Eucaristía

Audio-homilía: Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida

La intención de Jesús es que descubramos que Él nos hace falta en nuestra vida de una forma muy radical. Necesitamos del Señor como del aire para respirar. Es una preocupación suya que vayamos estrechando nuestra relación con él.

Nosotros somos autosuficientes desde muy pequeñitos. Y esa autosuficiencia nos dura toda la vida. Y Jesús nos dice que separados de Él no podemos hacer nada y que tenemos que ser conscientes de lo unidos que ya estamos a Él. Nuestra relación con el Señor es como un cordón umbilical.

Jesús nos dice «no todo lo que os alimenta os da vida«. Este evangelio recuerda mucho el diálogo con la samaritana. No nos damos cuenta de que todos los planes que hacemos son fugaces y efímeros. No podemos ir viviendo de esperanzas futuras que luego nos dejan vacíos.

Jesús nos ofrece que dejemos de ser personas que dependen de lo de fuera y nos convirtamos en manantial que mana de dentro hacia fuera. Es un cambio de dirección. Se trata de que seamos fuente y proporcionemos agua a los demás, en lugar de ser sumidero y depender del agua de nuestros semejantes.

Jesús nos pide que le imitemos. Y nos recuerda que su alimento es hacer la voluntad del Padre: vivir sirviendo a los demás.

El evangelista Juan nos sitúa la eucaristía con el lavatorio de los pies. Venir a misa es media hora o cuarenta y cinco minutos. Pero después tenemos todo el día para vivir lo que hemos aprendido en la eucarístia: amar, sirvir, entregarnos, escuchar, tener paciencia, volver a intentarlo, insistir…

Ojalá que cada vez que comulguemos nos vayamos asemejando más a Jesús en su capacidad de servicio, de entrega, de generosidad, de disponibilidad.

Audio-homilía: Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida

Evangelio según San Juan

Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo».
Los judíos discutían entre sí, diciendo: «¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?».
Jesús les respondió: «Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis Vida en vosotros.
El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.
Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida.
El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él.
Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí.
Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente».

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Audio-homilía: Solemnidad del Corpus Christi 2012

Todos los sacramentos, y la eucaristía es uno de ellos, son la respuesta creativa del Señor para que nunca podamos decir que nos ha dejado solos.

Suponen la conmemoración de actos que realizó Jesús en su vida y que la Iglesia revive y hace suyos. Cada vez que, en cualquier parte del mundo, se celebra uno de los sacramentos, nos conecta con Jesús, con el Padre y con toda la comunidad, más allá del mero ritual.

Por eso, las celebraciones de la Eucaristía son una invitación a conectar con el cenáculo de Jerusalem y la última cena. Jesús nos invita a que reproduzcamos sus gestos, sus hechos, sus intenciones.

La celebración del Corpus Christi nos propone entregar la vida como Jesús la entregó. Ese es el gran sacramento: la persona que libre y voluntariamente se entrega.

Eucaristía es servicio, donación, rupturas libres y voluntarias por amor a los demás, lavatorio de pies, identificación con el Señor que entrega la vida.

El Corpus nos recuerda que nosotros también tenemos una corporalidad diseñada para la entrega no para el egoísmo. Esta fiesta cobra sentido cuando nuestra vida, después de la liturgia, vive entregada.

La eucaristía sólo tiene sentido cuando, quienes recibimos el cuerpo de Cristo y decimos amén, salimos con la intención clarísima de amar.
«Id y vivid esto que hemos celebrado».

El Señor está abierto 24 horas al día. La eucaristía no el premio de los buenos, sino la medicina de los que estamos enfermos. El cuerpo de Cristo sana y purifica. Ojala que, cada vez que comulguemos, sintamos como el Señor nos dice «te quiero tratar muy bien, te quiero sanar de todas tus heridas».

Audio-homilía: Solemnidad del Corpus Christi

Evangelio según San Marcos

El primer día de la fiesta de los panes Acimos, cuando se inmolaba la víctima pascual, los discípulos dijeron a Jesús: «¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la comida pascual?».
El envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: «Id a la ciudad; allí encontraréis con un hombre que lleva un cántaro de agua. Seguidlo,
y decidle al dueño de la casa donde entre: El Maestro dice: ‘¿Dónde está mi sala, en la que voy a comer el cordero pascual con mis discípulos?’.
El os mostrará en el piso alto una pieza grande, arreglada con almohadones y ya dispuesta; prepáradnos allí lo necesario».
Los discípulos partieron y, al llegar a la ciudad, encontraron todo como Jesús les había dicho y prepararon la Pascua.
Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: «Tomad, esto es mi Cuerpo».
Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, y todos bebieron de ella.
Y les dijo: «Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos. Os aseguro que no beberé más del fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el Reino de Dios».
Después del canto de los Salmos, salieron hacia el monte de los Olivos.

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No nos acostumbremos

Introducción. Como el pan que se parte, como la uva que se aplasta para que salga el vino, como una conversación sincera e íntima en una cena alrededor de una mesa, rodeados de amigos y de algún traidor… Como el gesto de levantarse espontáneamente, coger la jofaina y ponerse a lavar los pies… Como Jesús puesto en la fila de los pecadores, rodeado de la humanidad más rota y desfigurada, a orillas del Jordán, expresando con sinceridad el deseo de cambiar de vida, de comenzar de nuevo, de dejarse limpiar por Juan el Bautista… Y escuchar que se oye la voz de Dios reconociendo a la humanidad que desea crecer y cambiar como algo propio, como hijos suyos, amados y predilectos. Siempre los sacramentos están unidos a la vida real y cotidiana. La liturgia de la Iglesia no puede quedarse en un universo paralelo o distante de nuestra vida. No podemos hablar lenguajes desconocidos para la mayoría de la gente. No son nuestras celebraciones un culto secreto, una logia, de uso exclusivo, sólo para iniciados, para una élite elegida, que se reúne de forma privilegiada. Lo divino que acompaña a los sacramentos no puede convertirse en un misterio.
Dios no juega al escondite. «Así dice el Señor, creador del cielo -él es Dios- él modeló la tierra, la fabricó y la afianzó, no la creó vacía, sino que la formó habitable: Yo soy el Señor, y no hay otro. No te hablé a escondidas, en un país tenebroso, no dije a la estirpe de Jacob: Buscadme en el vacío. Yo soy el Señor que pronuncia sentencia y declara lo que es justo». Is 45,18-19. Los gestos y las palabras de Jesús están profundamente arraigados en la vida humana. La experiencia de la donación de uno mismo, de la entrega de lo que somos. Nuestro tiempo, nuestro esfuerzo, nuestra atención y nuestro cuidado, nos sirven para entender qué significa el sacramento del cuerpo de Cristo. Es la fiesta de la reconciliación con nuestra corporalidad. El Corpus Cristi, nos recuerda que nosotros también tenemos cuerpo. Tenemos tiempo, tenemos talentos y capacidades. Y los beneficiarios de lo que somos tienen que ser los demás. Ya no vivimos para nosotros mismos. El egoísmo es lo que nos hace enfermar. Los que queremos salvar y guardar nuestra vida la acabamos perdiendo. Los que participamos de la mesa de Jesús, vamos aprendiendo a experimentar su entrega, hasta que nuestra vida también se pueda entregar en lo que cada día se nos presenta como oportunidad. La eucaristía impulsa la entrega consciente de lo que somos. Después de la cena Jesús tuvo la certeza interior y la fuerza para entregarse hasta el extremo. Para eso celebramos la eucaristía.

Lo que Dios nos dice. «Y cuando llegó la hora, se sentó a la mesa y los apóstoles con él y les dijo: Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de padecer, porque os digo que ya no la volveré a comer hasta que se cumpla en el reino de Dios». Lc 22, 14-15. Una fuerza nos inunda por dentro, nos hace salir de nuestros miedos, de nuestros cálculos y programas y nos introduce en la bendita locura de la cruz. Dando, recibo, entregando, crezco, amando, me siento profundamente amado. Después de comer el pan que Jesús me ofrece, tengo capacidad de dialogar con Dios en mis Getsemanís, y de elegir la voluntad de Dios y sus caminos, antes que la huída, la cobardía o la evasión.
«Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir; has sido más fuerte que yo y me has podido. He sido a diario el hazmerreír, todo el mundo se burlaba de mí. Cuando hablo, tengo que gritar, proclamar violencia y destrucción. La palabra del Señor me ha servido de oprobio y desprecio a diario. Pensé en olvidarme del asunto y dije: No lo recordaré; no volveré a hablar en su nombre; pero había en mis entrañas como fuego, algo ardiente encerrado en mi huesos. Yo intentaba sofocarlo, y no podía». Jer 20,7-9. Los caminos que a diario recorremos tienen de todo: verdes praderas, momentos gozosos, alegrías contagiosas, junto a valles tenebrosos, fracasos y soledades. Son demasiado largos para nuestras pobres fuerzas. Construir nuestra vida desde la libertad y llevarla a la madurez, a la salvación, a la entrega gratuita, son tareas que nos superan. Es imposible para nuestras fuerzas, pero no para el señor. Por eso hay una invitación: «El ángel del Señor volvió por segunda vez, lo toco y de nuevo dijo: Levántate y come, pues el camino que te queda es demasiado largo para ti. Elías se levantó, comió, bebió y, con la fuerza de aquella comida, caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el Horeb, el monte de Dios».1ª Rey 19,7-8. La vivencia de la eucaristía nos une directamente con el corazón de Jesús dispuesto a ofrecerse a sí mismo como ofrenda permanente. «Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios; este es vuestro culto espiritual. Y no os amoldéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto». Rom 12, 1-2.

Cómo podemos vivirlo. Nos tiene que librar el Señor de acostumbrarnos a su amor, a su entrega y a su donación total en la eucaristía. Yo le pido cada día que no me vuelva un funcionario de los sacramentos. No quiero estar rodeado de entrega y de amor y tener el corazón seco, como una piedra sumergida en el cauce de un río… Rodeada de agua por todos los lados pero con el corazón seco. Que lo que nos llame la atención no sea el cura que preside, lo gracioso o lo aburrido, los ornamentos sagrados, lo larga o corta que se nos haga la misa. Los cantos, las flores… Todo eso es periferia. Nuestra atención se la tiene que llevar la pregunta de Jesús. «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis el maestro y el Señor, y decís bien, porque lo soy. Pues, si yo os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros». Jn 13, 13-15.

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Jueves Santo: eucaristía, sacerdocio y amor fraterno

Varios son los acontecimientos que conmemoramos el Jueves Santo.

El más conocido es la institución de la Eucaristía. Jesús, en la última cena con sus discípulos, bendice el pan y el vino, convertidos en su cuerpo y sangre y establece una nueva alianza con el hombre. Nos encarga conmemorar ese momento y nos brinda el mejor alimento para nuestra fe. La comunión se convierte en la gasolina del cristiano.

Al encargar a sus discípulos que recuerden ese momento en memoria suya, instaura el sacerdocio. Desde ese instante, cada vez que en la eucaristía se consagran el pan y el vino, el sacerdote se convierte en representante de Jesús ante la comunidad.

Por último, en el Jueves Santo también se celebra el Día del amor fraterno. La Iglesia quiere resaltar en este día el simbolismo del lavado de pies que hiciera Jesús a sus apóstoles y que reflejó el evangelista San Juan. Jesús muestra un amor basado en dos pilares: el servicio y la solidaridad. Un amor radical, que va más allá de las palabras y los gestos grandilocuentes. Un amor que busca servir y no ser servido. Un amor que ofrece sin pedir.

Y, nuevamente, Jesús se nos mostrará como modelo. En el Viernes Santo recordaremos su Pasión: la traición, el prendimiento, el abandono, la injusta condena, la tortura, la muerte en la cruz… Jesús, que se hizo hombre y se igualó a nosotros en todo menos en el pecado, se entrega por todos. No hay amor más grande.

Evangelio según San Juan

Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, él, que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin.
Durante la Cena, cuando el demonio ya había inspirado a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarlo, sabiendo Jesús que el Padre había puesto todo en sus manos y que él había venido de Dios y volvía a Dios, se levantó de la mesa, se sacó el manto y tomando una toalla se la ató a la cintura.
Luego echó agua en un recipiente y empezó a lavar los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que tenía en la cintura.
Cuando se acercó a Simón Pedro, este le dijo: «¿Tú, Señor, me vas a lavar los pies a mí?».
Jesús le respondió: «No puedes comprender ahora lo que estoy haciendo, pero después lo comprenderás».
«No», le dijo Pedro, «¡tú jamás me lavarás los pies a mí!». Jesús le respondió: «Si yo no te lavo, no podrás compartir mi suerte».
«Entonces, Señor», le dijo Simón Pedro, «¡no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza!».
Jesús le dijo: «El que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque está completamente limpio. Vosotros también estáis limpios, aunque no todos». El sabía quién lo iba a entregar, y por eso había dicho: «No todos estáis limpios».
Después de haberles lavado los pies, se puso el manto, volvió a la mesa y les dijo: «¿comprendéis lo que acabo de hacer? Vosotros me llamáis Maestro y Señor; y tienéis razón, porque lo soy. Si yo, que soy el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Os he dado el ejemplo, para que hagáis lo mismo que yo he hecho con vosotros».

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Vivamos como… cristianos

Vivamos...

Vivamos...

Hace unos días compartía con mis amigos en el muro de Facebook el anuncio de una cadena de supermercados gallega. Se trata de una campaña, cuyo lema es «Vivamos como galegos», que apela al sentimiento y a la identidad de esa tierra. Y me hacía reflexionar…

Tod@s somos embajadores y evangelizadores de aquello que nos toca el corazón y nos llena el alma. El apasionado del heavy o de la música celta lo muestra por donde va: con las canciones que escucha, con los conciertos a los que asiste, con su forma de vestir… El forofo del Atleti, del Madrid, del Barça… lo grita a los cuatro vientos… El fan de una saga literaria o cinematográfica lo sabe todo sobre ellas y no duda en explicarlo a tod@s…

¿Y nosotros? Los que nos autodenominamos cristianos ¿vivimos verdaderamente como tal.. o vamos como de tapadillo… dedicando ratos casi como por obligación y tomándonoslo como una mera rutina?…

Pienso en las veces que visito Galicia (una tierra que adoro), o en los conciertos de Loquillo o de Bruce Springsteen o de U2 a los que he asistido, o en los instantes compartidos con amig@s… Son instantes de verdadera fiesta, de ser consciente de la fortuna que tengo al poderlos vivir, de disfrutarlos, de empaparme de sensaciones y de contarlo después…

Y no sucede eso mismo cada vez que acudo a la eucaristía. «Envió a sus criados para llamar a los invitados a la boda, pero no quisieron ir. De nuevo envió otros criados…, pero ellos no hicieron caso y se fueron unos a su campo y otros a su negocio… Después dijo a sus criados: –Id, pues, a los cruces de los caminos y convidad a todos los que encontréis. Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, buenos y malos; y la sala se llenó de invitados. Al entrar el rey para ver a los comensales, observó que uno de ellos no llevaba traje de fiesta… Entonces el rey dijo a los servidores: –Atadlo de pies y manos y echadlo fuera a las tinieblas; allí llorará y le rechinarán los dientes. Porque muchos son los llamados, pero pocos los escogidos» (Mt 22,3-14).

¿Cuántas veces ignoramos la invitación?, ¿cuántas acudimos a la eucaristía sin espíritu de fiesta, como arrastrados?, ¿cuántas veces no vivimos aquello en lo que creemos?…

«Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa ¿con qué se salará? No vale sino para tirarla fuera y que la pisotee la gente. Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en lo alto de un monte; ni se enciende una luz para ponerla debajo de un celemín, sino sobre un candelero a fin de que alumbre a todos los de la casa. Alumbre así vuestra luz ante los hombres para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los Cielos.» (Mt 5, 13-16)

¿De verdad pretendemos ser sal de la tierra cuando nuestras actitudes cristianas transmiten atonía y sosería a raudales? ¿En serio queremos ser luz del mundo con una tímida llama que ocultamos permanente debajo del celemín de los miedos o de actitudes oscuras?

Vivir como cristianos no es eso… Es sentirse llamado, tocado, interpelado, movido, sacudido… Es trabajar porque el reino de los cielos se viva en la tierra, conscientes de que esta tarea se compone de muchas pequeñas acciones, porque “el reino de los cielos es semejante a la levadura que una mujer toma y mezcla con tres medidas de harina, hasta que todo fermenta. (Mt 13, 33)”. Es alimentar esa semilla en la eucaristía, para que la sal no se vuelva sosa. Es poner en práctica el modelo de vida de Jesús, conscientes de nuestra pequeñez, de nuestras limitaciones y de que «llevamos un tesoro en vasijas de barro». Y todo esto en nuestras entornos, sin extridencias, pero sin ambiguedades ni miedos.

Si como en ese anuncio que os comento, nos sentimos verdaderamente «bienaventurados y amados por el Dios en que creemos», verdaderamente cristianos… se nos tiene que notar: vivir nuestra fe como un auténtico placer, ser conscientes de la fortuna que tenemos, disfrutarlo, empaparnos de sensaciones y de amor a los demás y contarlo…

Porque el corazón tiene motivos que la razón no entiende, VIVAMOS (VERDADERAMENTE) COMO CRISTIANOS.

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