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¿De qué sirve creer?

Introducción. Estamos terminando el año de la fe y la verdad es que es necesario agradecer y valorar el Credo recibido de la gran tradición de creyentes que a lo largo del tiempo nos han dejado un sintético resumen de las verdades fundamentales de nuestra fe. Durante siglos, hombres y mujeres del mundo entero, han proclamado la confianza depositada en un Dios que es familia, comunidad de vida y de amor. Padre, Hijo y Espíritu Santo. Dios familia que nos ha dado por puro amor su Vida, manifestada en su cercanía y su presencia por la Encarnación de su Hijo Jesucristo. Tras pasar por la muerte, por el dolor, por la soledad y por la humillación, nos ha regalado la gran noticia que la muerte no tiene la última palabra, sino que el amor es más fuerte que todas las muertes y que la resurrección es capaz de transformar los caminos de la historia.
Tener una gran nube de testigos nos hace más fácil creer. Hombres y mujeres que han llegado a dar su vida, hasta el extremo, por Cristo y por el evangelio. “En consecuencia: teniendo una nube tan ingente de testigos, corramos, con constancia, en la carrera que nos toca, renunciando a todo lo que nos estorba y al pecado que nos asedia, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe, Jesús, quien, en lugar del gozo inmediato, soporto la cruz, despreciando la ignominia, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios”. Heb 12, 1-2.
Creemos en la Iglesia como comunidad de creyentes, continuación en la historia de la comunidad de Jesús que formó al llamar a los primeros discípulos, a los que luego envió a predicar su palabra. Creemos en que la vida que nos regala Dios no termina, se transforma. La muerte ha sido vencida, ya no estamos condenados a vivir con miedo y con temor. El amor es capaz de expulsar todos los miedos incluidos el miedo a la muerte. Creemos en el perdón de los pecados, en la fuerza curativa de los sacramentos y en la salvación.
Pero es una tarea inaplazable construir nuestro propio credo, el que de forma existencial nace de la experiencia de vivir nuestra vida desde la fe. Es necesario personalizar e interiorizar nuestra fe, traducirla en nuestro propio lenguaje. Ver que nuestra vida cotidiana está llena de luz, de reflejos que saben a Evangelio, que Dios deja de ser una idea y se convierte en un amigo. Claro que creemos en el Dios que nos enseña la Iglesia, en el Credo de los apóstoles, pero ¡qué necesario es que los creyentes no seamos sólo repetidores de unos dogmas o de unas verdades aprendidas, formuladas en un lenguaje frío y distante, sino protagonistas que hacen vida lo que han aprendido! Hacer experiencia de aquello que sabemos por la fe. No es lo mismo saber la receta de la paella, que cocinarla y comérnosla junto a los amigos. No es lo mismo leer un libro de autoayuda que nos recuerde lo valiosos que somos, que vivir cada día seguros del valor de nuestra vida, con la confianza, la alegría y el ánimo de quien sabe que va a triunfar. No es lo mismo recitar el credo, que sumergirse en la experiencia de sabernos y vivir como hijos de Dios.

Lo que Dios nos dice. “Jesús volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendió por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas y todos lo alababan. Fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el rollo del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor. Y, enrollando el rollo y devolviéndolo al que lo ayudaba, se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos clavados en él. Y él comenzó a decirles: Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír”. Lc 4, 14-21.
Actualizar la fe es descubrir que lo que Dios promete lo vamos reconociendo como real. Todos los relatos donde Jesús sana, cura, libera, anima, perdona, todo eso se cumple hoy en las personas que se dejan, que abren la puerta, que bajan de sus orgullos y de sus fortalezas, y se ponen a dialogar con Jesús cara a cara como Zaqueo. “Hoy ha llegado la salvación a esta casa” significa que podemos sentirnos salvados, liberados de todo nuestro pasado. Acompañados en todo momento por aquel que nos amó primero.
“Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos acerca del Verbo de la vida; pues la Vida se hizo visible, y nosotros hemos visto, damos testimonio y os anunciamos la vida eterna que estaba junto al padre y se nos manifestó. Eso que hemos visto y oído os lo anunciamos, para que estéis en comunión con nosotros y nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Os escribimos esto, para que nuestro gozo sea completo”. 1ªJn 1,1-4.

Cómo podemos vivirlo. Tenemos que hacer un ejercicio continuo de reconocer y de agradecer lo que diariamente vivimos de la fe: nuestra vida de oración, nuestros días acompañados por la palabra que nos acompaña… La cercanía de un Dios al que descubro en todo lo que vivo. Tener una comunidad con la que poder compartir la fe es un regalo, tener la posibilidad de celebrar, de compartir, de aprender, de proponer, de comprometerme a que las cosas cambien, mejoren, se transformen. Poder prestar mi tiempo, mi sensibilidad, mi escucha y mi solidaridad, escuchando el sufrimiento de los demás, su soledad, su tristeza. Visitar enfermos, enseñar al que no sabe, compartir alegrías e ilusiones, todo es vivir la fe, crear el Reino, mostrar que Jesús está vivo y nosotros somos testigos de esa espiral de amor, de aire limpio, de frescura, de novedad, que nos regala la fe.

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La conciencia es la voz del alma, las pasiones son la voz del cuerpo

Introducción. Cuando los apóstoles le piden al Señor que les aumente la fe, no es sólo un reconocimiento humilde de la distancia que hay entre la mirada de los hombres y la mirada de Dios. Expresa también el deseo claro y sincero de entrar en la misma vida de Dios, en la mirada con la que Jesús afronta el encuentro con las personas y con las circunstancias.
“Porque mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos -oráculo del Señor-. Cuanto dista el cielo de la tierra, así distan mis caminos de los vuestros y mis planes de vuestros planes”. Is 55,8-9.
Es pedirle que nos regale la clave para tener una comprensión integradora de nosotros mismos, de la realidad que nos rodea y de la vida en general. Hay momentos de verdadero desconcierto cuando escuchando nuestra voz interior reconocemos conflictos entre lo que hacemos, lo que deseamos, lo que nos gustaría, lo que en verdad podemos. Una de las principales causas de nuestra falta de alegría es la no identificación entre lo que vivimos y lo que nos gustaría vivir. Desde muy pequeños nos han preguntado: ¿Tú, qué quieres ser de mayor? Como si todo lo que vamos a vivir en el futuro, dependiera de nuestros gustos, de nuestros planes diseñados y de nuestras posibilidades. Y lo más cierto es que nuestras vidas se van construyendo fruto de nuestra libertad, de nuestras decisiones y fruto también de la mano providente y misericordiosa de Dios que nos acompaña, que nos guía y que nos regala las circunstancias para desarrollar los talentos y las habilidades que Él nos da. No podemos vivir con temor nuestra existencia, ni con la tristeza que se genera al sospechar que somos un error, que estamos mal hechos, que la vida es una broma pesada de alguien que se divierte con nuestras desgracias. Tampoco podemos poner el cartel de advertencia, peligro, a todo lo que nace de nuestra humanidad. Tanto el cuerpo como el alma vienen de las mismas manos. Me preocupan ciertas espiritualidades que rechazan toda la parte corporal, física de nuestra vida. La censura de todo lo que suponga gozar, sentir y disfrutar. El dualismo que enajena, que limita, que reduce a las personas a bonsáis cuando en realidad tienen capacidad de convertirse en un árbol grande y frondoso. Pedir a Jesús que nos aumente la fe supone pedirle que nos renueve y que nos cambie viejas creencias que nos confunden y nos alejan de la mirada original y bondadosa con la que Dios mira su creación.

Lo que Dios nos dice. “Vio Dios todo lo que había hecho y era muy bueno”. Gn 1, 31. “Amas a todos los seres y no aborreces nada de lo que hiciste; pues, si odiaras algo, no lo habrías hecho. ¿Cómo subsistiría algo, si tú no lo quisieras?, o ¿cómo se conservaría, si tú no lo hubieras llamado? Pero tú eres indulgente con todas las cosas, porque son tuyas, Señor amigo de la vida”. Sab 11, 24-26.
La bondad y la confianza de toda la realidad que nos rodea son las bases sobre las que construir nuestra vida. El amor que Dios ha puesto en toda su creación nos tiene que expulsar todos los miedos y temores.
“Nada que entre de fuera puede hacer impuro al hombre, porque no entra en el corazón sino en el vientre y se echa en la letrina. (Con esto declaraba puros todos los alimentos) Y siguió: Lo que sale de dentro del hombre, eso sí hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los pensamientos perversos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, malicias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro”. Mc 7, 18-23.
Las pasiones, los deseos, la creatividad, las pulsiones son tan humanos, tan divinos, tan reales, como la compasión, la generosidad o la capacidad de perdonar. La curiosidad, el querer tener experiencias, el aprender, el investigar… no es la sede de los pecados o de los males de la humanidad. ¡Cuánto le debemos en el terreno de la ciencia y de la fe, a las personas que no se han conformado con aceptar las explicaciones heredadas sin más, sino que han buscado, que han arriesgado, que se han salido del camino trazado, para encontrar más verdad, más claridad, más luz!.
El mismo Jesús fue un transgresor de la religión que había recibido: “Los discípulos de Juan se le acercan a Jesús, preguntándole: ¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos a menudo y, en cambio, tus discípulos no ayunan? Jesús les dijo: ¡Es que pueden guardar luto los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos? Llegarán días en que arrebatarán al esposo y entonces ayunarán”. Mt 9, 14-15.
No podemos ni debemos demonizar toda la parte intuitiva, creativa y pasional que nos constituye. Como en todos los aspectos de la vida, tenemos que aprender a usarlos, a educarlos, a vivirlos no de forma egoísta y centrándonos en nosotros mismos, sino como vehículos a través de los cuales podemos expresar de una forma muy clara el amor, la comunión y hasta la capacidad de salvarnos.

Cómo podemos vivirlo. La fe nos tiene que despejar los miedos y los temores a sentir, a gozar, a vivir. Conozco mucha gente que tiene miedo a reír en una Iglesia porque al ser terreno sagrado lo concibe como una falta de respeto. Y me asusta la imagen de Dios que estamos proyectando. ¡Menos mal que hay voces muy autorizadas que nos animan a ser felices!. Sólo por hoy no tendré temores. De manera particular no tendré miedo de gozar de lo que es bello y creer en la bondad. Juan XXIII

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Audio-homilía: Auméntanos la fe

Los apóstoles debieron ver en Jesús algo muy atractivo y/o muy difícil de hacer para hacerle esta petición. Si leemos el párrafo que va inmediatamente antes de este en el evangelio, lo entendemos mejor, porque encontramos la pregunta de cuántas veces hay perdonar al prójimo y el “70 veces 7” de Jesús.

Esto a los apóstoles (y a nosotros) nos parece muy difícil. Pero no son nuestras fuerzas, ni siquiera nuestros buenos propósitos, los animadores de nuestras buenas obras. San Pablo decía que desear el bien estaba a su alcance pero no realizarlo.

Los apóstoles reconocen que a Jesús le movía una energía diferente a la suya. Y se la piden al Señor. Y su respuesta es que la fe va en proporción a nuestra esperanza en que las cosas se van a lograr y a nuestro esfuerzo por hacerlas realidad. Se trata de creer que se puede.

La fe no es querer que Dios lo arregle todo mientras nosotros no movemos un dedo. Jesús les dice a los apóstoles que nuestra obligación es hacer lo que tenemos que hacer. Nosotros también pretendemos que Dios haga milagros, mientras nosotros nos quedamos con los brazos cruzados. Jesús nos pide que creamos que podemos.

Ojalá que nosotros dentro de nuestras posibilidades creamos que Dios cuenta con nosotros.

Jesús también nos exhorta a que no nos colguemos medallas. “Cuando hagas lo que tienes que hacer, no te creas la octava maravilla, vive del agradecimiento del Señor”. Vivir en plenitud es nuestra obligación, no es para que nos vengamos arriba, sino para hacerlo y disfrutarlo como corresponde.

Ojalá que el Señor nos aumente las ganas de amar, que la generosidad para responder a las necesidades de los demás nos inunde y que no nos quejemos por hacer lo que tenemos que hacer.

Audio-homilía: Auméntanos la fe

Evangelio según San Lucas

Los Apóstoles dijeron al Señor: “Auméntanos la fe”.
El respondió: “Si tuviárais fe del tamaño de un grano de mostaza, y dijérais a esa morera que está ahí: ‘Arráncate de raíz y plántate en el mar’, ella os obedecería.
Supongamos que uno de vosotros tiene un servidor para arar o cuidar el ganado. Cuando este regresa del campo, ¿acaso le dirá: ‘Ven pronto y siéntate a la mesa’? ¿No le dirá más bien: ‘Prepárame la cena y recógete la túnica para servirme hasta que yo haya comido y bebido, y tú comerás y beberás después’? ¿Deberá mostrarse agradecido con el servidor porque hizo lo que se le mandó?
Así también vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que se os mande, decid: ‘Somos simples servidores, no hemos hecho más que cumplir con nuestro deber'”.

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Espejos vivos

Introducción. Cuando reconocemos por la fe, la confianza tan grande con la que Dios trata a la humanidad y las posibilidades extraordinarias que nos ha dado para poder ser imagen y semejanza suya, reflejos de su amor en el mundo y en la historia, siento que no valoramos suficientemente el valor de cada una de nuestras vidas. Estoy profundamente agradecido a Dios por sr el más firme entusiasta y el más fiel amante de la humanidad. Está convencido de nuestra capacidad de amar, de crear, de sentir, de acoger, de proteger y de perdonar.
Somos nosotros los que a base de chascos y de decepciones hemos dejado de creer en lo que somos capaces de sentir, de vivir, de crear… En general cuando nos referimos a nuestros prójimos, por las expresiones que utilizamos y el tono que empleamos, se nos cuela mucho cansancio, mucho escepticismo, mucho pesimismo antropológico. ¡Cuánta crítica y cuánta descalificación se lanza gratuitamente, generalizando los juicios y las denuncias! ¡Cuánta desconfianza e indiferencia ante las instituciones tanto de carácter político, religioso, sindical o deportivo! Lo colectivo está en desuso. Ya no esperamos nada de casi nadie. En demasiados casos hemos puesto nuestra confianza en promesas que nos han hecho, en proyectos que pedían nuestro compromiso y nuestra fidelidad, y el resultado no ha sido el esperado. Y poco a poco nos alejamos de todo lo que signifique fiarnos, comprometernos, ponernos en la manos de otros.
Nuestra elección como compañeros de vida es hacia nosotros mismos. Nos volvemos autosuficientes, individualistas, egocéntricos. Tomamos en cuenta a los demás en la medida que podemos sacar algo de beneficio y de provecho, pero el sueño del amor, del ser uno, del para siempre, se hace añicos cuando la evidencia nos habla continuamente de rupturas y fracasos. Y nos cuesta mucho volver a confiar, volver a creer.
Por eso, descubrir con novedad la mirada misericordiosa que tiene el Señor sobre nosotros, que renueva, que regenera, que transforma, y la ilusión con la que acompaña toda la historia de la humanidad y de nuestra vida personal nos devuelve el deseo de creer, de soñar.

Lo que Dios nos dice. “Y vi un cielo nuevo y una tierra nueva, pues el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar ya no existe. Y vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén que descendía del cielo, de parte de Dios, preparada como una esposa que se ha adornado para su esposo. Y oí una gran voz desde el trono que decía: He aquí la morada de Dios entre los hombres, y morará entre ellos, y ellos serán su pueblo, y el Dios con ellos será su Dios. Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni duelo, ni llanto ni dolor, porque lo primero ha desaparecido. Y dijo el que está sentado en el trono: Mira, hago nuevas todas las cosas”. Ap 21,1-5.
Es verdad que todo puede ser nuevo si la mirada con la que observamos la realidad que tenemos delante se renueva. No es de ingenuos o de ilusos descubrir la cantidad de cosas valiosísimas que diariamente ocurren delante de nosotros. Si estamos esperando lo extraordinario, lo espectacular, lo exclusivo, puede que no pase nada. Pero si estrenamos la vida cada día, si olvidamos lo que pasó ayer, y hoy, con olor a recién hecho, nos abrimos a las personas, a las circunstancias con novedad, descubriremos cuánto de Dios se refleja en cada una de ellas.
“El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá recompensa de justo. El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa”. Mt 10,40-42.
Está hablando Jesús de algo sencillo, de algo posible, de dar un vaso de agua, de escuchar, de sonreír, de abrazar… Nos molesta la gente cuando llenamos de expectativas las relaciones y no se cumplen y nos decepcionan. Pero cuando no esperamos nada, cuando la gratuidad sustituye al interés, cuando vemos que es sorpresa y milagro el encuentro con el otro, entonces tenemos la suficiente perspectiva para descubrir que los demás son un espejo vivo en el que podemos encontrar a Dios. Las personas traducimos a los demás los rasgos del corazón de Dios: en los momentos positivos cuando dejamos fluir la escucha, la comprensión y la acogida, y en los negativos, cuando tratamos con misericordia y compasión la falta de Dios en los corazones, y la dolorosa corrupción que se vive en las vidas de las personas, sustituyendo el amor por el egoísmo, la soledad y la soberbia.
“Entonces, Moisés exclamó: Muéstrame tu gloria. Y él le respondió: Yo haré pasar ante ti toda mi bondad y pronunciaré ante ti el nombre del Señor, pues yo me compadezco de quien quiero y concedo mi favor a quien quiero. Pero mi rostro no lo puedes ver, porque no puede verlo nadie y quedar con vida. Luego dijo el Señor: Aquí hay un sitio junto a mí; ponte sobre la roca. Cuando pase mi gloria, te meteré en una hendidura de la roca y te cubriré con mi mano hasta que haya pasado. Después, cuando retire la mano, podrás ver mi espalda, pero mi rostro no lo verás”. Ex 33,18-23.

Cómo podemos vivirlo. Nuestras vidas van traduciendo a los demás el Dios con el que nosotros vivimos. Somos las cartas vivas que se pueden ir leyendo con claridad. Mensajes claros y sencillos en los que vamos narrando nuestra experiencia de sentirnos acompañados, seguros de la bondad de la vida y de los regalos que Dios nos hace. A veces hay conflictos, cansancios, sufrimientos, pero de todo ello aprendemos a ser pacientes, compasivos y comprensivos como Dios mismo lo es.

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Yo me acuso

Si hace unos días escribía una entrada de acción de gracias, por los mil y un regalos que nuestro Buen Padre nos pone cada día en el camino de la vida, hoy hago un acto de contricción por los muchos pecados que cometemos los cristianos.

Últimamente he comentado con personas que están dentro y fuera de la Iglesia la tendencia que algun@s cristian@s tenemos a creernos los elegidos, los buenos, los “pata negra” del Reino de Dios…

Sin embargo, ser testigos y evangelizadores del Reino de Dios en la tierra no es un cargo nobiliario, que se herede por pertenecer a tal o cual familia. Yo más bien creo que, muy al contrario, el reconocernos cristianos nos obliga a hacer un esfuerzo extra de coherencia, para vivir en profundidad (o al menos intentarlo) siguiendo la hoja de ruta de Jesús.

Escucho muchas quejas desde gente de la Iglesia sobre la actitud de muchas personas hacia el cristianismo. Y a veces echo en falta más autocrítica, sinceridad y honestidad con muchas de las actitudes que reflejamos… actitudes que más que atraer expantan a los que no están cerca de Jesús.

Nuevamente, voy a hacer el esfuerzo de compartir, en primera personas, algunas de esas cosas que, en mi opinión, alejan a los demás de la Iglesia. Imagino que, quien más quien menos, se sentirá interpelado por alguna de estas actitudes.

Yo me acuso… de fariseísmo: de cuidar en exceso las apariencias y de ser en ocasiones un sepulcro blanqueado (presentable por fuera y lleno de podredumbre por dentro).

Yo me acuso… de ser dogmática y excluyente, del exceso de vanidad y soberbia que supone pensar que “como yo soy cristiana” tengo una especie de carnet VIP y no debo interactuar con los que son diferentes. También me acuso de sentirme con la capacidad de juzgar a los demás.

Yo me acuso… de ser miedosa ante la vida y ante mi misión como testigo de Jesús en este siglo XXI, de incumplir el mandato que él nos hizo de “vivir en abundancia” y “proclamar el evangelio” (con las actitudes y no sólo con las palabras).

Yo me acuso… de mi tristeza y mi pesimismo, de vivir sin fe, sin esperanza, sin amor; me acuso de mi incredulidad tomasiana, de no estar dispuesta a ser sal ni luz en la tierra.

Yo me acuso… de ser fácilmente escandalizable, cuando mi vida está cargada de actitudes y pensamientos claramente escandalosos.

Yo me acuso… de ser egoísta, inflexible y de ver la paja en el ojo ajeno, sin alcanzar a percibir la viga en el propio, de ser incapaz de aceptar a los demás.

Yo me acuso… de la intolerancia que tengo hacia el barro, hacia lo duro, hacia lo feo, hacia lo que no encaja en mis esquemas. Me acuso de no dejarme hacer por Dios, de desconfiar de él, cuando sé positivamente que nunca falla.

Y, por último, yo me acuso de adorar a otros ídolos (el ego, el poder, el dinero, el placer por el placer y tantas otras cosas.

“Yo confieso ante Dios Todo Poderoso, y ante vosotros hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión”… “por eso ruego a Santa María siempre virgen, a los ángeles, a los santos y a vosotr@s herman@s que intercedáis por mí ante Dios nuestro Señor”.

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