evangelio

Audio-homilía: VI Domingo de Pascua 2015. Nadie tiene amor mas grande que el que da la vida por sus amigos

Hay tres ideas destacables en este evangelio.

La primera es la alegría. ¿Para qué tiene sentido hoy la Iglesia? Esta institución sólo tiene un objetivo: ser inyección de alegría para un mundo que descubre que las alegrías humanas son efímeras y poco profundas. Las alegrías deportivas, musicales, de eventos, de viajes… pasan. Las personas (el esposo, la esposa, el padre, el hijo, el amigo, el compañero, el jefe…) también nos decepcionan. Nosotros mismos nos decepcionamos y sufrimos crisis de identidad. El tiempo va comiéndose días, minutos, segundos y nos devuelve al presente donde todo lo que era ilusión se convierte en nostalgia. Sin embargo, la alegría del evangelio no tiene que ver con lo de fuera, sino que nace de cómo nos mira Dios.

Y ahí encontramos la segunda clave del evangelio que tiene que ver con la frase “os llamo amigos”. El amor de amistad es el más gratuito que hay. Otras relaciones humanas vienen impuestas: padres, hermanos, familiares… Pero los amigos son la familia que nosotros elegimos. La frase “lo que Dios ha unido” va mucho más allá del matrimonio. A los amigos no se les exige. La amistad parte de la gratuidad. A Dios le queremos por libertad, no por obligación. Por eso, cuando la religión se convierte en normas, en obligación y exigencia, no libera sino que encadena. Y Jesús deja muy claro a los apóstoles que “no os quiero esclavos, os quiero amigos”.

Ojalá en la iglesia hubiera más amigos y menos funcionarios, ojalá hubiera más enamorados y menos cumplidores de normas. Porque lo que sobra son cristianos que vamos a la iglesia con cara de limón ácido. Nosotros somos la propaganda del Señor y, si en nuestro rostro no se ve la paz y la alegría del Dios, transmitimos exigencia y no pensamiento libre y autónomo. El Señor nos llama amigos y la respuesta que le demos dependerá de nuestra relación con Él.

La tercera parte que conviene resaltar de este evangelio es la frase “no me habéis elegido vosotros a mí. Soy yo el que os he elegido”. No tenemos que pedirle a nadie permiso para ser como somos. Si el Señor nos llama, alegrémonos y que nuestra alegría pueda llegar a plenitud.

Evangelio según San Juan

Jesús dijo a sus discípulos: «Como el Padre me amó, también yo os he amado a vosotros. Permaneced en mi amor. Si cumplís mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo cumplí los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he dicho esto para que mi gozo sea el vuestro, y ese gozo sea perfecto.»
Este es mi mandamiento: Amaos los unos a los otros, como yo os he amado. No hay amor más grande que dar la vida por los amigos. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo servidores, porque el servidor ignora lo que hace su señor; yo os llamo amigos, porque os he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre. No sois vosotros los que me elegisteis a mí, sino yo el que os elegí a vosotros, y os destiné para que vayáis y deis fruto, y ese fruto sea duradero. Así todo lo que pidáis al Padre en mi Nombre, él os lo concederá. Lo que yo os mando es que os améis los unos a los otros.»

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Audio-homilía: V Domingo de Pascua 2015. Día de la Madre

Hoy celebramos el Día de la Madre con un fragmento del evangelio extraído del capítulo 15 de Juan.

La palabra clave de este capítulo es “permanecer”.

Ese el estado habitual de un bebé durante los 9 meses que está en el vientre de la madre. Está sumergido, rodeado completamente de amor, y con una única misión: alimentarse a través de ese cordón umbilical del que le viene la vida y formarse. Sólo tiene que permanecer. Y, después del nacimiento, nos cambia el chip y pasamos de ser sujetos pacientes del amor gratuito de Dios a sentirnos autónomos y un tanto arrogantes.

Imaginemos que el bebé en el vientre materno decidiera cortarse el cordón umbilical porque le limita los movimientos y quiere decidir sobre su cuerpo.

Jesús nos habla en este evangelio de eso. ¿Cuál es el pecado principal de toda la humanidad? La soberbia, la arrogancia, el decir a la madre y a Dios “no te necesito, quiero ser autónomo, mi cuerpo es mío, yo decido”. Y, Dios, como las madres, con ese amor que es pura paciencia, se ríe, sufre, pero sigue amando.

Lo más parecido al amor Dios es el amor de madre: refleja la incapacidad de cerrar el corazón al hijo, haga lo que haga. No poder dejar de quererle. Y, si eso es posible en una madre, cómo no será el amor de Dios.

Cuando Jesús nos dice que permanecer en su amor es la única forma de dar fruto, es totalmente cierto. Permanecer en su amor supone fe y confianza, reconocer de dónde nos viene la vida. Nosotros somos recipiente, fuente en la que brota la vida de Dios. Somos porque Dios nos regala el ser. De un plumazo nos reconocemos humildes. Somos muy frágiles y sin el Señor no hacemos nada. Separados del Señor no podemos hacer nada bueno, porque nos sale el egoísmo y la competitividad.

Dar fruto en nuestro mundo es que, unidos a Dios, demos los frutos del Espíritu: amor, alegría, paz, paciencia, bondad, benignidad, dominio de uno mismo. Es lo divino de Dios saliendo a través de sus hijos en el mundo. Esa es nuestra misión: embellecer, consolar, comprender, alegrar, enseñar. Se nota cuando vivimos al ritmo del Espíritu porque es imparable la cantidad de vida que somos capaces de dar.

La imagen del bebé es muy bonita. Imaginemos que alguien le explicara a un bebé a punto de nacer lo que le va a suceder cuando venga al mundo. Probablemente que le contáramos todas las maravillas que le esperan en esta vida le agobiaría, por puro desconocimiento.

Ojalá que nuestra vida no se apoye en nuestras seguridades, sino que podamos fluir como los bebés, como el mundo camina, sintiendo que es Dios quien nos sostiene y nos pide que demos mucho fruto.

Evangelio según San Juan

Jesús dijo a sus discípulos: «Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador. El corta todos mis sarmientos que no dan fruto; al que da fruto, lo poda para que dé más todavía.
Vosotros ya estáis limpios por la palabra que yo os anuncié. Permaneced en mí, como yo permanezco en vosotros. Así como el sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid, tampoco vosotros, si no permanecéis en mí.
Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada podéis hacer. Pero el que no permanece en mí, es como el sarmiento que se tira y se seca; después se recoge, se arroja al fuego y arde.
Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo obtendréis. La gloria de mi Padre consiste en que deis fruto abundante, y así seáis mis discípulos.»

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Audio-homilía IV semana Pascua 2015: El buen pastor da la vida por las ovejas

Este evangelio sólo se entiende si nos sentimos ovejas.

Sentirse oveja es reconocer que en esta vida no somos plenamente autónomos: no podemos decidir todo, ni somos libres del todo… es reconocer que desde el nacimiento nuestra vida es llevada y guiada por pastores. Sentimiento de oveja es igual a humildad: no somos alfareros de nuestro propio barro. Gran parte de lo que somos depende de lo que hemos vivido desde la infancia y de nuestra interacción con los demás.

El buen pastor es el que se toma en serio el proceso de crecimiento de una vida: padres, abuelos, tíos, profesores, amigos… Todos somos al mismo tiempo oveja y pastor, discípulo y maestro.

Pero el núcleo de este evangelio es ¿qué pasa cuándo viene el lobo?. Porque está claro que el lobo existe y nos pega zarpazos: el lobo de la guerra, el de la enfermedad, el de lo que nos defrauda la humanidad, el del terremoto de Nepal…

Cuando viene el lobo, ¡qué fácil es huir y dejar el compromiso! Eso en este evangelio se define como “amor de asalariado”.

Los sociólogos llaman a nuestra sociedad la del pensamiento “tecno-líquido”: somos dependientes de la tecnología y nuestra estructura de pensamiento es líquida (se adapta a la forma que tiene): según con quien estoy, me transformo. Y, por eso, a las personas que son sólidas en sus planteamientos en general no se las entiende.

¡Qué importante es reconocer al buen pastor y al asalariado! Los pastores no son los más aclamados en el ranking social. Por eso es maravilloso que Dios diga de sí mismo que es el Buen Pastor. Con esto dice que es un Dios que tiene corazón, que tiene deseo de defender lo suyo y que a cada oveja la pone un nombre porque es especial para él. Y, cuando llega el lobo, todo su interés es salvar a sus ovejas.

Ya lo dice San Juan: “mirad qué amor tan grande nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios… pues lo somos”. Ser, no parecer. Somos hijos de Dios cuando estamos rodeados de gente y cuando estamos solos; cuando nuestra vida es exitosa y cuando estamos hundidos… Ser no es hacer. Espanta esta sociedad que pide a todos que produzcan, que sirvan, que logren objetivos… ¿y el corazón?

El pastor del evangelio tiene corazón, es pontífice, protector y escudo.

Agradezcamos profundamente la experiencia de sentirnos ovejas perdidísimas, porque es cuando emerge con más fuerza el buen pastor que viene a nuestro rescate. La experiencia de que Jesús nos cargue sobre sus hombros sin reproches y nos vuelva a invitar a la fiesta del Señor es lo que nos hace tener por él un amor incondicional.

Este evangelio nos tiene que dar mucha confianza: nos recuerda que hay lobo, pero tenemos un buen pastor que lo vence.

Evangelio según San Juan

Yo soy el buen Pastor. El buen Pastor da su vida por las ovejas. El asalariado, en cambio, que no es el pastor y al que no pertenecen las ovejas, cuando ve venir al lobo las abandona y huye, y el lobo las arrebata y las dispersa. Como es asalariado, no se preocupa por las ovejas.
Yo soy el buen Pastor: conozco a mis ovejas, y mis ovejas me conocen a mí -como el Padre me conoce a mí y yo conozco al Padre- y doy mi vida por las ovejas. Tengo, además, otras ovejas que no son de este corral y a las que debo también conducir: ellas oirán mi voz, y así habrá un solo Rebaño y un solo Pastor.
El Padre me ama porque yo doy mi vida para recobrarla. Nadie me la quita, sino que la doy por mí mismo. Tengo el poder de darla y de recobrarla: este es el mandato que recibí de mi Padre”.

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Audio-homilía: II Domingo de Pascua. A los ocho días llegó Jesús

El tiempo pascual lo podemos vivir de forma pasiva: el Señor ha resucitado, lo recibimos y lo acogemos como un regalo y no hacemos nada más, salvo esperar que esa resurrección alcance todos los rincones de nuestra vida.

Sin embargo, este evangelio nos dice que la colaboración humana es imprescindible para que las situaciones cotidianas resuciten también. El Señor ha resucitado. Ahora nos toca a nosotros empezar a ver que nuestro día a día iluminado con la esperanza de la resurrección. Pasar de la tristeza de ser hombre a la alegría de ser hijos de Dios. Ese es el itinerario que hemos de hacer en Pascua.

Celebrar la Pascua no es un recuerdo histórico. En el mundo de hoy sigue habiendo Pasión y muerte. Hay gente que sigue muriendo en el camino de la cruz. Sigue habiendo conflictos, tensiones, guerras, violencia… Y eso nos puede hacer dudar de la resurrección del Señor. ¿De qué sirve celebrar la Vigilia Pascual si en la tierra sigue habiendo sufrimientos?

El Señor nos dice que Pascua no es idealización, sino presencia de Dios que transforma nuestros miedos en alegría. Jesús se presenta a una comunidad encerrada por miedo. Que el Señor resucite no significa la dispersión de todos los sufrimientos. Estamos en la iglesia que trabaja, en la iglesia peregrina, en la iglesia que con todo su esfuerzo va transformando realidades llenas de oscuridad en caminos de luz.

Resucitar significa que mi mirada, acompañada por Cristo resucitado, me hace ver al otro no con la evidencia de mis juicios sino con la misericordia de Dios. Se trata de no juzgar mi mundo con criterios periodísticos, sino implicándome de corazón. De esa forma no veré fracaso sino vida. Jesús no fracasó, Fue consciente de lo que pasaba pero transformó todo lo que hizo por el amor que puso.

Ojalá resucitemos de esa forma. Eso no significará la ausencia de problema, sino que estoy tan lleno de confianza en el Señor que soy capaz de vivir convencido de que Él va a actuar.

Jesús no nos pide una fe a ciegas, sino que la confianza nos inunde tanto que estemos convencidos de que vivamos lo que vivamos lo vamos a hacer con el Señor. Jesús es cercanía. Cristo resucitado se pone en medio de unos apóstoles acobardados y su saludo es “Paz a vosotros”, no reproches.

Somos personas, familias, amigos, comunidades no ideales que trabajan para ser mejores cada día, convencidos de que la última palabra no la tiene el sufrimiento, sino Dios.

Que el entusiasmo de cómo Dios nos mira contagie el nuestro y que podamos hacer las cosas de cada día llenos de ilusión y de ganas, sin quejas, sin perezas, sin reproches. Que el Señor nos toque el corazón, que vivamos iluminados por el Espíritu y que nos apasione este tiempo que el nos regala poder vivir.

Evangelio según San Juan 20,19-31

Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros». Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío». Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré».

Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: «La paz con vosotros». Luego dice a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente». Tomás le contestó: «Señor mío y Dios mío». Le dice Jesús: «Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído».

Jesús realizó en presencia de los discípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro. Éstas han sido escritas para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.

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Audio-homilía: Domingo de Ramos 2015

Escuchar una vez al año el relato de la Pasión nos ilumina de la potencia que tiene esta historia, de lo grande que es lo vivió Jesús, porque pasa por todo lo profundo que la humanidad es capaz de vivir.

Si uno medita la Pasión y pone nombre a actitudes que aparecen en los personajes de la Pasión, reconoce cómo se describe todo lo que es la humanidad. Ve el miedo en unos apóstoles, que se sienten atraídos por el Jesús triunfador del Domingo de Ramos pero que, según van viendo la peligrosidad de la situación, van alejándose. Reconoce cómo aparecen la negación y la cobardía en un Pedro que es capaz de negar por tres veces al Maestro. Se contemplan la ambición, la ambigüedad, la crueldad, la hipocresía de los fariseos…

Pero, sobre todo, el relato de la Pasión es una invitación a que fijemos la mirada en Jesús: ese hombre que, en medio de un escenario de miseria humana, es capaz de pasar por medio del valle de los huesos, los corazones y la humanidad secos y ser como el agua que brota sanando a esa humanidad. La Pasión es el reflejo de cómo la gracia, el amor, la esperanza y la misericordia de Dios son capaces de transformar el desierto en un vergel.

La Pasión tiene mucho que ver con la situación actual que vive hoy nuestro mundo. Este relato no es una escena de una obra teatral. Lo que pasa en el evangelio sucede en la humanidad en la actualidad: hay juicios, hay inocentes que mueren víctimas del sinsentido… Estos días estamos consternados al descubrir que las vidas de 150 personas pueden depender de la salud mental de una persona. Pero, no es sólo eso: también en mi día a día, si yo estoy mal, más de 150 personas sufren mi malestar.

La Pasión del Señor nos invita a decidir qué personaje queremos ser y cuánto de lejos o de cerca del Señor queremos ir.

Jesús no fue una persona que estaba en el lugar y en el momento adecuado, sino que representa la conciencia de que Él vino para esto… y eso se refleja en Getsemaní. Allí, Jesús demuestra humanidad (reflejada en sus temores y dudas), pero también claridad y luminosidad (reconociendo que en la muerte hay vida, siendo consciente de que su vida ha estado siempre en manos de un Dios que ni siquiera en ese momento le va a abandonar).

Todos hemos vivido situaciones humanas de cruz: muertes, abandonos, traiciones, miedo, soledad. Pero Jesús nos dice que el amor es más fuerte que la muerte, nos pide que no frenemos nuestros sueños, que aceleremos en el amor y que experimentemos la resurrección.

Dediquemos un tiempo diario en esta Semana Santa para conectar con ese Jesús que nos invita a no tener miedo, a reconocer que en Getsemaní el Padre expulsa el temor de Jesús: el amor expulsa el temor. Y el Jesús que va hasta el extremo es el que vive libre: ya no hay barro, sólo hay tesoro. El Dios que devuelve a la vida a Jesús se la devuelve a toda la humanidad.

Evangelio según San Marcos

Faltaban dos días para la fiesta de la Pascua y de los panes ácimos. Los sumos sacerdotes y los escribas buscaban la manera de arrestar a Jesús con astucia, para darle muerte. Porque decían: “No lo hagamos durante la fiesta, para que no se produzca un tumulto en el pueblo”.
Mientras Jesús estaba en Betania, comiendo en casa de Simón el leproso, llegó una mujer con un frasco lleno de un valioso perfume de nardo puro, y rompiendo el frasco, derramó el perfume sobre la cabeza de Jesús.
Entonces algunos de los que estaban allí se indignaron y comentaban entre sí: “¿Para qué este derroche de perfume? Se hubiera podido vender por más de trescientos denarios para repartir el dinero entre los pobres”. Y la criticaban.
Pero Jesús dijo: “Dejadla, ¿por qué la molestáis? Ha hecho una buena obra conmigo. A los pobres los tendréis siempre con ustedes y podéis hacerles bien cuando quieran, pero a mí no me tendréis siempre.
Ella hizo lo que podía; ungió mi cuerpo anticipadamente para la sepultura. Os aseguro que allí donde se proclame la Buena Noticia, en todo el mundo, se contará también en su memoria lo que ella ha hecho”.
Judas Iscariote, uno de los Doce, fue a ver a los sumos sacerdotes para entregarles a Jesús. Al oírlo, ellos se alegraron y prometieron darle dinero. Y Judas buscaba una ocasión propicia para entregarlo.
El primer día de la fiesta de los panes ácimos, cuando se inmolaba la víctima pascual, los discípulos dijeron a Jesús: “¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la comida pascual?”.
El envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: “Id a la ciudad; allí os encontraréis con un hombre que lleva un cántaro de agua. Seguidlo y decidle al dueño de la casa donde entre: El Maestro dice: ‘¿Dónde está mi sala, en la que voy a comer el cordero pascual con mis discípulos?’. El os mostrará en el piso alto una pieza grande, arreglada con almohadones y ya dispuesta; preparad allí lo necesario”.
Los discípulos partieron y, al llegar a la ciudad, encontraron todo como Jesús les había dicho y prepararon la Pascua.
Al atardecer, Jesús llegó con los Doce.
Y mientras estaban comiendo, dijo: “Os aseguro que uno de vosotros me entregará, uno que come conmigo”.
Ellos se entristecieron y comenzaron a preguntarle, uno tras otro: “¿Seré yo?”.
El les respondió: “Es uno de los Doce, uno que se sirve de la misma fuente que yo. El Hijo del hombre se va, como está escrito de él, pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre será entregado: más le valdría no haber nacido!”.
Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: “Tomad, esto es mi Cuerpo”. Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, y todos bebieron de ella. Y les dijo: “Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos.
Os aseguro que no beberé más del fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el Reino de Dios”.
Después del canto de los Salmos, salieron hacia el monte de los Olivos. Y Jesús les dijo: “Todos vosotros os vais a escandalizar, porque dice la Escritura: Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas.
Pero después que yo resucite, iré antes que vosotros a Galilea”.
Pedro le dijo: “Aunque todos se escandalicen, yo no me escandalizaré”.
Jesús le respondió: “Te aseguro que hoy, esta misma noche, antes que cante el gallo por segunda vez, me habrás negado tres veces”.
Pero él insistía: “Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré”. Y todos decían lo mismo.
Llegaron a una propiedad llamada Getsemaní, y Jesús dijo a sus discípulos: “Quedaos aquí, mientras yo voy a orar”.
Después llevó con él a Pedro, Santiago y Juan, y comenzó a sentir temor y a angustiarse.
Entonces les dijo: “Mi alma siente una tristeza de muerte. Quedaos aquí velando”.
Y adelantándose un poco, se postró en tierra y rogaba que, de ser posible, no tuviera que pasar por esa hora.
Y decía: “Abba -Padre- todo te es posible: aleja de mí este cáliz, pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya”.
Después volvió y encontró a sus discípulos dormidos. Y Jesús dijo a Pedro: “Simón, ¿duermes? ¿No has podido quedarte despierto ni siquiera una hora? Permaneced despiertos y orad para no caer en la tentación, porque el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil”.
Luego se alejó nuevamente y oró, repitiendo las mismas palabras.
Al regresar, los encontró otra vez dormidos, porque sus ojos se cerraban de sueño, y no sabían qué responderle.
Volvió por tercera vez y les dijo: “Ahora podéis dormir y descansar. Esto se acabó. Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos! ¡Vamos! Ya se acerca el que me va a entregar”.
Jesús estaba hablando todavía, cuando se presentó Judas, uno de los Doce, acompañado de un grupo con espadas y palos, enviado por los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos.
El traidor les había dado esta señal: “Es aquel a quien voy a besar. Detenedle y llevadle bien custodiado”.
Apenas llegó, se le acercó y le dijo: “Maestro”, y lo besó.
Los otros se abalanzaron sobre él y lo arrestaron. Uno de los que estaban allí sacó la espada e hirió al servidor del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja.
Jesús les dijo: “Como si fuera un bandido, habéis salido a arrestarme con espadas y palos. Todos los días estaba entre vosotros enseñando en el Templo y no me arrestaron. Pero esto sucede para que se cumplan las Escrituras”.
Entonces todos lo abandonaron y huyeron.
Lo seguía un joven, envuelto solamente con una sábana, y lo sujetaron; pero él, dejando la sábana, se escapó desnudo.
Llevaron a Jesús ante el Sumo Sacerdote, y allí se reunieron todos los sumos sacerdotes, los ancianos y los escribas.
Pedro lo había seguido de lejos hasta el interior del palacio del Sumo Sacerdote y estaba sentado con los servidores, calentándose junto al fuego.
Los sumos sacerdotes y todo el Sanedrín buscaban un testimonio contra Jesús, para poder condenarlo a muerte, pero no lo encontraban.
Porque se presentaron muchos con falsas acusaciones contra él, pero sus testimonios no concordaban.
Algunos declaraban falsamente contra Jesús:
“Nosotros lo hemos oído decir: ‘Yo destruiré este Templo hecho por la mano del hombre, y en tres días volveré a construir otro que no será hecho por la mano del hombre'”.
Pero tampoco en esto concordaban sus declaraciones.
El Sumo Sacerdote, poniéndose de pie ante la asamblea, interrogó a Jesús: “¿No respondes nada a lo que estos atestiguan contra ti?”.
El permanecía en silencio y no respondía nada. El Sumo Sacerdote lo interrogó nuevamente: “¿Eres el Mesías, el Hijo de Dios bendito?”.
Jesús respondió: “Sí, yo lo soy: y veréis al Hijo del hombre sentarse a la derecha del Todopoderoso y venir entre las nubes del cielo”.
Entonces el Sumo Sacerdote rasgó sus vestiduras y exclamó: “¿Qué necesidad tenemos ya de testigos?
Acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué les parece?”. Y todos sentenciaron que merecía la muerte.
Después algunos comenzaron a escupirlo y, tapándole el rostro, lo golpeaban, mientras le decían: “¡Profetiza!”. Y también los servidores le daban bofetadas.
Mientras Pedro estaba abajo, en el patio, llegó una de las sirvientas del Sumo Sacerdote
y, al ver a Pedro junto al fuego, lo miró fijamente y le dijo: “Tú también estabas con Jesús, el Nazareno”.
El lo negó, diciendo: “No sé nada; no entiendo de qué estás hablando”. Luego salió al vestíbulo.
La sirvienta, al verlo, volvió a decir a los presentes: “Este es uno de ellos”.
Pero él lo negó nuevamente. Un poco más tarde, los que estaban allí dijeron a Pedro: “Seguro que eres uno de ellos, porque tú también eres galileo”.
Entonces él se puso a maldecir y a jurar que no conocía a ese hombre del que estaban hablando.
En seguida cantó el gallo por segunda vez. Pedro recordó las palabras que Jesús le había dicho: “Antes que cante el gallo por segunda vez, tú me habrás negado tres veces”. Y se puso a llorar.
En cuanto amaneció, los sumos sacerdotes se reunieron en Consejo con los ancianos, los escribas y todo el Sanedrín. Y después de atar a Jesús, lo llevaron y lo entregaron a Pilato.
Este lo interrogó: “¿Tú eres el rey de los judíos?”. Jesús le respondió: “Tú lo dices”.
Los sumos sacerdotes multiplicaban las acusaciones contra él.
Pilato lo interrogó nuevamente: “¿No respondes nada? ¡Mira de todo lo que te acusan!”.
Pero Jesús ya no respondió a nada más, y esto dejó muy admirado a Pilato.
En cada Fiesta, Pilato ponía en libertad a un preso, a elección del pueblo. Había en la cárcel uno llamado Barrabás, arrestado con otros revoltosos que habían cometido un homicidio durante la sedición. La multitud subió y comenzó a pedir el indulto acostumbrado.
Pilato les dijo: “¿Quieren que os ponga en libertad al rey de los judíos?”.
El sabía, en efecto, que los sumos sacerdotes lo habían entregado por envidia.
Pero los sumos sacerdotes incitaron a la multitud a pedir la libertad de Barrabás.
Pilato continuó diciendo: “¿Qué debo hacer, entonces, con el que llamáis rey de los judíos?”.
Ellos gritaron de nuevo: “¡Crucifícalo!”.
Pilato les dijo: “¿Qué mal ha hecho?”. Pero ellos gritaban cada vez más fuerte: “¡Crucifícalo!”.
Pilato, para contentar a la multitud, les puso en libertad a Barrabás; y a Jesús, después de haberlo hecho azotar, lo entregó para que fuera crucificado.
Los soldados lo llevaron dentro del palacio, al pretorio, y convocaron a toda la guardia.
Lo vistieron con un manto de púrpura, hicieron una corona de espinas y se la colocaron.
Y comenzaron a saludarlo: “¡Salud, rey de los judíos!”.
Y le golpeaban la cabeza con una caña, le escupían y, doblando la rodilla, le rendían homenaje.
Después de haberse burlado de él, le quitaron el manto de púrpura y le pusieron de nuevo sus vestiduras. Luego lo hicieron salir para crucificarlo.
Como pasaba por allí Simón de Cirene, padre de Alejandro y de Rufo, que regresaba del campo, lo obligaron a llevar la cruz de Jesús.
Y condujeron a Jesús a un lugar llamado Gólgota, que significa: “lugar del Cráneo”.
Le ofrecieron vino mezclado con mirra, pero él no lo tomó. Después lo crucificaron. Los soldados se repartieron sus vestiduras, sorteándolas para ver qué le tocaba a cada uno. Ya mediaba la mañana cuando lo crucificaron. La inscripción que indicaba la causa de su condena decía: “El rey de los judíos”. Con él crucificaron a dos ladrones, uno a su derecha y el otro a su izquierda.

Los que pasaban lo insultaban, movían la cabeza y decían: “¡Eh, tú, que destruyes el Templo y en tres días lo vuelves a edificar, sálvate a ti mismo y baja de la cruz!”.
De la misma manera, los sumos sacerdotes y los escribas se burlaban y decían entre sí: “¡Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo! Es el Mesías, el rey de Israel, ¡que baje ahora de la cruz, para que veamos y creamos!”. También lo insultaban los que habían sido crucificados con él.
Al mediodía, se oscureció toda la tierra hasta las tres de la tarde;
y a esa hora, Jesús exclamó en alta voz: “Eloi, Eloi, lamá sabactani”, que significa: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”.
Algunos de los que se encontraban allí, al oírlo, dijeron: “Está llamando a Elías”.
Uno corrió a mojar una esponja en vinagre y, poniéndola en la punta de una caña le dio de beber, diciendo: “Vamos a ver si Elías viene a bajarlo”.
Entonces Jesús, dando un gran grito, expiró.
El velo del Templo se rasgó en dos, de arriba abajo.
Al verlo expirar así, el centurión que estaba frente a él, exclamó: “¡Verdaderamente, este hombre era Hijo de Dios!”.
Había también allí algunas mujeres que miraban de lejos. Entre ellas estaban María Magdalena, María, la madre de Santiago el menor y de José, y Salomé, que seguían a Jesús y lo habían servido cuando estaba en Galilea; y muchas otras que habían subido con él a Jerusalén.
Era día de Preparación, es decir, víspera de sábado. Por eso, al atardecer, José de Arimatea -miembro notable del Sanedrín, que también esperaba el Reino de Dios- tuvo la audacia de presentarse ante Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús.
Pilato se asombró de que ya hubiera muerto; hizo llamar al centurión y le preguntó si hacía mucho que había muerto. Informado por el centurión, entregó el cadáver a José.
Este compró una sábana, bajó el cuerpo de Jesús, lo envolvió en ella y lo depositó en un sepulcro cavado en la roca. Después, hizo rodar una piedra a la entrada del sepulcro.
María Magdalena y María, la madre de José, miraban dónde lo habían puesto.

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