemos llevado es no tener miedo a equivocarse. No tener miedo a empezar de nuevo. Es olvidar lo que dejamos atrás y lanzarnos a lo que nos espera por delante. Sólo por hoy. Mañana ya veremos.

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Audio-homilía: No estás lejos del reino de Dios

Uno puede no saber por defecto o por exceso. Este evangelio lo protagoniza un escriba, un estudioso de la palabra de Dios, pero muchas veces el exceso de información teórica provoca saturación. San Ignacio de Loyola decía «No el mucho saber harta y satisface el alma, sino el gustar internamente de las cosas de Dios«. Si la fe se queda solo en lo intelectual, provoca desconcierto. Al escriba del evangelio le llama la atención de Jesús su integración vital: su alegría, su acogida, la vida que emana…

No podemos edificar nuestra fe en el conocimiento, sino en la experiencia vital de que Dios es el que nos quita los miedos. Estamos en el Año de la Fe, pero no es momento para comprar más libros, para leer más, para llenar nuestra cabeza de más datos, sino el corazón de más experiencia de amor.

Hablando del primer mandamiento Jesús nos plantea: ¿te dejas amar?, ¿ves tu vida con los ojos con los que Dios la mira?, ¿te sientes hijo privilegiado de Dios?, ¿vives con el corazón lleno de sonrisas y abrazos?…

El Señor le pide al escriba (y a todos nosotros) que no nos pongamos a hacer mil cosas, a programar, a solucionar el mundo. Primero siéntete amado, porque, si no te sientes amado, integrado y seguro, no puedes amar, integrar y dar seguridad a los demás.

No podemos buscar recetas en un libro, porque la palabra que Dios quiere dirigir a los demás a través de nosotros nace del corazón.

Ese es el significado de la frase «dar gratis lo que recibimos gratis«. Se trata, en primer lugar, de dejarse amar por Dios. Y ese dejarse amar consiste en darnos cuenta de que Dios nos lo regala todo, para que nosotros lo disfrutamos y lo compartamos con los demás. Dios no rivaliza con nuestros afectos, pero nos pide que nos demos cuenta que las cosas no nos van a salvar. Si somos conscientes de todo el amor que recibimos a través de Dios, podremos después disfrútalo con los demás. Solo la fe nos permite mirarlo todo como un regalo.

Ojalá que aprendamos a percibir cómo Dios nos ama, para luego dar a los demás todo lo que recibimos.

Audio-homilía: No estás lejos del reino de Dios

Evangelio según San Marcos

Un escriba que los oyó discutir, al ver que les había respondido bien, se acercó y le preguntó: «¿Cuál es el primero de los mandamientos?».
Jesús respondió: «El primero es: Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor; y tú amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, con todo tu espíritu y con todas tus fuerzas. El segundo es: Amarás a tu prójimo como a tí mismo. No hay otro mandamiento más grande que estos».
El escriba le dijo: «Muy bien, Maestro, tienes razón al decir que hay un solo Dios y no hay otro más que él, y que amarlo con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo, vale más que todos los holocaustos y todos los sacrificios».
Jesús, al ver que había respondido tan acertadamente, le dijo: «Tú no estás lejos del Reino de Dios». Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

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Audio-homilía: Festividad de Todos los Santos 2012

Esta es una de las fiestas más bonitas que podemos celebrar. Dios es capaz de transformar la humanidad (que muchas veces es barro, contradicción, dolor, sufrimiento, injusticia…) y hacer brillar en nuestro corazón lo más genuino: la imagen y semejanza de Dios de la que todos somos portadores.

Esta fiesta sirve para equilibrar toda la mirada pesimista sobre la humanidad y reconocer que Dios no tiene límites. A Dios, que no tiene imposibles, le sirve nuestra pequeña humanidad para que el milagro ocurra: el Dios alfarero toma un poco de barro y saca un tesoro de él.

La fiesta de hoy es la de la reconciliación con la humanidad, porque tiene la semilla de la divinidad en su ADN. Dios nos dice que el amor tiene capacidad para transformar una frágil humanidad en algo muy valioso y muy grande.

La vida está llena de fracasos y de desolación, pero el final de la historia individual y de la colectiva están amenazadas de resurrección, de transformación gloriosa, como el pequeño gusano del que surje la maravillosa mariposa. Debemos creer en las promesas que Dios nos ha hecho.

Esta fiesta nos demuestra que la llamada a la santidad la tenemos todos en el corazón. Ojalá que no nos desanimemos ante lo negativo, sino que estemos alegres porque el amor hace menos ruido que las bombas. Hay mucha más gente abrazando, queriendo, construyendo que gente destruyendo. Que en este Año de la Fe el Señor nos regale la convicción de que sus promesas no quedan estériles.

Audio-homilía: Festividad de Todos los Santos 2012

Evangelio según San Mateo

Al ver a la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a él.
Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo:
«Bienaventurados los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos. Bienaventurados los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia. Bienaventurados los afligidos, porque serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque obtendrán misericordia. Bienaventurados los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos. Bienaventurados vosotros, cuando os insulten y os persigan, y os calumnien en toda forma por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque tendréis una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que os precedieron»

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